Verano nuclear #5: La fiebre de las alturas

foto-Bungalow-webLa fiebre de las alturas no es tan divertida como la del sábado noche. Es el arrechucho que te agarra cuando llevas varias lunas confinado en una cabañucha del monte, y entonces vislumbras el resplandor y despiezas a toda tu familia a hachazos, y con ellos haces butifarras y las vendes en Camprodon.
– ¿Puedes repetirme otra vez qué coño hacemos aquí? -le pregunto a Naranja, mi esposa a topos.
– Las privaciones unen a la familia -me contesta.
Estamos en el bungalow de un camping, en el Ripollès. No tengo ni idea de por qué leches. Un día estaba yo meciéndome en una hamaca ampurdanesa, degustando algún sublime pelotazo local, y al siguiente estaba tiritando bajo la feroz lluvia, ataviado de tirolés y ciscándome en el santísimo frontispicio de Ripoll, intentando abrir a trompadas la puerta de lo que es, básicamente, un armario glorificado en mitad de un cerro. ¿Cómo va a unir la familia algo que te hace pensar en abandonarlos a todos en una cuneta? ¿Y luego dar marcha atrás y atropellarlos? ¿Y repetir la operación seis o siete veces?
Pero al mal tiempo, buena cara. Y de lo primero sobra aquí: 15 grados, perpetuos chubascos como en Indochina y ni un solo rayo de sol. Oh oh oh. Eso sí: es bonito que no veas. Por supuesto, el clima que lo mantiene tan frondoso es el mismo que lo hace inhabitable.
Ignorando los ceños fruncidos, Naranja nos fuerza a explorar la zona. En cada pueblo cuento 1 Land Rover por familia y 6 esteladas por persona. La gente las luce en banderas, chapas, zapatillas, incluso asumo que tatuadas en nalgas. Camprodon aloja mil tiendas de encurtidos y en Sant Joan de les Abadesses el Cristo románico escondía una hostia incorrupta en la frente, pero ya no (los de la FAI se limpiaron el trasero con ella en 1937). Mientras mi esposa, mostrando alarmantes signos de locura, pone cara de éxtasis ante cada tapiz con musguito, mis hijos y yo estamos al borde del motín. Los dos niños emprenden de forma unilateral una protesta fecal al modo Bobby Sands, y por poco me uno a ellos.
Cada tarde vamos de excursión, armados solo de un mapa fotocopiado y diez leguas de ropa Decathlon.
– ¿A dónde llevará este caminito? -me pregunta Naranja, confundiendo mi jeta de odio por rictus de fascinación, mientras señala una mierda de sendero repleto de ortigas.
– ¿A una muerte horripilante? -le digo yo.

Kiko Amat

(Artículo publicado en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia del 3 de septiembre del 2014. Esta es la penúltima entrega)

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