Kiko Amat presenta GLANBEIGH, de Colin Barrett

Les hablaré del libro, y de confinamiento, estigma working class y la perenne rabia de los pueblos.

Será el jueves 3 de marzo a las 19:30 en la llibrería Calders, como pone aquí debajo. Anuncian cerveza gratis, lo que ya de por sí debería ser motivo suficiente para que se unan a nosotros.

 

Anuncios

La guerra es estúpida (pero la gente no)

El decano del periodismo de campo estadounidense, Studs Terkel, entregó en 1985 una historia oral de la IIª Guerra Mundial que le mereció el Pulitzer y pulverizó toda idea romántica que aún quedaba sobre el conflicto “justo”.

https://i2.wp.com/capitanswing.com/wp-content/uploads/StudsTerkel_LaGuerraBuena.jpgYa sabíamos que la IIª Guerra Mundial, y las guerras en general, no eran como en Objetivo Birmania, donde nadie se hincha por el beriberi ni se caga encima por la disentería, donde las bombas caen sin desmembrar a nadie, donde todo el mundo es osado y valiente (menos el ocasional nenaza en pleno ataque de pánico, siempre étnico y sin afeitar), y los yanquis son unos trozos de pan y el enemigo (japos, boches, charlies) unos perros infames. Sabíamos que no era así, como también intuíamos que los Westerns eran un camelo, pero tuvieron que llegar unas cuantas audaces novelas y películas de los 70 y 80 para explicarnos cómo nos mintieron el establishment y Hollywood, su perro fiel.
La respuesta es: en todo. Nos engañaron en todo, vamos.

La guerra “buena”, del mítico reportero de Chicago Studs Terkel, es una suerte de Apocalypse Now hecha historia oral de la IIª Guerra Mundial. Publicado originalmente en 1984, aún en años de Guerra Frío-Templadita, el libro ignora la historia oficial (los movimientos de tropas, los comunicados, los pactos, las fatídicas –y mendaces- estadísticas) y se apoya únicamente en el testimonio de un vasto elenco de protagonistas. Los que estuvieron allí, cara al fango y aterridos, llenos de dudas, ira, sopor o confusión.

Leyendo La guerra “buena” aprenderán ante todo que la guerra es caos. Que no se parece en nada al avance pulidet, de visión diáfana, lleno de propósito y bravura, que mostraban aquellos obscenos filmes bélicos de los cincuenta. Los soldados, marinos, coroneles, enfermeras, prisioneros de guerra -incluso el enemigo- entrevistados nos pintan aquí un marco de chapuza universal, incompetencia de los mandos, aliados matándose entre ellos, miedo permanente, borrachera eterna, delincuencia (robos, estraperlo, violaciones: por doquier), racismo autorizado (el trato vergonzoso que recibieron los soldados negros –muchos de ellos auténticos héroes- en aquella contienda) y un asqueante etcétera.

Es el detalle lo que impresionará al lector. Lo que no aparecía en las clases de historia ni en los libros con sello gubernamental que leímos. Porque nadie nos habló del olor (“Ir atravesando un pueblo y, de repente, notar aquel olor espantoso (…) y oler la muerte. Es un olor que no discrimina, todo huele igual”). O de la atrocidad, vista bien de cerca: los bracitos amputados de los niños; las cabezas sin techo, sesos a la vista; los campos de exterminio, los cuerpos amontonados “como pilas de troncos”. Las incontables horas de espera, el tedio pertinaz (“No creo que haya nada más aburrido que ser soldado de infantería”). El miedo y la cobardía como constantes generalizadas, y no como bajeza puntual de unos cuantos traidores de tez aceitunada. Y una mirada distinta al lado de los “buenos”: las bombas de Hiroshima y Nagasaki (perfectamente evitables), Dresde, Iwo Jima, Bataan, todas las matanzas “justas”.
Terkel, quizás el mejor periodista del siglo XX (imprescindibles todas sus historias orales, especialmente Hard Times, sobre la Gran Depresión, y Working, sobre el trabajo), desentierra esa verdad de la única forma posible: hablando con quienes la vivieron. Y consigue con ello uno de los mejores manifiestos antibelicistas jamás firmados. Una clase magistral de compromiso con la justicia que es a la vez un emocionante periplo por la experiencia humana en tiempo de guerra.

Sirvieron allí
“Bebía aproximadamente un litro de whisky al día (…) Era la única manera de poder matar (…) Empecé a hacerlo en Filipinas, al ver los cuerpos bombardeados de todos esos hombres, mujeres y niños, especialmente los de los bebés. Estaban al borde de la carretera, y nosotros los arrollábamos con nuestros tanques”
John Garcia, soldado, 7ª División de Infantería

“Lo que te lleva a reventar playas no es el patriotismo ni el heroísmo, sino la sensación de no querer fallar a tus compañeros”
Robert Rasmus, soldado, 106ª División de Infantería

“Una de las cosas más tristes que he visto en la vida ocurrió mientras volábamos en un avión que recibió un impacto. El artillero que iba sentado en la torreta superior del fuselaje de repente estaba a nuestro lado, en el aire, empezando a caer. Se limitó a decirnos adiós con la mano”.
John Ciardia, artillero en un bombardero B-29

Kiko Amat

La guerra “buena”
Studs Terkel
Capitán Swing
746 págs.
Trad. de Lucía Barahona

(Artículo publicado originalmente en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia el 27 de febrero del 2016)

Yeah! Yeah! Yeah!: es solo pop, y nada es más importante que el pop

Lean aquí mi reseña del Yeah! Yeah! Yeah! de Bob Stanley para Babelia de El País. El mejor libro sobre música pop que he leído en la vida junto al Awopba… (no tengo esma ni para teclear el título entero, miren que les digo) de Nik Cohn. Y que conste me los he leído todos, incluyendo los salmos cuasi ininteligibles de Paul Morley.

Si esto les parece enloquecidamente interesante, para completar conocimientos pueden remontarse a mi entrevista con el mismísimo Stanley, que realicé para la revista El Estado Mental con ocasión de la publicación inglesa original del mismo libro, y que colgamos en Bendito Atraso en cuatro cómodas entregas.

 

La canción del viernes #14: ASTROBURGER “I used to be mod”

Esta nunca falla a la hora de abrir la espita de mis cansados ojos.

Me hace pensar en 1992, y la nostalgia por los años de la nostalgia. Nostalgia por todo, incluso cuando está sucediendo, incluso cuando no toca, incluso cuando aún no te ha dado tiempo, cuando acabas de llegar y ya estás melancólico por la partida.

Eran de Oslo, eran indies raros, versionaban el “Take the skinheads bowling” (la suya fue la primera versión que escuché) y me los descubrió Miguel López, de Los Fresones Rebeldes. Tengo el disco en CD (ugh) desde hace un millón de años.

Solo entendía (y entiendo) la letra a medias. Algo me dice que mascullaban en pichinglis, como Penelope Trip. Pero el título y algunas frases sueltas me suenan a lamento-por-los-años-que-nunca volverán, uno de mis temas favoritos. Con menos ruido y algo más de namedropping podría ser de Television Personalities.

Ausente por quinta

Ustedes me dirán que este modesto wordpress últimamente parece padecer reumatismo (aunque nunca ha sido escenario de una actividad febril), y sí es cierto que de vez en cuando se escucha aquí el ulular del viento de las grandes planicies, y el deambular fantasmal de las plantas rodadoras de Mojave.

El autor y propietario de este tugurio cibernético no tiene mucho que aducir sobre la progresiva desertización del lugar, más allá de mascullar entre dientes que está escribiendo su QUINTA novela (octavo libro), y que eso ocupa todo su tiempo, y las horas restantes se invierten en las actividades enriquecedoras de rigor: leer, jugar, hablar de paridas en plazas públicas y deglutir el ocasional cauce fluvial de quintos.

Con su permiso, vuelvo a ausentarme. Esto puede seguir así durante lustros. Las novelas no se escriben en dos mesecitos. Les ruego disculpen mi ausencia temporal.

 

Humillación en internet (o: eso no me lo dices en la calle, Twitter)

Dos libros ponen en tela de juicio el lado más oscuro e inhumano (y falaz) de internet: Humillación en las redes, de Jon Ronson (Ediciones B), e Internet Safari, de Noel Ceballos (BLackie Books). En Cultura/S les ofrecemos la diatriba llameante.

https://pbs.twimg.com/profile_images/3011259204/4005b51aa22c82b68fa0947a8d239ee3_400x400.jpeg1. Internet: menudo fraude. No importa la cantidad de veces que caballeros barbudos con hinchada presencia en las redes me listen su vasto catálogo de logros y lucros: para mí, Internet siempre será lo que aparecía en Futurama: un hostil descampado lleno de anuncios y tetas, y una caterva de airados nerds tuberculosos insultando a todo dios y haciéndose pasar por Conan El Bárbaro (cuando Bender trataba de decidir cuál sería su identidad virtual, de hecho, las únicas opciones a su alcance eran Napoleón o Enfermera Sexy). En algún momento de su historia, la World Wide Web se convirtió en un aspersor de inquina ratera, y uno de los vehículos principales del linchamiento anónimo que existen hoy. Si me preguntan a mí, columnista imparcial por excelencia, ese momento fue el día de 1990 en que la Web comenzó a chutar. Sí. Podría decirse que si Internet es tan popular entre alguna gente es porque, como Chile hizo con los nazis tras la IIª Guerra Mundial, arropa y oculta –que no dignifica- al linchador en su tejonera. Futurama anunciaba esto en marzo del 2000 (Groening = Nostradamus), y desde entonces las cosas no han cesado de empeorar. También han existido algunos progresos, sin duda, pero no se yo qué decirles. La Web es un poco como la fisión nuclear: por mucho que alguien le saque de vez en cuando un uso ético, siempre va a haber un majara con bata agazapado en las sombras conspirando para sacar adelante otra bomba de neutrones.

2. En la pieza de aquí al lado hallarán más detalles sobre el lado luminoso y el lado oscuro de internet, en cuyas miasmas pestíferas ha hecho inmersión el joven y optimista reportero Noel Ceballos para escribir Internet Safari (Blackie Books, 2015). Así como en History Channel uno solo ve documentales de nazis (con el ocasional escualo de guarnición), el objeto principal de mi fascinación internetiana son los llamados trolls. Cuando digo “fascinación” lo que quiero decir es “espanto”, y cuando digo “trolls” lo que quiero decir es “buitres calumniadores”. De forma algo inquietante, Internet no solo no ha prohibido el acceso a esas jaurías ahorcantes, sino que les ha proporcionado una sede en pleno centro, una mullida chaise longue, un altavoz colosal, un sólido candado para el portalón y un flamante surtido de capuchas.

Supongo que lo de los linchamientos online empezó con IRC o alguna chatroom cavernaria, pero Jon Ronson, en su Humillación en las redes (Ediciones B, 2015) se remonta a los escarnios públicos de 1742 o así, cuando la humillación-con-espectadores y los latigazos nalgales en plaza pública se consideraban una medida disuasoria civilizada para este o aquel infractor. Uno de los momentos más reveladores del libro es cuando Ronson, que había empezado con una concepción harto naíf y chorra de Twitter, se da cuenta de que los escarmientos públicos de los social media actuales son mucho peores que sus antepasados del siglo XVIII.
https://i2.wp.com/www.edicionesb.com/upload/20404g.JPGLa particular Noche de los Cristales Rotos de los trolls, su excusa perfecta para el pillaje en turbamulta, debió ser la invención de los comentarios en blogs y webs. Poco antes ya funcionaba el hatemail, versión digital del viejo anónimo cobarde / zurullo en buzón / adoquín en ventana, pero es inevitable mirar hoy los e-mails de odio-sin-rúbrica como una arma obsoleta, casi entrañable. El hatemail es al twitterlinchamiento lo que la guerra anglo-zulú de 1879 (1700 muertos) es a la IIª Guerra Mundial (60 millones). Un trabuco simpático y falible, las más de las veces inofensivo. Para los twitteadores de hoy incluso el timorato hatemail de antaño es un ataque demasiado benigno. El twitterlinchamiento –como aduce Jon Ronson- parece un ataque teledirigido de drones donde nadie es responsable de las víctimas y el perpetrador solo pulsa un botón sin experimentar culpa ni espanto por el alcance sus actos. “El copo de nieve no se responsabiliza del alud”, añade.

Con eso no quiero decir que las versiones previas de infamia incógnita online sean inofensivas. Pueden lacerar duro y tocar hueso. Hace medio año yo mismo realicé una serie de entrevistas a adúlteras anónimas para un medio popular (y populista) de la web, y el mob rule de comentarios anónimos que se desencadenó debajo de cada pieza fue poco menos que repugnante. No contra mí, entiéndanme; contra las valientes señoras que nos habían abierto su corazón. Algunas de ellas me comentarían poco después (entre lloros) que jamás habrían esperado el nivel de crueldad impía que campaba a sus anchas en aquella zona salvaje; toda la aberrante misoginia y las amenazas sexuales. Déjenme a mí ser naíf ahora: yo tampoco. Mi innato carácter analógico y filoludita me había mantenido en una burbuja respecto al nivel de bestialidad y burricie que se acepta como natural en estos foros. Lo que descubrí en mi breve “safari” me dio arcadas, qué puedo decir.

3. Twitter es el arma ideal para un cierto tipo de sujetos (apocados tartajas en la vida real, musculosos justicieros en la virtual) y para una modalidad muy particular de actitudes ignominiosas. Es anónimo, asaz multitudinario, de texto MUY breve y, por tanto, arrojadizo al instante y desde cualquier emplazamiento. Parece, no me digan, creado con el único propósito de calumniar parapetado para esconder la mano después. Ceballos afirma en su Internet safari que uno no puede culpar a la “plataforma” por los “comportamientos mezquinos” de algunos usuarios, lo que es como decir que uno no puede culpar al AK-47 de los ametrallamientos terroristas. No, claro. Por supuesto que quien aprieta el gatillo es el verdadero perpetrador de la atrocidad, pero sin acceso a armamento (canjeando su fusil por una berenjena, por ejemplo) aquel fulano sería inofensivo. Twitter te lo pone fácil; es así de claro. Proporciona un potente micrófono a sociópatas que, de no existir el medio, hablarían y sollozarían solos en lavabos públicos.

Que sí, que sí: de vez en cuando van a hallar ese maravilloso tuit de Caitlin Moran sobre la última temporada de Louie. Vale. Pero para llegar a él deberán nadar mariposa en un océano de estupidez, mala baba, histrionismo, envidia, machismo vomitivo, facherío cromañón y, sobre todo, cobardía. Mucha cobardía. Los mayores atributos de nuestra bella raza (la humana) parecen ausentes del léxico Twitter: la paciencia, la elocuencia, el coraje, la nobleza, la empatía y la inteligencia. Cuando uno percibe allí destellos de astucia (que los hay), suele ser del estilo Escurçó Negre: ingenio utilizado para el mal, como los superpoderes de Magneto. Por no decir que resultar ingenioso en Twitter es como ser el guaperas en la XXIIª conferencia del Club John Merrick de los Horriblemente Deformes de Cara. Una cosa chupada, casi indigna de lo fácil que resulta.

Y luego está la ironía. Si hay algún recurso literario o dialéctico que conviene escatimar y usar con cierta mesura es la ironía. No puedes espolvorearla por todas partes a lo loco, porque se torna indigesta, y también porque te hace sonar como un maldito cretino. Cuando leo twits de usuarios que solo parecen capaces de utilizar la voz irónica no puedo evitar pensar en aquel capítulo de Father Ted en el que aparecía el “capellán más sarcástico de Irlanda”, y a quien acababan encerrando en el cesto de calzoncillos sucios.
¿Y la histeria? La respuesta de Twitter ante una supuesta infracción siempre suena enajenada. Nunca es una reflexión paciente donde se presentan los actos con ecuanimidad y el infractor es inocente hasta que bla bla. Cuando alguien la pifia, el twit-mob va directo a la hipérbole, buscando el arma más letal para el faux pas más inocuo. Por lo general, el ajusticiamiento público en Twitter es más excesivo que atacar un nido de polluelos con la Estrella de la Muerte. Muchas ratas sin apellidos abalanzándose sobre un solo corcel malherido. Eso no quita que el corcel no haya relinchado alguna asnada de consideración, claro. Pero, al contrario de lo que recomendaba el Mikado, en Twitter el castigo no se ajusta al crimen.
https://i1.wp.com/static.thefrisky.com/uploads/2013/12/20/justine-sacco-africa-aids-tweet-600x450.jpgEn los últimos cinco años, las víctimas de twittercastigos sumarísimos han alcanzado estatus de celebridad (a su pesar). Jon Ronson cita los ejemplos de Rebecca Black (la incauta adolescente del video amateur “Friday”), Justine Sacco (una infeliz que tuiteó una broma boba sobre el Sida en África) o Lindsay Stone (la mujer que se autotuiteó realizando un gesto obsceno en un cementerio militar). Para todas ellas, la respuesta fue un Katrina de ira ciega, insultos espeluznantes y represalias draconianas. Las dos últimas perdieron sus empleos, y todas ellas padecieron depresiones, consecuencia directa de haber sido linchadas. ¿Dijeron alguna parida? Sin duda. ¿”Friday” era una inmundicia de canción? Innegable. Pero, no jodamos: nadie merece ese tratamiento por una memez inofensiva o una canción apestosa. Solo Hitler, Pol Pot y dos más. Desde luego no Willy Toledo, por bocazas que sea, o David Bisbal.

Sé lo que van a espetarme: que de vez en cuando el linchado se lo merece. Que de vez en cuando sí pilla un Hitler. Como sucedió con la agitadora-del-odio Jan Muir del Daily Mail (por su comentario homófobo sobre la muerte de Stephen Gately, de Boyzone) o Esperanza Aguirre, arrastrada por el lodazal tras aquel bochornoso video en inglés. Pero incluso César Rendueles, autor de la mejor crítica patria al ciberfetichismo (Sociofobia, 2010), manifestaba haber sentido cierta repulsión al ver la jauría ululante que se abalanzó sobre “Espe”. Hay algo de por sí aborrecible en los linchamientos, incluso si su germen es más o menos legítimo. Observar a una masa enfebrecida ejecutando sin juicio previo a un tipo nunca es bonito, sean sans-culottes o el Ku-Klux-Klan. Su esencia es la madre del cyberbullying: muchos matones con la cara cubierta amedrentando a un solo pringado.

Ronson busca explicaciones a todo ello, y menciona la locura grupal. Topamos con las declaraciones de una anarcotroll llamada Mercedes, que justificaba un linchamiento en 4chan diciendo que “internet le dio su merecido”. INTERNET, como si se tratase de un brutal dios de la melanesia y no unos cuantos hackers biliosos en pijama. Ronson, que empezó pensando que los vigilantes twitterianos practicaban algún tipo de justicia igualitaria contra el poder, cae en la cuenta de que “la rabia que se arremolinaba allí parecía cada vez más desproporcionada respecto a cualquier tontería que hubiese dicho una celebridad. Aquello ya no era sátira ni periodismo ni crítica. Aquello era puro castigo”. Y continúa, ya en modo autoflagelante: “Ellos no eran la turba. Nosotros éramos la turba”.
Ronson titula un capítulo “El hombre descendiendo unos escalones en la escalera de la civilización”. Sí: es el descenso a la turba, pero deseo creer que los humanos somos mejores que eso. Somos mejores que el recelo patológico, la flojera de discurso, el insulto acoquinado y la muchedumbre con antorchas rodeando al monstruo. Porque si hay un monstruo aquí, no se equivoquen, se oculta en Twitter. Un monstruo hecho de muchos monstruos, una zafia horda de verdugos con antifaz. Quizás no podamos disolverlo, a ese desaprensivo de Twitter, pero vive Dios que podemos ignorarlo por completo. Se lo garantizo: es pan comido.

Kiko Amat

(Artículo publicado en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia el 6 de febrero del 2016. El companion piece de este texto era otro artículo de corte similar firmado por el socio Miqui Otero)