Carlos Zanón: La senda del rockero perdedor (Pt.1)

Pocos libros hablan de 1989, la plaza Ibiza, surtidos Cuétara, el Màgic, el peso del pasado y la pobreza del barrio. Pocos libros se sostienen sobre una primera persona tan valiente, dura y a la vez tan sobria. Yo fui Johnny Thunders (RBA Serie Negra, 2014) es un libro sobre haber sido alguien y ya no serlo. Es un libro sobre vivir dentro de la música pop, cuando esta es tu única salvación y trascendencia. Pocos libros hablan así de fuerte, así de sincero, sobre juventud, clase social, rock’n’roll y perdición.

ZanonQuiero que observen el quiebro que acaba de pegar Carlos Zanón. Lo que hace en el fotograma 43:15:04: miren allá el brinco que pega, y como le sacude una finta de impresión a las expectativas de los lectores, y como se cambia allá de carril. Y mi momento favorito: miren como se quita la camiseta y le realiza un corte de mangas al gol norte. Carlos Zanón (Barcelona 1966) lleva escribiendo de todo desde 1986: poesía, libros musicales (sobre los Bee Gees), artículos sobre rock’n’roll en Ruta 66, antologías de narradores del Carmel y, desde el 2008, es conocido por ser un autor de novela negra. O eso esperaba el mundo. Si Zanón se parece a Jim Thompson, como le espetan algunos, Yo fui Johnny Thunders es su Aquí y ahora. O su La senda del perdedor (de Bukowski). Zanón se ha destapado con un libro poderosamente autobiográfico (“Verdades emocionales envueltas en mentiras”, que diría Harry Crews), situado en su barrio natal, El Guinardó, ambientado a medias entre el hoy y 1989, lleno de verdad y rock’n’roll exultante y amor a los discos y cultura de clase obrera, sin disculpas ni maniqueísmos. Una novela auténtica, dura, hermosa y muy bien escrita, nada afectada ni coqueta, que quizás le hará perder algunos lectores (los que esperan un misterio policial) pero que por lo pronto acaba de ganarle a un fan eterno: yo.

Lo primero que quiero preguntarte es por el salto que has pegado. No has cambiado el estilo –tu libro anterior suena igual que este- pero pareces haber puesto más de ti mismo aquí.
Es el libro más mío que he escrito, es verdad. No tenía ni idea de cómo iba a funcionar, y de vez en cuando tenía que recordarme que iba para la Serie Negra. Yo quería explicar lo que representó para mí la música; aquí, en las tripas. Como herramienta para funcionar y para romper el aislamiento que sufres cuando tienes una determinada edad. Era esa sensación, la lealtad con los amigos de la época, cómo descifras la realidad mediante tus discos y tus cosas. El escenario es muy personal. Los otros libros tienen partes de mí pero pesaba más la trama. Aquí no: la trama no deja de ser un topicazo (ríe): Tío que vuelve a su barrio. El pistolero que regresa al pueblo y le dicen “No volverás a disparar”, y él que no, que no, hasta que acaba disparando.
El regusto que deja lo de la lealtad pandillera es bastante amargo, ¿verdad? Lo que impera en el libro, de hecho, es la deslealtad. Un mito de lealtad original que luego se hace trizas.
Él vuelve al sitio donde pasaron las primeras cosas que le pasaron, pero se da cuenta de que no había nada épico ni nada de verdad en todo aquello. Ni los amigos eran tan amigos ni la novia era tan maravillosa. Y sobre todo tiene la sensación que, habiendo tomando un desvío en su vida pasada, todo se arreglará si regresa a la autopista principal. Pero quedarte en el sitio por miedo a equivocarte tampoco te asegura nada. Me gusta jugar con esas dos condiciones: ni aquellos tiempos eran tan maravillosos ni estos tan desastrosos.
Y no hay nada más trágico que intentar revivirlos, por maravillosos o nefastos que fuesen. En el libro se explica muy bien la sensación de ser un has-been, alguien que ya no es nadie.
Sí, se trata de haber sido alguien y que haya durado muy poco, y que nada de lo sucedido te sirva para el resto de tu vida. Eso es lo importante: Vale, y ahora qué hago con mis próximos cincuenta años. Porque los recuerdos tampoco me sirven, vaya. Una vez leí a Mark Knopfler diciendo que después de haber varias giras mundiales tuvo que viajar solo, y no sabía facturar una maleta. Esa imposibilidad práctica para llamar al señor del gas y que te venga a arreglar la caldera. Así se queda Francis tras su periplo en el rock’n’roll.
El peso del pasado orbita como una proverbial espada de Damocles sobre las cabezas de todos los personajes. Es uno de los temas clásicos. El pasado que nos persigue, y la incapacidad de irte en realidad de allí, el saber que siempre estarás en aquel barrio, por muy lejos que viajes.
Saber que nunca has sido libre, que nunca has podido elegir, y que la única decisión posible era ser como eres y hacer lo que tienes que hacer. Hay una frase que me gusta mucho, y que yo siempre citaba pensando que la había dicho James Woods (pero era de Heráclito): “El carácter es el destino”. O sea: como eres es lo que te va a pasar. En el fondo da lo mismo si te quedas en la autopista o pillas la carretera secundaria: estás en el mismo lugar y no te has ido nunca. No puedes escapar.
El libro está plagado de detalles que por narices tienen que estar extraídos de lo vivido. El desencuentro paternofilial, por ejemplo, pieza clave de la adolescencia. Me gusta como dices que Francis odiaba a los suyos por estar siempre ahí y Víctor por no estar ahí. ¿Hay alguna manera de hacerlo bien, malditos adolescentes?
(Ríe) A los padres les odias porque son. Está la historia de volver a casa de tus padres, que es la máxima humillación. Yo me separé, e iba los fines de semana a vivir allí, y todo era lo mismo: la misma casa, la misma televisión, los mismos padres… Pero a la vez nada era igual, y sentía una sensación terrible de fracaso general. Y de pesadilla, tanto de ellos como mía. ¿Este señor hacía tanto ruido cuando veía la tele? ¿Este olor a coliflor era así de omnipresente? Y en cierta manera se va produciendo un desapego. Al hijo de Francis lo que le tocará los huevos será que su padre haya tocado en un grupo y vaya hablando de esas cosas; seguramente le gustaría que fuese más convencional. No hay forma de hacerlo bien.
Esa fiera voluntad de escape te la haces tuya leyendo el libro, y más si la has vivido, como es mi caso. Explicas muy bien algo que ha dicho alguna vez Loquillo, que es la dicotomía entre sentirte orgulloso de un lugar y a la vez desear escapar de allí a toda prisa.
Yo vivía bastante aislado en el Guinardó, porque mis abuelas cuando iban al centro decían que iban a Barcelona. En realidad tú quieres irte del barrio; porque el barrio es feo, porque todo pasa en otro sitio. La fiesta es en otro lado, y tú oyes el ruido a lo lejos. Quieres ser inglés, tener el pelo largo, corto, tener otra novia y otros amigos. Decirte: estos amigos y esta novia no me tocaban. Yo estaba llamado a otra cosa. El problema es que tú quieres irte de allí, pero eso es tu identidad. Y esa es la parte en la que te haces fuerte, pero también es la tragedia que viene implícita. Porque lo que te rodea es una mierda (alarga mucho la RRRR). En el fondo acabas hablando como tu padre, viviendo cerca de ellos… Tantos libros y tantas canciones para no haber siquiera podido escapar de mi puta ciudad y mi puto barrio. Pero es que eso eres tú. La otra cara de la moneda la ves cuando te vas a un sitio donde no encajas, que claramente no es tu mundo y desconoces la reglas que lo rigen.
Allí aflora el barrio que llevas dentro.
Sí. Pero yo no siento nostalgia por ese barrio, porque no añoro los chillidos, los olores…
El hacinamiento.
El hacinamiento. Hay un momento en que deseas que te entren por los ojos cosas bonitas, y estar en la playa con gente que no pega berridos todo el rato. Quizás eso sea una consecuencia de hacerte mayor.
No creo. Lo que es, por espantosamente sincero, es difícil de verbalizar. Porque dicho así suena a que te avergüenzas de tus raíces de clase obrera, cuando no es así.
Claramente los que reivindican lo fantástico de los barrios de clase obrera lo hacen porque no han vivido allí. Es la fascinación hacia el salvaje, del que dice: qué auténtico que debía ser eso, porque a mí la Tata no me hablaba. Pues a mí me hubiese encantado tener a una Tata que me cuidase todo el día, en lugar de una abuela enloquecida pegándome berridos.
Comentas en la novela la sensación de estar fuera de todo, perdiéndote todo lo relevante, y cómo ello genera ese odio y esa rabia de clase de la que nunca te zafas. Tu frase es perfecta: “el odio a los que saldrán ilesos”.
El odio a los que tienen paracaídas y hablan siempre desde fuera. Hay una bomba de detonación dentro de ti que no sabes cuándo va a estallar. Es tu fuerza pero también es tu kriptonita. Y eso es lo que te hace escribir libros y hacer canciones: las ganas de reventarlo todo, de ser Sansón y decir: yo me hundo, pero el templo se va a tomar por el culo. Y esa fuerza es atractiva porque es muy bestia, y porque es una fuerza creativa. A la gente que vive muy bien le cuesta acceder a esa rabia, porque es una cosa muy visceral. Tienes una intuición de cómo se hacen las cosas, pero nadie te las ha explicado. No tienes a un padre culto que te diga: no leas a Gunter Grass ahora, hijo mío, porque solo tienes catorce años. No. Tú pillas lo que pillas como puedes, y tienes la sensación de que te vas construyendo tú mismo tu cultura, y que te faltan aún muchas cosas. Ese odio lo ubicas en un espacio creativo, y se va destilando en algo así como estar en un planeta extraño, convirtiéndote en una persona extraña, vistiéndote de una manera rara. Cuando eres joven te vistes para tener una identidad, y cuando eres mayor te vistes para renunciar a esa identidad. O para parecer un niño disfrazado. No quería perder la intensidad, fuerza y esa violencia que surge de escribir desde dentro de una canción, que creo es un poco lo que comunica tu Rompepistas. La canción es tu caparazón.
Yo fui Johnny Thunders funciona también porque conjuga la violencia con emoción y sentimiento, con admisiones de debilidad pero sin gazmoñería. Creo que es complicado narrar utilizando esta mezcla.
Exacto. Me molesta cuando escribo o leo cosas donde se está sobreactuando, enseñando músculo, haciéndose el duro. Especialmente si lo hago yo. ¡Venga ya! Puedes tomarte un café con leche con galletas y quedarte como Dios, no hace falta simular todo el rato que quieres siete whiskies. Y luego está la cursilería y el buenismo, que también son detestables. Se trata de encontrar una tercera vía que combine ambas cosas. Para mí la música era más un aspecto interno que externo. Yo era más radical por los discos que escuchaba que por mi comportamiento cotidiano. Yo podía parecer más convencional que otros que iban de mucho, pero a la primera de cambio…
Dejaban de militar.
Eso es. Para esa gente era un entretenimiento, pero para mí era todo o nada. Las canciones lo eran todo. Hay un momento del libro en que habla Marisol con Francis y dice que para ella la gente nunca fue muy real. O al menos no tanto como las canciones. Es como en los westerns: de repente el tipo duro te confiesa unos sentimientos que si los ves en Sonrisas y lágrimas te cagas en todo. Pero en un western te sale el: “Es verdad, John. Te comprendo” (ríe fuerte). Como lector y espectador me gusta que las obras no se alejen de eso. Me molestan mucho los clichés y la sobreactuación.
La afectación y la cursilería son de los peores pecados que puede cometer un narrador. Uno tiene que ser capaz de poder explicar esos caparazones pétreos y esas entrañas blanditas. Porque la mayoría de gente que conocimos era así: gente benigna endureciéndose por su entorno. Francis es alguien bueno a quien le han sucedido cosas malas.
Exacto. La relación que tiene con su hijo es complicada, la línea era muy fina. Cuando era un chaval teníamos un grupo de amigos y había uno que se llamaba Pau, que era un trozo de pan. Pues bien, un día se fue al pueblo y volvió de punk, con todo el dietario y uniforme. Otro amigo nuestro albergaba en su casa a un chaval negro, no recuerdo cuál era la razón, y el Pau nos decía que ya no podíamos vernos con el Luís, porque tiene un negro en casa. Pero Pau, coño (le decíamos), pero si hace dos meses ibas al casal de la parroquia del barrio a tocar la guitarra. Desde siempre lo que más valoro son la autenticidad y el coraje de admitir los errores y las debilidades, y que uno es como es. Escribiendo, eso lo notas. Sabes quién escribe algo que le sale de las tripas y quién está fingiendo.
Si algo demuestra la vida es la brevedad del fervor converso. El evangelista renacido, el que le enmienda la plana a todo el mundo y le dice a la gente cómo tiene que ser, es el que antes cae. Comprobado.
Es verdad. El que más rabia da es el pesado que siempre te estaba llamando y de repente se saca novia y no lo vuelves a ver. Literalmente. Tío: te he aguantado cuando todos teníamos novia y tu no. Pero el tipo ya ha conseguido lo que quería, que era tener una novia y retirarse.
Yo siento una cierta compasión hacia cosas así. Porque la rabia que compartíamos mis amigos y yo muchas veces venía por sobrecarga testicular. La gente empezaba a follar y se volvía mejor persona.
Tendría que haber un servicio de polvos en la ESO. Cuando alguien está a punto de quema de container, proporcionarle alivio.
Hablemos de rock’n’roll, que es uno de los grandes motores de la novela. Francis dice que aquella música le hacía “trascendente”. Como aquellos teddy boys “heroicos” de los que hablaba Nik Cohn, ¿no? Hablas del rock’n’roll como algo más parecido a una religión que a un artefacto consumible.
Es la música de la tribu. Es lo que te conecta con algo más grande, que puedes llamar como te dé la gana. Esa música te cambia para siempre, te convierte en otro. Y luego está esa sensación de sentirte igual de marciano, pero no tan solo. De golpe percibes que en algún sitio y lugar hay gente como tú. Gente que te habla a ti. Eso es lo más fascinante: poner la radio y escuchar una canción compuesta hace veinte años a miles de kilómetros de donde vives, y parece una canción para Carlos. Esta iba para ti. Me acuerdo cuando compré el The Gift de los Jam en Gong Discos. Fui con mi novia. En la funda interior aparecía la foto de un tío bailando, y yo le dije a ella: “¿Por qué no tengo amigos así?”. ¿Dónde estaba toda esa gente, coño? Pensaba si sería posible mandarles un mensaje que dijera: “Estoy aquí. Rescatadme”. Esa religión la puedes colocar en todos los aspectos de tu vida. Y veo esa pulsión en otros escritores el venir de ahí. De esa habitación llena de posters en casa de los padres. Kiko Amat

(Recolgamos la primera parte de la entrevista extended a Carlos Zanón que publicamos en el antiguo Bendito Atraso. Esta es la única amnistiada, por pura legibilidad y por petición popular; publicaremos la segunda parte en un par de días. La versión breve se publicó en el Rockdelux #326 de Marzo del 2014).

Anuncios