Cosas Que Leo #39: LAS MALAS, Camila Sosa

Malas Camila Sosa

«Es por el calor: la rabia que da el calor. Haber vivido tantos años sufriendo esos calores de infierno, esas siestas obligatorias en las cuales jugaba a que tenía una casa invisible, fresca, con sus ventanitas con cortinas, para resistir el calor del monte. Hacía tanto calor que mi madre temía que el sopor nos devorara. Dormíamos la siesta transpirando como animales, solas, con ganas de nada, comiéndonos la rabia de ser pobres en un lugar tan inhóspito, turnándonos para ir a buscar agua a una canilla común, porque no se podía beber agua del pozo. Hacía tanto calor en ese pueblo que todo estaba enfermo: el agua, la tierra, la comida, los corazones, el ánimo. Desde entonces conservo esa rabia al calor.

El calor travesti era igual. La pasta de maquillaje que se hacía como un pegote, una máscara de barro caliente que tapaba todos los poros, para que no se escapa el alma por ahí cada vez que recibíamos una agresión. Con la cara hecha máscara, la más bella de todas las máscaras, esos rasgos travestis más reales que nuestros propios rasgos, concebidos para otro mundo, un mundo mejor, donde poder ser esa máscara.

Mientras tanto éramos indias pintadas para la guerra, bestias preparadas para cazar en la noche a los incautos en las fauces del Parque, siempre enojadas, brutas incluso para la ternura, imprevisibles, locas, resentidas, venenosas. Las ganas perpetuas de prender fuego todo: a nuestros padres, a nuestros amigos, a los enemigos, las casas de la clase media con sus comodidades y rutinas, a los nenes bien todos parecidos entre si, a las viejas chupacirios que tanto nos despreciaban, a nuestras máscaras chorreante, a nuestra bronca pintada en la piel contra ese mundo que se hacía el desentendido, su salud a costa de la nuestra, chupándonos la vida por el mero hecho de tener más dinero que nosotras.

Así íbamos detrás de los clientes, obligadas al calor, a sentir que no había nada peor que ser una mariquita sofocada por el mundo caliente de los varones, donde todo se resuelve con patadas y trompadas. Con el secreto deseo de matarlos a todos, de acabar con el mundo de una vez, a ver si así acababa también la bronca acumulada por ese maltrato perpetuo.

Quizá venía de ahí el vicio de robarles dinero de las billeteras. No mucho: veinte pesos, cincuenta pesos, nada. Ninguna economía familiar se derrumbaría por eso. Es apenas un gesto. Soy joven y creo que es legítimo hacerlo. Que ese dinero me pertenece por estar en situación de desventaja en la escena en la que ambos estamos en ese momento, el cliente y yo. Después, en sus casas, seguramente echarán en falta ese dinero que yo voy a gastar en alguno de esos pequeños placeres con los que se es feliz en la pobreza. Iba mucho al cine en esa época. A veces compraba un libro. A veces alcanzaba para un camisón.»

Las malas

CAMILA SOSA

Tusquets, 2019

220 págs.