Kiko Amat entrevista a SANTIAGO LORENZO (rescatamos la charla del 2012)

Hace unos días entrevistamos a Santiago Lorenzo para Babelia de El País con ocasión de su estupenda nueva novela, Las ganas (Blackie Books 2015). Como aquí somos muy fans, y aún faltan unos días para que esta flamante entrevista del 2015 vea la luz, y algunos de ustedes han manifestado que la vida no tenía ya ningún sentido desde que aquella vieja entrevista nuestra del 2012 dejó de estar disponible en internet, hemos decidido republicar la antigua charla. Como una kina con arbequinas que les servimos de aperitivo (y recordatorio) antes de que llegue el nuevo y opíparo menú.

santiagoUna de las múltiples lecturas que puede hacerse de Los huerfanitos es que es un canto a la búsqueda de la perfección mediante la artesanía. “Para que le enseñe cómo hay que hacer las cosas para que salgan bien y para que salgan bonitas”, como sugiere el propio libro.
Ese comentario me salió como de padre, ¿no? Mi madre hacía las cosas bastante mal, así que debe venirme de mi padre. Pero bueno, mira la Estación de Atocha: dos entradas en el mismo punto. Todo el mundo se pierde, eso sí es una cosa mal, mal, mal hecha, pensada para poner tiendas y tirarse el pisto en vez de para que la gente común se desplace.. Por otro lado, mira la solidez del puente de Portugalete. O ver cómo trabaja Mar García, o Eduardo de Armiñan, o Luis Arrizabalaga. Los ves en acción y te dices: “Eso es hacer las cosas bien”. Es una gozada.
En cualquier caso lo de “hacer las cosas bien” es un concepto que suena pretérito, como de otra época.
Sí, es un concepto de antes. El otro día mi novia trató de arreglar un aparato que se nos había estropeado (el router), y cuando lo abrió no había tornillos. No se podía desmontar. Así que la idea de hacer las cosas bien es una cosa antigua, como los tornillos. De la época de los tornillos (ríe).
Tu libro también desprende un aire a anti-individualismo. Defiende hacer las cosas en equipo, y se alinea firmemente a favor de la colaboración entre humanos y el estrechamiento de lazos. Al “heroísmo doméstico, familiar, artesanal”.
Incluso los hermanos Susmozas se juntan, aunque sea en república federal. Resuelven un problema a base de federalismo: cada uno haciendo lo que sabe hacer: el alemán, la ciencia jurídica, la inventiva ingenieril…
En cambio, la faena del escritor es de una espantosa soledad. Carece por completo de esa resolución de problemas prácticos en equipo que es tan reconfortante. “¿Cómo pasamos este sofá por esa puerta?”, y tal.
El cine es el trabajo de equipo por antonomasia. Es como una de esas películas de guerra en que los mandos medios son los que hacen el trabajo sucio, y a la cabeza de todo está un generalito que no se entera de nada. Están por un lado los tíos brillantes y efectivos (que suelen ser los sargentos y tenientes), y luego por otro lado está el Pentágono. Pues el cine es así.
En De aquí a la eternidad Burt Lancaster se niega a ser ascendido porque si deja de ser sargento no podrá llevar la compañía eficazmente.
Pues eso. Pero yo soy director de teatro. Titulado, ¿sabes? (ríe). Tengo el carné. Así que en teoría mandaba yo.
De eso se deduce que Los huerfanitos es un libro de extracción completamente vivencial y de primera persona, pues está basado en la puesta en escena de una obra de teatro.
Sí, pero lo que he hecho de verdad es cine. El teatro casi ni lo caté. Hice unas mierdas… La verdad es que tenía gracia por lo mal que salía todo. La gente iba a vernos para ver cuándo la íbamos a cagar. Era como en Los productores de Mel Brooks, pero sin querer. Así que Los huerfanitos sí es vivencial, en cierto modo. Lo que pasa es que cambias cosas. Hitchcock hacía películas de tíos que eran lo opuesto de él: guapos, ocurrentes, divertidos… Yo no. En 1997 se me acumularon 39 millones de pesetas en deudas (de una película) y me dieron cuatro meses para arreglar la papeleta. Eso está en el libro, más o menos.
Pero tú no te pusiste a estrenar una obra de teatro en el Pigalle.
No. En la vida real, lo que sucedió fue un final terrible. Quiero decir, que de pasar eso en un libro, todo el mundo hubiese dicho: “Pues vaya mierda de final le ha puesto”. Lo que sucedió es que llegó alguien (el padre de mi novia) y puso el dinero. Así de fácil. Pero lo pasé fatal durante una época.
En Los millones, tu primera novela, exponías lo que casi parecían recetas para sobrevivir a la pobreza. A ratos es como un manual práctico para sobrevivir sin un duro.
Eso está bien, porque así funcionará también como libro de autoayuda, que siempre se venden más que las novelas. La clave está en reaprovechar cosas, como también hacen los Guajardos en Los huerfanitos. Yo he sido muy pobre. La amenaza de la pobreza siempre suele estar hanging over me. Ahora se me ha ocurrido una huerfanada para salir de la última crisis. Otra vez.
Has declarado alguna vez que la pobreza ennoblece.
Sí. Lo que no ennoblece son las cremas faciales. O la enología. Ahora todo el mundo es columnista de El País, todo el mundo es muy fino. (Afecta voz cursi) “El hotel estaba muy bien, pero los pomos de las puertas eran muy ásperos”. “¿Podría ver la carta de almohadas del hotel?”. Vete a tomar por culo, hombre.
Has mencionado a los Guajardos, mis personajes favoritos de la novela. Me encanta la idea de que sean especialistas en algo, no aficionados. “Hombres y mujeres que, a fuerza de años de aprender, eran maestros a la hora de enseñar”. Gente que sabe hacer algo muy bien, y la gente tiene que ir a pedirles consejo. Eso también suena a concepto anticuado. Hoy en día todo el mundo cree saber hacerlo todo.
A veces tengo yo el miedo de ser uno de esos gilipollas que se creen que saben de todo, pero luego lo pienso y concluyo que no, que yo no soy así. La culpa es del cine. En ese mundo, al director le convencen de que ha de saber de todo. Los productores creen saber de todo. En ese sentido me gusta la dimensión puramente manual de Los huerfanitos: “Esos tíos saben poner luces”. Es lo que saben hacer.
Desgraciadamente, por dedicarte a un par o tres de disciplinas, imagino que a menudo deben adjudicarte el término “multidisciplinar”. A los periodistas culturales les encanta que un artista se dedique a un montón de cosas distintas, aunque todas sean una puta mierda. No es tu caso, claro.
Peor que multidisciplinar es “hombre del renacimiento” (ríe).
los-huerfanitos-cubiertaTanto Los millones como Los huerfanitos son libros altamente compasivos. Como en las novelas de Nelson Algren, las tuyas se alinean con los desgraciados, los pobres, los feos, los dejados de lado a la hora de pavimentar el éxito y el progreso.
Volvemos a lo vivencial. Hablo de mí mismo, por eso mis personajes son unos desgraciaos. Es más cómodo hacerlo así. Todo el material lo tienes en tu propia casa. Solo has de mirarte un poco, y te ahorras mucho trabajo de documentación. Y si lo tuyo no basta, bajas a la calle y ahí tienes todo lo que te falta.
¿Te sientes anacrónico? ¿O es el mundo que cambia cuando no debería?
Mis historias empiezan y acaban, y eso es tan crónico como anacrónico. Hace poco me pidieron que hiciese una lista de cosas cañí, pasadas de moda, que me molaban, y empecé a pensar que había mucho cañí que molaba y muchos otros que me daban muy mal rollo. Creo que tú lo dijiste una vez, mencionando a Naranjito y la nostalgia mal entendida, el recuperar lo peor. Hay cosas cutres del pasado que no merece la pena rescatar. Así que hay un cañí bueno y un cañí malo. El malo será algo como Esperanza Aguirre, pero el cañí bueno será afirmar verdades como que el ventilador es mucho mejor que el aire acondicionado. O el botijo mejor que el frigorífico.
Hay conceptos que son eternos, y no pueden prescribir. En tus libros hablas de los bares, los amigos, el esfuerzo, la compasión, la pena, el vino…
Sí, hay cosas inmutables. Luego tienes por otro lado la dirección de arte de la novela, que es intentar que no aparezcan anacronismos físicos. Que si estamos en 1986 no aparezca un tamagotchi.
Tus lecturas se intuyen harto viejas. Y castellanas.
Siempre me comparan a Jardiel Poncela. Ya me gustaría. Quizás me parezco a él en el ansia por decir paridas. No sé si es en La tournee de Dios o en cual, porque todas las novelas de Jardiel son iguales y me confundo, que el personaje de Zambombo está metido en un problema de pelas (Amor se escribe sin hache, ed.). Así que Jardiel decide colocar un Deus Ex Machina y hace que un tipo le entregue los millones que necesita. Lo que decíamos antes: pues vaya mierda de final. Pero a Jardiel le funciona. Además, como el favor que le ha hecho el otro es tan grande, Zambombo decide inventarse una palabra de agradecimiento, pues “gracias” le resulta insuficiente. Lo que se le ocurre es “Carchofas” (ríe). Si me das fuego, te doy las gracias. Si me das cien millones, te digo Carchofas. También soy fan de Valle-Inclán (solo las obras de teatro), de Galdós, de Ramón Pérez de Ayala y de un novelista de los sesenta que se llamaba García Pavón. Tiene una serie de libros sobre un guardia civil de Tomelloso (él era de allí) llamado Plinio que, acompañado de una especie de Watson –el veterinario del pueblo-, tiene que resolver los crímenes de la aldea, sean robos de jamones o asesinatos. Mihura no me gusta mucho, pero me siento obligado a decir que sí porque Miqui Otero lo dijo en la frase de la faja del libro. Luego lo cambió por Jardiel.
También se intuye un amor por las novelas de aventuras clásicas, de Salgari a Verne.
Eso es el mayor elogio que se le puede decir a un escritor.
Vete a saber. De Cosas que hacen BUM un fulano dijo que eran como novelas de vaqueros e indios ambientadas en la ciudad. Yo me lo tomé como un cumplido, pero tal vez pretendía ser un insulto.
¡Es un cumplido! Es el mayor cumplido que pueden hacerte. El nombre incluso suena a Far West: Cosas que hacen BUM. Es como cuando el malo dice: “Que hablen las armas”. Malcolm Scarpa, que también sacó un libro que eran todo paridas, me dijo que sería fenomenal leer un libro de Marcial Lafuente Estefanía que se llamara Guarida de subnormales (ríe). Pero se trata de eso, al fin y al cabo: Aventurillas urbanas, en ciudades grandes.
Antes mencioné el vino. El vino tiene cierta importancia en tu novela, con la aparición de los ex-alcohólicos Vocaciones. Pero no es óbice para que digas cosas lindas, como que el vino proporciona “el calor de la intimidad con uno mismo, la más legítima de las intimidades”.
El veintiocho de febrero del año 2005 tomé la decisión de arrinconar para siempre el consumo de alcohol, que ya había dado varias vueltas al marcador. Así que en eso también iba documentado de sobras.
Pero no se te intuye arrepentido.
A los que dicen “mi hijo bebe demasiado” hay que decirles: Bebe poco. Hay que hacerle beber más, porque solo lo dejará cuando reviente. No es algo que yo sienta que hay que rechazar. Han pasado siete años y medio, pero me acuerdo todos los días de los buenos tiempos que pasé.
Hay gente que tiene mejor y peor bebida.
Bueno, yo nunca me saqué la chorra o hice el gilipollas por la calle.
Yo sí.
(Se carcajea) Lo que quiero decir es que nunca hice nada verdaderamente malo, como violar a una tía, o algo así.
Un amigo mío dice que nunca será alcohólico, porque beber le gusta demasiado y quiere seguir haciéndolo toda la vida. Así que se modera. Su adicción le modera.
Es como uno que ama a Dios, pero se guarda de amarle demasiado, porque entonces pensará en él todo el día, y empezará a cuestionarse su existencia y al final tendrá que hacerse ateo. O acabará de monje en el monasterio de Poblet. Un buen cristiano ama a Dios con cautela. Un mal cristiano se va a Filipinas a predicar y le acaban colgando como un julay. Los Vocaciones están en la fase de la abstinencia. No sé les ve beber ni cuando beben: hay una elipsis y vamos directos al mega-pedo. Malcolm Scarpa escribió un libro llamado Qué te debo, José, donde se ve a muy poca gente bebiendo, pero que es puro alcoholismo.
Las mejores cosas se forjan en el aislamiento. ¿Te sientes aislado del resto de novelistas y tendencias literarias?
Con mis amigos novelistas siempre hablamos de intentar que nadie se aburra. Me gustaría pertenecer al club de gente que pretende no aburrir al escribir.
Género: no aburrido.
Exacto.
Quizás no lo hayas pretendido, pero sí eres una rareza. Tus libros, por lo clásicos, son hoy altamente originales y extraños. Parecen provenir de otro mundo.
a) Estoy de acuerdo en eso.
b) Me gusta lo que acabas de decir
c) Pero eso lo tienen que decir los lectores, no yo. Son los otros los que tienen que decir si escribes guays, si eres un puto mainstream… Es como el cineasta aquel que dice: “Yo hago mierdas”. Y el periodista le contesta: “Eso lo tenemos que decir nosotros, no tú”. Lo de ser escritor también te lo tienen que decir los otros. La única respuesta posible a la frase “yo soy actor” es: Eso ya lo veremos.
En tus dos libros hay humor. Mucha gente no le pilla el punto adecuado al humor: o pergeñan una astracanada pedorrera sin pathos ni emoción, o un ladrillazo petrificado de seriedad. En un libro no se puede hacer Aterriza como puedas, por muy fan que yo sea. Creo que tiene que existir también una cierta búsqueda de elevación, como tú haces.
Aterriza como puedas es una película mucho más pura de lo que la gente cree. Es imposible de reproducir en otro medio que no sea el cine. No es adaptable al teatro, por ejemplo. Eso la hace un artefacto mucho más puro que algunas películas de Griffith, y encima tiene gracia. La segunda de Aterriza como puedas, siendo floja como es, vale mucho más que cualquier cosa de Yolanda García Serrano. Julio Medem hace comedias de puta madre. Es solo que, cuando terminan, no sale nadie diciendo “¡Que esto no iba en serio!”. De hecho, la gente incluso lloriquea. Pero me estoy despistando. Los millones va de un tío que las pasa canutas, de un tío que está muy solo. A mí me daba una pena tremenda, pero a todo el mundo le hacía gracia. En Los huerfanitos, en cambio, sí busqué ser cómico. Me dije: (afecta voz presuntuosa) “Voy a hacer comedia”. Qué le voy a hacer, las cosas feas me las acabo tomando a coña. Es como una disposición fisiológica. Mi padre me dijo el otro día: “Que poco dados a deprimirnos somos en esta casa”.
Los millones ilustra una soledad terrible.
Hombre, en eso también nos hemos documentado, qué te voy a decir.

Kiko Amat, junio del 2012

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