Décima Víctima era música pop

R-2591877-1292179678.jpegDÉCIMA VÍCTIMA

S/t (3LP boxset)

Munster Records 2011 (grabaciones de 1981-1983)

A no ser que uno sea seguidor acérrimo de la brigada del oscuro gabán, el encanto de Décima Víctima no se materializa así, a la primera de cambio. Los fans del pop solar nos vemos obligados a mirar más allá, brincar por encima de algunos de sus (dignísimos) referentes o aparentar no haber reparado en lo de “Sumido en la depresión” o “El vacío”. Es entonces, despojados de nuestra cota de malla de atolondrados prejuicios, cuando nos enfrentamos a la terrible verdad: esto es pop, a pesar de todo. A pesar, incluso (me temo), del propio grupo.

Décima Víctima eran un grupo madrileño compuesto por Carlos Entrena, ex-Ejecutivos Agresivos (parece increíble: del “Mari Pili” a “Más allá del silencio” en un par de amortajados pasos), y dos hermanos de sangre vikinga y alma de fiordo, Lars y Per Mertanen (anteriormente en Cláusula Tenebrosa, quizás el nombre de grupo más fúnebre del siglo). Cuando jubilaron la inefectiva (por primitiva) caja de ritmos se les uniría el batería, Jose Brena. El grupo alcanzó a publicar dos álbumes (el debut homónimo y Un hombre solo), dos EPs, dos sencillos y un maxi entre 1981 y 1983. Su dirección musical se orientaba hacia Bauhaus, Killing Joke, Joy Division o los primeros Echo & The Bunnymen; es decir, grupos con un alto índice de siniestralidad, pose de estar esperando a Godot (o jugando al ajedrez con la parca), luto integral, congelación melódica y una lírica existencialista que parecía inspirarse en al menos seis de las diez posibles razones para la tristeza de pensamiento de Steiner.

Décima Víctima se aplicaron, pues, a ser igual de sombríos y cariacontecidos que dichos ídolos, consagrándose al poco tiempo como grupo epítome del abatimiento espiritual español (con el permiso de Parálisis, Derribos y los primeros Gabinete). Carlos Entrena cantaba sentado, como un crooner asténico al que hubiesen comunicado un terrible accidente en la familia, y los suecos evitaban todo tipo de movimiento, brusco o de cualquier intensidad, en el escenario. Debieron parecer dos muñecos de cera, fruncido el sajón ceño e impasible el ademán (cuenta la leyenda que en la calle la gente solía tomarles por mormones) acompañados por un agente de seguros maníaco-depresivo con un aire a Alexei Sayle. Todos envueltos en trajes pulcros pero discretos, como burócratas-espías, como oficinistas de la RDA, buscando pasar desapercibidos en su respetabilidad; estilo Josef K, o mods de los sesenta, como prefieran.

https://i2.wp.com/lafonoteca.net/wp-content/uploads/2008/03/DecimaVictima.jpgPara los pop-optimistas y fans de Novos Baianos o la Motown que ya están amenazando en calzarse pantalones de tenis y tomar el primer avión a Río (buscando precisamente escapar de grupos como Décima Víctima), he de apresurarme a asegurarles que, después de todo y si le arrancan el pesado chambergo gris a Entrena, su estilo no es tan disimilar a la canción “oscura” que tenían todos los grupos de pop, post-punk y garaje de los ochenta. Exceptuando el ocasional salmo auténticamente grave a 2’5 rpm (como la espesa “La voz que me persigue”, de su primer disco), en muchos cortes la banda se acerca a los Cure del “Grinding halt”, Lack of Knowledge, los Pere Ubu más cantables (pero menos rock’n’roll), los Joy Division del “Disorder” y –muy especialmente- los New Order del “Procession” o “Dreams never end” (¿y quién no ha bailado el “Dreams never end”?). O sea: pop. Pop raro, pop con tortículis, pop torcido, cortante y angustiado, pop agujereado en el menisco con punteos martilleantes a lo Bernard Sumner; pero pop pese a todo y caiga quien caiga. Una música pop ambientada en calles ventosas de Varsovia, inspirada por lecturas de alemanes hundidos y enfermos, una música pop que acarrea valores de un pasado muy lejano (los 30’s, los 50’s) y que mira hacia el futuro con una mezcla de disgusto y resignación (aunque utilizando sus aparatejos espaciales). Canciones deprimidas cantadas sobre las ruinas de un imperio que le hacen a uno sonreír, por su fatalismo, empatía y coraje. Es la alegría que da la admisión de la debacle venidera: pase lo que pase, al menos no moriremos engañados.

En los tres discos topamos con hits tan rotundos como amplios y espaciosos. Hits nórdicos, tiritantes como un príncipe danés aquejado por la duda y la culpa, hits de un planeta más alejado del astro rey que el nuestro, pero –insistimos- hits aquí y en China. “La frontera perdida”, pese al simpático falso desenchufe del final de la canción (¡Se ha ido la luuuuuz! Ah, no, que es del disco), “Desarmado” (suban el pitch si se atreven: se enfrentarán a puro ye-yé esquimal), “Noctámbulo” (los Shadows tocando beodos en un cabaret en 1933, a la caída de la República de Weimar; con Alesteir Crowley a la voz), “Fe en ti mismo” o mi favorita “Almas perdidas” (cuyo estribillo prosigue diciendo “vagarán con el dolor”, ¡Viva la juerga!) son todas espléndidas canciones de música popular caucásica, muy blanca, llenas de guitarras reverberantes, agudos insólitos, ecos cavernosos y armonías cristalinas y delicadas, carentes por completo de negritud o calidez danzatoria.

Por fortuna no escuché todo esto en 1986, en mi adolescencia; no habría sabido apreciarlo ni por donde cogerlo, como si fuese algún plato exótico hecho de extraños mariscos punzantes. Considero un gran privilegio escuchar esto hoy por primera vez, a mis cuarenta, cercano el reúma, el estreñimiento crónico y la imparable putrefacción celular, familiar la derrota, el oprobio y la vergüenza, así como la conciencia terrible del “momento inútil”, lo perecedero de la belleza física y lo esquivo del éxtasis.

Paradójicamente, la música de Décima Víctima suena hoy tan hermosa, pura, inusual y fría (así como responsable y sobria, tremendamente adulta) que le pone a uno la mar de contento; pese a que el grupo insista en continuar susurrándonos al oído con aliento de cripta: “duele ver las huellas de la crueldad del tiempo”. Así pues, no queda más que celebrar -con voz queda, fados en el transistor y mirada melancólica; nada de matasuegras o vino espumoso-  a uno de los grupos más singulares de los ochenta, reeditados hoy en vinilo con extrema elegancia (y un LP extra de singles y temas inéditos) por los fieles camaradas de Munster Records. Kiko Amat

(A petición de un lector muy simpático que escribe desde Buenos Aires, recuelgo esta pieza sobre Décima Víctima y el triple disco epónimo, que escribí para la pasada encarnación -ya cadáver- de este blog, y que por tanto no podía leerse en ningún otro lado. Que yo sepa. Tampoco he investigado, la verdad. En todo caso, aquí está. De nada)

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