El Vermut de Kiko Amat #9: Antonio Baños

El noveno Vermut, y parece que era ayer cuando empezamos, gallos en la garganta y bozo en nuestro labio superior.

Este es un molante vermú con Antonio Baños donde se habla de izquierdismo viril, abuelos falangistas puteros, la historia intelectual de los pijos, caracter anarco, la otra generación del 27, los hippies y las teorías fachas del 15M.

Como siempre, para los amigos de Gent Normal. Disfrute total.

La canción del viernes #2: Ned’s Atomic Dustbin, “Happy”

A los Ned’s Atomic Dustbin no les defiende (o parece conocer) ni su padre. Aparte de Nueva Vulcano y algunos amigazos míos. Parece imposible que todos aquellos grupos sensacionales (Mega City Four, Senseless Things…) estuvieran de moda en algún punto de 1989-1992. Incluso eran portada en los semanarios ingleses, aunque parezca un disparate que acaba de ocurrírseme.

Pero en esta casa no olvidamos jamás el pop-punk de finales de los 80 y principios de los 90. Juramos por él. Nos rejuvenece, demonios, como el mejor de los tónicos tonificantes. Ned’s Atomic Dustbin eran la monda lironda.

Aquí les ven en el Top Of The Pops (viva salir en el Top Of The Pops, que os zurzan The Clash), en 1991, año triunfal, cabeceando con su himnal “Happy”. Cómo no volver a tener 18 años, escuchando algo así. Les pregunto yo. Cómo leches.

Twist para Oliver (en la Calders)

De nuevo batiendo records mundiales de poca antelación en los comunicados.

Esta tarde (en unas horejas, vaya) me encontrarán en la Llibrería Calders, poniendo discos para la presentación del libro Setembre, octubre i novembre, de Joan Miquel Oliver (L’Altra editorial).

Solo hay un plato, así que no esperen filigranas. Pincharemos a lo guateque ye-yé, disco dentro, disco fuera. Pondremos cosas que nos hacen felices: Headcoats, Rudi, Telegrama, B’52, Redd Kross, Décima Víctima, Senseless Things, The Hi-Fives, Monochrome Set, Furniture, The Beat y más.

La canción de viernes #1: 3 “Swann Street”

Esto va a ser lo que parece. Viernes a viernes. Canciones favoritas del menda, cambiando según el humor y las condiciones meteorológicas.

Ni por raras, ni por viejas, ni por augustas: solo canciones que se me cuelan por el costillar desde siempre. Canciones que me (nos) explican.

Escuchada con insistencia durante el cruento invierno de 1996 en Cricklewood, Londres. Y siempre, desde entonces. Recordada con emoción a raíz del documental Salad Days.

3 eran de DC, obviamente. “Swann Street” está extraida de su Dark Days Coming (Dischord, 1989). Aúpa Jeff Nelson.

Kiko Amat charla con Bob Stanley #4 (y despedida)

BOB-STANLEY-KIKO-AMAT-webEn el libro hablas también de psicodelia inglesa y americana. De cómo la primera es mucho más interesante, porque era un mercado de singles y por tanto utilizaba la contención y la brevedad, esenciales para el pop.
Hay muchos singles de psicodelia americana que son interesantes, pero los que recibían la publicidad y el presupuesto eran los que grababan álbumes. Lo interesante y particular del fenómeno San Francisco es que la escena más rara, más heterogénea, más insular, fue la que fichó en su totalidad por grandes corporaciones. Todas esas jug-bands, grupos de teatro callejero, los que hacían freak-outs de quince minutos, todos terminaron en multinacionales. Nadie empezó un sello independiente como Vanguard, o Elektra (que era de Los Angeles). Imagino que porque iban todos demasiado pasados, y a nadie se le ocurrió. Pero es triste y absurdo que todos aquellos grupos acabaran en Warner Brothers, solo porque estaba cerca, y en cambio odiaran a los grupos de Los Angeles por ser demasiado “comerciales”. Así que, en efecto, la psicodelia americana fue engullida casi de inmediato por todas las majors. Se habían perdido la primera ola de pop británico, así que las compañías americanas estaban decididas a no dejar escapar otra oportunidad de oro, y ficharon a cualquier grupo friki de San Francisco, aunque no tuviesen ningún hit ni potencial para hacerlo jamás. La psicodelia inglesa, por otro lado, era una cosa considerada efímera, sucedió en grandes compañías que tampoco pensaban destinarle un gran presupuesto, de modo que las bandas tenían que contentarse con singles. Y eso definió su sonido.
El single de vinilo es lo que define el pop. Su formato clave. Los 2’35” que podías enchufar en cada cara. Tu libro lo deja muy claro.
Hoy en día hay gente que se aferra a los álbumes, sin darse cuenta de que están muertos. Los álbumes pop no existen. ¿Cómo es el disco de Beyoncé? ¿Es un álbum o una mera colección de videos, uno detrás del otro? No es un álbum en sentido convencional del término, eso desde luego. No quiero ser un snob de los singles, porque al final de los sesenta y principios de los setenta muchos de los avances interesantes provienen de los álbumes. Si llego a centrarme en singles no podría haber hablado de Led Zeppelin, que son relevantes y me gustan (aunque no tanto como a otra gente) y no eran un grupo de singles. Del mismo modo, todo el movimiento folk-rock inglés -The Pentangle y Fairport Convention y todos los demás- no estaba orientado al single.
Me gustaría ahora que te ciscaras en el concepto de “rock clásico”, tal y como lo defines en Yeah Yeah Yeah. Porque el día en que se acuñó ese género fue un día aciago para la humanidad.
El término “Rock clásico” seguramente quiere decir cosas distintas en Inglaterra o Estados Unidos. Pero allí se acuñó cuando las estaciones de FM empezaron a despegar y se colocaron en competición con las emisoras de AM, que estaban programando a David Cassidy y cosas así. Porque en Gran Bretaña la radio popular duró hasta el año 1978, incluso después del punk. Así que la creación de esa idea de rock clásico aquí obedece a revistas como Q en los ochenta, y Mojo algo más tarde. Por definición, cualquier cosa etiquetada como “clásica” quiere decir que es “conservadora”, y por tanto que no acepta ningún tipo de progresión. “No, lo siento, es hasta aquí, ya está todo hecho y lo demás ya no importa”, esa es en cierto modo la actitud. Quizás por la prevalencia del término en Estados Unidos, al menos hasta finales de los setenta, fue más difícil que los grupos de los ochenta y noventa (en el hardcore, y el punk, y el grunge) se alejaran del rock. “Rock clásico” incluye a Led Zeppelin, hard rock, blues rock, algo de AOR, Doobie Brothers, Styx, alguna banda inglesa como Jethro Tull o los Moody Blues (ambos grupos, por cierto, tuvieron mucho más éxito en los Estados Unidos que en Inglaterra), quizás cosas cercanas al metal como Black Sabbath…
Creo que la clave del heavy metal es tomártelo en serio, si no resulta imposible. A la que le pierdes el respeto, puede ser cómico. Con el Oi! -que me encanta- sucede algo parecido.
Por supuesto. Y la línea es muy fina. Puedes mostrar una cierta ironía al hacer referencia al mundo del metal y sus temas, pero a la que pasas a ser un grupo cómico como The Darkness ya estás perdiéndole el respeto, es pantomima, y por tanto dejas de gustarle al público metal. Puedes pensar que el género es ridículo, incluso si eres fan, pero no puedes verbalizarlo. El hard rock, asimismo, tiene cosas buenas. El otro día miraba One day in September y de repente empezó a sonar una canción alucinante, muy poderosa. Era “Child in time” de Deep Purple. Así que, como decíamos antes, no le encuentro sentido a decir que toda esa música es una mierda, porque puesto en contexto y examinado como corresponde le encuentras cosas buenas al género. Despreciarlo por completo sería de snob, y yo soy un anti-snob.
Eso se percibe cuando hablas del siempre denostado glam rock, que es un estilo maravilloso. Pero siempre se habla mal de él porque era de clase obrera, y teatral, y bailongo.
Lo que más me irrita a la hora de hablar de glam rock es la distinción que hace alguna gente entre glam “de verdad” (Iggy, Roxy, Bowie…) y el glam zafio de Slade, o Mud. Ziggy Stardust o Electric Warrior son colecciones de grandes canciones inspiradas musicalmente en los 50’s y con nuevas letras sobre cohetes espaciales. Que en el fondo es lo mismo que hacían The Sweet. Me cabrea que la crítica que hizo The Guardian de mi libro lo reduzca todo a “prefiere The Sweet a Led Zeppelin”. Aunque, si te he de ser sincero, hay una parte de verdad en ello. Ves conciertos de The Sweet de la época y se te caen los pantalones, Eran un grupo increíblemente… “Engrasado” es la palabra que no quería usar (ríe). Pon “Hell Raiser” de The Sweet al lado del “Black Dog” de Led Zeppelin y verás que los primeros no eran un grupo de amateurs, o una banda de estudio. Pueden batirse con quien sea. Pero aún hoy te encuentras algún crítico de la vieja escuela que se ríe de ellos y no los considera un grupo respetable. ¡No puedo creer que aún digan cosas así, cuarenta años después! Decir que uno es mejor que el otro es otra chorrada, pero sí quiero defender a The Sweet. Porque nadie lo hace, entre muchas otras razones.

Fase C: Objeto alejándose de Bob Stanley

Apago la grabadora. Stanley y yo seguimos conversando durante un rato sobre temas de gran interés para ambos. Asuntos de vida o muerte. Como por ejemplo The Claim, un grupo de quien ambos somos super-fans (él llegó a sacarles un single en su sello Caff), y que no conoce ni el proverbial Tato.
Stanley se pone en pie de repente y dice:
– Bueno. Tengo que coger un tren. Voy a ver a mis padres. Estoy un poco borracho, qué vergüenza. Ha sido un placer.

Le despedimos. Dale y yo estamos bien en aquel bar victoriano, así que nos quedamos, bebiendo y hablando de pop y amigos comunes, una hora más. Dale tiene un acento indefinible, lo que viene a llamarse mid-Atlantic (medio británico, medio inglés), y suelta tremendos falsetes cuando explica algo hilarante, y tiene una cierta pinta de castor melancólico que echara de menos su árbol natal.
A la mañana siguiente. Llueve aún de forma inclemente. Paseo junto a Dale por los muelles de Greenwich, llenos de cuervos y fango y barcazas, un paisaje tan kitchen sink que estoy esperando ver a Rita Tushingham embarazada (o planeando un aborto; típico tema de novela 60’s) en cualquier momento.
Me calo hasta los huesos en el West End, buscando minions (los muñecajos de Gru, mi villano favorito) para mis hijos. Luego me siento en mi pub favorito, The Blue Posts, en Berwick St. y leo a Jonathan Ames y hago ver que es 1999. Lo cual me es extremadamente fácil, porque el pub está preservado en ámbar (por eso vengo aquí) y está igual que en 1999, 1989 y muy posiblemente incluso 1889 o la primera época eduardiana.

Y así estamos: me duele todo, mi recto es un calcinado cráter termonuclear, tengo los pies encharcados y la cabeza como un hormiguero rociado con napalm, Londres es la ciudad más hostil de Europa -te escupe de su boca, que diría la Biblia- sigue diluviando, el viento bárbaro que sopla ahora parece venir del Walhalla o la laguna Estigia, tengo que subir a un avión en tres horas (sigue sin agradarme demasiado volar), me he gastado 200 euros que no tengo en discos y regalos y malditos viajes (el transporte ha subido desde la última vez que estuve aquí), y pese a todo me sigue emocionando estar en esta ciudad y haber hecho lo que he hecho. Regresar a Londres y entrevistar a Bob Stanley. El pop te obliga a hacer cosas así. Valió la pena, diga lo que diga mi organismo. Kiko Amat

(Artículo publicado en su totalidad por la revista El Estado Mental #2. La ilustración -cliquen para ampliar y leer el cómic- es obra, claro, de Sergi Puyol)

Verano nuclear #6: Hola, mundo cruel

Zulo-webHola, mundo cruel. Las vacaciones han terminado y estoy de vuelta en el zulo. Mi despacho. Mierda. Solo los periquitos pasan tanto tiempo confinados en un espacio así, y ellos al menos cantan. Mi cubil es un lugar precario que, como los Sudetes, puede ser anexionado y rebautizado en cualquier momento por el enemigo. Como “habitación de nuevo bebé”, a lo peor.
– ¿No te gustaría tener una niñita? –me susurra al oído mi mujer, Naranja, poniendo chispeantes ojos de Heidi.
– ¿Qué te dice la ley de Murphy? –le contesto, señalando a mis dos chicos, que están jugando a Karate Kid y arreándose coces- Lo más seguro es que sea otro niño, y también pelirrojo. Vamos a parecer los Weasleys. Y además, ¿no recuerdas? –y me señalo el pito.
Me hice la vasectomía hace dos años, precisamente para disuadirla de tener esta conversación.
– La vasectomía se puede deshacer –me dice ella.
– En teoría sí –contesto yo- En la práctica es un misterio, porque ningún hombre lo ha probado.
Mi mujer se marcha humeando cual tren chu-chú, y yo vuelvo a quedarme solo y abatido. Miren la foto: ¿parezco contento? Hay gente que sueña con ser rapper enjoyado o piloto de helicópteros; yo solo anhelo tener un empleo normal rodeado de gente benigna y locuaz. Y algo borracha, si puede ser.

Pero no va a poder ser: no sé hacer nada más que esto. Lo que están leyendo, vamos. Ya: no es gran cosa, y dificilmente me convertirá en millonario. Mi mujer y yo llevamos algunos días berreándonos el uno al otro por dinero, y esa es la discusión más triste de todo el abanico.
Bueno: quitémonos de encima esta melancolía como si fuese caspa. Llevo demasiados días apesadumbrado. Quizás porque estoy leyendo La llegada del Tercer Reich, que no es como para soplar matasuegras. Hitler era bastante de derechas.
– ¿Vamos a tomar algo tú y yo? –me dice mi mujer, metiendo su cobriza cabeza en mi guarida, y es como el sol que aparece tras los nubarrones en el mapa del tiempo.
– ¡Viva! –le digo yo, apagando el ordenador con el dedo gordo del pie. Estaba viendo un documental sobre The Mekons que me ha devuelto el amor a la humanidad. “The Mekons transformaban su desespero y rabia en humor, sin perder nada de ese desespero y rabia”, dicen en él.
Ese es el truco. Emerjo del zulo y cierro la puerta. Esto se acabó. Kiko Amat

(Artículo publicado en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia del 10 de septiembre del 2014. Esta es la última entrega de la serie. Espero que lo hayan pasado de rechupete)