SARAH HEPOLA: “Beber hasta el estupor es un tipo de conformidad” (la charla completa)

La escritora sureña Sarah Hepola publica Lagunas (Pepitas de Calabaza), unas memorias de alcoholismo tan desoladoras y sobrias (perdonen el retruécano) como inesperadamente tragicómicas.

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Sarah en épocas de frasco

Decir “solo bebo cuando salgo” es como decir “ahora mato menos niños”: una frase que busca tranquilizar pero solo causa alarma. ¿Y si vives en un lugar donde se sale siempre? La cultura de la melopea forma parte de la memoria celular de nuestro país, y lo mismo sucede en Norteamérica. En ambos lugares sabes que has bebido Como Dios Manda cuando entras en casa “ciego de un ojo, apestando y con las rodillas sangrantes” (como cantan Drive-By Truckers). Naturalmente, lo tienes peor si eres mujer. “Cuando los hombres se ponen ciegos, hacen cosas. Cuando las mujeres se ponen ciegas, se las hacen a ellas”, escribe Sarah Hepola. Lagunas destapa el lado fatídico, catástrofe-en-ciernes, del borrachín social; o cómo esos chispeantes nacimientos de ríos pueden desembocar en el más deprimente mar. Si luces moratones a menudo, envías whatsapps de disculpa rutinarios a la mañana siguiente de una cena, te has caído al menos una vez por las escaleras y, encima, todo eso te parece normal, necesitas este libro.

En la mayoría de memorias alcohólicas se barajan cifras de alarmante precocidad. Probaste el alcohol por primera vez a los… ¿Siete?

Y a los once me puse como una cuba por primera vez. Sí, es un rasgo común para la gente que acaba teniendo problemas con la bebida. No está muy claro si la gente con problemas es propensa a beber, o si la propensión a beber ocasiona algunos de esos problemas. El misterio es si esto está determinado biológicamente. En mi precocidad se distinguen varios factores: incomodidad conmigo misma, ansiedad social, duda e inseguridad y… que me gusta el alcohol. Tengo una disposición genética hacia ello. Va conmigo. Recuerdo que en el instituto algunas amigas se quejaban por el sabor del alcohol, y yo no lo entendía. A mí el alcohol me arreglaba. Me di cuenta de ello muy temprano. Si uno halla lo que le “recompone” a los once, está claro que va a seguir recurriendo a ello una y otra vez.

Tu padre también tuvo problemas con la bebida. Eso podría explicarse por determinación genética o, simplemente, porque crecisteis juntos, y todo lo malo se pega.

Somos un producto de la genética y del entorno. De nuestras elecciones y de nuestra biología. Y de nuestra cultura. Llegué a la mayoría de edad en una década eminentemente bebedora. Si lo hubiese hecho en una época de drogas, tal vez me hubiese inclinado hacia ellas (aunque no lo creo: nunca me ha gustado fumar hierba; no va conmigo). Además, soy medio irlandesa y finlandesa. Dos países con una cultura del alcohol muy potente. Tener sangre irlandesa no me hizo una borracha; no es tan sencillo. Solo significa que acarreo de nacimiento una cierta propensión a beber. Por añadidura, siempre he podido beber sin desmayarme, por desgracia, ni siquiera vomitar. En el instituto, aquellos “atributos” me fueron útiles. Ser capaz de beber de aquel modo me hizo sentir guay. Cuando eres tan joven, sentirte guay es muy importante.

Para los nerds, los poco atléticos o los que padecíamos una larga serie de inadecuaciones sociales y físicas, beber era la poción mágica.

Siempre escribo desde una perspectiva femenina, y por eso me gusta que me recuerdes que esos desajustes también les suceden a los hombres. Los hombres, de hecho, se hallan bajo una presión enorme para probar su dureza, su competitividad y su condición física en todo momento. Su virilidad. Yo soy bastante bajita y flaca. Nunca sentí que la gente me tomase en serio en el instituto. Era el bufón. Y el alcohol me hacía sentir poderosa. Como tú, no era nada atlética, porque me sentía muy incómoda en mi propio cuerpo, pero beber me hacía competitiva. Era un juego en el que podía ganar, al fin. Bebía cerveza mucho más rápido que los tíos, y eso me hacía sentir dura y molona. Era la única cosa física que hacía mejor que los hombres. Ellos corrían más rápido, lanzaban cosas pesadas más lejos… Pero yo les tumbaba bebiendo, y eso me hacía sentir fuerte; competir y ganarles en ese campo me daba un subidón.

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Para los que fueron niños asustadizos y frágiles, el alcohol se revela como un milagro. Un par de tragos y no le temes a nada.

Esa es una de las mayores atracciones que sentí yo también. El coraje artificial. Yo era una chica extremadamente sensible. Me daba miedo lo que la gente pensase de mí. Me consumía la idea de que la gente me juzgaba, que no era lo suficientemente buena… Vivía atrapada en una obsesión de autoexamen enfermizo. Pero de repente echaba algo de ese alcohol en mi organismo, y el miedo desaparecía. Por completo. Era magia. Pura magia. Esa valentía maravillosa que mencionas es, en mi opinión, la mayor belleza y el mayor peligro del alcohol. Los temores dejan de importarte. Dejas de sentir miedo. Tal cual. Y eso te hace sentir libre y poderoso, como si pudieses volar. Pero no puedes volar. Y acabas metido en situaciones completamente descabelladas, en las que nunca te hubieses involucrado de no ser por el pedo que llevas.

La verdad es que el alcohol soluciona lo del miedo, pero entonces te mete en chanchullos de lo más desaconsejables para tu integridad física y moral.

Chanchullos es la palabra [ríe]. El alcohol canjea un problema por otro. Estás fregando el suelo a la vez que derramas líquido. Pero no se trata solo de los chanchullos, también es el dolor. Las resacas son algo horrible, empecemos por ahí. Tropezar y caer, tener moratones por todas partes… Son problemas nuevos. El alcohol aparece en tu vida en un momento frágil (para mí la infancia, para ti la adolescencia) y se presenta como una solución, pero el remedio no dura eternamente. Yo me vi obligada a dejarlo del todo. La mayoría de gente se ve obligada a renegociar su contrato con el alcohol cuando han pasado unos años.

En tu libro aparecen numerosas escenas de borrachera hostil. ¿Crees que llevamos esa rabia dentro y el alcohol la libera, o por el contrario crees que el alcohol te transforma en alguien hostil, aunque seas un trozo de pan?

Una combinación de ambas. Siempre he reprimido la ira, que a su vez era una consecuencia de mi miedo. El temor por no gustar me convirtió en una persona complaciente en la universidad. Me gustaba mucho agradar a los demás, por estúpido que suene. Es algo muy humano. Pero a la vez, hacer ver que todo estaba bien y nada me irritaba me llevaba a enterrar la parte dolida y frustrada de mí. Esa parte subía a la superficie cuando bebía. Los terapeutas denominan a esto “las partes no integradas de tu personalidad”. Te presentas como alguien feliz y centrado, pero en realidad estás lleno de rabia inexpresada. Eso por un lado. Por el otro salta a la vista que el alcohol aumenta el volumen de tus sentimientos. Cuando vas muy borracho gritas o lloras por algo que, a la mañana siguiente, descubres que era una parida. Algo que nunca te había importado, ni formaba parte de tus inquietudes o angustias. No era una parte “no integrada” de ti, sino una distorsión deliberada de tu Yo. Veo el alcohol como un pedal de distorsión de quién eres en realidad. Piensa en todas las veces en que has gritado “¡esta es la fiesta más alucinante de mi vida!”, cuando francamente no había para tanto [ríe]. O te has super-cabreado con alguien por nada. Es un agente amplificador a la vez que liberador. Depende del momento.

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Escribes “bebía hasta llegar a un lugar en que me daban igual [mis conflictos personales], pero me despertaba siendo una persona que se preocupaba mucho”. Nunca he sabido si envidiar o compadecer a la gente que carece por completo de remordimientos de borracho.

Yo también solía envidiar a los amigos a quienes les daba igual lo que habían hecho la noche anterior. En los Estados Unidos está muy de moda que te importe todo una mierda. No comparto esa noción, pero creo que es una reacción al hecho de que a la mayoría de nosotros sí nos importan cosas (aunque a menudo deseemos que no nos importen). La bebida me daba una libertad efímera, pero nunca conseguí zafarme del remordimiento. Me pregunto a menudo si los remordimientos eran una consecuencia de ser demasiado dura conmigo misma, de ser una persona cohibida que no es capaz de dejar pasar ciertas cosas, de olvidar, de relajarme. Lo que a su vez era la causa principal de mi inclinación a la bebida: el deseo de librarme de esa voz en mi cabeza que estaba siempre criticándome. No sé si mi relación con la bebida hubiese sido mejor sin la tortura del remordimiento. Sí sé que tengo que ser el mejor yo posible. Cuando bebo hago cosas que no haría normalmente, y eso me hace sentir mal.

Es una paradoja: bebes para no estar siempre paranoico, pero las cosas que haces borracho te dan más razones para estar paranoico.

Es un ciclo que se autoperpetúa. La mayoría de borrachos son gente muy sensible. La bebida es su anestesia. Buscas entumecer ciertas neuras y angustias. Y para la mayoría de gente funciona. Pero yo estaba entumeciéndome demasiado, y por tanto haciendo cosas que no estaban bien. Durante una época me sentí como dos personas a la vez: la persona que se emborrachaba y hacía gilipolleces, y la persona que se levantaba con dolor de cabeza y odiando a su otro yo.

Me jode la asociación inconsciente que aún realizamos entre rebelión y bebercio. “Los squares no beben, bla bla”. Como si convertirte en un mamarracho farfullante representase algún tipo de insurrección.

[ríe] De hecho, beber hasta el estupor es un tipo de conformidad. Estás imitando los caducos estándares de rebeldía de otro. Lo que has afirmado es una de las cosas que quería contar en mi libro: cómo crecí con la idea de que beber era heroico. En mi caso tiene que ver con ser mujer, en tu caso se trata de una imposición contracultural, supongo. Leer a Kerouac, todo eso. Pero Kerouac murió como un borracho imbécil con los pantalones meados.

En casa de su madre.

¡En casa de su madre, exacto! Es una historia tristísima. Un hombre que pasó la vida hablando de libertad e independencia y nunca las halló. Yo nací en 1974 y crecí adorando el mismo tipo de escritores. Todos esos hombres (siempre eran hombres) que se definían en oposición a la cultura conformista de mediados del siglo pasado. Desoír las expectativas que se tenía de ellos, salirse de la norma, beber y fumar eran los significantes de su rebeldía. De hecho, beber y fumar se convirtieron en herramientas de marketing: en los anuncios de televisión, los protagonistas siempre salían con una copa en la mano y un cigarrillo en la otra. Esos dos objetos te decían que ese tipo o tipa era de los tuyos; que era una mujer que pensaba por si misma; que era lista y profunda; y que no le importaba lo que los demás pensaran de ella. Durante décadas yo realicé la misma asociación. Por eso, cuando a los treinta y cinco me tuve que plantear dejar de beber, me rompió el corazón. Porque yo aún creía que no beber era de perdedores. De squares, como tú dices. Y que la gente como yo, como tú, como nosotros, el underground, me iba a mirar por encima del hombro, pues me había vuelto “aburrida”. Ahora ya lo he superado, pero en su momento fue muy triste, me sentí muy rechazada. Como si hubiese fracasado haciendo algo que me estaba destruyendo.

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Sangre a medio coagular, mirada vidriosa y birra #42: los ingredientes de una “gran” noche

Todavía persiste la noción de que “los escritores beben; es lo que hacemos”. Pero beber no soluciona nada. Escribir sí.

En efecto. Todas las cosas que los escritores estamos intentando resolver: la propia alienación de cara al mundo, la locura, el hecho de no encajar… El alcohol se presenta como una cura para todas ellas. Pero la verdadera cura es el trabajo. La única forma de establecer una conexión es escribir. Y esa es la experiencia transformativa en la que un escritor debería apoyarse. No hace falta ser un genio para ver que el alcohol nos impide escribir. Es un estorbo para nuestro trabajo. Yo era la típica periodista que siempre quiso escribir un libro. Pero nunca me ponía a ello, porque me resultaba difícil concentrarme, o tenía una resaca de mil demonios… Al final lo único que podía hacer era mirar la televisión. Escribir requiere concentración y dedicación. A la vez, entiendo de donde viene la noción del escritor borracho. Los escritores tienen personalidades propensas al alcohol, son ultrasensibles, con ansiedades sociales… El alcohol nos facilita salir de la cáscara y conectar con nuestro entorno. Es lo único que echo de menos. Pero mi escritura mejoró en el momento en que dejé de beber.

Desperdiciar el talento que te han otorgado los dioses es un pecado mortal.

Sí. Me fue dada la capacidad de escribir. No se me entregó habilidad atlética. No me hicieron alta. Por alguna razón, nací con la capacidad de pensar con profundidad y juntar palabras. Mi responsabilidad es ser la guardiana de esos talentos.

El cliché del escritor maldito y borrachuzo, que tiene que insultar a gente en fiestas y vomitar en premios literarios, es lamentable.

[ríe] El escritor bebedor es, en efecto, un cliché. Y una de las cosas que supuestamente tiene que odiar un escritor es el cliché. En teoría tenemos que resistir ante los clichés, y sin embargo no paramos de caer en la trampa, una y otra vez. La rebelión debería ser… Original. Algo que no se esperan. Desde luego no debería ser meterte ciegamente en los zapatos de una panda de (de acuerdo) gigantes literarios antiguos que sufrían unos problemas de bebida terribles.

En Lagunas afirmas “nunca me ha gustado la parte del libro en la que el personaje principal deja de beber”.

Eso tiene que ver con haber crecido escapando a libros y películas, que necesitan que exista conflicto y drama. La ficción nos ha vendido que el conflicto es deseable para llevar una buena vida, cosa que, naturalmente, no es cierta. Otra falsedad es la que afirma que en la sobriedad no hay conflicto. Cuando dejé de beber, de hecho, tuve que enfrentarme de una vez por todas a todas las gilipolleces que había sepultado en borracheras. Es decir, que mi vida está más llena de conflicto ahora que antes. Lo que sucede es que no es el conflicto “romántico” o dramático del borracho. Ya no me caigo por las escaleras, no me levanto al lado de tipos que no conozco. Esa tragedia romántica va de perlas para un filme o una novela, claro, del mismo modo que va fatal para la vida cotidiana. Mi conflicto actual es mucho más mundano y verdadero, incluso eterno: ¿qué quiero hacer con mi vida? [ríe] ¿cómo supero mis temores? ¿cómo me convierto en alguien mejor? ¿tengo de veras que acostarme con tantos hombres? Y sí resulta que sí, ¿por qué? En resumen: ¿Qué quiero de veras? Esa es la pregunta que me hago, en lugar de beber para llegar a ese sitio donde no tengo miedo y hago cosas estúpidas y me despierto no sé dónde y descubro lo que hice y me doy asco.

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Sarah Hepola, hoy. Bored to be wild.

En el libro afirmas que las restricciones puritanas de tu país convierten el alcohol en un pecado deseable. Pero España carece, en principio, de cultura moralista (respecto al alcohol), y sin embargo está infestada de borrachos.

Piensa que afirmo eso en plena época alcohólica. No estoy seguro de que sea verdad, pero me encantaba creerlo cuando bebía. Me iba bien culpar en parte a la cultura americana de mis desgracias. Pero a la vez, los Estados Unidos siempre han tenido problemas de extremos: obesidad, armas, opiáceos, alcohol… Mucho de ello tiene que ver con la cultura individualista del país, con la ausencia de legislación, y tal vez también con los orígenes puritanos de la nación. No lo tengo claro. Pero sí sé que, cuando hablo con gente de culturas bebedoras, España siempre aparece en las primeras posiciones. En todo caso, los problemas con la bebida no son específicos de los Estados Unidos, o de ningún país. Yo habría tenido el mismo problema en cualquier otro lugar del mundo, lo tengo clarísimo.

“Me había olvidado de lo que es ser una persona introvertida. Había ahogado a esa tímida niña con tantas cajas de doce cervezas que cuando aparecía, nerviosa y temblorosa, me moría de vergüenza”. Esa frase me rompió el corazón, además de colocar un molesto espejo ante mis narices.

Beber me franqueó el acceso a una parte distinta de mi personalidad. Lo admito. Yo estaba atascada en la introversión y la timidez, y el alcohol me permitió probar lo que sería vivir otra vida, una vida sin miedo, una vida de decir lo que piensas y hablar alto y bailar en la mesa, porque eso era lo que más deseaba. Le agradezco al alcohol que me proporcionara esa experiencia durante un tiempo. Lo que pasa es que, cuando quitas el alcohol de la ecuación, te das cuenta de que aquella persona no eres tú. Tú eres la chica que está leyendo sola en su habitación, dándole vueltas a una idea una y otra vez. He tenido que superar mi timidez y salir al mundo, pero no creo que pueda regresar jamás a aquella versión salvaje de mí. Porque no era yo, en realidad. Y te diré algo más: creo que me he ganado ser como soy ahora, todo lo que hago. Cuando bebía, cuando recibía aquel coraje postizo, no me lo había ganado.

También dices que “la bebida detiene el desarrollo emocional a la edad en que se empieza a utilizar para evitar el desasosiego”. Eso quiere decir que yo tengo catorce años y tú unos… ¿Once?  ¡Tenemos toda la vida por delante!

[ríe] Pues sí. Y la verdad es que me siento así a menudo. Como si acabara de empezar. Al principio de dejar de beber era como si me hubiese vuelto adolescente de repente: me intimidaban los tíos, no quería salir con nadie, me aterrorizaba el sexo… Según pasaron los años me fui sintiendo más cómoda, salí con gente, me vi preparada para tomar más riesgos… Como haría una joven que va creciendo. Y entonces entré en mi fase “universitaria”, pasé por todas esas transformaciones de uno mismo, ensayé otras versiones de mí… Mi nuevo libro va de ser cuarentona, soltera, sin hijos, y haberlo querido así. Es una reflexión sobre cómo he llegado a este punto, y si es una bendición o una maldición. Creo que son las dos cosas a la vez. Mucho de ello tiene que ver con mis años de bebedora. Cuando hice de la bebida el centro de mi existencia, no dejaba mucho sitio para otras cosas, empezando por relaciones estables y serias. Y de ser madre ya ni hablamos. No podía ni cuidar de mí misma. A veces me siento un poco retrasada respecto a otra gente de mi edad, como si hubiese perdido años por al camino. Y los perdí. Eso me entristece a veces. Tengo cuarenta y cuatro años, pero no me siento como alguien de esa edad. Supongo que eso puede ser bueno también. Estoy en periodo de crecimiento ahora. Ya no estoy atascada, como estaba cuando bebía. Dejar de beber ha permitido que crezca de nuevo una parte de mí.

Beber quita muchas horas.

[ríe] Ya te digo. Es como un trabajo a jornada completa. Cuando dejé de beber, una gran parte de la crisis era: ¿qué hago ahora con todas estas horas libres? La respuesta fue: escribe un maldito libro.

Kiko Amat

(Esta es la charla completa de mi entrevista con Sarah Hepola, que publicó en formato breve El Periódico hace unas semanas y que pueden leer aquí. Me encanta esta conversación, espero que les guste a ustedes también)

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