La canción del viernes #33: ACCIDENT “Leaders of tomorrow”

Major Accident eran más de pueblo que un azadón, y su schtick era, como puede verse, el rollo Naranja Mecánica.  Sus singles como Major Accident me gustan, y su etapa Accident -algo más tardía- me pirra. Es un poco afterpunk y de lo más sombría, un poco como los penúltimos Blitz o los Tube Babies del Frogs. “Leaders of tomorrow”, versión álbum de 1984 (que acaba de reeditar Daily Records para su disfrute aural), me e-m-o-c-i-o-n-a. Especialmente el momento instrumental a lo “Complete control” del medio. Y los coros de “Never believe all is lost“.

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Mark Kozelek: no disparen al bocazas

Esta es la pieza que escribí a modo de previa del concierto de Mark Kozelek / Sun Kil Moon. Se publicó en El Periódico el pasado martes.

El concierto fue raro. Me gusta que mis artistas favoritos efectuen cambios de rumbo (de hecho, es su obligación), pero eso no implica, naturalmente, que dicho rumbo tenga que ser de mi agrado.

Lo que hizo mi MÚSICO FAVORITO VIVO en el Fabra i Coats era una suerte de poesía beat con desmelene freak y jam flipada al modo San Francisco 1968. Una mezcla de aquellos inescuchables discos spoken word de Jim Carroll y Lydia Lunch donde alguien gritaba cosas sobre lo buena que era heroína y lo mierda que era Dios mientras un tísico tocaba las congas detrás + Grateful Dead probando sonido. Solo que no era nada de eso, sino MI Mark Kozelek. Con un faristol.

Otra cosa: los fans respetamos que Kozelek nunca toque canciones antiguas. Esto no es una orquestina de camping. Dicho esto: ¿hacía falta tocar solo canciones compuestas seis días antes? ¿O en el p*** avión, como el propio artista confesó haber hecho en el caso de su desconcertante panegírico a David Cassidy? (sí, Kozelek: todos sabemos quién leches es. No es un problema de traducción).

Yo iba dispuesto a derramar lágrimas, y lo hice, solo que no por las razones esperadas.

Lo mejor de la noche: los chupitos de ratafia. Y la organización. Y el batería, que había estado en Sensefield (tuve que controlarme para no ir a hacer el grupi).

Suggs en Barcelona: crónica de un descalabro

 

Kiko Amat

Hace unas semanas me encargaron entrevistar a Suggs, el cantante y líder de la banda inglesa Madness, para una nueva edición del festival de documental musical In-Edit. El músico visitaba Barcelona con ocasión del estreno mundial del filme Suggs: my life story.

Les seré sincero: yo no quería hacerlo. Tras dos años de reclusión literaria había desarrollado una fobia patológica a hablar en público y vestía el pijama como una segunda piel. Por añadidura, un par de meses atrás había prometido (por alguna estúpida razón) que no iba a cortarme el pelo hasta que sucediera una cosa, y la maldita cosa se había demorado. Para cuando llegó la invitación de In-Edit yo ya hacía mucho que había dejado de estar presentable en sociedad. Llevaba una barba leprosa, tupida solo a trozos, como un campo de hierbajos a medio quemar; un bigote me ocultaba media boca; y aquel pelo abultado y ridículo, peinado en ondas hacia atrás, que me daba un cierto aire al Moisés lunático de Charlton Heston.

Al final les dije a los de In-Edit que de acuerdo, que iría. Son amigos, y yo necesitaba con urgencia el dinero. Cuando llegó el día de la cita me puse una americana bastante barroca que hacía años que no llevaba, de mi lejana época mod, quizás tratando de paliar el desatino capilar. Me observé en el espejo: el conjunto clamaba a gritos “enfermo mental”. Tal vez mi apariencia explique las cosas extrañas que me sucedieron aquel día. Quizás Suggs se sintió insultado por mi pelo. Quizás le turbaba hablar con un tío sin labios, cuyas palabras emergían de detrás de una muralla de cerdas impeinables.

El encuentro

Aquella mañana de octubre la cita me hacía ilusión. Madness habían sido un grupo fundamental de mi adolescencia, allá por 1986-1987. Madness encienden todavía un anhelo que, como decía (más o menos) el Falconer de John Cheever, empieza en mi estómago pero mis células cerebrales traducen para mi corazón, mi alma, mi mente, hasta llenar todo mi cuerpo. ¿Es eso demasiado meloso? Lo cierto es que Madness son mi juventud, y yo amo a mi juventud. Algunas de sus canciones, como “Bed and Breakfast man” son mis dieciséis años. Mis dieciséis están compactados allí, y escucharlas de nuevo es descodificarlos, revivirlos en el presente.

https://i2.wp.com/thebritishsubcultures.com/wp-content/gallery/suggs-madness/suggs-outside.jpgTodo esto para decirles que, bueno, yo fui fan de Madness. Me dispuse a conocer a Suggs armado de un vigoroso estado de ánimo. Me sentía expectante por las posibilidades de la jornada. Incluso llevé a nuestra cita un single de regalo: una copia del “Lo consigues”, aquella versión del “You can get it if you really want” que hicieron los venezolanos Las Cuatro Monedas para Belter en 1970. Mi único ejemplar. Pensé que alguien como Suggs sabría apreciarlo.

La furgoneta de Suggs y su séquito llegó al hotel a las 15:30. Se abrieron las puertas y los siete u ocho ingleses que había dentro se precipitaron hacia la acera como un vómito. Un vistazo experto me sirvió para atestiguar que Suggs ya iba borracho. No alegre. Pedo. Realicé un rápido cálculo mental para comprender cómo alguien que había estado encerrado en el interior de un gran cilindro volante de metal durante dos horas, y que había salido de su casa a las diez de la mañana, podía llevar aquella toña criminal. Las palabras “servicio de bar” y “asiento de 1ª clase” parpadearon en mi mente como el ominoso cartel de una casa de furcias.

Suggs no llevaba un vaso en la mano cuando salió despedido de la furgoneta, o tal vez sí. En cualquier caso a los pocos segundos su zarpa derecha ya sostenía un ron con cola nuevecito. Quizás era mago, además de cantante. Quizás tenía el superpoder de la velocidad, como Flash. O quizás solo era un superborracho con supersed, y los integrantes de su séquito lo sabían y le mantenían superempapado.

Suggs llevaba zapatos brogues, cazadora cortavientos con cremallera, gafas oscuras. Encadenaba cigarrillos que iba liando tras depositar el cubata en cualquier sitio, encima de un buzón o en la cabeza de alguien. Unos fans se le acercaron para que les firmase discos. Hablaban un inglés básico que ya hubiese resultado complicado para un ciudadano británico sobrio, así que es posible que Suggs no entendiese qué deseaban aquellos tipos, ni por qué extendían hacia él todos esos álbumes. De Madness. Señalando a un rotulador y asintiendo con los mentones. Al final, Suggs comprendió. Firmó de mala gana el par de discos, gruñó algo que no llegamos a traducir, y realizó un par de pasos de baile al estilo Nutty. O eso creí en un primer momento. Luego entendí que tan solo había sido un traspié alcoholizado. Lo culminó apoyándose en el buzón.

– Sé que es un cliché, pero ayer vi un video de Bob Marley… -balbuceó, mirando al infinito, dirigiéndose a toda la calle- Fue la hostia. Bob Marley, tío…

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Cuando aún estaba yo asimilando la información crucial que acababa de impartírseme, me lo presentaron. El manager no dijo literalmente que yo era un subnormalito que pasaba por allí, pero lo dejó entrever. Añadió que además tenía algo para darle y que estaba “muy excitado” por hacerle aquel regalo (poco antes yo había cometido el error de mencionarle lo del single). Suggs me miró y sonrió. Luego examinó el disco de regalo durante mucho rato, tal vez intentando recordar si él había tocado en una banda de negros venezolanos en 1970, y si debía o no firmármelo. A los pocos minutos, habiendo comprendido (o no) lo que era aquello, trató de embutir el delicado pedazo de vinilo en el bolsillo lateral de su (más bien prieta) cazadora. Escuché de forma nítida el sonido del cartón arrugándose al penetrar allí. Mientras efectuaba la operación se le cerró un ojo (se había sacado las gafas para examinar el disco). Volvió a sonreír.

Yo empecé a hablar de forma torrencial para inundar de contenido aquella embarazosa situación. Es un tic que sufro. Le conté que el pub centenario que aparecía en el documental, el mítico The Blue Posts de Berwick Street, Londres, era el mismo a donde yo iba a abrevar cuando vivía en la ciudad. Le conté que mi barrio de entonces era Archway, muy cerca del Camden de su adolescencia. Tal vez le dije también que me habían extirpado el apéndice a los seis años, y que mi color favorito era el burdeos. No lo recuerdo. Sé que yo escuchaba el incesante borboteo de mi propia voz, y que él miraba, entre confuso y fascinado, hacia el lugar piloso donde debería haber estado mi boca.

El periplo

Al cabo de un rato interminable, el mánager tomó el single espachurrado de la mano de Suggs (“mejor te llevo yo esto” fueron sus reveladoras palabras) y nos condujeron a la furgoneta que nos transportaría al lugar de la primera charla, la tienda de gafas Etnia, situada en el Born. En el vehículo iban un par de miembros de la organización de In-Edit, el mánager de Suggs, el cineasta Julien Temple (director del documental, aunque nadie le hacía demasiado caso) y, silla con silla, Suggs y yo. Suggs llevaba el roncola de antes, o tal vez uno distinto, y seguía liando cigarrillos como un Lucky Luke enloquecido. De vez en cuando daba voces, volviéndose hacia el mánager.

– ¡Quiero anfetaminas! -gritaba, escupiendo un poco, las gafas de vuelta a sus ojos- ¿Quién me consigue anfetaminas? Esas dulces anfetaminas…

Alguien mencionó que sería un poco complicado conseguirle anfetaminas a esas alturas del partido, y con la República Catalana recién declarada. Las calles estaban abarrotadas de gente con banderas independentistas. Todo el mundo cantaba y reía. Puigdemont acababa de anunciarlo en el Parlament, pero no había mencionado en ningún momento el papel que tendrían los estimulantes farmacéuticos en el nuevo país.

– ¡Pues cocaína! -exclamó Suggs, con admirable pragmatismo.

Alguien de su propio séquito le comentó que se haría lo posible. Eso le puso de un humor excelente. Se puso a mirar por la ventana mientras liaba un nuevo cigarrillo y sembraba sus muslos y zapatos de hebras.

– En Inglaterra también tenemos de esto -dijo, volviéndose hacia mí, frunciendo un poco el ceño- El I.R.A., y todo eso. Bombas. ¡Una revuelta! -berreó en mi cara, y luego hacia la ventanilla abierta, carcajeándose- ¡Esto es una REVUELTA! ¡LIBERTAD!

Estuvo así un buen rato. Las estelades ondeaban tras su perfil. Él seguía riendo como un enajenado. De tanto en cuando mascullaba para sí mismo “Bob Marley, tío” y yeh yeh yeh, como dándose la razón, o dándole la razón al mundo, o jaleando al mundo, o jaleándose a sí mismo. O a Bob Marley. Es imposible saberlo. Luego se acordó de la presencia del gilipollas barbudo, y me preguntó que sobre qué escribía yo (el manager le había soplado también que yo era escritor). Le hice el resumen biográfico más breve de la historia de la humanidad. Cuatro palabras, a decir verdad.

– Yo no podría hacer eso -me dijo, entre solemne y apesadumbrado, como el César a punto de soltar una máxima que en un par de siglos la gente leerá en un libreto de Shakespeare- Yo no podría escribir sobre la vida en lugar de vivir la vida, ¿comprendes?

Un velo se descorrió ante mis ojos. La neblina se deshizo. Comprendí de repente con quién trataba, en qué se había convertido Suggs, y tuve una fugaz revelación de lo que iba a suceder aquel día y cómo iba a terminar la noche. Sentí el viejo escalofrío premonitorio en el coxis, y cambié de tema a toda prisa. Le comenté, por decir algo, que Fats Domino había fallecido ayer. Eso encendió una luz de inocencia en sus cansados ojos, y sus cejas se levantaron. Por un momento parecía un niño. Un niño borrachísimo. Entonces procedió a ponernos canciones de Fats Domino a todo volumen en su móvil, y a cantarlas a berridos hasta que llegamos al Born. La mayoría de calles estaban cerradas. Fue un trayecto largo.

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La entrevista

La estancia del tercer piso de la tienda Etnia estaba llena de fans cuando llegamos. Algunos eran menores de edad, lo que me puso de un efímero buen humor. También había cuarentones, y unos cuantos skins que hacía tiempo habían dejado la treintena atrás. Buenas vibraciones.

Suggs decidió defecar en ellas de inmediato. Se enfundó el proverbial traje de prima donna y empezó a (lo que en nuestro país llamamos simplemente) hacer-el-notas. Se lio un nuevo cigarrillo, justo debajo de la alarma antiincendios. Cuando las joviales azafatas de la tienda le conminaron a que no lo encendiese y redujera a cenizas el precioso material gafesco que nos rodeaba, Suggs asintió, magnánimo, y se dirigió al pequeño balconcillo del fondo. Era fácil precipitarse al vacío desde allí. Cerré un momento los ojos; los volví a abrir. Suggs seguía entre nosotros. Encendió su liadillo y empezó a realizar aspavientos grandilocuentes y a gritar LIBERTAD a la calle. Al pueblo catalán en pleno, quizás. Tal era el poder de su voz.

Tras varias súplicas de la organización, accedió a ser entrevistado. Se sentó a mi izquierda y empezó a liar el sexto cigarrillo. Le trajeron cerveza. Yo pedí otra para mí. Sería ocioso relatarles cómo transcurrió la entrevista entera, así que les daré un ejemplo tomado al azar:

YO: Suggs, tu banda tiene reputación de jovial y divertida, con los videos humorísticos y las letras cómicas, los disfraces y todo eso, pero lo cierto es que hay una vertiente más sombría en Madness. Muchas de vuestras canciones eran tristes y oscuras: “Embarrassment”, “Grey day”, “Tomorrow’s (just another day)”…

SUGGS (bizqueando ligeramente y dirigiéndose a la audiencia): El otro día vi un video de Bob Marley… Ermm… Increíble. Esa gente… John Lennon, Bob Marley… La música de la gente. La gente. Lennon. Marley… (poniéndose en pie y dirigiéndose al balcón) ¡LIBERTAD! (carcajada, calada, regreso tambaleante al sillón, reparando en mi presencia quizás por primera vez). ¿Qué decías?

Xerrada amb el cantant de Madness Suggs i el periodista Kiko Amat dins el festival In-Edit
1230#Oriol Duran

Así durante cuarenta minutos. Largos. Quizás más. El tono de su voz y su lenguaje corporal se iban volviendo más hostiles según avanzaba la charla. Sé por mis propias carencias que todo borracho entra, en un momento particular de la parranda, en una fase de paranoia. Crees que la gente te mira mal; cualquier frase que te dirigen es una puya; quieres otro trago; la gente es imbécil y tú tienes la súbita certeza de que eres el puto amo y que el planeta te debe pleitesía -ofrendas, incluso- pero que una conspiración de poderes fácticos te niega lo que es tuyo por derecho. Esos hijos de puta…

Suggs se adentraba con paso firme en aquel nuevo estado, que por otro lado uno debe multiplicar por ciento si el curdas en cuestión es inglés, una raza de innato talante violento. En su mente se empezaron a amontonar, tal vez, algunos agravios de la prensa inglesa que tenían décadas de antigüedad (la polémica de “Madness son racistas” que empezó algún semanario musical de la época en 1979), y su mirada se volvía más y más torva.

Como Jason Bourne, sé detectar de inmediato la animosidad de mi entorno. Mis sentidos, aguzados en la subcultura 80’s de extrarradio, captaron de repente que Suggs estaba predispuesto negativamente hacia mi persona, tal vez por sutiles indirectas como esta:

– La música de la gente… No de la prensa… Ermm… Ni de putos intelectuales aburridos como -señalándome con el pulgar- este de aquí.

Fue un comentario chocante. Del todo innecesario, en mi opinión. Levanté las cejas. Me tembló de forma muy leve el labio inferior, pero por fortuna el bigote lo mantenía oculto. Sonreí, abochornado, y a modo de contestación escupí algún comentario bobo sobre los “malditos jipis” (a esto en mi pueblo se le llama “desviar el puñal”; es cuando rediriges un insulto lejos de ti para que pille otro; quien sea). La charla continuó durante un rato más, con un Suggs cada vez más abusón, un entrevistador empezando a sentir el viejo apetito homicida, y un nuevo reguero de incoherentes panegíricos a los Bob Marleys del mundo, las libertades del pueblo y la cultura sencilla de la gente de la calle.

Terminó. Suggs se puso en pie. Julien Temple, que se había incorporado a la charla en los últimos diez minutos para no decir ni pío, también lo hizo. Cuando se metían en el ascensor para regresar al hotel me preguntaron si bajaba con ellos. Por poco se me escapa una carcajada. Decliné amablemente la invitación. No dije en ningún momento que prefería un enema de ántrax a la compañía de aquel caballero intoxicado y faltón.

Cuando me volví, el ascensor ya camino de la planta baja con todo el séquito a bordo, en la sala quedaban solo unos cuantos skinheads maduros. Les conocía de vista, de lejos, pero siempre he disfrutado de la compañía de los skins. Les tengo una flaca tremenda. Además, estos resultó que eran lectores míos. Se habían leído incluso mis bazofias (ellos no lo expresaron así). Nos fuimos juntos a un pub a tomar Guinness y ver las noticias internacionales sobre la República Catalana. Fue, sin el menor asomo de duda, el mejor momento del día.

El espectáculo

Suggs estaba allí, en la puerta del CCCB, apoyado en una tapia, acompañado de su mánager. Estaba claro que en el hotel no había descansado ni una pizca, aunque sin duda algo había sucedido en el ínterin. Sus ojos enfocaban con una nueva precisión demente, pero su boca no había podido desembarazarse del todo del zapato que la ocupaba desde su llegada a Barcelona. Resultaba difícil comprenderle. Liaba un cigarrillo tras otro, le susurraba cosas con la boca torcida al mánager y se veía a distancia que estaba en proceso de perder el oremus. A pasos agigantados.

No escuché mucho. Yo había perdido todo interés en aquel sujeto. Es terrible ver a alguien maltratando su talento así. Cuando el pase del documental estaba a punto de dar inicio, Suggs y su mánager se dirigieron hacia el CCCB, yo en la dirección perfectamente opuesta. Tomé una cerveza en el C3Bar con unos amigos que me contaron varias anécdotas delirantes sobre invitados a festivales españoles que se habían comportado como cerdos.

Llegó el momento del espectáculo de Suggs. Me dirigieron a su camerino y me dejaron a solas con él. Se suponía que aquella persona tenía que cantar cinco o seis canciones y contestar a preguntas del público, pero el músico no parecía estar en condiciones de hacer nada de aquello. Tenía la cara muy roja, su conversación se había reducido a una serie de bufidos y sinsentidos, seguía liando cigarrillos y desperdigando el tabaco en un radio de medio metro a su alrededor. Supe que aquel era el momento para empezar a sacudirle sopapos a mano abierta, dorso y palma, dorso y palma, como en la escena de la histeria de Aterriza como puedas, pero no me vi capaz. Por comatoso que estuviese, aún me sacaba un palmo y de joven había sido hooligan del Chelsea.

Mientras yo dudaba, Suggs metió su mano en el bolsillo y sacó de él un objeto familiar. Depositó entre pulgar e índice una proporción descabellada de la materia que transportaba aquel objeto. Me miró. Yo le miré. Era como un desafío de western, pero con otras armas. Con uno de los participantes desarmado, de hecho. Igual que en El hombre que mató a Liberty Balance.

Suggs desenfundó rápido. Demasiado rápido, tal vez. Se escuchó un snurff pavoroso que recordaba a un jabalí descubriendo una jugosa trufa en un bosque caducifolio. Una buena parte de la materia se distribuyó alegremente por la cara de Suggs. Nariz, mejilla, una sección del labio. Justo entonces Suggs, sin dejar de mirarme, abrió la boca y (lo juro por Dios) dijo:

– Bob Marley, tío…

Vinieron y se lo llevaron. No a un psiquiátrico o a un balneario, que hubiesen sido las opciones más beneficiosas y sensatas para él, sino al escenario. Lo demás sucedió muy rápido. El guion oficial dictaba que Suggs tenía que esperar a que llegara su pianista, pero el hombre tenía otras ideas. ¡Suggs no espera a nadie! (le espetó, sin duda, su cerebro destruido). Se encaramó al escenario como buenamente pudo, se acercó al piano y empezó a aporrearlo sin ton ni son. No me refiero a que lo tocó sin sutileza, como Jerry Lee Lewis. Lo que quiero decir es que tocaba como un niño de teta a quien dejas junto a un pianito de juguete por primera vez, sin que llegue a sonar jamás ninguna nota conocida.

It must be love -aullaba, de tanto en cuando.

L-O-O-O-O-VE -respondía la audiencia del teatro, que aún creía que aquello era una inocente broma del cantante, y que el concierto de verdad empezaría en breve.

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En Barcelona no estaba así

No fue así. La cosa continuó de ese jaez durante unos buenos diez minutos, en los que algunos tomamos conciencia por vez primera del concepto “eternidad”. Se encadenaron nuevas referencias, ya incomprensibles, a Bob Marley y la música de la gente. Siguió la peor versión jamás realizada del “Baggy trousers”. El escalofrío en mi columna se había tornado espasmo, luego parálisis. Mis congelados pies me instaban a salir corriendo de allí a toda prisa, volver a mi fiel pijama y no mirar atrás. Pero el destino me deparaba otra cosa.

Los de la organización, tratando de salvar los últimos muebles que aún no estaban en llamas, me lanzaron a empellones al escenario a inaugurar la sección de preguntas del público. Subí allí como tantos otros hombres han subido al cadalso, arrastrando los pies y mirando al vacío. Viendo mi vida pasar ante mis ojos. Micrófono en mano. Julien Temple me acompañaba, pero seguía sin hablar. Tal vez había hecho algún tipo de voto de silencio. Tal vez sabía que todo lo que iba a suceder aquel día iba a atormentarle el resto del sus días, y prefería mantener la boca cerrada, por si las moscas y por indicación de su abogado. Jamás lo sabremos.

Tomamos asiento. Los tres. Suggs no parecía comprender qué rayos hacíamos nosotros dos en su show, pero parecía entretenido por la novedad. Ya se tambaleaba a ojos vista, y eso que estaba sentado. Yo, con un nudo en la tráquea y lleno de pesar, me puse en pie y pregunté si alguien del público tenía preguntas para él. Una mujer de mediana edad con peinado skinhead le preguntó, con léxico inglés pero pronunciación inequívocamente catalana, algo relacionado con la palabra RACIST. Suggs contestó algo que sonó muy parecido a “Bob Marley”, y luego algunos enigmáticos vocablos. El siguiente miembro del público, un señor de Escocia con la cabeza afeitada, el cuello muy ancho y camiseta de fútbol, hizo alguna pregunta sobre el deporte rey. Suggs blasfemó, riendo, e hizo referencia a la pregunta de aquel “puto escocés”. Luego contestó algo que ni me molesté en escuchar.

Entonces se hizo un silencio temible, del tipo que precede a las grandes catástrofes. En un lateral de la platea, el mánager agitaba mucho los brazos y, mirándome, señalaba a Suggs. Parecía alarmado. Julien Temple también me miraba, impávido, sin separar los labios en ningún momento.

– Venga, pregunta algo, puto cara de… -me dijo Suggs. En voz bien alta.

Se escuchó un grito ahogado en el público, entre el que se contaban varios ingleses. Fue como una bocanada multitudinaria.  El AHhhhh que realizas cuando alguien acababa de soltar un chiste de Stephen Hawking al lado de un fulano en silla de ruedas. Los ingleses pueden ser unos bárbaros, sin duda, pero para ellos la mala educación es ofensa capital. Insultar a tu entrevistador y llamarle cara-de-algo (lo cierto es que no escuché la palabra culminante, pero estoy convencido que no era nada halagador, como “cara de ángel”) es una cosa que allí no se hace. Dicho esto, Suggs no estaba allí, sino aquí, en su Lloret particular.

Justo entonces debería haberme puesto en pie y, tras lanzarle a Suggs el micrófono a la nariz con toda la fuerza posible, abandonar el escenario. Pero no lo hice. Ya dije que necesitaba el dinero, y pensaba que mi obligación era llevar aquel desagradable asunto a su única conclusión posible. Tragué saliva.

– Bueno, contadnos cómo os conocisteis -dije, con un hilo de voz- Cómo se f-fusionaron…

No sé por qué carajo dije aquella palabra inglesa (coalesce). Es un poco altisonante, la verdad. Me salió así. En cualquier caso nunca terminé mi pregunta. Los dos repitieron mi palabra (Temple decidió romper su silencio en aquel preciso instante), “coalesce”, se miraron el uno al otro y se echaron a reír, aunque era una palabra que existía en su idioma y yo la había pronunciado de un modo impecable. “Coalesce”, se dijeron el uno al otro un par de veces más, mirándome como se mira al imbécil que lleva la bragueta abierta en pleno discurso oficial y aún no se ha dado cuenta.

Sin contestar, Suggs se puso en pie, se dirigió al piano y, tras arrearle una serie de manotazos, volvió a berrear:

It must be lo-o-ove…

L-O-O-O-O-VE -le replicó el público, aunque con mucho menos entusiasmo que la primera vez.

Me puse en pie, deposité el micrófono encima de una mesita, atravesé el escenario y descendí la escalera. Abrí la puerta del camerino. Cuando se cerraba, aún le escuché gritar una vez más.

It must be lo-o-ove…

(este artículo es propiedad de Kiko Amat. Compártanlo a placer)

 

Kiko Amat entrevista a MARY KARR: “Nunca tuve la habilidad de ser “normal”.

Entrevista Mary Karr, autora de El club de los mentirosos, uno de los más grandes libros de memorias, admirada por Stephen King y Lena Dunham, habla con Cultura/S de rareza, decir tacos, salud mental y “mantener la gilipollez”.

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“Suéltalo, suéltalo / no lo puedo ya retener”. Perdón por citar Frozen, pero la cosa va de soltar lastres. Mary Karr lo afirma en el prólogo a sus memorias familiares El club de los mentirosos (Periférica & Errata Naturae): “comprobamos que las heridas cicatrizaban mejor si las dejábamos al aire”. Su libro fue como la corriente que ventila los olores a cerrado, gases y medicinas, del dormitorio de un enfermo. Aunque a menudo las historias de familia se escriben con la intención de saldar cuentas, Mary Karr se enfrentó a los demonios domésticos sin ánimo de venganza. Buscó, por el contrario, escribir una “carta de amor a mi imperfectísimo clan”.

El club de los mentirosos es como una estatuilla tallada a partir de un quiste. La pesadilla de un niño que desactivas con dos bromas y un besote. Leí El club de los mentirosos hace años y supe al momento que no volvería a leer unas memorias tan extravagantes y a la vez tan realistas, humanas, llenas de humor y ¿qué-le-vas-a-hacer-eh? Mary Karr nos lo cuenta aquí, entre carcajadas y cláxons de fondo.

Una de las fuerzas motoras de tu libro es lo que defines como “el poder de lo raro”. La calidad de la extrañeza, primero como estigma familiar y luego como blasón.

Lo raro es un generador clave de las artes, pero también forma parte de la vida cotidiana. Mi familia tenía ese glamur extraño. La palabra “glamur” viene del irlandés, y significa “de las hadas”. Mi familia tenía un aire de ser de otro mundo. Por añadidura, me importaba una mierda lo que los demás pensaran de mí. No tenía ninguna noción de decencia o corrección.

Al contrario que tu hermana Lecia, según vemos en el libro.

Ella sí era muy consciente del qué dirán, y mira: ha terminado de republicana y votante de Trump. Supongo que yo desarrollé esa actitud de indiferencia insolente como un modo de protegerme del comportamiento escandaloso de mi madre. No es que lo normalizara; seguía siendo consciente de que éramos raros. Tanto mi padre como mi madre eran forajidos. Incluso mi padre, que carecía de las veleidades artísticas de mi madre, era un tipo singular. Aguantó a mi madre durante muchos años, lo que ya de por sí implica un espíritu férreo [ríe]. Escogió a una mujer como mi madre en una época en que eso no se hacía. Los “anestesiados cincuentas”, como los llamó el poeta Robert Lowell.

Tu madre no estaba muy “anestesiada”.

No. Para empezar, era muy divertida. Cuando yo era ya una joven madre, fui de visita a su casa y mi madre se ofreció a cuidar de mi hijo, que por aquel entonces debía tener unos tres años, mientras yo me iba a correr cada mañana. Duró un día. Al segundo día vino y me dijo: “¿Sabes qué? Esto de los niños no me va”. Yo le dije que si no cuidaba del niño, ni trabajaba, ni limpiaba, ni cocinaba, cuál iba a ser su aportación a la familia. Ella solo respondió: “La gente se lo pasa bien conmigo”. Cuando uno no tiene conciencia y es narcisista puede convertirse en un muermo, pero mi madre era muy curiosa. Le interesaba el mundo. Y era muy caprichosa; jamás sabías cuál iba a ser su próximo interés, lo que aportaba un constante elemento de novedad a vivir junto a ella. Algunos días era aterrorizador y otros muy divertido. Era una mujer muy singular.

Ese carácter rebelde, beatnik y friqui, de tu madre habrá influido en tu visión artística.

Una familia de raros es una buena escuela para el arte. Vivía en un pueblo obrero pero leía todo el día y mi madre ponía arias a todo volumen. La casa estaba llena de libros. Leía teatro y poesía. En mi pueblo, hacer cosas así era como hablar en urdu. Era un lugar muy provinciano. Y no solo se trataba de mis lecturas: yo tenía una gran vida interior y mucha imaginación. Aunque quizás hubiese terminado siendo la misma friqui en una gran ciudad.  Mi hermana, desde muy niña, se hacía un peinado con trenzas que era casi un casco. Yo la veo así: como envuelta en una armadura. Ella respondió al caos de mi casa volviéndose organizada y estable y decente de un modo casi militar, pero yo sabía que mi caso era inútil. Nunca tuve la habilidad de ser “normal”.

https://i2.wp.com/www.udllibros.com/imagenes/9788416/978841629153.JPGTu libro habla de la anormalidad como algo que celebrar.

Me proporcionó una desconfianza fundamental hacia cualquier sistema de autoridad. Lo que a su vez me otorga una forma perversa de maniobrar por el mundo. No muy útil. Digamos que no le caigo bien a todo el mundo. Pero no pasa nada. Alguien me dijo el otro día: “pero si a todo el mundo le gustas”. Yo dije que eso no era cierto. La gente se da cuenta de que estoy allí, no paso desapercibida, pero eso no quiere decir que necesariamente les guste cómo soy.

Hay algo sospechoso en la gente que siempre cae bien. Los tíos majos. O, peor, los artistas majos. Puag.

[ríe] Muy cierto. Picasso jamás habría ganado un concurso de popularidad. Tenemos que ser un poco capullos. Yo crecí en una casa llena de gilipollas, y me las arreglé para mantener esa gilipollez hasta que me convertí en adulta.

En el libro afirmas que tu pueblo, Leechfield, fue definido por Business Week como uno de los 10 pueblos más feos del planeta. Un poco severo, ¿no?

Mucha gente me pregunta si la gente de Leechfield se ofendió cuando escribí cosas como esas, y muchas de peores. ¡Todo lo contrario! De hecho, en el libro explico cómo el alcalde celebró lo de Business Week como si les hubiese tocado algo. La gente de mi pueblo sabe que el lugar es feo. Sabe que sus casas son baratas. Saben que aquello no es París. Que no van a instalar allí un maravilloso parque de atracciones un día de estos. El reciente huracán de hace unos meses lo inundó, para colmo. Llamar a casa tras el cataclismo me hizo recordar cómo habla la gente de allí. El lenguaje de mi tierra es un personaje del libro. Es una forma de hablar tan poética y hermosa…

En las culturas de clase obrera, una buena parte del ingenio va a la profanidad y la jerga.

Sí. Mi padre me enseñó a decir los mejores tacos. En el libro menciono a aquel socorrista zambo de mi pueblo del que yo estaba enamorada. Sus piernas eran tan curvas que la gente decía que “no podía atrapar a un puerco en una acequia”. Es una frase poética. Descriptiva y bella. Conjura un mundo en el que atrapar puercos en acequias es un quehacer cotidiano.

Hablabas de los “anestesiados cincuenta”, y es curioso como algunas de las prácticas del pasado parecen mucho más antiguas de lo que son. La amputación de tu abuela suena, como tú misma afirmas, “positivamente medieval”.

Fue tal y como lo describo. Una cosa atroz y prehistórica. E incomprensible. ¿Gas mostaza para un cáncer de pierna? Es de otra época. Lo mismo sucedía con algo tan sencillo como los divorcios. Nadie se divorciaba. La gente simplemente se odiaba durante muchas décadas [ríe].

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El bebé Karr (en carrito) con hermana mayor y madre

 Un tío tuyo cortó la casa por la mitad para no ver a su mujer.

Sí. Es un acto de una gran violencia visual. Pero por otro lado no había un camino de salida para nadie. En ese contexto tiene lógica. Era o eso o sufrir durante décadas.

La músico Viv Albertine me dijo una vez que las claudicaciones y concesiones que tuvieron que realizar la madres de los 50’s transformaron a sus hijas en feministas.

Sin duda. No sería escritora si no hubiese visto los padecimientos y esclavitudes de mi madre. También era una manera de que me prestara atención. Como mi madre leía libros, yo me puse a escribir libros, a ver si así reparaba en mí. Es muy triste, si te pones a pensar en ello. Por no decir inútil, ya que ella jamás le prestaba mucha atención a nadie, incluyendo a ella misma. Soy la hija de mi madre de muchos modos distintos. Cuando era más joven me aterrorizaba terminar loca como mi madre, y un día llamé a mi hermana para confesarle esos temores. Ella se echó a reír y me dijo que no me parecía en nada a mi madre. “Tú pagas impuestos”, me dijo, “No eres alcohólica. Tienes un trabajo”. Pero uno teme este tipo de cosas; heredar ese legado.

Estas memorias prueban el dicho “la realidad supera a la ficción”.

Sí. Y también el de “lo que no mata engorda”. Pero a la vez, como he dicho muchas veces, una familia disfuncional es toda aquella con más de un miembro. No puedes inventarte algo como lo de mi familia. Si llego a inventar todo eso, ahora tendría una carrea fabulosa como novelista.

El novelista Tim O’Brien está obsesionado con la idea de que las mentiras pueden contar mejor una verdad que muchos sucesos reales.

En una ocasión le dije a Don DeLillo que escribiese unas memorias, y él arrugó la cara como si le hubiese escupido una blasfemia. Los grandes novelistas saben contar la verdad a través de sucesos inventados. El propio DeLillo dijo: un novelista tiene una idea y se inventa una serie de acontecimientos para materializarla; una memoria, por otro lado, parte de una serie de acontecimientos y trata de descifrar lo que significan, la idea que hay detrás.

Opino que el éxito de unas memorias radica en contar sucesos terribles de un modo casual, sin histrionismo y con algo de humor.

Soy una gran fan de los profesionales de la salud mental. Llevo haciendo terapia de un modo semiregular desde que tenía veinte años. Todos esos sucesos terribles son algo casual para mí, ahora. Creo que casi siempre recordamos las cosas a nuestra manera, las empaquetamos de un modo que nos es conveniente. Y a menudo te desasocias de las cosas malas que te suceden; desconectas. Mucha gente cuenta cosas de esas con gran dramatismo, pero no puedo evitar pensar cuan dramáticas fueron de verdad en el momento de experimentarlas. Porque lo que solemos hacer es bajar el volumen.

¿Cómo se baja el volumen de dos abusos sexuales?

La mente se adapta a todo. A cualquier perversión y locura. Los abusos que mencionas me costaron menos de superar que el hecho de que mi madre quisiera matarme con un cuchillo de carnicero [ríe]. En términos de terapia, lo de mi madre conllevó mucho más trabajo. A una edad muy temprana decidí que iba a reclamar el poder que me habían quitado esos sucesos de mi infancia.

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Las hermanas Karr, Mary y Lecia, a los 17 y 19

¿Fue la escritura de El club de los mentirosos un acto terapéutico?

Escribir sobre ellos fue catártico. Regresar a esos hechos fue chocante. Lo reales que se volvieron al ponerlos en palabras… Tienes una doble sensación de resucitar a los muertos y a la vez controlar las cosas que te pasaron. No lo hice por mí. Además, en terapia tú pagas a alguien por poder explicar esto, pero en las artes alguien te paga a ti por hacer lo mismo.

Una pregunta personal: ¿sirve de algo la terapia? Siempre he pensado (quizás erróneamente) que no necesito pagar para que alguien me diga lo que ya sé.

Entiendo lo que quieres decir. Pero yo no aprendí nada nuevo sobre mí en terapia. No es como si tuviese recuerdos enterrados que salieron a la superficie o cosas así. A mí, en concreto, me sirvió precisamente para que alguien me dijese al fin: “Dios, eso que te sucedió es terrible”. Yo tenía muchas cosas tan normalizadas que fue un alivio comprender que eran raras, y dañinas. Vi que había una razón para el modo en que me sentía. Mi psiquiatra me dijo por primera vez cosas como “tu madre no debería haber hecho eso”. Alteró mi modo de ver mi infancia, que hasta entonces había sido “qué hice yo para que mi madre se comportara así”. Si interrogas a alguien durante largo tiempo sobre las culpas y remordimientos de su vida hay muchas posibilidades de que acabes… Liberándole. La meta de la terapia es la liberación. Librarte de la carga de la memoria. Si no llego a hacer terapia hubiese seguido estando destrozada por mi pasado. Me salvó la vida.

¿Eres buena perdonando? Uno de los dos Amis (no recuerdo cual) dijo que Philip Larkin nunca “daba una segunda oportunidad a la gente”. Esa frase se me quedó grabada.

Creo que sí lo soy. Sé perdonar. Alguna gente tiene una opinión errónea de mí: que estoy siempre cabreada, que acumulo rencores, pero no soy así en absoluto. Cuando mi madre ya era una anciana y no podía valerse por sí misma yo me cuidé de ella, pagué sus facturas y le hice compañía. Tuve suerte de estar en una posición económica que me permitió hacerlo, pero incluso así. No guardo resentimiento, ni siquiera a mi madre. Aunque de los veinte a los treinta soñaba en que la mataba. Mis primeras sesiones de terapia estaban llenas de ira, pero luego empecé a desarrollar una cierta compasión por mí misma, que con el tiempo creció en compasión por mis padres. Nació una empatía hacia mí, que era lo que necesitaba antes de empezar a perdonar y sentirme mal por ellos. Porque yo me sentía responsable por todo.

En el libro dices: “A veces me gustaría aparecer por arte de magia en el viejo Impala para que mi madre no esté sola”. ¿Sientes la necesidad de volver atrás y hacer algo de forma distinta?

No. Si escribiese el libro ahora lo que haría es ser mucho más duro con mi madre y con mi madre, y menos conmigo misma. No sé si eso implica que me he vuelto más bruja, o menos indulgente, o simplemente he adquirido una mayor compasión por mí misma.

Un admirado colega español, Carlos Pardo, escribió una excelente memoria familiar y sus hermanos le retiraron la palabra. ¿Te sucedió a ti lo mismo?

Mi hermana siempre me ha retirado la palabra de tanto en cuando. Es como una cosa cíclica entre nosotras. Me he acostumbrado a ello. Así que eso que mencionas me pasó y a la vez no me pasó. Pero lo he visto a menudo en otros memoristas; son gajes del oficio. Lo que suele suceder es que la gente acaba acostumbrándose a vivir con lo que has escrito y vuelven a hablarte. Dile a Carlos que debería sentirse afortunado, y los demás que se jodan.

Kiko Amat

(Esta es la versión integra de la charla que mantuve con Mary Karr para Cultura/S de La Vanguardia, y que se publicó editada este pasado sábado 18 de noviembre. El club de los mentirosos es uno de mis libros favoritos desde que, tras leer sobre él en aquella memoria escritora de Stephen King, me hice con él y lo leí de una sentada. Léanlo ya en la traducción recién editada por Periférica & Errata Naturae.)

 

 

La cita del día #5 (William Golding)

I can love the child in the garden (…), the tough little boy at school because he is not I. He is another person. If he had murdered, I should feel no guilt, not even responsability. But then what am I looking for? I am looking for the beginning of responsability, the beginning of darkness, the point where I began.

Free fall, William Golding.

El otoño rojigualdo

Este es un buen artículo sobre la “situación catalana” que ha escrito el periodista de La Marea Daniel Bernabé.

La sección inicial -la lectura del procés como tal- no es del todo acertada. Después de todo, quizás hay que estar aquí, en el meollo de la cosa, para atestiguar el cambio de mentalidad que se ha producido en la mayoría de la gente; algo que supongo no se ve desde el espacio exterior. Jamás calificaría de “desastroso” un movimiento que ha alterado la óptica de millones de personas. Solo por eso ya vale la pena.

Pero la mirada al “otoño rojigualdo” español me parece perfecta. Coincido en todo lo que afirma. Especialmente en cosas como esta: “el otoño rojigualdo pretende pasar por algo desideologizado y no nacionalista, tan solo como la reacción natural de la gente al ver en peligro su democracia amenazada por el “desafío separatista”.

En fin, eso, que merece la pena que lo lean. Acá.