Manchester: alma norteña

El Periódico me encargó hace unos días una pieza para homenajear a Manchester después del atentado. La escribí. Según la escribía me iba dando cuenta de la cantidad de bandas de allí que me encantan. En la imagen principal aparecen los Oasis, inevitablemente, acompañados por sus pilosas cejas, pero yo no pensaba en ellos.

Pueden leerla, por supuesto, activando este micrófono oculto mediante un fuerte alarido con acento de Manchester. Todo lo nasal que puedan.

La canción del viernes #26: SAÏM “Octubre”

Uno de mis grupos favoritos de los últimos meses. Y de este preciso instante. Son mallorquines, y su nombre -y su sonido- parece una mezcla de Seam y Samiam (pero quiere decir algo distinto). Con algo de Braid y un mucho de Nueva Vulcano.

Eh. Sí, aquí. Aquí tenéis un fan.

Mi aristocracia es mi biografía: Virginie Despentes y Vernon Subutex 2

Una nueva pieza para Babelia de El País sobre mi autora francesa actual favorita, esta vez sobre el segundo volumen de Vernon Subutex.

“Si quieres hablar conmigo, dime antes dónde has crecido”.

Léan aquí las razones que esgrimo para que todos ustedes lean esta formidable trilogía. Si no chuta, golpeen una y otra vez con la frente en dicho punto hasta que se parta la pantalla del ordenador.

Fart the power: los pedos y el séptimo arte

Inline images 4Una pieza, celebrada justamente, sobre las ventosidades en la gran pantalla, que escribí sin nalga trémula e impasible el dérriere para El Periódico.

No hay la menor percha de actualidad para ello, amigos. La escribí porque se me antojó, como hacemos los muy manitos, sin esperar visado de la actualidad. Aunque huelga decir que el tema central nunca pasará de moda mientras sigan existiendo los currys picantes y un tipo con una cámara dispuesto a registrar sus efectos en intestino ajeno.

¿Mi broma favorita? La de Yentl. Que escribí palmeando enérgicamente mis propios muslos.

Es casi imposible tener tal puntería, pero si quieren leerlo por favor apunten aquí con su más retumbante flato.

Primera Persona 2017: en sus puestos

“Puede que no seas la primera persona, en pisar la luna…”

El teaser de este año, como siempre acompañado del himno inmortal que nos compusieron (por amor) hace ya seis años Joe Crepúsculo y Manolo Vázquez.

Ser un festival con HIMNO nos hace sentir como un país pequeño (pero orgulloso) de Indonesia o una columna popular del 36 marchando hacia el frente.

 

¡Repetición! ¡Repetición! ¡Repetición!

– Voy a poner un disco nuevo, a ver qué os parece – les digo, y todos se echan a gritar, mis hijos con las manos en las orejas gritando Nooo, convulsionándose con muecas de (falsa) tortura, y mi mujer con la sonrisa afable de quien ha escuchado muchas veces la misma broma, pero esa broma sigue siendo bastante tolerable, nada vomitiva.

Lo cierto es que no es un disco nuevo. De hecho es un disco del año de la polka, Old Ramon, de Red House Painters, que llevo escuchando sin interrupción desde 1995. Cuando digo sin interrupción, lo que quiero decir es sin NINGUNA interrupción. Una y otra vez. A menudo seguidas: 3, 5, 6 veces en una misma mañana, y los papeles del divorcio que, contra todo pronóstico, nunca llegan.

Eso es un mérito, alguien debería decírselo a Mark Kozelek (aunque seguro que lo sabe). No lo del divorcio; lo otro. Lo de tocar algo que pueda reusarse de ese modo. No todas las cosas propician la repetición, y yo soy un hombre de tradiciones. Un humano con espasmos, solo que culturales.

En el año 2000 puse el mismo disco de Edwyn Collins (I’m not following you) cada mañana a la misma hora, cuando abría la tienda de discos del Soho londinense donde trabajaba. En aquella misma tienda, un día del mismo año 2000, mi amigo Fred y yo hicimos un experimento: cuántas veces seguidas podíamos escuchar la misma canción. Pusimos “Sick of myself” de Matthew Sweet en el reproductor y pulsamos Play, y nos dispusimos a escucharla cuantas veces fuera necesario. Para entender el origen del universo, tal vez; de dónde surgieron todos aquellos trilobites. Todas las respuestas hondas y voluminosas.

Aquello fue raro, muy raro. A partir de la décima escucha todo cambió; la cosa inicial se convirtió en otra cosa distinta, y el tiempo se retorció sobre sí mismo, aparecieron dobleces en las esquinas de lo cotidiano. Si yo fuese un idiota o un estudiante de lite comparada añadiría ahora que creamos una “situación”.

Pero no era una “situación”, y los clientes empezaron a reír con el asunto. Con nosotros. De nosotros. Bah. Fred y yo seguimos allí; dale que te pego y en nuestras trece. Solo que no fueron trece, sino sesenta. Seis-cero.

Mientras Fred y yo nos adentrábamos paso a paso en las insondables simas de la demencia, yo pensaba en familiaridad y sobreexposición. Cómo a algunos nos chifla la repetición, porque la repetición es familiaridad, y la familiaridad es amor. Porque cuando ves una película un número descabellado de veces, aquella obra se disuelve en ti, empieza a formar parte de tu tejido muscular, como se disolvia aquel libro de auyoayuda dentro del estómago de Manny en un capítulo de Black Books, transformándole en una especie de Juan Bautista hippy.

¿El viejo axioma de Jonathan Lethem? ¿Aquel de “si no te gusta esa película no te gusto yo, porque esa película soy yo”? Es cierto. Puedo atestiguarlo. Withnail and I ya no es algo que yo vi una vez; es algo que está dentro de mí. Yo soy la maldita Withnail & I.

Mucha gente no vive así. No repite, repite, repite. Pero a mí, esa repetición me ha salvado la vida. Me ha enseñado cual es el sentido de la misma: tener esas canciones, y libros, y películas, y repetirlas una y otra vez, saborearlas como uno saborea el latiguillo de un mejor amigo al final de una frase. Como algo que nos recuerda quién somos. Con ellas a mi lado, nunca estaré solo.

– Creo que procede otra más, ¿no? –les digo a todos, y pulso Play, ahogando sus juramentos.

(Esto es un texto inédito. Lo escribí hace un año porque me dió la real gana. Si quieren experimentar una forma suave de chifladura, hagan el favor de replicar el experimento y escuchar la canción adjunta en repeat. A partir de la veinte algo empieza a cambiar. A la treintava empieza el tic incontrolable en el ojo. A la número cincuenta llegan “los hombres vestidos de blanco”, como en aquella canción de Mari Trini)