Kiko Amat entrevista a MARY KARR: “Nunca tuve la habilidad de ser “normal”.

Entrevista Mary Karr, autora de El club de los mentirosos, uno de los más grandes libros de memorias, admirada por Stephen King y Lena Dunham, habla con Cultura/S de rareza, decir tacos, salud mental y “mantener la gilipollez”.

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“Suéltalo, suéltalo / no lo puedo ya retener”. Perdón por citar Frozen, pero la cosa va de soltar lastres. Mary Karr lo afirma en el prólogo a sus memorias familiares El club de los mentirosos (Periférica & Errata Naturae): “comprobamos que las heridas cicatrizaban mejor si las dejábamos al aire”. Su libro fue como la corriente que ventila los olores a cerrado, gases y medicinas, del dormitorio de un enfermo. Aunque a menudo las historias de familia se escriben con la intención de saldar cuentas, Mary Karr se enfrentó a los demonios domésticos sin ánimo de venganza. Buscó, por el contrario, escribir una “carta de amor a mi imperfectísimo clan”.

El club de los mentirosos es como una estatuilla tallada a partir de un quiste. La pesadilla de un niño que desactivas con dos bromas y un besote. Leí El club de los mentirosos hace años y supe al momento que no volvería a leer unas memorias tan extravagantes y a la vez tan realistas, humanas, llenas de humor y ¿qué-le-vas-a-hacer-eh? Mary Karr nos lo cuenta aquí, entre carcajadas y cláxons de fondo.

Una de las fuerzas motoras de tu libro es lo que defines como “el poder de lo raro”. La calidad de la extrañeza, primero como estigma familiar y luego como blasón.

Lo raro es un generador clave de las artes, pero también forma parte de la vida cotidiana. Mi familia tenía ese glamur extraño. La palabra “glamur” viene del irlandés, y significa “de las hadas”. Mi familia tenía un aire de ser de otro mundo. Por añadidura, me importaba una mierda lo que los demás pensaran de mí. No tenía ninguna noción de decencia o corrección.

Al contrario que tu hermana Lecia, según vemos en el libro.

Ella sí era muy consciente del qué dirán, y mira: ha terminado de republicana y votante de Trump. Supongo que yo desarrollé esa actitud de indiferencia insolente como un modo de protegerme del comportamiento escandaloso de mi madre. No es que lo normalizara; seguía siendo consciente de que éramos raros. Tanto mi padre como mi madre eran forajidos. Incluso mi padre, que carecía de las veleidades artísticas de mi madre, era un tipo singular. Aguantó a mi madre durante muchos años, lo que ya de por sí implica un espíritu férreo [ríe]. Escogió a una mujer como mi madre en una época en que eso no se hacía. Los “anestesiados cincuentas”, como los llamó el poeta Robert Lowell.

Tu madre no estaba muy “anestesiada”.

No. Para empezar, era muy divertida. Cuando yo era ya una joven madre, fui de visita a su casa y mi madre se ofreció a cuidar de mi hijo, que por aquel entonces debía tener unos tres años, mientras yo me iba a correr cada mañana. Duró un día. Al segundo día vino y me dijo: “¿Sabes qué? Esto de los niños no me va”. Yo le dije que si no cuidaba del niño, ni trabajaba, ni limpiaba, ni cocinaba, cuál iba a ser su aportación a la familia. Ella solo respondió: “La gente se lo pasa bien conmigo”. Cuando uno no tiene conciencia y es narcisista puede convertirse en un muermo, pero mi madre era muy curiosa. Le interesaba el mundo. Y era muy caprichosa; jamás sabías cuál iba a ser su próximo interés, lo que aportaba un constante elemento de novedad a vivir junto a ella. Algunos días era aterrorizador y otros muy divertido. Era una mujer muy singular.

Ese carácter rebelde, beatnik y friqui, de tu madre habrá influido en tu visión artística.

Una familia de raros es una buena escuela para el arte. Vivía en un pueblo obrero pero leía todo el día y mi madre ponía arias a todo volumen. La casa estaba llena de libros. Leía teatro y poesía. En mi pueblo, hacer cosas así era como hablar en urdu. Era un lugar muy provinciano. Y no solo se trataba de mis lecturas: yo tenía una gran vida interior y mucha imaginación. Aunque quizás hubiese terminado siendo la misma friqui en una gran ciudad.  Mi hermana, desde muy niña, se hacía un peinado con trenzas que era casi un casco. Yo la veo así: como envuelta en una armadura. Ella respondió al caos de mi casa volviéndose organizada y estable y decente de un modo casi militar, pero yo sabía que mi caso era inútil. Nunca tuve la habilidad de ser “normal”.

https://i2.wp.com/www.udllibros.com/imagenes/9788416/978841629153.JPGTu libro habla de la anormalidad como algo que celebrar.

Me proporcionó una desconfianza fundamental hacia cualquier sistema de autoridad. Lo que a su vez me otorga una forma perversa de maniobrar por el mundo. No muy útil. Digamos que no le caigo bien a todo el mundo. Pero no pasa nada. Alguien me dijo el otro día: “pero si a todo el mundo le gustas”. Yo dije que eso no era cierto. La gente se da cuenta de que estoy allí, no paso desapercibida, pero eso no quiere decir que necesariamente les guste cómo soy.

Hay algo sospechoso en la gente que siempre cae bien. Los tíos majos. O, peor, los artistas majos. Puag.

[ríe] Muy cierto. Picasso jamás habría ganado un concurso de popularidad. Tenemos que ser un poco capullos. Yo crecí en una casa llena de gilipollas, y me las arreglé para mantener esa gilipollez hasta que me convertí en adulta.

En el libro afirmas que tu pueblo, Leechfield, fue definido por Business Week como uno de los 10 pueblos más feos del planeta. Un poco severo, ¿no?

Mucha gente me pregunta si la gente de Leechfield se ofendió cuando escribí cosas como esas, y muchas de peores. ¡Todo lo contrario! De hecho, en el libro explico cómo el alcalde celebró lo de Business Week como si les hubiese tocado algo. La gente de mi pueblo sabe que el lugar es feo. Sabe que sus casas son baratas. Saben que aquello no es París. Que no van a instalar allí un maravilloso parque de atracciones un día de estos. El reciente huracán de hace unos meses lo inundó, para colmo. Llamar a casa tras el cataclismo me hizo recordar cómo habla la gente de allí. El lenguaje de mi tierra es un personaje del libro. Es una forma de hablar tan poética y hermosa…

En las culturas de clase obrera, una buena parte del ingenio va a la profanidad y la jerga.

Sí. Mi padre me enseñó a decir los mejores tacos. En el libro menciono a aquel socorrista zambo de mi pueblo del que yo estaba enamorada. Sus piernas eran tan curvas que la gente decía que “no podía atrapar a un puerco en una acequia”. Es una frase poética. Descriptiva y bella. Conjura un mundo en el que atrapar puercos en acequias es un quehacer cotidiano.

Hablabas de los “anestesiados cincuenta”, y es curioso como algunas de las prácticas del pasado parecen mucho más antiguas de lo que son. La amputación de tu abuela suena, como tú misma afirmas, “positivamente medieval”.

Fue tal y como lo describo. Una cosa atroz y prehistórica. E incomprensible. ¿Gas mostaza para un cáncer de pierna? Es de otra época. Lo mismo sucedía con algo tan sencillo como los divorcios. Nadie se divorciaba. La gente simplemente se odiaba durante muchas décadas [ríe].

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El bebé Karr (en carrito) con hermana mayor y madre

 Un tío tuyo cortó la casa por la mitad para no ver a su mujer.

Sí. Es un acto de una gran violencia visual. Pero por otro lado no había un camino de salida para nadie. En ese contexto tiene lógica. Era o eso o sufrir durante décadas.

La músico Viv Albertine me dijo una vez que las claudicaciones y concesiones que tuvieron que realizar la madres de los 50’s transformaron a sus hijas en feministas.

Sin duda. No sería escritora si no hubiese visto los padecimientos y esclavitudes de mi madre. También era una manera de que me prestara atención. Como mi madre leía libros, yo me puse a escribir libros, a ver si así reparaba en mí. Es muy triste, si te pones a pensar en ello. Por no decir inútil, ya que ella jamás le prestaba mucha atención a nadie, incluyendo a ella misma. Soy la hija de mi madre de muchos modos distintos. Cuando era más joven me aterrorizaba terminar loca como mi madre, y un día llamé a mi hermana para confesarle esos temores. Ella se echó a reír y me dijo que no me parecía en nada a mi madre. “Tú pagas impuestos”, me dijo, “No eres alcohólica. Tienes un trabajo”. Pero uno teme este tipo de cosas; heredar ese legado.

Estas memorias prueban el dicho “la realidad supera a la ficción”.

Sí. Y también el de “lo que no mata engorda”. Pero a la vez, como he dicho muchas veces, una familia disfuncional es toda aquella con más de un miembro. No puedes inventarte algo como lo de mi familia. Si llego a inventar todo eso, ahora tendría una carrea fabulosa como novelista.

El novelista Tim O’Brien está obsesionado con la idea de que las mentiras pueden contar mejor una verdad que muchos sucesos reales.

En una ocasión le dije a Don DeLillo que escribiese unas memorias, y él arrugó la cara como si le hubiese escupido una blasfemia. Los grandes novelistas saben contar la verdad a través de sucesos inventados. El propio DeLillo dijo: un novelista tiene una idea y se inventa una serie de acontecimientos para materializarla; una memoria, por otro lado, parte de una serie de acontecimientos y trata de descifrar lo que significan, la idea que hay detrás.

Opino que el éxito de unas memorias radica en contar sucesos terribles de un modo casual, sin histrionismo y con algo de humor.

Soy una gran fan de los profesionales de la salud mental. Llevo haciendo terapia de un modo semiregular desde que tenía veinte años. Todos esos sucesos terribles son algo casual para mí, ahora. Creo que casi siempre recordamos las cosas a nuestra manera, las empaquetamos de un modo que nos es conveniente. Y a menudo te desasocias de las cosas malas que te suceden; desconectas. Mucha gente cuenta cosas de esas con gran dramatismo, pero no puedo evitar pensar cuan dramáticas fueron de verdad en el momento de experimentarlas. Porque lo que solemos hacer es bajar el volumen.

¿Cómo se baja el volumen de dos abusos sexuales?

La mente se adapta a todo. A cualquier perversión y locura. Los abusos que mencionas me costaron menos de superar que el hecho de que mi madre quisiera matarme con un cuchillo de carnicero [ríe]. En términos de terapia, lo de mi madre conllevó mucho más trabajo. A una edad muy temprana decidí que iba a reclamar el poder que me habían quitado esos sucesos de mi infancia.

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Las hermanas Karr, Mary y Lecia, a los 17 y 19

¿Fue la escritura de El club de los mentirosos un acto terapéutico?

Escribir sobre ellos fue catártico. Regresar a esos hechos fue chocante. Lo reales que se volvieron al ponerlos en palabras… Tienes una doble sensación de resucitar a los muertos y a la vez controlar las cosas que te pasaron. No lo hice por mí. Además, en terapia tú pagas a alguien por poder explicar esto, pero en las artes alguien te paga a ti por hacer lo mismo.

Una pregunta personal: ¿sirve de algo la terapia? Siempre he pensado (quizás erróneamente) que no necesito pagar para que alguien me diga lo que ya sé.

Entiendo lo que quieres decir. Pero yo no aprendí nada nuevo sobre mí en terapia. No es como si tuviese recuerdos enterrados que salieron a la superficie o cosas así. A mí, en concreto, me sirvió precisamente para que alguien me dijese al fin: “Dios, eso que te sucedió es terrible”. Yo tenía muchas cosas tan normalizadas que fue un alivio comprender que eran raras, y dañinas. Vi que había una razón para el modo en que me sentía. Mi psiquiatra me dijo por primera vez cosas como “tu madre no debería haber hecho eso”. Alteró mi modo de ver mi infancia, que hasta entonces había sido “qué hice yo para que mi madre se comportara así”. Si interrogas a alguien durante largo tiempo sobre las culpas y remordimientos de su vida hay muchas posibilidades de que acabes… Liberándole. La meta de la terapia es la liberación. Librarte de la carga de la memoria. Si no llego a hacer terapia hubiese seguido estando destrozada por mi pasado. Me salvó la vida.

¿Eres buena perdonando? Uno de los dos Amis (no recuerdo cual) dijo que Philip Larkin nunca “daba una segunda oportunidad a la gente”. Esa frase se me quedó grabada.

Creo que sí lo soy. Sé perdonar. Alguna gente tiene una opinión errónea de mí: que estoy siempre cabreada, que acumulo rencores, pero no soy así en absoluto. Cuando mi madre ya era una anciana y no podía valerse por sí misma yo me cuidé de ella, pagué sus facturas y le hice compañía. Tuve suerte de estar en una posición económica que me permitió hacerlo, pero incluso así. No guardo resentimiento, ni siquiera a mi madre. Aunque de los veinte a los treinta soñaba en que la mataba. Mis primeras sesiones de terapia estaban llenas de ira, pero luego empecé a desarrollar una cierta compasión por mí misma, que con el tiempo creció en compasión por mis padres. Nació una empatía hacia mí, que era lo que necesitaba antes de empezar a perdonar y sentirme mal por ellos. Porque yo me sentía responsable por todo.

En el libro dices: “A veces me gustaría aparecer por arte de magia en el viejo Impala para que mi madre no esté sola”. ¿Sientes la necesidad de volver atrás y hacer algo de forma distinta?

No. Si escribiese el libro ahora lo que haría es ser mucho más duro con mi madre y con mi madre, y menos conmigo misma. No sé si eso implica que me he vuelto más bruja, o menos indulgente, o simplemente he adquirido una mayor compasión por mí misma.

Un admirado colega español, Carlos Pardo, escribió una excelente memoria familiar y sus hermanos le retiraron la palabra. ¿Te sucedió a ti lo mismo?

Mi hermana siempre me ha retirado la palabra de tanto en cuando. Es como una cosa cíclica entre nosotras. Me he acostumbrado a ello. Así que eso que mencionas me pasó y a la vez no me pasó. Pero lo he visto a menudo en otros memoristas; son gajes del oficio. Lo que suele suceder es que la gente acaba acostumbrándose a vivir con lo que has escrito y vuelven a hablarte. Dile a Carlos que debería sentirse afortunado, y los demás que se jodan.

Kiko Amat

(Esta es la versión integra de la charla que mantuve con Mary Karr para Cultura/S de La Vanguardia, y que se publicó editada este pasado sábado 18 de noviembre. El club de los mentirosos es uno de mis libros favoritos desde que, tras leer sobre él en aquella memoria escritora de Stephen King, me hice con él y lo leí de una sentada. Léanlo ya en la traducción recién editada por Periférica & Errata Naturae.)

 

 

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