Consideraciones sobre Indies, hipsters y gafapastas

Indies-hipsters-gafapastas_Quizás sea un poco tarde para meter cucharada en la mini-tormenta crítica que despertó el libro de Víctor Lenore Indies, hipsters y gafapastas. Crónica de una dominación cultural (Capitán Swing). Uno es de razonar lentico, y aún estaba considerando del derecho y del revés las arriesgadas afirmaciones que se realizan en el panfleto (es lo que es; etimológicamente, digo: un panfleto).
El tema es que su propio autor y otros críticos me han arrojado a empellones al debate, el primero citándome directamente en su blog (asumo que a modo de refuerzo y arbotante de sus teorías), y el amigo Pere Agramunt colocándome graciosamente (a mí y a Antonio Baños, de hecho) en el mismo saco –o en uno de muy parecido- que Lenore, en un texto para Gent Normal.

Cuando ya me colocaba en posición (desperezándome y rascándome una nalga) para clarificar mi postura, sin embargo, ha sucedido algo maravilloso: David Morán ha escrito una crítica en el Rockdelux de diciembre que afirma, casi palabra por palabra, lo que se gestaba en mi mente. Un verdadero milagro. Dios mira por los perezosos y los de discurrir/teclear lento, está claro.

Morán concluye su texto de este modo: “Sin matices y abusando de la anécdota para sentar cátedra, Lenore mete en el mismo saco a Morrissey, David Foster Wallace, el cine de autor, Diplo, Red House Painters, Sr. Chinarro, Javier Calvo, la revista Vice, la reina Letizia o el Primavera Sound, por poner unos pocos ejemplos, y, al final, acaba cayendo exactamente en lo que denuncia, blandiendo la furia del converso para concluir que la hegemonía que él propone es, sin duda, mucho mejor. Así, lo que podría haber sido un interesante debate sobre el buen gusto como discutible signo de distinción, la disputa entre alta y ‘baja’ cultura o el saqueo como fuente creativa, se convierte en una pataleta a costa del indie. Y, lo que es peor: reduce su concepción de lo musical a torpes consideraciones de clase y raza y transforma al hipster, caricatura perversa y extrema, en protagonista absoluto de una manera de entender el arte que, más allá de esos grandes escaparates ante los que se deslumbra el autor, sigue siendo bastante residual. “No encuentro motivos para conservar casi nada de una cultura tan alienada y excluyente”, concluye Lenore quien, en un proverbial ejercicio de miopía analítica, acaba confundiendo la manifestación artística con el uso que de ésta se pueda hacer, y firma un libro que es poco más que una endeble coraza teórica para justificar su renacer como azote de lo independiente.”

Morán da en el clavo. La expresión “furia del converso” es e-xac-ta-men-te la que yo hubiese utilizado para resumir el libelo de Lenore. Parece como si su autor acabara de descubrir, tras recibir un fuerte zurriagazo divino en la cabeza, que a la gente no se la juzga por sus discos, y buscara enmendar todos aquellos años yendo a festivales musicales y hablando solo con gente que supiese quién es Thurston Moore. En mi pueblo definiríamos este libro, así, como “paja mental”; ni más ni menos. Porque una cosa es arremeter contra el hipsterismo aristocrático (minoritario, por cierto; diga lo que diga Lenore), el apoliticismo-derechismo de cierta parte del indie y el elitismo cultural de algunos medios y fulanos, y la otra establecer un nuevo totalitarismo del “gueto” (inconscientemente humorístico, ahora que lo mencionamos; no hay nada más cómico que ver a blancos de clase media-alta erigiéndose como baluartes del chándal y el reggaetón) para medir el compromiso político de cada uno.

Yo, cuando leo afirmaciones como las de este libro, pienso inevitablemente en salacots y colonialismo y misioneros (¡ya han llegado los salvadores al barrio, hurra!). Cuando veo que se establece un nuevo CANON de lefty, me dan ganas de salir huyendo y encerrarme en alguna bodega bien remota. Cuando me esgrimen defensas tan romantizadas y delirantes del “choni” como buen salvaje, depositario de todos los atributos nobles de la clase obrera, me entran ganas de reír y llorar a la vez. Rellorar. Llorir.

En un momento particularmente trágico del libro, ahora que lo recuerdo, Lenore incluso osa criticar a Calvin Johnson y K Records por no juntarse con las fuerzas rednecks de su pueblo (depositarios, según insinúa el autor, de la verdadera esencia working class del villorrio) y crear una micro-sociedad punk “elitista” aparte. Esto es un razonamiento tan extraviado que uno no sabe ni qué contestar. Lenore parece no entender que todos esos tíos con chándal (o mullet y camisas de leñador, en el caso de Olympia) quienes, según el autor, son la sal de la tierra y custodios de la semilla revolucionaria, eran los mismos ceporros que nos perseguían a pedradas cuando éramos jóvenes punks y mods. Por ser distintos, nada más.

En serio: a la gente le pasa algo en el coco cuando se convierte. Miren si no a Pío Moa. Lenore ha querido aquí purgar con gran furia flagelante y penitente todos sus años, precisamente, de indie gafapastas festivalero (no era tan grave, Víctor; en serio), y para ello ha erigido este obeso obelisco de nuevo totalitarismo cultural y re-embellecimiento personal. Lo que nos pide el autor, ya lo decía Morán, es que canjeemos la detestable (e inofensiva) hipsterez de Williamsburg por su propuesta de igualmente inapetecible guetoismo jemer. Joder, vaya par de opciones tan poco invitantes, la madre que me parió. Between a rock and a hard place, que suele decirse. Por desgracia para Lenore, los humanos somos algo más complejos de lo que él pretende: yo me considero de extrema izquierda, y me trae al pairo el mumbatón, y me encanta el indiepop. En inglés, por añadidura, y cantado por tíos pálidos de clase media (qué le voy a hacer si nacieron así, demontre).
Me resulta imposible, en resumen, estar de acuerdo con casi nada de lo que se afirma en Indies, hipsters y gafapastas. Crónica de una dominación cultural, por mucho que sus intenciones originales fuesen la mar de loables.
No: nadie aprecia un sermón; y yo mucho menos. Kiko Amat

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