Qué fue del siglo XX #9: FELIPE (Los Fresones Rebeldes)

Y mi novena entrega de “Qué fue del siglo XX”, la serie que interroga a chispazos bla-bli-blu. En esta ocasión me acompaña Felipe, de Los Fresones Rebeldes. Como siempre, para El Periódico de Catalunya.

Ah, sí. Para leerla dénle aquí con el meñique tieso cuando agarren la taza de té.

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De la Contracultura al “Gusto Socialdemócrata”

Jordi Costa explora al fin las cimas y las simas de la Contracultura española, de su construcción, vida y muerte (“víctima de fuego amigo”) hasta la postrera sacralización, en Cómo acabar con la contracultura; una historia subterránea de España, relato magistral.

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Cuando yo iba a cuarto de EGB caí enfermo y me perdí las colonias. Para animarme, mi compañero de pupitre pasó el resto de la básica hablándome de la juerga que se habían pegado allí. Según exhumaba más y más anécdotas de regodeo y aventura, aplicando capa sobre capa de hipérbole hiperglucémica, aquellas colonias se tornaban mito. Para mí, que me las había perdido (y no tenía más remedio que utilizar su mendaz construcción artúrica como único referente), pero también para el memo aquel, quien acabó enamorándose de su propia fantasía (pues, por definición, era mejor que la realidad; siempre lo es).

Ese símil ilustra la relación que mi generación tiene aún con la Contracultura española. Jordi Costa, autor del libro, afirma que “tuvo la sensación de llegar tarde a una fiesta cargada de promesas”. Para los que aún sorbíamos Burmar Flax cuando las Jornadas Libertarias del Parc Güell de 1977, la contracultura es la parranda que nos perdimos. Y que no dejan de contarnos, en un relato de cada vez más improbable heroicidad y despiporre. Cómo acabar con la contracultura puede leerse, así, como un intento de registrar la realidad evitando tanto el evangelio nazarita como el cinismo neoliberal. Costa podría haber ido a lo fácil y pinchar, de forma malévola, el globito contracultural, pero, digno niño de mi generación, conserva suficientes reservas de admiración para perseguir el trigo, y a la vez la distancia y mala leche para separar la cizaña.

Así como la lectura crítica de la Cultura de la Transición (CT) se erigió en base a la definición del periodista Guillem Martínez, este libro es la nueva casilla de salida desde donde juzgar la Contracultura. Es un ensayo de visión, profundidad y audacia insuperables. ¿Su tesis? “El viejo orden y el nuevo puentearon a (…) la Contracultura”. La Contracultura española murió “víctima de (…) fuego amigo”. Una revolución utópica que fracasa “absorbida por el mismo enemigo que nació para combatir, solo que ese enemigo (…) pasó de la sotana y el atavío militar a la pana (social) demócrata”. Como un detective “whodunit”, Costa indaga en la pregunta ¿a quién beneficiaba su muerte? Y deduce que “a un poder que cambió de forma (…) y construyó su propio mito, mediante la inserción en el interior de éste del recuerdo de pretéritas militancias heroicas en filas contraculturales”. El autor define como “Gusto Socialdemócrata” (GSD) a la “sacralización” de esa herencia contracultural. GSD es lo que nos comimos nosotros con patatas de 1981 en adelante: en lugar de utopía, nudismo e irracionalidad, el GSD “esgrimirá la sensatez como el concepto vertebrador de una idea de la cultura que favorezca las manifestaciones menos conflictivas”.  El Cobi, Mecano y El Roto, vamos.

Costa transita por el relato elegiaco de aquella España contracultural sin romper a batazos la porcelana fina: habla con ecuanimidad (pleitesía, incluso) de la génesis sevillana, del camp, del Rrollo Enmascarado, de Zulueta, Max y Gallardo. Traza los paralelismos que nadie traza, utilizando símiles esclarecedores e intrépidos (muy pop). Solo Costa podría afirmar que la “historieta infantil funcionó con la Contracultura como el vaso de agua cuyas ondas anticipan en Parque jurásico (1993) el acercamiento de un Tyrannosaurus rex” (o, dicho de otro modo, “Makoki salió de Bruguera”). Solo él podría ver que, durante un breve instante, la Contracultura y la ultraderecha compartieron un enemigo común (“el capitalismo”). Su erudición y mirada crítica son implacables: gracias a Costa recordamos que Chummy Chúmez fue el “introductor oficial de la historieta underground estadounidense en España” (y así nos fue); que los Jarcha del “Libertad sin ira” (1976) habían compuesto, un solo año antes, una ópera rock que honraba a José Primo de Rivera; o que Felipe González (Gran Chambelán del Gusto Socialdemócrata) había sido en 1970 un abogado laboralista que frecuentaba a los Smash. Un libro valiente y apasionante, de la primera a la última página. Kiko Amat

 

Cómo acabar con la contracultura; una historia subterránea de España

Jordi Costa

Taurus

326 págs.

(reseña publicada anteriormente en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia del 25 de agosto del 2018)

Aficiones íntimas, pt.1 (agosto de 2018)

Lo que sigue es una lista de cosas que, entre lecturas y escrutados e investigaciones, y también admiraciones, disfruté a lo largo del verano o me hallo en proceso de disfrutar. Sin más. Solo aficiones que (como dice Santiago Lorenzo) son “íntimas, para dentro, como las buenas”. La mayoría de ellas no son de “actualidad” (ecs) pero unas cuantas, por pura chamba, sí:

Resultat d'imatges de they all love jackGary Usher y Curt Boettcher, a dos carrillos.

They all love Jack, el nuevo libro de Bruce Robinson (director de Withnail & I, tick!) que pretende desvelar el misterio de Jack The Ripper (reque-te-tick!). No sé muy bien si lo consigue, pero es una tremendota lectura (800 páginas de “diversión” -es un decir, porque hay unos cuantos desembudellaments– a chorro).

Disenchantment, de Matt Gröening (más maná abreojos y partequijadas para los que nos habíamos quedado huérfanos de Futurama). La estamos viendo todo el mundo a la vez, lo que por una maldita vez está bien (al menos que sea esto, releches, en lugar de la Champions).

Los asquerosos, de Santiago Lorenzo (leída en formato manuscrito; no está a la venta aún; adquirida por puro enchufe gremial). De plas-plas, jo-jo, oh-oh y también ein-ein?. Es la Intemerata.

La segunda parte del Hitler de Joachim Fest. He leído tanto sobre esto que ya no sé si estoy leyendo o releyendo, si les tengo que ser sincero. Pero no puedo parar. He acumulado tanto conocimiento empachante (y a ratos deprimente) sobre el III Reich que por las noches sueño que estuve allí (tajándome en los últimos días del bunker de la Cancillería, no combatiendo en el frente ruso).

Grant & I, de Robert Forster. Sus memorias con The Go-Betweens junto a Grant McLennan, claro. Me han inspirado cosa mala.

El Enjoy! de The Times (único disco que me compré este verano). Lo llevaba buscando desde 1987 o así.

La mini-exposición Working class heroes en el BFI de Londres (es mini porque está toda comprimida en un rellano de diez metrejos) que se ha quedado allí tras las charlas de abril del 2018 (que me perdí como un idiota).

Lucian Freud. Todo. Y también Walter Sickert (siempre desapacible).

Ferdinand Hodler, el impresionista suizo. Diría el único impresionista suizo, pero no quiero cagarla si resulta que hay otro. Conocí su obra en Ginebra (que no empapuzado de). Me encantó el fulano.

Resultat d'imatges de working class heros bfiVidas de santos (me estoy leyendo entero la puta La Leyenda Dorada, de Santiago de la Vorágine, que me regaló mi mujer por mi cumpleaños. También adquirí por mi cuenta la Guía para identificar santos de la iconografía cristiana, para acabar de empapuzarme de la cosa).

Vladimir Mayakovsky, Selected works. Lo tengo en el retrete. Sus majaradas histriónicas me amenizan el tránsito.

Los doce césares, de Suetonio. Lo mismo que con Mayakovsky. No pregunten. Voy por Julio aún. El César, no el mes.

Calypso, de David Sedaris. Su nuevo libro es definitivamente mi favorito de él. Mucha cosa de familia, y no toda de chanza precisamente.

Pigs have wings, de PG Wodehouse. Desde hace algunos años me he establecido la norma de leer un Wodehouse cada diez libros. Y me funciona. Limpia y abrillanta y apacigua como ningún otro. Esta entrega, de la serie Blandings, y de 1952, fue especialmente satisfactoria.

El segundo disco de RUNA, una de las pocas bandas actuales que despiertan mi más vivo interés.

Toma anfetas (o no): un artículo para Cáñamo

En la revista Cáñamo de agosto del 2018 aparece un extenso artículo del menda (aparezco ahí, en portada, cerca del menisco derecho de la moza). El artículo versa exclusivamente sobre anfetaminas y mi vieja relación (de abuso) con ellas. No existe versión online de la cosa, así que tendrán que pillarse la versión papel y buscarme en sus páginas.

Para abrirles los munchies me permito incluir aquí el inicio de dicha pieza, que luego entra a trapo en los particulares autobiográficos con una gran inmoderación:

  1. Indicaciones

– “Estados depresivos, astenia matutina, surmenage, intoxicación por barbitúricos, curas de deshabituación en toxicómanos, narcolepsia, parkinsonismo post-encefálico, tumores diencefálicos, hipertiroidismo y…”, espera, esto está medio tapado por la foto de Sandie Shaw -acerco la cara a la pared, donde pegué un viejo prospecto de Centramina a modo decorativo, y leo, resiguiendo la línea con el dedo- “Obesidad”, creo que pone.

– Ahora me dirás que sufrías alguna de esas -suelta mi mujer, y ambos extremos de su boca se tuercen hacia arriba, como si le dieses la vuelta a un arco. Las pecas de sus comisuras se reagrupan en pequeños comandos de melanina.

– No, claro que no -le respondo, dejando de leer y volviéndome hacia ella, mis dos cejas fruncidas en una sola oruga central- Tenía diecinueve años y pesaba 45 kilos. La emoción dominante en mí a esa edad era la euforia ingobernable; con algún conato ocasional de tristeza en almíbar. No tenía tumores, ni párkinson, ni hipertiroidismo, que yo sepa. Me levantaba de la cama de un brinco, cantando canciones inglesas a grito pelado, como un joven cadete recién alistado. Y en cuanto a lo del “surmenage”, no sé lo que es.

– Enfermedad Sistémica de Intolerancia al Esfuerzo -contesta- Fatiga crónica, vamos.

– Decididamente no sufría de eso tampoco. De hecho, producía más energía de la que podía consumir. Tendrían que haberme conectado algún tipo de batería al trasero para luego recargar a otra gente con menos recursos.

– El gran enigma, entonces, sigue sin resolver: ¿por qué narices te metías tanta anfetamina?

Inclino la cabeza hacia un lado, los ojos en las esquinas de los párpados, como el que trata de escrutar por dentro un rincón de su cabeza.

– ¿Sabes qué? -le digo, volviendo a mirarla- Que no tengo ni idea.

Huracaneando pt.4

Siguen apareciendo reseñas y entrevistas sobre mi quinta novela, Antes del huracán. Mis promociones siempre se extienden hasta el infinito y más allá.

Esta de acá es de la eficacísima y profunda Miriam Cano, para La Jornada, un semanario de los míos. La entrevista es una de las buenas. Es en catalán.

Esta d’acó apareció en El Asombrario, de Público, otro periódico de los míos, y me la hizo el entusiasta y excelente lector Carlos Madrid durante mi primera visita de promoción. Es en castellano.

Y entonces, no se me vayan a la ducha aún, está esta reseña-entrevista muy laudatoria y estupendamente bien construida que ha hecho Esteve Plantada para Nació Digital. Es en catalán y, corcho, está requetebien y dice cosas sensacionales de la novela y el autor (agradecío, Esteve).

Qué fue del siglo XX #8: CARLOS SEGARRA (Los Rebeldes)

Y otra perla, la octava, de mi sección “Qué fue del siglo XX” para El Periódico. Lo paso asaz tremendo escribiendo (y recibiendo) los cuestionarios.

En esta edición interrogo a Carlos Segarra, de Los Rebeldes, aquel cuyo amor era la mescalina y no gustaba de trabajar. Espero que les guste.