Skagboys: más chutes sí

El pelado de Edimburgo vuelve con Skagboys, precuela de Trainspotting, también ambientada en su Leith natal y poblada por el viejo clan de céreos yonquis

Welsh pub“Solo tiene una gran novela”, aducen algunos agoreros, dando por hecho que Irvine Welsh la clavó con Trainspotting, sin duda, pero lleva desde 1993 luchando por reclavarla. Incluso asumiendo que esto fuese cierto (no lo es), decir que Welsh “solo” tiene una gran novela es como decir que Ray Charles “solo” inventó el soul. Una afirmación de tocacojonicos (como diría Paco Candel) y envidiosillas de taller literario.
Pero es justo reconocer que, aunque a Welsh le quedan muchas y muy buenas sagas por escribir, a la cabeza va su gran historia: la holocáustica caída de unos cuantos chicos rotos de clase obrera en las calles de Leith (Edimburgo), a lo largo de los ochenta. Welsh oscila a menudo entre la proficiencia experimental y anfetamínica (The Acid House, Éxtasis) y la excelencia más o menos inapelable (Cola, Escoria), pero solo es superlativo cuando habla de su mundo: Trainspotting, cómo no, pero también Porno (la secuela) y, ahora, veinte años después del debut, su precuela: Skagboys.
Skagboys, digámoslo rápido, no es tan redonda como Trainspotting por una sola razón: es larguísima (667 páginas). Del mismo modo que “The tears of a clown” de The Miracles sería inferior si en lugar de durar tres minutos durara diez, la penúltima del Leithita solo peca por extensión. En lo demás, es puro Trainspotting: muertes, peleas, speed, fútbol, punk, chutes, más chutes, más cucharas impregnadas de heroína, paro, ultraviolencia, música pop a porrillo, pandilleo, northern soul, ausencia de futuro y novias borrachas en pubs. Welsh regresa aquí a los depravados rufianes que conoció y tan bien describe, con la mezcla justa de emoción, separación, piedad y, sobre todo, verdad. Skagboys es, de hecho, autobiográfica hasta el sonrojo: Welsh habla a tumba abierta de sí mismo y de sus compinches. Mientras la leía me asaltaban una y otra vez frases de Mark Renton que alguna vez le he escuchado afirmar al autor en primera persona y riguroso directo.
https://i1.wp.com/www.anagrama-ed.es/img/portadas/PN863_G.jpgLos fans de Trainspotting celebrarán el retorno del clan: Sick Boy (manipulador lujurioso y mezquino), Begbie (ñu machista renacido en psicópata a jornada completa), Spud (benigno lerdo superado por las circunstancias) y, cómo no, Renton, cuyo relato es la mejor voz del libro. Solo empezar lo hallamos al lado de su padre en la Batalla de Orgreave (piquetes de mineros contra policía, 1984), y es su lacerante percepción del entorno lo que le aúpa a Pepito Grillo de la pandilla: “Pienso que hemos perdido y se avecinan tiempos crudos y me pregunto: ¿qué cojones voy a hacer el resto de mi vida?”. Su batacazo final hace especial pupa, porque era el único del gang con alguna esperanza: escapado de Leith, con novia formal, en la universidad, incluso –en el momento menos Trainspotting de la historia- de Interrail, como un gafitas de humanidades cualquiera.
¿Por qué caen los chicos del jaco? Skagboys desvela cómo llegaron a ser los despojos cadavéricos de Trainspotting: un cóctel de familias disfuncionales (Renton tiene un hermano “espástico” a quien masturba regularmente para aliviar su dolor), paro salvaje, Thatcher, accesibilidad de la heroína, y algo más: ser quien son. Esta distinción la establece Renton, cómo no, al afirmar que “los capullos que pretenden psicoanalizar a la peña que está hecha polvo pasan por alto lo más crucial de todo: a veces lo haces porque te lo encuentras y porque eres así” (las cursivas son mías). O sea que, como dijo Heráclito (y a mí me chivó Carlos Zanón), “el carácter es el destino”. Como eres es lo que te pasa, y punto.
Welsh ama a esos disolutos mozos, y su compasión –estilo Nelson Algren- impregna cada escena: cuando Begbie canta inopinadamente en el pub (“se da cuenta de que un pedacito de belleza de su alma ha quedado al desnudo y que (…) lo considera una debilidad en potencia”) o cuando Renton observa a sus padres (“Me limité a asentir lentamente con la cabeza; no tenía nada que decirles. Nunca en la vida tuve nada que decirles”). Welsh entrega, así, una rotunda novela coral que adereza con enmarañadas sub-tramas (la fábrica de opiáceos, por ejemplo) y secciones periodísticas sobre el advenimiento del sida en Edimburgo o el ascenso de los tories. Skagboys es, sin embargo, una novela de proporciones dickensianas que solo toca hueso cuando se acerca a los pillos moqueantes que tanto conmueven al autor y, por extensión, a todos nosotros. Hacía tiempo que Welsh no escribía así de intenso y fiero. Right on, Irvine. Kiko Amat

Skagboys
Irvine Welsh
Ed. Anagrama
667 págs.
Trad. de Federico Corriente

(Artículo publicado previamente en el suplemento CulturaS de La Vanguardia del 16 de julio del 2014)

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