Amat revival #1: Sombreros

Sherlock-Holmes deerstalker 21.
– Con eso puesto no sales de casa.
Hay un sombrero de paja en la escalera de mi piso, al otro lado de la puerta. Sé que está ahí porque yo mismo lo acabo de lanzar hace un minuto. Trataba de ocultarlo de mi madre, que me había dicho con voz firme y un dedo señalador apuntando encima de las cejas:
– Con eso puesto no sales de casa.
Mi madre no lo sabe que esa es una frase que repetirá, con diferente estructura y estilo, muchas veces en nuestro futuro. Ahora mismo, lo único que sabe por pura constatación empírica es que su primogénito de 12 años, la niñita de sus ojos, el hermano mayor de tres, el aprobador y responsable, el que se encarga de pasear al perro y comprar el sifón, casi el cabeza de familia in absentia, estaba hace un momento en el recibidor de su casa a punto de ir al colegio vestido así.
O sea, así: Con unos pantalones de chándal Dunlop grises, los bajos embutidos por dentro de unos calcetines blancos de baloncesto (Nike), una camiseta de deporte naranja chillón con rayas blancas en los hombros y recortada por encima del ombligo (la palabra KIKO pintada en la pechera con rotulador en forma de logo de Nike), muñequeras Nike de imitación, unas Adidas University que parecen los zuecos cósmicos de King Kong y, culminando toda la imagen, ese sombrero. Es incluso probable que haya tuneado ese sombrero con una cinta recogepelo deportiva Nike a modo de cinta de fedora.
No, en serio.
No recuerdo de dónde debió salir ese sombrero. Debí comprarlo de vacaciones con mis padres, que creían que sólo iba a llevarlo en la playa (nunca me lo puse en la playa). O quizás de viaje de fin de EGB en Menorca, junto a unas gafas imitación Vuarnet que me parecieron el colmo de lo molongui y guapi, o cualquier otra palabra que usáramos en séptimo de EGB.
Sea como fuere, ese sombrero de paja en forma de Panama Hat pero confeccionado con paja barata de pesebre estaba en mi cabeza hace un instante.
It’s breakdance time!
Ele-c-tric Bu-ga-lu!
¡Molino! ¡Trompo! ¡Gusano!
Sólo que no, porque mi madre ha amenazado con matarme si iba a la escuela vestido de chapero portorriqueño menor de edad y he tenido que esconder el sombrerete, que tengo toda la intención de volverme a encasquetar cuando salga zumbando por esa puerta. He tratado de explicarle todo lo del breakdance y Electric Boogaloo, que es la película de bailarines de breakdance que me tiene loco, pero en realidad tampoco, porque ya he cruzado el umbral de pubertad que me impide contarles absolutamente nada a mis padres.
Y, en cualquier caso, ¿Cómo les cuento que quiero ser como un enano negro con bigotillo y permanente “húmeda” soul-glo del Bronx llamado Ozono? ¿Ozono? ¿Protagonista de la (lo sé ahora) peor película de la historia?
¿Qué ha pasado con nuestro niño?
Mi batalla estética empieza ese día de 1983. En breve combatiré por unos pantalones de camuflaje, por unas sobredimensionadas Adidas de básket blancas y negras (¿Cómo se llamaban?) y en una rauda progresión geométrica de tan sólo dos años, olvidado Electric Boogaloo, descubiertos The Jam en 1985, estaré posando para un sastre en la calle Hospital. Pero el verdadero inicio de mi obsesión estética empieza en séptimo de EGB con ese sombrero, el sombrero de paja que mi madre intentó impedir que me pusiera.
Sin éxito, claro.

2.
A menudo me sorprendo de mí, especialmente cuando pienso en cosas que me he puesto en la cabeza. A menudo me quedo paralizado, incapaz de creer que ese Charlie-Rivel-on-speed de la foto que sostengo en mis dedos agarrotados por la vergüenza soy yo. Otro yo. Mi Yo loco, de cuando le iban a dar por el saco al mundo y mi ropa era un culo en la jeta de los transeuntes que se cruzaban conmigo por la calle.
Ande yo caliente y ríase la gente, siempre.
Así, de 1991 a 1995 llevé a menudo un sombrero deerstalker, también llamado (incorrectamente) headcoat. Lo llevé por la calle, no pavoneándome ante el espejo o en una asamblea de majaras privada ni una despedida de soltero ni una fiesta de disfraces. Para aquellos de ustedes que no se hayan sorprendido por esta afirmación, debo puntualizar que un deerstalker es aquel sombrero de caza inglés que popularizó el detective de ficción creado por Sir Arthur Conan Doyle: Sherlock Holmes. Aunque en dichas novelas no se hace mención explícita alguna al deerstalker (más allá de “un sombrero de viaje con alas laterales” en The adventure of Silver Blaze), las ilustraciones de Sidney Paget que acompañaban a las historias solían mostrar al dandiesco y opiómano investigador luciendo uno de esos deliciosamente grotescos sombreros ingleses mientras realizaba pesquisas campestres.
Un deerstalker tiene una visera delantera y una trasera, y dos cubreorejas laterales que -mientras no se usan, y jamás deberían usarse- se mantienen atados en la parte superior del gorro con un nudo simple. La tela con la que se confeccionan los deerstalkers suele ser tweed o dogtooth (aquí llamada “príncipe de gales”). Es un tipo de sombrero que se llevaba en areas rurales inglesas, generalmente para cazar ciervos, en la época victoriana.
¿Rurales? ¿Ciervos? ¿Victoriana?
Leyendo estas palabras es razonable, casi obligado, preguntarse qué hacía un adolescente del extrarradio de Barcelona llevando uno de ellos cien años después. Se lo diré: existe una cierta tradición en el Rhythm & Blues británico de los 60’s más feromonado y adolescente que consiste en lucir como country gents, como señores de la nobleza rural. En realidad esa tradición no es tal, y sólo un grupo la seguía: The Downliners Sect. Y tampoco, porque de ellos tan sólo un miembro (Don Craine) cubría su cabeza con deerstalker. No puedo parar de mentir. Pero tan poderosa era la imagen de un teenager aullador de R&B en 1965 ataviado con aquello que, cuando el inspirador punk rocker Billy Childish decidió en 1985 fundar un grupo de garaje que sucediera a los disueltos beat-aporreadores The Milkshakes, la imagen icónica que adoptó fue el deerstalker.A veces, para joder, con las orejeras bajadas.
Así, en mi mente de entonces el deerstalker hablaba de amor al sonido garaje, niños anémicos intentando sonar como negros cabreados, era una reverencia a The Downliners Sect y el universo de Billy Childish, y encajaba limpia, preciosamente, con mi anglofilia infantil pre-descubrimiento de la música pop (Enid Blyton, El viento en los sauces, Conan Doyle, etc.) y mi amor a los artículos de sombrerería. Llevando uno en 1991 se cerraba un círculo que había empezado en 1980 con el descubrimiento de mi naciente anglomanía infantil.
Cerrar círculos vale la pena. Porque las cosas siempre deben encajar, de algún modo (o eso creía yo entonces).
Y cerrar ese círculo concreto debía ser suficientemente importante para mí como para arriesgar mi integridad física yendo por el cinturón industrial barcelonés ataviado capilarmente como un famoso detective inglés, aunque combinándolo con tejanos de asfixia, abrigos militares americanos, relucientes chapas pop tecnicolor y jerséis a rayas radiantes. Un detective maricón suelto por el pueblo, una invitación a la persecución y la paliza.
Aunque podría ser peor, claro.
Siempre puede ser peor, llevando un sombrero así.

3.
Y cada vez que yo salía con el deerstalker, el niño Jesús lloraba.

4.
Pero han habido otros.
Éste soy yo, en Barcelona, andando por la calle en 1987: chaqueta tejana blanca, jeans blancos, camisa a rayas, desert boots (o pisamierdas), peinado Ronnie Lane (de los Small Faces) y, en la cabeza, una gorra plana de tweed. Una gorra plana, una clásica flat cap deportiva británica, que podía ser asociada a muchas y muy poderosas imágenes culturales inglesas (el personaje de cómic Andy Capp, o gentlemen en día de asueto conduciendo un Bentley, o el grupo de acompañamiento de Gene Vincent -los Blue Caps- o a los skinheads, en general, la imagen cockney arquetípica de clase obrera…) pero jamás con la que aquel día me comparó Ernesto, un rocker de mi pueblo, en la puerta de mi instituto.
– Pareces Cliff Richard- me dijo.
Y añadió:
– Cuando estaba con los Shadows.
¿Cliff Richard? ¿Cuando los Shadows, encima? Ese no es el mensaje que yo creía que estaba proyectando. Yo creía que parecía una mezcla de Ivor Novello y Keith Moon, pero aparentemente el resto del pueblo debió ver una chocante combinación de chulapo madrileño, enfermero loco, deshollinador invertido, buhonero caricaturesco de Mary Poppins.
Pero… ¿Cliff Richard?
Eso si que no.
Gafas, tío; gafas para ti de inmediato.
También he llevado boinas negras a lo Black Panthers (de medio lado; esto me llena de vergüenza), sombreros de marinero (esto no fue culpa mía; estaba haciendo la mili), sombreros pork pie y, durante una época, incluso pensé seriamente en comprarme un bombín para ir por ahí vestido de drugo de La naranja mecánica. Conservo aún varios folios (los estoy mirando ahora mismo) con dibujos esquemáticos en los que planeaba mi -sin duda revolucionario- nuevo look drugo para 1991.

Gracias a Dios que alguien me quitó (¿o fue mi sentido común?) la idea de la cabeza. Éste no lo hubiese sobrevivido intacto.

5.
Echo de menos los sombreros. Quiero decir que echo de menos las épocas en que la gente llevaba sombreros, aunque sea ese un periodo que nunca he vivido. Nostalgia de sitios en los que no estuve; otro clásico emocional, personal, pero estoy seguro que también universal.
Dicen que fue John Fitzgerald Kennedy el presidente que le dió el hachazo final al sombrero, con su imagen preppie acabada de hornear en Yale. Pero Truman llevaba siempre sombrero (parecía un Fagin especialmente maligno, con aquel sombrerito colocado en el centro del cráneo como un personaje de Hanna Barbera), y miren lo que pasó en Hiroshima.
En fín; quizás el fin de la era del sombrero fue lo mejor que pudo pasar. Pero si la ropa es un código, y lo es… Si cada prenda es una pieza de puzzle de un mundo privado que es un mensaje, una metáfora de algo, de una idea… Bien, ineludiblemente, cuántas más piezas se dispongan en la estructura estética, más definido estará ese mensaje.

Para su información: ya no creo en estas cosas. Era algo que creía entonces.

En todo caso: la desaparición de los sombreros implica, en ese sentido, la pérdida de una llave fundamental para la comprensión de esa idea privada que se realiza exteriormente en el estilo personal. Un sombrero hablaba, como habla cada zona donde coloquemos una pieza de ropa. Decía cosas, no sólo mediante su forma, tacto, tela, estilo, sino también mediante la colocación y orientación.
Dicho esto, he de afirmar que cada vez que he intentado “hablar” usando la colocación de mi sombrero (ladeándolo, levantando la visera, tapando las cejas; ¡aquí estoy, chicas!) sólo he conseguido parecer un poco más borracho.
O mucho más gilipollas.

6.
Volviendo a pensar en la cantidad de abuso y mofa que he sufrido a lo largo de mi vida como llevador de ropa capilar, creo que es perfectamente comprensible el albergar un mínimo resentimiento contra los adolescentes de hoy. Estos podrían ir al instituto desnudos, con capas de pedrería, pintados de verde y sobre patines y llevando un tricornio, y nadie pestañearía, siquiera.
Los adolescentes extravagantes de los ochenta, en cambio, pusimos en peligro nuestra vida por unos cuantos peinados absurdos, un puñado de sombreros poco comunes y una abultada lista de zapatos bicolor. Y varios pares de dolorososos pantalones comprime-huevos. No había para tanto.
En cualquier caso, ande yo caliente y ríase la gente, de nuevo.
Y, si no recuerdo mal, la gente se reía. Se reía mucho.
A veces, algunas veces, los niños me seguían por la calle, como ratas rendidas por el influjo de su particular flautista de Hamelín. Sólo que, en mi caso, sin el respeto de aquellas ratas melómanas. Tirándome cosas afiladas, a veces.
Desde luego, los 80’s; menudo periodo. Sólo un majadero (o alguien que no estuvo allí) podría desear volver a aquello.

7.
Este pasado verano del 2008 me compré otro sombrero de paja en L’Escala, veraneando con mi mujer y mi hijo. Es un sombrero remarcablemente parecido al que tuve a los 12 o 13 años, y me encantó llevarlo a todas horas. Tiene gracia, esta afición a cerrar círculos. Y a veces pienso que no sé si es que me gusta cerrar círculos, o son círculos que han estado siempre cerrados, y lo que sucede es que paso una y otra vez por encima de los mismos vórtices.
Si esto es así, sólo le pido al destino que no me obligue a pasar de nuevo por encima de la camiseta recortada por encima del ombligo. Ni las muñequeras Nike. Kiko Amat

(Esto es una pieza que escribí en el año 2008 para un libro sobre trapitos que nunca escribí, y que acabaría transformándose en Mil violines. El inicio del texto sí lo conservé, como quizás hayan percibido, para el capítulo sobre Billy Childish. Si encuentro más porquería como esta (y estoy seguro de que lo haré), no duden que la iré expeliendo aquí. Bajo el epígrafe Amat Revival)

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