Guerras culturales en internet

Dos libros, Muerte a los normies, de Angela Nagle, y La trampa de la diversidad, de Daniel Bernabé, analizan las guerras culturales que han llevado a Trump y a la alt-right al poder, así como las reivindicaciones identitarias que “atomizan” a la clase obrera y dividen a la izquierda

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Trump no es más que un trol a mayor escala, como los Clicks gigantes que hay en las puertas de las jugueterías, y su camino a la Casa Blanca fue allanado por otros trols. Los mismos que yo, con una vista que espero me conserve Dios, despreciaba aduciendo que eran MEP (Masturbadores En Pijama) y no representaban ninguna amenaza para el “mundo real”.

Se me olvidó, claro está, que tenían derecho a voto.

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Muerte a los normies, de Angela Nagle, relata cómo llegó Trump a la presidencia, tras una guerra digital que la izquierda tradicional no había visto venir. Nagle cartografía el combate: a un lado está esa “contrarrevolución sin líderes”, culturalmente trol, compuesta por gamers, chaneros (foreros de 4chan), antifeministas y la extrema derecha de internet, con su “cinismo nihilista”, “ironía reactiva”, schadenfreude y afición linchatoria. En el otro extremo se halla la izquierda Tumblr, “una cultura basada en acusar a la ligera de misoginia, racismo, (…) transfobia y demás” que “llegó a su más absurda apoteosis con una política centrada en poner el foco en las minucias (…) de las identidades”. Una izquierda de tablet, “autoflageladora y ultrasensible”, con su “cultura de la denuncia”, cry bullying y obsesión identitaria.

Nagle no pierde de vista a los malos (el bando que “vio como su candidato ocupaba el puesto de presidente”), pero tampoco olvida que fue el puritanismo mojigato de sus oponentes quien precipitó el desenlace: mientras los izquierdosos-con-Iphone fetichizaban “la red espontánea, sin líderes e internetcéntrica”, en el vacío de poder nacía un monstruo que había hecho suya “la estética de la contracultura, las transgresiones y el inconformismo”. La alt-right hizo que ser facha volviera a ser molón (para un montón de tarugos) jugando con la rebeldía anti-mainstream. Los izquierdosos nos hemos dado cuenta tarde de que “los primeros neocon empezaron como trotskistas”, se alimentaron de nuestras vanguardias y punkeríos, y regurgitaron lo aprendido en un arrasador movimiento de derecha. Hoy cualquier chaval frustrado puede caer en las garras de mostrencos como Gavin McInnes de Vice, el neonazi-gamer Andrew Auenrheimer (weev) o Mike Certovich, gran patán neomasculino. Su existencia, afirma Nagle, nos obliga a replantearnos la idea de contracultura, pues “el ascenso de Trump y la alt-right no es la evidencia del retorno del conservadurismo, sino de la total hegemonía de la cultura del inconformismo, la autoexpresión, la transgresión y la irreverencia gratuita”.

Resultat d'imatges de trampa de la diversidadLa trampa de la diversidad, de Daniel Bernabé, es otro ensayo clave para comprender las guerras culturales de nuestro tiempo, aunque, al contrario que el anterior, erra el tiro tantas veces como acierta. Las tesis del libro son que “la diversidad se ha convertido en un mercado competitivo al servicio del neoliberalismo”, y “deconstruir identidades hasta atomizarlas es dar anfetaminas neoliberales al posmodernismo”. Bernabé toma carrerilla: nos explica la modernidad y su reacción, el posmodernismo, que define como “la aceptación del mundo fragmentario e inasible de la modernidad, que lejos de enfrentarse, se celebra con una mueca de inteligente desencanto”. El autor analiza el fracaso del sueño hippie y el nacimiento de un nuevo egoísmo desclasado (“la New Age, el incienso y la psicodelia se fueron, pero quedó el gusto individualista”). De allí a la reacción neoliberal y las claudicaciones de Clinton, Blair e, inevitablemente, el PSOE.

Todo lo descrito son cimientos legítimos para llevarnos a las políticas de identidad. Pero ahí es donde el periodista madrileño empieza a perder pie. Al poner el debate identitario en el epicentro de los problemas de la izquierda, Bernabé hace como un médico que acertara a diagnosticarnos el origen de un prurito en la ingle pero ignorara la gangrena pestilente del brazo.

El autor empieza separando las aspiraciones “netamente humanas, como comer y vivir bajo un techo” de las que, en su opinión, son caprichos occidentales. Esa mirada admonitoria, de tono catequista, lastra el libro. Uno puede comprender que Bernabé esté enojado con una izquierda que considera más urgente la libertad de definirse como medio-elfo que el derecho universal a la vivienda. Lo que sucede es que Bernabé utiliza tan solo ejemplos extremos de reivindicación identitaria para convencernos de su puerilidad, y así sentenciar que “dar una respuesta a la troika es más importante que las políticas de diversidad”. Lo que viene a significar que, si sufres algún tipo de cuita identitaria, deberías poner esa llamada en espera, y concentrarte en aplastar el capitalismo. La propuesta de Bernabé no solo es insensible, sino también irrealizable, y recuerda a la vieja cerrazón de los comunistas de partido hacia todo lo que no encajaba en el materialismo histórico.

El segundo lastre de la obra es su talante nostálgico. Bernabé confiesa que sufre “aversión al presente”, un espíritu que no parece el más indicado a la hora de solucionar problemas actuales. Por añadidura, nos habla de un ayer imaginario, hecho épico mediante obras de ficción. Mitifica los tiempos de la lucha pre-internet, las vanguardias de los 30, los filmes neorrealistas, Mayo del 68, Neil Young e incluso la RDA. A ratos parece un veterano estalinista vociferando en la Plaza Roja, y como tal escoge su argumentario histórico de manera selectiva. En su Shangri-La proletaria no existen los comisarios políticos, los chotas o los militantes de rebaño. Los sindicatos están compuestos por gente “normal” que va en bicicleta a la fábrica y entona canciones irlandesas en el pub. Margaret Thatcher dijo en 1983 que deberíamos “regresar a los valores victorianos”, olvidando todos los que no procedían, de la sífilis al colonialismo, y Bernabé, de un modo parecido, realiza extenuantes contorsiones dialécticas para que su ucronía obrera no se salpique de pasado vergonzante.

La trampa de la diversidad, así, funciona como esencial elemento de discusión actual, así como crítica de la izquierda sobre-identitaria, pero falla al señalar enemigo y fracasa en numerosos frentes. No solo políticos, sino también humanos. Kiko Amat

Muerte a los normies; las guerras culturales en internet que han dado lugar al ascenso de Trump y la alt-right

Angela Nagle

Orciny Press

Trad. de Hugo Camacho

156 págs.

La trampa de la diversidad; cómo el neoliberalismo fragmentó la identidad de la clase trabajadora

Daniel Bernabé

Akal

249 págs.

(Este artículo se publicó previamente en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia del 5 de enero del 2018)

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