Historias de kurorexia #1: Sweet little sixteen

O las locas aventuras de un adolescente mental enfrentado a su aterrorizadora edad verdadera

1950s-teensEstoy aguardando mi turno en el CAP Roger de Flor (no me sucede nada grave; que mis enemigos no pongan a enfriar el champán aún) cuando se sientan justo delante de mí dos chicas jóvenes. Muy jóvenes. El tipo de juventud que, de tener yo relaciones con ellas en algunos estados del Medio Oeste americano, se traduciría en veinte buenos años a la sombra y el descrédito entre mis feligreses y alusiones horribles grafiteadas en la puerta de mi mansión y la misma choza reducida a cenizas en un par de días más. Esa juventud. Juventud de haber estado jugando a la comba hace cuatro años, máximo.

Pero aguarden un momento. En realidad, ahora que lo pienso, no tengo ni la más remota idea de qué edad tienen. Soy ya tan mayor que no distingo ni un pijo a esa vastísima distancia cronológica. Digamos que si 27 –por decir una edad al tuntún- me parece ya una burrada de lozanía y bullanguera (y errática) mocedad, estas dos chicas son el equivalente de un óvulo recién fecundado. Ni eso. De un espermatozoide a medio recorrer la travesía a nado en pos de dicho embrión.
Pero me arriesgaré aventurando una cifra a lo loco: 16.
No, mejor 17.
Digamos que tienen 17 (¡diecisiete!) alucinantes e incomprensibles años, sí. ¿Es eso la ESO o ya Bachillerato? (me hago un enredo catastrófico con la nomenclatura actual).

No importa. Las observo bien, pero no tan bien como para que aparezca la policía, me apresen y se me lleven enmanillado. Llevan tejanos elásticos -deben asfixiar como si te hubieses envuelto las cachas y el culo con plástico de embalaje industrial-, Superga de imitación con suela extragruesa, piercings en lugares insospechados (el nódulo central del labio superior), jerséis de punto bolsudos, ojos pintarrajeados de sombra crepuscular y uñas bastante largas, barnizadas de laca transparente, en unos dedos vertiginosos que no cesan de whatsappear. La forma con la que ambas se conducen por el mundo adulto –y, por tanto, de la que han hecho gala al aparecer en la sala de espera de este CAP, donde la media de edad es de 170 años- es una mezcla de extraordinaria timidez y apuro, confusión y torpeza post-púber; sin ninguna de esas fantasías demacradas que solemos leer en libros de escritores guarros como Nabokov y Philip Roth. Los azorados andares de las mozas son más bien de patos extraviados; lo opuesto al flirteo y la lujuria y el coqueteo, vamos (lamento haber destrozado sus sueños, amigos viejos verdes).

– Perdona.
Estoy tan ocupado con mis cábalas que ni percibo que están dirigiéndose a mí.
– ¿Perdona? –repiten, algo más alto (pensando que debo padecer sordera terminal).
– ¿Sí?- respondo al fin, dando un brinco y volviendo a la realidad.
– ¿Sabes si aquí es donde visita la Doctora Manpiérrez?

Yo les contesto lo primero que se me pasa por la cabeza. No recuerdo muy bien qué les digo ni a dónde las dirijo, porque estoy tan ocupado haciéndome el joven que las palabras emergen de mi garganta en piloto automático y desmadrada propulsión. Estoy saboreando dulcemente el hecho de que no se hayan dirigido a mí con alguna expresión formal como “perdone” o “muy señor mío” o, peor, alguna alusión a mis avejentados huesos del estilo de “venerable anciano” o “Eh, tú, carcamal” o incluso “maldito despojo reumático e inservible, repugnante antigualla de la era glacial”.
No, han dicho “perdona”. No ha habido lugar para la duda o el titubeo. Se han dirigido a mí con una familiaridad que, si bien no hablaba de hermandad inter-púber, sí situaba nuestra breve relación conversacional en algún punto de proximidad. A medio camino entre nuestras edades (es broma; seguramente les he recordado a su maldito padre).

Trato entonces de recordar cómo era yo a los 16, y qué hubiese pensado entonces de un tipo de 43 años que estuviera sentado ante mí en el ambulatorio. Es una conjetura falseada, claro, porque en 1987 no existían los tipos como yo. La gente de 43 años, en mi pueblo natal por aquella época, ya tenía hijos post-adolescentes con barbas recias y tufarada axilar, y se preparaba de facto para la entrada a la tercera edad. Aquellos tipos (mi buen padre entre ellos) estaban ya dejando atrás el mundo adulto; solo imagina el obsceno horror de la mismísima idea. ¿Abandonando la juventud a los 43? Cielo santo.
En cualquier caso, hicieren lo que hicieren con sus indumentarias, seguro que aquellos hombres de 43 no deambulaban por el mundo con mis estrafalarias pintas de árbol de navidad beodo.
Ni con sudadera de capucha. Oh, sudadera de capucha, significante #1 de la juventud desde los primeros 80 hasta aquí. Mucha gente (yo inclusive) cree que una sudadera de capucha es el mantón de invisibilidad aquel de Harry Potter. Que, si te calzas una, vuelves de inmediato y mágicamente a los 18, y por tanto la gente será incapaz de reparar ya en los surcos de siembra que cruzan tu jeta y zona nasolabial como una embrollada intersección autoviaria de Los Ángeles.

Pero nada de esto engaña a mis dos contertulias. No se han sentado a mi lado a enseñarme el nuevo trend viral que está petándolo en su insti. Una vez satisfecha su cuestión, tras haber abrevado ambas en el manantial de mi sapiencia infinita, las dos se alejan de mí hacia la puerta de la Doctora Manpiérrez.
Saciaré ahora su curiosidad: les miro el culo, en efecto. Mientras marchan. No puedo evitarlo; es un gesto tan automático y atávico y tan masculino que uno lo practica sin reparar en ello. Pero quiero que sepan una cosa: quizás sea esta la mirada de trasero más asexuada que he realizado en toda mi santa vida. Tal vez no soy tan viejo verde, después de todo, pues:

a) Ningún pensamiento libertino ha cruzado mi mente, y
b) He pensado en sus madres.

No de forma indecente, entiéndanme. No va por ahí.
He pensado más bien en cómo sus madres estarán preocupadas por ellas, por aquellas niñitas que se comían los macarrones y leían tebeos y jugaban a la goma y se dejaban hacer la trenza cada mañana, y ahora, de forma casi inconcebible, tienen ya 16 años, y están andando por un mundo violento y cruel lleno de hijos de puta, un mundo en el que no encontrarán trabajo ni en sueños, y pienso en esas madres, y sé que yo no dormiría ya nunca más de la pura angustia, del deseo enloquecido de protegerlas de todo mal, de preservarlas de forma marsupial en mi regazo hasta que cumplan los 30, de no dejarlas andar por ahí sin cordón umbilical ni escudos ni mis puños defensores, a la merced de cualquier loco rufián de 43 años con ideas sospechosas.

Quizás desde ahora me sucederá lo mismo que a Louis CK (padre de dos niñas), quien ya no puede masturbarse con Girls Gone Wild porque es incapaz de dejar de pensar en las pésimas notas que van a sacar las chicas que se embadurnan las tetas de aceite en el video.
Quizás me sucederá eso. O quizás no. Solo hay una forma de averiguarlo. Kiko Amat

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