Cosas Que Leo #13: EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS, Joseph Conrad

Tinieblas Conrad

“No obstante, como veis, yo no fui a unirme con Kurtz allí y entonces. No lo hice. Me quedé para soñar la pesadilla hasta el final y para demostrar mi lealtad hacia Kurtz una vez más. El destino. ¡Mi destino! La vida es una bufonada: esa disposición misteriosa de implacable lógica para un objetivo vano. Lo más que se puede esperar de ella es un cierto conocimiento de uno mismo -que llega demasiado tarde- y una cosecha de remordimientos inextinguibles. Yo he luchado a brazo partido con la muerte. Es la disputa menos emocionante que podáis imaginar. Tiene lugar en una indiferencia impalpable, sin nada bajo los pies, sin nada alrededor, sin espectadores, sin clamor, sin gloria, sin el gran deseo de la victoria, sin el gran miedo de la derrota, en una atmósfera enfermiza de tibio escepticismo, sin demasiada fe en tu propio derecho, y todavía menos en el del adversario. Si tal es la forma de la sabiduría última, entonces la vida es un enigma mayor de lo que la mayoría de nosotros cree. Estuve a menos de un paso de la última oportunidad de pronunciarme, y descubrí con humillación que probablemente no tendría nada que decir. Esta es la razón por la que afirmo que Kurtz era un hombre fuera de lo normal. Él tenía algo que decir. Lo dijo. Como yo me había asomado al borde, comprendo mejor el significado de su mirada fija, que no podría ver la llama de la vela, pero era lo bastante amplia como para abarcar a todo el universo, lo bastante penetrante como para introducirse en todos los corazones que laten en la oscuridad. Él había recapitulado; había juzgado. “¡El horror!”. Era un hombre extraordinario. Después de todo, aquella era la expresión de algún tipo de creencia; tenía candor, tenía convicción, había en su susurro una nota vibrante de rebeldía; tenía el espantoso rostro de una verdad entrevista, la extraña mezcla de deseo y odio. Y no es mi propia situación extrema lo que mejor recuerdo; una visión de indiferencia sin forma, llena de dolor físico, y un desprecio despreocupado por lo efímero de todas las cosas, incluso de mi mismo dolor. ¡No! Es su situación extrema la que me parece haber vivido. Es cierto, él había dado aquel último paso, había traspasado el borde, mientras a mí se me había permitido retirar mi vacilante pie. Y tal vez en eso resida toda la diferencia; tal vez toda la sabiduría, toda la verdad y toda la sinceridad están comprimidas en ese inapreciable momento del tiempo en que traspasamos el umbral de lo invisible. ¡Tal vez! Me hago la ilusión de que mi recapitulación no habría sido una palabra de indiferente desprecio. Mejor su grito, mucho mejor. Fue una afirmación, una victoria moral, lograda a costa de innumerables derrotas, de terrores abominables, de satisfacciones abominables. ¡Pero era una victoria! Por eso es por lo que he permanecido fiel a Kurtz hasta el final, e incluso hasta el más allá, cuando mucho tiempo después oí de nuevo, no su propia voz, sino el eco de su magnífica elocuencia que me era devuelto por el alma tan translúcidamente pura como un risco de cristal”.

El corazón de las tinieblas

JOSEPH CONRAD

Clásicos Alianza Editorial, 1988 (publicado originalmente en 1902 como Heart of Darkness)

156 págs.

Traducción de Araceli García Ríos e Isabel Sánchez Araujo

*** Este libro es una relectura. Compré este ejemplar de El corazón de las tinieblas en la librería Jaimes del Passeig de Gràcia en algún punto de 1988 o 1989. Lo leí, me temo, buscando obsesivamente los pasajes que inspiraron Apocalypse now, que a los diecisiete era mi película favorita. Supongo que entendí una cuarta parte del libro. No lo había vuelto a leer hasta hoy.