Kiko Amat entrevista a CAITLIN MORAN (la charla del 2013)

Para celebrar su próxima visita al Primera Persona 2015, y porque la entrevista de marras ya no estaba disponible (entera) en maldita sea la parte, recuperamos hoy la trepidante y jocosa (aunque también didáctica) charla que su escritor de cercanías favorito y Caitlin Moran mantuvieron en su última visita a Barcelona. Un pequeño fragmento de esta entrevista se publicó previamente en la revista Rockdelux de octubre del 2013.

Se peina como la Bruja Avería y suelta más obscenidades que un actor porno. Es la escritora inglesa Caitlin Moran, pesadilla de feministas ceñudas, súper-mamás abstemias y otras criaturas del Averno. Y tiene miles de fans, lo que implica que hay esperanza para el planeta. España necesita más Caitlins: escritoras malhabladas y sucias, cómicas y rocanroleras y valientes. Cómo ser mujer (Anagrama 2013) es su manual para ser una tía con un par.

CaitlinConocí a la periodista y escritora Caitlin Moran cuando yo aún leía Melody Maker (un pasatiempo cuestionable pero que me proporcionaba mi buena dosis matutina de odio + asco para afrontar la jornada laboral). ¿En qué número topé con ella por primera vez? Diría que fue en el especial “Touched by the Hand of Mod” (ejem) de 1994, donde entrevistaba a Menswear, un abazofiado grupo de Britpop especialmente anémico. Su artículo –faltoso, grosero, hiperbólico, acusador- era para morirse de risa, y desde allí fui más o menos fan. Luego me olvidé de ella, y, cuando volví a mirar, Moran y su Gran Bocaza eran ya ambos súper-estrellas mediáticas, gracias al best-seller mundial Cómo ser mujer.

Mi entrevista con ella fue larga y mondante. Caitlin Moran no ha inventado nada en el campo del feminismo, pero lo discute con mucho más sentido del humor y desvergüenza de lo habitual. La charla tocó temas cruciales como la música pop, emborracharse, pajas, cultura de clase obrera, tener hijos, querer matar a todos los demás padres del mundo, feminismo feliz y los testículos de Tom Jones.

Una figura como tú es bastante poco común en España: escritora de clase obrera que no teme soltar guarradas, fan del rock’n’roll, con sentido del humor… En el Reino Unido es algo más habitual (sin querer quitarte mérito); en los ochenta estaba Julie Burchill, por ejemplo. Pero aquí los nombres son escasos, y puramente underground.
Ya me di cuenta. Hice una entrevista para… [se vuelve hacia la jefa de prensa de Anagrama] ¿Cómo se llama la mujer de ese periódico, Ana? La que vino con un niño [era Ima Sanchís, para La Contra de La Vanguardia]. Por su cara desencajada [realiza una mueca de parálisis facial] ya percibí que así no es como hablan las escritoras aquí, que la gente no empieza a dar berridos sobre la masturbación en una terraza a las cuatro de la tarde. Así que yo estaba allí con mi habitual blablabla PRIVA blablabla PAJAS blablabla FEMINISMO blablabla MARXISMO y el intérprete iba traduciendo, y la cara de ella se iba marchitando. Me sentí como si me hubiera entrevistado el tipo de jefa que me contrata y despide al cabo de dos días. Pero lo cierto es que en Inglaterra, de acuerdo, hemos tenido a Johnny Rotten y Julie Burchill, y probablemente se acabó. Y creo que mi numerito sigue siendo inusual, y que no hay tanta gente diciendo lo mismo. Lo mejor de eso es que terminas siendo una república de uno solo. Cuanta menos gente hay haciéndolo, más percibes que puedes ir haciendo las reglas tú mismo. Y que puedes ir a un programa televisivo y empezar a hablar de vello púbico. La gente te dirá: ¿por qué hablas de eso? Eh, tío: ¿Por qué no? Todo lo relacionado con ser mujer tiende a hacerte sentir anormal, porque pasamos el día intentando encubrir el sencillo hecho de ser mujeres. El gran escándalo actual es el póster de Algo pasa con Mary, una peli y un poster cuyo punto clave es el hecho de que Cameron Díaz termina echándose semen en el pelo sin saberlo. Primero de todo: no hay ni una chica de más de quince años en el mundo entero que no reconozca un puñado de esperma a primera vista. Es una técnica de supervivencia que aprendes bien rápido, joder. Si te lo tienes que tragar o esparcírtelo por encima primero tienes que saber qué es, digo yo. En segundo lugar: es Cameron Díaz. Ella es la víctima de la broma, todo el mundo se mofa de ella en la peli por ser idiota. Y nada de eso puede haber sucedido en el mundo real. Nadie se ha echado semen en el peinado. Lo que sí podría haber pasado es que la chica tuviese sangre en los dedos después de haberse puesto un tampón o haberse masturbado, y que hubiese salido a la calle con sangre en la cara, asustando a todo el mundo, como un zombi. Eso es la escena que habría escrito una mujer, y otras mujeres hubiesen dicho: “Eso me pasó a mí”. Pero nunca he visto sangre menstrual en un filme. Lo que sí he visto es tíos a quien les volaban la cabeza, he visto la Estrella de la Muerte estallar dos veces… Pero nunca ves la realidad de ser mujer. Así que estoy acostumbrada a no ser normal, y estoy tan contenta de poder salir en televisión y seguir comportándome de forma anormal.
Defines tu atractivo como un “numerito”. ¿No se convierte eso, tras un cierto un tiempo, en una faena farragosa? Como si todo el mundo esperase que te comportases salvajemente, y el día en que te apetece ser bien hablada y decente, la gente se lleva una decepción. ¿Cómo, no va a beberse toda la botella de whisky de un trago?
[Aplaude rítmicamente] DE UN TRAGO, DE UN TRAGO [Ríe] El tema es que me dejo el culo en el trabajo, seis o siete días a la semana, tengo tres columnas en The Times, estoy escribiendo mi tercer libro y mi programa de TV, y encima estoy escribiendo dos películas. Así que si un día me levanto grave, y me apetece hablar de marxismo, puedo escribir sobre eso en The Times, o meterlo en el libro, etc. Y en los días en que me apetece beber una bañera de güiski… Hace unos días estuvimos en Glastonbury, y compartíamos tienda con Benedict Cumberbatch, el tío que hace de Sherlock en las nuevas series…
Dicen que es el único actor que ha hecho de Sherlock con un nombre más ridículo que el del propio Holmes.
Cierto. Cuando le conocí no podía dirigirme a él sin partirme de risa. Ahora le llamo simplemente “Ben”. La cuestión es que un día estoy en el backstage de Glastonbury con el Khan de Star Trek, que encima lleva un pedo descomunal, y al otro estoy hablando de feminismo en Barcelona. Es una vida cambiante, así que no, no se hace cansina. Según como me siento una mañana puedo ir a un sitio y ser eso.
Me gusta mucho la parte de Cómo ser mujer donde hablas de tus inicios en el Melody Maker, porque desde siempre he leído los semanarios musicales ingleses y…
[Me interrumpe] ¿Cuántos años tienes?
Los mismos que tú, más o menos. Soy del 71.
O sea, que eres uno de los que se compró aquel Melody Maker con Skinny Puppy en portada y se dijo: ¡”Voy a comprar este buen álbum!” [carcajada]
No, con eso no me la pegasteis. Salad tampoco colaron. De hecho, me reí mucho cuando en el libro decías que Echobelly (de quien sí me compré el disco, maldita sea) eran inmundos.
Dios, sí que lo eran. Jesús. Por mucho que tuviesen a una mujer cantando. Pero por otra parte, todo el mundo se esforzaba tanto, queríamos que nos gustaran: una chica asiática cantando en un grupo pop… Pero luego escuchabas el disco y decías: No, no puedo ponerles bien, soy incapaz.
Yo iría más allá: creo que todo el Britpop, desde la perspectiva actual, es horrible.
Sin duda. Era terrible. Pero ya lo sabíamos entonces. Es solo que la cocaína que circulaba era de muy buena calidad. Muy buen éxtasis. Aquel año fue muy soleado, también. Creo que el Britpop es todo consecuencia de una insolación. Un montón de tajas con insolación chillando “¡Parklife!” por los parques. Si nos hubiésemos puesto algún tipo de sombrero para protegernos del sol nada de eso hubiese sucedido.
Da la sensación que en Melody Maker cumplías la “cuota” femenina. El periodismo musical es un entorno muy masculino, pero debo decir que no tanto como el de las tiendas de discos, donde no ha trabajado jamás una mujer (excepto en un par de casos documentados).
Y tanto. Estoy escribiendo una novela que transcurre en los 90’s, y que habla de lo que es ser una chica involucrada en cultura juvenil, y una de las escenas transcurre precisamente en una tienda de discos, y allí es un poco como la cabaña del árbol de los niños, con el cartel que pone “PROHIBIDO NIÑAS”. Es un pequeño club solo para mozos. Y la tienda queda en absoluto silencio cuando entras, y el tío del mostrador lleva una camiseta que sugiere que va a matarte y luego comerte. Una camiseta de Sepultura es, de hecho, el lenguaje internacional para “voy a matarte y luego comerte”.
¿Quizás antes follándote, para así aprovechar la ocasión?
Sí, pero en ningún sitio agradable. En la cuenca del ojo, o algún lugar así; nada de follarte en agujeros que ya están concebidos para ello. Mi padre es músico de jazz, y uno de los consejos que me dio fue: “Si la conversación se pone difícil, habla de jazz. Eso confunde a la gente”. Así que un día fui a una tienda de discos, y no sabía qué pedir, y le dije al tío del mostrador si tenían el Scalator over the hill, una odisea expansiva de jazz de Carla Bley que es la hostia, y me preguntó: “¿Qué es?”. Le contesté que jazz, pero él entendió Johnny Hates Jazz, un grupo de mierda de los 80’s, y lo repitió gritando para que lo escuchara toda la tienda: “¿JOHNNY HATES JAZZ? NO, DE ESO AQUÍ NO TENEMOS”. Tuve que huir. Lo bueno de Internet es que puedes ser fan de la música sin pasar por eso, y en los conciertos los dos sexos están más mezclados que antes. Pero en aquella época todo el mundo asumía que eras una groupie, que estabas allí solo para follar con los grupos. Y en cierto modo yo lo era. Pero a la vez me pagaban para escribir sobre esos grupos, y creo que esa es una distinción importante. “Sí, voy a follar contigo. Pero antes tengo que escribir este artículo sobre tu banda” [ríe]. Eso es feminismo.
Es curioso que, al contrario de lo que ha sucedido con el manga o los videojuegos, el rock’n’roll haya permanecido inmutable a los avances del feminismo. Incluso post-riot grrrl, nada parece haber cambiado en lo fundamental. Los conciertos de rock siguen siendo propiedad privada de chicos. Chicos gorditos con alopecia incipiente.
Sí, es verdad, pero a la vez el ciclo de la cultura juvenil no se ha cerrado, continúa en evolución. Lo que más me gustaba de la cultura 90’s, que en cierto modo se ha perdido hoy por el tema de las descargas gratuitas, es que la cosa era como un sindicato. La cosa funcionaba así: pagabas por tu disco, pagabas por tu prensa musical, como una persona de clase obrera, y entonces ese dinero que recibía el sello discográfico permitía que bandas de clase obrera pudiesen comer, e ir de gira. Lo mismo con la prensa: los periodistas de clase obrera también podían vivir de ello, gracias al dinero que los lectores de clase obrera invertían allí. Pero con el advenimiento de la descarga gratuita hemos perdido eso. Cualquiera que quiera escribir para una revista sabe que tendrá que trabajar de gratis, de becario. Soy de la última generación que trabajó a jornada completa de esto, y que cobraba por ello. Y si he aprendido a hacerlo más o menos bien se debe precisamente a eso. Cualquier chaval de clase obrera que quiera dedicarse a esto ahora tendrá que compaginarlo con un trabajo a media jornada, y no aprenderá nada. Las clases medias nos han ganado, esta vez.
Antes, cuando hablábamos del estigma de la mujer que suelta tacos, escucha música pop, etc. se me olvidó decirte que, en mi opinión, en España estamos aún peor. En Inglaterra se les pide a las chicas que sean flacas, y vayan arregladas, y todo eso. Pero aquí, además, ¡se les exige que sean abstemias!
[Afecta cara de horror] ¿En serio? En Inglaterra es lo que más hacemos las chicas. Ponernos pedo. ¡Oh no! Pero los chicos españoles sí beben, ¿no? Nosotros fundamos un Imperio a base de ponernos ciegos de cerveza floja.
Y ginebra ilegal.
La ginebra es mi gran descubrimiento. Desde que soy una mujer madura he perdido los enzimas que me permitían digerir el vino, así que sufro unas resacas espeluznantes. Resacas del tipo “Quiero matarme ahora”. Esa es la edad de la razón para una mujer: cuando te pasas a la ginebra. Ese es mi gran consejo para ti hoy: pásate a la ginebra, querido [reflexiona]. Humm. Así que aquí está mal visto que las mujeres se emborrachen en público, ¿eh? Por un lado [se frota el mentón] puede ser una buena idea. Pero quizás haya que fundar un club de bebedores, solo para chicas. Yo puedo ir enseñando los pasos: empiezas con sidra, porque es una bebida para niños. De esas, un par. Disfruta de tu baile sobre la mesa. De ahí progresamos al cóctel nocturno, y luego unas cuantas latas de lager asquerosa sacadas de la máquina de una gasolinera… Pero ahora en serio: para gente con problemas psicológicos desde luego que no es una buena idea beber en exceso. Pero para alguien generalmente alegre y centrado como yo… Un día a la semana dejo a los niños y me agarro una tranca espantosa. Es como un botón de reset. Además, disfrutas la resaca. O sea: estás invitando a tu mente al horror crepitante. Un día a la semana te sometes al castigo de sus infiernos, y te preguntas: “¿Llevo una vida virtuosa? ¿Hay alguna otra cosa con la que pueda torturarme ahora, cuando me encuentro en mi punto psicológico más bajo y me invade la ansiedad?”. Es como una pequeña gesta semanal. Como ir a Mordor y soltar el anillo en la grieta del mal. Si te bebes un camión de ginebra y a la mañana siguiente todavía te gusta cómo eres y te consideras buena persona, todo va bien. Mis hijos me cuidan, cuando tengo un resacón. “¿Te traemos más zumo de naranja, Mami?”.
Los míos no están aún en la fase de recados, pero pienso adiestrarlos a conciencia para ese fin.
Hay un momento en que captan que bebes bastante. Recuerdo una noche en que vino a visitarnos Stephen Duffy, de The Lilac Time, que es amigo mío y un reputado bebedor, y llevábamos dos horas en la cocina, y entraron los niños, porque obviamente no les estábamos haciendo ni caso, y nos dijeron: “Tenemos un regalo para vosotros en el salón”. Y nos habían construido un bar [Ríe]. Habían hecho un mostrador, con todas las botellas allí en fila india. Pensaron que era la única manera de captar nuestra atención.
Eso es otra diferencia cultural entre tu país y el mío. Aquí se espera que dejes de pasarlo bien en el momento en que nacen tus niños. En la mayoría de cumpleaños infantiles en los que he estado (y, por Dios, he estado ya en unas cuantas de esas mierdas) no había alcohol.
Dios del cielo, tienes que pedir ya que te repatríen. En Inglaterra, mucho antes de contratar al payaso o al mago, o reservar la sala, lo primero que haces es comprar un montón de cajas de cava. Joder, es la única manera de soportar lo de tener niños. No hace falta decir que llevar borracha a los niños al cole, a las ocho y media de la mañana, no está bien. Pero a las siete de la tarde, el atajo más rápido para ser una madre genial es zamparte un par de copas. Es el único momento en que puede apetecerte arrodillarte y empezar a construir castillos de Lego. Después de un par de tragos te parece la cosa más increíble del mundo.
Existe un pacto de silencio entre padres del mundo (que afortunadamente tú estás contribuyendo a romper) para no admitir que estar con niños, a veces, puede ser asombrosamente aburrido. Lo que sugieres es uno de los antídotos más eficaces contra ello.
Sí. No hasta quedar en coma, por descontado, pero sí ligeramente achispado. Beber el tipo de bebida que debía beberse en la Segunda Guerra Mundial, como un té con chorrito de whisky. En la guerra todo el mundo iba un poco pispado, era la única forma de soportar el horror. Churchill iba siempre algo curda, para soportar lo de los nazis, y yo necesito estar un poco alegre para soportar los castillos de Lego. Es obvio, según lo veo.
En las guerras la gente bebe y folla mucho, está demostrado.
Por eso me metí en lo de ser madre. Follar y beber todo el rato, ¡esa soy yo! No puedes salir de casa en dos años, ¿qué vas a hacer en casa todo el día, si no? Beber-y-follar, Beber-y-follar. Ese va a ser mi nuevo libro: Beber y follar; dos temas por la especialista Caitlin Moran.
Cómo ser mujer habla de forma muy honesta sobre las cosas de la paternidad: el esfuerzo, el caos, el amor, las recompensas… En mi opinión, solo te has dejado una cosa: admitir que hay momentos en que matarías a tus hijos.
Sí [se carcajea]. De acuerdo. Hemos de lanzar ese mensaje al mundo. Dios, la de veces que he tenido que encerrarme en el armario durante veinte minutos… Por otro lado les odias menos cuando son algo más mayores. Los míos tienen doce y diez respectivamente, ya puedes razonar con ellos, sobornarles… Pero cuando son bebés no puedes salir de casa, te vuelves loco, eres como John McCarthy, el periodista que estuvo encadenado a un radiador en el Líbano durante cinco años. Esa es una de las cosas buenas de Twitter. Me encanta Twitter por eso, porque puedes chatear con gente desde dentro del armario. Diez minutos es todo lo que necesitas. Me parece una forma muy poco civilizada de tener niños, esto del encierro. En la antigüedad hubiésemos estado en una aldea, y en cuanto el niño anduviera sus primeros pasos le habrías mandado a jugar al río. Posiblemente habría muerto ahogado, de acuerdo, la mortalidad infantil era bastante elevada por aquel entonces, o lo habría aplastado un carro o habría pillado algún tipo de plaga. Pero al menos estaría al aire libre, mientras la madre moría a los 38, de sífilis, y ese era el orden natural de las cosas. Pero ahora se les mantiene en casa todo el día, ¡con adultos! Piensa en ello. Hace años, esto nunca habría colado. Una persona hecha y derecha, que ha estado en la universidad y tiene todos esos intereses y amigos, a la que se condena a pasar todo su tiempo con alguien que no habla. Es como si pasaras varios años de tu vida con un chimpancé particularmente exigente. Nadie firmaría por esa mierda. Por eso hoy en día la gente enloquece. Y tienes que irte evadiendo de ello. De ahí: alcohol + Twitter.
Caitlin MoranMencionas en el libro que lo de ser padre es como ser veterano de guerra. Solo hablas de tu experiencia con otros veteranos.
Es mejor no hablar del asunto, porque si les dijeras lo que realmente sucede entonces nadie tendría hijos. Y tú necesitas que los demás tengan hijos, para que así vengan contigo en la mierda de vacaciones que vas a soportar el resto de tu vida. Y así podrás quejarte de lo mierda que es todo con alguien. Nunca desalientes a nadie respecto a la paternidad. Necesitamos que sus vidas estén tan arruinadas como la nuestra en un par de años. Si no tienen hijos insistirán en seguir yendo de vacaciones a lugares estupendos y presentándose a fiestas fabulosas vestidos elegantemente. Ni hablar, colega.
La perspectiva desde la que observas el fenómeno riot grrrl también es inusual: afirmas que era una comunidad bastante elitista, y que deberían haber aceptado aparecer en prensa en lugar de transformarlo en un club privado.
Por un lado entiendo sus razones, pero no puedes intentar hacer una revolución privada. Es como si yo apareciera afirmando que he reinventado el feminismo, pero me negara a explicar cómo y no dejara que nadie se acercara a mí. “Se lo voy a contar a tres de mis amiguitos, y a los demás que os jodan”. Eso es un comportamiento muy estúpido. Si haces algo de forma diferente, especialmente si eres mujer, tienes que dejar que la gente lo vea. Lo que hacen las mujeres está siempre tan escondido, y se discute tan poco, que si tienes algo relevante que decir deberías echarle un par de huevos y dar la cara, por desagradable que pueda resultar. Por otra parte generalmente creo que no deberíamos exponer a debate inmediato lo que hacen otras mujeres. Debería existir algún tipo de moratoria de cuatro años antes de poder discutir las acciones de otras mujeres. Lena Dunham crea Girls, y uno de los debates es “¿Por qué no hay chicas negras en la serie?”. ¡Por Dios! ¡Al menos ha hecho algo! Deberíamos ajustar nuestras mentes al nuevo estado de “Bravo. Buena suerte”, en lugar de estar siempre buscando fallos en lo que hacen las demás mujeres. Pero a la vez, creo que riot grrrl fue una gran oportunidad desperdiciada. Casi todas eran chicas asustadas de clase media que nunca habían tenido que luchar demasiado por nada, y sin querer lo transformaron en un pequeño club solo para miembros. Y no creo en esos clubs. Tienes que salir al descampado con tu bandera y permitir que todo el mundo se entere, y dar ejemplo sobre cómo vives, e intentar que lo tuyo llegue a la gente de las casas baratas. Me enteré que existía el fenómeno solo porque trabajaba en la prensa musical. Por eso me gusta Lady Gaga. Sale allí y hace su numerito para todo el mundo. Imagínate que lo hubiese hecho solo en un loft gay privado de Nueva York. No tendría ningún sentido. Si vas a montar una revolución, envía más invitaciones. Me recuerdan a esos estudiantes que hablan de revolución a las cuatro de la mañana, pero no hacen absolutamente nada para cambiar las cosas. ¿Cambiar el mundo? Joder, salta a la vista que no te has cambiado de ropa en cuatro días.
Algunas fundadoras originales de riot grrrl eran gente muy particular, que no encajaba socialmente.
Pero eso es lo mejor de la cultura rock’n’roll. Que creces creyendo que no eres normal y todo el mundo se mofa de ti por no ser normal, y de repente eso es el requisito principal para ser una estrella del rock: no encajar. Y el truco, que se ha aplicado desde David Bowie y más allá, es simplemente: voy a hacer mi anormalidad normal. Escribiendo canciones y siendo sexy voy a conseguir que ser un freak acabe siendo lo que todo el mundo anhela ser. Y eso es lo bonito. Creo en cambio político, y en alterar la situación votando, pero mi amor principal es el cambio cultural. Mira lo que pasó en los 60’s. No se puede retroceder a una situación cultural pre-60’s, aunque puedan ir cambiando las leyes. En los USA todo el día están modificando la legislación sobre el aborto, pero no van a alterar la mentalidad cultural sobre el tema.
Lo que dices es especialmente reconocible en el caso de los nerds. A finales de los setenta y principios de los ochenta, un nerd era el tipo a quien pegaban chicle en el pelo. Y ahora es algo perfectamente aceptable, incluso envidiado.
Esos nerds que jugueteaban con sus computadoras primitivas han acabado creando Google y Facebook. En la era pre-informática, el jock, el bruto arquetípico que podía cazar y tener hijos fuertes, era lo que todo el mundo buscaba. Pero ahora ya no necesitamos tíos fuertes, por supuesto. Necesitamos gente muy lista que pueda idear apps acojonantes. Eso es un buen ejemplo de cambio cultural: el interés por la gente inteligente. Por cosas así soy una fan del siglo XX.
Y sin embargo hay una parte de romanticismo que se pierde. El otro día vi por primera vez la expresión “nerd del fútbol” y me rompió el corazón. Hace veinte años los fans del fútbol y los nerds éramos enemigos irreconciliables. No es justo.
[Se carcajea] Claro. Y yo soy una “nerd de la fiesta”, no te jode. Recuerdo que cuando me pusieron gafas estuve llorando durante cuatro días seguidos, porque creía que mi vida social había terminado. Pero mi hija, que tiene diez años, me ha pedido gafas de freak, y su gran ilusión es llevar ortodoncia, incluso el otro día me pidió ¡un Sonotone! Vale, Morrissey, relájate. Quiere parecer un poco minusválida, porque es lo que mola. Y me dije: Joder, sí que ha cambiado el mundo.
Morrissey hizo un intento hermoso en ese campo. El de dignificar la sordera. Era un homenaje a Johnnie Ray, aparentemente.
¿Ah, sí? No lo sabía. En cualquier caso, he ahí una innovación que el rock no adoptó. El pobre Morrissey se quedó más solo que la una, con lo del Sonotone.
Difiero con la idea de que en música “no han existido unas Led Zeppelin”, como afirmas en el libro. Tal vez en música blanca no haya sido así, pero el soul, reggae, jazz, disco, etc. son géneros donde las mujeres han sido, si no mayoría, si parte fundamental de su desarrollo, y muchas de sus grandes estrellas son mujeres.
Tienes toda la razón. Eso es verdad. Ahora mismo se me están ocurriendo treinta nombres de mujeres del blues. Pero en mi defensa debo decir que el trabajo de documentación del libro fue este: przzzzz [suelta una pedorreta] ¡Ninguno en absoluto! ¡Cero! Escribí el libro en cinco meses, y ahora veo millones de cosas que podría cambiar. Pero tienes toda la razón. Un día enmendaré mi error y pondré a todas esas mujeres. Otra cosa que podría decir para mitigar mi culpa es que la plataforma que han tenido esas mujeres para lanzar su música siempre ha sido menor. Pero la música la inventaron las mujeres, eso lo descubrí cuando nació mi primer hijo y tuve que cantarle desde el retrete porque había empezado a llorar. Así que era esto: las mujeres inventaron la canción para que se callaran los bebés. Pero tienes razón. Lo único que estoy haciendo es intentar confundirte con argumentos para que parezca que he acabado ganando la discusión [ríe].
Salta a la vista que uno de tus talentos es la hipérbole enloquecida…
[Interrumpiéndome] ¡Cómo te atreves! ¡Soy la mejor en hipérbole del mundo entero!
…y otro es la comparación asquerosa. Quiero darte las gracias por haber implantado en mi cerebro la imagen de aquel bolso que era igual que “los testículos de Tom Jones”. Lo recordaré en mi lecho de muerte.
[Se carcajea] Si, las mujeres los llevan así, peludos y colgando de unas cadenas. Hoy en día Tom Jones es juez de un programa parecido a Factor X que se llama The Voice, en el Reino Unido, y sigue siendo una bestia. Cuando comparte escenario con alguna mujer, sus ojos están diciendo a) Si es menor de 35, me encantaría follármela o b) Si es mayor de 35, creo que me la follé una vez. Una vez le entrevisté y estuvimos hablando hasta las seis de la mañana, hasta que alguien del hotel empezó a pasar el aspirador, y él dijo: “Ah, el sonido del aspirador. Es mi coro del alba”. Me encantó hablar con él, aunque de vez en cuando sus ojos también me estuviesen diciendo: “Me follaría eso que tienes ahí”.
No sé si el resto de lectores estarán tan comidos por la curiosidad como yo, pero me encantaría saber quién era de veras tu ex-novio, el eufemísticamente bautizado “Courtney”. Parece el capullazo más grande de toda la cristiandad.
Sí, era un payaso. Y lo dejé algo mejor de lo que era en realidad. En el libro no digo nada de su estatura (era bastante bajito) ni de su calvicie. Tras salir conmigo empezó a salir con una amiga mía, que terminó siendo bastante famosa, y luego con otra, que también lo fue. Así que parece un cruel rito de pasaje para chicas adolescentes que luego se harían populares. Era un imbécil increíble.
Tocaba en un grupo, ¿Verdad?
Sí, pero no puedo decirte más porque en la editorial me avisaron que el asunto legal podría ponerse feo. Con las amigas rastreamos su blog (“¡Es él, es él, oh Dios mío!”) y descubrimos que está viviendo de ayudas estatales, que aún está lleno de autocompasión, que sigue quedándose calvo, que está bastante gordo, y el post más celebrado fue donde decía que todo el edificio estaba en el patio celebrando una fiesta con barbacoa y luces y “todo el mundo lo está pasando bien menos yo”. Habían invitado a toda la comunidad excepto a él. ¡Ja ja! [ríe a lo Cruella de Vil]. Eso es otra gran cosa del siglo XXI: todo aquel que te ha jodido acabará colgando en Facebook o su blog algo de lo que te podrás mofar. Siéntate y espera lo suficiente, y todos ellos terminarán lloriqueando en Internet.
Cuando entrevisté a Tracey Thorn me dijo algo que considero interesante: que quizás ya no podamos juzgar a la gente por su colección de discos como sucedía en los ochenta. Que ya no es una unidad de medida fiable.
En efecto. Antes era la forma de saber si te podías casar con alguien. En mi Iphone he dejado una nota que pone “Por favor no me juzgues por mi colección de discos”, por si me atropellan y se sabe que llevaba Miley Cyrus, o la banda sonora de Camp Rock (son cosas que ha introducido mi hija). Tu colección ha empezado a ser invisible, en cierto modo. Tracey Thorn es otra bestia, por cierto. Compartí casa con ella en un festival, y acabamos todos pedísimo, pero Tracey Thorn estuvo sentada allí sin que pareciese afectarle, y eso que bebió más que nadie. Incluso se había traído su propia marca de ginebra. Y eso es porque ha estado de gira durante treinta años. Ha tumbado a innumerables tour managers. La diferencia es esa: ella tenía un grupo, nosotros somos periodistas. Ella sí sabe beber.
Cuando la entrevisté estaba de un humor de perros. El mal humor atroz que solo puede poseer una madre cansada.
Es muy particular. Aquí donde me ves, yo sería capaz de decir cualquier mierda para que esta entrevista fuera interesante. Cualquier salvajada. Literalmente. Hagamos esto lo más divertido posible, porque sé lo que es tener que escribir sobre alguien que no abre la boca. Tracey Thorn no es así. Nunca dice mentiras, se atiene a los hechos, piensa concienzudamente en las preguntas que le haces… Eso acojona.
A mí me echó la bronca tres o cuatro veces, como si fuese un niño pequeño. Un poco más y me meo encima.
Impone, es verdad. Yo me la imagino en el mismo backstage que, yo qué sé, los Red Hot Chili Peppers, todos haciendo el indio hasta que Tracey Thorn los agarra de la oreja y los manda a la cama. “Os voy a dar en el pompis!” [ríe]. Joder, todas esas tías de los ochenta son putas bestias. Alison Moyet está todo el rato con la botella de tequila reclamando coscorrones, y Radiohead ahí al lado con los zumitos veganos.
como ser mujerNo parece que te preocupe la falta de intimidad. Siempre estás dispuesta a hacerte fotos, a aparecer en televisión…
Bueno, si creces en una familia numerosa sin cerrojo en el váter y compartiendo habitación con un niño pequeño te desprendes muy rápido de esa necesidad. Como adolescente que se está descubriendo a sí misma (susurra: quiero decir que me estaba masturbando), y que tiene que compartir cama con un niño de dos años que se mea en ella… Esa colisión de formas de vida acaba con tu intimidad. Pero el resto de mi familia es gente muy celosa de ella, y por consiguiente me encuentran completamente repulsiva. Cuando era niña me daba tanto asco a mí misma, me encontraba tan fea, que a los dieciocho ya había gastado toda mi vergüenza. Otra de las razones por las que escribí el libro era porque nadie se atrevía a empezar una conversación así sobre abortos, o masturbación, o desórdenes alimenticios. Como yo carezco de vergüenza, pensé que me tocaba a mí. Si tengo que ser la tía guarrindonga del planeta entero, así sea. Seré la tía loca con el abrigo de piel leopardo y el cigarrillo en la comisura de la boca, escandalizando a los niños con “¡Vamos a hablar de pajas, je je je!”. Porque es divertido y sucio, pero también revolucionario. Y si algo es revolucionario y guarro y divertido, quiero ser parte de ello. Otra cosa que la gente me pregunta sobre Cómo ser mujer es qué voy a hacer para el siguiente, teniendo en cuenta que en este lo he confesado todo. Error: tengo un camión entero de confesiones dispuesto para el siguiente, que por cierto es una novela, y es mil veces más íntimo e indiscreto y sucio.
En el libro admites algo que ciertos sectores del feminismo pueden considerar chocante: los tíos se lo pasan mejor. Los tíos no son mejores, pero es mejor ser tío.
Es la forma en que los hombres se ven a sí mismos. Las mujeres se ven a sí mismas como un problema, mientras que los tíos se levantan por la mañana y dicen: “Me llamo Dave. Voy a ponerme los pantalones y pasarlo de puta madre allí fuera”. Las mujeres se levantan y lo primero que piensan es: “Estoy gorda. No puedo salir de casa así. Oh Dios, y mira qué cabello”. Se ven a sí mismas como una larga lista de inconvenientes, y todo lo que tiene que ver con cultura femenina perpetúa esa perspectiva. Todas las revistas femeninas se regodean en mostrar a mujeres que la han cagado esa semana: la que no debería haber llevado ese vestido, la que no debería salir con aquel, la que debería llevar zapatos sin tacones… Los programas televisivos muestran a chicas preocupadas por no encontrar novio, o no ser buenas madres o… Todo angustias. Los programas para tíos muestran a hombres lanzando coches por acantilados, o sentados en un sofá y diciendo: “Me gustan las tetas”. Aunque no es que las tetas sean algo que me interese tanto, prefiero esa conversación a la de “Estoy demasiado gorda, qué puedo hacer, bla bla”. ¡A la mierda con eso! En cincuenta años vamos a estar todos muertos. Yo quiero vivir en el borde de un precipicio, como Slash en el video de “November rain”, con la guitarra sin enchufar a ninguna parte, sombrero en cabeza, pitillo en boca y haciendo playback como una energúmena. Mientras Axl Rose prepara speedballs enormes en la caravana.
Eran buenos tiempos para Axl Rose. Ahora se parece más a Jabba El Hutt.
¿Y qué me dices de Slash? No sé si sabes que nació en Stoke, un pueblo de mierda al lado de Wolverhampton, de donde yo soy, y su nombre real es “Paul”. Eso sí es poder de reinvención: de ser “Paul, de Stoke” a ser “Slash, de Guns’n’Roses” mediante la construcción de un peinado más voluminoso y la aplicación de sombrerito.
Quería preguntarte algo sobre clases sociales. La cultura inglesa ha cambiado lo suyo desde el triunfo en los cincuenta y sesenta de nuestra cultura (con Beatles, mods, etc), pero me pregunto si aún te encuentras con situaciones en las que gente del mundo de la cultura y los medios te miran mal por ser de clase obrera.
La historia de las clases en nuestro país es interesante. Hasta el principio del siglo XX, si eras de clase obrera y querías ser un artista tenías que buscarte un mecenas, y entonces pintar retratos de su horrenda esposa, o morirte de hambre en las alcantarillas, como hizo George Orwell. Y entonces se instauró una brillante legislación sobre el copyright, que culminó en la revolución de los sixties, y que permitió que chicos de clase obrera cobraran por lo que hacían. Y del mismo modo aquello influenció la economía de nuestro país: Paul McCartney se gastará 500 millones de libras de un modo distinto que un banquero de Barclays Bank. El goteo permitió la formación de una cultura de clase obrera. El terrible error de internet fue asumir que todos los artistas debían entregar su trabajo gratis, cuando el arte era la manera tradicional en que la gente pobre podía escapar de su gueto sin ser boxeador o futbolista. La demagogia que siempre nos lanzan a la cara a los artistas de clase obrera es: ¿Por qué no regalas tu trabajo? Porque Mami tiene que pagar el alquiler, tío. Nadie regala su trabajo, los artistas somos los únicos que lo hacemos. Es una locura. Ninguna otra industria ha regalado su mierda en internet. H&M no está regalando sus chaquetas en la red. Solo los gilipollas bohemios y de izquierdas lo estamos haciendo. Todo eso me pone paranoica como si hubiera estado fumando maría: ¿Por qué será que la gente que diseminaba las ideas más peligrosas, los artistas de clase obrera, de repente están siendo apartados del discurso (no pueden permitirse hacerlo gratis) y las clases medias están tomando su lugar? En nuestro país se asume que cuando empiezas a ganar buen dinero por lo que haces pasas mágicamente de la clase obrera a la clase media. Eso es un pensamiento mezquino. Siguiendo ese razonamiento, todo lo que tiene que ver con la clase obrera solo puede ser pobreza y dificultad, nunca éxito. Eso me hace hervir la puta sangre. Yo soy de clase obrera y moriré de clase obrera. Existe una gran diferencia entre cultura de clase obrera y cultura de clase media: la presunción del privilegio. Detalles como que mis amigos de clase obrera que han llegado a algo son los que celebran las fiestas más gordas y más invitan, mientras que a alguien de clase media ni se le ocurre preguntar cómo dividimos la cuenta.
Pero a veces el éxito puede cercenarte de tus raíces completamente, lo que es un peligro añadido. Mira a Rod Stewart o gente así. No creo que pasen el día hablando con su jardinero.
Para mí, el éxito en la clase obrera implica una serie de obligaciones que no puedes perder de vista: ayudar a tus amigos, hablar siempre de desigualdad de clase, del estado del bienestar… Es el impuesto que se te debe aplicar si eres famoso. Y si no lo cumples, eres un capullo. Y creo en esto firmemente. Kiko Amat

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