Réquiem por una mascota rock

Me lo pasé pipa escribiendo esta pieza para El Periódico de Catalunya. Fue una doble paginaca de sábado sobre mascotas del rock, y mi amor hacia ellas, y el porqué de su desaparición.

Disfruté en concreto, por si quieren saberlo, con la sección “Suerte que no tenían mascota” (Anal Vomit, por ejemplo).

Ring literario #12: Valle-Inclán vs. Manuel Bueno

La entrega número doce, para su cómico solaz. Incluye cangrenas, botellazos, protonazis, duelos y vinazo deleznable. Siempre para El Periódico de Catalunya.

RING LITERARIO #11: Vladimir Nabokov vs Edmund Wilson

Y otra entretenida filípica de la serie de pugilismo (desgraciadamente oral) entre escritores. Léanla entrando por este portal dimensional al Periódico de Catalunya.

CAITLIN MORAN: “Una estatua del Britpop tendría 47 penes y 5 tetas”

Hacía unos años que no charlaba con Caitlin Moran. Desde aquella entrevista del 2015 que le hice para Rockdelux (y que publicaré íntegramente aquí cuando me dé la ventolera, un día de estos).

La semana pasada fui al hotel Condes de Barcelona y hablé con ella de Cómo ser famosa (Anagrama), su última novela, segunda parte de la autobiográfica Trilogía Johanna.

Pueden leer mi charla condensada con toda comodidad, aquí.

Il poverello: vida y milagros de San Francisco de Asís

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Una aproximación burlesca al popular santo italiano del siglo XII, fundador de los Franciscanos y amante del averío.

1 San Francisco de Asís era el santo más venerado en mi casa. Cuando digo “más” lo que quiero decir es “único”, y cuando digo “venerado”, lo que quiero decir es que teníamos un tablón para llaves con su efigie en la puerta. Un bibelot de hierro con la figura del santo en incómoda pose oratoria, y la leyenda: “San Francesco proteggi la nostra casa”. No la protegió muchísimo, que digamos, pero eso ahora no viene al caso.

Tell it to the birds, Frankie

San Francisco de Asís había sido designado Guardián de las Llaves del Piso porque, cuatro generaciones atrás, alguien decidió que todos los primogénitos varones de la familia seríamos ungidos con su nombre y, es de suponer, arropados en su halo. Yo fui el cuarto, y en mi carnet de identidad aún puede leerse “Francesc d’Assís”. No quise laicizarlo; no sé muy bien por qué. Tal vez porque me iba bien ser asociado a un santo cuyos atributos y valores eran el perfecto opuesto de los míos (empezando por la humildad y terminando con el perdón; lo de la pobreza sí coincidía, muy a mi pesar). Tal vez porque San Francisco de Asís fue uno de los santos más friquis de todo el tinglado, y yo empezaba a transitar esa senda.

Ustedes dirán que todos los santos eran friquis, y tendrán parte de razón. Los había bizarros, volcánicos, sicalípticos, masoquistas (casi todos), homicidas, homoeróticos, incluso andaluces. Pero San Francisco de Asís era friqui de un modo muy particular. Una especie de nerd ultramotivado y asmático que nunca paraba quieto: un día entregaba sus ropas a un leproso, el otro te levantaba una iglesia, al tercero montaba una banda y al cuarto impartía doctrina a unos pajarracos. Hoy en día alguien así, por descontado, sería diagnosticado con Trastorno Bipolar. No se rían: los trastornos graves de personalidad eran un requisito laboral indispensable para los cristianos old school[1]. Cualquier definición estándar sobre sintomatología bipolar suena a currículum vitae de San Francisco: “excitación excesiva, percepción de grandeza, irritabilidad, falta de sueño, aumento notable de energía, pérdida de energía, verborrea, tristeza, ansiedad, llanto incontrolable, cambios en el apetito y pensamientos suicidas”. Pero en época de nuestro santo no sabían un carajo de psiquiatría elemental, así que le santificaron.

2 San Francisco de Asís no era un segundón. Era más tipo Rolling Stones que tipo Los Brincos. Algunos incluso lo definen como “el santo más popular del mundo cristiano”. Ya en su tiempo le conocía todo el mundo, y tenía más alias que un gánster siciliano: “el poverello”, “el hermano seráfico”, “Bird-Talking Frankie”[2]

Nació en el siglo XII de familia noble, un hecho que en aquellos tiempos extendía considerablemente la esperanza de vida. Su madre, Domina Pica, le dio a luz en el año 1182, bautizándole con el nombre de Giovanni (Juan). Su padre era Pietro Bernardone -definido por los historiadores como “vendedor de telas”; una especie de Amancio Ortega avant la lettre– y estaba de viaje por Franconia (Francia) cuando nació el bebé. Lo primero que hizo Bernardone a su regreso fue cambiarle el nombre al niño, por sus patriarcales cojones. Le llamó Francisco, un nombre “hasta entonces inexistente”, como nos cuenta Santiago de la Vorágine en La Leyenda Dorada[3]. De la Vorágine procede, con su verborrea habitual, a citar las siete razones (inventadas) por las que su padre le llamó así, pero a nosotros solo nos interesa saber la verdadera: que era un afrancesado.

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Francis en su etapa pija, saliendo del Up&Down con Piluca Ordóñez-Watterson

Los primeros años de vida de François se leen como un cuadro de costumbres del pijerío umbriense del momento. Francisco “vivió entregado a las vanidades del mundo” y, según Herman Hesse (quien escribió su biografía en el año 1904), “con tempestuoso afán se lanzó a la vida”. Lo que significa que no dejó lupanar sin arrasar, infiel sin ensartar ni lechón relleno sin vomitar. “Se ejercitó en el uso de armas y en el canto, gastaba mucho dinero y vivía en todo como un perfecto joven de la nobleza”. Según todas las fuentes consultadas, Francisco se pasaba el día bailando, folgando, escuchando el hit parade (“las dulces y poderosas canciones de los trovadores francófonos”) y practicando esgrima. No pegaba palo al agua. Parecía un borbón.

Las cosas se torcieron para François cuando, a los veinte años, “el Señor lo castigó con el azote de una enfermedad”. De la Vorágine es parco en prognosis médica, pero de la vaguedad de sus palabras, y conociendo la afición del muchacho por el asueto genital, solo podemos colegir que pilló la sífilis (adecuadamente conocido como “mal francés”). Un poco cabizbajo por el estado de sus colgajos, Francisco “empezó a notar que de una vida de permanente jolgorio no podía nacer ninguna satisfacción ni calma interior”. Así y todo, una vez curado, se marchó raudo a guerrear y prostibulear junto a un tal Walter de Brienne, conde, en defensa del Papa legal, y contra esos sinvergüenzas de Perugia. Los perusinos no tardaron en apresarles y arrojarles a todos, condes o no, de morros a la más inmunda mazmorra.

Allí topamos con el primer síntoma de inestabilidad mental del futuro santo: mientras sus compañeros de cautiverio lloraban y se quejaban de las penalidades del meko, él iba por allí cantando y danzando como un enajenado, tal vez creyendo que se hallaba en una suite del Trump Plaza repleta de camellos, raperos y furcias. Cuando los otros reos, tan preocupados por sus cabales como irritados por el hilo musical, le preguntaron qué narices canturreaba, Francisco, en un arrechucho prima donna digno de Freddie Mercury, les espetó (declamando, posiblemente en francés) que “seré santo, y como santo se me dará culto en el mundo entero, siglo tras siglo” (vaya con la “humildad” del amigo).

3 Tras un año de cautiverio, una vez liberado, Francisco escuchó la “voz de Dios”. No se conservan registros de la conversación, pero Dios le debió leer la cartilla de un modo temible, porque el chico llegó a casa febril, sin armadura (se la había regalado a un mendigo) y más deprimido que un makinero en martes.

Sus amigachos duelistas, que le habían montado un comité de recepción despampanante, le dijeron que se animara, leches, que de perdidos al río (“esperaban volver a llevar con él una vida regalada a costa de sus despilfarros”), incluso prepararon un festín en su honor. Dicho y hecho: allí “se empinó el codo con júbilo y estrépito”, y, cuando estaban todos “borrachos y locos de contentos”, según Hesse, se dispusieron a realizar el típico vía crucis beodo “por las callejuelas dormidas”, con posible linchamiento final de plebeyo, que tanto divertía a los señores feudales del momento.

Aquella misma noche, los amigotes de Francisco se dieron cuenta de que su colega y patrocinador se había quedado atrás, y se pusieron a buscarlo. Cuando lo hallaron, en pleno bajón, tirado de cualquier manera en una calleja, Francisco les soltó a sus amigos, con mirada melancólica, que estaba buscando novia. Los compadres estaban ya lanzando vivas y planeando el acopio de narcóticos para la despedida de soltero, cuando Francisco les dejó lívidos al añadir que su novia sería “la pobreza”, y que por la presente renunciaba a su vida anterior. Adiós Lobo de Wall Street, hola santurrón abstemio. Muchos se rieron y sacudieron la cabeza “como si se tratara de un loco”, que es exactamente lo que su amigo era, pero Francisco se “arrojó con renovado ardor amoroso al seno de Dios”. Quizás incluso exigió que le devolviesen la visa, y de malas maneras. The party was over.

Sí, son Closet. No, yo ya no los quiero, tío. Todos tuyos.

4 El modus operandi de San Francisco, la exuberante enajenación vital y espiritual que le haría famoso, empezó tras aquella fatídica noche de parranda abortada. Las secuelas del brote se hicieron visibles en la nueva triada de aficiones de nuestro hombre: morrear leprosos, comer con indigentes y canjear su ropa con mendigos. Naturalmente, se trataba de manía bipolar pura y dura. También regaló la mayoría de sus pertenencias, caballo incluido, al cura de una capilla ruinosa, la de San Damián, a quien no conocía ni de hola y adiós. Nuevas alucinaciones esquizoides se sucederían: el Cristo crucificado de dicha capilla estaba locuaz aquel día y de golpe le soltó: “Francisco, como ves, mi casa está a punto de desmoronarse; repárala” (en este punto es imposible no imaginar al párroco agachado bajo el altar, megáfono en boca). Como un acólito de la secta Moon, Francisco obedeció sin chistar al nazareno de madera y vendió el resto de su patrimonio, incluso echó mano (con bastante desfachatez) de parte del de su padre.

Don Bernardone, que ya era el hazmerreír de Asís por el comportamiento alelado de su hijo, cuando le vio aparecer por el pueblo sin un centavo ni un presupuesto de obras aceptable, y para colmo acompañado por una turba choteante (“llegó bajo el griterío y las burlas del pueblo”), montó en cólera. Según De la Vorágine “lo encerró en casa y lo sometió a vigilancia muy estrecha”; según Hesse “lo pegó y torturó y encerró en un oscuro rincón de su casa”. Creamos a quien creamos, es indudable que al mozallón se le cayó el pelo.

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¿Qué pasa, papaíto? Estaba en la ducha.

No satisfecho con aquello, el padre, quien durante el embarazo de su señora tal vez había consultado el libro del Dr. Estivill, cogió y denunció al hijo ante un tribunal religioso. Nuestro Francisco, drama queen extraordinario, vio allí una oportunidad de oro para teatralizar todos sus delirios de una sola tacada: en mitad de la vista se puso en pelota picada y, entre grandes aspavientos, le devolvió toda la ropa a su padre[4]. Sin lavarla antes. Como imaginan, salió vivo de allí de milagro (ver el fresco de Giotto correspondiente). Luego “cubrió su desnudez con un saco que le servía al mismo tiempo de vestido y de cilicio” (a cada paso que daba, la basta arpillera debía ir raspando prepucio de un modo atroz) y se volvió a la capilla ruinosa para empezar a poner pladur y azulejos (en el biopic de Franco Zefirelli de 1972, Hermano sol, hermana luna, este era el momento en que empezaba a sonar de fondo la vomitiva canción homónima).

Para él ya era imposible volver atrás. Ese nuevo Francisco (ornitófilo, poeta místico, predicador internacional, mago, zahorí amateur) era el Peter Parker post-picadura araña: un nuevo ente. Mucho más perturbado, no hace falta decirlo. Adquirió superpoderes, se fabricó un nuevo traje, escogió el peinado más locatis del catálogo (roscón capilar de reyes con cúpula rasurada), abandonó el uso regular de calzado confortable y, quijotescamente, decidió ir por el mundo a deshacer entuertos y soltarles filípicas a las oscuras golondrinas (que presumiblemente habían vuelto de su balcón sus nidos a colgar).

5 Al igual que Manson con Death Valley, Francisco buscó y halló un refugio: la pequeña iglesia de la Porciúncula, a donde le siguió una docena de fans (su Family). A esos nuevos Commitments que acababa de reclutar, Francisco les llamó Joculatores Domini, que suena a obscenidad tipo Semen-Up pero que no significa nada más que Juglares de Dios. Junto a ellos trabajó la tierra, peregrinó por los alrededores ofreciendo “bondad y consuelo”, oración y “alegres canciones” (que yo imagino exactamente igual que las de Mocedades). Hesse nos apunta que de esas “andanzas”, la pandilla siempre regresaba a la Porciúncula para regocijarse “de todo corazón en su mutuo cariño y amistad”. Así es.

Y asimismo, a Francisco, pese a que tenía “mentalidad sencilla de niño” (Hesse no se atreve a decirlo más claro), no se le escapaba que, por mucho menos de lo que estaba montando él con sus doce magníficos en la Porciúncula, la Santa Sede había quemado a miles de personas, incluso a algún país entero. Para colmo, las malas lenguas empezaban a chasquear: lo tachaban de “seductor de la juventud” (la pedofilia era una entrañable costumbre eclesiástica, ya entonces) e “infamador del amor filial”.

Notando el tufo a chamusquina en su saco de arpillera, Francisco, acompañado de su Big Band, decidió ir a ver al Papa Inocencio III para que legalizara su partido. Corría el año 1210. Su viaje hasta Roma debió estar plagado de premoniciones ominosas y descomposición intestinal, pues Francisco sabía que a Inocencio III (“un violento luchador”) jamás le había temblado el pulso a la hora de saquear ciudades (Constantinopla, dos veces), sofocar movimientos herejes (los cátaros, a quien sometió en varias matanzas durante la Cruzada Albigense) y montarse su particular anschluss genocida (repetidas cruzadas en Tierra Santa y tierras hispanas).

Resultat d'imatges per a "san francisco de asís Honorio III giotto"

No, no, es fascinante. Continúa, hijo mío.

Pero una vez allí, contra todo pronóstico, Inocencio III (quien, según Hesse, era “en casi cada cosa lo opuesto a Francisco”) decidió, tras mucho cavilar, no flamear a Francisco y sus alegres muchachos, y bendijo su quehacer. Mi teoría es que les venció por aburrimiento. El fresco de Giotto adyacente[5], aunque plasma otra visita Papal (la que le hizo a Honorio III), nos da una idea del efecto que debía tener la chispeante retórica de Francis en todos aquellos Papas y cardenales copiosamente almorzados.

De vuelta a Asís, la Family se instaló en una “choza” llamada Rivotorto y, según iba corriendo la voz de que su doctrina no era punible con hoguera, sus filas empezaron a aumentar. Cuando el Rivotorto ya parecía el festival de Woodstock en el día fuerte, Francisco decidió hacer ampliación de capital, y transformó los Joculatores Domini en una hermandad masiva, que bautizaría con el nombre de Orden de los Frailes Menores. Dejó de ser punk rock y fichó por multinacional, por decirlo en términos pop. Incluso estableció franquicias femeninas (las Clarisas, en 1212, bajo el mando de Clara de Asís) y, como U2, se embarcó en un tour mundial (a Tierra Santa, cómo no). A su regreso decidió también reducir aún más las dificultades que entrañaba la pertenencia a su orden y montó una versión edulcorada del tema, rebajando ayunos, celibato e incómodos latigazos, a la que llamó Terciarios. Por si todo esto no fuese suficientemente extenuante, en un raro momento de ocio decidió sacarse de la manga una flamante tradición cristiana, y montó un belén. De verdad; viviente, no metafórico.

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Salvatore, en una escena descartada de El Nombre de la Rosa

6 En el periodo comprendido entre su arrebato exhibicionista y la fundación de los Terciarios, nuestro Francisco, no haría falta decirlo, realizó infinidad de milagros, como el Santo en ciernes que era. Algunos de ellos fueron obras prodigiosas, y la mano que los conjuró llega a nuestros ojos como una mezcla de Cocodrilo Dundee y Ángel Cristo[6]. Otros emitían un hedor inconfundiblemente low cost e improvisado (aunque no tanto como los de Don Bosco, alias “multiplicador de castañas” y “sanador de miopes”). Otros más eran solo majaradas inexplicables. Les cuento solo uno de esta índole: en una ocasión, el diablo probó suerte suscitando en él una “fuerte tentación carnal”. Francisco, al sentir “el aguijonazo de la concupiscencia”, se despojó de su túnica (lo del nudismo era realmente un tic cargante de este hombre), tomó en sus manos “una soga muy dura” y comenzó a azotarse, mientras berreaba: “¡Hala, hermano burro, esto es lo que necesitas: ramalazos y más ramalazos!”. Aquello solo sirvió para una cosa: provocar la risa en el lector moderno. El asta de Francisco seguía izada aquel día, y nuestro santo no vio otra solución que abalanzarse sobre la nieve y hacer la croqueta, a ver si así remitía el priapismo. Nada: su masculinidad seguía sacando la cabeza de entre la nieve por mucho que la enterrara, como un embarazoso periscopio cárnico. Finalmente, Francisco, entrando ya un momento decididamente Psicosis, construyó “siete grandes monigotes” de nieve y se puso a simular que eran su familia y criados, procurándoles ropa y comida. De la Vorágine nos relata que el diablo se marchó “confuso y avergonzado”, pero yo lo imagino más bien emitiendo sonoras carcajadas y dejándolo por imposible.

7 Hablemos de soledad. En mi opinión, la soledad es un bien maravilloso con el que Dios quiso premiar a los misántropos del mundo, pues suyo será el reino de los cielos. La soledad es la forma que tiene Dios de decirnos que aprueba lo de que mandemos a los pesados y los cursis a freir espárragos. Siguiendo ese razonamiento, debemos colegir que quizás Dios no veía con tan buenos ojos los “quehaceres” de Francisco. Tal vez incluso consideraba sus métodos “absurdos”, como decían en Apocalypse Now del Coronel Kurtz. Les contaré el porqué de mi hipótesis:

Estamos en el año 1224. San Francisco había llegado al fin a la misma conclusión que los hippys desencantados de los años sesenta: las comunas son una idea excelente sobre el papel. Nada más. Francisco, que se había convertido en “padre de miles”, empezaba a estar hasta las mismísimas gónadas de aquella muchedumbre piojosa que se le comía los yogures (incluso los que había marcado claramente con su nombre) y que trataba de acompañarle cada vez que se excusaba en busca de una mínima paz. “Su asediado corazón”, nos dice Hesse, “huía con más frecuencia e ímpetu que antes hacia el silencio y la soledad”.

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¡Llamas a mí!

Como el Brian de La vida de Brian, Francisco decidiría al fin tomar las de villadiego, insistiendo en que, por el amor de lo más sagrado, dejasen de darle la vara todos ellos de una maldita vez. Los hombres le obedecieron, pero no así Dios. O Él no pilla las indirectas o, como sugería, buscaba darle un escarmiento. Francisco se internó en el bosque del monte Alverno y, justo cuando se acuclillaba tras un olmo y suspiraba de satisfacción al prever el primer movimiento intestinal privado del que había disfrutado en años[7], se le apareció “el Crucificado”[8]. Hooo-liiiii. San Francisco metió lo que estaba haciendo hacia dentro otra vez, pero el altísimo, no contento con haberle truncado el tránsito y casi provocarle un fatídico ataque al corazón, le confirió allí mismo “los sagrados estigmas”. Sí: las llagas de la crucifixión, desde entonces “permanentemente impresas en sus miembros”. Menuda bromita. La cosa le alegró tanto, a Francisco, que se quedó ciego “de tanto llorar”. Alguna gente le espetó (de forma bastante sensata) que si las lágrimas eran la causa directa de la ceguera tratase pues de reprimirlas, pero él les dijo que no y que no; que estaba sonando su canción.

Sus seguidores parecían no estar muy familiarizados con el significado de la palabra “no”. Seguían allí, plantados y “ayudando”. Viendo que el viejo empeoraba a ojos vista, y que incluso estaba empezando a componer poesía[9], decidieron llevarlo, a rastras si era necesario, a Monte Colombo y a Rieti. Se acerca una de mis historias favoritas de la biografía: en un pasaje que es mitad medioevo salvaje, mitad Miguel Strogoff, los médicos “no supieron hacer más que quemarle la frente con un hierro candente”. Muy civilizado. Francisco previó sus repugnantes intenciones cuando los vio entrar en la cabaña “con la espantosa herramienta”, pero no se arredró, porque se le acababa de ocurrir un plan infalible. Cuando notaba la cercanía del espadón al rojo vivo, soltó esto: “¡Oh, hermano fuego, bello eres entre todas las criaturas! Siempre te quise, así que sé misecordioso ahora tú conmigo”. El fuego aquel debía ser un poco duro de oído, pues “el terrible punzón” procedió de inmediato a carbonizarle la faz. Tanto Hesse como De la Vorágine eluden comentar sobre el resultado de la operación, pero podemos deducir la forma en que emergió del quirófano nuestro santo amigo al leer en el siguiente párrafo que Francisco “sentía cercana su muerte” y “se hizo llevar con gran suplicio hacia su ciudad natal de Asís”. Gracias, medicina moderna.

Ya en Asís, Francisco, hecho un Ecce Homo, con las cejas echando humo y comprensiblemente molesto con su médico de cabecera, pidió a sus acólitos que le tumbaran en el “desnudo suelo” y se dispuso a esperar la muerte. Cuando al fin la vio acercarse, incapaz de mantener la boca cerrada ni en esas acíagas circunstancias, abrió los brazos y soltó: “¡Oh, hermana muerte, bienvenida seas!” (Francisco usaba más “hermanos” al hablar que un miembro de los Black Panthers en 1969). El truquito, en todo caso, le funcionó igual de bien que con el Hermano Fuego y, según De la Vorágine, falleció allí mismo.

Hideputas, ni muerto me dejan en paz

8 Herman Hesse nos regala una escena post-créditos: cuenta que Francisco, antes de expirar, alcanzó a pedir un cambio de billete in extremis, esta vez de vuelta a la Porciúncula (“su lugar preferido”). Allí sí murió de una vez, el día 3 de octubre de 1226. Cubierto de “una gran bandada de alondras”, cómo no, lo cual le debía costar otra fortuna al ayuntamiento en costes de eliminación de excrementos. Se sucedió el habitual piromusical cristiano con la subida del santo al cielo: serafines alados, carros de fuego, truenos y relámpagos, rúas de drag queens, etc.

Su santificación llegaría mucho antes de lo habitual, en julio del 1228, solo dos años después de su muerte. Gregorio IX[10] entendió que, si no le santificaba de inmediato, San Francisco pasaría a la historia como un majara inofensivo-nudista o un babieca cenizo con discutibles hábitos higiénicos, y se apresuró a darle el título.

De la Vorágine, incapaz de dejar las cosas como están, nos dedica en La leyenda dorada dos páginas más de milagrería post-mortem. Un listado de todos los prodigios que realizaron de un lado al otro del globo la inexplicable cantidad de reliquias que se sacaron del santo, así como agua bendecida por él, medallones y estatuillas. No deja testimonio en ningún lado de los posibles atributos milagreros del tablón de llaves de la vieja casa de mis padres. Como sospechábamos.

Kiko Amat

[1] Pablo de Tarso, Romanos 7:15: “Porque lo que hago, no lo entiendo; pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago”: brote sicótico de manual.

[2] Me he inventado el último, de acuerdo.

[3] Famosa selección de relatos hagiográficos reunida por el dominico Santiago (o Jacobo) de la Vorágine, arzobispo de Génova, a mediados del XIII. Aparecen 180 santos y mártires. El libro fue un best-seller de la Edad Media (aunque no era una época de alfabetización universal, precisamente).

[4] Yo en esta escena, en mi biopic mental, visualizo a Roberto Benigni en el papel de Francisco.

[5] En la mencionada película de Zefirelli, un Alec Guinness con pinta de Saruman en pleno viaje de LSD representa el papel del Papa bendecidor.

[6] Un domador de otra era, milennials.

[7] Esto es una deducción mía.

[8] Otras fuentes hablan de “un serafín con seis alas”. En el cuadro de Giotto parece más bien un villano de Spiderman.

[9] Su hit indiscutible: el “Canto al sol”.

[10] Otro criminal de guerra, aunque no tanto como su predecesor Inocencio III. Este era más de la escuela Milosevich que de la escuela Hitler, por decirlo de algún modo.

(Este artículo se publicó previamente en papel en la revista El Mon d’Ahir).

Bandinista: una conversación entre Billy Childish y Kiko Amat

Billy Childish y Kiko Amat, con ocasión del lanzamiento del Cuarteto Bandini en Compendium Anagrama, conversan en exclusiva sobre John Fante y familia, la tetralogía Bandini, lo “engañosamente simple” de su prosa, el tú-también-puedes-hacerlo y la “idiotez del ego”; deuda, tradición e influencias de blasón.

 John Fante fue un semi-maldito escritor americano de bullente sangre italiana, de talante más mordedor que ladrador. Vivió de 1909 a 1983 y publicó solo seis novelas, un par de noveletas y un libro de cuentos. El resto del tiempo lo derrochó en Hollywood, forrándose y odiándose a sí mismo. Charles Bukowski, su fan #1 y confeso discípulo, le salvó del completo ostracismo prologando la reedición de Pregúntale al polvo, y gracias a él leemos a Fante hoy. Su personaje emblemático es Arturo Bandini, una suerte de alter-ego con el histrionismo subido y la llorera de bandera, que campa, asqueado y delirante, por las cuatro novelas que van a leer, y que Fante escribió a lo largo de toda su vida: Espera a la primavera, Bandini, El camino a Los Ángeles, Pregúntale al polvo y Sueños de Bunker Hill. Esta última publicada post-mortem.

Billy Childish es un discípulo formal y espiritual de Fante. Childish reúne muchas medallas en un solo bigotudo estajanovista: poeta disléxico, punk-rocker incorruptible, pintor figurativo, narrador confesional, esteta asceta, ex-bebedor y ex-follador de caniches, fabricante de juguetes raros, amante de la sombrerería y el look Primera Guerra Mundial, grabador de grabados, homenajeador de padres y mentores (Kinks, Kurt Schwitters, Bo Diddley, Van Gogh, The Downliners Sect), hijo de padre violento (a quien terminó zurrando en una ocasión; como narró en “the day I beat my father up”) y padre de una caterva de grupos asombrosos: The Milkshakes, Thee Mighty Caesars y The Headcoats, por mentar solo tres. Childish es desafío original, es hacer lo que te piden las entrañas, es dar crédito constante a tus héroes (Fante entre ellos), es odiar la mentira e ir a favor de la tradición (se describe a sí mismo como “radical traditionalist”) y el entusiasmo, contra el arte conceptual y el monetarismo. Childish es (de veras) uno de los artistas más influyentes del mundo. Mudhoney y REM y Beck y un tal Kurt Cobain eran fans. El fulano aquel de los White Stripes era fan también pero luego le odió, cuando reparó en que la reciprocidad iba a permanecer ausente en su relación. Incluso Kylie Minogue le citó una vez (por razones que somos incapaces de comprender ahora mismo).

En último lugar, parte del mismo linaje y tradición, está quien firma esto, el novelista Kiko Amat, que conversa con Billy Childish via Skype sobre el autor predilecto de ambos.

Lo primero que me gustaría que me contaras, Billy, es cómo entraste en el mundo de John Fante y a través de quién.

Por aquel entonces yo estudiaba en la St. Martins School of Art, en Londres, en el año 1980. Peter Doig (un amigo pintor que estaba en mi mismo curso) y yo teníamos gustos muy parecidos en todo: pintura, libros, rock’n’roll… Este mismo amigo, que ahora es un artista muy famoso, me pasó un libro de un tal Charles Bukowski que me gustó bastante, así que fui a una pequeña librería alternativa que había en Covent Garden y empecé a buscar más libros del mismo autor. Tenían un par de copias de libros suyos en Black Spring Books, y también una copia de Pregúntale al polvo de un tal John Fante. Que, como ya sabes, llevaba la famosa introducción de Bukowski. Lo que yo solía hacer en aquella época para decidir qué me gustaba y qué no era ir pasando alfabéticamente por la sección de narrativa, ir cogiendo libros al azar y leer el primer párrafo a ver qué tal, para luego devolverlos a la estantería si no me acababan de convencer. Ocasionalmente leía más de un párrafo y acababa comprándolos. Eso fue lo que sucedió con Pregúntale al polvo. Creo que me lo leí casi entero en la bañera, una vez hube llegado a casa.

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¿Qué edad tenías cuando sucedió todo eso?

Diecinueve o veinte. En 1977 tenía diecisiete años, así que en 1980 ya habría cumplido los veinte. Soy disléxico, y siempre he tenido problemas con la lectura y la escritura. En aquella época yo trataba de escribir poesía, pero Pregúntale al polvo fue el libro que me hizo pensar que quizás también podría intentar escribir prosa, ya puestos. A lo mejor era un delirio mío [ríe], pero sentí que sí, que podía hacerlo. Para decirlo de un modo clásico: Fante me inspiró a escribir piezas de prosa. Lo que me encantaba del trabajo de Fante era sobre todo el aspecto cómico. Al poco tiempo leí también Espera a la primavera, Bandini. Bukowski me había inspirado, no lo niego, especialmente en cuanto a la poesía: me había mostrado cómo expresar cosas que yo no tenía ni idea de cómo expresar. Lo malo de Bukowski era que siempre daba la impresión de ser la estrella de una película de serie B. Había leído demasiado a Hemingway, está claro. Ese postureo de tipo duro es lo que menos me gustaba de él, incluso hoy, y creo que lo mismo le sucede a otra gente. Les causa rechazo su palabreo fardón. No me gustaba esa pose de Marlowe que se llevaba. ¿Quién escribió lo del Marlowe ese? ¿El detective duro de las novelas?

Raymond Chandler.

Ese. Veo ahora que Bukowski se fijaba mucho en Raymond Chandler, además de en otros autores del mismo estilo. Hard-boiled. Se nota en ese rollo serie B que te comentaba. Asimismo, nunca vi nada de eso en Fante. Leías sobre Arturo Bandini y te parecía estar mirando una película de Laurel y Hardy. Fante te está describiendo la clase de idiota que es ese fulano, Bandini, y la estupidez que está a punto de realizar, y tú como lector quieres que no la haga, del mismo modo que quieres que Laurel y Hardy no se metan en líos. Bukowski, por el contrario, te va a decir que todo el mundo es idiota, pero que él es un tío listo. Él es quien mola, quien sabe de qué va todo. Esa es una gran diferencia entre los dos autores, Fante y Bukowski, que alguna gente no ve. Por eso me parece tan interesante que Bukowski, quien supuestamente era un gran fan de Fante, no pillase la increíble fragilidad que desprenden los escritos del segundo, la que pone en boca de Bandini. Un chico con muchos defectos, Bandini, bombástico y bocazas, presuntuoso, muy ambicioso también, aunque a la vez siempre parece quedarse corto a la hora de realizar esas ambiciones. Creo que todo eso es encantador, hace de él alguien muy cercano. Dicho esto, con los años trabé amistad con Dan Fante, el hijo, y me contó que John no era así ni por asomo [carcajada]. Que el tío era un completo gilipollas. Me dijo: “John era un miserable, Billy”.

Yo con el tiempo me he hecho una idea de Fante como persona harto distinta de Bandini. Más cercana a Bukowski, quizás. Más duro que él, incluso.

No estoy tan seguro de eso. Sé lo que quieres decir, pero no lo creo; no creo que fuese como Bukowski. Creo que a quien John se parecía de verdad era a su padre, Nick Fante, por mucho que se negara a admitirlo. Dan me contó muchas cosas de su abuelo, Nick Fante, y se ve que John era muy parecido a él. Dan era un chico majo, pero de vez en cuando también le notabas una cierta actitud, la misma que debía tener su padre. A la defensiva. Dan es, en mi opinión, una versión amable de John. Y John, a su vez, era una versión menos mala de Nick. Nick era una puta pesadilla, según se ve. Dan me contó que, cuando él era joven, se celebró algún tipo de reunión familiar en un bar, piensa que Nick ya era un hombre mayor por aquel entonces, y el abuelo se enzarzó en una pelea a navajazos con alguien [carcajada].

¡Dios santo!

Sí. Creo que lo que también sucedía era que los Fante eran hombres muy bajitos con complejos enormes. Podríamos resumirlo así: Los Fante: complejo de bajitos.

Fornidos y tapones. Como cajas de madera.

Sí, Dan era como un cubo. Pero también bastante menudo. Quizás “menudo” no sea la palabra. Pequeño, pues. Pequeños y cabreados, los Fante.

Resultat d'imatges de ask the dust bookVolviendo al espíritu de sus libros, concretamente de la tetralogía Bandini, a mí me conmueve la forma en que Fante pinta a los seres humanos. Como cosas patéticas, pero a quienes trata con el máximo cariño y humor, sin condescendencia o melodrama.

Ya. Yo no diría “patéticos”, quizás. Diría que los describe como defectuosos, esencialmente. Y cuando se permite hablar de algunos sentimientos que se negaba a la hora de tratar en persona con su familia e hijos, uno percibe un gran amor en sus palabras. Y a la vez notas un gran amor por la literatura, por la escritura. Hay muchas cosas sagradas en Fante, y ese es para mí uno de sus grandes encantos. Cómo habla de las cosas que le son preciosas, cómo las cuida y mima, cómo las eleva. Dan me dijo que su madre editaba a John (ella siempre revisaba todas y cada una de las páginas del manuscrito que le pasaba su marido) y se ve que era un autor que casi nunca reescribía. Era un escritor muy fluido y natural. Esto es algo que Bukowski recuerda en su prólogo, tal y como lo recuerdo de haberlo leído hace un montón de años, lo de la facilidad y la simplicidad de cada línea.

Lo limpias que son, ¿no? Allí no sobra ni falta nada. No se permite ningún exceso. Admiro esa contención casi perfecta.

Sí. Sus frases son limpias y simples. En algunas secciones puedes detectar de dónde surge esa pulcritud y contención de Fante. Leí a Sherwood Anderson porque John le mencionaba en algunos libros. Creo que Fante toma esa simplicidad de Anderson. Así como de otros escritores americanos modernos, claro. John nunca se cree maravilloso, nunca alardea. Cuando hace que algunos de sus personajes alardeen de algo o se crean superiores es porque va a gastarles alguna broma pesada. John nunca es tosco, la verdad; nunca deja de ser elegante. Cada vez que se acerca al cliché, o tú crees que la historia va a terminar en cliché, escapa de ello de forma muy astuta. Escribe increíblemente sencillo, elegante… La expresión que suele utilizarse al describir la obra de Fante es “engañosamente simple”. Cuando lees a John Fante sientes como si una persona te estuviese hablando directamente a ti. Y a la vez te hace pensar en que tú también puedes hacerlo, pues en sus manos da la impresión de que es algo fácil. La mejor escritura a menudo parece carecer de complejidad, porque nunca te carga o cansa. Uno de mis libros favoritos es Hambre, de Knut Hamsun, y Dan me contó que era también el libro favorito de John Fante, como quizás ya sepas. Por supuesto, cuando lees Hambre te das cuenta de que Fante sacó de allí la idea de lo ridículo del ego, y la voz de su primera persona, de Arturo Bandini. Porque Hambre es pura tragicomedia. Es uno de los libros más increíbles que he leído. No me sorprende que Fante tomara tanto de allí, porque es un libro que te cambia por completo. Es como un compendio digerible de lo mejor de Dostoievski.

Resultat d'imatges de john fanteMe gusta mucho que Fante no temiera mostrar la influencia patente que Knut Hamsun había tenido en él. Eso es algo que también haces tú siempre con tus músicos y artistas favoritos: llevarlos de blasón.

Sí. Eso es muy interesante. Verás: quizás yo parezca alguien muy raro en mi generación, por la forma en que concibo mi música y mi arte, y es porque vengo de una generación que oculta sus influencias. Pero en la época victoriana, o en el periodo modernista -especialmente en el caso de sus pintores-, las influencias se llevaban de emblema, se expresaban con orgullo. Y creo que eso es algo que siempre hizo John Fante, con lo que siempre dio ejemplo. Identificarse con sus héroes, unirse a sus héroes, JL Mencken o Hamsun o quien fuera. En mi opinión esa es la forma correcta de entender los conceptos de deuda y tradición. Por desgracia, en el mundo en el que vivimos eso se considera poco cool. Lo que hace todo Dios es simular que se han inventado a sí mismos. Pero eso es una puta mentira. Y te diré algo más: es muy mal karma. Para mí es algo perfectamente obvio: tienes que cantar las alabanzas de aquellos que te ayudaron. Que te señalaron la dirección. Porque es un testigo que se te entregó. Y los verdaderos artistas admiten la existencia de ese testigo, no simulan que nadie les ha influido. Alguna gente aduce que soy un tipo orgulloso porque siempre digo que soy un verdadero artista. No parecen comprender que soy un verdadero artista precisamente porque reconozco a todos aquellos que estaban antes que yo y que deben ser reconocidos. Así que tal vez sea arrogancia artística, pero está templada por la humildad de saber que no has inventado nada. Uno tiene que ser generoso con estas cosas. Yo siempre he nombrado a Fante. Recomendé a muchos amigos americanos que le leyeran. Uno de ellos se empeñó en que alguien de la familia Fante le firmase Espera a la primavera, Bandini, y se lo mandó a la viuda de John, y el libro llegó a manos de su hijo Dan Fante, que aunque había escrito varios libros no encontraba editorial. Esto llegó a mis oídos. Se dio el caso que yo sí conocía una editorial americana que acababa de publicar allí una de mis novelas, así que intercedí para que ellos publicaran la primera novela de Dan. Aquello fue grande: su padre hizo que yo escribiese novelas, y yo pude ayudar a que su hijo publicase las suyas. Fue un caso de retribución pura.

Resultat d'imatges de john fante librosKarma, como decías, es la palabra perfecta. Devolverles el favor a tus héroes. Equilibrar las cosas.

Sí. No quiero que suene a gran favor, ni nada. Era solo una carta de recomendación, y Dan Fante habría terminado publicando sus libros de un modo u otro. El mérito es de Dan Fante, no puedo colgarme ninguna medalla por eso. Pero me enorgullece poder decir que yo ayudé a cerrar el círculo. Que colaboré en el desarrollo de una tradición de la que John Fante formaba parte.

No sé que hubiese hecho John Fante con un artista que tomara de lo suyo y no lo admitiese. O tú mismo. ¿Qué se hace con alguien que toma de nuestra tradición pero no devuelve nada, ni da las gracias?

A mí me pasa continuamente. Pero no odio a nadie. Lo encuentro hiriente respecto a mi ego, pero tampoco invierto demasiado tiempo en solucionarlo. Me digo a mí mismo que soy un bebé, que no me gusta eso por la misma razón que un bebé se enfadaría por algo que se realiza contra su voluntad, y sí, a veces me molesta; pero no le dedico ninguna energía. Lo cierto es que me sucede tan a menudo como para ser lo habitual. Te diré otra cosa que hace mucha gente: como soy un tío que siempre señala las cosas que le gustan, y quién me influencia, y a quién disfruto, alguna gente que viene a mí en busca de ayuda para escribir o hacer música o pintar sale de allí con recomendaciones de buenos artistas; les sugiero un camino, que lean a John Fante, o admiren la pintura de Kurt Schwitters, diversas influencias… Lo que hace alguna gente entonces es reivindicar esas influencias como su influencia, y luego me borran de la ecuación [carcajada].

Sé de lo que me hablas.

Supongo que así creen que quedaran más sofisticados, porque se supondrá que han hallado esas fuentes ellos mismos. Eso es una locura. ¿Por qué querría alguien esconder la ayuda de otro? Me doy cuenta de que no se están haciendo ningún favor, porque eso demuestra que no han entendido nada. Que no han entendido el valor del respeto. El problema es que si mientes entras en un conflicto. Si mientes, estás en conflicto con tu verdad. Y eso representa una distorsión en tu mente. Porque por supuesto alguna de esa gente tiene que haber hecho un esfuerzo enorme para eliminar o negar lo que en realidad sucedió, y eso envenena su alma. El único dañado de todo este proceso es quien miente, por no haberse dado cuenta de que haber sido influenciado por alguien es un gran honor. Para mí, admitir que John Fante me influenció a la hora de escribir es como aguantarle la puerta a alguien. Soy muy educado y me paso el día aguantando puertas. Aguanto puertas para dejar pasar a gente, pero a la vez ellos me están haciendo un gran regalo: la posibilidad de eliminar mi ego e involucrarme con el mundo de una forma verdadera. No ser el capullo egoísta que soy. Me da otro ángulo. Por eso cuando ayudo a alguien y me dan las gracias, yo siempre respondo “ha sido un placer” o “el placer es mío”. Porque el placer es mío. Es el placer de no haber sido un imbécil. El placer de que alguien te influya.

De darte la posibilidad de actuar con bondad.

Bueno, creo que eso te libera, en realidad. No sé si te convierte en alguien mejor, pero sí en alguien más libre. Mentir te ata. Tienes que hacer concesiones en tu relación contigo mismo. Por tanto, alguien que miente sobre sus influencias quizás no sea mal tipo, pero desde luego sí está siendo ignorante. Porque no ha comprendido el valor de la influencia. Yo nunca he simulado que John Fante no haya sido una influencia en mi escritura. Lo ha sido, y he tomado cosas de él.

Hablando de mostrar la influencia de John Fante, acabo de recordar que en tu sello (Hangman Records) sacaste un single de una banda, Ye Ascoyne D’Ascoynes, que llevaba una foto de John Fante en portada. Compré ese disco en 1993, cuando no había leído a Fante aún.

Resultat d'imatges de ye ascoyne recordEs increíble que menciones eso [sonríe]. Qué coincidencia más extraordinaria. Los Ascoyne D’Ascoynes eran una banda local, de Chatham; uno de ellos, Ian Smith, era el batería original de The Dentists, y también tocaba la batería en los Ascoynes. Pues bien (esto es buenísimo, es exactamente de lo que estábamos hablando), resulta que este Ian era el tipo de individuo que hace cosas como las que te decía antes. Yo soy un enorme fan de Kurt Schwitters desde mis 17, de cuando iba a la escuela de arte. Ian debe tener seis o siete años menos que yo. Le conozco desde que él era aún un niño, y yo ya había formado The Milkshakes. Yo le hablé de Kurt Schwitters, y en la época, como yo no paraba de leer a John Fante, le regalé una copia de Pregúntale al polvo. Él me contestó que no era lo suyo, que no le había gustado. Tres años más tarde me vino un día y me dijo “Hey, Billy, deberías leer a un escritor que he descubierto, se llama John Fante” [ríe]. Yo le dije: “claro, es el libro que te regalé, tío”. A partir de allí Ian era el tío que había descubierto a John Fante, y luego también a Kurt Schwitters. Para colmo, la portada del single que mencionas, y que yo les produje, es un collage a lo Kurt Schwitters, y lleva la cara de John Fante [carcajada]. He ahí un tío en completa fase de negación. Pero yo les produje el disco y dejé que siguiera diciendo lo de sus “descubrimientos”. Era su decisión.

Hay una cosa que me chifla de Arturo Bandini: que llora un montón. Y viniendo como yo de una cultura de clase obrera, una cultura que desprecia a los hombres que lloran, ese es un atributo que me parece admirable. A mí me mostró un mundo de hombres donde era aceptable llorar.

[Ríe] Ya. Me pregunto si eso era tan común en los personajes de otros libros de la misma época, y me parece que no. Que era una cosa muy rara. No olvides que Bandini, además, llora muchas veces con intenciones manipuladoras. Llora para salirse con la suya. Y ligar con mujeres [sonríe]. ¿Te acuerdas?

Sí. Pero otras veces no puede impedirlo. Está angustiado de verdad. De una forma muy italiana e histérica.

De nuevo, es imposible preguntarse si eso era algo que hacía John Fante. Es una idea interesante, ¿no? Es imposible saber cuáles de los rasgos de Bandini son cercanos a los del autor. Otra hipótesis es que eso viene de que alguien como John, desde un punto de vista psicológico, podría ser considerado un niño de mamá. Piensa que su padre era un completo gilipollas, y que al chico no le quedó otro remedio que decantarse hacia su madre, y cuidar de ella en algunas épocas. En todos los libros se palpa esa calidez hacia la madre. También hacia el idiota del padre, pero es un amor mezclado con temor y respeto. Así que sí: quizás Fante era un niño de mamá.

Resultat d'imatges de john fantePor otro lado, las lágrimas de Bandini tienen un inmenso componente de pura rabia. De resentimiento y odio contra un mundo que le pisotea.

Es posible. No lo recuerdo con tanto detalle. Habré leído Pregúntale al polvo unas seis o siete veces en total, y lo mismo puedo decir de la mayoría de libros de Fante. Los he releído todos. Mi favorito posiblemente sea Espera a la primavera, Bandini. En todas las de Bandini el personaje es muy emocional e intenso, lo que de nuevo me lleva al protagonista de Hambre, un tipo con respuestas emocionales muy intensas. A todo. Y eso de nuevo nos lleva al Raskólnikov de Crimen y castigo, que es de donde yo creo que Hamsun sacó algunos aspectos para Hambre. El joven artístico, intenso, en combate contra el mundo. Lo verdaderamente asombroso de todo esto es que ninguno de los libros de John Fante (y, por extensión, tampoco los de Hamsun o Dostoievski) son libros para jóvenes. Considera, por ejemplo… ¿Quién escribió El guardián entre el centeno?

J.D. Salinger.

Salinger, eso. Si piensas en El guardián entre el centeno, ese es un libro que uno tiene que leer cuando es bastante joven. Máximo, a los veinte. Si te lo lees a los treinta o cuarenta, ya no funciona; aquel tío ya no te interesa. Para mí, su protagonista no es ni la mitad de convincente de lo que sería para alguien mucho más joven. Es un libro para jóvenes. No creo que ese sea el caso de Fante. Él trasciende la barrera de la edad, y creo que lo consigue a base de humor. Creo que la ridiculez y la comicidad son dos rasgos que hacen que Bandini funcione. Le quita toda aquella solemnidad que tiene el protagonista de Salinger. El Bandini de Fante te gusta a los cincuenta porque aún reconoces a aquel idiota risible que lo protagoniza. Cuando lees a Salinger a los veinte aún no puedes reconocer a un idiota; solo la madurez puede ayudarte a reconocer la idiotez. Y de adulto aquel protagonista solo te parece un chico más bien repelente. Así que los libros de Fante son libros muy maduros y precoces. Tiene visiones diáfanas de la idiotez del ego. Y eso lo hace atemporal y muy potente.

También me gusta que Bandini sea un mierda, a veces. Que Fante no lo pinte como un tío dañado pero benigno, sino alguien envidioso, resentido, hipócrita, incluso racista. Hay calidez en su corazón, pero también mucha bilis. Su lado peor le humaniza.

Estoy completamente de acuerdo. En ese sentido Fante es muy realista. Bukowski, de nuevo, es la estrella de alguna película de acción de bajo presupuesto, pero Bandini es claramente el protagonista de una tragicomedia. No es un detective encallecido por la vida. Arturo va de que es más listo que el resto del mundo, pero luego va y la caga, y te das cuenta de que no es ni más ni menos listo que nadie. Arturo no encaja, está en desacuerdo con el mundo. Bukowski tampoco encaja, pero se pinta como un héroe. Arturo Bandini, por el contrario, es el perfecto antihéroe.

Sí. También procede analizar el germen de su rabia. Incluso cuando lanza insultos racistas contra sus colegas filipinos nos recuerda que a él los anglosajones le llamaban espaguetini, pelo-grasiento, guinea. Le humillaron, y por eso humilla a otros a su vez. Es realismo puro.

Esa es la grandeza y el encanto de Fante. Su personaje es completamente tridimensional, tiene todas esas contradicciones y daños. Puede ser un capullo y encantador. Bandini es así. Y huelga decir que así es como somos la mayoría de humanos.

Resultat d'imatges de john fante

¿Cuál dirías que es tu Fante predilecto, después de todos estos años?

Espera a la primavera, Bandini. Y uno de mis fragmentos favoritos de todos sus libros es de La hermandad de la uva. Cuando su hermano está tratando de convencerle de que vuele de visita al pueblo, porque su padre la está liando y están a punto de divorciarse con la madre y todo eso. Y él llega, y el hermano ni siquiera va a buscarle al aeropuerto, todos le tratan como si no comprendiesen qué está haciendo allí y aplican una presión emocional terrible encima del pobre tipo. Es un fragmento que explica de una forma perfecta las dinámicas familiares y la forma absurda en que interactúan los humanos. Toda la mierda que se acumula, y la mentira. Pero el libro que más me gusta es Espera a la primavera, Bandini, y también Pregúntale al polvo. Ni siquiera recuerdo Un año pésimo, solo lo leí dos veces. Acabo de recordar algo más sobre los Fante que quizás deberías saber.

Cuenta, cuenta.

Dan me contó que su hermano Nick Fante había sido uno de los que diseñó, o ayudó a diseñar con algún tipo de trabajo de ingeniería, la primera cápsula espacial que aterrizó en la luna. Una parte, al menos. Las patas, si no recuerdo mal. Creo que es un detalle bonito, aunque no sé si dudar de la veracidad de la historia. ¡Los Fante contribuyeron a la conquista de la luna! [ríe]. Dan tenía un espíritu muy generoso. Su único problema es que no se creía merecedor de todos los elogios. Se menospreciaba.

Los Fante tenían una relación compleja con la familia. Con los lazos de sangre. John Fante la pinta como algo dañino pero indispensable a la vez. Hay mucho amor en sus palabras, incluso cuando maldice a Svevo de formas terribles.

Sí. Creo que eso también es muy italiano [ríe]. Asimismo, él despreciaría mi comentario, por venir de un puto limey, de un inglés. Diría que no entiendo nada. Se ve que John era un tipo que golpeaba siempre primero. Dan siempre contaba que cuando John conocía a alguien siempre empezaba siendo un cabrón grosero, para quedar por encima. Para empezar con ventaja. Se ve que era de ataque rápido [ríe]. Debía ser un buen bastardo.

(Esta charla se publicó como prólogo del Compendium Fante de Anagrama en el año 2016. He eliminado un par de frases de la introducción que apestaban, y no me di cuenta entonces, porque había bajado la guardia dos segundos. El resto está igual)