La canción del viernes #24: THE SAINTS, “Gypsy woman”

La escuché por primera vez en 1989, en la cinta sin créditos de unos mods alemanes. Varios años más tarde (seguía en la inopia, y no podía entrar en una máquina buscadora mágica) descubrí que había aparecido en una recopilación australiana -un poco barrecha insensata- del sello mod Countdown Records, hacia 1986. Y hace muy poco descubrí que la jodida era una versión de un grupo beat australiano de 1966 llamado The Allusions.

Yo prefiero muy fuertemente la de los Saints.

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Quién es quién: Cerco, de Carl Frode Tiller

En Babelia pueden leer ya mi crítica de Cerco, el muy recomendable libro de Carl Frode Tiller, a quien alguien llamó (algo apresuradamente) “el anti-Knausgaard”.

Por razones de espacio en la web se pierde este chiste auténticamente sensacional, que iba incluido en el texto primigenio:

“A Carl Frode Tiller (Namsos, 1970) le han llamado el “anti-Knausgaard”, aunque los dos escritores son menos opuestos de lo que sugiere esa afirmación. Para empezar, Carl Frode suena como si trataras de pronunciar Karl Ove después de una visita al dentista.”

Y que es posible que solo me haga gracia a mí mismo.

Eh tú: no ningunees mi traducción (El fantasma en el libro, de Javier Calvo)

https://images-na.ssl-images-amazon.com/images/I/81jckm7Wb1L.jpgHace un par de días mi hijo mayor me explicó en qué consiste el videojuego Boom Beach. En demencial detalle. Pese a que yo amo a mi hijo mayor, y él a su vez ama ese videojuego, fui incapaz de concentrarme en su relato. Perdía yo el hilo una y otra vez. Les cuento esto como prefacio a una crítica de libro por una razón muy simple: me parece a mí que algunas cosas en este buen mundo no pueden contarse con intención universal.

¿Quiero decir con ello que el nuevo libro de Javier Calvo (Barcelona, 1973) me parece aburrido? Ni hablar. De hecho, y considerando la premisa que lo sustenta –un breve ensayo-panegírico sobre la historia de la traducción, su día a día, retablo de anécdotas y consideraciones sobre su futuro- esta obra es todo lo divertida que puede ser. Solo podría ser más divertida si Calvo, el mejor traductor del inglés que hay en España (después de él, como diría Bill Hicks, there’s a huge fucking drop), por no decir también miembro de mi Top Ten personal de novelistas patrios, la hubiese escrito en tanga, oficiando una misa negra, y se hubiese hecho unos cuantos selfies de esa guisa.

Lo que sucede es que este es un libro para insiders de la industria literaria. Insiders muy insiders, vaya; los masones de la edición. Solo se me ocurren, así a botepronto, unos dos centenares de personas (entre los que me cuento) que puedan estar realmente fascinados por su temática. Y de esos dos centenares, ahora que lo pienso, podemos tachar ya a un editor a quien hablé de mis partes favoritas del ensayo y me miró como si le hubiese mostrado imágenes de mi más reciente colonoscopia.

No, El fantasma en el libro no es un libro para todos. No lo veo en las apuestas del Sant Jordi 2017. Es un libro para gente como Javier Calvo, que (si juzgamos por el texto) puede mantener una larga discusión de sobremesa sobre el uso del castellano “neutro” en las traducciones, y denunciarlo virulentamente, y afirmar (tras dar un vigoroso sorbo al Jägermeister), que “fracasa en absolutamente todos los frentes”. Este es también un libro sobre la historia de la traducción, con el viejo Marco Tulio Cicerón –nos cuenta Calvo- como primer piernas que se tomó libertades con el texto original. Este es, sigamos, un libro lleno de nutritivo anecdotario, como lo de la “traducción creativa” que (célebremente) realizó Borges en Las palmeras salvajes de Faulkner, inventándose la mitad y enchufando acentos rioplatenses a destajo en la mitad restante; o la también famosa “traducción escéptica” que Nabokov publicó del Eugenio Oneguin de Pushkin, realizada con el enfurruño repelente de un hijo único que se niega a ordenar su habitación. Y da una excusa risible para no hacerlo. Y luego se pone pasivo-agresivo y la ordena de forma demasiado concienzuda, arruinando tu domingo.

Este es, hablemos claro ahora, un crucial canto de amor a una profesión invisible, fantasmal, ninguneada, semianónima y mal pagada pero paradójicamente indispensable. Es un libro repleto de afirmaciones lúcidas, audaces, mordaces y, en ocasiones, deliciosamente inesperadas; como cuando Calvo defiende la traducción como escuela primigenia de escritura creativa para autodidactas (¡bravo!). Es un muy buen libro, en resumen. Por desgracia, me temo que también es un trabajo para completos especialistas. Como decía al principio, algunas obras no son, ni jamás serán, para todo el mundo. Y eso, no se crean ustedes, también está bien. Kiko Amat

 

El fantasma en el libro

Javier Calvo

Seix Barral

183 págs.

(Crítica publicada en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia del 7 de enero del 2017)

 

Kundera 0, Xhamster 4

Resultat d'imatges de harlequín deseo Algunas cosas quedan obsoletas, y el sexo es una de ellas. El sexo en novelas, quiero decir. No interrumpan el acto por lo que acabo de soltar. En Moby Dick, Melville creyó adecuado instruirnos en detalle sobre tipos de cetáceos, y distintos arpones, y un descabellado etc., en decenas de páginas documentales que casi no guardaban relación con el tema central. Y bien por él; eran otros tiempos, después de todo. Hoy en día, un autor que tratase de escribir de ese modo acabaría en el psiquiátrico de Sant Boi. Tras haber vendido diez ejemplares.

Lo mismo sucede con el sexo en narrativa. En su día cumplió una función anatómica, tutorial, porque en los “años estúpidos” (que dirían en Futurama) muchos jóvenes aún necesitaban instrucciones sobre dónde meter qué, y que alguien les dijera que aquello viscoso no era mortal, ni iban a ir al infierno por ello. Esa fue, de hecho, la otra función histórica del sexo en libros: combatir la gazmoñería aguafiestas de la brigada anti-coital. Miremos con empatía los intentos de incrustar folleteo a cañonazos en novelas provectas, pues pretendían ampliar la ventana de lo permisible. Henry, Anaïs, William, Charles. También usted, señor Marqués. Incluso tú, Milan, aunque seas un plúmbeo. La raza humana os debe gratitud por cada (hoy asaz ilegible) página de fornicio contorsionista que nos enchufasteis a traición.

Sí, en 1985 yo también arrullé al jerbo de piel, practiqué un solo de zambomba cárnica (etc.) con un párrafo de Anaïs Nin. Pero entonces descubrí un invento formidable llamado Macho (300 pesetas en el kiosco, si ponías voz grave), y las novelas dejaron de ser mi principal proveedor onanista. En esta época de Nueva Ventana Privada de gmail, me pregunto quién querría anclarse a una de esas novelas de engolada meta-tabarra donde se “alargan las frases y los genitales de los personajes en direcciones insospechadas”, como sugería Mark Lawson hablando de Adam Thirlwell. ¿Quién necesita a Kundera cuando existe Xhamster? Es más práctico, y nos ahorramos la levedad del ser.

Obviamente no todo el mundo piensa igual. Las novelas eróticas de hogaño, con público mayormente femenino, han experimentado un boom chocante. En mi ignorancia, yo creía que el género había muerto con Harlequín, y Deseo, y todos aquellos bodri-libros españoles que leían nuestras parientes liberadas en 1981, pero los compradores de libros sexy se cuentan hoy por millares. ¿Se habrán quedado sin wi-fi? Kiko Amat

(Esto es mi breve despiece para un artículo central sobre sexo en literatura, en un reciente Cultura/S de La Vanguardia de diciembre del 2016)