Vas a verme por la tele

2015-06-29 15.31.13Como decía la cancionaza de Los Planetas. De hecho salimos ayer, 29 de junio, en PUTO prime time: Telenotícies migdia, en la sección de cultura (no iba a ser en la de deportes, pardiez). Con ocasión de Chap chap, ya lo imaginan.

Pero dejen de sollozar a gritos. A nosotros nos pilló en un bar y lo vimos en directo, pero usteden verlo aún si clickean en este link de TV3 a la carta. Minuto 57, para ser exactos.

Matar niños, solemnidad vs guasa, no-afectación, los ingleses son el pueblo que escogió el Mesías, vergüenza público-privada y todos los temas habituales.

¡Prime time!

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Chap chap en Xixón, jueves 2 de julio

PRES_chapchap_NORTEPor si no se acordaban. Kiko Amat en Gijón (Jueves 2 de Julio, Toma 3), diciendo cosas de esas que dice el andoba cuando está excitado. Sobre su nuevo libro Chap chap y más asuntos de gran interés (asuntos como él mismo, queremos decir).

Además, pincharemos allí mismo unos cuantos discos (lo he decidido hace diez minutos). Estos malandros: Félix Explosión, Miguel Lozano y el mismísimo Kiko Amat en sillita de la reina.

Y presenta el honorable PABLO RIVERO, escritor predilectísimo de esta casa.

Kiko Amat firmará, parloteará, realizará piruetas a muerte y brindará con todos ustedes. Por favor vengan a ver al animalico, que si no luego se deprime.

 

10 nazis chiflados que me hacen carcajear

Continuando con la tónica de aquel celebrado manual de autoayuda que escribimos para Jot Down (“¡No sea como Hitler!“), he aquí una estupenda lista (en dos cómodas entregas), que hemos pergeñado para los chicos de VICE (nuevos empleadores).

Va de 10 nazis locos y fascistas histéricos de ayer y hoy que siempre me han hecho reír, y la pueden leer primero aquí, y luego acá.

Kiko Amat entrevista a TIM DOWLING (terapia de pareja style)

¿Llevas lo que parecen dos edades glaciales enteras con tu pareja y aún discutes por las mismas tres paridas de 1996? ¿Te has descubierto alguna vez reaccionando ultra-violentamente por aquel pequeño carraspeo —JJJJJJRRRRHHMMMM— que ella realiza inadvertidamente varias veces al día? ¿Crees en aparentes clichés (espantosamente veraces) como que la paridad térmica en casa es una de las explicaciones de vuestro éxito marital? ¿Y que lo mismo sucede con el sentido del humor? ¿Eres un hombre perfectamente satisfecho con la ecuación “Ella organiza, yo actúo”? ¿Piensas casi a diario si tu actitud es suficientemente viril? A pesar de todos tus atributos, amor paterno-filial y entusiasmo en periodo vacacionesco, ¿sigues siendo considerado por tu mujer y amigos como alguien poco efectivo, tirando a gandul y catastrófico en asuntos hogareños?

Y, más importante aún que todo lo enumerado: ¿Eres uno de esos tíos simplones (como yo) que se pasan por la rabadilla el viejo dicho “mal de muchos, consuelo de tontos” y extraen pingues consuelos precisamente de que su “mal” se extienda por el globo como una gran metástasis masculina?

Entonces el libro Cómo ser marido de Tim Dowling es para ti, macho. Y también lo es esta cómica charla entre ñus aturullados —para más inri, escritores que escriben sobre sus propias familias— que en un instante vas a disfrutar. En Playground. Todo lo que es crucial en tu día a día (incluso si no escribes columnas sobre ello, afortunado lector) aparece aquí: bricolaje, división de tareas, actitud ante la enfermedad leve del otro/otra, familia política, cruentas discusiones de cariz económico y el hombre como ente estúpido-por-definición. Y mucho más. Incluso aquel asunto ominoso de tu mujer escogiendo las camisas que vas a llevar (¡por encima de mi cadáver!).

El autovermut de Kiko Amat

Los chicos de Gent Normal, que son mi panda y las únicas personas de este buen mundo que reciben artículos míos sin pagarme ni una piastra (las confianzas etc.), han decidido realizar una suerte de El Vermut de Kiko Amat conmigo mismo. El vermut AMB Kiko Amat. Formato vermut, pero allanando mi morada y colocándome en la posición contestadora, no preguntadora.

El resultado es esta larga entrevista donde hablo por primera vez de rugby (de forma implausiblemente extensa), y también de hombres que NO lloran ni que les pises un callo, de su sufrida família y sus lazos de sangre, de espíritu de equipo, de su santo padre, de escudos autoerigidos para defenderse uno de las cornás del mundo y de su capacidad de querer (comparada de forma algo demente con la última barrita que le queda a la batería de un móvil) y también de ser famoso en el radio de un kilómetro (gracias, Jim Dodge).

También aparece en algunas fotos con cara de pasmao. Casualmente, su entrevistador sale guapetoncísimo en todas, así que ya sabemos quién hizo la condenada selección (emoticono de gran guasa aquí, Jordi).

Kiko Amat charla (de nuevo) con SANTIAGO LORENZO

1425574027_958902_1425588230_noticia_normalSantiago Lorenzo (Portugalete, 1964) es uno de los autores más audaces de la literatura española, y también el menos pelma. Su mundo parece surgir de la genuina ansia de entretener (enseñando), mediante humor triste, pathos y una celebrable mala baba. Sus lecturas son blasones: los Plinios de García Pavón, Ayala, el Valle-Inclán de Los cuernos de Don Friolera, el Miau de Galdós. Azcona, Jardiel, Mihura. Sus protagonistas son pobres, feos y precarios, gente dañada que trata de no hundirse en esta ciénaga llamada mundo. Lorenzo ha firmado películas como Mamá es boba o Un buen día lo tiene cualquiera, juguetes imposibles y tres novelas. Conversamos con él a raiz de Las ganas (Blackie Books), otro puro triunfo de lo No-Aburrido.

“Benito, de guapo, tenía poco”, afirmas en Las ganas. Yo siempre pienso en la injusticia de la fealdad. Los Sírex se equivocaron: ¿Que se mueran los feos? Que se mueran los guapos, más bien. Que lo tienen todo de cara, esos malnacidos.
Se liga con cualquier cosa menos con la cara. Yo he tenido novias que me han hecho absolutamente feliz, y que eran más feas de cara que una Virgen románica. Y te voy a decir algo muy españolazo: también he tenido la suerte de salir con unas tías tremendas, y que eran un coñazo [ríe]. Lo que sí te permite la literatura, al contrario que sucede con el cine, es sacar a feos. Tú llegas con un feo al cine y, a no ser que produzcas tú, te dirán que qué cojones estás haciendo. Recuerdo el casting de Mamá es boba, donde yo quería una pareja de gente normal. Es decir, fea. Porque por lo común somos más feos que guapos [ríe]. Y por aquellos días iba a producirla una productora (al final la acabé produciendo yo mismo) y aparecieron unas chicas muy feas. Una de ellas [se pone muy serio] no cabía en la silla. Y el productor, con un hilillo de voz, me preguntó: “Luego vienen más, ¿no?”. O sea: “luego vienen las guapas, ¿no?” Al final cogimos a una, Faustina Camacho, que lo hizo cojonudamente.
El único consuelo que nos queda es que, tras años de adulación mema, los guapos y guapas se vuelven tontos rematados.
O tenderán a creerse que no valen pa’nada. Que son rubias tontas. Siempre acabamos encontrando una faceta en la que podemos ser matones. El bully, el bullero, el abusón. Siempre hay una parcela en la que coges a uno y lo matoneas. Te das cuenta en los comentarios de los periódicos. A mí me han matoneado hasta aburrir. No me han matoneado más porque era aburrido. Pero luego me doy cuenta de que alguien dice una burrada (normalmente con faltas de ortografía bastante bestias), y tú contestas en un post, y de golpe te das cuenta de que estás matoneando a gente que tiene ideas (a veces muy idiotas) y que no tienen facilidad para escribir, y tú te has convertido en su puto bully.
No sé si sigo tu razonamiento, querido Lorenzo.
Quería decir que tendemos a acabar encontrando la parcela en la que la injusticia cae a nuestro favor. En la que nos vemos medio guapos. En la que Natura nos compensa por la fealdad. Por ejemplo, saber ortografía permite ir de sobrado en los comentarios en periódicos, y permite matonear al tío que opina algo deplorable con la cosa de que no sabe poner la uve o la be. Vamos, que siempre te acaba tocando una papeleta de guapez, aunque seas más feo que eructar al recibir la Comunión.
Bueno, el perfil básico del comentador online anónimo, en todo caso y mejorando lo presente, es el mismo del que hacía pintadas calumniosas (también anónimas) contra chicas del instituto. “Merche puta”, y tal. Un cobarde, básicamente.
[ríe] Ya. Es verdad. Pero de repente un día estás leyendo Libertad Digital (que es una cosa que yo hago mucho) y no vas a comentar nada, pero de repente lees algo y te dices: “pero tú cómo puedes ser tan mal tío. Y me jode que encima vayas de patriota, tío, si estás pegando patadas a nuestro principal motivo de patriotismo, que es el castellano”. Así que al final lo insultas. Pero volviendo a los guapos y los feos: yo conocía a una chica que no era especialmente guapa, y que era perfectamente capaz de llegar a un bar y elegir a uno al que tirarse, como si fuese un casting. Y luego iba y culminaba. Cuando pasaron varios años, hasta se me tiró a mí [risotada]. Fíjate hasta donde llega la locura. Vivíamos juntos en una casa, piso compartido, y nunca se me hubiese ocurrido liarme con ella; era como si fuera mi hermana. Hasta que dejamos de compartir casa y un día me dije, al cabo de varios años: ahí va, tirarse a esta tía, qué morbo ¿no? Pues eso [ríe más], que fui víctima… Bueno, víctima no, qué coño. Me eligió a mí, ese día. Podría haber sido cualquiera, pero fui yo.
En una ocasión anterior te dije que las dos novelas que habías escrito eran celebraciones del desgraciado. En negocios, en amores, en suerte… Y sin embargo están llenas de esperanza y simpatía por aquel tipo. Las ganas vuelve a ser así.
[Sonríe feliz] Pues qué de puta madre. Pues sí, Benito es un desgraciao. Vamos, como la gente con la que voy [carcajada]. Te juro por Dios, Kiko, que no paro de acordarme de cosas que he visto y no me había vuelto a acordar, a cuenta de las entrevistas que estoy dando, y he pensado en la primera vez que hablé con una tía. Hablar. Yo tenía 16 años. O sea: hablar. Yo ya me estaba preocupando, porque iban pasando los 14, luego los 15, y la gente del colegio (yo estaba en un colegio del Opus Dei) iban todos hablando con una tía ahora, luego con otra… Y yo me estaba quedando atrás. Y un día, en la punta del faro de Portugalete, mi pueblo, le pregunté a una chica si tenía fuego. Y nos pasamos la mañana hablando. Y a la semana le pregunté si quería salir conmigo y me dijo que no. Por teléfono. Claro, eso es un poco loser. Y uno tiene biografía para eso y para más.
los-huerfanitos-cubiertaLas hostias son necesarias. Endurecen y enseñan. Tú mismo lo dices en Las ganas: “los trastazos están muy bien”.
Yo siempre me acuerdo de La Gran Evasión. Hacen una comedia partiendo de una situación horrorosamente chunga. La película no acaba nada bien; solo sobreviven tres. Y hay una frase que dice Richard Attenborough antes de que le maten: “Nunca me lo he pasado tan bien”. Mira, Kiko [me muestra los ojos humedecidos de emoción]. Mira, yo tengo un amigo que, por una serie de circunstancias, ha eliminado todos los problemas de su vida. Y lo tiene todo arreglado, en orden, todo perfectamente colocadito. Y el tío nota que necesita problemas. Al menos uno. Putadas. Y de repente le da con que los vecinos meten ruido. “mira qué ruido meten”, y tal. Y nada, los vecinos, en silencio total. Pero el tío necesita un conflicto. El hombre está incapacitado para vivir en esa perfecta horizontalidad. Yo cada vez lo creo más.
Tropezar es inevitable. Al menos vamos a tomarlo con humor.
Antes decías que era una injusticia la fealdad. Es triste lo que te voy a decir, pero creo que esa incapacidad para reírse de los tropezones es una cuestión electroquímica. Es como la guapura: hay gente a quien le pasa y gente a quien no le pasa. Pues debe ser que viene por aquí un conducto [se señala la sien] y se obtura antes o se obtura después. Gracias, Dios, pues ya que no nos diste belleza, que al menos estemos en el grupo de los que segregamos ese fotón en medio del occipital. En mi casa nos pasa eso.
La última vez que hablamos me citaste a tu padre: “Qué poco somos de deprimirnos en casa”.
Pues eso. Era mi madre. Y creo que va por ahí. Y he conocido a gente a quien le sucede lo contrario: que se deprime por nada. Y no se por qué, a esa gente nunca les pasan problemitas: sino siempre cosas superchungas. Con lo cual peor todavía.
Lo pones en términos darwinistas. Como si los feos y gilipollas del culo hubiésemos evolucionado a un estadio superior.
[Risas] Sí, es una suerte. Yo me acuerdo de los palos que me han dado y me entra la risa. Soy muy afortunado.
En Las ganas te cagas lo tuyo en los padres de Benito y Teresa. ¿Tu familia real se parece más a los Susmozas de Los huerfanitos, o a los Bernal de Las ganas, o qué?
Somos cinco hermanos. Fíjate el mapa de dónde vivimos: La Coruña, Madrid, Pamplona, Sevilla, y yo que me he ido a vivir a un pueblo ahí en mitad de la nada. Todos majísimos, ¿eh? Yo tengo un hermano arqueólogo, otro que tal, pero no nos vemos nunca. Hablamos y tal, pero no tenemos ni idea de lo que hace el otro. Lo que sé es que todos son excelentes en sus ocupaciones. Mi hermana Raquel sí viene cuando hago algo en Madrid, siempre se ha portado de puta madre.
Quieras o no siempre heredas algo de código genético de tus padres. Algo suyo habrá por ahí dentro. Aunque hayas intentado rechazarla.
Sin duda. Es una línea sucesoria. Pero tampoco me acuerdo de mucho, no te creas. Mi padre murió cuando yo tenía 18 años, y mi madre es uno de los mejores dialoguistas involuntarios que me he encontrado en mi vida. Te voy a contar una: un día se compró una lámina, la Ana María aquella de Dalí, la que mira por la ventana, para ponerla en un marco. Y como primer paso tenía que darle un barniz que ya te venía en el kit de montaje. Y mi madre se puso a aplicar el barniz, pero algo hizo mal, y se empezó a ondular toda la lámina. Y según pasaban los minutos la lámina iba haciendo cada vez más olas [ríe]. Y, ¿sabes que me dijo? “Llegas a haber tenido tú la culpa y te pego una paliza…” [ríe] Tengo un amigo en Bilbao, que sus padres debieron ser los primeros que se divorciaron en el año 80. Estaban allí a las ocho de la mañana del día en que aprobaron la ley [carcajadas]. Y me dijo una cosa flipante, mi amigo: “yo me di cuenta muy pronto que a mí mis padres no me habían hecho falta para nada”. Me pareció un poco triste, pero es que es así. Sientes tristeza por eso, pero lo compartes. Mi madre y yo… Es como si no nos interesáramos el uno al otro, ¿sabes? Otra frase genial: acababa de estrenar yo la película de Un buen día lo tiene cualquiera, y mi madre me dijo: “Ayer estuve mirando el periódico y he visto que no está entre las diez más vistas” [sonrisa] Y es así todo el tiempo.
Joder. Suena como un villano Bond.
Ya, pero es mi madre, joder. Ayer pusieron la de El Cebo (1958), y allí sale una madre mala que no te la crees. Mira, yo tenía una productora, y me llegaban currículums a casa, y mi madre decía: “esta pobre gente, que te manda currículums a ti…” [ríe]
La madre de Mamá es boba era muy mala.
Sí, pero de otro tipo. Mi madre no se parece en nada a la de Mamá es boba. Es otro perfil. Al Benito de la novela en un momento dado de su vida le llaman El Cacas, y luego se entera que se lo pusieron los padres. Y Las ganas no puedo presentarla en Valladolid. Yo siempre me he ocupado que mis novelas y cosas se presenten en Valladolid en algún momento, y mi madre siempre viene con sus amigas y tal, pero Las ganas no. Huelga decir que mi madre es el típico producto Nacional-Católico. No voy a ir allí a hablar de follar y no se qué marranadas. En serio: en esa situación, mi madre MUE-RE. Mira, yo tenía una novia hace muchos años, cuando mi madre estaba aún trabajando. Mi madre trabajó toda su vida, era maestra y llegaba a casa a las seis. Y un día estaba yo a las cinco y media con una novia en casa. Y habíamos acabado de follar, pero estábamos vestidos, y llegó mi madre. Y se notaba que no habíamos estado haciendo los deberes. Y te juro que la cara que se le quedó… La mera posibilidad de que en su casa, su hijo hubiese hecho algo así…
santiago-lorenzo2_280612_1340866058_10_Como si se hubiese topado con Belcebú en bolas en el recibidor, vamos.
Sí. Mira: yo, cuando estaba todo el día pedo, tenía miedo de llegar a casa y encontrarme a una vaca en casa. En un quinto piso.
Repite eso, por favor.
Sí. Yo, cuando estaba en Madrid, vivía en un quinto piso, en una buhardilla. Y tenía la idea de que iba a llegar y me iba a encontrar una vaca. Frisona. No sé por qué. Pues mira, si hubiese aparecido la vaca, la cara que se me hubiera quedado habría sido la misma que se le quedó a mi madre.
Hablemos de follar y de las ganas de hacerlo. Yo también fui a un colegio católico hasta los catorce, pero milagrosamente conseguí perder la virginidad a los 17. Aún no sé ni cómo.
Yo a los 21 [pone cara de horror]. Tardé tanto porque me daba mal rollo lo del coito. Tenía relaciones sexuales no-coitales. Era muy moderno. Era un feminista, pero en tío: “no, si es que el coito es una imposición machista”, y tal.
Nada de esto es así ya, por fortuna. Lo nuestro es como de otro siglo.
Yo tengo la impresión de que la juventud de ahora tiene las relaciones sexuales que los de mi generación nos creíamos que teníamos en los ochenta. La libertad sexual que era puramente nominal en los ochenta existe ahora. En los ochenta: y una mierda. Y más nos vale aceptarlo. Porque si aceptamos que de verdad hubo una gran libertad sexual en los ochenta estamos aceptando que el Franquismo fue inane. Y yo eso no estoy dispuesto a aceptarlo. Una de dos: o aceptas que el Franquismo era un cortapijas o no lo aceptas. Yo estaba en una ciudad bastante triste para ese tipo de actividades. Valladolid (al igual que otras mil ciudades españolas) está lleno de hombres y mujeres que están aún en una edad mental adolescente porque han sufrido una educación castrante. Claro, joder: por eso me fui a Madrid. No me fui a estudiar ni hostias. Madrid era el despelote.
Casi todos mis autores favoritos de los años cincuenta estaban medio chiflados de ansias de follar no satisfechas. Colin Wilson, por ejemplo. Y Las ganas va de eso. La tragedia del dolor de huevos, para decirlo finamente.
[Sonríe] Quizás nosotros crecimos bajo una influencia catolicona. Y eso nos da derecho a escribir sobre nuestras experiencias. Además, los que nacimos en los sesenta o setenta somos muchos más que los que han nacido en los ochenta o los noventa. O sea: ganamos. Luego también sucede que uno se cree que ya ha pasado esa obsesión por el sexo, y de repente aparece un poco de escote de Catherine Zeta Jones… Mejor explicado: unos tíos que saben un montón de marketing, allá en Palo Alto, deciden que hay que bajar un poco el escotito de Catherine Zeta-Jones. Y tú te dices: “Pero qué más dará eso. A ver si se creen que la gente se va a empalmar por esa chorrada”. Y ellos, que no: “¡que me bajas el escotito!” [grita con voz aflautada] Y tú vas y lo miras, no sabes ni por qué. O sea, que no sabemos si estamos en la fase de trogloditas o en la de precursores. Ahora dicen que a lo mejor será ilegal follar por debajo de los dieciséis. O sea que a lo mejor volvemos a la época en que se leía a Felipe Trigo [carcajada], ese macarra. “Tus senos turgentes…”, y todo el mundo ahí machacándosela. Aquello era el máximo porno del 1900.
Ese punto de vista desacomplejado se aplica al gusto, también. Creo que las generaciones jóvenes no van a tener toda la carga de locos prejuicios que teníamos nosotros. Les gusta Rihanna y los Beach Boys, y les importa una mierda todo lo demás. Eso me parece sano.
Hay una fórmula musical para eso que se conoce genéricamente como “rock”, y que dice que te permite treinta años de gloria. Cuando en el 92 empiezan a coger canciones de la Motown y a ponerle el tunda-tunda por debajo… El colmo del vómito era esa del unga-chaka-unga. Yo no sé qué les pasará a ellos con la música, pero por fortuna a nosotros ya no nos pilla [simula lavarse las manos]. El que venga detrás que arree [risas] Los jóvenes también comen Nocilla todos los días, que yo solo tomaba en cumpleaños [carcajada].
La última vez que hablamos te inventaste un género maravilloso para las novelas que intentamos hacer: “No aburrido”. Yo la cursilería y el aburrimiento no se los tolero ni a mi padre. Y me llena de gozo que tus novelas sean tan no-aburridas y no-cursis.
Te lo agradezco la intemerata. Y las películas aburridas son aún peor. Y eso que duran mucho menos… La paz que Rohmer proponía en sus películas sólo la alcanzamos cuando se murió [risotada].
A mí me fastidia mucho la gente pesada. Y aburrida. Dar la lata es una forma de abuso pasivo-agresivo.
¿Cómo debe ser, darte cuenta de que eres un pesado? La gente que mola es la que está continuamente diciéndose que es un pesado, porque precisamente son esos quienes no lo son. ¿Y escribiendo? Nos haría falta algún ejemplo de pesado de libro para que se entendiera. ¡Ja! Pesado. De Libro. [se troncha él solo con el juego de palabras involuntario]
¿James Joyce? Ese era un buen latoso.
Yo a ese ni lo he leído. Ni pienso hacerlo. Ni me he acercado al Marcel Proust [lo pronuncia en castellano] ese. Y de aquí me están viniendo a la cabeza algunos nombres, que entran ganas de decirles: “pero tú, ¿ de qué vas?”. O sea.
¿Del pasado o del presente?
Del presente. Lo justo es que los pesados españoles del pasado han sido olvidados. No los encuentras en ningún sitio. Lo más jodido es que, ¡qué demonios!, habrá millones de personas que cojan un libro tuyo o un libro mío y digan: “esto es un coñazo. No se entiende nada”. Un día leí un comentario en Internet: “Leí Los Huerfanitos. Me aburrió” [ríe]. Yo tengo una vecina en el pueblo que se porta de puta madre, muy maja, y el otro día le dije que me iba a Barcelona porque había sacado un libro. Y me imaginé regalándole el libro, y me dije: “para qué. Ni se te ocurra”. Eso se carga la relación, porque parecería como que me tiene que dar su opinión. Y tú sabes que no va a entender nada. Siempre tendrás clientes en cuanto que tío aburrido. Siempre habrá gente que te comprará, involuntariamente, tu facilidad para aburrir. Pero a nosotros nos hace gracia todo eso, como lo de tu personaje ese que va con la E de Barcelona subida al carrito, con el viento y la hostia, ahí al lado del mar… De repente te dices: “¡pero que te vas a caer!”
Un colega de ciencias me dijo: “Además es imposible. La E esa no cabe en el carrito del súper”. Bueno, vete a la mierda, tío. Permíteme una ligera licencia poética.
[ríe] Hay gente que dirá también que lo nuestro es simple que te cagas. Hay un personaje en Las ganas que se llama Yureni, que es una tía, y llega a una casa sin muebles. Y se cree que los muebles son de metacrilato y que por eso no se ven. O sea, una tía que no sabe nada de nada de nada. Que se ha escrito en una hoja lo de “la vida es un espejo: te sonríe si tú le sonríes”. Esa tía, si leyese este mismo libro, o Cosas que hacen BUM, bostezaría. Y de esas tías y tíos hay un huevo. Nosotros no nos esforzamos para resultar no-aburridos, pero lo que hacemos es para un segmento determinado de lector. La calle esta llena de gente que… ¿Pero cómo se puede ser tan zopenco? Por eso acabas escribiendo comentarios en los artículos digitales. Por esa gente que dice “Si ya lo sé, pero es que tiene una gracia…”, y está hablando de Esperanza Aguirre. Pues a esa gente espero resultarle aburrido. Porque si yo le divierto a ese, voy muy mal. A mi, por ejemplo, me parece muy aburrido ver una película de Mariano Ozores. Pero horrorosamente aburrido. O me parecen aburridas esas pelis en que, como decía un amigo mío, a una chica en Malasaña se le estropea una moto, y entonces aparece el actor que quieras, y los dos son dos caracteres contrarios, y esa peli es un puto coñazo, seguro. Insufrible. Pero va a haber gente que diga lo contrario: que el que no haga algo así es un pesao. Lo que nos salva a ti y a mí es que escribimos para gente normal. No para subnormales [carcajada]. Y la ironía de esto es que cuando digo “normales” lo que quiero decir es: gente como tú y como yo [triple carcajada]. El patrón somos nosotros. Y si no te gusta el libro no te lo compras. Me parece un buen detalle darle pistas a un posible cliente para que no compre un libro que, quizá, no le vaya a gustar.

Kiko Amat

(El corte del director. Entrevista originalmente aparecida en formato reducido en Babelia de El País del 30 de mayo del 2015-vayan allí y likeen y twiteen igualmente si no quieren que me despidan)

10 drogas que tomé

Otra garbosa pieza piyuli-confesional, esta vez sobre experiencias con narcóticos de distinto pelaje: 10 drogas que tomé. Estrictamente vivencial, como ya imaginan, aunque llena de aplicaciones prácticas. Léanla y sabrán todo lo que hay que saber sobre resaca de speed (e inexplicable desaparición del propio pito), cosas que no te suceden en el anus cuando tomas popper, el día que creí haber tomado heroína pero luego resulto que no era heroína ni de culo, paranoia anti-hippy derivada del consumo desmedido de MDMA en polvo, blackouts motrices de diazepam, los rastros del tajín que dejé por toda la casa en mi última cogorza y muchísimo más.

Todo para entretenerles enseñando, enseñarles entreteniendo.