Aquellos veranos cachumbos

Kiko Amat realiza una mirada satírico-naturalista parcial a los veranos de los 70 y 80, cuando un agosto duraba más que el Reich de los Mil Años, la televisión era “didáctica” (o sea, plomiza), la selección española era el equipo más risible del cosmos (como hoy, de hecho), no existía internet y la sociedad no se hallaba abocada al armagedón espiritual. Un momento: ¿o sí?

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“Mira esto, no tiene valor”, aducía con visionario olfato el malo de En busca del arca perdida, “diez dólares en cualquier vendedor de la calle. Pero si lo cojo y lo entierro en la arena durante mil años, entonces ya no tiene precio. Como el Arca”. El mismo procedimiento parecen esgrimir los nostálgicos respecto al pasado reciente de este país: enterramos las décadas de nuestras (agridulces) infancias y (castas) juventudes en la arena, y ahora que hemos cavado para exhumarlas y vuelve a darles el aire, resulta que son rubíes y maravedís, no la deprimente cordillera de estiércol que recordábamos.

Aquí donde me ven en toda mi insignificancia no soy inmune a la nostalgia, ni siquiera a su vertiente Todo a 100. Soy tan propenso como cualquier hijo de vecino a caer en la remembranza melancólica con tintes cripto-épicos: aquellos eran buenos tiempos, ya no se hacen películas como esas, las manzanas sabían a manzanas, y todo eso. Pero creo que como comunidad nacional, como volk más bien aturdido, y aunque nuestro talante sea la sangre caliente y el alboroto genital, urge detenerse a tiempo. Pues la racionalización fuera de contexto, combinada con salpicaduras de populismo y virutas de conceptualización falaz, puede hacer que cualquier insensatez del ayer suene razonable. Incluso inspiradora (si mienten lo suficiente).

A modo de ejemplo: Un Pingüino En Mi Ascensor. Acabo de leer una entrevista reciente con su instigador, y me he hecho más mala sangre que un vampiro hemofílico. Porque si uno no acude raudo a Youtube a atestiguar la palmaria falsedad artística de lo aseverado en ese texto, lo allí descrito suena razonable, incluso (ejem) inspirador. Por supuesto, no era así; Un Pingüino En Mi Ascensor era vomitivo. Puro excremento banal, y no banal-del-bueno, como “¡Gabba Gabba Hey!”, Chiquito de la Calzada o las bromas caca-céntricas de mi hijo menor.

Y por eso mismo, empapado de inflamable indignación en una playa ampurdanesa, me veo forzado a revisitar una vez más, al modo Betjemanesco (melancolía + repelús), los verdaderos entresijos de los veranos del pasado reciente para ustedes, fieles lectores de Cultura/S.

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  1. “Lo importante no es el destino, es el viaje”, afirmaba el poeta Kavafis, quien nunca fue invitado a subirse al 124 de mi padre durante el tórrido verano de 1979. Aquellos VIAJES familiares Sant Boi-Gandesa, cuyo trayecto sitúa hoy Google Maps en unas irrisorias 2h 15 min., se me antojaban entonces como algo salido del Pentateuco. Un Gran Éxodo, una de esas migraciones desesperadas en pos del Nuevo Mundo, cuando el grupo que llegaba a la orilla Oeste era uno completamente distinto del que salió del Este tres generaciones atrás, y un 85% del grupo original había fenecido por inserción de flecha Sioux en tráquea. Sí: eso era un paseíto a Gandesa en 1979. ¿Cómo? ¿Que cuanto tardábamos en llegar? No sé decírselo en horas, porque nosotros lo calculábamos con vomitonas: unas cinco (L’Escala eran dos). Supongo que algunos mozalbetes granujientos de hoy en día solo habrán viajado a la velocidad de la luz en el Lexus de papá, pero para mí la normalidad tenía esta pinta: cinco infelices hacinados en un vehículo que era, esencialmente, un motor de Scalextric envuelto en papel de plata, sin aire acondicionado, respirando los Chesters encadenados que fumaba el pater familias, cuyo humo se mezclaba en el coche con el hedor acre de mis regüeldos lácteos y el Tulipán Negro de las axilas maternas. Peleándonos a puñetazos. Con mi padre al volante, tratando de restaurar el orden filial a base de ciegos guantazos al asiento trasero mientras luchaba por mantener la vista fija en una carretera comarcal con más curvas que un intestino delgado. Y de fondo, en la radio, la versión española del “Chiquitita” de ABBA. La peor canción de la historia.
  1. https://i1.wp.com/img11.nnm.ru/6/4/f/c/3/284a851dec84628e2eaea757c53.jpgDe un tiempo a esta parte se ha puesto de moda entre algunos críticos musicales lo de criticar la preponderancia de cierta música “anglo” en nuestras ondas. En plan: ¿por qué nos rendimos a la música pop anglosajona, con la de delicias sónicas que imperaban en la península? A todos estos críticos amnésicos y algo demagógicos me limitaré a ofrecerles una lista muy somera de lo que se escuchaba entre julio y septiembre de 1982 en los chiringuitos, discopafs y taxis del país: “Amor de hombre” de Mocedades, “Un toque de locura” de José Luís Rodríguez, “Despiértate mujer” de José Velez, “Felicidad” de Al Bano y Romina Power, “Las leandras” de Luís Cobos (la zarzuela como himno de un régimen totalitario en una terrorífica distopía futurista), “Oh Gaby” de Iván, “Ebony and ivory” de Paul McCartney (una canción más mendaz y sensiblona que Jennifer Aniston vestida de Teletubby), “Eye in the sky” de Alan Parsons Project, el aborrecible “Moonlight shadow” de Mike oldfield (que mis hermanos y yo cantábamos diciendo “VADUEIII DE VILADESAII”)… Lo único que redime a 1982 es que, contra todo pronóstico, Leño llegaron al #1 con “Que tire la toalla”. Pero visto esto, y considerando que en una isla vecina el #1 indiscutible del verano de 1982 era el “Come on Eileen” de Dexy’s Midnight Runners, lo raro no es que acabase imperando lo “anglo” por aquí. Lo raro es que no tuviese lugar una emigración en masa. Lo raro es que no clamáramos por una invasión definitiva. Lo raro es, vaya, que este periódico no esté en inglés.
  1. Quizás fue la insolación. Es un hecho de sobras conocido y comentado en ascensores y tertulias de sobremesa con los suegros, pero supongo que aún sufren pesadillas con el tipo de PROTECCIÓN SOLAR que utilizábamos (por imperativo paterno) los niños de los 70’s. ¿Cómo es posible que no muriésemos todos, adultos e infantes, reducidos a humeantes rescoldos en cualquier playa del litoral catalán? Mi madre, en 1977, se empastifaba de algo llamado Crema de Zanahoria, un anaranjado “potenciador” del bronceado sin filtros de ningún tipo que actuaba en la dermis como Patfuego lanzado a lo loco en una barbacoa de borrachos. A los niños, claro está, aquel engrudo pirobronceante nos estaba prohibido, pues podía provocar que chisporrotearan nuestras delicadas pielecitas. Por eso nos sepultaban en vulgar Nivea hidratante, una crema sin propiedades protectoras conocidas por la ciencia.
  2. Para cubrirnos del inclemente astro rey estaba la ROPA de verano. A juzgar por los peinados y atavíos que lucían mis padres, y si mis viejas fotos no mienten, en 1975 tuvo lugar una terrible tormenta que encogió todos los bañadores a talla taparrabil y chamuscó todos los peinados (se trataba de una tormenta eléctrica). Nuestros padres no deberían haberse confiado, pues al poco tiempo un nuevo huracán acabó de arrancarles de la piel los ya de por sí exiguos pedazos de nylon que cubrían su catálogo de colgajos. Sí: estoy hablando de NUDISMO, amigo lector. Mis padres, y los de muchos de ustedes, decidieron apostar por la causa del despelote del mismo modo en que muchos otros se abalanzaron a los juzgados cuando se aprobó la ley del divorcio de 1981: por pura sed de libertad, y a lo cafre. Por desgracia, también decidieron exhibir sus escrotos y felpudos en el preciso instante en que yo empezaba a almacenar recuerdos, y unos diez años antes de que yo tuviese el primer pensamiento sexual. Por eso aún hoy me despierto sudando en medio de la noche. Por eso mi sueño de la desnudez en público no es una paparrucha freudiana, sino un recuerdo certificable.
  1. Lo que no ha cambiado son los CAMPINGS. Quiero decir los campings de 1ª categoría: esos están igual que como los dejé en 1991 (mi último año de vigilante campinguero). Aunque conviene recordar que el camping es como el chóped: por mucho que pagues más, continúa siendo chóped. Añadirle sofisticación a un camping es como añadirle violines al “Ladillas” de los Mojinos Escozíos. Por eso muchísimos empresarios de los setenta optaron por fundar campings low cost, sabedores de que la turba cariada y muñonosa de allá fuera no echaría de menos los ornamentos parcelísticos ni los retretes sin plagas. El lugar escogido para tal fin no fue otro que el litoral del Llobregat, vertedero-para-todo de la época (aún me sorprende que no pusieran una central nuclear en pleno Viladecans), que durante las décadas de esplendor 80’s albergó a siete campings de baja cuna pero alta ocupación. Como La Tortuga Ligera, que era (me autocito) “un camping de 2ª, y por tanto tu parcela se regía por tu ley, como una ciudad-estado mesopotámica (…) Menos colocar a las puertas de tu terreno un nido de ametralladoras o a un hereje enjaulado para su escarmiento público, en La Tortuga Ligera podías instalar los extras que se te antojaran: un huerto de hortalizas para consumo familiar, foso con puente levadizo, fuentes decorativas, almenas para arqueros, perímetro vallado o una réplica 1/1 de los jardines de las Tullerías”. Quienes veraneábamos allí –y en La Ballena Alegre, y en El Toro Bravo…- éramos clase obrera con certificado de despiojado al día, pero de vez en cuando divisabas por ahí a un fulano con haiga Mercedes y caravana de feriante, lo que te hacía dudar de tus propios ojos, así como de su cordura. Quiero decir: ¿por qué un hombre rico desearía veranear como un pobre? A mí eso no me entraba en la cabeza. O era obsceno slumming it (camuflarte entre la common people para que te invitaran a copetines del PSUC) o una falacia (plazos del Mercedes a pagar hasta el 2043) o al caballero aquel le faltaba un hervor. En fin: los campings chabolísticos catalanes de nuestra niñez cerraron en el año 2005, y allí se cerró otro entrañable capítulo de nuestro pasado reciente sin que nadie le haya puesto un museo nostálgico o un nombre de plaza. Está claro que hay culturas que son más culturas que otras, que podría haber dicho Orwell.
  1. Uno de los elementos veraniegos que más nostalgia feroz despierta, asimismo, es la televisión. Es mencionar Mazinger-Z o Verano Azul y comprobar como de inmediato el interlocutor, que dos minutos antes estaba obsequiándonos con una interminable perorata hegeliana sobre la “hipnosis colectiva de los medios de comunicación de masas en el siglo XX”, se transforma en una especie de osito manga con retina centelleante y sonrisa de pitufina. Oh, la tele de nuestra niñez, cuando a la sazón todos mirábamos la misma caca lava-cerebros a la misma hora, como el sueño húmedo de algún dictador chiflado. Nadie parece inmune a la nostalgia televisiva. Excepto yo, quiero decir. Como cronista de objetividad probada he acudido a las dos series mencionadas para ratificar su valor específico. Y lo que he hallado, tras tragarme un número de capítulos que habrían mandado a las celdas acolchadas a cualquier otro columnista con menos temple, es lo siguiente:

 a) Verano Azul: La serie que firmó Antonio Mercero en 1981 es, como aduce Mercedes Cebrián en su atinado Verano azul: unas vacaciones en el corazón de la transición (Alpha Decay), un “referente cultural de primer orden”, uno de los mejores símbolos de la llamada Cultura de la Transición (CT) y una “sinécdoque utópica” (esto tuve que buscarlo) “de como se desearía que fuesen las cosas” en aquel carpetovetónico país circa 1981. Es una pena que de entre todas las brillantes teorías que esgrime su libro, Cebrián olvide la que para mí es crucial: Verano azul era escalofriante. La autora del ensayo la clava al fijarse en que ninguno de nosotros jugaba a Verano azul, pero me temo que no era porque resultara “pecaminoso, como jugar a concelebrar una misa”. Uy, qué va. Era, simplemente, un asco de serie. El elenco era más pedestre y desesperanzador que… Que el alumnado hurga-napias y culo-mugriento de mi propia clase de EGB en 1981, ahora que lo pienso. ¿Y quién querría ver su miasmática vida infantil postfranquista representada a tiempo real en la televisión de la época? No, por Dios: la mayoría de nosotros jugábamos a ser caballeros Jedi, policías corruptos con métodos brutales, piratas o brutos mecánicos, pero no a “hacer ver” que éramos una pandilla veraniega de españolitos cursis en shorts ultraprietos. Los niños 70’s, o cuanto menos los catalanes de raigambre proletaria, nacimos de la derrota política, la opresión religiosa y la aniquilación sexual, y crecimos en un mundo monocromático y reprimido. Lo último que queríamos era realismo social, y lo que más deseábamos era evasión por cualquier método a nuestro alcance. Preferentemente galáctico.

Y Verano azul era progresista, en efecto, solo que de ese Modo Transición, timorato y cenizo, que solo los españoles parecen considerar un atributo. Sí, Verano azul le explicó pacientemente a la carcundia de antaño que una mujer podía tener hijos sin estar casada (eso sí, subrayando que “el cauce normal para tener hijos es el matrimonio”, no fuese que los del sable repitieran el 23-F), que la especulación inmobiliaria era mala, que la violencia era inútil (no fuese que los perdedores de la Guerra Civil se acordaran del pogromo) y que, bueno, no había que meterse con las chicas que llevaban ortodoncia. Pero nos ofreció estas enseñanzas de un modo que daba ganas de saltarse la tapa de los sesos. Verano Azul era la UCD, Carlos Saura, Ana Belén, “Don Bosco nos dice que tenemos que estar alegres” y el “Libertad sin ira” de Jarcha. Como también me sucede con la serie americana Mozart in the jungle, me resulta imposible ver un capítulo de Verano Azul sin desearles una muerte grotesca a todos los personajes que aparecen. Sí, a Quique también, aunque yo no recuerdo quién era, y ustedes tampoco.

 https://kikoamat.files.wordpress.com/2016/09/8f24f-52_sayaka_y_koji_tienen_una_pelea-avi_000239572.jpg?w=320&h=235b) Mazinger Z: Es la prueba irrefutable de que vislumbrar el pasado a través de lentes rosáceas produce imágenes distorsionadas por el afecto, el anhelo o la añoranza. Yo mantengo un estrecho lazo afectivo con Mazinger-Z, el anime que protagonizaba el homónimo bruto mecánico, y que se emitió en España durante el verano de 1978. Padecía yo por aquella época una hepatitis aguda que me mantuvo prostrado en cama más de un mes, y me tragué todos los programas de TV del verano, entre plato y plato de macarrones hervidos. Mi favorito era Mazinger-Z, y desde el plegatín improvisado en casa de mis abuelos (mis padres y hermanos se habían ido de vacaciones sin mí, convirtiéndome en novelista de un plumazo), con los ojos amarillentos y los meados musgosos, seguí las aventuras de Koji Kabuto y su robot a través de los 32 capítulos que se pasaron en España. Fueron mis siete años de edad y mi imaginación supletoria, qué duda cabe, los que impidieron que reparara en lo que hoy, a mis cuarenta y cinco recién cumplidos, es ineludible: Mazinger-Z era más mala que la sífilis. Dejando de lado sus censurables enseñanzas morales, como que las niñas son débiles y bobas (Koji incluso le cruza la cara a Sayaka en el capítulo #7), nada en Mazinger-Z supera un análisis superficial: las tramas, pueriles y estólidas a más no poder, incluso para una mente de mameluco como la mía; las domingas volantes de Afrodita A, dignas de Esteso & Ozores; la machacona insistencia en las aplicaciones positivas de la “energía fotónica”, pese a que capítulo tras capítulo solo la vemos empleada en mortíferos monstruos de metal y ciudades arrasadas; la cantidad infernal de tiempo-por-capítulo que Koji y su panda emplean yendo arriba y abajo con las amotos; los sicarios del Dr. Hell, quienes en plena época de armamento futurista, “huracán corrosivo” y “fuego de pecho”, van armados solo con espadas (y en minifalda)… La única conclusión posible es que Mazinger-Z era una chapuza infumable. Dicho esto, se la estoy pasando a mis dos hijos (a modo de cruel experimento médico) y me maravilla comprobar que no le ven pega alguna, de lo que podemos deducir que los niños no tienen criterio, y que se les puede engañar como nos plazca. No les hablo, por cierto, de Más vale prevenir, La clave o las mierdatones de siete horas de Fórmula Uno de nuestra infancia, porque me darían ganas de viajar al pasado; solo que no para matar a Hitler, sino a Calviño, director de TVE de aquella época. Y también porque le restaría espacio a este último clásico:

  1. El Mundial ’82. Recuerdo con notable cariño el único mundial de fútbol celebrado en España, tal vez porque aquella sería una de las últimas ocasiones en que compartí afición con el resto del país. Sí, en 1982 formé parte del zeitgeist y del mainstream, en lugar de ser lo que soy en la actualidad: un descastado que los escruta desde fuera mientras se rasca las nalgas con rictus de babieca (o echando espumarajos por la boca). Lo curioso es que a mí el deporte me la traía completamente al pairo. Lo que me atraía del circo aquel eran los mitos, las rencillas, las rarezas nacionales, las historias, el salto de un solo pie de Kevin Keegan (mi ídolo), la edad bíblica de Dino Zoff, portero de la selección italiana a punto de entrar en la senectud (en realidad solo tenía cuarenta y dos años) y también el que la mitad de los futbolistas seleccionados hubiesen aparecido un año antes en Evasión o Victoria. No los españoles, por descontado: la “roja” fue la rechifla del mundial, y dejó al país en su tradicional rol de zopenco iletrado que no sabe utilizar los cubiertos; nuestro destino en lo universal. El resto del Mundial ‘82 fue típicamente patrio: sonaron las sevillanas soeces de Pepe Da Rosa; se dieron dos escándalos vergonzantes (Alemania y Austria pactaron un empate para pasar a la final; el hermano del dictador de Kuwait “persuadió” a un arbitro para que anulara un gol de Francia); Kevin Keegan sufrió una dolencia en la espalda y casi no pudo jugar (“la lesión de Keegan es ya tan larga como misteriosa”, anunciaba La Vanguardia del 25 de junio de 1982); el alemán Schumacher dejó inconsciente y sin dos dientes (como lo oyen) al francés Battiston y no le picaron falta; y no sé si he mencionado el sensacional ridículo que hizo la Selección Española.

Les contaré otra cosa que quizás no sepan, y que es también muy spanish 80’s: a la Selección Italiana la alojaron, con grandes aspavientos de prodigalidad, en Sant Boi (quizás como penalización por el caprichoso cambio de bando que efectuó Italia durante la Segunda Guerra Mundial), en un hotel más o menos aparente que sin embargo solo tenía vistas espléndidas al cenagoso extrarradio industrial barcelonés. A mí esto me hace aún una gracia muy tremenda, porque demuestra de forma diáfana que en los 80 todo se hacía sobre la marcha y de oídas, y que si en aquella época llegan a venir a Barcelona los Rolling Stones los meten en un bungaló con goteras de El Toro Bravo.

En todo caso los de mi clase y yo fuimos al hotel aquel a ver si conseguíamos avistar la barba hasta los pies del venerable Zoff, pero nos echaron con cajas destempladas y sin que hubiésemos podido siquiera tirarle a Paolo Rossi una moneda de 25 pts al colodrillo. Para colmo (preparen risa), los italianos no pudieron entrenar en el campo del FC Santboià, porque estaba hecho una piltrafa y plagado de cascotes (rían ahora), y se marcharon al de uno de nuestros rivales históricos, Gavà. Pese a todos estos contratiempos, Italia ganó el mundial, cosa que yo ni siquiera recordaba (estaba convencido de que había sido Brasil).

Lo que nadie es capaz de olvidar, sin embargo, es a Naranjito, la conspicua mascota del mundial ‘82, una especie de cítrico fatty de supuesto origen valenciano con una mueca facial más petrificada que el zapato de un cadáver en un accidente alpino. No se engañen más: eso es 1982, eso es el verano de nuestra infancia: Naranjito El De La Sonrisa Inquietante. Y por mucho que lo entierren y esperen mil años seguirá siendo la misma catástrofe churrosa e impresentable de entonces.

(Artículo de carácter “refrescante” que escribí para el suplemento Cultura/S de La Vanguardia, en el mes del año en que todo el mundo lo usa para envolver churros. Salió el 13 de agosto, a todo color. Lo pasé pipa escribiéndolo, pero no se si había alguien ahí fuera para leerlo).

 

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