El canon clásico y la ralea autodidacta: un postfacio

https://quod.lib.umich.edu/m/mqrg/images/02206_10-ic.jpgAlgunos de ustedes, solícitos lectores, me han recriminado que, en la primera entrega de la serie Clásicos Latosos para el suplemento Babelia de El País, les instara a no leer Moby Dick. Por supuesto, no dije tal cosa. El malentendido que ha originado esta precipitada conclusión, así como el revuelo que la pieza en cuestión ha generado (me cuentan) en el circo romano de las redes, me obligan a romper uno de los dictados más valiosos de mi club (“Never explain, never complain”, como dijo Disraeli) para arrojar algo de luz entre tanta confusión.

Mi pieza cómica, parte de una serie pensada y diseñada por mí (no se trataba de un encargo, como anunciaba un espontáneo), no les invitaba a no leer un clásico como Moby Dick. Lo que les invitaba a hacer era leérselo, si era posible (pero solo si les daba la real gana), y extraer sus propias conclusiones, respetuosas o no, tal y como yo extraje las mías. Pero ojo: se trataría de extraer esas conclusiones sobre dicho clásico sin atribuir su origen y explicación a alguna omnipotente fuerza sobrenatural, como hacían los hombres prehistóricos con los relámpagos o los ciclos lunares. Que unos cuantos académicos de rancio abolengo y mentalidad dinástica decidieran hace tiempo que el canon de la alta cultura era intocable, y que los plebeyos no deberíamos ventosear en la galería de retratos familiares, no significa que debamos acatarlo.

Sucede que la belleza no es absoluta y universal, aunque hayan escuchado lo contrario en algunos suplementos culturales y libros de ensayo; Kant mintió interesadamente. Como dice el escritor John Carey, los juicios artísticos de la academia “apelan a una autoridad trascendente cuyo veredicto no puede ser cuestionado y cuya decisión anula automáticamente todas las opiniones subjetivas e individuales”. Ortega y Gasset lo soltaba sin rubor: el arte “verdadero” era excluyente, impopular y elitista, y solo podía ser comprendido por una “minoría”. Siguiendo ese razonamiento, a esa minoría -en concreto a la sección de críticos literarios con titulación y apellidos compuestos- le corresponde de forma exclusiva el explicarnos (como dice Carey) cómo nos sentimos ante tal o cual obra de arte, “cuando lo que en realidad están diciendo es cómo se sienten ellos”.

Esas opiniones, ya se habrán dado cuenta, acarrean un inconfundible tufo de clase, como un golpe de fusta al lacayo que habla fuera de lugar: los intelectuales burgueses opinan que la ralea autodidacta y el lector-por-placer deben aceptar las propiedades sobrenaturales del arte “superior”, porque una élite intelectual (ellos mismos) ha dejado atadas y bien atadas de forma unilateral sus características y valores eternos, no sujetos a nuestra percepción, juicio o disfrute. Pero no funciona así, al menos no para mí. Yo vengo del punk rock y la subcultura, corrientes inquisitivas, independientes e insumisas por definición. Mi cultura circunvaló al crítico oficial: dejamos de pedir permiso a la hora de postularnos sobre arte y su uso práctico. Los canales canónicos fueron desautorizados de un plumazo, en mi mundo. Ignoramos (sin saberlo siquiera, pues su existencia nos era desconocida) los mandamientos de la alta cultura sobre no solo qué debía gustarnos, sino cómo debía gustarnos. Lo que hacemos hoy -sea escribir libros, o grabar discos, o dibujar cómics, o mismamente poner en tela de juicio el canon clásico- sucede sin su permiso. Un patriarca de la iglesia ortodoxa no puede excomulgar a un blasfemo bautizado en el catolicismo. La intelectualidad oficial no tiene autoridad sobre mí. Su ley no es mi ley, ni debo obediencia alguna a sus preceptos.

El canon de la alta cultura, por tanto, no me parece intocable ni libre de crítica. Mi prerrogativa es juzgarlo como me apetezca, como haría con cualquier cosa, independientemente de los dictados de Marcuse, Hegel, o cualquiera de sus minions modernos. Tras documentarme, sin duda, pero negándome luego a aceptar mandatos o coacciones intelectuales que ciñan mi opinión a la forma “adecuada” de valorar un artefacto. Un libro no es Dios. Fue escrito por hombres falibles utilizando herramientas que pueden estar rotas o anticuadas o en mal estado (y cuya efectividad actual podemos, y debemos, valorar antes de saltarle el ojo a alguien). A los intelectuales de la alta cultura les ha encantado desde siempre que el arte fuese como los mandamientos que bajó el viejo Moisés del Sinaí: un códice grabado a fuego por el dedo de Yahvé (y por tanto indiscutible) en unas recias tablas de piedra (la piedra siempre impone), y que para más alborozo necesita traductor. Durante muchos años han sido esos traductores de casta quienes, utilizando una mezcla de “superstición y afirmaciones de escasa entidad” (Carey dixit), bien agitados con una sana dosis de elitismo, desprecio por lo subcultural o callejero, y clasismo autopreservador, han impuesto el tono y el significado de la mencionada traducción.

Uno no puede evitar sospechar que el jaleo alrededor de mi pieza -al menos el vocerío que surgió del establishment crítico y la vieja guardia- no se originaba tanto por lo que decía la pieza sobre Moby Dick, o Herman “barba trapezoidal” Melville, o la santa de su madre, sino por quién la decía y cuándo. La alegoría y el cachondeo y la irreverencia, para los intelectuales del régimen, son un poco como los movimientos revolucionarios de izquierdas: están muy bien, claro, pero solo si son de un país lejano y sucedieron hace trescientos años (y si están versificados en forma de poema épico por algún noble, mejor). Un crítico de la cultura oficial puede aceptar, incluso celebrar, que alguien como Mayakovski dijese que “la academia y Pushkin son más ininteligibles que los hieroglíficos”, pero solo porque era un vanguardista ruso del 1912. Si un poeta español dijera aquí que La Regenta es un plomo lo crucificarían. La rebelión contra el canon solo es concebible en un pasado inofensivo. Los escritores o artistas de origen obrero o medio-bajo sin titulación le parecemos muy graciosos y pintorescos a la cultura burguesa siempre y cuando permanezcamos en nuestro sitio, hablando de nuestras cositas y nuestro rocanrol y nuestros barrios. Pero permitirse emitir juicios críticos (con pedorreta) sobre los campos en que la intelectualidad exige exclusividad absoluta, eso no está permitido. Es un faux pas social de primera clase, y nunca mejor dicho. Es, como decía antes, hablar cuando no te toca. Salirte de la fila.

Por desgracia para esos mismos intelectuales, a mí y a muchos otros como yo casi siempre nos apetece hablar más cuando no nos han dado permiso. La solemnidad, la gravedad y lo jerárquico (que me impartan órdenes, por decirlo así) siempre me inspiran a prorrumpir en tremendos eructos públicos. Y es que, miren por dónde qué extravagancia la mía, creo que el canon sacro de la cultura burguesa sí está sujeto a crítica. Entiendo que eso fastidie a la academia, que lleva siglos temiendo que si todos nosotros, amantes de la cultura sin credenciales académicas selladas y autorizadas, empezamos a tener opiniones firmes sobre arte clásico o literatura canónica la mismísima existencia del intelectual burgués se volverá redundante. Pero opino que precisamente nuestro deber como escritores o artistas autónomos y autodidactas (y de extrarradio, de barrio, criados en clase no pudiente) es someter los preceptos artísticos impuestos de la clase burguesa al más severo de los juicios. Que sea nuestro juicio positivo o negativo o neutral o completamente desinteresado, pero que no represente un sometimiento tácito a las leyes de una cadena de mando obsoleta, ajena, totalitaria.

En mi pieza, ya acabo, yo les invitaba por todo lo expuesto a estar en desacuerdo con el canon. Les invitaba a desoír la forma “correcta” de juzgar un artefacto artístico, y lo hacía por medio de la comicidad, que es uno de mis útiles. Les invitaba a comprender que el Ulises de James Joyce es intrínsecamente “mejor” que Trainspotting de Irvine Welsh (por decir un solo ejemplo) solo porque unos cuantos profesores universitarios de clase alta se pusieron de acuerdo sobre la supremacía artística universal y, válgame Dios, eterna, del primero hace lustros. Les invitaba, insisto, a reírse de los buenos modales de la mesa intelectual, y agarrar los metafóricos cubiertos tal y como les viniese en gana. Les invitaba, en suma, a leer y criticar libremente, incluso a terminar coreando, si así lo deseaban, lo mismo que Public Enemy cantaron en 1989: “Melville[1] was a hero to some / but he he never meant shit to me”. Kiko Amat

 

[1] De acuerdo, ellos decían “Elvis”. Pero es el mismo principio.

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