Verano nuclear #3: Todos los pijos del mundo

foto Calella web– ¡Oh, Calella, perla del Ampurdán, bastión del pijo de La Bonanova, ábreme tus puertas (aunque sean las de servicio)!
– ¿Puedes dejar de gritar, so memo?
Regreso a Calella, tierra soñada por mí. Estoy de guasa en la terraza, y mi anaranjada esposa trata de acallarme pellizcando mi colgante bajobíceps. Dios, cuánto pijo hay en Calella. Diría que en agosto están aquí todos los pijos del mundo, reinando a fuerza de chequeras y superioridad numérica.
Hace cinco minutos paró ante mí un Lexus tamaño Estrella de la Muerte que expulsó a cuatro garbosas ninfas seguidas por un pisaverde con camisa rosa, birra en mano. Si llegan a andar a cámara lenta habría sido un video de Enrique Iglesias. Allí, atónito, agarrado a mis dos céreos rorros, holocáustica desolación en mi cuenta bancaria, me pregunté, alzando el puño al cielo: “¿Por qué no soy tú, oh, privilegiado mimbres de apastelado jubón, eh? ¿POR QUÉ NO SOY TÚ?”.
Dos segundos antes, mi hijo menor me había soltado:
– Papá, ¿tú eres negro?
Resulta que su hermano y madre son también pelirrojos, lo que me convierte en minoría étnica familiar. Los pijos hacen lo mismo: su entorno homogéneo les fuerza a asumir uniformidad cósmica. Es una perspectiva del mundo más deforme que el póster de King Kong.
– Pues claro: la propiedad clave del pijo es ignorar su condición -me aclara Naranja.
Pienso en Seven, cuando Mills le espeta al asesino: “Imagínate que estás masturbándote sobre tus propias heces y de repente piensas: “¡Joder, es increíble lo chiflado que estoy!” Me pregunto si los lobeznos de Sant Gervasi, mientras se morrean y agarran atroces turcas de Red Bull con vodka en la playa del Canadell a las 23h, se dicen: “¡Joder, qué pijo soy, Borja Luís!”.
– ¡COGE LA TOALLA Y VUELVE AHORA MISMO, JODER!
Ese era el vecino del apartamento contiguo riñendo vía móvil a su hijo púber, que a las 5h de la madrugada se encuentra aún en dicha playa, comatoso y magreando burdamente los pezones de cualquier Tita o Piluca (o ambas).
No sé a cuento de qué tanta hostilidad, en cualquier caso. ¿Qué puede sucederle a su hijo en el Canadell? ¿Que le devore un Lacoste?
Me vuelvo en la cama y escucho al mamado cadete sollozando por teléfono. Los pijos también lloran, según parece. Como nosotros, pero por distintas razones.

(Columna publicada en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia del 20 de agosto del 2014. Es la entrega #3 de 6)

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