De la Contracultura al “Gusto Socialdemócrata”

Jordi Costa explora al fin las cimas y las simas de la Contracultura española, de su construcción, vida y muerte (“víctima de fuego amigo”) hasta la postrera sacralización, en Cómo acabar con la contracultura; una historia subterránea de España, relato magistral.

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Cuando yo iba a cuarto de EGB caí enfermo y me perdí las colonias. Para animarme, mi compañero de pupitre pasó el resto de la básica hablándome de la juerga que se habían pegado allí. Según exhumaba más y más anécdotas de regodeo y aventura, aplicando capa sobre capa de hipérbole hiperglucémica, aquellas colonias se tornaban mito. Para mí, que me las había perdido (y no tenía más remedio que utilizar su mendaz construcción artúrica como único referente), pero también para el memo aquel, quien acabó enamorándose de su propia fantasía (pues, por definición, era mejor que la realidad; siempre lo es).

Ese símil ilustra la relación que mi generación tiene aún con la Contracultura española. Jordi Costa, autor del libro, afirma que “tuvo la sensación de llegar tarde a una fiesta cargada de promesas”. Para los que aún sorbíamos Burmar Flax cuando las Jornadas Libertarias del Parc Güell de 1977, la contracultura es la parranda que nos perdimos. Y que no dejan de contarnos, en un relato de cada vez más improbable heroicidad y despiporre. Cómo acabar con la contracultura puede leerse, así, como un intento de registrar la realidad evitando tanto el evangelio nazarita como el cinismo neoliberal. Costa podría haber ido a lo fácil y pinchar, de forma malévola, el globito contracultural, pero, digno niño de mi generación, conserva suficientes reservas de admiración para perseguir el trigo, y a la vez la distancia y mala leche para separar la cizaña.

Así como la lectura crítica de la Cultura de la Transición (CT) se erigió en base a la definición del periodista Guillem Martínez, este libro es la nueva casilla de salida desde donde juzgar la Contracultura. Es un ensayo de visión, profundidad y audacia insuperables. ¿Su tesis? “El viejo orden y el nuevo puentearon a (…) la Contracultura”. La Contracultura española murió “víctima de (…) fuego amigo”. Una revolución utópica que fracasa “absorbida por el mismo enemigo que nació para combatir, solo que ese enemigo (…) pasó de la sotana y el atavío militar a la pana (social) demócrata”. Como un detective “whodunit”, Costa indaga en la pregunta ¿a quién beneficiaba su muerte? Y deduce que “a un poder que cambió de forma (…) y construyó su propio mito, mediante la inserción en el interior de éste del recuerdo de pretéritas militancias heroicas en filas contraculturales”. El autor define como “Gusto Socialdemócrata” (GSD) a la “sacralización” de esa herencia contracultural. GSD es lo que nos comimos nosotros con patatas de 1981 en adelante: en lugar de utopía, nudismo e irracionalidad, el GSD “esgrimirá la sensatez como el concepto vertebrador de una idea de la cultura que favorezca las manifestaciones menos conflictivas”.  El Cobi, Mecano y El Roto, vamos.

Costa transita por el relato elegiaco de aquella España contracultural sin romper a batazos la porcelana fina: habla con ecuanimidad (pleitesía, incluso) de la génesis sevillana, del camp, del Rrollo Enmascarado, de Zulueta, Max y Gallardo. Traza los paralelismos que nadie traza, utilizando símiles esclarecedores e intrépidos (muy pop). Solo Costa podría afirmar que la “historieta infantil funcionó con la Contracultura como el vaso de agua cuyas ondas anticipan en Parque jurásico (1993) el acercamiento de un Tyrannosaurus rex” (o, dicho de otro modo, “Makoki salió de Bruguera”). Solo él podría ver que, durante un breve instante, la Contracultura y la ultraderecha compartieron un enemigo común (“el capitalismo”). Su erudición y mirada crítica son implacables: gracias a Costa recordamos que Chummy Chúmez fue el “introductor oficial de la historieta underground estadounidense en España” (y así nos fue); que los Jarcha del “Libertad sin ira” (1976) habían compuesto, un solo año antes, una ópera rock que honraba a José Primo de Rivera; o que Felipe González (Gran Chambelán del Gusto Socialdemócrata) había sido en 1970 un abogado laboralista que frecuentaba a los Smash. Un libro valiente y apasionante, de la primera a la última página. Kiko Amat

 

Cómo acabar con la contracultura; una historia subterránea de España

Jordi Costa

Taurus

326 págs.

(reseña publicada anteriormente en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia del 25 de agosto del 2018)

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