CHRIS OFFUTT: “Uno puede haber sido victimizado y rechazar ser una víctima”

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El novelista de los Apalaches, ex guionista de Treme o True Blood, debutó en España con la colección de relatos Kentucky seco (Sajalín editores) y la memoria familiar Mi padre el pornógrafo (Malas tierras). Ahora se le añade Noche cerrada (Sajalín editores).

Chris Offutt (1958) suele aparecer en las fotos con camisas de leñador sin mangas y rostro de mapache huraño recién levantado de la siesta. En otra imagen sostiene un fusil en la clavícula mientras su trasero descansa sobre una montaña de manuscritos pornográficos (más sobre eso más abajo). Offutt nació en un pueblo minero de doscientos habitantes que por aquel entonces era un esputo invisible en los mapas y hoy ni siquiera existe. Se licenció en la Universidad de Morehead, pero enmendó el desliz recorriéndose los Estados Unidos a dedo y dejándose los callos en empleos horribles (y por ello le perdonamos la fase universitaria)

Offut es, como habrán adivinado, un autor del género conocido como Hillbilly noir o grit lit. La primera frase de su brutal, imprescindible, colección de relatos Kentucky Seco es “Nadie de esta ladera acabó el instituto”. Sus escritos hablan de fango, desempleo, padres que se ahorcan, predicadores furiosos, tabaco de mascar y gente destruida por el trabajo duro y el alcohol ponzoñoso (generalmente casero). Gente blanca que, pese a su “privilegiado” color de piel, ocupa un lugar bien bajo en la cadena alimenticia norteamericana. El bagaje redneck de Offutt acarrea un estigma adicional, pues su padre era Andrew J. Offutt, el prolífico autor de pornografía pulp, además de borracho y mal progenitor a jornada completa, que protagoniza la memoria Mi padre el pornógrafo.

Lo que suelta Tolstoi en Anna Karenina de que todas las familias felices son iguales pero cada familia infeliz lo es a su manera, siempre me ha parecido una chorrada. La infelicidad que relatas en tus libros es la misma que tantas otras.

Esa es la típica cita que no admite un segundo análisis. Si te paras a pensarla y la examinas, te das cuenta de que suena mucho mejor de lo que significa. A los universitarios y críticos les encanta repetirla como una ley, suena ingeniosa y profunda, pero en el fondo es una parida. Algo que podría haber dicho un político en plena campaña. Si hay algo indiscutible es que la tristeza no es excepcional.

El padre es el causante de la tristeza de muchas familias. Eso es un hecho bastante universal, diga lo que diga el viejo Tolstoi.

Mi padre no era un hombre feliz. No se gustaba a sí mismo, alejó de él a todo el mundo, su madre, su hermana, sus hijos. Era feliz con mi madre, mientras mi madre hiciese todo lo que él decía. Ella tampoco era feliz, pero jamás lo dijo. Era una mujer chapada a la Antigua. Se quedó con mi padre, pese a que él era un borracho malicioso [ríe]. Todos los hijos nos fuimos lo antes posible de aquel hogar. La infelicidad en mi familia empieza con él, pero se extendió por todos mis hermanos. Una de mis hermanas no se casó nunca, y las dos se negaron a tener hijos. Eso es algo muy inusual en el sitio de donde vengo, y tiene que ver con mi padre.

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Una de las fuentes del carácter inmundo de tu padre era su obsesión por escribir, lo cual (a mis oídos) no suena tan negativo.

Todos los artistas de verdad tenemos esa prioridad, es cierto. Para un escritor, la escritura es lo principal. Lo mismo sucede con pintores, músicos y lo que sea. Pero existen formas de equilibrarlo. Tu forma de arte ocupa el primer lugar, de acuerdo, pero reservas un espacio para el amor o la familia. Mi padre no lo veía de ese modo. Para muchos hombres, de todos los ámbitos, el trabajo va primero. Para los políticos y empresarios, los negocios son la prioridad. Un tendero o un granjero trabajará sesenta o setenta horas a la semana para llevar adelante su negocio. No creo que esa óptica sea mala por sí misma; yo soy así. Pero a la vez he conseguido tener relaciones excelentes con mis hijos. No los he descuidado. El problema de mi padre es que se sentía atrapado en su familia y era infeliz. También estaba obsesionado con el sexo y le gustaba beber y se desagradaba a sí mismo de un modo muy profundo. Escribir pornografía le llenaba de vergüenza y culpa. Para lidiar con esas cosas echaba mano del whisky y del personaje que se había creado para sí mismo: John Cleeve. Un machote despiadado y fascinante.

Se suele pintar al abusón como un tipo lleno de ego, pero los mayores abusones suelen ser gente de lo más insegura. Tu padre tenía una visión de sí mismo que era a la vez enorme y frágil, como si estuviese hecha de “bambú y papel”.

Mi padre siempre decía que prefería ser un pez grande en un estanque pequeño. Era como un niño. Se veía a sí mismo de un modo grandioso, pero si algo entraba en contradicción con esa grandiosidad o la ponía en duda, se tiraba a la yugular. Tenía una personalidad narcisista.

Los padres de los años sesenta y setenta eran fundamentalmente inmaduros.

En mi país, los sesenta y setenta fueron décadas de cambios enormes, sociales y de todo tipo. Todo aquello en lo que creían mis padres, todo lo que se les dijo que tenían que hacer (casarse, tener hijos a los veinte, comprarse una casa con jardín, conseguir un buen trabajo, ir a misa…) se puso en duda por ese cambio social. Lo que sucedió es que, al contrario que tantos otros padres, que se sintieron abrumados o se volvieron más conservadores, a los míos les encantó el nuevo paradigma. Desearon abrazar esa libertad que traían los sesenta y setenta. Lo que sucedía, claro, es que estaban atrapados por todos los niños que habían traído al mundo. Mis padres decidieron que seguirían adelante con su sueño de libertad pese a las deudas y obligaciones que habían contraído, lo que denota un egoísmo básico en su carácter. En los años setenta americanos, los adultos se concentraron en sí mismos, en sus deseos, y a la mierda todo. Los niños no eran parte de la ecuación.

El prototipo que encarna tu madre, la esposa de escritor devota y silente, que lo hace todo para que el “genio” de la casa no pierda su musa, es una especie casi extinta.

Espero que así sea. No era un contrato muy gratificante para las mujeres. Mi padre lo exigía así, y eso es lo que aceptó mi madre, en pocas palabras. La experiencia de mi madre con otros hombres era muy limitada, había vivido con su propio padre hasta el día que se casó. Fue de un hombre a otro hombre, sin paradas intermedias. Desde el punto de vista de mi madre, su marido la había “salvado” de quedarse para vestir santos. Mis padres eran buenos católicos, y como tales tenían muy poca experiencia sexual, así que a los veintitrés o veinticuatro se conformaron el uno con el otro. Mi madre tiene ochenta y cuatro años, así que en breve va a extinguirse de un modo literal [ríe]. El viejo cliché del “genio” que trabaja y la mujercita que le cuida es destructivo para todos los implicados, y también para el arte. Desde luego lo fue para mi padre.

Examination and Compassion

Andrew J. Offutt. Las personas de la foto pueden parecer más simpáticas de lo que son en realidad

La adoración ciega de tu madre acabó de convertir a Andrew J. Offutt en un déspota enajenado.

Lo jodido del caso es que mi padre estaba convencido de que era un genio, a pesar de todo, y mi madre acabó creyéndole. Su matrimonio estaba basado en esa adoración ciega. Ambos llegaron a extremos inconcebibles para mantener viva esa ficción. Mi madre aún se niega a admitir ciertas cosas del pasado familiar. Un ejemplo: hace tiempo que quiere visitar la vieja casa familiar, donde vivimos durante quince años, y que está lejos de donde reside ahora, en Mississippi. Pues ninguno de sus cuatro hijos, yo incluido, quiere llevarla allí. Y la razón es sencilla: fuimos infelices en aquel lugar. Quince años en aquella casa de Kentucky nos jodieron bien la vida, y ninguno de nosotros quiere volver a verla ni en pintura. Mi madre no entiende ese rechazo. Rehúsa tajantemente reconocer nuestra infelicidad, y las razones que tenemos para ser infelices.

¿Tu madre ha leído el libro?

Sí. Lo único que dijo al terminarlo fue (esto es muy revelador): “el libro me hizo echar de menos a tu padre”. Increíble. Leyó mi libro con las gafas de adoración ciega puestas. Pensó que era un buen libro, porque evocaba a mi padre de un modo lo suficientemente vívido como para que ella lo echase de menos. Lo cierto es que, cuando aquel hombre murió, mi madre no lo echó de menos en absoluto. Mi libro provocó la única mención a mi padre que le he escuchado en años. La última vez en que me había dicho algo sobre él era que no le echaba de menos, y se preguntaba si debería sentirse mal por ese hecho. Mi respuesta fue: “¡No! [ríe] Nadie le echa de menos. Lo tuyo es natural”. Nunca la había visto tan feliz como en los tres o cuatro años que siguieron al fallecimiento de mi padre. Del 78 al 81 iba cantando por la calle. Ahora ya no, claro; ahora ya está senil.

El único lado entrañable que se desprende de tus padres es el inconformismo friqui del que hacen gala. En todo lo demás son bastante repelentes, pero su talante marginal, nerdy, ciencia-ficcionero, les hace casi simpáticos.

Eran inadaptados sociales, eso está claro. Vivían en las montañas de los Apalaches y no tenían a ningún amigo allí. Su vida social se militaba a las convenciones de ciencia ficción. Iban a unas seis por año. Mi padre era agasajado allí, todo el mundo le prestaba atención. De repente, en aquel ambiente, ambos dejaban de ser inadaptados y se convertían en gente guay. Los demás nerds y inadaptados sociales le respetaban y escuchaban, mis padres se transformaban de repente en gente cool ante mis ojos. En aquellas convenciones vi un lado de mi padre que no conocía: era carismático y divertido, relajado, la gente quería tenerle cerca, le escuchaba. Claro que aquel no era mi padre de verdad, estaba metido en uno de sus seudónimos, John Cleve. Pornógrafo y creador de El Sexorcista o Bondage alienígena. Ocupaba ese rol durante cuatro días, luego volvía a casa a seguir siendo el hombre amargado que era en realidad. Para mí era muy raro enfrentarme a esa dualidad, a que mi padre fuese dos personas a la vez.

Si tu padre fuera el rey del porno escrito | Cultura | EL PAÍS

Dices que cuando volvía de esas convenciones sci-fi era peor aún, porque esperaba que sus hijos le agasajaran igual que sus fans.

Eso era lo que él deseaba y esperaba. Pero para un niño cualquiera es imposible adorar a un padre con entrega incondicional de grupi. Y con el mío en concreto era doblemente imposible, porque no era amable ni bueno con nosotros. Era crítico, mezquino, controlador, emocionalmente abusivo, y a la vez esperaba adoración completa. Sus expectativas sobre quién era y la vida que llevaba, y lo que la gente le debía, eran completas fantasías. Mi padre, después de cómo se había comportado a lo largo de nuestra infancia, esperaba que le fuésemos a visitar.

Afirmas que tu fidelidad no es a tu sangre o a tu familia sino a un lugar: los Apalaches. ¿Cuándo empezaste a sentirte así?

Los cuatro hermanos hacíamos todo lo que nos mandaba mi padre. Éramos niños. El resto del tiempo yo jugaba en los bosques, cada día, solo o acompañado. No me daba cuenta de que esa actividad obedecía al deseo de estar lo más alejado posible de mi casa y de mi padre. Me di cuenta de ello cuando tenía catorce o quince años. Allí vi que algo no estaba bien, y que tenía que escapar de aquel hogar lo antes posible. Me fui de Kentucky a los diecisiete. Pero en realidad estaba huyendo de mis padres (a ellos, por cierto, les fue bien que nos fuéramos, porque en el fondo éramos un estorbo).

Tus libros demuestran que te llevaste tu pasado contigo.

Sí. Nunca pude marcharme del todo. A los veinte recorrí los Estados Unidos a dedo. Fregaba platos allá donde fuese a parar. Me conseguía algún sitio asqueroso para dormir. Era una aventura: nuevo sitio, nueva gente, nueva experiencia. Y de allí me iba a otro lugar. Tuve suerte de que no me sucediera nada terrible. Me llevó mucho tiempo, unos diez años, darme cuenta de que estaba huyendo de un lugar, y de que no iba a solucionarlo de aquel modo. Porque de lo que huía no podía librarme yendo de sitio en sitio. Seguía teniendo a mi familia, y a Kentucky, en mi cabeza.

Lo terrible sucedió cerca de tu casa. En la memoria relatas un abuso sexual, pero lo haces de un modo práctico, exento de dramatismo, afirmando que rechazas ser etiquetado como víctima. Pero fuiste una víctima.

Sí, lo fui. Pero una cosa es ser una víctima y la otra es sentirte como tal. O etiquetarte así, y que aquello te defina. Yo no pienso en mí mismo de ese modo, hacerlo me parece una forma segura de deprimirte y entristecerte. A menudo, en muchos casos, los que se definen como víctimas buscan simpatía. Mi padre, por ejemplo, se veía a sí mismo como víctima de una injusticia, y por ello exigía aquel nivela de adoración y compasión. Uno puede haber sido victimizado y tener la fuerza de carácter para rechazar ser una víctima. Mi padre era así: alguien que vivía y actuaba como una víctima.

Dices que la bebida cambió la forma terrible en la que te sentías sobre ti mismo. Pero el alcohol es una muleta temporal para los traumas. Bebías para sobrellevar las conversaciones telefónicas con tu padre, pero aquello lo empeoraba.

Esa es la naturaleza del alcohol. Si bebes algo a media tarde, o cuando terminas el trabajo, te hace sentir mucho mejor. Te sientes animado, te entra euforia, quieres reír y charlar. Lo que pasa es que entonces te apetece prolongar esa euforia, y te bebes otra copa, y otra, y a la mañana siguiente te sientes como una mierda. Voy con mucho cuidado con eso. No bebo más que vino.

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Alguna gente tiene el talento innato para la borrachera feliz, y otra no. Tal vez se trate de un cromosoma.

Las veces en que he perdido los nervios había bebido en un 100% de las ocasiones. En mi familia el alcoholismo se lleva en la sangre. Mi padre murió de cirrosis, destruyó su hígado bebiendo. No quiero acabar así. Y además es muy malo para la escritura. Los escritores de mi generación y la anterior romantizaron la ingesta de alcohol, como si fuese parte del trabajo. La imagen del escritor borracho es un estereotipo popular. Y los escritores que empiezan creen que esa es una de las exigencias del oficio. Yo lo creí. Empecé a escribir de verdad hacia los treinta (porque a los veinte no tenía dinero para dedicarme a ello), y al poco tiempo me di cuenta que lo de beber y escribir era una trampa terrible. Solo daña tu escritura.

Lo más ridículo de todo ello es que mamarse aún se considere una muestra de inconformismo. El cliché del escritor borracho y “rebelde” en una fiesta literaria insultando a todo el mundo me da ganas de arrancarme los ojos.

Los escritores son gente que desea escapar. Una de las primeras vías de escape son los libros, un mundo nuevo al que entras, libro tras libro. Para alguna gente, el siguiente paso es crear un libro por sí mismos, darle forma con sus propias manos a esa vía de escape. El acto de la escritura es algo maravilloso y asombroso y estimulante, a la vez que duro. Es una experiencia única de realidad aumentada que, una vez detienes, al final del día, hace que todo lo demás te parezca anodino. Nada se le puede comparar. Nada es igual de interesante. Y entonces tienes que cortar el césped o poner gasolina, fregar los platos… Y todo eso te da ganas de echarte algo al gaznate. Porque el alcohol hace que el mundo aburrido sea menos aburrido. Dicho esto, intento evitar el alcohol duro. Es un callejón sin salida.

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Antes has dicho que tu padre se avergonzaba de su faceta porno y de sus propios fetiches, pero tanto sus fantasías como sus bolsilibros se antojan bastante soft. Le iba el bondage de toda la vida, vamos.

Le gustaba la fantasía del bondage, sí. Pero para él el sexo iba asociado a la vergüenza y la culpa. Lo que más le perturbaba era aquel cómic inédito del que hablo en las memorias. Trabajó en él desde su adolescencia hasta su muerte en 1978, y lo mantuvo en secreto durante toda su vida. Cien páginas. Ni siquiera mi madre sabía que existía. Topé con escritos en los que confesaba la culpa terrible que acarreaba por culpa de aquel cómic sexual. Es triste, porque después de todo solo estás dibujando algo en una habitación. No daña a nadie.

No comprendo cómo alguien que escribió El Sexorcista puede avergonzarse de un tebeo guarro. ¿Es porque el contenido era más explícito?

No lo tengo claro. Sé que empezó el cómic cuando era muy joven, y que era su vicio. Sé que lo consideraba de mala calidad y una pérdida de tiempo. No le reportaba ningún dinero. Con sus novelitas porno al menos tenía la excusa de que pagaban sus facturas. Él se veía a sí mismo como un hombre de negocios, y lo de ganar dinero era muy importante para él. Tal vez se trataba de eso. Que con el comic no podía poner la excusa de que lo hacía por dinero. Quién sabe.

No es la pregunta más fácil que se le puede hacer a un hijo, pero ¿sabes si tu padre puso en práctica alguna de sus fantasías sexuales?

Creo que probablemente las puso en práctica más de una vez, cuando tuvo la oportunidad. Imagino que en el marco de las convenciones de ciencia ficción. Esas oportunidades le vinieron dadas por los libros porno que escribía, pero no creo que le importase tanto la acción.  Creo que le gustaba más el reino de lo imaginario, y eso se debía al control que podía ejercer sobre él. Si tienes una fantasía sexual, controlas cada elemento, todo lo que sucede, la perspectiva, las reacciones… Y encima es privado. Mientras que en la vida real no puedes controlarlo todo, y la acción suele involucrar a otra gente [ríe]. Y escapa a tu control.

Andrew J. Offutt suculenta line-up de primera edición inscrito ...

Tu padre escribió más de 400 obras de pornografía, y unas cuantas decenas de libros de ficción “especulativa”, pero tus memorias no aclaran si era buen escritor o no.

Escribió algunos libros buenos entre 1968 y 1972. Les dedicó tiempo, los revisó a conciencia y trató de mejorarlos. Eran ejemplos más que dignos de ciencia ficción seria, y fueron consideradas prometedoras por grandes maestros del género. Pero no recibió la atención que esperaba, así que empezó a escribir más y más rápido. A veces escribía un libro en dos semanas. Por supuesto, es imposible escribir un buen libro en un periodo tan corto, y encima repetir el proceso una y otra vez. Aquel ritmo de escritura afectó a la calidad de su prosa. Lo “bueno” de escribir porno es que no tienes que preocuparte demasiado de la caracterización de los personajes o la descripción de  escenarios, ni siquiera del diálogo o la trama, porque los lectores, el mercado, no tienen el menor interés en cosas como esas.

Solo quieren meneársela.

Efectivamente [ríe]. En pocas palabras. Por tanto, tu faena como autor es llegar a las partes “interesantes” lo antes posible. Resumiendo: mi padre empezó como autor serio, y creo que tenía un gran talento potencial, y llegó a escribir varios buenos libros. Pero una vez entró a formar parte del mundo del bolsilibro porno, de 1972 en adelante, no hizo nada más de valor. De todas sus novelitas pornográficas, en solo una de ellas los personajes tenían que responder a las consecuencias de sus acciones. Tenía lugar un homicidio (sexual), y la policía tomaba cartas en el asunto. Pero el resto eran pura fantasía sádica, sin ninguna conexión con la realidad ni intención artística.

Tenía muchos libros con signos de admiración en el título. Es como si hubiese inventado un género. Un estilo personal.

Sí, le encantaba. La puntuación para él era un juego. Se lo pasaba bien con ese aspecto de la escritura. Lo cierto es que no suelen verse títulos exclamativos, es algo que se ha perdido completamente. Tendría que haberle copiado, y ponerle signos de admiración al mío: ¡Mi padre el pornógrafo!

Durante una época te dedicaste a escribir guiones para la televisión. ¿No temiste verte atrapado en un escenario John Fante? Es decir: deprimido, alcoholizado y alejado de la propia escritura.

Durante siete años viví y trabajé en Hollywood, escribiendo guiones para Weeds, True Blood y Treme. Fue un trabajo pragmático. Tengo dos hijos que querían ir a la universidad y no tenía el dinero necesario. Trabajé en Los Ángeles el tiempo suficiente para financiar la educación de mis hijos, luego renuncié. Eso llevó a escribir tres pilotos más, comisionados para la red y la televisión por cable. Disfruté escribiendo pilotos principalmente porque podía escribirlos en cualquier lugar. Pero no encajaba muy bien con el mundo de Los Ángeles. Era demasiado grande para mí, demasiados autos y demasiada gente. Prefiero la soledad de la vida en el campo. Solo escribí guiones por el cheque. Nunca anhelé ser un guionista y, de hecho, solo conservo malos recuerdos de mi estancia en Los Ángeles. Era infeliz y bebía demasiado y no trabajé en mi arte. Cumplí los tres requisitos de John Fante [ríe]. Por eso no quiero tener nada que ver con ese mundo. Es peligroso. Y no fue solo John Fante, muchos grandes novelistas fueron destruidos por Hollywood. Es un ambiente embriagador y adictivo y molón, y encima te entregan una cantidad obscena de dinero. Algunos autores quieren más y más dulce dinero de Hollywood, pero yo solo quería el dinero suficiente para ocuparme de mi familia. No necesito lujos. Conduzco una furgoneta hecha polvo y las únicas cosas que compro son herramientas [ríe]. Quizás por eso Hollywood no me atrapó. Es muy fácil verte atrapado en ese mundo, si te fascina ese rollo de tener un Jaguar o una choza en las colinas de Hollywood. Pero yo solo necesito remplazar mi vieja sierra mecánica, y comprarme otro par de botas [ríe]. Esas son mis necesidades básicas.

Aunque lo hicieses por el dinero, ¿estás orgulloso de aquellos guiones?

Sí y no. No pienso en términos de orgullo o vergüenza. Son decisiones que tomé por razones puramente prácticas, porque necesitaba el dinero. Si me siento orgulloso de algo relacionado con ello es que sobreviví en Hollywood. Es un mundo duro, y los guiones son una forma dura de escribir. Y yo me enseñé a hacerlo, y a hacerlo bien. Al margen de eso, no me siento demasiado orgulloso de los guiones como tales. Pero es una experiencia de la que mucha gente carece, y tiene cosas buenas. Piensa que fui a Hollywood con cincuenta años.

Mi padre, el pornógafo»: L'herència porno del pare - Diari de Girona

Me suena al Kurtz de Apocalypse Now.

Sí. Mucha gente no se atrevería a empezar una carrera en una ciudad extraña y hostil a los cincuenta. Esa es la época, de hecho, en que mucha gente empieza a pensar en retirarse. Yo hice aquello, y luego dejé de hacerlo, y he dicho que no cada vez que me han pedido que continúe haciéndolo. Prefiero escribir libros. Resumiendo: si escribes guiones, el dinero que te dan no compensa el esfuerzo.

¿Con qué escritores sientes afinidad? Te veo en la familia cercana de Larry Brown, ahora que hablabas de comprar botas.

Me gusta mucho Larry Brown, sí, también Jim Harrison, un gran escritor. Leo todo el día. Por mi educación inusual todavía estoy tratando de ponerme al día, cada dos semanas tengo un nuevo escritor favorito, gente que a lo mejor conoce todo el mundo y yo acabo de descubrir. No tengo un escritor favorito como tal. Si encuentro uno, entonces me encanta y le sigo, pero si de repente un libro no me gusta, lo dejo y ya no vuelvo a leerle.

¿Crees que habrías sido escritor si llegas a nacer en una familia centrada, con padres cariñosos y alentadores y comprensivos?

No lo sé. Mucha gente sale de familias infelices, y no han terminado escribiendo libros. Las estadísticas dirían que de familias infelices salen más no escritores que escritores. Una abrumadora mayoría, de hecho. En mi caso, mi necesidad de escapar se transformó en la lectura y luego la escritura de libros. Para mucha gente fueron las drogas. Creo que es habitual en muchos escritores, pero no es una receta ni un garantía de nada. Cuando trabajé en Los Ángeles conocí a muchos actores, gente muy inusual, con un trabajo muy difícil, y me di cuenta de que todos compartían un aspecto de sus bagajes: un alto porcentaje de padres militares. Eso significa que estaban todo el día mudándose de base en base, cosa que les obligaba a reinventarse en cada nuevo escenario, independientemente de si eran felices o no allí. Crecieron aprendiendo una habilidad que no sabían que era tal. Pero, igual que sucede con la escritura, no todos los hijos itinerantes de pares militares acabaron siendo actores.

Un verdadero escritor puede pasar muchos años haciendo otro trabajo, y luego retomar la escritura en el punto en que lo dejó. Incluso habiendo mejorado su oficio. Noche cerrada es un buen ejemplo de ello.

Sí. Pasaron veinte años entre la publicación de mi último trabajo de ficción y Noche cerrada. Durante ese tiempo publiqué dos libros de no ficción, No Heroes y Mi padre el pornógrafo. También escribí veinticinco ensayos personales, algunos de los cuales aparecieron en las antologías estadounidenses Best American Essays y Best American Foodwriting. Otro ensayo recibió un premio Pushcart. Seguí escribiendo y publicando cuentos, lo suficiente para una nueva colección, que saldrá en Francia, Italia y los Estados Unidos el año que viene o el siguiente (la pandemia ha retrasado los horarios de publicación). También escribí otras dos novelas. Lamentablemente, la calidad no fue tan buena como esperaba. No quería publicar trabajos flojos solo para tener libros en catálogo. Cuando esté muerto y desaparecido, solo quedará mi trabajo. Es importante que todos los libros sean tan buenos como puedan ser.

Cuéntanos cómo surgió Noche cerrada.

Noche cerrada fue pensada originalmente como una saga familiar de tres generaciones en las colinas. Comencé con un hombre, Tucker, en la década de 1950. Cuanto más escribía sobre Tucker, más quería seguir con él. El libro abarca un momento crucial en las colinas: de 1954 a 1971. La finalización de la carretera interestatal que conectaba la costa este y oeste. La sección de las colinas fue la última parte que se construyó. También fue una época de grandes cambios sociales. El gobierno federal declaró una “Guerra contra la pobreza” oficial, que por supuesto fracasó. Además, la gente de las colinas empezó a tener televisión. Los caminos de tierra se pavimentaron. Se construyó un hospital. Era el final de una forma de vida que tenía sus raíces en el siglo XVIII. El cambio sucedió muy rápido. Lo presencié de niño. Los adultos no se dieron cuenta de que eran la última generación que vivía la antigua forma de vida. Eso me interesaba mucho. Tucker encarna esa forma de vida. Sigue el “viejo código de las colinas”. Eso significaba ocuparse de los problemas personalmente, de una manera muy práctica. No confía en la policía ni en los políticos, que nunca han ayudado a la gente de las montañas. Finalmente, me quedé con Tucker durante todo el libro. Nunca llegué a las siguientes dos generaciones.

¿Tienes algún otro proyecto entre manos?

Una nueva novela, The Killing Hills, se desarrolla en el mismo lugar, en lo más profundo de las colinas, pero en la época contemporánea. Saldrá en Francia e Italia el próximo año, luego en Estados Unidos en el 2022. Hasta ahora es mi libro favorito. Noche cerrada es una tragedia sobre una familia. The Killing Hills es un libro más triste, pero también más divertido. Trata de la cultura misma, y las secuelas de todos aquellos cambios en las colinas. Personas en la treintena que tienen computadoras y teléfonos móviles, pero están muy cerca de su historia reciente de aislamiento y violencia.

Kiko Amat

(Entrevisté a Chris Offutt el verano del 2019, tras haber leído Mi padre el pornógrafo (Malas Tierras) y Kentucky seco (Sajalín). La entrevista se publicó en El Periódico de Catalunya en pleno agosto, y eso, unido al hecho de que en aquel momento no lo había leído demasiada gente, me inclina a pensar que aquella entrevista la leyó Juan. Tal vez ni siquiera Juan.

Ahora, gracias al estupendo Noche cerrada -y quizás en parte también por el evangelismo feroz que hemos puesto en acción algunos de sus fans- parece que aumenta el número de sus lectores en España, y por ello me alegra recuperar aquí la charla sin cortes, con todas las preguntas que, por razones de espacio, no entraron en la pieza de prensa, y cuatro preguntas adicionales sobre Noche cerrada que Offutt me contestó por escrito. Que rule).