Internet no es la respuesta #1: una introducción

Resultat d'imatges de early internet

1. La primera vez que me conecté a internet, en el año 1996, en casa de mi novia, tecleé en el buscador un nombre de grupo pop, JOSEF K, como el que manipula una tabla Ouija: cauto y temeroso ante fuerzas de tipo asgardiano que, una vez desencadenadas, quizás escaparían a mi control. Y a mi comprensión. Aquel día permanecí expectante ante la pantalla -pequeña, verdosa y cabezona, similar a un modelo R2 anticuado-, con las manos sobre los muslos, mientras una serie de pitidos galvánicos emergían de la torreta, en el suelo. Al cabo de unos minutos de cacofonía apareció, como por ensalmo, la biografía de la banda (por aquel entonces imposible de rastrear en fanzines ni, desde luego, revistas musicales especializadas). Mis labios formaron un Oh.

No recuerdo cuál fue mi reacción inmediata a aquel acto de magia, si me postré ante la pantalla o salí huyendo en busca de un párroco. Sí recuerdo que a los pocos minutos, y tras imprimir el primer resultado (por si se desvanecía de un modo tan sobrenatural como había aparecido), ya estaba tecleando el nombre del siguiente grupo: FIRE ENGINES. La segunda biografía no tardó en aparecer. Por un instante creí que tal vez aquel invento rellenaría en un periquete todos los huecos de mi educación, dejando obsoletos de un plumazo los años y años de aprendizaje por métodos certificados: arqueología fanzinera o bibliotecaria, intercambio postal con otros friquis, audiencias con sabios locales. Todo aquel… esfuerzo. Toda la dedicación. Una cultura entera perdida para siempre, aunque tal vez para bien.

No fue para bien. Mi ilusión duró poco, casi tan poco como la novedad de los teléfonos móviles, que empezaban a circular con cuentagotas aquel mismo año, y cuya primera modificación social fue hacer aceptable que la gente condujera a gritos sus asuntos más íntimos (y sicalípticos) en transportes públicos. Internet y la telefonía móvil me cayeron mal al unísono, igual que unos gemelos perversos que en el colegio colocasen chinchetas en mi silla, y aún más: me cayeron pésimo casi de inmediato, como suele sucederme con la gente que al final acaba cayéndome horrible de verdad, y para siempre jamás; es un sexto sentido, supongo, igual que el del trepamuros. Yo miraba a internet como miras a ese exnovio de tu mujer que de repente ha aparecido en vuestra vida conyugal con grandes muestras de alborozo y benignidad, palmeándote la espalda y contando anécdotas del viaje a la Toscana de ambos mientras se sienta entre vosotros en el sofá y agarra las palomitas a puñados. De tu cuenco. Miré a internet con ojos torvos, sí. Aguardando a que cometiese el primer error.

2. Cuando me abrí mi primera cuenta de correo, hacia el 1998, lo hice con cierto desánimo, consciente de que estaba haciendo algo por el peor de los motivos posibles: porque lo hacía el resto del mundo. Porque, como podría haber dicho mi madre, mi amigo se había tirado por un barranco, y yo me veía obligado a tirarme también. Puesto que no soy Nostradamus, no fui capaz de predecir que, lejos de ser un gimmick pasajero del que la gente se acabaría cansando, el correo digital reduciría a cenizas una de las actividades que más placer me proporcionaban hasta la fecha en ese buen mundo, que era el intercambio epistolar. Mis primeros mails, me di cuenta de inmediato, estaban impregnados de banalidad e improvisación indisoluble -sin rastro ya de la artesanía y amor (y dibujitos, y regalos) que solía aplicar a mis viejas cartas-, así como de una nueva y alarmante compulsión por pasarme por el trasero las normas más elementales de respeto social. En pocas palabras: el e-mail parecía transformarme en un capullo. O, si quieren, en un capullo mayor. Me empeoraba; era innegable. Mi paso fugaz por un grupo de correo español adolecía del mismo tic: una falta de rigor, una ansia de epatar, una escasa paciencia con la opinión ajena o el razonamiento contrario, una repugnante tendencia a… Hacerme el guay. A ponerme faltoso. A decir mentiras repugnantes. Y a hablar de cosas que no sabía.

Todo eso, lo sabemos hoy, es el comportamiento por defecto de las redes sociales en la era digital, pero en 1998 era una novedad. A la sazón me miraba yo las manos como el Dr. Jekyll en su primera transformación, asustado y fascinado por la aparición del monstruo en mi piel. Indudablemente lo de no tener que cruzar la ciudad con un disquete para entregar tus artículos a la revista musical de turno era una mejoría, pero lo cierto es que parecía ser la única. Todo lo demás me parecía pernicioso. Lo que internet destruía parecía mucho mayor que lo que daba a cambio.

3. Desde entonces he convivido con internet como buenamente he podido. A pesar de mirarlo con hostilidad directa, no he podido evitar ser tragado por algunos comportamientos hegemónicos y totalitarios del nuevo mundo. Después de todo vivo en él, maldita sea, en el mundo real, y nunca he creído en la evasión permanente de la contracultura hippie. Uno es de su era y tiempo y lugar, por mucho que le dé náuseas a uno. Rechazar nuevas tecnologías como Whatsapp, por decir una de las pocas de las que soy usuario, y de forma diaria, era cortar de forma implícita cualquier tipo de contacto con un mundo -el de mis seres queridos- que, me guste o no, ha hecho de ese tipo de mensajeo su vehículo logístico, y a menudo emocional, principal. Ya vivo suficientemente aislado para aislarme aún más.

Pero eso no quiere decir que me guste. Una vez en Vietnam haré lo posible para proteger a mis compañeros de batallón y que el enemigo no me pegue un tiro en el culo, como si dijéramos, pero eso no quiere decir que esté a favor de la guerra. Después de 22 años de vida-con-internet (y mensajería móvil), sigo siendo un firme detractor del medio y del mundo que ha erigido. Un mundo pobre, falso, tan mendaz y desigual como el anterior, solo que envuelto en ropajes relucientes. La única diferencia es que cuando empecé no tenía razones; solo intuiciones. Hoy en día las razones me sobran. Muchas de ellas las he aprendido de Andrew Keen, como leerán en el segundo segmento de esta pieza: la entrevista.

Kiko Amat

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