Helter Skelter is coming (con un prólogo de Kiko Amat)

Antes de que acaben de contar “1,2,3,4,5,6,7, all good children go to heaven” ya habrá salido a la venta la esperadísima traducción española de Helter Skelter, de Vincent Bugliosi. Mejor libro de true crime anglosajón que he leido (y releído: cinco veces) en mi vida, descatalogado en España desde… 1976.

Esta obra maestra de la crónica negra escalofriante, best seller mundial inapelable, lleva, para colmo de la maravilla, en su nueva edición de Contra Editorial, un prólogo que ha escrito you-know-who.

Yo, hombre. Quiero decir yo. Quién va a ser. El prologuista enloquecido.

Tamaña genialidad estará en las librerías el 10 de abril. Comprénselo, y prepárense para dormir con una lucecita infantil encendida en su habitación de adultos hasta que pase el verano, lo menos.

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Kiko Amat con los bakalas (7 de marzo)

El viernes 7 de marzo he sido invitado al debate “En éxtasis: ¿fue València la cuna del clubbing moderno?”.

Comparto mesa con seres de gigantesca humanidad: Joan M. Oleaque (autor de En éxtasis, pero también de mi libro favorito de true crime español, Des de la tenebra), Luís Costa (autor de ¿Bacalao!) y Ricard Robles (co director del Sónar).

Me encanta que me hayan llamado para formar parte del tinglado. Yo pondré, supongo, la parte de subculturas en general, locos ochentas, cultura anti-padres y amor a los discatis.

Echen un vistazo a los detalles aquí abajo. Es a las 19:30 en el Curtis (c/Mallorca 196, Barna).

Kiko Amat en Piloto Rojo (Zaragoza), 06 de marzo

Sí. El jueves o6 de marzo estaré en Zaragoza, les guste o no. Me subiré a un escenario y diré COSAS.

No estaré solo: me acompañará la ínclita Lucía Lijtmaer.

El asunto es parte de una iniciativa llamada Piloto Rojo, enmarcado en los actos de Etopia (centro para arte y tecnología de Zaragoza).

La charla ha sido bautizada como: “No te fíes del algoritmo… y prescribe que algo queda”. Hablaremos de escritura y también de periodismo (pese a que yo, de título oficial, solo tengo el carnet de manipulador d’aliments de 1984, y ya no está vigente).

Aquí pueden leer toda la información. Es a las 19h, y gratis.

Kiko Amat entrevista a DEREK THOMPSON (la entrevista sin cortes)

El libro Creadores de hits; cómo triunfar en la era de la distracción (Capitán Swing, 2018) trata de explicar por qué algunas cosas se convierten en populares, sea la Mona Lisa, el “Rock around the clock” o Star Wars. Mientras que otras se hunden como perdigones.

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Si alguno de ustedes es artista, se habrá preguntado alguna vez cómo puede ser que su arte no venda un carajo, mientras que el de aquel cursi de allí no para de subir en las listas. También nos sucede como fans: muchos años después de admirar a determinado grupo, sigue sumiéndonos en la perplejidad que no se comieran un rosco, mientras que Queen tienen ya biopic, estatua ecuestre, línea de figuras articuladas y una representación de Els Pastorets con música de la banda.

En nuestra ayuda llega el escritor norteamericano Derek Thompson y su libro Creadores de hits. Sus teorías tal vez no sean del todo halagüeñas (la calidad no lo es todo; el azar juega un papel inestimable; sin distribución da igual quién seas, amiguete; lo radical de verdad no triunfa), pero al menos aventuran respuestas al misterio.

Los humanos buscan una mezcla de familiaridad y reto, curiosidad y conservadurismo.

Sí. Es un poco contraintuitivo, porque la gente asume que a todo el mundo le encanta lo nuevo. De hecho, estudios demuestran que la palabra “nuevo” es la más utilizada en publicidad. Se cree que los humanos tenemos una preferencia innata por la novedad, cosa que no creo que sea cierta. Nos encantan los productos nuevos, los libros que no hemos leído y todo eso, pero en realidad lo que nos gusta de ellos es la “sorpresa de la familiaridad”. Parece una paradoja, pero es algo que sucede continuamente. En una canción que no hemos escuchado nunca, por ejemplo, pero que nos recuerda un poco a aquella otra canción que nos encanta. Nos encanta ese shock de reconocimiento. Cuando el final de una película nueva hace clic con nuestras expectativas, en realidad se trata del shock del reconocimiento. Somos a la vez neofílicos y neofóbicos.

Eso podríamos aplicarlo a los movimientos artísticos o las vanguardias. Cuando aparece uno que es totalmente nuevo, la gente suele odiarlo. Dada, por ejemplo. O la música industrial.

Cierto. Me encanta la pintura abstracta de principios del siglo XX, Picasso o Kandinsky cuando empezaban. La gente creía que esos tipos estaban completamente locos. Suele existir un arco en el cual algo, al principio, no le gusta a nadie, pero según se van familiarizando con ello ese algo va cobrando más adeptos, hasta que accede a un pico de reconocimiento más o menos mayoritario. Hace ese clic, y la gente de repente lo “pilla”.

Es una reacción en cadena. Que algo le guste a cada vez más gente hace que ese algo le guste a cada vez más gente, y así hasta el infinito. La mayoría manda.

Cada vez hay más estudios que demuestran que somos animales de manada. Cuando algo es popular, solo puede hacerse más popular. A la gente le gustan cosas que le gustan a otra gente. Al mismo tiempo existe la figura del hípster, alguien a quien algo le gusta menos cuanto más popular es. Su identidad le fuerza a resistirse a la popularización de su gusto. A la vez, estudios sobre revueltas demuestran que mucha gente no tiene ganas de participar en ellas. Nadie quiere ser el primero en lanzar la piedra contra el escaparate. Pero cuando uno lo hace, y entonces se lanzan diez piedras, y luego veinte piedras, cada vez es más fácil que más gente se sume a la revuelta. La gente espera una prueba de popularidad para seguir una idea.

No sé si eso me reconforta o inquieta. Aplicado al antirracismo, tu teoría me da paz. Luego me acuerdo de Hitler, y tiemblo.

Creo que eso sucede con muchos aspectos de la naturaleza humana: son aterrorizadores e inspiradores a la vez. O a veces no simultáneamente, depende del contexto. El conservadurismo natural de la mayoría de gente en términos de gusto es algo que hay que tener en cuenta. Si eres un novelista o un científico que intenta introducir ideas que no existían antes, es crucial entender que para vender esas ideas radicales hay que hacerlas sutilmente familiares para la audiencia. No es algo pesimista ni optimista: es naturaleza humana. Cuanto más radical es una idea, más conviene pensar estratégicamente para hacerla familiar.

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Los Beatles conocían Fluxus y la música concreta, pero en Revolver decidieron aplicar esas ideas vanguardistas en un formato agradable, que le gustaba a todo el mundo.

Si: es lo que se conoce como M.A.Y.A. Lo Más Avanzado Y sin embargo Aceptable. Conviene recordar, asimismo, que los Beatles no empezaron haciendo Rubber soul o Revolver. Empezaron con “Please Please Me”. Pop muy sencillo, melodías de teatro musical, estrofa-estribillo estrofa-estribillo, que atrapaban a todo el mundo. Según fueron añadiendo complejidad, la gente que había entrado por su simplicidad les siguió hacia la novedad. Lo mismo sucede con Radiohead o Kanye West: empezaron con música más sencilla y popular, y fueron avanzando a sonidos más complejos, llevándose con ellos a su audiencia.

Una cosa sigue deprimiéndome: muchos de mis escritores y grupos pop favoritos nunca triunfaron, por muy M.A.Y.A. que fuesen.

En el libro profundizo en la historia de “Rock around the clock”, de Bill Haley. Era una canción destinada a no ser un hit, pues cuando se lanzó por primera vez fracasó, Bill Haley iba justo de carisma, etc. Pero entonces sucedió aquella historia imposible: al hijo de un actor de Hollywood le encantaba esa canción, y convenció a su padre para que la utilizaran en un filme, que triunfó, y catapultó la canción al #1. Está demostrado que por cada cosa que triunfa hay cien cosas, igual de buenas, que no lo hacen. El triunfo no es sinónimo de calidad. A veces solo tiene que ver con distribución, o suerte, o muchos otros factores. Así que supongo que algo así es un poco deprimente, especialmente si eres novelista. El contenido no sirve de nada si no hay buena distribución. La distribución es familiaridad.

Dedicas una amplia sección del libro a hablar de 50 sombras de grey, y el porqué de su éxito.

Ese libro es un ejemplo de algo que sucede cada vez más. Algunos productos e ideas se vuelven populares no porque en sí mismos sean buenos, sino porque el público quiere participar de la conversación alrededor de la idea. En esos casos, la popularidad es el producto. La conversación es el producto. Mucha gente ve programas de televisión no porque crean que les van a gustar, sino porque son el tema de conversación a su alrededor. El de sus amigos, y colegas del trabajo, o el de las redes sociales que frecuentan. A la gente no le gusta sentirse excluida. Mirarán la serie para comprar una entrada en la discusión. Internet ha acentuado ese fenómeno, que indudablemente ya existía. La gente sufre de F.O.M.O. o Fear Of Missing Out (miedo a perderse algo). Escuchan ese álbum, o leen ese libro, o ven esa serie de HBO, porque no se quieren perder lo que sea esa cosa. O sea, que en realidad están consumiendo el runrún, la habilidad de participar en conversaciones.

Supongo que ayuda que esa “conversación” sea sencilla. Porque por mucho FOMO que tengas, si la “conversación” va de la fisión del átomo, o traducción del sumerio, es posible que te largues bien rápido.

Sin duda. Creo que es así.

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More than a film

La repetición es el hogar. Alguna gente vuelve una y otra vez a sus cosas favoritas. Dices en tu libro que, por ejemplo, Dos tontos muy tontos ya no es solo una película para ti… Es algo más.

Sí, existe una diferencia entre la gente que no vuelve constantemente a sus cosas favoritas y la que sí lo hace. Hay gente que quiere descubrir. Su prioridad es la novedad. A mí me gusta descubrir, pero me encanta la riqueza de experiencia que viene con reconsumir. Volver a encontrar cosas que amar en un libro o filme favorito. Y hallar la seguridad que da el saber a priori que vas a disfrutar con algo. En nuestro caso, como escritores, existe un valor añadido. En nuestra vida diaria ya hay suficiente novedad: estamos escribiendo un libro, esa página está en blanco y esos personajes no existen. Estás inventando de cero. Nuestro trabajo es llenar espacios en blanco. Creo que, debido a eso, buscamos familiaridad en nuestro ocio. No quiero que mi ocio sea tan duro y sorprendente e incierto como es mi trabajo de escritor. Quiero desconectar y volver a ver los mismos episodios de Arrested Development y Friends.

¿Crees que la edad tiene que ver con eso? Tal vez llega un momento, a los cuarenta y largos, en que te dices: a la mierda, ya tengo The Sopranos y AC/DC. Paso de buscar más.

Existe algo llamado “periodos sensibles”. Son los periodos en que los estímulos, o las experiencias, o el trauma, se graban de un modo más profundo, para el resto de tu vida. Da la casualidad de que los “periodos sensibles” de los humanos respecto a la música tienden a darse entre la primera adolescencia y hasta los veinte. Ahí es cuando los gustos musicales se forman. Cuando llegan a los treinta y cinco, la mayoría de usuarios abandona completamente la búsqueda de música nueva. A mí me sucede algo parecido: ya no necesito encontrar mi nueva banda favorita. Ya tengo demasiadas. Esos “periodos sensibles” también existen para el cine, o para la política. Las preferencias políticas de la gente se cristalizan entre los veintitantos y los treinta. La gente de cuarenta años, por lo común, no pasa de ser socialista a la extrema derecha a los cuarenta. Esto demuestra que el gusto por la novedad es algo crucial para los adolescentes, pues están construyendo su identidad, y experimentando con distintas personalidades para ver la que se adecua más a quien son, y a su entorno, pero a los treinta, o los cincuenta, resulta cada vez más raro hallar cambios de personalidad. Llega un momento en que más o menos aceptas quién eres, qué te gusta, qué música escuchas y qué libros lees. Ya no vas a cambiar. Solo repites. En cierto sentido eso es algo triste, porque habrás perdido algo de la motivación del descubrimiento, pero por otro lado es muy sano, porque es un punto de vista realista, y además porque es cálido y reconfortante, y puede hacerte feliz.

La propaganda es otra forma de repetición. A Goebbels le encantaba.

Lo vemos constantemente en las fake news. Repetir algo, por falso que sea, hace que la gente acabe creyéndoselo. Esto es uno de los grandes temas de controversia que existen en los Estados Unidos ahora mismo. Donald Trump miente constantemente, y muchos medios tienden a parafrasearle, diga lo que diga. Por ejemplo: “Donald Trump dice que todos los musulmanes son violadores”. La simple mención de sus palabras las va familiarizando en la mente de la gente. A veces, la familiaridad puede fusionarse con los hechos, por osmosis. Algo nos parece verdadero porque lo hemos escuchado muchas veces. Esto es un punto de contención también en lo que respecta al debate sobre la teoría de la evolución. Si la cobertura de un tema eleva la credibilidad de ese tema, aunque la cobertura sea negativa, creo que tenemos que pensar muy bien cómo transmitimos las noticias. A veces tal vez sea mejor no darle cobertura al debate sobre la existencia del arca de Noé, por ejemplo, si esa cobertura va a confundir más a la gente.

Los tabloides ingleses han hecho de eso un arte: “Robbie Williams niega fumar crack en el parvulario de sus hijos”. Lo de “niega” nunca llega al público.

[ríe] En inglés también usamos el cliché de pregunta injusta, como por ejemplo “¿Cuándo dejaste de pegar a tu mujer?”. La mera formulación de la pregunta apunta a tu culpabilidad. Es una forma de introducir una idea falsa para que la otra persona tenga que responder directamente desde la defensa de su inocencia, incluso si la afirmación era una locura sin base alguna.

La homofilia, o tendencia a quedarnos con gente que se parece a nosotros, puede ser igualmente deprimente o reconfortante, depende de cómo la mires.

Sí. Por un lado podrías decidir que la homofilia es responsable del racismo, porque tendimos a juntarnos con gente de nuestra misma raza. Pero la amistad también es parte de la homofilia. Y el matrimonio. Si desapareciese la preferencia por lo familiar nuestra existencia sería mucho más complicada, porque querríamos cambiar todo el rato, y nos cansaríamos antes de la gente que nos rodea. Un teenager puede hartarse de un tipo de música o una moda, y es lo natural, pero no es deseable que esa ley rija nuestras relaciones adultas. Sería extenuante estar desechando y adoptando nuevos amigos continuamente. Asimismo, esta tendencia a crecer rodeado solo de gente que es como tú, sea gente blanca o negra, provoca que te pierdas mucha riqueza, y experiencias, y creces desconfiando de otras culturas y religiones, ideas foráneas, simplemente porque es más cómodo y agradable quedarte con los que son igual que tú.

(Esta entrevista se publicó en formato reducido en El Periódico de Catalunya. La que acaban de leer es la versión sin cortes. El copyright es to-pa-mí).

Entrevista a Kiko Amat en Manantial

Los hombres y mujeres de la Fundación Manantial, una asociación de familiares fundada en 1995 y formada para mejorar la atención social y sanitaria de las personas con problemas de salud mental, y que son lectores y fans de mi última novela, me han hecho hace poco esta dulce entrevista.

En ella hablo sobre todo de literatura, de mis comienzos y de locura. Y, naturalmente, de Antes del huracán.

Nik Cohn revisitado: aquella (terrible) carta de amor del 2003

Esto de aquí abajo me da un poco de vergüenza, pero lo adjunto a modo de testimonio histórico y como prueba de mi devoción hacia NIK COHN (y también, naturalmente, promoción de su próxima visita al festival Primera Persona, el 10-11 de mayo del 2019).

Se trata del primer artículo que me publicó un periódico mayoritario, La Vanguardia, en el año 2003. Yo acababa de publicar mi primera novela, El día que me vaya no se lo diré a nadie (Anagrama) y, al poco tiempo de debutar, Jordi Costa y Jordi Balló me ficharon para el suplemento Cultura/S. Con gran alborozo por mi parte (aún me costaba de creer lo de la novela).

No tardé mucho en decidir que mi primera pieza para un periódico grande tenía que estar dedicada a Nik Cohn, uno de mis ídolos literarios absolutos desde que tenía uso de razón. Hasta entonces solo había escrito artículos para fanzines (aunque cientos de ellos) y eso tal vez explique el tembleque debutante que se aprecia en el escrito. Auch. Sí, en algunas líneas casi puede escucharse como se me rompe la voz, de la emoción y el más puro canguelo escénico. Observen esas nalgas prietas, como aguantándome la caca. Declamando un poco, en modo verset de Nadal, porque quería que todo el mundo viese lo LISTO que era el chaval. Sin hacer ninguna broma, porque me aterrorizaba que en el Cultura/S descubriesen que acababan de fichar a un patán con el sentido del humor de un niño de seis años.

Cuando me puse a reunir artículos para aquel loco libro Chap chap, que me sacó incomprensiblemente Blackie Books en el 2015, y que compraron solo 2500 colgados de entre mis fans más jarcore (os llevo en el corazón, chorbos) supe que este, precisamente, no iba a ser seleccionado. Porque es malísimo, digámoslo claro. Al final decidí incluirlo solo como imagen, al final, casi ilegible (para curarme en salud) si no llevabas una lupa.

Pero, qué se yo, aunque no funcione la voz, ni la prosa, y aunque esté lleno de incorrecciones voy-a-poner-esto-porque-me-suena-guachi (“Cohn ha eludido siempre el ojo público a la manera de Beau Brummell”, WTF. Dos de los lechuguinos más exhibicionistas de la historia. ¿Qué cojones farfullas, Kiko?), sirve, como decía, para recordar por qué es tan GUAY Nik Cohn, y me ha recordado a mí mismo la de tiempo que llevo siendo fan absoluto, copiándole (al principio) como una bestia, usándole de faro artístico.

Ah, el título que le puse al artículo también me da ganas de vomitar. Y la cita a Lautréamont. Y la imagen mierdosa de la “bandera arriada”.

 

Nik Cohn

7 pulgadas, 7 palabras

Su nombre puede distinguirse tras el “Based on a story by” de los créditos de Saturday Night Fever. También escribió la primera historia del pop doblemente pop. Su legado fue saqueado por David Bowie y los Who. Pero hay más, mucho más.

I am Still the Greatest Says Johnny AngeloNo hay nada más feo que las deudas impagadas, y sin embargo en el campo de la creación artística éstas abundan. Las influencias se esconden como algo prohibido, y todo es culpa de un incomprensible horror al plagio. Pero “el plagio es necesario; el progreso lo implica”, decía Lautréamont. Y en casos de plagio sano hay que pagar las deudas. Hay que nombrar a los maestros.

En los campos del pop, un nombre se esconde con la bandera arriada: Nik Cohn. Rodeado de una aureola de secretismo, el escritor que mejor ha plasmado la intensidad de una canción de tres minutos huye de la historia. Gentleman primigenio y uno de los periodistas más copiados de poplandia, Cohn ha eludido siempre el ojo público a la manera de Beau Brummell, uno de los primeros dandies. De él diría en su ensayo “Today there are no gentlemen”: “Brummell era obsesivo. Tal vez creía en la discreción, pero también en sufrir, en trabajar en cada detalle hasta que todo era perfecto”.

En el Museo de Epifanías mundiales hay cientos de vitrinas. En cada una el momento crucial que cambió el futuro de alguien. Nacido en Londres en 1946, Nik Cohn pasa su adolescencia en Irlanda del Norte, en Londonderry; es allí donde verá por primera vez a algunos teddy boys bailando rock’n’roll, y la impresión que este encuentro deja le acompañará siempre. “(Los teds) eran, en todos los sentidos, no-personas. Y sin embargo, aquí en The Strand, bajo la luz de neón del rock’n’roll, eran heroicos (…) hacían que la realidad fuera irrelevante”, diría en su relato “In Derry”.

Aquel hecho transformaría la vida de Nik Cohn. A los diecisiete se traslada a Londres con la intención de ser escritor; su primera novela, Market, está fechada en esa época. Tres años más tarde publica I am still the greatest says Johnny Angelo e inventa la narrativa pop. La historia de un adolescente que consigue ser una estrella del R’n’R, no es tanto su linea argumental lo importante –aunque David Bowie declararía que influenció la idea de Ziggy Stardust- como la forma en que está escrita. Con su brevedad, su flash, sus detalles, Johnny Angelo es el pop. Nik Cohn lo vivía desde dentro, y el nervio se traducía en palabras cortantes, inspiradas. “Bailando en una rampa, bajando por una tubería, se retorcía y agitaba y temblaba, se movía por todas partes y esto es lo que quería decir: Que os jodan”.

A los veintidós se desplaza de nuevo a Irlanda y desde allí publica lo que será su obra magna Awopbopaloobop Alopbamboom. Muchas cosas separan esta historia del pop de intentos posteriores; no solo fue la primera, sino que además fue escrita sin prestar atención a hechos o cifras. Nik Cohn escribe el libro como Pete Townshend escribía canciones pop, en la cabeza y con el estómago. Al mismo tiempo Awopbop… se construye como un obituario: acabado en 1968, el autor se despide del rock’n’roll, que considera en plena decadencia. “Mis opciones eran claras. Podía mantener la fe de aquellos teddy boys en Derry. Mantenerme fiel al rock como un romance condenado, un golpear contracorriente, un instante. O podía aburrirme. Rico, sin duda, y brutalmente adulado. Pero en el fondo un traidor”, diría. Bill Haley, los Monkees, Phil Spector y los Who; todo lo que hay que saber sobre el pop está ahí.

A pesar de ello, Awopbop… dista de ser su último proyecto. Ya instalado en NY el escritor continuaría una carrera brillante de relatos y ensayos. En todos ellos se percibe lo que Norman Mailer definiría como “autores para los que todo debe encajar”, gente con una visión que establece paralelismos y funda un universo coherente. Kevin Pearce, confeso discípulo de Cohn, diría que “las conexiones lo son todo”. Esa frase resume la esencia del trabajo de Cohn, pues sería éste el primero en comparar lo incomparable, describir canciones con metaforas físicas, palpables. Y mientras, sembrar deudas: “Arfur” (1970), el relato del jugador de pinball como icono pop, inspiraría el Tommy de los Who. “Another Saturday Night” (1975), la historia – basada en los mods londinenses- de un gang de portorriqueños enamorados de la música disco, lo haría a su vez con Saturday Night Fever, el hit fílmico. En su novela de 1992 The heart of the world, las bandas de delincuentes juveniles de Moscú tienen nombres de grupos pop: los John’s Children, los Action, los Troggs. Cada pincelada un punto de color en su universo de conexiones.

“Cohn es un dandy en una época de gacetilleros. Posee un sentido ardiente del presente pero no se dobla con los vientos de la moda. Es único. Es suficiente” declararía de él Gordon Burn. Cierto. Siempre mejor lo intenso que lo extenso. Kiko Amat

(Artículo publicado previamente en el Cultura/S de La Vanguardia, en no sé qué mes del 2003).