Bonito cartel: Primera Persona 2015

Hoy he reparado en que no les había mostrado esto de aquí abajo. Cabeza la mía.

Todos nuestros invitados están disponibles para entrevistas, ágapes y entrega de ofrendas.

En nuestro blogspot pueden ver la relación completa de invitados con las biografías correspondientes y la explicación del chóu.

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Kikiño (una entrevista en gallego)

¿Es que no hay límite para las múltiples facetas que puede mostrar este, su escritor de cercanías favorito? No contento con haber buceado con éxito en casi todos los campos del conocimiento, ¿no va ahora el tío y resulta que puede hablar en gallego?

Qué pedazo de hombre, en serio.

Pueden leerle aquí, en esta entrevista con la revista Luzes, diciendo cosas impactantes como la siguiente: “Eu acabo de entrar na clase media, pero non son de clase media. Iso é o que define exactamente a miña lamentable situación.” Dilo alto y fuerte, Kikiño. Dilo fuerte, tío.

Creo que nadie jamás había dicho de uno algo tan hermoso como este fragmento introductorio: “Así, atopámonos cun erudito sen estudos; un novelista salvaxe pero humorístico; un xornalista que sempre fala de si mesmo; un pillabán nervioso que reivindica a gamberrada ilustrada ou ilustrable; un analista tan afastado do hipsterismo de aparencias como dos catecismos ideolóxicos máis pétreos; un noi que odia o elitismo pero se entrega á elegancia; un punk que é mod. Un dos principais cronistas culturais destes tempos e dos precedentes, que se cadra non eran tan distintos”.

Vosotros que me véis con buenos ojos, amigos de Luzes.

Sant Jordi is coming to town (Kiko Amat les insta a COMPRAR TODOS ESTOS LIBROS)

Lo que sigue es una lista de mis 11 recomendaciones para el venidero Sant Jordi de 2015. No, no llevan explicaciones ni reseñillas ni links. Sí, la he escrito en diez segundos, y de pie en la cocina mientras hervía los macarrones. No, no me siento culpable. Por supuesto que no. Tengo un pelirrojo que parece haber confundido mis testículos con una cama elástica, y otro que está medio escrufuloso de malaria, o triquinosis, y ya ha vomitado seis veces. Estoy escribiendo un artículo con dos manos al teclado, otro guiñando los ojos alternativamente a una máquina de descifrar morse, y el tercero lo iba a garabatear metiéndome el bolígrafo en… O sea, tres artículos. Para mañana pasado. También (a veces intento olvidarlo, como si se tratase de una enfermedad incurable) estoy organizando un CACHO festival. Y en mitad de todo ello estoy ayudando a montar una editorial, siendo piedra angular y VIRIL de un hogar y tratando de no en-lo-que-cer a pasos agigantados. O empezar a tomar heroína.

En fin, eso. Que incluso esta puta lista es un milagro.

Todo son novedades, semi-novedades o cripto-novedades. Todos me CHIFLARON. De la mayoría les he ido hablando, de otros no me ha dado tiempo pero lo haré algún día. Creo. O tal vez no. Ustedes compren uno, dos o todos ellos, y déjenme proseguir en mi meandrosa y errabunda existencia.

1) MATT SUMMELL Hacer el bien (Turner). Mi libro favorito del año, de calle y en santísimo monopatín. Yo soy Matt Summell, oigan. La voz más potente y terrible y extraviada que he leído desde El hombre de mazapán. No hay otro libro como este.

2) CARLOS PARDO El viaje a pie de Johann Sebastian (Periférica)

3) KARL OVE KNAUSGARD La mort del pare (L’Altra)

4) EDUARD LIMÓNOV Soy yo, Edichka (Marbot)

5) IÑIGO DOMINGUEZ Mediterráneo descapotable (libros del KO). La crónica más espatarrante que he leído en las últimas semanas.
6) RENATA ADLER Lancha rápida (Sexto piso). I love you, Renata. So much.
7) NORMAN COHN En pos del milenio; revolucionarios milenaristas y anarquistas místicos de la Edad Media (Pepitas de Calabaza)
8) HARRY CREWS Una infancia (Machado/Acuarela).- Uno de mis autores favoritos de todos los tiempos, ya lo saben.
9) JUAN PABLO VILLALOBOS Te vendo un perro (Anagrama)
10) SANTIAGO LORENZO Las ganas (Blackie Books)
11) NANDO CRUZ Pequeño circo; historia oral del indie en España (Contra)

Kiko Amat entrevista a RENATA ADLER

Renata-Adler-by-Richard-AvedonRenata Adler (Milán, 1938) fue crítica de The New Yorker y The New York Times. Sus piezas sobre derechos civiles, guerra y política la erigieron como una de las mejores ensayistas americanas del siglo XX. Renata Adler lleva aún su característica trenza y habla como una tía excéntrica de Wodehouse (“Sí. Creo que eso es… Verdad. ¿Creo eso? Sí. Sí”), pero es todo lucidez. Dialoga en epigramas, no se le escapa una, tiene 77 años y es la persona más brillante que yo he conocido hasta la fecha. Por fortuna, hablé con ella por teléfono, de otro modo hubiese sido imposible terminar esto sin un fuerte ataque de tartamudez. Porque me impresiona la Adler: sus críticas, su ingenio, su valor y sus dos increíbles novelas, Lancha rápida (traducida por Sexto Piso) y Pitch Dark. Miren la foto: Renata Adler parecía de joven una mezcla de nativa americana y guerrillera de Baader-Meinhof. Nunca cerró la boca cuando le pidieron que la cerrara. La tacharon de arrogante, la despidieron de varios periódicos, la odiaron varios popes, ella se fue y ahora regresa con un nuevo libro de ensayos. Bienvenida, Renata. Creíamos que te habíamos perdido.

Ante todo quería preguntar a qué te dedicas ahora, Renata. ¿Aún escribes full-time, o lo has dejado puntualmente?
No lo he dejado. Vivo en el campo, pero sigo escribiendo. Periodismo y narrativa. Estoy trabajando en una nueva novela, y también recopilando piezas periodísticas para un libro que saldrá en abril. Durante mucho tiempo estuve enseñando y dando charlas en universidades, pero ya no lo hago.
Hablemos de Lancha rápida. Me resulta un poco extraño que me chifle un libro que reúne tantas características que no deberían gustarme a priori: sin trama, desestructurado, de estilo modernista…
Ya. Con Lancha rápida estuve editando y cortando hasta el último minuto. Quería terminarlo, pero no había forma de conectar todas las tramas, así que seguí cortando y cortando, Kiko. Para empezar, habían demasiadas tramas. Voy a confesarte algo: no sé contar chistes. Puedo usar una cantidad razonable de ironía, y puedo ser divertida en conversación, y desde luego tengo sentido del humor y todo eso, pero no hay manera de que pueda contar un buen chiste. Nunca he sabido hacerlo. ¿Y sabes por qué? Porque suelto la culminación, la broma clave, demasiado temprano. Así que en la novela intentaba no soltar la conclusión, y para evitar eso seguía cortando, y cortando. Y al final desapareció la trama.
En una conversación con Guy Trebay comparaste esa forma de trabajar con morder un hilo con los dientes.
Sí. Esa es la analogía que yo haría. Iba soltando las anécdotas, y entonces les mordía la cabeza y las dejaba inconclusas. Les cortaba el final y entonces quedaban sueltas, sin el desenlace de cada historia. Cuando llegué a Pitch Dark ya había llegado a la conclusión de que otras cosas podían sustituir la trama común. Empecé a pensar cómo si cada frase tuviese su propia trama. Al final casi utilizaba cada línea como un refrán. ¿Tiene sentido esto que digo?
Claro. Siempre he visto Lancha rápida como una colección de aforismos, en cierto modo. Aforismos mordaces y lacónicos, pero aforismos.
Esa es otra cosa que intentaba evitar, pero acababan emergiendo. Obviamente no intentaba escribir un libro de refranes y aforismos. Pero seguían aflorando. Al final me rendí. Pensé que si iban a seguir acudiendo, mejor dejarlos dentro de la novela que en cualquier otro sitio.
A veces uno siente como si estuviese leyendo un diario. Tú diario.
A menudo revisitaba un recuerdo, pero no trataba de capturar un momento preciso del tiempo, o de mi historia. Empezaba a escribir una historia, con un sentido claro y una base real, pero entonces empezaba a pensar que era demasiado similar a los hechos. La cosa parecía demasiado artificiosa, como si estuviese escribiendo un reportaje. Por tanto acababa alejándome de la realidad. Así que lo de diario, no sé, no sé… Cada palabra es verdad, cada una de ellas tiene verdad; pero no estoy relatando hechos.
Por supuesto. Pero incluso si estabas buscando escribir otra verdad, me preguntaba si partía directamente de la primera persona.
Depende. Empecé a escribir narrativa precisamente porque mi concepción de los artículos y la crítica era precisamente que no deberías dar tu opinión. En periodismo uno tiene que mantener un compromiso con la verdad y los hechos, pero no así en narrativa. Vi la novela como una forma de dar salida a todas esas opiniones que me negaba (por razones morales) a meter en mis artículos. Es un tema interesante, en cualquier caso, el de la verdad. Tienes una compulsión de registrar la verdad, pero puede ser un modo distinto de verdad. Puede ser verdad, aunque no sea objetivamente cierta.
Tim O’Brien dice que en sus libros existe una verdad que es mucho más verdadera que los hechos, aunque en ella haya incorporado cosas que no sucedieron.
Tim O’Brien es un escritor maravilloso. Por supuesto, esto es así. Hay una narrativa que es más verdadera que la verdad. Pero esto no puede aplicarse a la no-ficción. En no-ficción las fechas, los lugares, los hechos, los nombres tienen que coincidir. Tienes que estar haciéndote preguntas (¿Es esto relevante? ¿Sucedió así?) que en narrativa no tienen peso alguno. Por eso tenía ganas de escribir una novela. Para poder hacer algo que me negaba en mi no-ficción.
No sé si todo el mundo lo vio así, pero Lancha rápida está lleno de humor. Un humor seco y oscuro, de ceja arqueada, muy inglés.
¡Me encanta que digas eso! Te lo agradezco mucho, has sido muy amable. Es la primera vez que me lo dice alguien.
No me creo que nadie te haya alabado el humor antes.
Sí que lo han hecho, pero nunca llamándolo “inglés”. Por eso me importa tanto. Uno de mis escritores favoritos es Evelyn Waugh.
Me parece un error fijarse en las características avantgarde de Lancha rápida. Es un libro lleno de sentimiento y humor, y observaciones sagacísimas. Y nada cínico.
No tengo ningún problema con que la gente lo llame vanguardista, pero no creo que lo sea. Mi problema con la narrativa de cariz modernista es que tiende a desdeñar todo sentimiento y emoción como si fuesen sentimiento barato. Se bloquea la aparición del sentimiento. Esas novelas pueden utilizar la nostalgia, el ingenio, el diálogo… Y pueden hacerlo muy bien. Pero son incapaces de incorporar la emoción. Me acuerdo de una discusión que tuvimos mi amigo Richard Avedon (el fotógrafo) y yo. Yo defendía las telenovelas, porque me gustaba que me hiciesen sentir de una manera o de otra. Que me importara que pasara esto, en lugar de aquello otro. Richard me dijo, tal cual: “Odio eso”. Quería decir que odiaba que esas telenovelas le obligaran a emocionarse con trucos baratos. Yo le dije que también odiaba el sentimiento barato, pero que prefería tenerlo barato a no tener ningún tipo de sentimiento. Y Lancha rápida tiene mucha emoción, sí. No quería hacer un experimento avantgarde. Quería que la gente sintiese y se preocupase y llorase si hacía falta.
20150317103722_lanchaMuchas de tus reflexiones están realizadas con una especie de desapego apasionado. “Desapego apasionado”, ahora que lo pienso, podría ser una buena etiqueta para tu estilo.
Me gusta esa etiqueta. Conservémosla.
Muriel Spark hablaba de una “primera persona discontinua” que tú pareces utilizar. Pero también hablas en sentido generacional en muchos parágrafos, como si fueses parte de un grupo: “Tenemos treinta y cinco años. Algunos tenemos canas. Todos hacemos abdominales…”.
Déjame pensar. Creo que sí. Creo que hablé en nombre de algún tipo de grupo. Por otro lado, hace poco leí el prólogo que escribí entonces para una colección de mis ensayos y… ¡Caramba, anda que no estaba equivocada! Y eso que estaba hablando desde dentro de mi propia generación. La verdad es que si éramos un grupo, no era demasiado cohesivo, todo el mundo estaba en mundos distintos, tenía intereses distintos e incluso edades distintas. Pero nunca escribí en nombre de mi generación, eso es lo importante. Creo que es muy fácil categorizar y generalizar a la hora de discutir “generaciones”. Los viejos tenemos esa tendencia terrible a menospreciar a las generaciones más viejas: que si tienen Twitter e internet, que si su conocimiento es más fragmentario… Te diré una cosa. Mi editor me obligó a hacer muchas entrevistas con gente más joven, cuando saqué el último libro de ensayos, y eran todos bastante buenos. Eran leídos y tenían educación y profundidad, pese a Twitter o lo que sea.
Son célebres tus trifulcas con otros críticos estrellas de la época como Pauline Kael o Robert Gottlieb, editor de The New Yorker. Algunos de ellos te tacharon de arrogante, pero yo no lo diría jamás.
Gracias. Es imposible no sonar arrogante cuando estás haciendo crítica del trabajo ajeno. Todo el mundo suena omnisciente, y por eso intenté no emitir mi opinión particular sobre las obras que trabajaba. Pero es imposible. Vas a ser injusto y a sonar injusto, hagas lo que hagas. Yo escribía muchas piezas políticas, por añadidura, y si haces eso vas a fijarte en alguien y a meterte con él, y siempre vas a sonar un poco a matón; por mucha razón que tengas. A la hora de juzgar negativamente la obra de otro uno puede ser ingenioso, pero es difícil no cruzar la línea del abuso. Una mala crítica de algo siempre sonará arrogante, es inevitable. Pero yo no soy arrogante.
A todos esos periodistas quizás les irritaba que fueses por libre, y que no te preocupase demasiado la opinión ajena.
¿Tú crees? No sé, nunca me dio la impresión de ser introvertida. Tenía una vida social y me relacionaba con gente. Pero esos ambientes pueden ser muy de camarilla. Los periodistas celebrity (y no estoy hablando de periodistas que hablan de celebridades, sino los que son celebridades por sí mismos) pueden ser terriblemente arrogantes. Una vez conocí a unos jóvenes periodistas en el sur de Francia que eran modestos y brillantes a la vez, pero no es lo habitual. Escuchas hablar a viejos periodistas cuando están planeando comentar la obra de otro joven periodista, y el tono prevalente es de venganza y de pequeñez. Van a destruir al otro. Por eso siempre aconsejo tomarse la crítica con una cierta reserva.
Definiste tu situación tras aquellas batallas de los ochenta como de ostracismo.
Es verdad, en retrospectiva lo veo así, pero en aquella época no era nada consciente de haber sido marginada. Estaba viviendo casi en el desierto, acababa de tener un hijo, estaba dando clases en una universidad… La verdad es que no me di cuenta de que me habían metido en la lista negra hasta que lo pensé muchos años después, a toro pasado. En aquella época era feliz, me había ido bien hasta entonces, no tenía quejas. No fue como en el cole, cuando de golpe todo el mundo deja de hablarte. Aquello sucedió en 1999, por cierto, no en los ochenta.
Pienso a menudo en una frase tuya sobre la censura editorial: “Si estás en Condé Nast y están haciendo pedazos tus artículos, mantén la calma y espera. Practica tu arte en otro sitio, pero no abandones tu trabajo. Porque entonces estarás ahí fuera, vulnerable”.
¿Realmente di ese consejo a los escritores jóvenes? Espero haberlo hecho, pero lo dudo (o no me acuerdo). Hice que retiraran de The New Yorker una pieza sobre G. Gordon Liddy, cuando una especie de levantamiento por parte del personal hizo que la pieza programada se pospusiera indefinidamente. Años más tarde, el Sr. Shawn la programó para publicación, y yo me negué. El Sr. Shawn, que era maravilloso en tantas otras cosas, dijo “¿Por qué?”. Yo le contesté que cuando escribí aquello Jimmy Carter era el presidente y había rehenes estadounidenses en Irán. Ahora no hay rehenes y Ronald Reagan es presidente. Sr. Shawn dijo: “pero sin duda una pieza de la escritura es lo que es”. Le dije que no lo creía, que una pieza sobre Liddy escrita bajo Carter es una cosa, y escrita bajo Reagan otra. De todos modos, ese artículo ha acabado en una colección de mis piezas de no ficción. Así que todo terminó felizmente.

(Artículo publicado originalmente en el suplemento Babelia de El País del 11 de abril del 2015. Esta es la versión extendida sin cortes. Para leer la versión publicada, vayan acá)

Indie pero español

Pequeño circo; historia oral del indie en España (Contra, 2015), de Nando Cruz, documenta al fin la pequeña gran historia del indie de aquí. Kiko Amat pugna por recordar dónde rayos estaba él cuando todo sucedió.

Pequeno-circo-nando-cruz1. Mi relación con el indie español es una de desconfianza intermitente, bañada muy de vez en cuando en la ocasional luz de la inspiración, y que termina con final feliz. Esa antipatía original hacia el indie es algo curioso, porque si he de serles sincero me perdí un alto porcentaje de su actividad primigenia. Tal inquina, así, era más la que de repente le agarras en un bar a un baranda a quien no conoces de nada, pero que te irrita por sus poses pretenciosas o voz de flautín, que la que le tendrías a un amigo íntimo que te hinca el puñal entre los omoplatos. Pero bajen la mano despacio y suelten el Twitter. El indie tuvo cosas malas y cosas buenas, y la intención de este artículo será dirimir con una cierta ecuanimidad cuáles fueron unas y otras.

Antes déjenme hablarles un poco de mí, para variar. Conviene establecer ciertas intersecciones ético-estéticas con el indie peninsular. De 1985 a 1990 yo fui mod (qué le vamos a hacer). En 1990, y a partir de mi decepción con el “movimiento” (entonces lo llamábamos así), empecé a bucear en zonas limítrofes: el punk rock, el hardcore y el northern soul; una ensalada de sonidos que, por un tiempo, parecía tener sentido solo en mi deslavazado magín. En efecto, de 1991 a 1995 yo era el único fulano de Barcelona que frecuentaba shows de hardcore y allnighters de northern soul, como si me hubiese dado un aire. En 1990, por añadidura, yo había dejado de comprar el Ruta 66, que empezaba a cerrar filas alrededor del rock “auténtico”, pero no pasé a Rockdelux. Lo que hice fue enclaustrarme aún más en mi enrarecido cubil, radicalizando la cerril postura anti-mainstream y cavando hondo en los asuntos subterráneos -y algo subnormales- que me pirraban.
Todo esto viene a cuento de que el indie español y yo circulamos durante años por carreteras paralelas, sin cruzarnos. Casi. Frecuentamos los mismos garitos barceloneses (Communiqué, KGB o Humedad Relativa) durante la misma época, pero no aparecíamos por allí el mismo día (yo iba los días de rollo mod o punk). Cuando llegó el momento de coincidir en celebraciones comunes (los primeros festivales musicales), a mí únicamente me interesaba mi lado del patio, y aprovechaba las actuaciones indies para mear, beber o morrear mozas. El Serie B de Pradejón o los primeros tres FIB de Benicàssim son ejemplos donde interseccionaban los míos y los suyos, con algún punto azul donde ambos convivíamos en paz: yo iba a ver a Thee Headcoats o Mega City Four, ellos a El Inquilino Comunista o My Bloody Valentine, y oriente y occidente nunca se encontrarán (que decía Rudyard Kipling).

Que hacia esa época yo tuviese algunos tiros pegaos tal vez explica mi original suspicacia hacia la escena. Para un fan de La Granja, Los Negativos, Los Enemigos, Brighton 64 o El Último de la Fila, el indie español –pese a sus ínfulas innovadoras- parecía un patente paso atrás. En el flamante Pequeño circo; historia oral del indie en España (Contra, 2015), el periodista Nando Cruz fecha su nacimiento hacia 1988, cuando aparecieron grupos como Aventuras de Kirlian, Cancer Moon o Surfin’ Bichos. Por supuesto, también existirían caídos de entreguerras que no eran nueva ola ni nuevo indie: Lagartija Nick, Los Bichos o Pribata Idaho (“El indie nos pilló en tierra de nadie. Nos pudimos agarrar a Teenage Fanclub y a nadie más”, afirma Ernesto González, de los últimos). Y antes que ellos se plantó un fértil subsuelo mod, punk y pop que permitió florecer a los primeros sellos indies y grupos de “noise”. Nando Cruz acierta, y mucho, al incluir a Sex Museum, Romilar-D o Munster Records en las catacumbas de todo ello. Sin las bases que sentaron unos, los otros no hubiesen podido germinar.

2. La cosa es que hacia 1990 empezaba a andar un prototipo de “público indie” (aún minoritario) con unos referentes claros, una vaga estética similar y unos preceptos más o menos comunes. En pocos años (tras la gira Noise Pop ‘92 de Elefant Records), se formaría un circuito y una escena semi-cohesionada con nombres reconocibles: El Inquilino Comunista, Penelope Trip, Paperhouse, Manta Ray, Parkinson DC, Beef, Sexy Sadie, Sr. Chinarro, Patrullero Mancuso (que comían aparte), donostiarras como La Buena Vida o Le Mans (lo mismo), Los Planetas (los mejores de largo)… De repente, yo empecé a topar con ellos en fanzines, revistas y programas de salas de conciertos. Estaban por todas partes, como en La invasión de los ultracuerpos. Al principio les escrutaba de lejos, dudando entre catalogarles de amenaza o potencial aliado. Mentiría si les dijese que, durante unos años, no me decanté por la animadversión. Mi rechazo juvenil (a veces agilipollado, otras profético, hoy superado) nació de varios factores:

fib-cartel-1995a) El idioma: Cantaban en inglés. Y ni siquiera un inglés digno, sino una especie de pichinglis masticado, aplicado a cañonazos sobre letras pueriles y/o abstractas. En el indie español el mensaje era secundario (o ausente). Comprenderán que eso, para los que veníamos del 80’s pop en castellano -con sus himnos emblemáticos, silbables y tatuables- representara un handicap difícil de ignorar.
b) El universo: Era asaz limitado. Una analogía de esto es el binomio Beatles/Oasis. Los Beatles eran fans de Joe Orton, de la Motown y del viejo R&B, del music hall y The Goons, de Peter Blake y… Su hambre cultural era insaciable, tanto como inestimables eran sus enseñanzas. Oasis ya eran solo fans de los Beatles. Y aquí sucedió algo similar. Mientras que Sonic Youth bebían de Crime y el avantgarde y Minutemen y Glenn Branca y Harry Crews, los noiseros españoles bebían solo de Sonic Youth (como bien afirma Juan Cervera en Pequeño circo). Esto produjo unas ambiciones que eran por definición algo estrechas. Su mundo era un pueblito, recién pintado y con los márgenes alambrados.
c) Las pretensiones de “música avanzada”: Muchos grupos españoles injustamente tachados de “retro” habían acertado en los ochenta a crear sonidos autóctonos con letras adecuadas a su momento. El noise pop no siguió el mismo camino. Parkinson DC, por ejemplo, se apuntaban qué pedales llevaban Mercury Rev o Dinosaur Jr. en sus conciertos barceloneses, y los disponían tal cual en su siguiente disco. Ese era un proceso común al resto de grupos. Agarrar a dos o tres grupos insignia, y reproducirlos con la mayor fidelidad posible. El noise pop solo era nuevo en el sentido de que calcaba a nuevos grupos americanos, en lugar de a los Byrds. En todo lo demás, era tan imaginativo como Los Sírex. ¡Qué digo! Bastante menos que Los Sírex. El propio Tito Pintado (de Penelope Trip) afirma en el libro que no ve ninguna razón para comprarse hoy un disco de su banda. Te los saltas y vas directamente a Pavement.
d) Las pretensiones de “año cero”: Esto era mera boutade adolescente, pero en fin. Penelope Trip afirmaban que la música había empezado con el Psychocandy (1985) de The Jesus and Mary Chain. Algo se había perdido en la traducción, salta a la vista. Los grupos indies patrios escuchaban a ingleses como Felt o Primal Scream, cuyos referentes eran mayormente 60’s, pero despreciaban la música pre-1987. Adoraban al sello Creation (cuyo nombre homenajea al grupo mod de 1965) pero se obcecaron con ser anti-pasado. No sé: si de veras eres anti-rock, monta un grupo industrial o conviértete en crooner. Los grupos noise pop, paradójicamente, transformaron su (más que comprensible) odio al rockismo rutero en un canon que repetía los errores de visión de sus némesis malasañeras.
e) La nueva prensa musical: Debo admitir que antes de mi desconfianza hacia los grupos noise estuvo mi desconfianza hacia sus fanzines. Bueno, cuando dije desconfianza quise decir cósmico repelús. Nadie ha leído ni volverá a leer prosa más afectada que aquella. Manolo Martínez (de Astrud) cita en el libro una crítica aparecida en Malsonando: “Tengo veintidós años y [Sr. Chinarro] no tenéis derecho a sonar así. Dan ganas de sacarse los ojos de terciopelo”. Por desgracia, las revistas musicales del momento actuaron de forma exactamente opuesta a como yo esperaba: en lugar de prorrumpir en una sonora carcajada, y luego proceder a escalfar el alquitrán y seleccionar las plumas, les pusieron a todos en plantilla. En masa. Cuando me enteré, casi me arranco los ojos. No los de terciopelo; los de verdad.
f) El hype: Consecuencia directa del punto anterior. Una mini-escena harto elitista, críptica y estanca, sin mucho talento (en cuanto a hits pop) ni posibilidad popular alguna, copa de repente las primeras planas. El mimetismo con lo inglés vuelve a manifestarse aquí, cogiendo (como era costumbre) lo peor: la hinchazón crítica catapulta a grupos de cuarta fila a posiciones de liderazgo, y se ignora a grupos increíbles para dar cancha a, qué se yo, My Criminal Psycholovers. O Silvania.
g) Las canciones: No las hubo, al menos en el sentido super-pop de la palabra. Comparen con el periodo 1980-1990, cuando se construyó en España un cancionero fértil y memorable que ha sobrevivido hasta nuestros días. De 1990 en adelante, ¿qué queda? (en cuanto a hitazos, quiero decir): “Chup chup” de Australian Blonde, unas cuantas (bastantes) de Los Planetas y “Al amanecer” de Los Fresones Rebeldes. Vads, de Corn Flakes, lo dice clarito en Pequeño Circo: “no hay canciones”.

3. Pero no se impacienten: con el tiempo, algo de mi rechazo remitió, y capté la diferencia de oferta. Vi la ciclópea distancia que separaba a La Buena Vida de, no sé, Pequeñas Cosas Furiosas o Nothing. Desprevenido, bizqueé con el “H.E.L.L.O” de Le Mans (¿es una broma, o qué?) pero al poco comprendí, y mucho. Presencié de primera mano (ya como comprador) la aparición de Soidemersol de La Buena Vida, o el Entresemana de Le Mans. Canturreé feliz “La mujer portuguesa” de El Niño Gusano. Lucí camisetas de Siesta y Spicnic. Me hice fanísimo de Los Planetas, y compré todos sus singles según iban saliendo (luego me enteré

En una prueba de sonido de Los Fresones Rebeldes, Siroco (Madrid) 1997

En una prueba de sonido de Los Fresones Rebeldes, Siroco (Madrid) 1997

de que eran fans de Rain Parade o Syd Barrett, como yo). Me hice temprano seguidor del twee británico de Heavenly y Sarah Records etc., lo que hizo que mirara con un nuevo cariño a las propuestas de este tipo (si bien algo más pijas) que nacían aquí.
La mayoría de las comprensiones positivas me vinieron de mano de Felipe (de Los Canguros y Los Fresones Rebeldes), que había pasado –como yo- de lo mod y se había metido en el indie “hasta el hocico” (sus palabras), y también de Miguel López (otro futuro Fresón). Además, justo cuando me convertía en ultra-fan lunático de Los Fresones Rebeldes (me había ennoviado con su guitarra, para más inri, y transformado en –a todas luces- groupie oficial) y les acompañaba en sus primeras giras españolas, aparecían Astrud en Barcelona. Astrud me chiflaban. Era directamente mi grupo favorito en 1997 y asimismo, aunque su ideario y postura se antojaran lejanos de los indies previos, estaba claro que salían del público de la gira Noise Pop ‘92. Manolo Martínez lo ha afirmado más de una vez.

Conviene cerrar este capítulo, así, con una reflexión: no todo fue estéril en el indie pop. De su nido emergieron algunas lumbreras que aún encabezan el cancionero estatal más ilustrado, como Antonio Luque, Jota, Ibon Errazkin, Teresa Iturrioz, Nacho Vegas, Felipe o el propio Manolo Martínez (retirado); también algunos genios locos y excéntricos locales (Murky, de Patrullero Mancuso, David Beef o Genís de Hidrogenesse); y un puñado de discos inmortales (un 10% de su producción, pero aún así; mirémosle el lado bueno, leñe). Algunos de sus más latosos plumillas se arrepintieron de todo, un poco como Albert Speer en los cincuenta, y renegaron de las homilías arty declamadas en pleno subidón. Y, por lo que se desprende de las afectuosas voces que pueblan Pequeño circo, al menos la mayoría lo pasaron tremendo en un entorno de compañerismo y comunidad que, si bien no gestó tantas genialidades inmortales como la nueva ola pretérita, al menos proporcionó una dirección y un ideal (y una clara oportunidad de pasarlo pipa) a sus vidas. Y, no sé qué decirles, ¿a los dieciocho? Eso es exactamente lo que andas buscando.

Kiko Amat

(Artículo publicado previamente en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia del 11 de abril del 2015)

Primera Persona 2015: ¡cartel completo!

Hoy mismo hemos lanzado desde el bunker de Primera Persona una ofensiva twitteriana que ni la Operación Barbarossa. Puro blitzkrieg. A la espera de la nota de prensa oficial desde el CCCB, que en breve llegará a sus despachos y buzones, he aquí el listado definitivo y total de los artistas invitados al próximo Primera Persona 2015:

SLEAFORD MODS, RICHARD PRICE, EDUARDO MENDOZA en conversación con JOSÉ LUIS CUERDA, LAETITIA SADIER (Stereolab), CAITLIN MORAN entrevistada por Marta Salicrú, KIKO VENENO (acompañado por Adán López), THE MONOCHROME SET, JON LANGFORD (The Mekons y The Three Johns), TODD McEWEN, IGNATIUS FARRAY, LOS HERMANOS PODCAST (El Hematocrítico y Noel Ceballos dando rienda suelta a su podcast en directo, con Daniel Ausente de invitado), Xavi Ayén hablando de sus peripecias con el Boom latinoamericano, y tres espectaculares cápsulas con agrupación de artistas: ¡PORNO! (Amarna Miller, Max Cortés, Evita de Luna y Ratpenat, charlando de su disciplina con Jordi Costa), ¡MAX MIX! (la historia del megamix español con sus tres principales artífices: Mike Platinas, Josep Maria Castells y Toni Peret) y ¡COSAS DE CASA! (abriendo los armarios de la casa familiar con Carlos Pardo, Mar Coll, Miguel Ángel Ortiz y Llucia Ramis).
O sea: la que hemos liado, tron.
¿Cómo lo ven?