3 Recomendaciones navideñas: Pekar, Pardo, Crews

EGOportada-213x3001) HARVEY PEKAR Ego & arrogancia (Gallo Nero, ilustrado por Gary Dumm)
El rey de la primera persona en cómic se marcó aquí una historia ajena: la vida de Michael Malice, un fulano tan superdotado como odioso a quien Pekar conoció por azar. Malice es un protagonista más retorcido que el Francis Underwood de House of Cards, pero su vida es un fascinante periplo por la sociopatía y el rechazo a la sumisión (estilo Ayn Rand). Podrán detestarle, pero no ignorarle. Y lo peor es que a ratos tiene razón.
2) CARLOS PARDO El viaje a pie de Johann Sebastian (Periférica)
Pardo supera aquí su debut, Vida de Pablo, hurgando con un palitroque afilado en su propia biografía. El viaje a pie… es una saga familiar, si bien brevísima. Los Pardo: prole numerosa, hijos rocanroleros (dos hermanos formaron el grupo Sex Museum), padre falaz, clase media-alta venida muy a menos. Y Carlos es el benjamín, que lo cuenta todo como un Karl Ove Knausgard con pasado mod, delirios dandi-ascéticos y una lucidez brava, casi insoportable. Y mucho humor negro.
3) HARRY CREWS Una infancia; biografía de un lugar (Acuarela / A. Machado)
La obra maestra de Crews (junto a The Gipsy’s Curse). El sureño de la nariz rota y el tatuaje pavoroso narra aquí su infancia en aquel sitio que jamás ha podido, en realidad, abandonar: Bacon, Georgia. Lo hace en cruda y brutal primera persona, sin escudos: “Solo la utilización del Yo, palabra hermosa y aterradora, lograría llevarme de vuelta al lugar al que precisaba ir”. Gonorrea, fantasmas, acémilas, fanatismo, alcohol y locura. Uno de mis libros favoritos. Kiko Amat

(Listica aparecida -entre muchas otras- en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia de 17 de diciembre del 2014)

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Percusión Persuasiva #2 (año 2): Senior i El Cor Brutal

Wild man on the loose. Kiko Amat, acompañado de 7 personas más, quebranta (un poco) la ley, pierde la razón y los nervios y la sobriedad, y vibra fuertemente con el concierto de Senior i El Cor Brutal en la sala Golferichs.

Léanlo aquí y lancen fuertes pedorretas al bies. Chocante comportamiento, el de este hombre. En breve todas las salas colgarán el cartel de NO DOGS, NO BLACKS, NO SANTBOIANS.

Primera Persona is Twitter happy

En Primera Persona hemos decidido insuflar nueva vida al mortecino despojo que era nuestra cuenta de Twitter (diabólico invento). Desde hace un par de semanas -lo que explica, en cierto modo, la esteparia inactividad de esta página- estamos desfibrilando y desperezando nuestra cuenta a tuitazo limpio.

Los tuits son de los dos directores del festival, El Fulano Que Dijo Que Jamás Haría Un Tuit Pero la Coyuntura Le Ha Empujado a Ello (servidor de ustedes) y Miqui Otero, y también de nuestro contramaestre, Jordi Garrigós.

Hay noticias, canciones y polladas (el medio no da para mucho más). Aquí.

Bono: el bardo de los poderosos

Bono BushCircula por ahí la historia apócrifa de un concierto de U2 donde Bono interrumpió cierta canción para empezar un lento aplauso de protesta, que culminó con la frase “Cada vez que doy una palmada con mis manos, muere un niño en África”. Dicen que entonces una voz le respondió: “¡Pues deja de hacerlo, gilipollas!”. Bono, como ven, cae gordo incluso a sus fans. Incluso a la hija adolescente de Harry Browne, autor de Bono: en el nombre del poder, que le dijo a papá: “Nadie le soporta, y (lo de los impuestos) nos da un motivo para sentirnos como nos sentíamos”. Incluso a mí -que no odio a nadie en esta buena tierra- me cae fatal, y todo (no crean) por razones extramusicales. Browne ha reunido aquí varias de esas razones y ha añadido con celo periodístico unas cuantas decenas más, todo para nuestro acusador solaz.

Está (tomen nota) su papel de “bardo de los poderosos” y “rostro solícito de la tecnocracia mundial”. Su “imitación plausible de un activista”. Su “sentimiento desproporcionado de la propia rectitud”. La impenetrabilidad de sus negocios, una “tela de araña” de sociedades opacas que impiden descubrir su fortuna real. Su notoria mudanza fiscal a los Países Bajos, tras décadas de escapismo tributario. Su opinión del conflicto en Irlanda del Norte, “una pseudoneutralidad que es esencialmente respaldo del statu quo” (la original primera estrofa de “Sunday Bloody Sunday” era “No me hables de los derechos del IRA”). Su respaldo incondicional a Tony Blair y George W. Bush, que, junto a otros insalubres como Jeffrey Sachs o Jesse Helms, conforman un insuperable club de villanos. Su apoyo también incondicional a la “guerra contra el terror” y la invasión de Iraq. Su utilización de África “como material de propaganda para fines comerciales” (vender bolsos de Louis Vuitton, por ejemplo). Su editorial de enero del 2010 para The New York Times que finalizaba con la espeluznante frase “Confiad en el capitalismo”. Su campaña RED, ejemplo obsceno de “blanqueo de la responsabilidad social corporativa”. Lo de Live Aid (Frank Zappa lo llamó “el mayor proyecto de blanqueo de dinero de cocaína de todos los tiempos”), lo de “Do They Know It’s Christmas Time?” (“una de las canciones más absurdamente paternalistas en la historia del sentimiento paternalista”), lo de Live 8 (patrocinada, entre otros, por BAE Systems, uno de los mayores fabricantes de armas del Reino Unido), sus milongas de “alivio de la deuda” (que en letra pequeña obligaban a los países liberados a permitir la “privatización de sus servicios públicos”) y lucha contra el Sida (cuyo programa, dictado por la derecha cristiana, incluía fomento de la “abstinencia sexual” y “restricciones estrictas sobre el uso de preservativos”).

Es este libro un juicio en toda regla, y Bono no sale bien parado de él. Después de treinta años “amplificando el discurso de la élite, promoviendo soluciones ineficaces, defendiendo de forma paternalista a los pobres y besando el culo de los poderosos”, además de defendiendo esa mezcla de “actividad misionera tradicional y colonialismo comercial”, es imposible no ver al líder de U2 como un problema, en lugar de una solución. ¿With or without you? Definitivamente without you, Bono.

Kiko Amat

Bono: en el nombre del poder
Harry Browne
Sexto Piso
Trad. María Tabuyo y Agustín López
288 págs.

(Artículo inédito)

Kevin y yo

Kevin i joGroupie baboso persigue y halla y se pega-cual-lapa a su artista favorito: o el día que Kiko Amat pasó con KEVIN ROWLAND (Dexy’s Midnight Runners). La mondante crónica de una velada en In-Edit Beefeater oficiando de “una mezcla de ama de llaves victoriana, palanganero, porteador Ubangui, perro fiel y gilipollas-para-todo. Yo soy el tipo a quien Rowland llamará si le urge una cataplasma, un masajito glutear o se le antoja que alicate el baño del hotel con otro embaldosado a juego con sus calcetines”.

Léanlo y compadezcan al infeliz de KOKI aquí, en este pedazo de artículo para los fulanos de Gent Normal.

3 discos para el 30 aniversario de Rockdelux: TSC, Dexys y Prefab Sprout

El mes pasado, la revista Rockdelux celebraba su 30 aniversario con un número especial que listaba (y comentaba) los 300 discos más importantes del período 1984-2014. Nuestra modesta aportación fueron estas tres críticas a tres álbumes que nos chiflan desde siempre. Esta es la edición original sin cortes:

The-Style-Council-Café-BleuTHE STYLE COUNCIL
Café Bleu
Polydor, 1984
Un soulero salto al vacío con fallos estrepitosos y gloriosos aciertos. Lo más mod de Weller está aquí. Ambicioso y pretencioso (como atributo).
Café Bleu es un disco audaz y valiente. Por supuesto, la valentía puede ser también ridícula, especialmente si tras el arrojo acabas de bruces en un montón de estiércol. Weller ya había alienado de forma imprudente a su audiencia en Introducing, el mini-lp que precede a este, con todos los guiños, sonidos y trucos anti-rock posibles: abandonando la guitarra, hablando de Modern Jazz Quartet, haciéndose fotos en París, incluyendo un Club Mix (de “Long Hot Summer”, que para colmo venía con video homoerótico), abrazando el funk y luciendo pintorescos mocasines con borlas. Pero es Café Bleu el que definitivamente echó a patadas a la sección más pollina de fans de The Jam. Está lleno de instrumentales de órgano (“Mick’s blessings” o “Council Meetin’”), baladas rompecorazones de confesión exhaustiva (“My ever changing moods” o “You’re the best thing”), varios uptempos optimistas de viva-la-vida y aúpa-el-amor (“Headstart for happiness” o “Here’s one that got away”), emotiva protesta de clase envuelta en frágil folk moderno (“The whole point of no return”), incluso un rap, “A gospel”. Espantoso, pero ese no es el asunto. El asunto es el coraje para hacer todo eso, para citar a Marat y llevar calcetines blancos y mordisquearle las orejas a tu teclista, cuando los compradores de tus álbumes reclamaban riffs The Who.

Dexys_Midnight_Runners_Don't_Stand_Me_DownDEXY’S MIDNIGHT RUNNERS
Don’t Stand Me Down
Mercury, 1985
Rowland de chivo expiatorio de sí mismo. Todos sus miedos y anhelos y dudas y odios en un solo álbum. El disco más valiente de los 80.
Don’t Stand Me Down ha adquirido estatus con los años. En su momento, la mayoría de gente salió huyendo de él, como si fuese un leproso a las puertas de un villorrio. A los que esperaban petos y hits obvios, les azotó con trajes Brooks Brothers, soul refinado y canciones de nueve minutos. El sector subcultural tampoco obtuvo un retorno a los manifiestos apasionados o el orgullo de gang estibador. Nadie quedó contento: ni siquiera Kevin Rowland, por supuesto, que (en un arranque de pánico y testarudez sin parangón) se negó a extraer single del álbum, pisoteando así cualquier posibilidad comercial. Pero a quién le importa: Don’t Stand Me Down es puro Dexys. Ahí está todo lo que Rowland anhelaba decir. Un acto impoluto de expiación y denuncia; de autocrucifixión y virulenta animosidad. “This is what she’s like” suena a declaración de amor, pero solo es una excusa para listar a los tipos de gente que odia. “The occasional flicker” es bipolar: un intento de redención personal, a la vez que una bravuconada autoafirmativa. En “One of those things” pelea a la vez con los flácidos del nuevo romanticismo y los charlatanes socialistas de clase media, y en “Knowledge of beauty” se atreve a hablar con orgullo de su herencia irlandesa. Un hombre lleno de dudas que está a punto de tocar fondo, pero antes quiere sincerarse, arrancar corazas y renacer en otro.

StevemcqueenPREFAB SPROUT
Steve McQueen
CBS / Kitchenware, 1985
Una cara excepcional y la otra no, pero incluso así es su álbum perfecto. Pop casi cursi, casi excesivo, siempre inolvidable y emocionante.
Steve McQueen requirió un esfuerzo, y de los que extenúan. Si uno venía de la nueva ola y el punk y lo mod (mi caso), el primer álbum de Prefab Sprout no parecía a simple vista acarrear ninguno de los atributos deseables en 1985. Los arreglos eran un ejemplo de los peores excesos 80’s, la banda iba ataviada con el sospechoso look hard times (acuñado por Robert Elms) de jeans rotos y chupas de aviador (que en breve usarían inmundicias como Bros) y, aunque la foto de portada homenajeaba al Steve McQueen de La Gran Evasión, era imposible no mirar a la banda y pensar en los pijos de tu propio instituto. Pijos que, no está de más decirlo, se abalanzaron sobre Prefab Sprout del mismo modo que se acababan de abalanzar sobre The Housemartins: con avidez y usándolos de blasón, como si fuesen suyos. Son cosas que no deberían importar pero importan; y más cuando tienes dieciséis años.
Por fortuna, con el tiempo todo lo enumerado dejaría de importar. Una parte de ese contexto forzoso y forzado pasaría como “agua bajo el puente” (que dicen los ingleses), y solo quedarían las canciones y el genio de Paddy McAloon. Porque se trata de eso, después de todo: de las canciones. Steve McQueen contiene una cantidad tan elevada de canciones perfectas que parece imposible. McAloon había ido perfeccionando su arte desde 1982, cuando sacaron aquel fenomenal single “Lions In My Own Garden: Exit Someone” (que hoy versiona a menudo en directo Bart Davenport), una cosa no particularmente pegadiza (al modo clásico del pop) pero bien hermosa, con armónica y xilofón y una letra tirando a enigmática. Luego sacaron disco de debut en Kitchenware (la discográfica de Hurrah!: ¡conexiones!), Swoon, que era la mar de lindo (perenne “I never play basketball now”) pero se ve hoy como una toma de impulso para el disco grande. Un buen álbum, solo que sin singleazos estruendosos para el resto de una vida.
¿Qué tiene Steve McQueen, así, que no tuviese Swoon? Estribillotes. Estribillos como buques majestuosos a los que ves regresando entre la bruma, una y otra vez. Estribillos que son anclas, y que encadenan la composición para siempre en el espíritu de uno. Estribillos en los que puedes confiar, demonio, que son como motores antiguos de motocicletas clásicas: nunca te dejan tirado en medio de la carretera. Están en todas partes, esos malditos estribillos. En “Faron Young”, con su aire de rockabilly sutil y su “you give me Faron Young four in the morning”; en “Appetite”, mi eterna favorita del álbum, excesiva y almibarada como ella sola, soberbia y bonita y afectada que no veas, como una pizpireta veinteañera haciéndose la dura (“Then I think I’ll name you after me / Yes I think I’ll call you appetite”); en esa maravilla que es “Bonny” (estribillón: “Bonny don’t live at home”), y que podría ser la más buena de un buen álbum de The Go-Betweens; en el primer single extraído del disco, “When love breaks down”, que ya presentaba armas y definía las intenciones de McAloon y compañía: pianos al borde del melindre; percusiones electrónicas que parecían fabricadas en un laboratorio del Entreprise; la voz balsámica a la vez que rotunda de Paddy; los coros overdubbeados que susurraba, insinuante y de esquinillas, Wendy Smith; campanillas y parones de pura radiofórmula soul; y la producción encerada -a todas luces excesiva- de Thomas Dolby (ni siquiera el Rumours de Fleetwood Mac está tan sobreproducido). Y, finalmente, “Goodbye Lucille #1”, rebautizada “Johnny Johnny” un año después, con su medio-afectado-medio-estremecedor aullido a mitad de canción y su insistente coro-estribillo de “Johnny Johnny oooh” y su emoción en ascensión. “Goodbye Lucille #1” es como un libro de Fante: no teme ser sentimental. No teme desnudarse. Es una canción que da rienda suelta a las pasiones, y que está estructurada como una lista de consejos de los que siempre ha estado plagado el pop (“Oooh, Johnny Johnny Johnny, I advise you to forget her”).
Los prefabristas veteranos habrán captado que he citado solo canciones de la cara A. Es cierto, y no ha sido por pereza. Sucede que Steve McQueen es como aquel lanzador de jabalina de Las doce pruebas de Astérix, que luce un brazo muchísimo más fornido que el otro. Este disco es así: todas sus canciones son buenas, pero las excepcionales se agolpan en el lado A del vinilo. Prefab Sprout harían muchas más canciones de altura (“Cars and girls” o “The king of rock’n’roll”) pero esto era, cómo negarlo, irrepetible. Kiko Amat