Un “All Black” en Sant Boi

A veces, de entre el monstruoso puré publicado de locura punible por la ley, artículos sobre ventosidades, chifladuras sobre temas arcanos que solo me interesan a mí y diatribas contra fulanos que me caen gordo, aparece un artículo del que estás orgulloso de veras. O sea: DE VERAS.

Esto no es tan habitual como parece; no soy Johann Sebastian Bach y la genialidad se paga cara (y cuesta más de extraer que pepitas de oro en el Yukón de la fiebre alta).

Uno de esos artículos es el que escribí hace poco para Papel, el suplemento dominical de El Mundo, y que se publicó el pasado domingo 1 de noviembre, al día siguiente de que los All Blacks volvieran a ganar la Copa del mundo de rugby. Se tituló “Un All Black en Sant Boi” (en la edición papelesca).

Es parecido a aquel que escribí sobre los escaladores, y que quizás algunos de ustedes recuerden aún (se incluyó en Chap chap). Es un canto de amor, ni más ni menos. Al rugby, a mi infancia, a mi padre y a todos esos tipos rudos con clavículas-ballesta que en Rompepistas llamé Los Cuellos.

Molan, los cantos de amor a las cosas. Mola, el rugby.

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