Lo fundamental: 10 discos que hicieron a Brighton 64

Kiko Amat recibe en el salón de su casa a Albert y Ricky Gil, hermanos fundadores y co-líderes del extraordinario grupo pop/mod de los ochenta Brighton 64. Allí se habla de los discos que alumbraron su camino, pero también de pantalones pitillo blancos, de Manolo García recomendándoles que no tocasen en directo aún, de versionear 6 canciones del mismo álbum de los Kinks y de melancolía incurable.

Brighton-64+Amat-web1) THE WHO Who’s Next (Polydor, 1971)
RICKY: Fuimos al Cine Maldá cuando pasaban The Kids are alright, el documental. Era sesión continua, y entramos a la mitad, cuando tocaban “Won’t get fooled again”. Nos quedamos flipados. Solo conocíamos a los Who de oídas.
ALBERT: Entramos en su etapa más rockera, la de los 70’s. Nos encantó, y fuimos a la inversa, descubriendo lo antiguo. Y a través de ellos, por una entrevista a Pete Townshend, conocimos a los Jam. Ibas tirando del hilo.
2) THE KINKS The Kinks (Pye, 1964)
RICKY: Este es el primer disco que compramos de ellos. En nuestra primera época llegamos a tocar hasta seis canciones del álbum.
ALBERT: Pero no éramos un grupo mimético. No intentábamos sonar como los Kinks. Nuestro referente eran los Jam: un grupo moderno, con sonido actual, que remitía más al punk que a los sesenta. Brighton 64 siempre han tenido un componente melancólico. En “Barcelona blues” ya hacíamos referencia a una Barcelona que estaba a punto de desaparecer. Es un estado de ánimo, como un deja vu extraño. Una melancolía por cosas que no te han pasado. Siempre hacíamos un flash forward.
3) CHUCK BERRY After School Sessions / One Dozen Berrys (Chess, 1957)
ALBERT: Esto fue nuestro gran descubrimiento musical: la relación de acordes del R&B. Escuchábamos una armonía que nos gustaba, buscábamos quién la hacía, y de los Rolling Stones pasamos al maestro. En aquella época solo existían seis álbumes editados en España, pero nosotros teníamos veintitantos (risas). El hawaiano, el cantado en castellano, el directo en el Fillmore… Mucha gente cree que conoce a Berry, pero las mejores suelen ser desconocidas, como “Brown eyed handsome man”.
4) THE JAM In The City (Polydor, 1977)
ALBERT: Setting Sons fue un disco que nos desorientó mucho, era muy oscuro. Entonces tiramos hasta In The City, y vimos que encima eran… ¡punks con traje! Los Jam hacían música para su momento, algo que creo que han perdido los mods de hoy. Como creador, el mimetismo nunca me ha interesado. Aquí se ve la influencia de Wilko Johnson, de Dr. Feelgood, en esas guitarras tan duras.
5) VV.AA. 20 Mod Classics (Tamla Motown, 1982)
RICKY: Este me lo compré en Londres. Por la portada, obviamente (risas). El segundo volumen llevaba una bandera inglesa. Antes había escuchado algo de Tamla Motown, pero no mucho. Estos veinte temas fueron una introducción acelerada.
ALBERT: Fue el segundo paso en pos de la música negra. El primero había sido aquella cara de Quadrophenia, que nos abrió al mundo del soul. Los Who son el pivote, lo que abrió todos los puentes. Veías el “Heat wave” y te decías: “Esta la hacen los Who. Y también los Jam. ¡Vamos bien!” (risas). Las grandes bandas hacen proselitismo al mostrar sus influencias.
6) THE PAUL COLLINS BEAT The Paul Collins Beat (CBS, 1979)
RICKY: Esto es un ejemplo de música comercial de la época. Junto con The Knack o The Romantics sonaban en todas partes. The Beat nos gustan también por razones personales: con el tiempo conocimos a Paul Collins y nos hicimos amigos.
ALBERT: Es chulo conocer a un tipo que ha sido un tótem, y que encima sea majo. Porque a menudo conoces a gente que admiras, y en mala hora… (risas). En este disco Collins estaba iluminado. Canciones en apariencia simples, pero con una fuerza… Se podría haber guardado la mitad de canciones e ir sacándolas con los años. Es una lección magistral. Imagino que él sabe que este disco es una obra de arte. Debe ser frustrante que haya trascendido tan poco.
7) LOS RÁPIDOS Los Rápidos (EMI, 1981)
RICKY: Cuando acabábamos de empezar recibimos la histórica visita de Manolo García y José Luis Pérez de Los Rápidos a nuestro local de ensayo. Manolo nos soltó la legendaria frase: “Muy bien chicos, yo creo que en un par de años empezareis a sonar un poquito”. Lo que pensamos fue: “¿Un par de años?” (risas). Nosotros queríamos tocar YA, teníamos mucha prisa. Luego fuimos a su local y nos quedamos de piedra. Tocaban muy bien.
8) PISTONES Persecución (MR, 1983)
ALBERT: Para mí todos estos grupos eran tan importantes como los Jam. Era música cantada en castellano, como la nuestra. Rechazábamos la música española de los 60’s, grupos que nos parecían de verbena como Los Sírex. De hecho, los veíamos en verbenas de verdad (ríe). Nos sonaban añejos, pero añejo franquista. Teníamos que rechazar lo que había detrás, y aliarnos a los referentes modernos.
9) THE BARRACUDAS Drop Out (Voxx, 1981)
RICKY: Nos dieron sonido y look. Encontramos camisetas de rugby y pantalones de pitillo blancos, y son los que nos pusimos en La casa de la bomba. Habíamos ido mucho de traje completo, oscuro, corbatas, como en “Fotos del ayer”.
ALBERT: Dejamos de ir ultra-mods para ir de un rollo más pop-art. Barracudas fueron la influencia principal en “La casa de la bomba”: surf-pop, coros, órgano, guitarras ácidas…
10) THE FLESHTONES “American Beat” (maxi IRS, 1984)
ALBERT: Esto abrió la puerta al soul, al garage… Lo de salir por la puerta tocando los instrumentos ahora ya lo hemos visto cuarenta veces, pero la primera vez que lo vimos, en 1985… Mira, se me ha puesto la piel de gallina (risas). Me recuerdan a Sex Museum, en el sentido que hacen lo suyo mientras el mundo va cambiando. Son como esa camiseta que te compraste en 1982 y un día en que te ves más delgado te vuelves a poner. Hay que tener paciencia, porque el mundo gira y gira, y las modas vuelven y vuelven.

6 imprescindibles del pop-mod español 1982-1990
1) BRIGHTON 64 Fotos del ayer (1982-1987) (BCore 2014): Podrían ustedes ir de safari vinílico para cazar todos los singles y maxis, pero esta flamante recopilación les ahorrará el faenón. Aquí está, simplemente, lo mejor de Brighton 64. Todos sus éxitos, evoluciones y avances, incluyendo caras B sublimes y oscuras favoritas. Todo ello envuelto en cegador portadón, con bonita hoja interior y lujoso fanzine repleto de textos (Alex Cooper, Miqui Otero y otros).
2) LOS CANGUROS Un salto adelante (1986-1990) (BCore 2013): La banda más avanzada del modernismo patrio. Versionaban a The Cure, Pere Ubu, The Prisoners y Booker T. Sonaban a Makin’ Time, pero también a The Fall o Blue Orchids. Llevaban Farfisa, pero no producía notas ye-yé. Eran oscuros y fatalistas e inexplicablemente maduros. Uno de los grupos más idiosincrásicos y celebrables de esta cosa nuestra.
3) LOS NEGATIVOS Piknik Caleidoscópico (Victoria, 1986): El mejor disco de pop psicodélico español de todos los tiempos. Sin más. Las mejores canciones, letras, portada y trapitos. Los Negativos fueron el único grupo sin mácula de todo este asunto, y en 1986 parecían incapaces de equivocarse. Su debut, un trabajo artesanal de puro amor al pop, sigue sin ser superado veintitantos años después.
4) LOS FLECHAZOS Viviendo en la era pop (DRO, 1988): Los Flechazos demostraron, por vez primera, que un grupo podía llevar lo mod de bastión y vender un aluvión de copias. Un monumento a la pasión por cosas relucientes y añejas, y su disco más cándido, menos forzado, más teenager y bullanguero (incluye garage, surf, power pop, instrumentales en plan The Roulettes…). La evolución lógica de los Brighton 64 era esto.
5) KAMENBERT Soul nights (DRO, 1987): No tiene mucho soul, la verdad, pero es uno de los mejores álbumes europeos de pop-con-trompetas al modo 1987. Todas las canciones son excelentes, y podrían haber sido tan grandes como, qué se yo, Los Ronaldos o Los Romeos. No lo fueron en absoluto, pero aún se echa de menos su gracia, su emoción, su trío de cantantes femeninas, tan nueva ola, todas sus felices cancionazas. Incomprensiblemente, jamás ha sido reeditado.
6) LOS SENCILLOS De placer (BMG/Ariola 1990): Los mods les abandonaron y les llamaron cosas que terminan en -ones, pero De placer es un disco a la altura de los cinco anteriores. Es casi una recopilación de singles, con 11 éxitos potencialmente radiables. Los Sencillos no se harían mega hasta “Bonito es”, pero este es el que ocupa más lugar en ciertos corazoncitos.

(Esta pieza nos la encargaron en Rolling Stone hace unos meses. Al poco de publicarse, la amable chica que nos lo había encargado cesó o fue cesada. Esperemos que no fuese por nuestra culpa. La foto como-pedro-por-mi-casa es de Carles Rodríguez)

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Senior i El Cor Brutal: un escrache con guitarras

seniorLo de Senior a mí me asusta. Me asusta por él, por lo que pueda pasarle, por si aquella gent vienen de matinada a buscarle, le enchufan un saco de cebollas en la cabeza y me lo arrastran a una acequia para darle el paseíllo. Y adiós Senior; porque vamos a llorarle unos cuantos. Senior ha cambiado una pizca, pero no tanto. Siempre fue un compositor de canciones a lo Ovidi, que no temía hablar claro, y si tenía que llamarle “fill de puta” a alguien, pues se lo llamaba y somos arrieros y en el camino nos encontraremos. Y sin embargo, yo a Senior i El Cor Brutal no les había prestado demasiada atención. ¿Cómo les diría? Para mí Wilco son unos caballeros que acompañaron a Billy Bragg una vez, y el alt country… ¿música country de señores altos? Y por ello precisamente no me entretuve demasiado en escuchar a Senior i El Cor Brutal. Grababan en Nashville y Louisville y otros sitios acabados en ville, versionaban a Will Oldham y a M. Ward, en las entrevistas dejaban caer menciones al Zuma. Y llevaban (y llevan) barbas como zarzas y camisas muy tejanas. A él lo vi en un documental y me cayó de aúpa; pero uno no compra discos por lo simpáticos y nobles que sean sus autores.

Pero Senior i El Cor Brutal acaba de entregar el que para mí ya es el mejor disco en catalán del 2014. Me importa un pedo los que vengan tras él; que esperen bajo la lluvia; ya les llamaremos. Senior me ha emocionado, y se lo confieso así a todos ustedes, lectores de Cultura/S. El poder de voler (Malatesta 2014) es un disco político, sin arengas pero lleno de empellones y amagos de puñetazo-en-nariz a los malos. Lo de hacer música politizada ya saben ustedes que es más complicado que pintar una figurilla del caganer con una brocha del 6. Un mínimo desliz y has entregado el panfleto, emborronando todo el tema. Y panfletos sí que no. Recordemos las canciones más izquierdosas y verbosas y “con mensaje” de The Jam o The Style Council. Eran las peores con diferencia, por mucho que nos chifle danzarlas a medianoche (“Imagine if tomorrow the workers went on strike”, bla bla).

Senior no es así. Al igual que sus primos catalanes Samitier, un grupo de visión similar al suyo –recién disueltos hace tan solo un mes, por desgracia- Senior sabe que lo político solo puede explicarse desde lo más personal. Como me dijo un día el escritor Antonio Baños, “yo no sé qué es la libertad, pero sé perfectamente cuándo no me siento libre”. Senior habla de lo que está sucediendo ahora con una visión de cercanías, en primera persona o adoptando voces de personajes, y nos cuenta historias de precariedad y rabia y miedo y testiculos-llenos, sin clichés ni mendacidad ni cinismo (o, insisto, sermón). Sus frases cortan profundo y se quedan largo tiempo: “A que les coses les veus més clares quan t’estan amenaçant?”. “Vos espera una gran greu de ràbia, sorolls i veu / Tranquils, no cal que corregueu”. “El rock’n’roll és un niu de covards / Ningú és queixa, els egos s’alimenten / Mai voràs cap acció exemplar / mentres tinguen les ratlles ben fetes”. “En una cosa estem d’acord: un canó devant del nas / Té més força i més raó / que mil vagues generals”. Lo que yo decía al principio sobre el paseíllo venía por cosas como estas. Senior no va a hacer muchos amiguitos, si continúa diciendo frases así. Su disco es un escrache con guitarras. Amenaza a algunos H de P, avisa (dedo en ristre) que a todo cerdo le llega su proverbial San Martín y, en general, loa a la sublevación popular que está al caer. Y además, esta vez ha puesto el acento musical en Superchunk o Jawbreaker (según declaró para Cultura/S: “¡fuck americana, here comes Chapel Hill!”), no en los de la alternativa country. Más pop-punk vigoroso, menos aires de trigal.

Como el bueno de Bragg, las canciones de Senior están llenas también de amor y compasión. Amor por ellas y por ellos. Novias y colegas. Por “Roselleta” (“Roselleta / dis-me si pot ser, si em puc tombar / En la bodega del teu cor” ) y por “Lapido X” (“Deixa-mos la guitarra, Lapido Xicotet / Per rebentar-li la cara / al fill de puta aquell”). Incluso amor por el enemigo, pardiez. En la última estrofa de “El poder del voler”, mi corte favorito del álbum, Senior parece estar hablando de un viudo deshauciado que decide redirigir su ira hacia arriba en lugar de hacia abajo. Cuando está a punto de colgarse de una viga, cambia de idea. Es la mejor estrofa del disco: “Però la ràbia / ja és més forta que la pena / I se’n va corrent d’allí. / I el director ja no riu / quan veu com entra / i trau el rifle de l’abric”. Sí: es un tipo cosiendo a tiros a su ex-jefe. Y no es precisamente el tipo de letras al que nos tienen acostumbrados Manel o Mishima o Els Amics de les Arts, ¿verdad? Senior es un terrorista del cariño, porque solo los tanques, la sangre y el amor podrán hacernos libres. Senior es lo mejor de por aquí. Un ejército de cuatro. Un combatiente (barbudo) de lo nuestro. Una voz a seguir en la inofensiva bruma del pop en catalán. Muy fans (somos). Kiko Amat

(Artículo publicado previamente en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia del 19 de noviembre del 2014)

SLEAFORD MODS: bored to be wild

Son Sham 69 en verboso, The Fall cuando tocaban en clubs de viejos. Es spoken word blanco y panzón, grime berreado por ex-mods demacrados. Un monólogo cómico para una audiencia hastiada. Sleaford Mods son una singular protesta contra el glamur, las patrañas y los besaculos. Son un pendón de terrible verdad callejera. Todo está perdido y el hedonismo no va a salvarnos. SM documentan en Divide and Exit (Harbinger Sound 2014) el fin de la rave y el comienzo de las riots, como Pet Shop Boys en pleno bajón de speed.

Sleaford modsSiento como si le conociera de toda la vida, a Jason Williamson. Él es el tío lúcido que, al salir del after con los ojos enrojecidos y la nariz moqueante, se pregunta: “¿De qué coño sirve esta mierda?”. Él es el currante enfadado, no solo con los jefes sino con el resto de la plantilla, inmerso en una guerra perpetua imposible de ganar. Él es el macho que se atreve a mostrar flaqueza, como cuando Begbie canta en Skagboys, y luego lo lamenta; porque abrir flancos es anatema en su mundo. Es el paria ilustrado y el cabrón resentido: con los ricos, con los ilesos, con los guays, con el sistema. Pero peor: Jason Williamson está harto de sí mismo. Él es su propio sparring. Williamson es el tipo que se mira al espejo cada mañana y tiene que retroceder, asqueado, tras enfrentarse a la verdad: todos esos defectos, puestos allí como mugrientos palillos de feria que hay que derribar para conseguir un premio que no merecía la pena.
Su banda, Sleaford Mods, ni siquiera se parece a una. Son un duo, Andrew Fearn y Jason Williamson. El primero pulsa un botoncico y su cutre-teclado pedorrea cortantes lineas de bajo y ritmos macilentos; el resto del tiempo cabecea y sorbe cerveza. Williamson es la voz: un manguerazo de palabras, un volcán de ingenio, insultos y porquería (el poeta escocés Hugh McDermit dijo que su cometido era escupir como un volcán, “lanzar llamas pero también basura”) en procaz reyerta. Sleaford Mods son violentos, pero no a lo gangsta; más bien como un tarado arreándose en la cara con una llave inglesa. Sleaford Mods son los Specials abatidos de “Ghost town”, diciendo que “Los grupos ya no tocan / Hay demasiadas peleas en la pista de baile”. Son lads perspicaces de mediana edad, ojerosos y borrachos y desencantados, desertores del acid y damnificados por el britpop. Hacía MUCHO tiempo que una banda no me conmovía como Sleaford Mods.

Ante todo, y a modo de introducción, me gustaría que me hablaras de tu familia y de tu ciudad de origen, en qué tipo de entorno creciste, a qué música estuviste expuesto en tu infancia, ese tipo de cosas.
Mi madre era griega, y aparentemente el lado griego de la familia es bastante musical. Por el lado inglés nadie lo era. Mi abuela griega cantaba y tocaba la guitarra, solo un poco, pero el resto de mis familiares no estaban conectados a la música ni de una forma remota, más allá de poseer algún disco de adolescencia y tal. No empecé a escuchar música hasta que tuve diez años o así. Mi primer disco fue la versión de “Something Else” que sacó Sid Vicious en solitario, y que formaba parte de la banda sonora de The Great R’n’R Swindle, si no me equivoco. De allí me gradué a The Jam, luego a Tamla Motown. Todo esto era hacia 1980, que es cuando ya empecé a comprar discos con bastante frecuencia. Punk, nueva ola y luego soul. Allí fue cuando mi interés por la música creció de veras, y de aquello pasé al rap: hacia 1987 ya compraba todo lo que sacaba Def Jam, LL Cool J y cosas así. De allí, lógicamente… Bueno, lógicamente no: empecé a escuchar cosas indie: The Wonder Stuff, Pop Will Eat Itself, The Woodentops… Sobre esa época ya empezaba a cantar en grupos, y experimentaba con lo que podía.
Una de las primeras frases con las que uno se topa al investigar a Sleaford Mods es precisamente vuestro lema: “Used to be in bands. Hated it”.
Sí, estuve en bandas, hace años. Bandas mod. Bandas indie con inclinaciones mod, vaya.
¿Mod como The Style Council o mod como, urgh, Oasis?
Más bien Oasis. Con alguna orientación R&B de órgano, imitando a The Small Faces, o así. Era una escena que te corroía el espíritu. Tal vez viví algún breve momento de elevación, pero hablando en general fue una experiencia de lo más deprimente (ríe).
¿La depresión venía por la rutina de las giras, ensayos y eso, o porque esa es una escena particularmente propensa a la gilipollez y la mentira?
No, en aquella época ni tan solo íbamos de gira, tan solo tocábamos algún concierto de forma muy ocasional. Por lo que yo vi, todo parecía orientado a conseguir un contrato discográfico. Tampoco era un tipo de música que me pegara demasiado, no me sentía cómodo del todo con aquello. Para colmo fuimos pasando por toda una serie de fases y estilos, a ver si alguien nos fichaba: un poco más folk, un poco más soul… Para serte sincero, era todo muy deprimente.
A eso me refería: ¿te deprimía tocar rollo Small Faces, o lo que te deprimía era la dinámica horrible de los choques de egos, el cantante gilipollas, el batería drogadicto, el bajista taciturno, todos los espantosos clichés del mundo musical?
Veamos, cuando estás en bandas lo primero que encuentras es a un montón de gente que no debería estar en bandas. Gente con egos enormes, que para empezar ni siquiera son músicos, a quienes no les interesa particularmente lo de la música. Eso sucede muy a menudo en el circuito amateur, te topas con auténticas pérdidas de tiempo con patas, gente que en poco tiempo ya ha entrado a formar parte de la estrutura corporativa y empieza a realizar tareas directivas de mierda, solo por el dinero. Es gente, en realidad, a quien la música solo le parecía un camino para llegar al dinero y a las posiciones de poder. Eso te lo encuentras constantemente en el mundo de la música, y es mayoritario en el caso del rollo indie rock; también en el mundo de los DJs. Tipos que no tenían la menor inclinación creativa, que solo utilizan esto como trampolín a una carrera y a obtener algún beneficio. Siempre me he topado con este tipo de cosas, y me parecen un montón de mierda, y me cabrean cosa mala.
Sleaford Mods son un exabrupto contra muchas cosas, pero un buen número de tus diatribas se dirige especialmente a los mentirosos, los que van a venderte la moto, los manipuladores y arribistas…
Sleaford Mods podemos ser un grupo político, en el sentido de que hablamos de muchos temas que son políticos, pero sobre todo la cosa va de observar y desenmascarar a ese tipo de gente, gente que en realidad es completamente inútil (ríe), que no sirve función alguna. Todos los que son falsos, y que a la vez viven engañándose a sí mismos. Encuentro ese tipo de personalidad absolutamente fascinante, y el mundo está lleno de ellos. Y empeoran a medida que van haciéndose más grandes, si entiendes lo que quiero decir. Tíos que se multiplican por diez al hablar de sí mismos; hallas esa personalidad disfuncional incluso entre tus propios amigos, cuando empiezan a actuar de forma distinta y darse aires, y comportarse como putos gilipollas.
Lo dices en una de tus canciones. “People walking around with real fucking bad ideas about themselves”. Yo he conocido a mucha gente así, tipos que creen ser alguien distinto y es algo que también me parece fascinante. Es como una disfunción de personalidad: creer que eres mejor de lo que en realidad eres.
Joder, y que lo digas. Dios. Por desgracia, existe una auténtica multitud de gente que no se ve a sí misma tal y como es. Y esto no es una visión elitista o arrogante por mi parte. Simplemente me doy cuenta más de ello como más viejo me hago. Ves a esa gente y no piensan. O sea, no piensan en lo que son ni siquiera remotamente.
Creo que es legítimo que tú precisamente digas eso, porque si hay algo valioso en Sleaford Mods es que nunca os ponéis por encima de nadie. Tu sales tan mal parado de tus canciones como cualquier otro cretino.
Y tanto. No me considero en absoluto mejor que nadie, y soy consciente de que tengo un montón de defectos. Están allí, esas partes malas de mí, sé cuáles son, y cada vez que emergen a la superficie soy perfectamente consciente de que están en mi personalidad. Eso es la base de todo, en cierto modo, esa observación de rasgos negativos, propios y ajenos, y el tratar de exponerlos de algún modo interesante. Por añadidura, no mejoran. Con la edad se vuelven más y más oscuros. Cada día flotan hacia la superficie un montón de detalles de esos que te impiden olvidar lo que sucede. Quizás consigas alejarte de ellos durante un breve espacio de tiempo, y pasarlo bien, pero si algo está claro es que cuando vuelvas a casa seguirán allí. No se habrán ido. Joder, incluso cuando estás por ahí de jarana sigues pensando en ello (ríe). En que vivimos en un mundo caótico, sin líderes ni dirección. Eso es lo que intento documentar.
Siempre mencionas esos aspectos oscuros, lo que tu llamas tus “viejos demonios”. No quisiera ser indiscreto, pero lo cierto es que me gustaría saber cuáles son. Escucho canciones terribles (por su contenido de verdad) como “Shit Street Runny” y me pregunto cuál es su porcentaje autobiográfico.
(Ríe y luego carraspea) Sí. Los demonios. Bueno, se trata de lo de siempre: ser un puto bocazas, tomar demasiadas drogas, ir por el mundo sin pensar en absoluto en la consecuencia directa de tus acciones, cuando deberías estar pensando en esas consecuencias. En general, todo tiene que ver con no ser un hombre cuando deberías ser un hombre. Casi todos mis amigos se encuentran en el mismo barco. Los hombres, al menos; no sucede del mismo modo entre las amigas. Uno de los problemas frecuentes de esos hombres es la imposibilidad de expresarte libremente, y la otra el saber cuando parar (ríe algo amargamente, como si fuese un tic nervioso). Eso también me parece interesante: que tu conciencia sepa exactamente cuál sería el comportamiento adecuado, cómo hacer lo correcto, pero verte incapaz de hacerlo. Y seguir sin hacerlo durante un larguísimo periodo de tiempo. Por suerte yo estoy bien, pero mucha otra gente no lo está.
A mí también me interesan sobremanera todos los atributos y carencias de la masculinidad. Creo que Sleaford Mods sois un grupo muy masculino, en todos los sentidos de la palabra: duros y débiles a la vez. Pendencieros y atormentados. Una madeja de inseguridad y arrojo insensato.
Es inevitable. Es así. Ves las cosas con ojos de hombre. A veces, incluso tu propia naturaleza física es la que marca tu visión del mundo, seas consciente de ello o no. Hoy mismo un amigo me texteaba para quejarse que su novia había roto con él, y se lamentaba de que había atravesado la puerta de un puñetazo, por la rabia. Ese es un ejemplo de respuesta completamente inútil a la situación, ¿no? Si te paras a pensar, realmente somos un sector bastante inútil de la sociedad. Redundantes, incluso. Siempre hemos cultivado ese absurdo estilo testosteronado de macho. No somos seres humanos demasiado filosóficos o pacientes o empáticos. Eso sin duda se refleja en mis canciones.
Uno de los puntos de fuga de esa masculinidad en aprietos solía ser el hedonismo, el baile, las drogas. Pero clublandia, como retratas en canciones como “Urine mate”, se ha convertido en un infierno, un camino sin salida. “Ballroom blitz went all wrong”, vaya. La fiesta no arreglará nada.
Es todo una puta mierda. Y quizás esa sea la razón por la cual la gente se pone absolutamente ciega al salir por ahí. Toda aquella ola de euforia general que aún se veía cuando yo tenía veinte años se ha ido a tomar por culo, ahora es un infierno en vida. A la vez, es un infierno en vida que no puedo sacudirme de encima. A todos mis amigos les sucede lo mismo. Son gente que empezó a salir a finales de los ochenta y principios de los noventa, cuando la cultura de clubs inglesa despegaba a lo grande. Todos esos grupos de hombres saliendo por la noche, y no precisamente para tomar una pintita de lager, sino a lo bestia, y que continúan haciéndolo incluso cuando ven que no conduce a nada, que ni siquiera es divertido. Encuentro ese tipo de actitud muy intrigante, especialmente cuando veo que no estoy solo, y que eso le sucede a muchísima otra gente. Y mucho de eso tiene que ver con el ego, con demostrar que sigues siendo el mismo, que todavía aguantas. Incluso cuando es obvio que se ha convertido en una trampa de la que no puedes escapar.
Salir de noche puede ser una de las experiencias más amargas y vacías a las que puedes enfrentarte como humano. Y deprimente a más no poder.
Es muy deprimente. Y aún es más deprimente que eso sea la única vía de escape a la situación actual: el socializar, el salir por ahí. Como respuesta fracasa miserablemente.
SM RTMe entristece y aburre ese mundo, el de desfasar como fin en sí mismo, pese a los años en que lo he practicado. Lo del camino del exceso por el exceso me parece una soberana chorrada. “Havin’ it large”, la bobada esa que decían los Gallaghers…
Mi problema con Liam Gallagher es precisamente que personifica esa actitud, que todavía intenta que la gente se la crea, a su edad. Que aún es un lad machote y farrero, y que eso es lo que hace y punto. Me enfurece esa mentira, me llena de rabia esa pretensión, es una basura. Esa gente que va por ahí promocionando una versión antigua de ellos mismos en público me da asco. Lo de salir a lo grande es una cosa de los veinte años, no te digo que no, a esa edad tiene cierta razón de ser. A esa edad podía aguantarlo, lo de salir, ver a bandas de mierda, ir a clubs, pero ahora no puedo. No puedo aguantarlo en absoluto. Y lo triste es que sigues cayendo en ello de vez en cuando. Es una puta tragedia que se entromete en el camino de todo lo que haces. Te haces mayor, y sigues derivando hacia ello ocasionalmente, casi sin darte cuenta, y cada vez es peor, y peor, y peor, y no puedes evitarlo. Ya no tengo las visiones idealizadas de ese mundo que podía tener antes, solo veo las partes oscuras, el aburrimiento, lo estúpido que es todo el ritual. Levantarte, trabajar, ir a casa y pegarte el pasote cada fin de semana. O sea, todavía siento el impulso de ir al pub cada viernes noche, no puedo evitarlo. ¿Qué coño estoy haciendo, eh? Tengo una familia, no tendría por qué salir así. De algún modo te dices que tienes que salir, que eso es lo que te define. Por otro lado, todo esto me ha enriquecido, he hecho que esos impulsos trabajaran a mi favor. Sentirme así es lo que me ayuda a crear esa música que siempre había querido crear. No lo había planeado así, simplemente me vi en esas situaciones de constante decepción por lo que sucedía, y eso me impulsó a escribir sobre ello.
La máxima ironía es que un grupo como vosotros haya acabado siendo Disco del Mes en Mojo. Al lado de The Horrors, uno de los grupos más pijos y odiosos del planeta. ¡Y en un número que tenía al Definitely Maybe de Oasis como Reedición del Mes!
(Ríe) Cuando el editor me lo contó me quedé un poco descolocado. Pero los del Mojo son amantes de la música, y como tales sienten una conexión genuina con el pasado. Joder, es obvio: la puta revista está alfombrada de puto pasado. Pero son gente que ama la música y que a la vez tiene la intención de vivir de ella mensualmente. Yo soy igual, no vamos a engañarnos. Por tanto, no me preocupa especialmente qué revista hable de nosotros, mientras lo hagan y eso me permita seguir haciendo lo que hago. Bueno, a no ser que sea el Hitler Weekly o algo así (ríe). Así que si aparece una foto de The Horrors al lado de la nuestra… Qué vas a hacerle. Es la típica mierdecilla pomposa de moda. Lo peor de The Horrors no solo es la pretenciosidad, o las gilipolleces que dicen, sino también que no experimentan en absoluto. Y que son todo ego y dinero: el peinado adecuado, la ropa adecuada, la foto en que aparecen con una modelo famosa…
Citando a Syd Barrett, por si acaso.
Qué puta chorrada. Qué chorrada más increíble, te lo juro. Dios santo, ¿cuantas bandas más necesitamos que afirmen que su influencia es Pink Floyd? Ya está bien. No es necesario. Ya se ha hecho hasta el puto aburrimiento. Pero de repente te encuentras con bandas que sí son interesantes. The Brian Jonestown Massacre. Fui a verles el otro día, venciendo mi natural pereza. Tampoco que es que saquen álbum cada año, así que pensé que merecía la pena el esfuerzo. Y así fue. Me impresionaron mucho. Lo normal es pensar que no puedes hacer nada nuevo con música de guitarras, pero de golpe ves que alguien lo consigue. Y esta es gente que lleva lo del pasado de blasón, o sea que también es posible hacer algo interesante tirando del pasado. Lo que sucede con el resto de grupos es que son holgazanes. Eso es lo que son. Putos holgazanes, y arrogantes, y mentirosos.
Sleaford Mods es un grupo no tradicional, pero si atiendes puedes escuchar algún eco tenue del pasado: el abatimiento de The Specials en “Ghost town” puede intuirse en “Showboat”, por ejemplo.
Claro. Esa es la música de mi adolescencia. Pero lo he hecho sin ser muy consciente de ello, y aplicándolo a elementos con los que no lo asociarías, cosas que no acostumbran a ir juntas. Eso no me hace sentir mal. Podría estar soltando “All or nothing” y no sentirme culpable, porque la mezcla sería inusual. No me importa que se perciban ecos de cosas así. Esas cosas, fraseos de éxitos pop y tal, aparecen en mis letras constantemente. No tengo nada en contra de un pequeño guiño de vez en cuando.
Aún recuerdo cuando el NME dijo a mediados de los noventa que Oasis eran los nuevos Specials. Casi me caigo de culo.
Joder, no recordaba eso. Eso sí que es mierda pura. No existe ninguna conexión. Menuda basura. Para empezar, los Specials eran mucho más inteligentes que Oasis. No negaré que los segundos tenían algo cuando empezaron, durante unos segundos. Pero esas letras… Noel Gallagher no puede escribir letras decentes ni amenazado de muerte, es un letrista inmundo. También se rodearon desde el principio de hombres de negocios y compañías que estaban dispuestos a todo con tal de hacer dinero a su costa, y por eso toda esa gente iba por ahí diciendo que eran grandes. Si tu esperanza es forrarte con ellos, qué otra cosa vas a decir. Pero esa gente, Oasis, son culpables. Se han forrado, forrado de veras, a costa de la gente de clase obrera, pero lo que han dado a cambio ha sido muy poco. Y las cosas que decían… Eran locuras.
Algunas de las lecturas que haces de la clase obrera me recuerdan al Chavs de Owen Jones.
Sí, ese libro fue una influencia. Lo leí cuando salió, hace unos años. Y cuando lo terminé me leí un montón más: Marcuse, Debord y los situacionistas, la escuela de Frankfurt… Aunque también estoy en desacuerdo con muchas cosas de las que dice Own Jones. Él es un izquierdista verdadero y concienciado, y yo no creo en todas esas cosas, si quieres que te diga la verdad.
Si existe algún tipo de música chav (con perdón), vosotros podríais estar fabricándola.
Por supuesto. No concibo la música sin un elemento de rabia, de violencia, aunque sea solo violencia teatral o lírica, y esa rabia viene de la situación en la que te encuentras, de la injusticia y las traiciones. Las canciones tienen que intentar describir la realidad de algún modo, explicar qué es lo que está sucediendo. No veo que nadie lo haga. No veo que nadie esté explicando lo que sucede. Escucho lo que dicen los artistas de R&B negro, que es una música que me gusta, y me dan ganas de vomitar. Hablan de un mundo que no existe, y eso me cabrea. Iros a la mierda, tíos. Iros a la mierda con vuestro mundo de fantasía.
En tus canciones hablas de empleos espantosos y lo que sucede en ellos, pero quizás algún día abandones tu trabajo regular para dedicarte solo a la música. Una vez lo hagas, por supuesto, empezará a venir gente a decirte que ya no eres de clase obrera porque no estás sudando en la cadena de montaje.
Eso es muy naíf. Muy naíf. Y, en efecto, ya hay gente que me lo está diciendo. Que cuando deje de trabajar no tendré temas para las letras. Por Dios. ¿Has escuchado el puto disco? No va solo de trabajar. Habla de todo, de todo lo que me preocupa, del lugar donde vivimos. Y además, ¿cuántos discos puede uno escribir sobre puto trabajo? No quiero regodearme en ello. No quiero acabar como todas esas putas bandas punk de los ochenta que ahora tocan en pubs para treinta colegas y todavía están diciendo las mismas cosas sobre lo mismo, desde el mismo punto de vista que cuando tenían diecisiete años.
Como GBH, o Abrasive Wheels.
Sí, ese rollo. O sea, no quiero meterme con ellos, supongo que está bien si lo que quieres es tomarte una pinta con los colegas y hablar de peleas con skins, pero lo de repetir todos esos slogans no te reportará ninguna mejora, no es algo que infunda mucho respeto. La única forma de hacerlo es mirar y remirar las cosas de manera objetiva, y cambiar tu perspectiva, y luego ponerlo de algún modo creativo. Y eso es un proceso muy largo.
Me parece una imposición bastante chocante, por no decir obscena, eso de que tengas que ser siempre pobre y estar en un curro de mierda para ser un “auténtico” miembro de la clase obrera.
Son chorradas. Tiene que existir una forma de hacer esto y que no comprometa lo que piensas, y que encima te permita sacar algo más de dinero y de satisfacción que desempeñando un empleo común, que te permita vivir mejor, y darle a tu familia algo mejor, un piso algo mejor, mejores estándares de vida. Si no es así, dejaré de hacerlo, claro. Pero este es un viaje muy largo. Tienes que tener razones mejores para hacer todo esto que el éxito o el ego. Tiene que haber una idea, una idea para la música. Hemos empezado a grabar maquetas para un nuevo trabajo hace poco, y me he convertido en un cabrón horrible, y vuelvo a estar preocupado por todo, y todo lo que veo me da asco.
Tu visión no es muy optimista, ¿verdad?
No. No hay esperanza. Yo no la veo. No te permiten que la tengas, vaya. Hace poco me leí un libro llamado Capitalist Realism, de Mark Fisher, quien normalmente colabora en la revista Wire, y debo admitir que ese libro me dio algo de esperanza, me dio fe; algo que no sucede a menudo, créeme. Por norma general, todo lo que veo es hormigón. Un panorama de hormigón y cerveza (ríe). No veo que esto pueda cambiar. Es horrible.
Me inundó la euforia cuando vi que en Mojo defendías el álbum Suburban Rebels de The Business, y lo citabas como influencia clara en Sleaford Mods. Nadie tiene pelotas para defender a los grupos de Oi!
Eran un gran grupo. Y de fachas no tenían un pelo. Eran una sólida gran banda skinhead, y punto. Ese puto disco es brillante. Es crudo como nada, pero tiene momentos de gran belleza, de auténtica belleza. Eran buenos compositores, además.
Me tomo como algo personal que ese primer álbum de The Business sea considerado inferior a los primeros Joy Division o otros grupos de post-punk.
Lo único que hicieron Joy Division fue darle un toque más atmosférico a lo que hacían, envolverlo todo de una capa de penumbra y melancolía, y bautizar las canciones con títulos más abstractos. Pero, y esto es lo importante, lo que hacían no era más inteligente que lo que hacían The Business. Y por otro lado mira a los antiguos miembros de Joy Division, qué pandilla de capullazos. Peter Hook, por Dios. Por otro lado ahí tienes a Mickey Fitz, aún tocando cada viernes para los mismos cincuenta skins. Joder, eso si es convicción. Necesitas convicción para seguir haciendo algo así.
Tal vez te hayan hecho ya esta pregunta: Con la de insultos que repartes, ¿no temes que te arreen un taburetazo en la nuca un día de estos?
No, la verdad.
No hablo de Weller, que ya está viejito. Me refiero a algún joven enfurecido.
No. Pelearse es una cosa muy fea, muy poca gente tiene ganas de violencia, y por supuesto la gente que más te critica es la que menos pelea. Las veces que me he pegado con alguien ha sido una experiencia absolutamente entristecedora. No hay tanta gente en el mundo capaz de venir a arrearte un puñetazo. Mucha gente sí es capaz de venir a escupirte insultos, y ser verbalmente abusivos, pero la experiencia me ha enseñado que la gente en general no tiene ganas de meterse en peleas. Aunque Noel Gallagher viniese a por mí, ¿qué iba a decirme? ¿”Te equivocas”? Está claro que no me equivoco, ¿verdad? Eres un puto gilipollas. Un puto gilipollas que ha robado a la gente, y lo has disfrazado con tus delirios de esa creatividad que la providencia te ha otorgado. No puedes negar lo que digo. Puedes decir que no te gusta, pero no decir que miento. Joder, me gustaría no tener que hablar de esto siempre, pero no me dejan. Preferiría ser Neil Young y hablar de otras cosas, pero la estupidez de esa gente no me lo permite.

(Entrevista publicada originalmente en el Rockdelux de octubre 2014. Esta es la versión sin editar con 4 páginas extra y una porrada de preguntas inéditas. De postre pueden ir a la página web de Rockdelux y leer la lista que nos dio Jason de sus 5 discos más odiados, que es también muy molante)

Kiko Amat vs. Greil Marcus

Estupor, chanza, desacuerdo y un sensacional pulso dialéctico entre Kiko Amat y el laureado overlord de la crítica rock mundial, Greil Marcus. El primero entrevista al segundo para Playground con ocasión de La historia del rock’n’roll en 10 canciones (Contra). Lean aquí a su escritor de cercanías favorito enfrascado en un torneo de ping pong dialectal y hallándose de repente en verdaderos apuros conversacionales. Incluye dos ataques de risa, uno de risa nerviosa y el otro común.

Pepinos inapelables para Gent Normal

Se acerca el V aniversario de Gent Normal (lo he puesto en numerales romanos para que la cosa luzca más triunfal), que son amigos y colaboradores, primos de Primera Persona y familia, en general. Los fastos tendrán lugar el sábado 14 noviembre en dos lugares distintos, como si esto fuese el festival de los Monegros. Primero se celebra un concierto con Da Souza y Mourn en la sala Almo2Bar, y a continuación otro concierto de los audaces Supergrupo (Marc, Xesc, Quique, Esther, Miqui), que son de veras un supergrupo moldeado bíblicamente del barro de muchos otros (Halcón, Me & The Bees, Fred i Son…) y que tocarán para la ocasión un set de versiones favoritas de nuestra tierra. Aquí hallarán toda la logística del sarao.

Les cuento todo esto, además, porque este su escritor de cercanías favorito, entrevistador de alto riesgo y columnista jacarandoso (me refiero a mí mismo: Kiko Amat) estará pinchando una horeja de pepinos inapelables en Heliogàbal, a la medianoche, cuando las doce campanadas suenen en el carillón. Lo que pondré serán cosas crudotas que me hacen feliz: Buff Medways, 60’s punk rarejo, power pop aún más raro (como el “TV deceives” de los irlandeses The Singles), punk-pop de Seattle (la cataclísmica versión del “Star all over” de Tyrone Davies que hacían Best Kissers in The World), rompepistas mod de vuelta al ruedo (el “Nowhere to run” de Tina Harvey, el sugerente “Tame me, Tiger” de Bonnie St. CLaire, que tenía un nombre de actriz porno que no veas), alguna tarta twee bien azucarada (como el conmovedor “Why do you have to go out with him (When you could go out with me)” de Brilliant Corners) y también The Mekons, Giuda, The Fleshtones, The Young Fresh Fellows (la farra bailando-sobre-las-mesas del “Taco Wagon“), The Remains, Richard Hell & The Voidoids, Protex, The Soft Boys… Todo en disco manoseable, no haría falta decirlo. Vengan a verme y tráiganme ofrendas, si hacen el favor.

Historias de kurorexia #1: Sweet little sixteen

O las locas aventuras de un adolescente mental enfrentado a su aterrorizadora edad verdadera

1950s-teensEstoy aguardando mi turno en el CAP Roger de Flor (no me sucede nada grave; que mis enemigos no pongan a enfriar el champán aún) cuando se sientan justo delante de mí dos chicas jóvenes. Muy jóvenes. El tipo de juventud que, de tener yo relaciones con ellas en algunos estados del Medio Oeste americano, se traduciría en veinte buenos años a la sombra y el descrédito entre mis feligreses y alusiones horribles grafiteadas en la puerta de mi mansión y la misma choza reducida a cenizas en un par de días más. Esa juventud. Juventud de haber estado jugando a la comba hace cuatro años, máximo.

Pero aguarden un momento. En realidad, ahora que lo pienso, no tengo ni la más remota idea de qué edad tienen. Soy ya tan mayor que no distingo ni un pijo a esa vastísima distancia cronológica. Digamos que si 27 –por decir una edad al tuntún- me parece ya una burrada de lozanía y bullanguera (y errática) mocedad, estas dos chicas son el equivalente de un óvulo recién fecundado. Ni eso. De un espermatozoide a medio recorrer la travesía a nado en pos de dicho embrión.
Pero me arriesgaré aventurando una cifra a lo loco: 16.
No, mejor 17.
Digamos que tienen 17 (¡diecisiete!) alucinantes e incomprensibles años, sí. ¿Es eso la ESO o ya Bachillerato? (me hago un enredo catastrófico con la nomenclatura actual).

No importa. Las observo bien, pero no tan bien como para que aparezca la policía, me apresen y se me lleven enmanillado. Llevan tejanos elásticos -deben asfixiar como si te hubieses envuelto las cachas y el culo con plástico de embalaje industrial-, Superga de imitación con suela extragruesa, piercings en lugares insospechados (el nódulo central del labio superior), jerséis de punto bolsudos, ojos pintarrajeados de sombra crepuscular y uñas bastante largas, barnizadas de laca transparente, en unos dedos vertiginosos que no cesan de whatsappear. La forma con la que ambas se conducen por el mundo adulto –y, por tanto, de la que han hecho gala al aparecer en la sala de espera de este CAP, donde la media de edad es de 170 años- es una mezcla de extraordinaria timidez y apuro, confusión y torpeza post-púber; sin ninguna de esas fantasías demacradas que solemos leer en libros de escritores guarros como Nabokov y Philip Roth. Los azorados andares de las mozas son más bien de patos extraviados; lo opuesto al flirteo y la lujuria y el coqueteo, vamos (lamento haber destrozado sus sueños, amigos viejos verdes).

– Perdona.
Estoy tan ocupado con mis cábalas que ni percibo que están dirigiéndose a mí.
– ¿Perdona? –repiten, algo más alto (pensando que debo padecer sordera terminal).
– ¿Sí?- respondo al fin, dando un brinco y volviendo a la realidad.
– ¿Sabes si aquí es donde visita la Doctora Manpiérrez?

Yo les contesto lo primero que se me pasa por la cabeza. No recuerdo muy bien qué les digo ni a dónde las dirijo, porque estoy tan ocupado haciéndome el joven que las palabras emergen de mi garganta en piloto automático y desmadrada propulsión. Estoy saboreando dulcemente el hecho de que no se hayan dirigido a mí con alguna expresión formal como “perdone” o “muy señor mío” o, peor, alguna alusión a mis avejentados huesos del estilo de “venerable anciano” o “Eh, tú, carcamal” o incluso “maldito despojo reumático e inservible, repugnante antigualla de la era glacial”.
No, han dicho “perdona”. No ha habido lugar para la duda o el titubeo. Se han dirigido a mí con una familiaridad que, si bien no hablaba de hermandad inter-púber, sí situaba nuestra breve relación conversacional en algún punto de proximidad. A medio camino entre nuestras edades (es broma; seguramente les he recordado a su maldito padre).

Trato entonces de recordar cómo era yo a los 16, y qué hubiese pensado entonces de un tipo de 43 años que estuviera sentado ante mí en el ambulatorio. Es una conjetura falseada, claro, porque en 1987 no existían los tipos como yo. La gente de 43 años, en mi pueblo natal por aquella época, ya tenía hijos post-adolescentes con barbas recias y tufarada axilar, y se preparaba de facto para la entrada a la tercera edad. Aquellos tipos (mi buen padre entre ellos) estaban ya dejando atrás el mundo adulto; solo imagina el obsceno horror de la mismísima idea. ¿Abandonando la juventud a los 43? Cielo santo.
En cualquier caso, hicieren lo que hicieren con sus indumentarias, seguro que aquellos hombres de 43 no deambulaban por el mundo con mis estrafalarias pintas de árbol de navidad beodo.
Ni con sudadera de capucha. Oh, sudadera de capucha, significante #1 de la juventud desde los primeros 80 hasta aquí. Mucha gente (yo inclusive) cree que una sudadera de capucha es el mantón de invisibilidad aquel de Harry Potter. Que, si te calzas una, vuelves de inmediato y mágicamente a los 18, y por tanto la gente será incapaz de reparar ya en los surcos de siembra que cruzan tu jeta y zona nasolabial como una embrollada intersección autoviaria de Los Ángeles.

Pero nada de esto engaña a mis dos contertulias. No se han sentado a mi lado a enseñarme el nuevo trend viral que está petándolo en su insti. Una vez satisfecha su cuestión, tras haber abrevado ambas en el manantial de mi sapiencia infinita, las dos se alejan de mí hacia la puerta de la Doctora Manpiérrez.
Saciaré ahora su curiosidad: les miro el culo, en efecto. Mientras marchan. No puedo evitarlo; es un gesto tan automático y atávico y tan masculino que uno lo practica sin reparar en ello. Pero quiero que sepan una cosa: quizás sea esta la mirada de trasero más asexuada que he realizado en toda mi santa vida. Tal vez no soy tan viejo verde, después de todo, pues:

a) Ningún pensamiento libertino ha cruzado mi mente, y
b) He pensado en sus madres.

No de forma indecente, entiéndanme. No va por ahí.
He pensado más bien en cómo sus madres estarán preocupadas por ellas, por aquellas niñitas que se comían los macarrones y leían tebeos y jugaban a la goma y se dejaban hacer la trenza cada mañana, y ahora, de forma casi inconcebible, tienen ya 16 años, y están andando por un mundo violento y cruel lleno de hijos de puta, un mundo en el que no encontrarán trabajo ni en sueños, y pienso en esas madres, y sé que yo no dormiría ya nunca más de la pura angustia, del deseo enloquecido de protegerlas de todo mal, de preservarlas de forma marsupial en mi regazo hasta que cumplan los 30, de no dejarlas andar por ahí sin cordón umbilical ni escudos ni mis puños defensores, a la merced de cualquier loco rufián de 43 años con ideas sospechosas.

Quizás desde ahora me sucederá lo mismo que a Louis CK (padre de dos niñas), quien ya no puede masturbarse con Girls Gone Wild porque es incapaz de dejar de pensar en las pésimas notas que van a sacar las chicas que se embadurnan las tetas de aceite en el video.
Quizás me sucederá eso. O quizás no. Solo hay una forma de averiguarlo. Kiko Amat

Librecambismo

Periodismo Cuatro libros dan perfiles distintos de Julio Camba (1884-1962), el genial columnista de Villanueva de Arousa, artista del humorismo breve y mordaz observador cotidiano. Incluyendo la etapa de fogoso ácrata y la antirrepublicana.

https://i2.wp.com/image.casadellibro.com/a/l/t0/85/9788415862185.jpgJulio Camba, escritor gallego que publicó desde 1903 a 1962 en Madrid, es uno de los mejores columnistas que ha dado España, precisamente por lo particular de su condición. Camba era un periodista inusual, si nos atenemos a la definición común del oficio. Como sucede con John Fante, uno sospecha que lo que le apetecía a Camba era hablar de sus cosicas, y a la vez comentar su entorno cercano de la manera más subjetiva, autobiográfica e irónica posible. Camba era un cronista de viajes cuestionable, por ejemplo, a pesar de que su reputación nació allí. Una rápida ojeada a sus textos sobre Alemania o Inglaterra dejan claro que Camba al principio no daba pie con bola. “Yo tengo una ignorancia enciclopédica que revela un gran españolismo”, se jactaba en “Yo no soy alemán” (Mis páginas mejores). Si le daba por preguntar algo, Camba no entendía ni jota de lo que le contestaban, fuese aquello Chicago o París. Así que, ni corto ni perezoso, interpretaba lo visto con perspicaz mala fe e imaginación a espuertas. Camba me recuerda a los camareros españoles con los que me topaba en Londres cuando yo vivía allí, emperrados en seguir llamando “guiris” a los ingleses pese a la flagrante inversión de roles que había tenido lugar. Uno se imagina a Camba así: deambulando por Berlín, bajito y regordete y racialmente ibérico, mofándose de los godos en su propia casa porque hablan a ladridos y no saben cocinar los garbanzos.

Y, sin embargo, los atributos de Camba son legión: su prosa mordaz y tronchante, su completa falta de pretensiones (siempre dijo que “toda pompa es fúnebre”), su sagacidad y visión, su estilo grácil y elástico, su aparente capacidad de escribir sobre cualquier cosa y que siempre resultara ameno. Camba era el rey de la columna diaria breve. “He adquirido la facultad de convertir todas las cosas en artículos de periódicos”, diría. Era también un fiero individualista, misántropo ocasional y “aristoácrata” huraño (como Jardiel) que se enemistó con la República no por ser requeté o devoto, sino (se sospecha) por algún desaire institucional.

Mis páginas mejores incluye sus famosos textos anti-republicanos, y algunas de las ideas del Camba adulto suenan hoy retrógradas y mezquinas (no lean “El divorcio” si no quieren que se les atragante). Buscando combatir la visión hostil que, precisamente por aquellas ideas, se tiene de Camba en la España moderna, Pepitas de Calabaza ha realizado una titánica recuperación de sus escritos anarquistas de juventud. ¡Oh, justo, sutil y poderoso veneno! aúna los textos que escribió entre 1903 y 1907 para diversas publicaciones libertarias, entre las que destaca su propio periódico, El Rebelde. La mayoría de estos trabajos fueron perseguidos sin tregua en la época, y Camba incluso fue a prisión por ellos, prueba de que comulgaba con genuino fervor revolucionario.

La única mácula de esta heroica selección es (¡ay!) precisamente dicho fervor creyente. En muchos de los escritos anarquistas el joven pontevedrés suena solemne y apostólico; serio, en una palabra. El Camba maduro aún no saca su sulfúrica lengua, así que leemos: “el combate nos llama. Hemos nacido para el combate como ha nacido el león para las selvas. Combatiremos, pues. Combatiremos con mayor energía que nunca, desnudo el pecho robusto y erguida al aire la frente soberana”. Buh. Como arenga jacobina está fetén, pero como texto del maestro… Según parece, el imberbe Camba de 1903 aún no había deducido lo de la “pompa fúnebre”.

Hacia 1906 empieza la fractura del predicador anarquista, y en 1907 escribe El destierro (glosa de su exilio bonaerense), uno de sus trabajos insignia. Camba habla aún como ácrata, pero ya emplea su audaz retranca, ya quita hierro a todo, ya se caricaturiza, ya salta al primer plano sin paracaídas (“El público se imaginará que yo soy únicamente el autor de esta novela, pero, en realidad, soy algo bastante más importante: soy el protagonista”). Unan eso a El matrimonio de Restrepo (1924), una mondante égloga novelada del celibato, y a la selección de sus textos de oficio Maneras de ser periodista, y el conjunto les mostrará a Camba en su inmensa grandeza. Con todos sus aciertos y morrones. Kiko Amat

“¡Oh, justo, sutil y poderoso veneno!”; los escritos de la anarquía
Pepitas de Calabaza, 2014

El destierro y El matrimonio de Restrepo
Prólogo de Ignacio Ruiz Quintano
Ediciones del Viento, 2014

Mis páginas mejores
Prólogo de Manuel Jabois
Pepitas de Calabaza, 2012

Maneras de ser periodista
Edición de Francisco Fuster
Libros del K.O., 2014

(Artículo previamente publicado en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia del 22 de octubre del 2014)