3 discos para el 30 aniversario de Rockdelux: TSC, Dexys y Prefab Sprout

El mes pasado, la revista Rockdelux celebraba su 30 aniversario con un número especial que listaba (y comentaba) los 300 discos más importantes del período 1984-2014. Nuestra modesta aportación fueron estas tres críticas a tres álbumes que nos chiflan desde siempre. Esta es la edición original sin cortes:

The-Style-Council-Café-BleuTHE STYLE COUNCIL
Café Bleu
Polydor, 1984
Un soulero salto al vacío con fallos estrepitosos y gloriosos aciertos. Lo más mod de Weller está aquí. Ambicioso y pretencioso (como atributo).
Café Bleu es un disco audaz y valiente. Por supuesto, la valentía puede ser también ridícula, especialmente si tras el arrojo acabas de bruces en un montón de estiércol. Weller ya había alienado de forma imprudente a su audiencia en Introducing, el mini-lp que precede a este, con todos los guiños, sonidos y trucos anti-rock posibles: abandonando la guitarra, hablando de Modern Jazz Quartet, haciéndose fotos en París, incluyendo un Club Mix (de “Long Hot Summer”, que para colmo venía con video homoerótico), abrazando el funk y luciendo pintorescos mocasines con borlas. Pero es Café Bleu el que definitivamente echó a patadas a la sección más pollina de fans de The Jam. Está lleno de instrumentales de órgano (“Mick’s blessings” o “Council Meetin’”), baladas rompecorazones de confesión exhaustiva (“My ever changing moods” o “You’re the best thing”), varios uptempos optimistas de viva-la-vida y aúpa-el-amor (“Headstart for happiness” o “Here’s one that got away”), emotiva protesta de clase envuelta en frágil folk moderno (“The whole point of no return”), incluso un rap, “A gospel”. Espantoso, pero ese no es el asunto. El asunto es el coraje para hacer todo eso, para citar a Marat y llevar calcetines blancos y mordisquearle las orejas a tu teclista, cuando los compradores de tus álbumes reclamaban riffs The Who.

Dexys_Midnight_Runners_Don't_Stand_Me_DownDEXY’S MIDNIGHT RUNNERS
Don’t Stand Me Down
Mercury, 1985
Rowland de chivo expiatorio de sí mismo. Todos sus miedos y anhelos y dudas y odios en un solo álbum. El disco más valiente de los 80.
Don’t Stand Me Down ha adquirido estatus con los años. En su momento, la mayoría de gente salió huyendo de él, como si fuese un leproso a las puertas de un villorrio. A los que esperaban petos y hits obvios, les azotó con trajes Brooks Brothers, soul refinado y canciones de nueve minutos. El sector subcultural tampoco obtuvo un retorno a los manifiestos apasionados o el orgullo de gang estibador. Nadie quedó contento: ni siquiera Kevin Rowland, por supuesto, que (en un arranque de pánico y testarudez sin parangón) se negó a extraer single del álbum, pisoteando así cualquier posibilidad comercial. Pero a quién le importa: Don’t Stand Me Down es puro Dexys. Ahí está todo lo que Rowland anhelaba decir. Un acto impoluto de expiación y denuncia; de autocrucifixión y virulenta animosidad. “This is what she’s like” suena a declaración de amor, pero solo es una excusa para listar a los tipos de gente que odia. “The occasional flicker” es bipolar: un intento de redención personal, a la vez que una bravuconada autoafirmativa. En “One of those things” pelea a la vez con los flácidos del nuevo romanticismo y los charlatanes socialistas de clase media, y en “Knowledge of beauty” se atreve a hablar con orgullo de su herencia irlandesa. Un hombre lleno de dudas que está a punto de tocar fondo, pero antes quiere sincerarse, arrancar corazas y renacer en otro.

StevemcqueenPREFAB SPROUT
Steve McQueen
CBS / Kitchenware, 1985
Una cara excepcional y la otra no, pero incluso así es su álbum perfecto. Pop casi cursi, casi excesivo, siempre inolvidable y emocionante.
Steve McQueen requirió un esfuerzo, y de los que extenúan. Si uno venía de la nueva ola y el punk y lo mod (mi caso), el primer álbum de Prefab Sprout no parecía a simple vista acarrear ninguno de los atributos deseables en 1985. Los arreglos eran un ejemplo de los peores excesos 80’s, la banda iba ataviada con el sospechoso look hard times (acuñado por Robert Elms) de jeans rotos y chupas de aviador (que en breve usarían inmundicias como Bros) y, aunque la foto de portada homenajeaba al Steve McQueen de La Gran Evasión, era imposible no mirar a la banda y pensar en los pijos de tu propio instituto. Pijos que, no está de más decirlo, se abalanzaron sobre Prefab Sprout del mismo modo que se acababan de abalanzar sobre The Housemartins: con avidez y usándolos de blasón, como si fuesen suyos. Son cosas que no deberían importar pero importan; y más cuando tienes dieciséis años.
Por fortuna, con el tiempo todo lo enumerado dejaría de importar. Una parte de ese contexto forzoso y forzado pasaría como “agua bajo el puente” (que dicen los ingleses), y solo quedarían las canciones y el genio de Paddy McAloon. Porque se trata de eso, después de todo: de las canciones. Steve McQueen contiene una cantidad tan elevada de canciones perfectas que parece imposible. McAloon había ido perfeccionando su arte desde 1982, cuando sacaron aquel fenomenal single “Lions In My Own Garden: Exit Someone” (que hoy versiona a menudo en directo Bart Davenport), una cosa no particularmente pegadiza (al modo clásico del pop) pero bien hermosa, con armónica y xilofón y una letra tirando a enigmática. Luego sacaron disco de debut en Kitchenware (la discográfica de Hurrah!: ¡conexiones!), Swoon, que era la mar de lindo (perenne “I never play basketball now”) pero se ve hoy como una toma de impulso para el disco grande. Un buen álbum, solo que sin singleazos estruendosos para el resto de una vida.
¿Qué tiene Steve McQueen, así, que no tuviese Swoon? Estribillotes. Estribillos como buques majestuosos a los que ves regresando entre la bruma, una y otra vez. Estribillos que son anclas, y que encadenan la composición para siempre en el espíritu de uno. Estribillos en los que puedes confiar, demonio, que son como motores antiguos de motocicletas clásicas: nunca te dejan tirado en medio de la carretera. Están en todas partes, esos malditos estribillos. En “Faron Young”, con su aire de rockabilly sutil y su “you give me Faron Young four in the morning”; en “Appetite”, mi eterna favorita del álbum, excesiva y almibarada como ella sola, soberbia y bonita y afectada que no veas, como una pizpireta veinteañera haciéndose la dura (“Then I think I’ll name you after me / Yes I think I’ll call you appetite”); en esa maravilla que es “Bonny” (estribillón: “Bonny don’t live at home”), y que podría ser la más buena de un buen álbum de The Go-Betweens; en el primer single extraído del disco, “When love breaks down”, que ya presentaba armas y definía las intenciones de McAloon y compañía: pianos al borde del melindre; percusiones electrónicas que parecían fabricadas en un laboratorio del Entreprise; la voz balsámica a la vez que rotunda de Paddy; los coros overdubbeados que susurraba, insinuante y de esquinillas, Wendy Smith; campanillas y parones de pura radiofórmula soul; y la producción encerada -a todas luces excesiva- de Thomas Dolby (ni siquiera el Rumours de Fleetwood Mac está tan sobreproducido). Y, finalmente, “Goodbye Lucille #1”, rebautizada “Johnny Johnny” un año después, con su medio-afectado-medio-estremecedor aullido a mitad de canción y su insistente coro-estribillo de “Johnny Johnny oooh” y su emoción en ascensión. “Goodbye Lucille #1” es como un libro de Fante: no teme ser sentimental. No teme desnudarse. Es una canción que da rienda suelta a las pasiones, y que está estructurada como una lista de consejos de los que siempre ha estado plagado el pop (“Oooh, Johnny Johnny Johnny, I advise you to forget her”).
Los prefabristas veteranos habrán captado que he citado solo canciones de la cara A. Es cierto, y no ha sido por pereza. Sucede que Steve McQueen es como aquel lanzador de jabalina de Las doce pruebas de Astérix, que luce un brazo muchísimo más fornido que el otro. Este disco es así: todas sus canciones son buenas, pero las excepcionales se agolpan en el lado A del vinilo. Prefab Sprout harían muchas más canciones de altura (“Cars and girls” o “The king of rock’n’roll”) pero esto era, cómo negarlo, irrepetible. Kiko Amat

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