La canción del viernes #26: SAÏM “Octubre”

Uno de mis grupos favoritos de los últimos meses. Y de este preciso instante. Son mallorquines, y su nombre -y su sonido- parece una mezcla de Seam y Samiam (pero quiere decir algo distinto). Con algo de Braid y un mucho de Nueva Vulcano.

Eh. Sí, aquí. Aquí tenéis un fan.

Mi aristocracia es mi biografía: Virginie Despentes y Vernon Subutex 2

Una nueva pieza para Babelia de El País sobre mi autora francesa actual favorita, esta vez sobre el segundo volumen de Vernon Subutex.

“Si quieres hablar conmigo, dime antes dónde has crecido”.

Léan aquí las razones que esgrimo para que todos ustedes lean esta formidable trilogía. Si no chuta, golpeen una y otra vez con la frente en dicho punto hasta que se parta la pantalla del ordenador.

Fart the power: los pedos y el séptimo arte

Inline images 4Una pieza, celebrada justamente, sobre las ventosidades en la gran pantalla, que escribí sin nalga trémula e impasible el dérriere para El Periódico.

No hay la menor percha de actualidad para ello, amigos. La escribí porque se me antojó, como hacemos los muy manitos, sin esperar visado de la actualidad. Aunque huelga decir que el tema central nunca pasará de moda mientras sigan existiendo los currys picantes y un tipo con una cámara dispuesto a registrar sus efectos en intestino ajeno.

¿Mi broma favorita? La de Yentl. Que escribí palmeando enérgicamente mis propios muslos.

Es casi imposible tener tal puntería, pero si quieren leerlo por favor apunten aquí con su más retumbante flato.

Amnèsia gremial

Es el título de mi columna del pasado viernes para el suplemento Play del Ara. Basada en hechos reales y plagada de nombres y apellidos que lo demuestran. Si les apetece leerla no tienen más que emulsionar un lapo semi-sólido y escupirlo con todas sus fuerzas aquí.

Primera Persona 2017: en sus puestos

“Puede que no seas la primera persona, en pisar la luna…”

El teaser de este año, como siempre acompañado del himno inmortal que nos compusieron (por amor) hace ya seis años Joe Crepúsculo y Manolo Vázquez.

Ser un festival con HIMNO nos hace sentir como un país pequeño (pero orgulloso) de Indonesia o una columna popular del 36 marchando hacia el frente.

 

¡Repetición! ¡Repetición! ¡Repetición!

– Voy a poner un disco nuevo, a ver qué os parece – les digo, y todos se echan a gritar, mis hijos con las manos en las orejas gritando Nooo, convulsionándose con muecas de (falsa) tortura, y mi mujer con la sonrisa afable de quien ha escuchado muchas veces la misma broma, pero esa broma sigue siendo bastante tolerable, nada vomitiva.

Lo cierto es que no es un disco nuevo. De hecho es un disco del año de la polka, Old Ramon, de Red House Painters, que llevo escuchando sin interrupción desde 1995. Cuando digo sin interrupción, lo que quiero decir es sin NINGUNA interrupción. Una y otra vez. A menudo seguidas: 3, 5, 6 veces en una misma mañana, y los papeles del divorcio que, contra todo pronóstico, nunca llegan.

Eso es un mérito, alguien debería decírselo a Mark Kozelek (aunque seguro que lo sabe). No lo del divorcio; lo otro. Lo de tocar algo que pueda reusarse de ese modo. No todas las cosas propician la repetición, y yo soy un hombre de tradiciones. Un humano con espasmos, solo que culturales.

En el año 2000 puse el mismo disco de Edwyn Collins (I’m not following you) cada mañana a la misma hora, cuando abría la tienda de discos del Soho londinense donde trabajaba. En aquella misma tienda, un día del mismo año 2000, mi amigo Fred y yo hicimos un experimento: cuántas veces seguidas podíamos escuchar la misma canción. Pusimos “Sick of myself” de Matthew Sweet en el reproductor y pulsamos Play, y nos dispusimos a escucharla cuantas veces fuera necesario. Para entender el origen del universo, tal vez; de dónde surgieron todos aquellos trilobites. Todas las respuestas hondas y voluminosas.

Aquello fue raro, muy raro. A partir de la décima escucha todo cambió; la cosa inicial se convirtió en otra cosa distinta, y el tiempo se retorció sobre sí mismo, aparecieron dobleces en las esquinas de lo cotidiano. Si yo fuese un idiota o un estudiante de lite comparada añadiría ahora que creamos una “situación”.

Pero no era una “situación”, y los clientes empezaron a reír con el asunto. Con nosotros. De nosotros. Bah. Fred y yo seguimos allí; dale que te pego y en nuestras trece. Solo que no fueron trece, sino sesenta. Seis-cero.

Mientras Fred y yo nos adentrábamos paso a paso en las insondables simas de la demencia, yo pensaba en familiaridad y sobreexposición. Cómo a algunos nos chifla la repetición, porque la repetición es familiaridad, y la familiaridad es amor. Porque cuando ves una película un número descabellado de veces, aquella obra se disuelve en ti, empieza a formar parte de tu tejido muscular, como se disolvia aquel libro de auyoayuda dentro del estómago de Manny en un capítulo de Black Books, transformándole en una especie de Juan Bautista hippy.

¿El viejo axioma de Jonathan Lethem? ¿Aquel de “si no te gusta esa película no te gusto yo, porque esa película soy yo”? Es cierto. Puedo atestiguarlo. Withnail and I ya no es algo que yo vi una vez; es algo que está dentro de mí. Yo soy la maldita Withnail & I.

Mucha gente no vive así. No repite, repite, repite. Pero a mí, esa repetición me ha salvado la vida. Me ha enseñado cual es el sentido de la misma: tener esas canciones, y libros, y películas, y repetirlas una y otra vez, saborearlas como uno saborea el latiguillo de un mejor amigo al final de una frase. Como algo que nos recuerda quién somos. Con ellas a mi lado, nunca estaré solo.

– Creo que procede otra más, ¿no? –les digo a todos, y pulso Play, ahogando sus juramentos.

(Esto es un texto inédito. Lo escribí hace un año porque me dió la real gana. Si quieren experimentar una forma suave de chifladura, hagan el favor de replicar el experimento y escuchar la canción adjunta en repeat. A partir de la veinte algo empieza a cambiar. A la treintava empieza el tic incontrolable en el ojo. A la número cincuenta llegan “los hombres vestidos de blanco”, como en aquella canción de Mari Trini)

¿Quién C*** conoce a JOE PERNICE?

https://i2.wp.com/www.bigtakeover.com/images/1579.jpgComo co-director del festival Primera Persona en el CCCB me resulta un poco embarazoso recomendar a artistas concretos porque, como todo buen padre, els estimo a tots igual con independencia de si me contestan mal o no se comen el puré de calabacín.

Dicho esto, de vez en cuando me da la impresión que un artista que me encanta pasa completamente desapercibido. Es el caso de JOE PERNICE, músico y líder de Pernice Brothers y Scud Mountain Boys, autor de la muy flipante y divertidísima novela It feels so good when I stop (Esta canción me recuerda a mí, Blackie Books). Entre muchas otras cosas.

He ido soltando su nombre por ahí, tanto de forma epistolar como oral, y su mención siempre ha sido recibida con un muy particular bizqueo, como si a mi interlocutor acabaran de pillarle robando una bolsa de altramuces mientras alguien le susurraba al oído que el fin del mundo sería en cinco minutos.

La cosa, y único motivo de esta entrada de blog, es simple: Joe Pernice es un artista muy emocionante y fundamental en la vida de todos ustedes, y sería fatalísimo que se lo perdieran porque aquella noche tenían una partida a muerte de mini-golf o habían reservado asiento en las Golondrinas. Va a tocar el sábado 13 de Mayo por la noche en el teatro del CCCB, va a leernos un fragmento bien molón de su novela y va a tocarnos un buen puñado de canciones suyas. Se halla encajado en el mismo tíquet que Gallardo y Mediavilla hablando en exclusiva de Makoki, y que Las Ruinas montando su feliz barullo.

Nick Hornby es fan. Jonathan Coe es fan. Los Teenage Fanclub son fans. Eh: yo, en mi microscópica insignificancia, soy fan. Les invito a que compren entradas a precio de risa en este utilísimo link, vengan y escuchen cosas como esta (solo que sin la avalancha de violines), que encima le canta a otro autor favorito:

Emo-memorias

Esto es una entrevista que me hicieron hace unos meses los de Nosey-Vice México centrada exclusivamente en el tema del Emo (y, por la tangente, también del hardcore melódico). Se trata de la acostumbrada combinación de sensateces, confesiones, memorias, delirios, información emocional y alguna paridita de postre. Léanla realizando un stage diving y aterrizando con la napia en este duro punto.

Glam rock: zurribanda adolescente con purpurina

La editorial Caja Negra publicará en España en breve el nuevo libro de Simon Reynolds Como un golpe de rayo; el glam y su legado, desde los setenta y hasta el siglo XXI. Escribiremos sobre él a la menor oportunidad.

Mientras tanto, y pa’cer boca, les recupero una pieza que escribí hace cuatro o cinco años con ocasión de la aparición de Wired Up!; glam, proto punk and bubblegum European picture sleeves 1970-1976, de Jeremy Thompson and Mary Blount.

Glam rock El libro Wired Up! Glam, proto punk and bubblegum european picture sleeves 1970-1976 recopila las portadas más llamativas del género más excitante (y ninguneado) de los 70’s

 Zurribanda adolescente con purpurina

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  1. Obsérvenlos: un ejército de pilosos camioneros embutidos en trajes de Klingon y duchados en purpurina, meneando los glúteos, berreando odas a la revuelta juvenil y rasgando explosivos riffs ante millares de chavalas y gamberrazos. Si tomamos como precepto fundamental que el pop debe ser lo contrario de aburrido, entonces el glam rock es la perfecta música pop. Se ha esculpido el catecismo de los 70’s como erial de fatuo rock progresivo del que nos salvó el punk, pero la realidad es bien distinta. Robin Wills (de The Barracudas) declara en su prólogo para Wired up! que “1974 es el nuevo 1965”. El escritor Stewart Home considera a los grupos de glam más divertidos, auténticos y sinceros que algunos punk-panfletos que vendrían después. “Bish Bash Bosh” frente a “Right to work”.

 

  1. El glam rock siempre ha tenido detractores, y la crítica que se le hace apesta a clasismo. El glam era estridente, rudo y proletario. Su rebelión era de tebeo, como algunos de sus referentes. No escondía sus anhelos (follar, pelear, bailar) ni sus orígenes de clase baja. Aunaba escapismo 70’s con la afirmación de una idealizada cultura obrera. Se trataba de música popular para bailotear en discos de barrio y morrearse en reservados, nada intelectual ni introspectiva; no fue concebida para escuchar a solas en una habitación del campus. Sus metas eran la diversión y el entretenimiento puro, con un par de soflamas de protesta pop como extra. Desde luego no era música de vanguardia: ni escondía su falta de pretensiones ni disfrazaba su glorioso rock’n’roll de algo que no era. Al contrario que el punk inglés, el glam rock nunca tuvo ínfulas de Año Cero: sus raíces estaban en el r’n’r de los 50 y la era mod. De hecho, muchos de sus artistas eran despojos mod reinsertados (John Hewlett, de John’s Children; Paul Raven, luego Gary Glitter; Jesse Hector; Marc Bolan) o cuanto menos gente granadita que ya había probado suerte en los sixties, como Slade. En ese sentido, el glam rock podría considerarse una reválida de lo mejor de los 60’s: la energía, el entusiasmo, la candidez, las canciones de dos minutos… Su completa falta de impostura y lo rotundo de su sonido maravillan incluso hoy.

 

  1. El glam tiene lo mejor de todas las cosas. El sonido es The Who exagerado, con estribillos repetitivos y producciones que son casi Disco. La pertenencia obrera se vocea como caricatura entrañable, con palmadas sincronizadas, pateos de graderío y cánticos hooligan, así como en una lírica vivencial sobre agarrarse un pedal, ligarse a una buenorra o darse de leches el sábado noche. Stockhausen no es, gracias al cielo. Cuando las letras sobre trifulcas o jacas se agotan, los grupos sacan la artillería pesada, casi toda centrada en aficiones de adolescente extrarradial: ciencia ficción, artes marciales o pajeo compulsivo. Wired Up! hace hincapié en el formato estrella del glam -el single de 45rpm con portada- como columna central de su universo. Los grupos se ponen los nombres más extremos para llamar la atención del comprador púber, y su estética va a juego. Los músicos son imposibles albañiles vellosos con trajes Galáctica y mostachos Nietzsche, el epítome de la androginia fallida: a más cardados y rímel, más machotes. Solo hay que ver fotos de Mud o Sweet, fornidos empleados de mudanzas embutidos en trajes del Comando G. Le partirían a usted la cara en un santiamén, y luego irían a limarse las uñas. En ocasiones los grupos adoptan un guiño lo menos sutil posible en un esfuerzo por destacar en el mar de mallas: Hector (niños con pecas pintadas), Pantherman (un fulano vestido de pantera). Streakers (en pelota picada) o Zappo (superhéroe loco). Y así, cientos. Wired Up! acierta al afirmar que por cada Slade había mil bandas de segunda fila, y todas ellas tendrían sus tres minutos de fama en las discotecas y futbolines de Bélgica, Holanda o España. Durante seis años, aquellos maromos mazas con peinados medievales y pantalones prietos cantando “Teenage rampage” eran lo más popular de Europa. ¿Y ustedes me dicen que llegó el punk para salvarnos del aburrimiento? Kiko Amat

(Este artículo se publicó originalmente en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia, febrero del 2013. también fue recopilado en Chap Chap; una antología confesional (Blackie Books))