Mis 13 libros del 2016 (para Babelia)

Este 2016 ha sucedido algo chocante. Manual per dones de fer feines, de Lucia Berlin, uno de los libros de mi top 10 (en mi caso 13) anual para Babelia de El País… ¡Ha salido elegido libro del año en ese mismo suplemento! (si bien en su edición española). Lo sé, lo sé: FLIPANTE. Sí, a mí también tuvieron que administrarme sales. Porque desde que escuchaba a los Housemartins en 2º de BUP no sentía que estaba participando de un gozo de muchos, y casi me agarra un patatús.

Pero ya ven, ha sucedido lo imposible. Lucia Berlin es como los Beatles. Ha unido a una horda multitudinaria de gente dispar.

Como veo que preguntan, mi Top 13 del 2016 es el siguiente. No los explico uno a uno porque he dejado algo en el fuego. Ojo: están en orden asaz fiable de importancia. Y a la vez, todos son estupendos. Todos me han gustado un montón, y se me han quedado aquí dentro.

  1. Fuego eterno, Nick Tosches (Contra Editorial)
  2. Padre e hijo, Larry Brown (Dirty Works)
  3. Glanbeigh, Colin Barrett (Sajalín Editores)
  4. La chica de California, John O’ Hara (Contra Editorial)
  5. Manual para mujeres de la limpieza / Manual per dones de fer feines, Lucia Berlin (Alfaguara / L’Altra)
  6. Bailando en la oscuridad / Ballant a la foscor, Karl Ove Knausgaard (Anagrama / L’Altra)
  7. Tula Springs, James Wilcox (Contra Editorial)
  8. Música de mierda, Carl Wilson (Blackie Books)
  9. Érase una vez el fin, Pablo Rivero (Anagrama)
  10. Cutter y Bone, Newton Thornburg (Sajalín Editores)
  11. Vernon Subutex, Virginie Despentes (Penguin Random House)
  12. El gran delirio: Hitler, drogas y el III Reich, Norman Ohler (Crítica)
  13. El hombre que cayó en la tierra, Walter Tevis (Contra Editorial)

Y una enmienda a la totalidad: mi verdadero #1 de este año ha sido un libro que, pese a que leí en enero del 2016, no he podido colocar en mi lista, porque no se ha publicado en España y además es de otra década, de cuando los dinosaurios regían la tierra: The Hollywood Trilogy, de DON CARPENTER. Es un compacto de tres novelas: A couple of comedians, The True life of Jody McKeegan y Turnaround, del 75, el 79 y el 81 respectivamente. De lo mejor que he leído en mi vida. Tomen nota, por favor.

 

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La canción del viernes #24: SAVES THE DAY “Shoulder to the wheel”

No me avergüenza en absoluto decirles que me CHIFLA toda la mierda radioformuláica, hipercomercial y aerodinámica, de los grupetes post-Green Day del punkete-pop americano de finales de los 90’s y principios del Y2K. Incluso los peores. Incluso los guapitos, casi odiosos (ejemplo: The Starting Line). Incluso los de los videos espantosos, repletos de jamonas y llovizna poco creíble.

Por supuesto, no los digiero como punk rock, mucho menos como hardcore (solo faltaba), sino como pop puro. The Knack o The Romantics, canjeando corbatas finas y cardados y Rickenbackers por camiseta deportiva y pantalones bolsudos y bambas de patinaje. Misma emoción, misma ambición popular. Como si Big Drill Car hubiesen querido ser los Backstreet Boys.

Todos tienen grandes ganchos y letras y estribillos, y este es uno de mis predilectos. Les será difícil difícil hallar una primera estrofa más desvalida, y exultante, y ridículamente juvenil, y a la vez bonita y emotiva, que esta:

And I say, “I’m sorry.
Didn’t mean to yell,
I’m having a bad week
I miss my mom.”

Y el video mola.

Acieeed Heil!

Mi artículo sobre drogas y poder para Cultura/S de La Vanguardia es el más leído del suplemento. Pueden leer la parte del High Hitler, nazis enchufados, anfetas-ss y el Rave-Reich en este práctico link.

Una vez lo hayan terminado, ya recolocada la quijada a su posición original, pueden pasar a leer lo que les corto-pego aquí debajo, que son los dos despieces del texto original que no están disponibles online. Porque ustedes lo valen.

Opio rojo, opio azul: la droga como arma

https://i0.wp.com/www.librosalcana.com/764751.jpgLa teoría de que existe una conspiración para endrogar a la población con fines políticos es más vieja que mi Samsung. En verdad se trata de un juego a lo “el mundo al revés quien lo dice lo es” que han usado siempre los perlas de un bando para desacreditar al enemigo, y viceversa. Según Juan Carlos Usó, autor de ¿Nos matan con heroína?; sobre la intoxicación farmacológica como arma de estado (Libros Crudos, 2015), la primera nación acusada de ello fue Inglaterra, cuando las Guerras del Opio del XIX, por los Chinos (que también traficaban). Ya en la Guerra Fría los medios de masas americanos culpaban al comunismo y al maoísmo del narcotráfico, una acusación de la que se hacían eco los periódicos de la carcunda española como ABC, que hablaba de “opio rojo”, y Arriba, que tildaría al padrecito Mao de “perfecto rey del opio”.

El cambio de sesgo ideológico llegaría en los 60, cuando la contracultura y el movimiento sesentayochista redirigirían la culpa hacia los powers that be. Es una mascletá libertaria de denuncias que da inicio con panfletos libelosos como Capitalism plus dope equals genocide (1970) de Michael “Cetewayo” Tabor y La droga, potencia mundial: el negocio con el vicio (1981) de Hans-Georg Behr, entre otros. El gobierno norteamericano empieza a revelarse como el Fu-man-chú de una trama maquiavélica para acabar con la agitación revolucionaria de melenudos, negros y rojos. La revista Ramparts, en un reportaje de 1971, señalaba a la CIA como facilitadora de ese meneo de heroína, y solo un año después Triunfo reproduciría sus puntos de vista para el público español.

La verdad está envuelta en penumbra, claro, pero Usó tiende a pensar que la CIA utilizó fondos del narcotráfico para guerrear contra el comunismo, sí, pero que dicha táctica obedecía a “fines geopolíticos”, no “biopolíticos” (es decir: intoxicación sistemática de jipis y ácratas). Asimismo, en mi opinión, la existencia de CointelPRO (programa de contrainteligencia creado para desbaratar organizaciones disidentes dentro de los Estados Unidos) y más particularmente del programa secreto de control mental MK Ultra, que experimentó con sustancias alteradoras de la percepción (como arma de estado) hacen que uno casi se sienta obligado a creer que, si el gobierno USA no promovió un genocidio toxicológico centralizado y sistemático (como afirma Usó), fue únicamente por la dificultad logística. No por falta de ganas. K.A.

Pero: ¿nos matan con heroína, sí o no?

https://i2.wp.com/www.playgroundmag.net/bbtfile/6_20151211zdXn6Y.jpegLa respuesta breve de Juan Carlos Usó (Nules, 1959) es que el estado no nos mata con heroína. Ya pueden llamar a su camello con la seguridad de que no pertenece al CESID. La menos breve concluye que jamás existió una conspiración “biopolítica” destinada a sojuzgar con opiáceos a la airada juventud de la Transición, y que se trató únicamente de corrupción policial desmadrada.

Usó señala un tufo moralista en la gestación de la conspiranoia, con los movimientos obreristas de los años 30 hablando de un “liberticidio” narcótico orquestado por los “defensores del clericalismo y capitalismo”. Cuando la contracultura española recogió ese testigo, y lo revitalizó con teorías de la contracultura gringa, se limitó a repetir las tesis valiéndose del reconcomio y la sospecha (razonable) hacia el Estado post-franquista, sin efectuar un examen profundo. Usó cita el artículo de Eduardo Haro Ibars de 1978 “Nos matan con heroína” para Ozono como impulsor de la idea de la heroína como “instrumento de control por parte del poder”. La contracultura friqui en pleno (de Pau Riba a Pepe Ribas de Ajoblanco), así como los punks posteriores, enarbolaron la idea del complot. Usó subraya a los grandes fiscales de dicha componenda, la izquierda abertzale, con declaraciones de HB en 1980 sobre la “mafia de la heroína”, la cruzada contra el tráfico de drogas que inició ETA y el dosier de la asociación Askagintza de 1984, entre otros. Todos aseveran que el infame Estado Español nos metió picos en vena para acabar con el amonal.

Usó busca derribar esa visión con varios argumentos: las teorías no tienen en cuenta la responsabilidad del usuario (tratan a los adictos como niños sin uso de razón, meras víctimas no-pensantes de un genocidio gubernamental); nunca se comenta la patente fascinación filo-suicida que despertaba el jaco entre los rocanroleros; se ignora la (perniciosa) influencia de la política prohibicionista; otorga a los presuntos responsables de un programa de esa envergadura una “sobrehumana comprensión de los hechos”, como si –se lo digo con mis palabras- los perpetradores del genocidio opiáceo fueran Lex Luthors omnipotentes en lugar de una cáfila de picoletos iletrados. Usó viene a decirnos que, en un país de chotas y corruptos, ¿cómo puede ser que jamás se hayan destapado evidencias de esta conjura?

Y es ahí donde Usó se pega lo que los ingleses llaman un “tiro en el propio pie”, al enumerar una pasmosa lista de casos de narcotráfico policial en el marco de iniciativas gubernamentales como el GAL, el Plan Zona Especial Norte y la Ley Antiterrorista. Por ejemplo la desaparición de 150 kilos de coca incautada en Irún en 1988, lo que daría lugar al famoso “Informe Navajas”: la confirmación de que existía una “tupida red” de agentes quienes, amparados en la lucha antiterrorista, y centralizados en el cuartel de Intxaurrondo, controlaban el comercio de heroína en Euskadi. El “informe Navajas” desapareció tras ser “sistemáticamente saboteado” por la benemérita, y el coronel Galindo exculpó a los demás oficiales acusados por Garzón, comiéndose el marrón. Usó sostiene que los agentes traficaban con heroína por afán de lucro, y que la utilizaban como “instrumento y moneda de cambio” para pagar a chivatos, operaciones encubiertas, etc., pero se apresura añadir que tal cosa no implica la existencia de un programa trazado desde arriba por una especie de Mago de Oz contrarrevolucionario (mis palabras, de nuevo).

Tras leer el libro de Usó, la sensación prevalente en este articulista es la de “interés suspicaz”. El autor argumenta bien la tesis anti-conspiranoia, pero entonces agarras la prensa y lees que el pasado 15 de noviembre detuvieron al Sargento Béjar, de la Comandancia de Algeciras, implicado en una nueva red de narcotráfico. Béjar, qué cosas, fue imputado por la Audiencia Nacional a mediados de los noventa en los sumarios sobre guerra sucia que salpicaron a Intxaurrondo, y su nombre aparece en el sumario del caso Lasa y Zabala (aunque sería exonerado por Galindo en una declaración firmada). Y entonces sientes aquel molesto cosquilleo en la nuca. K.A.