Ya tardaban en celebrarlo: discos a la salud del Primera Persona 2015

2015-05-19 11.39.15A veces parece, juro que lo parece, que en Primera Persona hagamos las cosas para CELEBRARLAS luego.

Este sábado 23 de mayo estaremos , Miqui Otero, Kiko Amat y Jordi Garrigós (dos co-directores y su mano izquierda) pinchando en Heliogàbal (Ramón y Cajal, 80) para celebrar lo rabiosamente guay que fue este último Primera Persona 2015 (IVª edición).

Lamento no poder pormenorizar con detalle lo que pincharán mis restantes Two Amigos (pueden intuir algunas direcciones aquí, en nuestra entrada de blog), pero yo sí voy a soltarles mi ristra de prodigiosos grupos en formato 7″ y 12″, para que ustedes vayan preparando el love-pogo: The Claim, Jazzateers, Restricted Code (mi ultra-amadísima “First night on“), Hard-Ons, Aina, Aztec Camera, The Omens, TV21, Rudi, The Donkeys, el “Lock it up” de Eater, el “Me and my friends” de The Crooks, el “Suzi” de Newtown Neurotics, Texas is The Reason, Les Calamités, el “Ich liebe dich” de Advertising, Brilliant Corners, el “Je me demande” de Bijou, The Business, el “War on the terraces” de ustedes ya saben quién, Mark Eric, Boots For Dancing y más.

O sea: Pleisto-emo, mod revival, criptomod, indie raro, punk rock tarareable, sonido 1979, algo de Oi! para echar a los cursis, una miaja de twee inmediatamente después para que no se larguen las mozas, etc. Todo lo que nos conmueve, asombra y explica aquí.

Eh: vengan a vernos.

 

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La rebelión discreta: Kiko Amat entrevista a JONATHAN COE

p7914webConozco bien a fondo la obra de Jonathan Coe (Bromsgrove, 1961). He leído de cabo a rabo sus diez novelas hasta la fecha, y de premio devoré la biografía de B.S. Johnson, Like a fiery elephant, que Coe escribió en el 2004. Por eso puedo decir que… ¿Cómo verbalizarlo? Me da la impresión de que los críticos ingleses no toman muy en serio a Coe, pues sus novelas reciben a menudo críticas tirando a tibias, y ocasionalmente incluso le llaman cosas feas como “el rey de la digresión”. Y asimismo el novelista inglés goza de gran éxito en Francia, Italia y Alemania (algo menos en España, pese a los titánicos esfuerzos de su editor y fan, Jorge Herralde). No, Coe no es el proverbial profeta en su tierra ni, por lo que parece, tampoco en la nuestra. Y eso que algunos apasionados lectores y forofos de su narrativa no hemos parado ni un solo día de dar la lata sobre lo suyo.

Coe acaba de publicar Expo 58, de nuevo en Anagrama, su hogar natural. Una gran comedia que es medio spoof sobre la guerra fría y medio sainete Ealing, con algo del suspense del Hitchcock británico de Los 39 escalones. En la charla que sigue -tuvo lugar en el foyer del hotel Condes de Barcelona un congelado día de febrero- Jonathan Coe y yo hablamos de estar en el medio exacto de la clase media, de rock progresivo, de la gloria de Monty Python y Spike Milligan, de los años cincuenta ingleses, de las novelas de esa época que envejecen mal, de los pijos que llevan el gobierno británico en la actualidad y de la infección del posmodernismo. Y mucho más.

¿Cómo es tu familia?
No acostumbro a hablar demasiado del tema. Mi padre murió hace dos años, por eso le dedico Expo 58. Justamente murió cuando estaba a media lectura del libro, y le estaba gustando mucho, cosa que no era muy corriente; normalmente no le gustaban demasiado. Mi madre tiene ahora 81 años y todavía vive en Birmingham, en la misma casa que compraron juntos en 1956, hace ya 59 años. Crecí en un entorno muy tranquilo, estable, provincial y residencial. De hecho, cuando me preguntan por qué escribí Expo 58, si es que quería revivir los años 50, a veces contesto en broma que en mi casa, a lo largo de los años 60 y 70, todavía parecía que fueran los 50. Y, de hecho, aún da esa sensación. Aún hay rincones como esos en la campiña inglesa: mi madre va a comprar la carne a su carnicero de confianza, conoce a todo el mundo en el pueblo… Cuando murió mi padre, hace dos años, mi madre me preguntó cómo funcionaba un cajero automático, pues nunca había usado uno, me preguntó cómo se ponía gasolina en el coche… Hasta ese momento su vida había sido la de una ama de casa tradicional de los años 50, en el rol clásico de esposa. Y, hablando de mí, llevo casado 26 años, desde el 1989, y tengo dos hijas.
Hablas de esa Inglaterra inmutable en el tiempo, pero en La espantosa intimidad de Maxwell Sim escribes precisamente sobre los cambios que sufre la vieja Inglaterra.
Es que Inglaterra está cambiando, pero aún hay pequeños rincones muy chapados a la antigua, supongo que igual que en todos los países, y es algo que me fascina y sobre lo que no se habla en las novelas o en las noticias. Esos cambios sociales que se dan en la historia de los países son algo que me encanta. Gran parte de la cotidianeidad no-dramática es inmutable o, al menos, cambia muy lentamente. Una de las cosas que me entristecerán cuando fallezca mi madre es que perderé todo contacto con esa parte de Inglaterra: ella no usa ordenador ni tableta, todavía escribe cartas, cuando la llamo y está viendo la televisión no sabe que puede apretar un botón y pausar el programa… Y encima no se lo cree cuando se lo digo.
Le debe de sonar a ciencia-ficción, como una especie de distopía enloquecida. El mundo al revés.
Sí. Pero a ella le encanta ese mundo, se mantiene lejos de toda innovación. Y eso, allá donde vive ella, no es particularmente complicado.
¿Eras hijo único?
No, tengo un hermano mayor que tiene ahora 56 años. Y me inspiré en él para el personaje de Maxwell Sim. Más la idea del personaje que la personalidad como tal, porque es un comercial que viaja por trabajo y pasa gran parte de su tiempo en autopistas, comiendo en áreas de servicio…
Aún no ha empezado a conversar con su GPS, espero.
[sonríe] Pues no lo sé, no se lo he preguntado. Esa idea para el libro se me ocurrió hace mucho tiempo, a principios de los años 90, incluso antes de escribir ¡Menudo reparto! (1994). Durante esa época acompañé a mi hermano en algunos viajes para ver cómo era su día a día en el trabajo, y en aquellos tiempos aún no existían los GPS. No sé, quizá ahora haya empezado una intensa relación con su GPS, vete a saber [sonríe]. No tenemos mucha relación, mi hermano y yo, nuestros mundos no convergen demasiado: no lee narrativa, le gustan mucho los deportes… Realmente tengo un pasado muy poco común para ser escritor, pues mi madre lee, pero no lo hace para entender el mundo, como hago yo, sino que lo hace para distraerse. Toda mi familia piensa que lo que hago es bastante extraño.
Ya sé que tu juventud no fue precisamente como la de Irvine Welsh, pero ¿tuviste una época rebelde?
Mirándolo en retrospectiva, diría que mi adolescencia fue muy solitaria, pero en aquella época no me lo parecía. Quizá porque no conocía nada más. Vivíamos a seis o siete millas del centro de Birmingham, casi en el campo, en una parte del país muy tranquila. No recuerdo que mis padres se pelearan jamás, no recuerdo ni un solo grito, los desacuerdos se dejaban sin resolver, no se hablaba de sentimientos… Evidentemente había amor, pero no se veía a simple vista.
Muy al estilo de los años 50.
Exacto. Como mi colegio estaba en el centro de Birmingham todos mis amigos estaban repartidos por toda la ciudad, así que no nos veíamos después de las clases. Mi vida familiar era toda mi vida. Y hablamos de los años 70, así que había tres canales de televisión, no existía internet, las tiendas y pubs cerraban los domingos… Era una vida muy tranquila.
¿Algo triste, quizá?
No, no la encontraba triste, porque tenía la tele, música, libros… Era un mundo diferente. Recuerdo los nervios de los domingos por la mañana al recibir The Sunday Times, ya que eran noticias del mundo exterior, un boletín que nos llegaba desde el mundo real, y aquello era un acontecimiento en sí mismo. Recuerdo que yo devoraba las reseñas de televisión, libros y películas. Luego no veía esas películas ni leía esos libros, pero me gustaba esa sensación de saber que había un mundo ahí afuera, un mundo que de otra manera jamás entraba en nuestro día a día. Era un entorno perfecto para convertirme en alguien introvertido que pasara mucho tiempo dentro de su propia cabeza, inventando historias; y eso es precisamente lo que empecé a hacer.
Por la manera como lo explicas parece lógico que acabaras siendo escritor. Como si todo hubiese conspirado para ello.
Hacia el final de Expo 58 empiezas a ver qué estoy haciendo en ese libro, porque nace el hijo de Thomas Foley, David. Thomas ya es un profesional respetado y se ha mudado a Birmingham, a la calle Monument Lane, que está justo al lado de la casa de mis padres en la vida real. Así que su hijo, David Foley, se convertirá en mí. Él nace en 1960 y yo lo hice en 1961, pero al margen de eso lo he dejado todo preparado por si quiero escribir mi autobiografía, mi bildungsroman; he creado mi alter ego. Aún no sé si voy a hacerlo, pero si lo hago, todo está listo para ello. En el pasado he tenido otros alter egos como Benjamin Trotter, pero David es el definitivo.
En todos tus libros hablas mucho de música. No sé si te viene de tu hermano; he descubierto que es una figura bastante común entre los ingleses. Siempre hay una hermana mayor que entra en casa con un disco de los Beatles, o Bowie…
[ríe] Ya. Mi hermano tenía unos gustos musicales bastante particulares. Compraba muchos discos de King Crimson, y eso fue mi introducción al rock progresivo, que me acabó gustando mucho. Pero él ha dejado esa etapa atrás, y es irónico que ahora viva en un pueblo de las Midlands y sea vecino de Robert Fripp. Le dije que el guitarrista del grupo que tan loco le volvió durante un tiempo vive en su misma calle, ¿y sabes qué? No mostró ningún interés [risas]. Ha dejado todo eso atrás. El primer disco que me compré (esto va a sonar a prehistoria), lo compré en una pequeña tienda que vendía periódicos, conservas, productos de parafarmacia… Un poco de todo, pero era una tienda muy pequeña, como un colmado, y tenía un expositor giratorio de discos. No sé por qué vendían elepés, pero recuerdo que eran muy baratos, costaban 75 peniques. Y el primero que me compré fue un Grandes Éxitos de Bill Haley and his Comets. No sé por qué lo hice, porque en 1969 ya nadie los escuchaba.
¿Quizás pasaron por televisión la película aquella, Blackboard Jungle, donde aparecía tocando “Rock around the clock”? En 1968 había una especie de rock revival en Inglaterra.
No, no. Jamás la vi. Fue una compra muy extraña. La primera música que recuerdo que me gustó fue el rock and roll. Compré discos de Bill Haley, de Chuck Berry, de Little Richard… Y ese tipo de música tampoco sonaba en casa de mis padres, ellos salían de copas a principios de los años 50, antes de que el rock and roll apareciera.
Cuando empecé a leerte no sabía muy bien dónde colocarte. Era obvio que no pertenecías a la generación más punk, como Welsh y toda la panda, pero tampoco encajabas bien en la escena más académica y “seria” de Martin Amis, Hitchens o Julian Barnes.
Cierto, cierto. Estoy en un lugar intermedio. Vengo del medio de la clase media-media, y del medio justo de la Inglaterra media: no podría ser más del medio. Mis padres no podrían haber sido más convencionales y conservadores. Con minúscula en el caso de mi madre y con mayúscula en el de mi padre: siempre votó por los Tories y por Margaret Thatcher. Podría haberme adaptado a ese mundo muy fácilmente, pero los libros y la música me arrancaron de él. Supongo que ese proceso empezó a finales de los años 60. El primer fenómeno cultural que recuerdo amar y que mis padres no aprobaban fue Monty Python. Me entusiasmaron inmediatamente, y mis padres se preocuparon inmediatamente, porque veían que, en algunos aspectos, aquello era subversivo. Y lo que me encantaba es que era formalmente subversivo, que no solo se reían de los convencionalismos sociales, sino también de los televisivos. Era irónico, como algo que se comenta a sí mismo. Empecé a buscar libros que hicieran algo parecido, y así es como llegué a escritores no solo como David Nobbs, sino también B.S. Johnson o Flann O’Brien, escritores inquietos con la forma, inconformistas que querían replantearse y subvertir la narrativa. Todo eso me venía por vía Monty Python. ¿Es Spike Milligan conocido en España?

Spike Milligan en modo Wehrmacht

Spike Milligan en modo Wehrmacht

No, aquí no le conoce casi nadie. Solo un puñado de anglófilos locos. Tampoco a The Goons.
Es interesante, porque Spike Milligan y Peter Cook son, para mí, las dos figuras más importantes de la comedia británica después de la guerra. Y Monty Python, naturalmente, pero no podrían haber hecho lo que hicieron sin Spike Milligan y Peter Cook. De hecho, lo que hicieron fue una fusión entre lo que hacían ambos. Es curioso que Monty Python sean famosos en todo el mundo y los otros dos sean un fenómeno exclusivamente británico.
Me da la sensación de que Monty Python eran como la rebelión de la clase alta, el pijo que se porta pésimo en el colegio privado y empieza a mearse por las esquinas…
Es completamente cierto. No es algo aplicable a Spike Milligan, pero sí al resto de cómicos subversivos de los años 60 y 70, todos provenían del establishment. Era el establishment atacándose a sí mismo. En cierta manera, para que te resulte fácil mofarte del establishment primero tienes que entenderlo, y para entenderlo tan bien tienes que formar parte de él. El humor de la clase media y la clase trabajadora de los años 60 y 70 no era tan subversivo, porque le daba miedo serlo.
Probablemente lo más rompedor de Monty Python no era tanto el comentario social sino la forma absurda que aquel tomaba. Y creo que por eso no les gustaban a tus padres, ni pretendían gustar a los padres en general.
Mucha gente no recuerda que Monty Python empezaron en un programa infantil. Se llamaba Do Not Adjust Your Set, en la ITV en 1968, y era a la hora de la merienda, a las cinco de la tarde, cuando los niños están mirando la tele. Ahí salían Eric Idle, Michael Palin y Terry Jones. Ahí fue donde les vi por primera vez. Era una llamada directa a lo infantil y a ese amor juvenil por lo absurdo. Mis padres lo veían como algo… Inmaduro, supongo.
Me has comentado que no fuiste especialmente rebelde, pero tus padres eran votantes Tories, y en varias de tus novelas encontramos política, enfocada desde la izquierda. ¿Cuándo te diste cuenta de que tus ideas políticas y sociales diferían de las de tus padres?
Probablemente cuando estuve en Cambridge. Hay una tradición de radicalización en Cambridge, pero no creo que fuera por Cambridge en concreto, supongo que me habría pasado en cualquier universidad a la que hubiera ido. Fue simplemente salir del núcleo familiar, conocer a gente que pensaba como yo y tener las conversaciones que se tienen cuando eres un estudiante, que cambian tu manera de ver las cosas. Lo que sí me sorprendió de Cambridge fue ver que algunos me miraban por encima del hombro, cosa que nunca me había pasado. El colegio al que fui en Birmingham era muy competitivo académicamente, si ibas allí significabas que formabas parte de una especie de elite, y lo notabas. Recuerdo vivamente esa sensación. Pero cuando llegué a Cambridge me di de morros con el clasismo inglés, y a lo grande. Había gente de Eton, de Harrow, de Westminster… de esas escuelas tan prestigiosas de las que había oído hablar. Y eran muy esnob conmigo: yo venía de Birmingham, de clase media, de una escuela de la que nunca habían oído hablar (y yo que creía que era una de las escuelas más famosas del país…). Durante aquellos tres años aprendí mucho sobre Inglaterra y su sistema de clases sociales. Y no ha cambiado nada. De hecho, ha involucionado a como era antes.
Claro. No hay más que mirar a George Osborne. No se puede ser más pijo que eso. Uno lo imagina siempre en la caza del zorro, o azotando lacayos.
[sonríe] Sí, Osborne es un cliché andante, pero a la vez es del todo real. Puedes pensar lo que quieras de Margaret Thatcher y John Major, pero intentaron hacer algo sobre la lealtad de clase de los tories. Las diferencias con lo de hoy, en todo caso, son superficiales. El alcalde de Londres, Boris Johnson, es de Eton, el primer ministro es de Eton, George Osborne es de Saint Paul’s…
Son The Eton Rifles, como cantaban The Jam…
Sí. Es increíble que estos tipos manden y que salgan cada día por la tele y la radio diciendo que no tenemos que gastar tanto dinero y que estamos todos juntos en esto. Y sobre eso habla precisamente mi nuevo libro.
Owen Jones se mofa de aquella vez en que David Cameron trató de adivinar cual era el sueldo medio inglés, y soltó una salvajada como 70.000 libras o así.
Sí. Otro ejemplo sería… ¿Alguna vez has estado dentro de las Casas del Parlamento?
No.
Pero tienes una idea de cómo es.
Sí.
Bien, pues ayer emitieron un documental en la tele sobre ese edificio, con esos techos tan altos, las paredes recubiertas de roble… Y David Cameron dijo: “Te recuerda al colegio, ¿verdad?”. Hombre, quizá sí recuerda al colegio al que él fue, pero no al que asistió la mayoría de la gente. Viven muy alejados de la realidad.
coe-expo58Así, no recuerdas discusiones de política con tus padres, sobre inmigración o lo que fuese. Fue más algo de la universidad.
No. De todo eso me di cuenta mucho más tarde. En los 70 me parecía normal, era el aire que respiraba. Tan pronto como salí de casa -aunque me encontrase en otro entorno cerrado, como era Cambridge- me bastaba con mirar a mi alrededor para decirme: caramba, así es cómo funciona el mundo. ¿Cómo puedo no haber reparado en ello? A partir de allí mi izquierdismo se convirtió en un asunto de puro sentido común, y ya nunca me ha abandonado.
¿Te convertiste en militante?
No. El Partido Laborista de 1983 estaba bastante a la izquierda. Cuando estaba liderado por Michael Foot tenía un manifiesto que se dio a llamar “La nota de suicidio más larga en la historia electoral” [sonríe] porque proponía cosas por las que la mayoría del país no votaría jamás, como el desarme nuclear universal. Durante los 80 y 90 fui votante de Labour. Fui a manifestaciones contra Thatcher cuando estuve en la Universidad de Warwick, fui a las marchas del CND [Comité para el Desarme Nuclear]. Cosas bastante normales para alguien de izquierdas.
Volvamos momentáneamente a la escritura. Martin Amis, con su grandilocuencia habitual, dice que cuando empezó a escribir sabía que sería para siempre. ¿Tú también pensabas que escribir era tu destino?
Nunca tuve una sensación de destino, no. En todos los aspectos de mi vida tiendo a pensar a corto plazo, puedo pensar en el próximo libro y quizá en el siguiente, nada más. Como ya sabes, en mis novelas los planes siempre salen mal, frecuentemente de la manera más inesperada y cómica, así que nunca hago planes. Si me lo hubieras preguntado cuando tenía quince años quizá te hubiera dicho que quería ser escritor, pero más que una sensación de destino habría sido una esperanza. Simplemente me gusta escribir historias, desde que era pequeño. Empecé cuando tenía ocho o nueve años, y a los quince o dieciséis ya estaba escribiendo novelas enteras. Y parecía una tontería no enviarlas a una editorial. ¿Para qué escribirlas si no? ¿Qué otro motivo puede haber? Todo sucedió de una manera bastante improvisada, así que nunca he pensado que mi destino era ser escritor. De vez en cuando, al levantarme por la mañana, miro a mi alrededor y no me puedo creer que eso sea a lo que me dedique y que eso sea mi vida. Unas veces me resulta familiar, otras muy extraño. Podría haber acabado fácilmente de profesor. A finales de los años 70 incluso trabajé en un banco, así que ahora podría ser el encargado. El encargado socialista de un banco [sonríe].
¿Así es como te ves cuando te planteas los escenarios “Y si…”?
Sí. Poder vivir de escribir es una gran suerte, mucha gente querría hacerlo, pero muy poca puede. Más que haber seguido un plan prefijado, me veo como alguien con suerte. Podría haber terminado de oficinista.
Pienso en tu obra y me viene a la cabeza la letra de aquella canción de Johnny Mercer, “I’m old fashioned / but I don’t mind it”. Nunca han parecido importarte las modas literarias. Tus gustos están un poco pasados de moda (y digo esto como elogio).
[sonríe] Creo que mis gustos son bastante clásicos, sí. Más que pasados de moda diría clásicos. Me gustan las cosas bien hechas, me enfado bastante cuando veo que algo es una chapuza, que se ha hecho sin amor en unos pocos minutos. Si pienso en películas mis gustos también son clásicos. Las películas que me gustan de verdad son las de los años 40, 50 o 60. Me gustan las películas de ahora, pero creo que hay un clasicismo que está desapareciendo en el cine, en la música clásica y en el pop y en la novela, y eso me hace sentir una cierta nostalgia.
Nunca te ha infectado el posmodernismo literario, al contrario de lo que sucedió con muchos de tus contemporáneos.
Me gusta la literatura posmoderna, y creo que en mis libros las autorreferencias van en aumento. En los últimos hay personajes de mis primeras novelas que vuelven a aparecer, y cosas así. Asimismo, me he dado cuenta de que muchas veces el posmodernismo cabrea a los lectores. Lo noté mucho en Maxwell Sim, cuando a mucha gente le desagradó visceralmente el último capítulo. Monty Python, The Goons, Flann O’Brien o B.S. Johnson eran extremadamente posmodernos en su forma, y ese es uno de los aspectos que me gusta de ellos. Esencialmente, lo que hago como escritor es realismo. Creo un mundo sólido y, mientras lo leen, los lectores sienten que pueden vivir y creer en él. Para mí fue una sorpresa descubrir que eso era lo que le gustaba a mis lectores, porque cuando escribo hay una parte de mi cerebro que no se lo cree lo que está sucediendo, porque estoy allí, sentado a la mesa con el papel delante, y lo estoy creando. Así que sé que no es real.
Como un mago, tú conoces el truco.
Sí, pero una de las cosas que aprendí con la publicación de Maxwell Sim es que mucha gente desea y disfruta con esa ilusión de realidad, y si vas a romper esa ilusión tienes que ir con mucho cuidado con cómo lo haces. Ahora soy más consciente de ello.
p7955webHablabas de la larga nota de suicidio de Michael Foot, pero el final de Maxwell Sim era bastante suicida, también. Literariamente hablando.
[ríe] Sí. Ahora me doy cuenta.
Una de las cosas que me disgustan del posmodernismo es que en ocasiones es puramente pirotécnico. La historia y los personajes pasan a un segundo plano y quien toma el protagonismo es el escritor demostrándonos los truquitos fantásticos que sabe realizar. Eso me irrita.
Muy cierto. A la vez, me interesa el posmodernismo como medio para representar y entender la realidad contemporánea, que está plagada de espejos, trucos e ilusiones. Lo puse en práctica por primera vez en ¡Menudo reparto! y fue uno de los motivos por los que el libro fue un éxito. Era posmoderno en cuanto a que mezclaba diferentes géneros, era muy paródico y, aún así, la gente veía por qué lo hice así, vio que estaba intentando representar la realidad de los años 80 con más precisión. Si vuelvo al posmodernismo, esa debería ser la estética que lo motivara.
La lluvia antes de caer es tu libro más triste, el que es menos “tú”. No tiene traza alguna de humor.
Mi libro más popular en España, por alguna razón.
Quizá precisamente por eso, porque eliminaste todo el humor. He ahí una fórmula que puedes repetir si quieres volver a ser exitoso en España.
[ríe] Bueno, es más fácil explicar por qué he vuelto al humor que por qué lo abandoné. En cierto modo, La lluvia antes de caer es uno de mis libros más posmodernos, porque es casi un pastiche de novelas de Rosamond Lehmann y esas otras escritoras británicas de los años 20 y 30 que reeditaba Virago Modern Classics y, para conseguir eso tuve que deshacerme de mi lado satírico y paródico. Porque en aquellas escritoras no encuentras nada de eso. Es algo bastante paradójico, porque es un libro muy personal –los paisajes de Shropshire que describo en el libro son los de mi infancia, es una parte del país donde vivían mis abuelos y que yo iba a visitar con cierta frecuencia…- y, a la vez, desde la perspectiva actual, veo que el libro es una especie de pastiche. Mientras que en Expo 58, que está lleno de parodia y de escenas de espías y guiños de ciencia-ficción, es mi verdadera voz la que escribe.
No sé qué dicen las ventas, pero da la sensación de que los críticos continentales siguen apreciándote más que los británicos. Quizá no han sabido ver que esa es tu voz real, que no es algo impostado, ni una parodia forzada.
Los críticos británicos nunca pillan cuándo estoy siendo sincero y siempre están buscando en mis libros un nivel extra de parodia que no existe. Pero mis libros no tienen que leerse fijándose mucho, no los escribo así, los escribo de manera que los puedas leer en unas pocas horas, y lo que ves es lo que hay. Puedes reflexionar sobre el libro, puedes releerlo y ver otras cosas, pero la primera interpretación acostumbra a ser la correcta. En Expo 58 estoy recreando un pastiche de películas de Hitchcock y series de televisión como Los Vengadores. Y lo hice simplemente para darme el gusto de hacerlo, no para demostrar nada sobre el género o la ficción. Supongo que hacer una reseña de mis novelas es algo frustrante para los críticos, ya que no encuentran demasiado donde morder. Escribo los libros para los lectores, no para los críticos. En cierta manera es los mismo que le pasaba a Billy Wilder con los críticos de Cahiers du cinéma, que le menospreciaban porque no hacía películas de género. Si hacías un western o una película de cine negro el crítico sabía a qué agarrarse y podía presumir de ver cosas en las que nadie más había caído. En mis libros cualquier lector puede ver qué hay, no necesita a ningún crítico que se lo explique. Quizá eso haga que las críticas de mis libros sean innecesarias, en cierto modo. Supongo que el crítico se siente redundante.
Dwarves of death coe¿Cómo te afectan las críticas negativas?
El número de críticas positivas o negativas que he leído en los últimos veinte años y me han hecho reflexionar y ver cosas en las que yo no había caído, o que han dado en el clavo de lo que yo pretendía, es muy pequeño. No creo que, en este sentido, los críticos sean demasiado útiles para un escritor. Pero es un ruido de fondo con un volumen bastante alto, es muy complicado no oírlo, y si encima son críticas destructivas y malintencionadas realmente te tocan los huevos. Tienes que intentar bloquearlas.
¿Alguna vez te has sentido tentado, como Jonathan Lethem hizo aquella vez con James Wood, a escribirle una carta de respuesta a un crítico?
La verdad es que no. Cuando era muy joven y se publicó The dwarves of death le envié una postal a alguien que había escrito una crítica negativa y es algo de lo que me arrepiento, fue una estupidez. Así que no, no le veo el sentido; el escritor casi siempre se rebaja si lo hace.
The dwarves of death, ahora que la mencionas, me gustó como novela, pero también como ejemplo de cómo escribir una novela.
¿De verdad? [ríe con rictus de curiosidad]
A mí me fue muy útil. Fue como una especie de manual. Me sentí como cuando leí a Richard Brautigan, quien me hizo sentir por vez primera que aquello era algo que se podía intentar: la estructura, el ritmo, el humor, la brevedad, las referencias puntuales…
Evidentemente, The dwarves of death no es una obra maestra. Las obras maestras pueden ser bastante desalentadoras, lees Guerra y paz y dices: “A la mierda, no vale la pena ni que lo intente”; pero veo qué quieres decir con The dwarves of death. Me gusta que le hayas sabido encontrar esa utilidad. Releer mis libros me resulta extraño. Tengo cuenta en Twitter y recibo muchos mensajes elogiosos, sobre todo hablando de ¡Menudo reparto!, en los que me explican cuánto les ha gustado el libro y que lo han releído cuatro o cinco veces. Pero yo no puedo leer una sola página de ese libro sin pensar: “Oh Dios, ojalá hubiese resuelto eso de otro modo” o “Qué frase tan horrible”. No hay ninguno de mis libros al que me gustaría regresar y releer, los cambiaría todos de arriba a abajo.
Pero quizá, aunque no estén escritos cumpliendo tus expectativas actuales, en ellos se intuye el entusiasmo juvenil. El entusiasmo del que empieza a escribir, que no creo que hayas perdido aún.
Sí, en eso tienes razón. Siempre pienso que lo voy a perder un día de estos, pero (toco madera) hasta el momento cuando me pongo a escribir un libro me doy cuenta de que estoy disfrutando de ello. El que estoy escribiendo ahora, por ejemplo, fue muy duro en los primeros meses, no me transmitía ningún furor ni pasión, pero en las últimas semanas todo está colocándose en su sitio y estoy tan metido en él que entre dos entrevistas me he escapado un cuarto de hora al hotel y he escrito media página; estoy enganchado a él. Y cuando eso sucede es fantástico, y más si ya vas camino de los sesenta años.
Hanif Kureishi me dijo que una de las ventajas que tiene es que es capaz de soportar la soledad, y que eso es algo imperativo en un escritor. Porque (esto lo digo yo, no Kureishi) cuando empiezas con un libro sabes que tienes por delante, si eres afortunado, un mínimo de dos años de trabajo.
Hanif es afortunado y, en ese sentido le envidio un poco, porque tiene otra vida como guionista, escribiendo a dos manos con Roger Michell. Imagino que esa es la combinación perfecta de escritura sin soledad. Pero me gusta estar solo, y tampoco soy una persona particularmente sociable, así que una profesión que me permita estar solo en una habitación ocho horas al día ya me va bien. Dicho esto, la sensación de tener que escalar una montaña cada vez que empiezas un libro no disminuye con los años; de hecho se vuelve peor. Tengo la suerte de que mis libros son lo que da de comer a mi familia. Como dijo Samuel Johnson, “solo un mendrugo escribiría por motivos que no fuesen el dinero”. Eso es lo que hace que me levante por las mañanas y me ponga a escribir.
Las fechas límite de entrega del manuscrito.
Las fechas límite, los recibos de los bancos, las facturas… Cada vez necesito un mayor impulso inicial, pero una vez lo he recibido el entusiasmo acaba llegando siempre. Al menos hasta ahora.
Voy a lanzarte una teoría un poco a lo loco, que se me ha ocurrido cuando has citado a Samuel Johnson. Antes te referías a tus gustos clásicos, y creo que una de las razones por las que algunos críticos no te toman en serio es porque tu canon no es su canon. Nunca citas a Beckett, pero sí a Keith Waterhouse, David Nobbs o Patrick Hamilton; autores semi-olvidados que los críticos consideran “menores”.
Muy cierto. Cuando menciono a David Nobbs en Gran Bretaña nadie sabe de quién estoy hablando. Creo que todo eso que comentas es parte de mi subversión silenciosa, mi rebelión discreta. Una rebelión que, me temo, irrita a alguna gente porque ni tan solo la presento como tal. Para mí –y remarco que para mí, porque cada vez me doy más cuenta de que todo es altamente subjetivo en la Literatura- Henry Fielding es un escritor más importante que Charles Dickens. Decir eso en Gran Bretaña es casi una herejía, pero no quiero decir que el canon de la literatura inglesa esté mal, sino que no me interesa. Desde un punto de vista puramente egoísta, no me llama. No me dice nada. Para mí eso no es nada grave, pero quizá en el fondo sí sea algo grave para según quién. Quizá soy un cliente más raro de lo que parezco.
Quizá porque algunas de esas novelas de los años 50 no han envejecido bien. Estoy pensando en Colin Wilson, por ejemplo. Su obsesión con llevarse a una mujer al catre es muy de los años 50. Da la sensación de que la única motivación del libro es la frustración por no haberse encamado con nadie aún. Y digo esto como fan; imagina si no eres fan.
[ríe] Sí, tienes razón. Las políticas sexuales han cambiado mucho en los últimos cincuenta años, y a mejor. Y a muchos de los escritores de esa época no se les entiende desde la perspectiva actual. La definición de un verdadero clásico es un libro que te gusta pese a que los valores sociales que refleja hayan quedado obsoletos. Y probablemente Colin Wilson o Kingsley Amis no superan esa prueba. Pero como lector soy bastante indulgente si alguien realmente me gusta. Las políticas sexuales en B. S. Johnson son intolerables, es uno de los escritores más agresivamente sexistas de su época, pero se lo perdono; aunque quizá mucha otra gente no esté dispuesta a hacerlo.
Solo parecen existir dos extremos: o son muy sexistas como B. S. Johnson o son muy remilgados, como Patrick Hamilton en Los esclavos de la soledad. Esa novela parece escrita por una señora de 80 años.
[risotada] Una gran verdad.

The Life and Death of Colonel Blimp (Powell-Pressburger, 1943)

The Life and Death of Colonel Blimp (Powell-Pressburger, 1943)

Ya has comentado que te gustan los años 50, pero leyendo tus novelas parece que también disfrutas con el vocabulario y el argot de la época. Old boy, crikey, y todo eso.
A finales de los años 60, cuando yo era un chaval, en la televisión pasaban constantemente películas de los 50, eran filmes relativamente recientes y yo crecí con ellos, todos los de la factoría Ealing, los de los Boulting Brothers como I’m Alright Jack, las cosas de The Archers, y luego había una película que era increíblemente famosa, Genevieve, de Henry Cornelius, que iba sobre un rally automovilístico entre Londres y Brighton, y que expresaba fielmente el sentir de su tiempo, 1953. Las palabras de todas aquella películas se quedaron en mi cerebro. Pero no confiaba en mi memoria, así que volví a ver esas películas para comprobar si realmente hablaban así. Y sí, lo hacían [sonríe]. Totalmente. Así que para mí fue un placer doble, poder escapar de lo contemporáneo y escribir usando esas expresiones tan pasadas de moda, y además fue muy fácil, me salía natural.
Las situaciones de choque cultural entre ingleses y norteamericanos que abundan en Expo 58 parecen sacadas de A Matter of Life and Death o The Life and Death of Colonel Blimp, de Powell-Pressburger.
Ya, no fue algo intencionado, pero es algo que llevo en el ADN por haberlo visto de pequeño tantas veces. Gran Bretaña no es un país especialmente cinéfilo, y Powell-Pressburger están muy subestimados. Muchos críticos les conocen, pero no diría que se tomen demasiado en consideración. Para mí, sin embargo, los dos filmes que mencionas son los grandes productos culturales británicos de los años 40, no las novelas escritas en la época. Las calificaría como el culmen del arte británico del siglo pasado. Como he dicho, están en mi ADN, así que puedes entrever en cada página de Expo 58 mi amor por sus películas y, en particular, por las películas británicas de Hitchcock. Muchos críticos ven a Evelyn Waugh en la Expo 58, a Kingsley Amis, a Graham Greene, y claro que todo eso está allí, pero lo realmente importante es la influencia de esas películas. A Gran Bretaña siempre le costará hacer buenas películas; ocasionalmente saldrá alguna, pero no lo llevamos en la sangre, como sí pasa, por ejemplo, en Francia, donde se toman el cine muy en serio. En Gran Bretaña no es así. Por eso se marchó Hitchcock.
¿Conoces novelas españolas? Me han obligado a hacer esta pregunta, que conste. Conozco a suficientes ingleses para saber la respuesta de antemano.
[Sonríe] No, la verdad es que no, y es algo que me avergüenza. Sería absurdo hablar de Don Quijote, porque aunque es un gran libro ha habido mucha literatura española desde entonces, pero necesito hacer algo respecto a mi ignorancia en ese aspecto respecto a los escritores contemporáneos y los grandes escritores españoles del siglo XVIII y XIX. Tendrías que darme una lista de lectura.
Lo haré, te lo prometo. Pero quizá también es algo cultural inglés, en el sentido de que no se traducen tantos libros foráneos.
Nos llegan muchos libros americanos, así que no es que nos opongamos a leer libros de otros países ni que no nos gusten las traducciones, sino más bien que no estamos interesados en el resto de países europeos. Esa es la triste verdad.

Kiko Amat

(Entrevista publicada anteriormente en el #10 de la revista Jot Down. Las dos imágenes de la entrevista son exclusivas de Alberto Gamazo).

Extra fotográfico:

Jonathan Coe, Kiko Amat y Laura Fernández (los dos últimos en modo groupie)

Jonathan Coe, Kiko Amat y Laura Fernández (los dos últimos en modo groupie)

Chap chap ya está en el mercao

foto paperassa Omnibus 1Sí, a partir de hoy mismo (miércoles 13) ya pueden intercambiar moneda en curso por el nuevo libro de Kiko Amat, Chap chap, en Blackie Books. Una monumental y abochornante (para el autor) cornucopia confesional de artículos publicados entre 1987-2014, con anotaciones, imprecaciones, sollozos difícilmente contenidos y el ocasional ataque de hilaridad demente. Hay piezas inéditas, un prólogo que es la pera, piezas rechazadas y otras que debieron haberlo sido. Rechazadas, digo.

Ya pueden ir a romper los escaparates de su librería favorita, como sufragettes fuera de sí, y hacerse con una copia (es broma: hagan el maldito favor de comprarlo).

Después de todo, empecé a recopilarlo el verano pasado (vean foto de pavo cetrino en paños menores, y en pleno proceso ludita de despliegue y horripilante descubrimiento de algunos escritos atroces) con la intención de que fuese una lectura del verano siguiente.

Y el verano, miren ustedes por la ventana, ya está aquí. Así que: ¡A por él!

Kiko Amat entrevista a LOS MAMBO JAMBO

Mambo JamboComo en el Millon Dollar Quartet de la Sun, en Los Mambo Jambo se juntan varios gigantes del rock’n’roll patrio. Son Dani Nel•lo (saxo), Mario Cobo (guitarra), Ivan Kovacevic (contrabajo) y Anton Jarl (batería), aunque hoy nos encontramos tan solo con los dos primeros en el C3 Bar del CCCB. Ustedes ya conocen a Dani, saxofonista de Los Rebeldes, la banda rocker #1 de los ochenta. Y Mario Cobo lidera Los Nu-Niles, otro excitante trío de r’n’r barcelonés. Los cuatro pertenecen a Los Mambo Jambo, flamígero grupo instrumental que practica rock&roll, r&b, surf y swing de los 50 y 60: tupés, zapatos de dos colores y camisas hawaianas estilo De aquí a la eternidad, con el sonido más devastador de la ciudad condal. Tras mostrarnos los unos a los otros las medallas y carneses de nuestras pretéritas afiliaciones subculturales (a ellos, en cuanto a relucientes rockers, no les hace falta; a mí, como ex-mod, una pizca, si he de serles sincero) empezamos a hablar de todo: subcultura, chancletas, pub rock, envejecer dignamente, cerrazón tribal, Neil Young, coleccionismo majara y tradición.
Conozco vuestras trayectorias profesionales al dedillo, pero me gustaría que viajaráis más atrás en el tiempo, a la época de vuestros descubrimientos infantiles e iluminaciones adolescentes.
M: Mi pasatiempo era la jukebox. Mi padre tenía un tocadiscos portátil, y yo me dedicaba a escuchar los singles uno a uno. Desde los de Fundador, que eran una ponzoña, a los Beatles, Elvis, Slaughter & The Dogs. Incomprensiblemente, lo del último. Nadie sabe de donde salió. Pero me gustaba el tema “Johnny T”, que después de todo era un rock’n’roll. Eso me metía en un nuevo mundo, y a todos nos influye eso.
D: En casa corrían discos de Nova Cançó, Beatles a mogollón, algo de Stones, Joan Baez y Bob Dylan (que no me interesaban)… Pero escuché el Rock’n’Roll Music, del 72 o así, que es una recopilación de rocanrol clásico que hacían los Beatles. Y eso fue seguir la pista. Por otro lado, de la cosa negra, mi padre que era muy melómano, tenía Memphis Slim, Fats Waller, John Lee Hooker…
Los dos os lleváis casi una década, pero los dos firmasteis por subcultura (rocker, por supuesto). ¿Cómo os pusisteis en contacto con la movida?
D: Por otro típico fenómeno de adolescencia: el amigo. Con el que haces piña y vas descubriendo cosas a su lado. Mi amigo empezó a tocar la guitarra, y tras él empecé a ver otros tíos pro el barrio. Bueno, en mi barrio (Magoria) no había ninguno. Pero me iba al centro y me topaba con otros rockers. Y se crea esa fraternidad, con saludo incluido. Antes si veías a otro tío con tupé le saludabas por la calle, eso era la hostia. De repente vi que existía una pequeña comunidad. Pero Mario y yo somos distintos porque uno fue músico antes que rocker.
M [ríe]: Eh, que yo primero fui rocker.
D: Quería decir que ser músico te separaba un poco del resto de la subcultura.
M: Sí, ser músico me dio razones para militar muchos más años de lo que es sano [risas]. Yo empecé en octavo de EGB descubriendo discos con dos o tres amigos, y a la vuelta del verano, ya en 1ª de FP, el que no era skin era punk, o rocker, o pijo. O un tío normal. Yo lo recuerdo de forma muy divertida. Creo que eso ya no debe pasar. Necesitabas asociarte con gente, porque no existía información. Tenías que ir al “bar de los rockers” de Badalona (yo soy de Badalona), y tenías que pasar tus exámenes de rocker [ríe].
D: Cuando las subculturas se llamaban tribus. Cuando las revistas no sabían que hacer, Interviu o Cambio 16, te sacaban lo de “las tribus”.
M: Y era un trabajo recurrente de clase. Escribir el trabajo de las tribus. Y luego estaba aquel programa Hablando se entiende la basca, cuando yo era pequeño, donde siempre aparecían tribus.

Dani Nel·lo, al saxo

Dani Nel·lo, al saxo

El cambio más radical se ha visto en la edad de sus integrantes. Cuando yo era chico, la subcultura era una cosa puramente adolescente. A los veinte ya estabas un poco viejo para militar. Y quien tenía ya 22 era Gandalf El Gris.
D [carcajada]: Sí. Uno de 23 era un pureta total.
M: Yo a los 18 me fui a Inglaterra con otro músico (que era un señor), y cuando me llevó a un concierto suyo de rock’n’roll lo primero que me sorprendió fue la edad de los asistentes. Había incluso una familia rocker, con los nietos y todo. Y claro, esto no lo habíamos visto aún. Creo que es lo que empieza a suceder aquí.
D: Hace poco fuimos a tocar al festival de R&B ese que hay en el norte de Londres, el Rhythm Riot, y la cosa empieza a ser preocupante. Hay gente muy mayor. Gente por debajo de los 25 no ves.
M: Yo creo que la forma de entender esto como estilo de vida es mucho de nuestra época. Posiblemente yo sea de la última generación que vivió esto como una forma de vida extrema, para el resto de tu vida.
D: Ahora el interés viene por otros lados. Hay un renacer de la cultura pin-up, de la estética 50’s, pero es gente que surfea un tiempo sobre esa ola y luego se va a otra cosa.
M: Claro. La gente de aquel festival ya lleva 40 años en esto, dándole duro y creyéndoselo. Son sus amistades, es su sociedad, su familia…
D: Que pase en Inglaterra es muy significativo. Esa cosa tan asentada y tan fiel es inglesa. Todas las subculturas son inglesas, casi. Y tienes la figura típica del tío que es mecánico y tal, pero que luego tiene el orgullo de ser el mod, o el rocker…
Vuestro linaje, sin embargo, es menos ortodoxo. ¿Cómo llegásteis a la confluencia de sonidos de Los Mambo Jambo?
D: Lo interesante es haber llegado aquí sabiendo lo que ha psasdo desde que empezamos a tocar hace 30 años, saber lo que se hací en todo momento. Nosotros no hemos sido niños burbuja, no hemos estado en un lugar estanco como mucha gente del rock’n’roll. Hemos recibido un ADN inoculado de muchos tipos de música, y hemos ido probando de todo con los años.
M: Nunca hemos sido yijadistas del rock’n’roll, ni antes de Los Mambo Jambo ni ahora. Nos gusta nuestro instrumento, somos músicos, nos gusta investigar… No nos gusta solo un género.
D: Lo nuestro quizás no sea ortodoxo para el mundo de la subcultura, porque hemos escuchado punk, funk, pop, de todo un poco.
M: Parte de la gracia que tiene esto es que Dani y yo empezamos a hablar de versiones, y tardamos un año en quedar para tocar. Y quedamos para tocar R&B de los años 40, y lo que salió era un hijo bastardo que no tenía nada que ver. Pero que nos puso a cien. Nunca fue un proyecto de banda que practicase un género.
Los dos venís de cantar y de explicar cosas en letras. ¿No os falta algo, de vez en cuando, al hacer música instrumental?
M: La gracia la tiene buscar buenos títulos para buenas canciones. Hacemos colaboraciones con cantantes como Barrence Whitfield, pero no porque necesitemos letras, sino más bien para probar cosas nuevas.
D: Yo lo pienso como saxofonista, que a veces me molaría tener letra, pero no como miembro de Los Mambo Jambo. La idea de Los Mambo Jambo es así. Imagina qué decepción si en el tercer disco metemos un tema cantado. La gente nos mandaría a la mierda.
Los dos sois coleccionistas de discos, además de músicos profesionales. Pero hay muchos músicos que no son así. Que tienen el talento, pero no están obsesionados con la parte enciclopédica ni la fetichista de esto de los discos.
D: Y al mismo tiempo la gente como Lonnie Mack o King Curtis debían tener veinte o treinta discos, no tres mil [ríe]. A mí el coleccionismo por el coleccionismo no me interesa nada, pero me gusta la idea platónica de las ideas, de que tienes un mundo de ideas y tú eres solo el transmisor. Para mí, todos esos discos nos hacen sentir parte de la tradición.
M: Además, hoy en día en que parece que todo está a mano, me gusta tener un disco que no está en Itunes y nunca se ha sacado en CD. Y puedo versionar esa canción. No se trata de hacerse el chulo, sino de buscar tesoros perdidos. Que los hay, y muchos.

Mario Cobo, a la guitarra

Mario Cobo, a la guitarra

La subcultura es de alto mantenimiento, caramba. No fomenta la holgazanería. Entre la ropa, los discos, los peinados… se te va el día. Es un trabajo a jornada completa.
D [Carcajada]: Cierto. Aunque nos tomamos más en serio el tema musical que el estético.
M: Pero no saldríamos en chancletas [ríe].
D: Y eso que existen muchos músicos, de jazz o lo que sea, que no se cuidan en absoluto. Pero es algo que ya se te ha quedado. Ni te lo planteas. No saldrías a tocar con una camiseta Adidas. La Escuela Superior de Música de Catalunya forma a 300 músicos de jazz cada promoción, ¿y no les enseñan que no se puede subir al escenario con bermudas? [ríe].
M: Se trata de dignidad, y de cuidarte a ti mismo. Sobre todo es eso. Es una cuestión de autoafirmación. Salgo a la calle y me gusta saber quién soy.
Imagino que eso ayuda a la parte escénica del grupo. Si te has currado tanto el sonido, el repertorio y el espectáculo, ¿vas a descuidar el atuendo?
D: Sí. Pero la gracia es que te salga natural. No te disfrazas para tocar. Ya te sale así.
M: Lo máximo es ponerte algo que por la calle ya te parecería demasiado cantón. Por lo demás, es lo de siempre. Claro, si desde los catorce años llevas vistiendo así… Mañana no iré al Zara, ni vendré a tocar convertido en un señor normal. Creo que todo esto es sano. Que es una cosa interesante más. Que es tu afición. Que no es como ver la tele.
Esto le preserva a uno de forma magnífica. Mucha gente que milita o ha militado en subcultura, o que vive en el rock’n’roll, se conserva la mar de bien.
D: Estaba pensando en eso el otro día. En una revista salían hace poco fotos actuales de grupos de pub rock como Nine Below Zero, y no estaban nada acabados. Yo creo que es por la pasión, por la vocación, las ganas de estar conectado. Y no creo que te puedas plantear otra forma de vida.
M: Es la ilusión no perdida de la juventud.
Claro. Este tipo de pasiones, o te llevan prematuramente a la tumba o te mantienen joven muchos años.
D: Luego está también lo musical. Si estás en activo nunca llegas a la estación en que ya estás bien. No. Eres un rookie toda la vida. Un aprendiz eterno. Esto ayuda a no apoltronarte, como sucede en según qué curros. Como si fueses Director de La Caixa. Nosotros cada día tenemos que aprender más vocabulario, más fraseo, más técnica…
M: Y si le sumas a eso que somos autónomos, y que tenemos que buscarnos la vida cada día…
D: Hay una diferencia entre la gente que es profesional y la amateur, como tantos grupos de indie, por ejemplo. Ellos son gente que está haciendo su doctorado y queda los fines de semana con los amigos para hacer el súper-auténtico. Nosotros llevamos 30 años sacando pasta de tocar nuestro instrumento encima de un escenario.
Me hace una gracia tremenda cómo en las entrevistas con publicaciones más orientadas hacia el rock “clásico” os preguntan a menudo sobre los “grandes iconos” del rock. Y cómo a vosotros os la traen al pairo Dylan, Springsteen, Lou Reed… Igual que a mí, vamos.
D [Risas]: El otro día un tío me defendía a Neil Young, y le dije que no había manera, que no era lo mío. Ese tío desafina como un cabrón, y hace notas de una sola nota.
M: Bruce, Dylan, los Stones… Los que vienen y te llenan el estadio. Nosotros hemos huido de eso ya desde pequeños. Nos encanta Elvis, pero te pasas la vida buscando más. Lo defiendes a muerte, pero también has descubierto a aquel tipo que no conoce nadie, y grabó un disco raro en…

a2221097537_16La diferencia es que a esa gente de los semanarios le gusta el rock. El “buen” ROCK.
D: El rock sin apellidos. Mira, yo me he hinchado de rock. De hard rock setentoso, que me encantaba. Yo he pasado por allí y ha ido alimentando mi lenguaje, a veces incluso por eliminación.
M: También está bien cerciorarte de a qué suena algo que no te gusta. No sea que de repente un día escuches algo de lo que llevas toda la vida echando pestes, y resulte que está muy bien. Yo con Dylan he tenido mucha suerte: de joven mi tío me dejó un disco que encontré impresentable, cuando yo ya escuchaba rock’n’roll, y allí solo había un violín desafinado, y él cantando como una vieja. Evidentemente, sin tener un nivel de inglés buenísimo, aquello ya no me interesó nada. Yo prefería escuchar a George White, o cosas de blues que ya me llevaban a otro mundo.
D: Y a la vez, sin entender lo que decían, a mí Beastie Boys me gustaban mucho. Y aquello era [imita a un rapero chillón]. Era por la energía.
Me molesta mucho cuando el rock’n’roll se intelectualiza o se intenta convertir el algo complicado. Precisamente la gracia del pop, y del r’n’r, y del ska, etc. es que comunicaban muchas cosas a base de simplicidad y economía de recursos.
D: Yo siempre he tenido muchos problemas con Velvet Underground y Lou Reed. Qué quieres que te diga. El tema del criterio musical es como el de las mujeres: a uno le gustan mayores, y a otro le gustarán flacas. Yo que sé. Tu gusto se forma desde los discos, desde la madre… He ahí un tema, sexual o musical [carcajada].
M: Hay mucha música a la que no le prestamos ninguna atención, y mucha otra la que sí. Lo interesante es que no hayas perdido el tiempo con cualquier cosa, que lo que escuches tenga algo.
Que no te pases cuarenta años con Supertramp para descubrir un día que no eran gran cosa…
D [ríe]: Lo cojonudo es precisamente hablar sobre esto, y que haya debate, y que no a todos nos guste lo mismo.
Hablando de gustarnos a todos lo mismo: ¿Ha habido una invasión rocker del espacio exterior, o algo? Nunca había visto a tanta gente con pintas 50’s por la calle.
D: Es algo cíclico. Siempre ha sido así. Un movimiento pendular que se acerca y se aleja, y que lo lleva haciendo desde los últimos 35 años. Recuerda a finales de los ochenta, todas aquellas películas como Gran bola de fuego, o La bamba, y de repente se hablaba todo el rato de rock’n’roll, pero luego remitió.
El fenómeno del burlesque 50’s –donde vosotros habéis participado como banda de acompañamiento- también parece haber renacido en shows como Taboo. Es extrañamente recatado para los tiempos que corren.
D: Sí, pero eso quizás se deba al exceso de hipersexualización que te encuentras en un anuncio de… De lo que quieras, porque el sexo está en todas partes. Desde el del KH7, donde follan en mitad de una cocina (y dirigido por el Bigas Luna). El burlesque se recuperó a mitades de los 90 en California como una disciplina escénica perdida, y ahora recuperada. Como en círculos okupas se recuperaron los malabares, vamos.
M: La diferencia es que ya no tiene ese punto machista de ir a un bar a ver tías con el culo al aire. Es más divertido. No es un club de estriptís. Y se relaciona con los recopilatorios aquellos de Las Vegas Grind, de Crypt, que tenían esa estética y música.
D: Esos recopilatorios crearon una escena musical entera. Eso es inaudito. Eran instrumentales de serie B, medio jazzísticos medio rockeros, que nunca salían de ese gueto. Era como la escritura pulp.
M: Porque los grupos incluidos ni se conocían ni formaban parte de ningún sonido común. Probablemente se dieran asco entre ellos.
Tú formaste parte de Los Rebeldes, Dani. Me fascina cómo los grupos mal llamados “retro” de los ochenta suenan tan inconfundiblemente a años ochenta. Tocaran lo que tocaran. Ahora, en cambio, el revival es pavorosamente fiel. No sé si me gusta eso.
M: Yo empecé haciendo ejercicios de estilo, intentando sonar como aquel señor de 1957. Pero Los Mambo Jambo ya no son así. Tenemos mucha energía en directo, y hemos intentado grabar en directo. Suena un poco antiguo, pero es lo que es. Es algo natural.
D: Creo que en los ochenta se creía que se estaba consiguiendo una calidad de sonido máxima, como cuando nos compramos los primeros cedés. O los que compraron laser discs. Luego te das cuenta de que por ese camino se pierde identidad, y hay una reacción contraria. Y esa reacción a veces es enfermiza, en efecto. Alguna gente se conforma con grabar en una mesa analógica de la época, que sin duda da mejor sonido, pero luego está el otro que se compra el micro chungo, para sonar igual que en aquel disco chungo de la época.
M: Me parece a mí que falta un poco de diversión, también. Hay cosas que me gustaban de joven, y que ahora me cuesta escuchar, pero que tenían un gran atractivo. Porque sonaban divertidas, a cuatro tíos que entraban a un estudio a pasarlo bien y no a preocuparse por la estética a nivel sonoro. Parece que si eres un grupo de soul tengas que sonar exactamente a soul, pero la gracia de los grupos de ska de los ochenta era precisamente que sonaban contemporáneos.
Claro. A menudo, en el pop, las cosas que intentabas hacer pero luego te salían raras o distintas eran las mejores.
M: Sin duda. Es que para tener una copia exacta ya te vas al original. Hoy en día parece que hay que catalogarlo todo, y es más fácil hacerte un hueco en escenas o fuera de la escena sonando exactamente a algo que te pueda aportar una etiqueta.
D: Uno tiene que hacer lo que le de la gana, y con sentido de humor, y pasándolo bien en el proceso. Si uno lo quiere hacer en digital, que lo haga en digital, o en válvulas.
¿Qué os parece que mods y rockers se hayan unido al fin? Lo podríamos haber hecho en los ochenta, y nos habríamos ahorrado todas las miraditas torvas en bares y las pintadas faltosas en letrinas.
D [Carcajada]: A ver, a mí estas escenas ya no me interesan en absoluto. A nuestros conciertos van diez rockers y para de contar. Veo que las subculturas de ahora están llenas de integrismos. Eso no va conmigo.
M: Como han ido menguando en número, la gente se apiña. Como en las películas de zombis, cuando para defenderte te vas poniendo espalda contra espalda [ríe].

Kiko Amat

(Esta entrevista, en formato reducido, se publicó en el suplemento Babelia de El País del 7 de mayo del 2015. La pueden leer aquí, donde también hallarán el cuestionario que ambos artistas rellenaron para la sección El Rincón. Esta es la versión íntegra de la charla, sin cortes de ningún tipo. La foto principal es de Gianluca Battista)

C’est un Pànic excentrique et peu ancré dans la réalité (y que lo digas, tío)

Oh, pero cómo nos gusta leerlo así:

Pànic Orfila est né à Londres d’une mère catalane et d’un père anglais. Orphelin à huit ans, il est envoyé dans la province de Barcelone chez sa grand-tante Àngels, ancienne combattante anarchiste et femme à poigne. Celle-ci tâche de lui transmettre ses valeurs libertaires…
Douze ans plus tard, après quelques déboires amoureux, c’est un Pànic excentrique et peu ancré dans la réalité qui arrive à Barcelone pour étudier. Il y fait la connaissance d’un quatuor de dandys qu’il surnomme « les Vorticistes ». Ceux-ci, sentant le besoin de reconnaissance du jeune homme, décident de l’inclure dans un mystérieux projet de révolution. Ils l’initieront à leur manière aux amphétamines et à la lutte clandestine…

Tout ce qui fait BOUM ya aparece en Asphalte Editions como novedad de mayo. Nos llegan rumores de avalanchas en librerías y bistrots en llamas. Sale hoy a la venta (según nos contaron).

El país entero se ha enterado de que Kiko Amat “il a quitté le système scolaire à dix-sept ans“. Eso, que no quede nadie sin saber que su autor es un zoquete.

“¡Este vendaje no tiene nada que ver con mi comportamiento!”

Todd-McEwenTal vez sepan que tenemos al maravilloso novelista TODD McEWEN de invitado extra en el Primera Persona 2015 que se celebrará este 8-9 de mayo en el CCCB. El maestro entre maestros abre la primera sesión del primer día, con un pequeño show de 10 minutos inspirado en su excelente libro sobre poglias y posturas sexuales y levantamientos hidráulicos Las cinco máquinas simples (Automática Editorial).

Para rendirle homenaje hemos decidido republicar la entusiasta (hasta la chifladura) crítica que escribimos en el 2013 sobre su tronchante y locatis Boston; sinfonía para violín sin cuerdas (Automática Editorial), la traducción con la que debutó en nuestro país. Fuimos (y somos) MUY FANS de ese libro. Tanto lo recomendamos que incluso llegamos a firmar algunos en aquel Sant Jordi; lo crean o no.

En cualquier caso, es ésta:

Si los libros fuesen clientes de un bar, Menos que cero sería el guaperas cuidadosamente desaliñado y de mirada lasciva que sorbe peripuesto su cóctel en la barra, y Boston; sonata para violín sin cuerdas sería el tarado que recorre el local con las manos en la cabeza, la minga asomando por la bragueta abierta, conversando con gente imaginaria, sangrando por la nariz y tratando a la vez de sofocar un pequeño incendio en su pernera. Sí, han captado mi audaz símil: Boston es un libro LOCO. No loco de “mirad lo loco de estas bermudas floreadas” sino loco de salir a comprar en bata y pantuflas, loco de manicomio, loco de ver a Jesucristo y amarle en una noche de pasión y luego perder la chaveta y dormir en parques y andar por ahí con hojarasca pegada al cabello.

9788415509127Ustedes dirán que la locura no tiene gracia. Se equivocan: la locura en narrativa es graciosísima, y Todd McEwen creó en 1983 a uno de los lunáticos más entrañables e hilarantes de la literatura. Si quieren imaginarlo, William Fisher (tomen nota, nerds: se llama como el protagonista de Billy Liar) es una mezcla del Basil Fawlty de The Germans, el Arturo Bandini de John Fante y el Reginald Perrin de David Nobbs. O sea, tres maníacos histriónicos al borde de la neurastenia, juntos y encerrados en un nuevo guión de La conjura de los necios.

La historia es simple pero convulsa: William Fisher deambula por un lago helado, ve a Thoreau atrapado debajo del agua (¡juá!), resbala y se parte la crisma. Ese accidente desencadenará una reacción en cadena de fatalidades quijotescas de un extremo al otro de Boston que incluyen: nudismo involuntario, beodez extrema, malentendidos vergonzantes, desacato a la autoridad, abandono del empleo, un omnipresente violín sin cuerdas, 12 valientes páginas de ortografía de borracho (“¿Dienes sidio bara dormir?”), sensacionales imágenes de hombres-deshechos-de-parranda (“dos sujetalibros” apoyados el uno contra el otro), violencia gráfica, indigencia fortuita y amistad con homeless, su ex-novia “besando a un mendigo” (“Quería volverse loco y escribir J.HARDY SE FOLLA MENDIGOS en la pared con salsa de tomate”), vagabundeo por la gran ciudad, una revuelta callejera, odio al hippie (“una sociedad organizada en torno a la levadura y la fotosíntesis”) y odio a los veganos/abstemios y odio al cine francés (¡viva!), desorientación vital extrema que desemboca en demencia y perdición, pero también pathos y emoción y pena. Y la magnífica belleza, humor y éxtasis que son consecuencia de todo ello.

En efecto: Boston parece un catálogo de mis cosas favoritas del mundo entero, por no decir un cartabón con el que medir el resto de novelas que caigan en mis manos en lo que me queda de vida. La prosa es un poco experimental, pero de forma tolerable (escasez de comas, diálogos sin guión, a lo nouveau roman); no va a hacerles bizquear, no pasen ansia. En general, lo pasé tan endiabladamente bien con el humor feroz y valiente y, sobretodo, inteligente de Boston que rezaba para que no terminara nunca, como cuando miraba dibujos animados de niño. La sorpresa editorial del último año, y me quedo corto.

Kiko Amat

(Artículo publicado originalmente en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia, en algún punto de octubre del 2013)