Lo que sucede es que yo a Carlos Cros le tengo flaca

https://pbs.twimg.com/profile_images/474507876757954560/zTo_tS0a_400x400.jpegYo a Carlos Cros le tengo flaca por muchas razones. Se las listaría todas, pero solo conseguiría ruborizarle y fatigar mis huesos carpianos (pues son muchas). Digamos que empecé a tenerle flaca cuando su primer grupo, Los Sunglasses, que hacían mod revival estupendo y canciones sobre velocidad y dirección y mozas modernas y calles mojadas, todo el temario modernista. Y digamos también que le seguí teniendo flaca en Los Selenitas, que grabaron un himno imperecedero en “Los años que nunca volverán”, el más precoz canto a la melancolía por el paso del tiempo que han escuchado mis viejos oídos.

Pero mi debilidad por él no es solo artística. No quiero que piensen que no tengo corazón, que para mí no es más que un trozo de carne con guitarra y sorprendente pelucón. Lo cierto es que de vez en cuando me lo encuentro por ahí, con un gabán oscuro y una bufanda colorada y ese estropajo Nanas que luce a modo de peinado, siempre acompañado de guapísimas chicas argentinas que no va a ligarse (aunque alguna vez sí se las liga, el rufián), y su presencia me alumbra el corazón. Me gusta tenerle de inquilino en este planeta, saber que anda por Barcelona de noche, por el Chino y Gràcia y cualquier lugar donde puedan reunirse tropas de guapísimas chicas argentinas, él arrastrando su tímida bohemia y encantadora caradura y pequeño fatalismo tronchante y sus perpetuas historias de huidizas chavalas porteñas.

Lo que quería decir, y al final anduve por las ramas, es que a Cros le tengo un cariño profundo y sencillo y constante, y que siempre me ha gustado cómo es y cómo vive.
Me alegra, así, no tener que sortear hoy una impenetrable dicotomía, la del aprecio que nos tenemos y (por otro lado) las disciplinas que practicamos. En el nuevo disco de Carlos Cros su talento está a la altura de mi afecto (de nuevo), y eso me pone las cosas fáciles. Según lo veo yo, este es el disco más completo y coherente que Carlos Cros ha realizado en la vida. Es el disco que debería hacer famoso a Cros, y conseguirle al fin el favor de todas esas chicas bonaerenses que aún meditan qué hacer con él y su asombrosa mata de pelo. Parece una broma, pero a menudo me pregunto por qué Cros no está todo el día sonando en la radiofórmula. El hit y canción inaugural de este álbum, “La cuenta atrás”, se halla en el punto exacto donde se encuentran el power pop audaz y exultante de The Plimsouls y la banda sonora de Footlose o Regreso al futuro. El vórtice bueno en que la nueva ola potente casi muta en AOR coreable, y que solía ser el pasaporte infalible para el Top 40.

El disco que ustedes acaban de adquirir o piratear se apoya en los tres atributos capitales de Carlos: 1) una voz que no posee nadie más en este mundo (la de un niño de nueve años que se acostara al alba tras vaciar media botella de absenta; un zagal de EGB con carraspera de Tom Waits), 2) una euforia y un optimismo vagabundo y una joie de vivre callejera nacida de la certeza (o anhelo) de que las cosas, al fin, van a ir estupendamente (“No te creas lo que dicen en televisión / El mundo siempre es un lugar mucho mejor”, canta en la casi rumbera “Siempre hay un camino”) y 3) la calidad y fuerza de sus canciones.

Este álbum contiene doce de ellas. Algunas juegan al power pop alborotado y gritón y emocionante, como la mencionada “La cuenta atrás”. Otras recuerdan a los Stones en la Stax, como las fantásticas “Nadie se resiste al amor”, “Mi dolor de cabeza favorito” o “Esta vez no pierdo el tren”, todo r’n’r setentiano y Tequila y toques Kinks tardíos y algo de “Jumpin’ Jack Flash” por una esquina y mucho tumbao de amanecida y coros descocados y vientos desbocados, y letras sobre perder la cabeza en antros del Raval y solucionarlo con Gelocatil a la mañana siguiente. También hay baladas melancólicas que en un mundo justo estarían haciendo suspirar a todas las chicas del Mar de la Plata, como “Cosas que nunca se olvidan” o “¡Qué estupidez!”. Y finalmente, completando el mapamundi armónico, está otra vieja filia de Cros: los tanguillos de acordeón y vodevil, todos los arrabalismos a lo Edith Piaf que Cros celebra en “La última vez que vi París” o “No más lágrimas”. Es un disco cambiante, rico e impúdico, nada lineal, con muchas cosas y detalles, presente en cada surco la alegría contagiosa y romántica del autor. Es un disco que me gusta cosa mala, y escuchándolo me he imaginado siendo Carlos Cros, llevando su tabardo y extraño pelambre, haciéndoles ojillos a todas esas lindas mozas patagónicas o boquenses o matanceras. Nadie se resiste al amor es el as en la manga de Cros, está claro. Es un disco que funcionará mejor que mil piropos. Es su definitiva misiva de amor a la vida y las chicas y los bares.

Yo a Carlos Cros le tengo flaca, y ahora ya saben por qué. Solo les queda ponerse a bailar con él.
Kiko Amat

(Este texto se ha incluido como notas interiores en el nuevo álbum de Carlos Cros, Nadie se resiste al amor)

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