Villa Wanda: terrorismo negro y guerra sucia gubernamental en los “años de plomo” italianos (una entrevista con Eduardo Bravo)

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Eduardo Bravo es un escritor y periodista madrileño. Fue miembro fundador de Mongolia (que abandonó en el 2015), del fanzine Viernes Peronistas y del fanzine sobre música brasileña Serenidade, manual del usuario, así como profesor de la Musical Geographic Society, “experto en la vida y obra de Santiago Lorenzo” y colaborador del TMEO. Acaba de escribir un excelente libro llamado Villa Wanda (Autsaider Ediciones) que versa sobre terrorismo de Estado en Italia, guerra sucia, logias masónicas y la llamada “estrategia de la tensión” de los “años de plomo” (la década de los 70). Es un libro fantástico que, contrariamente a lo que podría esperarse, no interesará solo a friquis enpijamados obsesionados con fascismo, neofascismo y terrorismo parapolicial como aquí su humilde servidor, sino que funciona como utilísimo instrumento para entender y juzgar a los estados actuales. No solo Italia, paisaje en el que se desarrollan las fascistadas más o menos encubiertas que cuenta el libro, sino también el Estado Español.

Sí, amigos: si aceptamos que todo lo que sucede ahora viene por vía directa del régimen del 78 y los pactos forzados de la época que mantuvieron en el poder, sin purga alguna, a los representantes de la dictadura previa, no será difícil distinguir los lazos de unión entre ese régimen y sus guerras sucias, y las que se desarrollaban en la época en Italia y el resto de Europa, buscando los mismos fines y utilizando los mismos medios.

Leerán Villa Wanda con una mezcla de inquietud, perversa fascinación y hebefrenia (o risa nerviosa). Es la cara graciosa del terrorismo de ultraderecha, si quieren. En esta entrevista leerán sobre un montón de cosas que sembrarán la sospecha y el temor en todos ustedes, intranquilos ciudadanos del estado Español contemporáneo, país sin ley.

 ¿Cómo empieza un autor madrileño como tú a interesarse por unos hechos tan específicos -guerra sucia gubernamental, terrorismo de Estado, ultraderecha- de un país ajeno como Italia?

Yo soy un niño de los setenta. No lo viví de forma consciente pero sí crecí durante los “años de plomo”. No recuerdo la muerte de Aldo Moro en el 73 pero sí haber visto las imágenes durante el resto de la década. Así que toda mi infancia está marcada por esos años de plomo italianos, las guerrillas latinoamericanas -Montoneros, Tupamaros etc. Todo eso se juntó con una época, la de la Transición española, que ahora nos pintan como idílica pero que estuvo plagada de violencia por parte de grupos de extrema derecha. Además estuve viviendo en Italia un año, y tomé contacto no solo con su cultura diaria, sino también con los lugares. Pasabas por la calle donde hallaron el coche de Moro en su momento, por ejemplo… Italia adquirió un halo mayor como consecuencia de ese contacto. Entiendes mejor la historia reciente si analizas lo que sucedió en los 70. De repente en el 2015 falleció Licio Gelli. Y yo, que ya tenía ese vínculo con esa parte de la historia, asumí que iba a ser noticia en los periódicos españoles. Pero pasó sin pena ni gloria. Un tipo que había estado involucrado en atentados, en fraudes económicos, asesinatos, que mandaba un Estado dentro del Estado en Italia, que había intervenido directamente en la historia europea, y no se le dedicó ni una columna. Eso picó mi interés.

Háblanos de Licio Gelli, para ponernos en materia.

Gelli es un personaje perverso. Incluso mediocre. No tiene una preparación especial, ni es un tío especialmente brillante, pero se sabe manejar muy bien y tiene muy pocos escrúpulos. Es un fascista convencido: incluso en sus últimos años se define como fascista y declara echar de menos la figura de Mussolini. También la de Berlusconi, que formó parte de su logia Propaganda 2 y que es uno de sus ídolos políticos. Cuando estalla la Guerra Civil española se viene aquí para luchar con Franco, incluso falsifica su documento de identidad porque era menor de edad. Es un fascista fanático, en suma. Pero a la vez es muy poco honesto: traiciona a compañeros suyos para salir airoso de determinadas situaciones, se une a los partisanos para traicionarlos luego… Es un buscavidas de la peor especie. Nada heroico. Más bien desagradable. Es un fulano que vende colchones; ni siquiera es el dueño de la fábrica; solo un comercial. Pero empieza a urdir una red de contactos hasta que se hace con el cargo de Gran maestre de una logia (cuando él no era más que aprendiz). Es muy listo, además de un chantajista. Se convierte en un monje negro que domina toda la política italiana: tiene en su poder a los empresarios, la prensa, los jueces, la policía, los políticos… Puede conseguir lo que quiera. Tiene un ejército personal, tanto en grupos de ultraderecha como a nivel de matoncillos de la calle, que le resuelven los problemas más mundanos.

Me recuerda un poco a Himmler, que también era bastante simplón.

Sí. La diferencia es que Gelli se mantuvo siempre en la sombra. No quería ser presidente de la República, pero sí sacar los mismos beneficios que un presidente. Es un tipo que, salvo en circunstancias extremas como el de la Banca Vaticana, siempre sale airoso. E incluso cuando se destapó lo de la Banca no le fue tan mal. Disfrutó de una modalidad de retiro o prisión domiciliaria que ya la quisiéramos muchos para nosotros. Estuvo en una jaula de oro. Ni siquiera creo que permaneciese dentro de ella; se paseaba por donde quería, seguro.

Resulta chocante que un asunto ultrasecreto como el de la logia masónica Propaganda 2 fuese tan conocido.

Propaganda Due salió a la luz de una forma absurda, un poco como la detención de Al Capone. Fue un tema de mera fiscalidad casual. Entraron un día al despacho de Gelli, para investigar sus empresas, y se dieron cuenta de que había un montón de carnets, recibos y listas de personas de todos los ámbitos de la sociedad que pertenecían a una organización secreta. Estaba estructurada como una logia de masonería normal pero operaba en la sombra. A partir de ahí es cuando a Gelli empiezan a irle mal las cosas. Soy bastante ingenuo o bienpensante: no creo que en España llegase a funcionar algo así. Los masones exigen a sus miembros que no medren en relaciones personales para que les vaya mejor en la vida, aunque es indiscutible que topan a menudo con otros miembros que pueden abrirles determinadas puertas. Pero que una logia española opere de forma tan perversa, y a tan gran escala, no me parece posible. Otra cosa, ojo, es que la estructura judicial y constitucional española permita realizar operaciones como las que realizaba P2, solo que de un modo legal. Las puertas giratorias españolas consisten en recolocar en puestos de responsabilidad en importantes empresas a políticos que te han hecho determinados favores, y esos políticos recolocados facilitan a su vez que a las empresas que gestionan les vaya bien, pues conservan contactos importantes en la política. ¿Es eso una Propaganda Due? No, pero se le parece mucho. No solo están los empresarios y políticos, sino también periodistas, jueces y mucho más. ¿Es una cosa legal? En España sí. ¿Es una cosa inmoral? También. Cuando Podemos señala que existe una “trama”, no sucede nada porque la trama existe, en efecto, pero es legal y está protegida por la ley.

O sea, que aquí no hay logias masónicas como la P2 porque no hacen falta. Igual que en España no existen partidos políticos de ultraderecha porque sería redundante. Ya tienes a un partido en el gobierno aplicando esas políticas.

Exacto. Toda la ultraderecha española está ya en los puestos de responsabilidad. Sin ir más lejos: el yerno de Gallardón era un gerifalte del Franquismo que, cuando murió hace unos años, fue despedido con el “Cara al sol”. Yerno de un presidente de comunidad Autónoma que ha sido Ministro de Justicia con el Partido Popular. Aquí nunca hemos hecho esa labor de pedirle cuentas al fascismo, como se hizo en Italia. Además, desde el punto de vista del Estado Español, para qué vas a mancharte las manos de sangre con grupos parapoliciales, con cuestiones que al fin y al cabo son alarmantes y desestabilizantes para la sociedad (los muertos no gustan a nadie) si puedes conseguir lo mismo de un modo más sutil. En Italia, después de lo que se cuenta en Villa Wanda viene lo de Tangentópolis: un entramado de corrupción política increíble, muy parecido al de diez años antes, solo que sin muertos en la calle. En Italia se dieron cuenta, como aquí, de que era mucho más sencillo ganar los mismos millones e influir en el poder sin sembrar el país de cadáveres. Por mucho que tengas a jueces, prensa y policía a tu lado, un cadáver es un jaleo: tiene familia, amigos, vecinos. Es algo muy incómodo.

Esa mentalidad explica tal vez por qué no se han realizado actividades de falsa bandera o violencia parapolicial desde el Estado Español contra el independentismo catalán. Para qué vas a marear la perdiz con terrorismo negro o agentes provocadores si puedes conseguir los mismos fines amparado en el “estado de derecho”.

Totalmente. La violencia se ejerce siempre de forma escalonada. Para conseguir algo a la fuerza de una persona puedes pegarle un grito, darle un bofetón o cortarle un dedo. Si consigues lo que quieres con el grito, o poniendo mala cara, no vas a seguir la escalada de violencia. Es desagradable e innecesaria. Ahora, si la mala cara o el grito no van a ninguna parte a ese tipo hay que pegarle un bofetón. O cortarle el dedo. O, finalmente, matarle. Para qué va a generar uno situaciones de bandera oculta o terrorismo negro en Catalunya cuando puedo hacer lo mismo con complicidad del PSOE y Ciudadanos y sin matar a nadie. Implanto el 155 y consigo exactamente lo que quiero.

https://i0.wp.com/www.so-compa.com/wp-content/uploads/2017/03/01lopez_rega.jpg La extrema derecha siempre se queda a los personajes más chiflados. Son unos acaparadores. Es el caso del argentino José López Rega, también miembro de P2.

[ríe]  Rega es un chiflado. Sería un personaje cómico increíble si no fuese por lo dramático que le acompaña. Da un poco de pudor reírse de él cuando reparas en las consecuencias sangrientas de sus actos. Un señor que crea la Triple A en Argentina, una organización ultra que hace desaparecer a gente o las mata a plena luz del día, con connivencia de la policía… Lo alucinante de la Triple A, por cierto, es que estaba mal vista incluso por los militares (que a su vez luego demostrarían de lo que eran capaces); la veían como obscena y cazurra, fuera de control. Rega se considera mago, o mejor dicho brujo, sigue el esoterismo, fue guía espiritual de Isabel Martínez de Perón, la tercera mujer de Perón, y se parece mucho a Licio Gelli en que es muy mediocre y muy oportunista en su trato con la gente. Al principio de todo aparece en Madrid y empieza a frecuentar la casa de Perón en función de botones, un simple recadero. Y en efecto lo era, pero de recado en recado fue escalando y al final no solo se instaló en la casa de Perón sino que terminó filtrando las visitas. Cuando Perón regresa a la Argentina se lleva a Rega, que termina de ministro y despliega toda la violencia de la Triple A. Es un personaje muy cómico, de una locura asombrosa. Rega conoce a Gelli por la P2, se hace miembro de la logia y empieza a meter allí a gente como Massera [comandante golpista de la junta de Videla], Lastiri (su yerno, que llegaría a ser presidente de la República Argentina gracias a los tejemanejes de Rega)… Gracias a Rega, Licio Gelli se convierte en embajador comercial de Argentina en Italia. Lo bueno es que, pudiendo hacer las cosas por las buenas, es decir, que la República Argentina nombrara a Gelli de un modo oficial, Gelli hizo que la ESMA argentina le falsificara los documentos y el pasaporte. Lo cual es pura locura, porque no hacía ninguna falta. Yo creo que ese tipo de personajes tan poderosos entran en un delirio de impunidad por el cual creen que pueden hacerlo todo y les da igual ocho que ochenta.

¿Cómo se pasa del final de la IIª Guerra Mundial a esa “estrategia de la tensión” estatal que destruirá el “compromiso histórico” de democristianos y comunistas?

Ubiquemos que Italia tiene una república fascista, bajo el mandato de Mussolini. Hacia el final de la IIª Guerra Mundial se desarrolla una guerra civil paralela en el país entre izquierda y derecha. Cuando desembarcan los aliados existe la dicotomía de hacia qué lado se decantará el nuevo país. Los Estados Unidos han ayudado a los aliados a liberar Italia y establecer la paz en Europa, pero los partisanos también han luchado por Italia, y defienden una revolución social de corte marxista. Estados Unidos se da cuenta de que eso no es beneficioso para sus intereses. Lo primero que hacen es controlar la península con gente afín: contactan a mafiosos estadounidenses que tienen familiares en el viejo país. Los primeros municipios que se instauran en Italia después de la guerra son los de mafiosos locales. Caciques que controlan el territorio decantando los intereses hacia los Estados Unidos y la derecha. Y a pesar de eso, los comunistas y partisanos empiezan a cobrar mucha fuerza en Italia. A los EUA no les gusta eso, pues hay que rentabilizar el dinero que han invertido en la guerra. Además, no nos damos cuenta pero Italia es un país muy estratégico: está en el centro de Europa, muy cerca de la URSS (en plena guerra fría), cerca de Libia y el Oriente Medio… Colocar allí una serie de bases le resulta muy apetecible al gobierno norteamericano. Por eso no pueden permitirse que Italia se decante hacia la URSS, y empiezan una campaña de descrédito de la izquierda. Lo hicieron del modo que apuntábamos antes, escalando. Primero consiguieron que los medios de comunicación dijesen que los comunistas comían niños o iban a quitarte todas tus propiedades si llegaban al poder.  Cuando se vio que aquello no era suficiente, empezaron a realizar atentados y hacerlos pasar por cometidos por comunistas o de extrema izquierda. Eso es la “estrategia de la tensión”. Atentados salvajes como el de la Piazza Fontana de Milán de 1969, o el de la estación de Bolonia de 1980, se atribuyeron a los anarquistas o la izquierda. Se le transmite así a la sociedad que la solución para la paz pasa por un vínculo con Estados Unidos, la Democracia Cristiana y la derecha. Y eso llegó al extremo de la red Gladio: una serie de ejércitos en la sombra, secretos, que operaban al margen del ejército nacional, saltándose sin ningún pudor la soberanía de los estados.

Hay una cosa que no entiendo: si la estrategia es culpar a Brigate Rosse de lo de Bolonia, por ejemplo, ¿Por qué se sabe tan rápido que detrás de ello está Ordine Nuovo, o el NAR, o cualquier otro grupo de ultraderecha? ¿Por jactancia, o chapuza, o…?

Quizás la sucesión temporal no queda del todo clara en el libro. Lo de descartar la responsabilidad de la izquierda en los atentados llega muchísimo después. La conexión Ordine Nuovo, y los vínculos de Gelli, con la masacre de Bolonia es algo que a día de hoy aún se pone en duda. Piazza Fontana estuvo años y años sin ser atribuido, y a los dos anarquistas detenidos se les tuvo años en un proceso anómalo y con mil irregularidades, mientras la sociedad italiana siguió pensando que eran culpables de la masacre hasta bien entrados los ochenta. Una locura. En esa época los jueces y la policía están de lado de las estructuras de ultraderecha, Gladio y el gobierno en la sombra, así que se pierden sumarios, desaparecen testigos…

Estoy sintiendo un desagradable déjà vu en la base del espinazo, en estos momentos.

[ríe] Ni te imaginas. Solo es en los 80 cuando a la gente que estaba en las cúpulas del servicio secreto del ejército se les consigue procesar por haber ocultado pruebas de Bolonia. A lo largo de más de diez años de investigación de dedicaron a ocultar, tapar, amedrentar testigos… Es una política mafiosa que en lugar de local se convierte en estatal. Paralelamente, los grupos de izquierda pasaron más de una década diciendo que no habían sido ellos. A ver: todos los grupos terroristas saben si han cometido o no, y si tienen que reivindicar o no, un atentado. Y si lo ha hecho otro grupo. Pero por mucho que lo negasen, los jueces y la prensa sostuvieron que había sido un grupo de extrema izquierda. Pensemos también que muchos de los grupos mediáticos del momento estaban metidos en Propaganda Due: Berlusconi, los dueños del Corriere della Sera… Así que la información que llegaba a la ciudadanía estaba casi siempre viciada por esos intereses. Cuando Gelli empieza a tener problemas con la ley, el dominical del Corriere della Sera le hace una super entrevista donde se cuenta lo buen empresario y magnífica persona que es.

Y un nuevo déjà vu

[ríe] En efecto. Yo solía decir que lo único que nos diferenciaba de Italia era que no teníamos tantos muertos, pero luego ves el sumario de Gürtel y te das cuenta que los testigos clave no dejan de sufrir extraños “accidentes”. Quizás sea demasiado pronto para pronunciarnos sobre esos percances. Pero sí podemos decir que en España hemos hecho lo mismo que en Italia de un modo algo más “elegante”. Los años de plomo españoles son menos trágicos porque la ultraderecha no pasa a la clandestinidad, y conserva su patrimonio y puestos de responsabilidad, como decíamos. Y por añadidura en España la lucha de terrorismo negro se focalizó solo en ETA, a la que se pintaba como Satán, de forma que a la ciudadanía le parecía bien que el Estado se saltara las normas de vez en cuando (esa es la moraleja que sacamos del GAL). No hubiese sido igual si las acciones se hubiesen tomado contra sindicalistas o comunistas, por ejemplo.

Tu libro deja bien claro que grupos como Brigate Rosse (o ETA aquí) le acaban resultando útiles al Estado, que puede implementar normas de control social y recorte de libertades que en otro escenario serían impensables. Le garantizan al gobierno un enemigo interior al que culpar de todo.

Solo hay que matizar que cuando un grupo así está en la vorágine de sus acciones no se da cuenta de esa instrumentalización. ¿Cómo no vieron que secuestrar a un político moderado democristiano como Aldo Moro era un error táctico desde el primer momento, y que le estaban haciendo el juego al Estado? Por otro lado también hay que tener en cuenta que estos grupos estaban a menudo infiltrados por los servicios secretos. Así que no sabes si se trata de torpeza de los miembros o que hay agentes externos que decantan las operaciones hacia determinados lugares. En una entrevista reciente alguien me comentaba que existía la duda sobre si Al-Qaeda no era una invención para justificar determinadas acciones. Es demasiado pronto para saber algo así. Pero sí podemos estar seguros que, incluso si no es una creación suya, a los Estados Unidos o a Occidente les viene muy bien tener un enemigo común que permita, por ejemplo, que Francia lleve tres años en estado de excepción. Para poder efectuar una serie de recortes que de otro modo sería muy complicado justificar. No caigamos en la conspiranoia, de acuerdo, pero hay determinadas situaciones que el Estado tal vez no fomenta, pero capitaliza a su favor.  En Italia fue culpar de todo a las Brigadas Rojas, para poner al país entero a favor del Estado.

Villa Wanda cuenta muy bien cómo Brigate Rosse entra en un punto de completa “desconexión de la realidad”. Eso explicaría los errores de cara al Estado y de cara a la opinión pública. Por ejemplo el secuestro y asesinato de Aldo Moro o, peor aún, el del líder sindical Guido Rosse.

Es desconexión con la realidad, sí, pero también entra en juego la megalomanía. Personajes que se creen líderes naturales, por encima del apoyo de la ciudadanía. Es el componente humano. Pero, en efecto, es innegable que las organizaciones armadas suelen entrar en un punto de desconexión con el pueblo. ETA es un ejemplo claro de ello. Brigadas Rojas y Montoneros también. Entran en un punto en que emprenden acciones que no son comprendidas ni por sus simpatizantes. Es una deriva esquizofrénica que genera mucha frustración y mucho dolor. El problema no es que pierdas el sentido de ser como grupo, sino que una organización que se basa en el apoyo popular para poderse mantener en la clandestinidad está completamente vendida en el momento en que carece de ese apoyo.

La clandestinidad suele ser un factor importante a la hora de separarte de tus bases. Cinco tíos en un zulo durante dos años, con nombres falsos y armas, tarde o temprano van a creer que son la Patrulla X, justicieros mutantes por encima del bien y el mal.

Claro. Y no solo es el aislamiento en sí mismo, sino que esa falta de contacto te obliga a buscar apoyo en sitios donde jamás los buscarías. Que una organización de liberación nacional y corte marxista como ETA tuviese contactos con organizaciones de raíz religiosa y corte teológico como la OLP es algo muy loco. Pero es que no te queda más remedio. Si unos tienen las armas y los campos de entrenamiento, tú te vas allí a pegar tiros. Se crean alianzas muy raras que acaban resultando muy difíciles de digerir por los militantes y las bases.

 https://atlantictimes.files.wordpress.com/2010/03/image001.jpg?w=214&h=160Gladio es una de las más profundas cloacas de Estado que se han visto en la historia moderna. Su existencia explica incluso la operación Cóndor en Latinoamérica, o el Caso Scala de la transición española. En Italia fueron responsables de dos golpes de estado.

Sí. Los golpes no se llegan a dar porque la situación se reconduce políticamente hacia los intereses de los golpistas. Volvemos a los niveles de escalada de la violencia de los que hablábamos. Si, como sucede en la segunda amenaza de golpe de 1970, se echa a los socialistas del parlamento, no hace falta dar el golpe como tal. Gladio está detrás de dos golpes de estado, asesinatos de civiles en todos los países de Europa… En España son responsables del Caso Scala, de los sucesos de Montejurra y del asesinato de Pertur, uno de los militantes etarras que estaba más abierto a la negociación. Eran grupos de ultraderecha italianos que operaban, sino dentro de la red Gladio, sí con la apertura policial que lo permitía. Hay muchísimas cosas que no sabemos. Esa frustración fue la causante del libro, como lo fue el fallecimiento de Gelli, alguien que podría haber esclarecido alguno de estos puntos. Nadie admite que en los 70 todos los estados se saltaron el contrato social y la responsabilidad para con sus ciudadanos, incluso la soberanía nacional de otros países. El caso Scala: la neutralización del movimiento anarquista durante la transición española se realiza mediante esa acción terrorista, de la que se culpa a la CNT y la FAI. Está metido Rodolfo Martín Villa y todas las placas del Estado. Se impide toda investigación.

En el libro mencionas la chocante exposé de Giulio Andreotti en 1990, que de golpe y porrazo (aunque a toro pasado) admite tan ricamente la existencia de la red Gladio.

La razón de que Andreotti divulgara lo de Gladio es que estaba tan convencido de su impunidad que sabía que no iba a sucederle nada. Además, era consciente que si alguien iba y lo destapaba más aún se desmoronarían todas las estructuras de Estado, y nadie quería eso. Aquí en España, cuando por culpa de Andreotti se destapó la red Gladio y salieron a la luz sus equivalentes españoles, ¿sabes lo que dijo el presidente Calvo Sotelo? Que en nuestro país no hacía falta nada de eso porque Gladio era el estado mismo: la dictadura de Franco.

Lo alarmante es el distinto rasero judicial que se aplica al terrorismo de izquierda y al de derecha. Va Andreotti y suelta lo de Gladio y no cae ni un solo hombre. Pero cada vez que se pilla a un solo militante de ETA acaba en la cárcel media Gipuzkoa.

https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/thumb/2/2e/Giulio_Andreotti_anni_60.jpg/180px-Giulio_Andreotti_anni_60.jpgSin duda. La situación se repite hoy en el ámbito de las redes sociales. Hoy en día puedes amenazar de muerte a alguien de izquierdas en Twitter y no te pasa nada, pero haces una broma sobre el fallecimiento de un fiscal general y se te abren diligencias. Lo gracioso del caso Andreotti es que no solo va y lo declara oficialmente desde sede parlamentaria, sino que se produce una respuesta oficial por parte de una serie de Jefes de Estado recriminándole que ese tipo de informaciones no se pueden dar así como así. La reacción no es judicial sino política: otros Estados le afean que esté tirando piedras sobre su propio tejado. Y tal como se contó aquello se silenció. No pasó nada.

Para mí que fue un subidón cafeínico. Un espresso demasiado cargado, o algo. Le dio por bajar al bar a alardear, como el que emerge de un prostíbulo.

[ríe] Sí. Eso daría para otro libro. Deberíamos investigar más el efecto de los estupefacientes en las actividades de la clase política. Yo creo que la mejor manera de entender la crisis es ver El lobo de Wall street. Estamos en manos de locos cocainómanos. En política, y en guerra.

El lector profano será capaz de aceptar Gladio, los ejércitos stay behind, etc. porque en el fondo se trata de guerra sucia del Estado utilizando fuerzas parapoliciales. Pero hay un punto en que entran los delincuentes de la banda de la Magliana, la Cosa Nostra, la masonería, Brigate Rosse… “Supera con mucho cualquier novela de misterio”, como dices.

Uno de los retos a los que me enfrenté fue el evitar que todo esto quedara demasiado loco. Lo es, de acuerdo, pero vamos a ser cautos y a contenerlo. Hay muchas versiones de sucesos que quedaron fuera del libro porque eran demasiado delirantes, y no disponía de fuentes para probarlas. Antes que poner la teoría conspirativa preferí obviarlo. Lo que se cuenta en el libro, por otra parte, está probado. E incluso así es demencial. El terrorismo de estado para culpar a grupos de izquierda es loco por sí mismo. Cuando entra una logia masónica es más loco aún. Que López Rega anduviera metido por ahí es un poco más loco. Y así, en modo creciente. Pero todo es verdad. Tuve la sensación que si incorporaba datos no probados todo el discurso anterior quedaría desacreditado. Un ejemplo claro: mencionar que se hizo una ouija para encontrar a Aldo Moro. ¿Es verdad? Se anunció que sí. Y posiblemente se publicitó de ese modo para no tener que decir que los servicios secretos intuían donde podía estar Aldo Moro. ¿Pero se hizo físicamente una sesión de espiritismo? No lo sé. Se explicó así, y por tanto eso es lo que aparece en Villa Wanda. Pero lo dejé ahí. Mi miedo era que nadie se creyese nada. Que el libro se tomase como una broma de principio a fin.

Yo puedo entender el terrorismo de falsa bandera , que en el fondo es el típico rollo de acusica mentiroso de la EGB. Persigue un fin claro: desviar la culpa. Pero resultan más intragables los ataques de Brabant de 1982-85, por ejemplo, donde se efectúan acciones violentas contra la población civil… ¿sin un motivo concreto? ¿Solo para asustar, en general?

Es así de delirante. Pero mi reflexión es aún más delirante: creo que no se busca atemorizar a la población. Creo que eran ejercicios con fuego real y víctimas civiles aleatorias. No solo entraron en supermercados y estaciones de servicio. Llegaron a entrar a un cuartel del ejército, hiriendo a una persona. Eran entrenamientos. Miembros de Gladio habían estado de adiestramiento en campos del MI6 o americanos y en un momento dado se aplican sus enseñanzas a situaciones reales. Para ver si los miembros son capaces de matar a civiles en esas situaciones, por ejemplo. Eso es lo más obsceno. Como lo de la bomba en el Oktoberfest de Munich, 1980, en medio de una feria, que mata a quince o veinte personas. Se hizo para aprender cómo se ponía una bomba. No hubo móvil ni reivindicación. Eso le hace sentir a uno muy desprotegido y prescindible. El Estado no va a preservarnos, pese a que hemos dejado el monopolio de la violencia en sus manos. El Estado cuando quiere va y mata a los ciudadanos, porque el contrato social es laxo y negociable. Y las cláusulas siempre las pone y las negocia la parte más fuerte. Lo vemos ahora mismo: decisiones judiciales inusuales; gente corrupta que sale a la calle cuando ha robado; o, como el 155, determinadas personas van a la cárcel pero son liberadas si declaran que “renuncian” a sus ideas. Eso no está en ninguna ley. Es totalmente arbitrario. Yo podré salir con fianza, o podré salir porque no hay arreglo de fuga… ¿Pero cómo vas a salir de prisión por un acto de autoinculpación y penitencia política?

Por otro lado, si la meta de algo como Brabant se puede conseguir doblando un par de leyes y con la ayuda de ciertos periódicos, para qué liarte en la matanza. Eso no significa que los Estados de hoy sean más justos que los de los 70. Es solo que han encontrado caminos más asépticos, supongo.

Efectivamente. Estamos sometidos cada día a diversos grados de violencia o manipulación. Unos son más crueles y otros más insidiosos. Ahora los medios oficiales se echan las manos en la cabeza con las fake news, pero nosotros llevamos viviendo de fake news gubernamentales desde siempre. El problema es solo que como ahora pueden generarse desde muchos puntos, la víctima ha empezado a ser el Estado. Pero el Estado Español siempre nos ha mandado informaciones falsas.

Atocha es una de las grandes fake news recientes.

Por supuesto. Y el mundo entero defendió esa invención durante mucho tiempo. La cosa es que beneficiaba al Estado, y por tanto estaba bien. Pero ahora que todo el mundo puede hacerlo cunde el pánico.

Tu libro trata temas grotescos pero mayormente trágicos en un tono respetuoso pero  coñón. Con una ligereza buscada. ¿Te resultó difícil llegar a esa voz? A algún lector puede parecerle cuestionable…

Es una decisión consciente. Yo quería quitarle un poco de plomo a los años de plomo, por decirlo así. Que la historia no fuese tan agresiva y deprimente. Vi que el humor era una buena forma de llegar al lector. Lo que se cuenta es verdad, y fue muy trágico, pero a las partes delirantes se les puede hallar el punto cómico. Eso rompe la dureza. También en las imágenes. El 80% de las fotos que deberían haber entrado en el libro eran, naturalmente, de cadáveres. Pero era imposible realizar un libro atractivo con todos esos muertos. Quise mantener ese tono de rigor histórico, sin conspiranoia, y que fuese en cierto modo agradable. Intenté hablar con Dario Fo pero murió antes. En el libro, de hecho, se le menciona, porque escribió una comedia, Muerte accidental de un anarquista, sobre un hecho dramático, que era el asesinato de un activista político por parte de la policía. Era un hecho real: la muerte del ferroviario Giuseppe Pinelli en una comisaría de Milán. Pero es hilarante. Te ríes con una sensación agria, porque es el asesinato de un tipo. Y la disfrutas, pese a que habla de algo muy triste. Esa era la intención de Villa Wanda. Captar la intención del lector y hacerle agradable el trayecto, sin que eso desmereciese el contenido. No quise hacer un libro académico o solemne; de esos ya hay muchos.

Kiko Amat

(Esta entrevista la realizó Kiko Amat por teléfono. Al otro extremo estaba Eduardo Bravo. Todos los derechos son de estos dos fulanos)

 

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La canción del viernes #33: ACCIDENT “Leaders of tomorrow”

Major Accident eran más de pueblo que un azadón, y su schtick era, como puede verse, el rollo Naranja Mecánica.  Sus singles como Major Accident me gustan, y su etapa Accident -algo más tardía- me pirra. Es un poco afterpunk y de lo más sombría, un poco como los penúltimos Blitz o los Tube Babies del Frogs. “Leaders of tomorrow”, versión álbum de 1984 (que acaba de reeditar Daily Records para su disfrute aural), me e-m-o-c-i-o-n-a. Especialmente el momento instrumental a lo “Complete control” del medio. Y los coros de “Never believe all is lost“.

Mark Kozelek: no disparen al bocazas

Esta es la pieza que escribí a modo de previa del concierto de Mark Kozelek / Sun Kil Moon. Se publicó en El Periódico el pasado martes.

El concierto fue raro. Me gusta que mis artistas favoritos efectuen cambios de rumbo (de hecho, es su obligación), pero eso no implica, naturalmente, que dicho rumbo tenga que ser de mi agrado.

Lo que hizo mi MÚSICO FAVORITO VIVO en el Fabra i Coats era una suerte de poesía beat con desmelene freak y jam flipada al modo San Francisco 1968. Una mezcla de aquellos inescuchables discos spoken word de Jim Carroll y Lydia Lunch donde alguien gritaba cosas sobre lo buena que era heroína y lo mierda que era Dios mientras un tísico tocaba las congas detrás + Grateful Dead probando sonido. Solo que no era nada de eso, sino MI Mark Kozelek. Con un faristol.

Otra cosa: los fans respetamos que Kozelek nunca toque canciones antiguas. Esto no es una orquestina de camping. Dicho esto: ¿hacía falta tocar solo canciones compuestas seis días antes? ¿O en el p*** avión, como el propio artista confesó haber hecho en el caso de su desconcertante panegírico a David Cassidy? (sí, Kozelek: todos sabemos quién leches es. No es un problema de traducción).

Yo iba dispuesto a derramar lágrimas, y lo hice, solo que no por las razones esperadas.

Lo mejor de la noche: los chupitos de ratafia. Y la organización. Y el batería, que había estado en Sensefield (tuve que controlarme para no ir a hacer el grupi).

Suggs en Barcelona: crónica de un descalabro

 

Kiko Amat

Hace unas semanas me encargaron entrevistar a Suggs, el cantante y líder de la banda inglesa Madness, para una nueva edición del festival de documental musical In-Edit. El músico visitaba Barcelona con ocasión del estreno mundial del filme Suggs: my life story.

Les seré sincero: yo no quería hacerlo. Tras dos años de reclusión literaria había desarrollado una fobia patológica a hablar en público y vestía el pijama como una segunda piel. Por añadidura, un par de meses atrás había prometido (por alguna estúpida razón) que no iba a cortarme el pelo hasta que sucediera una cosa, y la maldita cosa se había demorado. Para cuando llegó la invitación de In-Edit yo ya hacía mucho que había dejado de estar presentable en sociedad. Llevaba una barba leprosa, tupida solo a trozos, como un campo de hierbajos a medio quemar; un bigote me ocultaba media boca; y aquel pelo abultado y ridículo, peinado en ondas hacia atrás, que me daba un cierto aire al Moisés lunático de Charlton Heston.

Al final les dije a los de In-Edit que de acuerdo, que iría. Son amigos, y yo necesitaba con urgencia el dinero. Cuando llegó el día de la cita me puse una americana bastante barroca que hacía años que no llevaba, de mi lejana época mod, quizás tratando de paliar el desatino capilar. Me observé en el espejo: el conjunto clamaba a gritos “enfermo mental”. Tal vez mi apariencia explique las cosas extrañas que me sucedieron aquel día. Quizás Suggs se sintió insultado por mi pelo. Quizás le turbaba hablar con un tío sin labios, cuyas palabras emergían de detrás de una muralla de cerdas impeinables.

El encuentro

Aquella mañana de octubre la cita me hacía ilusión. Madness habían sido un grupo fundamental de mi adolescencia, allá por 1986-1987. Madness encienden todavía un anhelo que, como decía (más o menos) el Falconer de John Cheever, empieza en mi estómago pero mis células cerebrales traducen para mi corazón, mi alma, mi mente, hasta llenar todo mi cuerpo. ¿Es eso demasiado meloso? Lo cierto es que Madness son mi juventud, y yo amo a mi juventud. Algunas de sus canciones, como “Bed and Breakfast man” son mis dieciséis años. Mis dieciséis están compactados allí, y escucharlas de nuevo es descodificarlos, revivirlos en el presente.

https://i2.wp.com/thebritishsubcultures.com/wp-content/gallery/suggs-madness/suggs-outside.jpgTodo esto para decirles que, bueno, yo fui fan de Madness. Me dispuse a conocer a Suggs armado de un vigoroso estado de ánimo. Me sentía expectante por las posibilidades de la jornada. Incluso llevé a nuestra cita un single de regalo: una copia del “Lo consigues”, aquella versión del “You can get it if you really want” que hicieron los venezolanos Las Cuatro Monedas para Belter en 1970. Mi único ejemplar. Pensé que alguien como Suggs sabría apreciarlo.

La furgoneta de Suggs y su séquito llegó al hotel a las 15:30. Se abrieron las puertas y los siete u ocho ingleses que había dentro se precipitaron hacia la acera como un vómito. Un vistazo experto me sirvió para atestiguar que Suggs ya iba borracho. No alegre. Pedo. Realicé un rápido cálculo mental para comprender cómo alguien que había estado encerrado en el interior de un gran cilindro volante de metal durante dos horas, y que había salido de su casa a las diez de la mañana, podía llevar aquella toña criminal. Las palabras “servicio de bar” y “asiento de 1ª clase” parpadearon en mi mente como el ominoso cartel de una casa de furcias.

Suggs no llevaba un vaso en la mano cuando salió despedido de la furgoneta, o tal vez sí. En cualquier caso a los pocos segundos su zarpa derecha ya sostenía un ron con cola nuevecito. Quizás era mago, además de cantante. Quizás tenía el superpoder de la velocidad, como Flash. O quizás solo era un superborracho con supersed, y los integrantes de su séquito lo sabían y le mantenían superempapado.

Suggs llevaba zapatos brogues, cazadora cortavientos con cremallera, gafas oscuras. Encadenaba cigarrillos que iba liando tras depositar el cubata en cualquier sitio, encima de un buzón o en la cabeza de alguien. Unos fans se le acercaron para que les firmase discos. Hablaban un inglés básico que ya hubiese resultado complicado para un ciudadano británico sobrio, así que es posible que Suggs no entendiese qué deseaban aquellos tipos, ni por qué extendían hacia él todos esos álbumes. De Madness. Señalando a un rotulador y asintiendo con los mentones. Al final, Suggs comprendió. Firmó de mala gana el par de discos, gruñó algo que no llegamos a traducir, y realizó un par de pasos de baile al estilo Nutty. O eso creí en un primer momento. Luego entendí que tan solo había sido un traspié alcoholizado. Lo culminó apoyándose en el buzón.

– Sé que es un cliché, pero ayer vi un video de Bob Marley… -balbuceó, mirando al infinito, dirigiéndose a toda la calle- Fue la hostia. Bob Marley, tío…

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Cuando aún estaba yo asimilando la información crucial que acababa de impartírseme, me lo presentaron. El manager no dijo literalmente que yo era un subnormalito que pasaba por allí, pero lo dejó entrever. Añadió que además tenía algo para darle y que estaba “muy excitado” por hacerle aquel regalo (poco antes yo había cometido el error de mencionarle lo del single). Suggs me miró y sonrió. Luego examinó el disco de regalo durante mucho rato, tal vez intentando recordar si él había tocado en una banda de negros venezolanos en 1970, y si debía o no firmármelo. A los pocos minutos, habiendo comprendido (o no) lo que era aquello, trató de embutir el delicado pedazo de vinilo en el bolsillo lateral de su (más bien prieta) cazadora. Escuché de forma nítida el sonido del cartón arrugándose al penetrar allí. Mientras efectuaba la operación se le cerró un ojo (se había sacado las gafas para examinar el disco). Volvió a sonreír.

Yo empecé a hablar de forma torrencial para inundar de contenido aquella embarazosa situación. Es un tic que sufro. Le conté que el pub centenario que aparecía en el documental, el mítico The Blue Posts de Berwick Street, Londres, era el mismo a donde yo iba a abrevar cuando vivía en la ciudad. Le conté que mi barrio de entonces era Archway, muy cerca del Camden de su adolescencia. Tal vez le dije también que me habían extirpado el apéndice a los seis años, y que mi color favorito era el burdeos. No lo recuerdo. Sé que yo escuchaba el incesante borboteo de mi propia voz, y que él miraba, entre confuso y fascinado, hacia el lugar piloso donde debería haber estado mi boca.

El periplo

Al cabo de un rato interminable, el mánager tomó el single espachurrado de la mano de Suggs (“mejor te llevo yo esto” fueron sus reveladoras palabras) y nos condujeron a la furgoneta que nos transportaría al lugar de la primera charla, la tienda de gafas Etnia, situada en el Born. En el vehículo iban un par de miembros de la organización de In-Edit, el mánager de Suggs, el cineasta Julien Temple (director del documental, aunque nadie le hacía demasiado caso) y, silla con silla, Suggs y yo. Suggs llevaba el roncola de antes, o tal vez uno distinto, y seguía liando cigarrillos como un Lucky Luke enloquecido. De vez en cuando daba voces, volviéndose hacia el mánager.

– ¡Quiero anfetaminas! -gritaba, escupiendo un poco, las gafas de vuelta a sus ojos- ¿Quién me consigue anfetaminas? Esas dulces anfetaminas…

Alguien mencionó que sería un poco complicado conseguirle anfetaminas a esas alturas del partido, y con la República Catalana recién declarada. Las calles estaban abarrotadas de gente con banderas independentistas. Todo el mundo cantaba y reía. Puigdemont acababa de anunciarlo en el Parlament, pero no había mencionado en ningún momento el papel que tendrían los estimulantes farmacéuticos en el nuevo país.

– ¡Pues cocaína! -exclamó Suggs, con admirable pragmatismo.

Alguien de su propio séquito le comentó que se haría lo posible. Eso le puso de un humor excelente. Se puso a mirar por la ventana mientras liaba un nuevo cigarrillo y sembraba sus muslos y zapatos de hebras.

– En Inglaterra también tenemos de esto -dijo, volviéndose hacia mí, frunciendo un poco el ceño- El I.R.A., y todo eso. Bombas. ¡Una revuelta! -berreó en mi cara, y luego hacia la ventanilla abierta, carcajeándose- ¡Esto es una REVUELTA! ¡LIBERTAD!

Estuvo así un buen rato. Las estelades ondeaban tras su perfil. Él seguía riendo como un enajenado. De tanto en cuando mascullaba para sí mismo “Bob Marley, tío” y yeh yeh yeh, como dándose la razón, o dándole la razón al mundo, o jaleando al mundo, o jaleándose a sí mismo. O a Bob Marley. Es imposible saberlo. Luego se acordó de la presencia del gilipollas barbudo, y me preguntó que sobre qué escribía yo (el manager le había soplado también que yo era escritor). Le hice el resumen biográfico más breve de la historia de la humanidad. Cuatro palabras, a decir verdad.

– Yo no podría hacer eso -me dijo, entre solemne y apesadumbrado, como el César a punto de soltar una máxima que en un par de siglos la gente leerá en un libreto de Shakespeare- Yo no podría escribir sobre la vida en lugar de vivir la vida, ¿comprendes?

Un velo se descorrió ante mis ojos. La neblina se deshizo. Comprendí de repente con quién trataba, en qué se había convertido Suggs, y tuve una fugaz revelación de lo que iba a suceder aquel día y cómo iba a terminar la noche. Sentí el viejo escalofrío premonitorio en el coxis, y cambié de tema a toda prisa. Le comenté, por decir algo, que Fats Domino había fallecido ayer. Eso encendió una luz de inocencia en sus cansados ojos, y sus cejas se levantaron. Por un momento parecía un niño. Un niño borrachísimo. Entonces procedió a ponernos canciones de Fats Domino a todo volumen en su móvil, y a cantarlas a berridos hasta que llegamos al Born. La mayoría de calles estaban cerradas. Fue un trayecto largo.

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La entrevista

La estancia del tercer piso de la tienda Etnia estaba llena de fans cuando llegamos. Algunos eran menores de edad, lo que me puso de un efímero buen humor. También había cuarentones, y unos cuantos skins que hacía tiempo habían dejado la treintena atrás. Buenas vibraciones.

Suggs decidió defecar en ellas de inmediato. Se enfundó el proverbial traje de prima donna y empezó a (lo que en nuestro país llamamos simplemente) hacer-el-notas. Se lio un nuevo cigarrillo, justo debajo de la alarma antiincendios. Cuando las joviales azafatas de la tienda le conminaron a que no lo encendiese y redujera a cenizas el precioso material gafesco que nos rodeaba, Suggs asintió, magnánimo, y se dirigió al pequeño balconcillo del fondo. Era fácil precipitarse al vacío desde allí. Cerré un momento los ojos; los volví a abrir. Suggs seguía entre nosotros. Encendió su liadillo y empezó a realizar aspavientos grandilocuentes y a gritar LIBERTAD a la calle. Al pueblo catalán en pleno, quizás. Tal era el poder de su voz.

Tras varias súplicas de la organización, accedió a ser entrevistado. Se sentó a mi izquierda y empezó a liar el sexto cigarrillo. Le trajeron cerveza. Yo pedí otra para mí. Sería ocioso relatarles cómo transcurrió la entrevista entera, así que les daré un ejemplo tomado al azar:

YO: Suggs, tu banda tiene reputación de jovial y divertida, con los videos humorísticos y las letras cómicas, los disfraces y todo eso, pero lo cierto es que hay una vertiente más sombría en Madness. Muchas de vuestras canciones eran tristes y oscuras: “Embarrassment”, “Grey day”, “Tomorrow’s (just another day)”…

SUGGS (bizqueando ligeramente y dirigiéndose a la audiencia): El otro día vi un video de Bob Marley… Ermm… Increíble. Esa gente… John Lennon, Bob Marley… La música de la gente. La gente. Lennon. Marley… (poniéndose en pie y dirigiéndose al balcón) ¡LIBERTAD! (carcajada, calada, regreso tambaleante al sillón, reparando en mi presencia quizás por primera vez). ¿Qué decías?

Xerrada amb el cantant de Madness Suggs i el periodista Kiko Amat dins el festival In-Edit
1230#Oriol Duran

Así durante cuarenta minutos. Largos. Quizás más. El tono de su voz y su lenguaje corporal se iban volviendo más hostiles según avanzaba la charla. Sé por mis propias carencias que todo borracho entra, en un momento particular de la parranda, en una fase de paranoia. Crees que la gente te mira mal; cualquier frase que te dirigen es una puya; quieres otro trago; la gente es imbécil y tú tienes la súbita certeza de que eres el puto amo y que el planeta te debe pleitesía -ofrendas, incluso- pero que una conspiración de poderes fácticos te niega lo que es tuyo por derecho. Esos hijos de puta…

Suggs se adentraba con paso firme en aquel nuevo estado, que por otro lado uno debe multiplicar por ciento si el curdas en cuestión es inglés, una raza de innato talante violento. En su mente se empezaron a amontonar, tal vez, algunos agravios de la prensa inglesa que tenían décadas de antigüedad (la polémica de “Madness son racistas” que empezó algún semanario musical de la época en 1979), y su mirada se volvía más y más torva.

Como Jason Bourne, sé detectar de inmediato la animosidad de mi entorno. Mis sentidos, aguzados en la subcultura 80’s de extrarradio, captaron de repente que Suggs estaba predispuesto negativamente hacia mi persona, tal vez por sutiles indirectas como esta:

– La música de la gente… No de la prensa… Ermm… Ni de putos intelectuales aburridos como -señalándome con el pulgar- este de aquí.

Fue un comentario chocante. Del todo innecesario, en mi opinión. Levanté las cejas. Me tembló de forma muy leve el labio inferior, pero por fortuna el bigote lo mantenía oculto. Sonreí, abochornado, y a modo de contestación escupí algún comentario bobo sobre los “malditos jipis” (a esto en mi pueblo se le llama “desviar el puñal”; es cuando rediriges un insulto lejos de ti para que pille otro; quien sea). La charla continuó durante un rato más, con un Suggs cada vez más abusón, un entrevistador empezando a sentir el viejo apetito homicida, y un nuevo reguero de incoherentes panegíricos a los Bob Marleys del mundo, las libertades del pueblo y la cultura sencilla de la gente de la calle.

Terminó. Suggs se puso en pie. Julien Temple, que se había incorporado a la charla en los últimos diez minutos para no decir ni pío, también lo hizo. Cuando se metían en el ascensor para regresar al hotel me preguntaron si bajaba con ellos. Por poco se me escapa una carcajada. Decliné amablemente la invitación. No dije en ningún momento que prefería un enema de ántrax a la compañía de aquel caballero intoxicado y faltón.

Cuando me volví, el ascensor ya camino de la planta baja con todo el séquito a bordo, en la sala quedaban solo unos cuantos skinheads maduros. Les conocía de vista, de lejos, pero siempre he disfrutado de la compañía de los skins. Les tengo una flaca tremenda. Además, estos resultó que eran lectores míos. Se habían leído incluso mis bazofias (ellos no lo expresaron así). Nos fuimos juntos a un pub a tomar Guinness y ver las noticias internacionales sobre la República Catalana. Fue, sin el menor asomo de duda, el mejor momento del día.

El espectáculo

Suggs estaba allí, en la puerta del CCCB, apoyado en una tapia, acompañado de su mánager. Estaba claro que en el hotel no había descansado ni una pizca, aunque sin duda algo había sucedido en el ínterin. Sus ojos enfocaban con una nueva precisión demente, pero su boca no había podido desembarazarse del todo del zapato que la ocupaba desde su llegada a Barcelona. Resultaba difícil comprenderle. Liaba un cigarrillo tras otro, le susurraba cosas con la boca torcida al mánager y se veía a distancia que estaba en proceso de perder el oremus. A pasos agigantados.

No escuché mucho. Yo había perdido todo interés en aquel sujeto. Es terrible ver a alguien maltratando su talento así. Cuando el pase del documental estaba a punto de dar inicio, Suggs y su mánager se dirigieron hacia el CCCB, yo en la dirección perfectamente opuesta. Tomé una cerveza en el C3Bar con unos amigos que me contaron varias anécdotas delirantes sobre invitados a festivales españoles que se habían comportado como cerdos.

Llegó el momento del espectáculo de Suggs. Me dirigieron a su camerino y me dejaron a solas con él. Se suponía que aquella persona tenía que cantar cinco o seis canciones y contestar a preguntas del público, pero el músico no parecía estar en condiciones de hacer nada de aquello. Tenía la cara muy roja, su conversación se había reducido a una serie de bufidos y sinsentidos, seguía liando cigarrillos y desperdigando el tabaco en un radio de medio metro a su alrededor. Supe que aquel era el momento para empezar a sacudirle sopapos a mano abierta, dorso y palma, dorso y palma, como en la escena de la histeria de Aterriza como puedas, pero no me vi capaz. Por comatoso que estuviese, aún me sacaba un palmo y de joven había sido hooligan del Chelsea.

Mientras yo dudaba, Suggs metió su mano en el bolsillo y sacó de él un objeto familiar. Depositó entre pulgar e índice una proporción descabellada de la materia que transportaba aquel objeto. Me miró. Yo le miré. Era como un desafío de western, pero con otras armas. Con uno de los participantes desarmado, de hecho. Igual que en El hombre que mató a Liberty Balance.

Suggs desenfundó rápido. Demasiado rápido, tal vez. Se escuchó un snurff pavoroso que recordaba a un jabalí descubriendo una jugosa trufa en un bosque caducifolio. Una buena parte de la materia se distribuyó alegremente por la cara de Suggs. Nariz, mejilla, una sección del labio. Justo entonces Suggs, sin dejar de mirarme, abrió la boca y (lo juro por Dios) dijo:

– Bob Marley, tío…

Vinieron y se lo llevaron. No a un psiquiátrico o a un balneario, que hubiesen sido las opciones más beneficiosas y sensatas para él, sino al escenario. Lo demás sucedió muy rápido. El guion oficial dictaba que Suggs tenía que esperar a que llegara su pianista, pero el hombre tenía otras ideas. ¡Suggs no espera a nadie! (le espetó, sin duda, su cerebro destruido). Se encaramó al escenario como buenamente pudo, se acercó al piano y empezó a aporrearlo sin ton ni son. No me refiero a que lo tocó sin sutileza, como Jerry Lee Lewis. Lo que quiero decir es que tocaba como un niño de teta a quien dejas junto a un pianito de juguete por primera vez, sin que llegue a sonar jamás ninguna nota conocida.

It must be love -aullaba, de tanto en cuando.

L-O-O-O-O-VE -respondía la audiencia del teatro, que aún creía que aquello era una inocente broma del cantante, y que el concierto de verdad empezaría en breve.

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En Barcelona no estaba así

No fue así. La cosa continuó de ese jaez durante unos buenos diez minutos, en los que algunos tomamos conciencia por vez primera del concepto “eternidad”. Se encadenaron nuevas referencias, ya incomprensibles, a Bob Marley y la música de la gente. Siguió la peor versión jamás realizada del “Baggy trousers”. El escalofrío en mi columna se había tornado espasmo, luego parálisis. Mis congelados pies me instaban a salir corriendo de allí a toda prisa, volver a mi fiel pijama y no mirar atrás. Pero el destino me deparaba otra cosa.

Los de la organización, tratando de salvar los últimos muebles que aún no estaban en llamas, me lanzaron a empellones al escenario a inaugurar la sección de preguntas del público. Subí allí como tantos otros hombres han subido al cadalso, arrastrando los pies y mirando al vacío. Viendo mi vida pasar ante mis ojos. Micrófono en mano. Julien Temple me acompañaba, pero seguía sin hablar. Tal vez había hecho algún tipo de voto de silencio. Tal vez sabía que todo lo que iba a suceder aquel día iba a atormentarle el resto del sus días, y prefería mantener la boca cerrada, por si las moscas y por indicación de su abogado. Jamás lo sabremos.

Tomamos asiento. Los tres. Suggs no parecía comprender qué rayos hacíamos nosotros dos en su show, pero parecía entretenido por la novedad. Ya se tambaleaba a ojos vista, y eso que estaba sentado. Yo, con un nudo en la tráquea y lleno de pesar, me puse en pie y pregunté si alguien del público tenía preguntas para él. Una mujer de mediana edad con peinado skinhead le preguntó, con léxico inglés pero pronunciación inequívocamente catalana, algo relacionado con la palabra RACIST. Suggs contestó algo que sonó muy parecido a “Bob Marley”, y luego algunos enigmáticos vocablos. El siguiente miembro del público, un señor de Escocia con la cabeza afeitada, el cuello muy ancho y camiseta de fútbol, hizo alguna pregunta sobre el deporte rey. Suggs blasfemó, riendo, e hizo referencia a la pregunta de aquel “puto escocés”. Luego contestó algo que ni me molesté en escuchar.

Entonces se hizo un silencio temible, del tipo que precede a las grandes catástrofes. En un lateral de la platea, el mánager agitaba mucho los brazos y, mirándome, señalaba a Suggs. Parecía alarmado. Julien Temple también me miraba, impávido, sin separar los labios en ningún momento.

– Venga, pregunta algo, puto cara de… -me dijo Suggs. En voz bien alta.

Se escuchó un grito ahogado en el público, entre el que se contaban varios ingleses. Fue como una bocanada multitudinaria.  El AHhhhh que realizas cuando alguien acababa de soltar un chiste de Stephen Hawking al lado de un fulano en silla de ruedas. Los ingleses pueden ser unos bárbaros, sin duda, pero para ellos la mala educación es ofensa capital. Insultar a tu entrevistador y llamarle cara-de-algo (lo cierto es que no escuché la palabra culminante, pero estoy convencido que no era nada halagador, como “cara de ángel”) es una cosa que allí no se hace. Dicho esto, Suggs no estaba allí, sino aquí, en su Lloret particular.

Justo entonces debería haberme puesto en pie y, tras lanzarle a Suggs el micrófono a la nariz con toda la fuerza posible, abandonar el escenario. Pero no lo hice. Ya dije que necesitaba el dinero, y pensaba que mi obligación era llevar aquel desagradable asunto a su única conclusión posible. Tragué saliva.

– Bueno, contadnos cómo os conocisteis -dije, con un hilo de voz- Cómo se f-fusionaron…

No sé por qué carajo dije aquella palabra inglesa (coalesce). Es un poco altisonante, la verdad. Me salió así. En cualquier caso nunca terminé mi pregunta. Los dos repitieron mi palabra (Temple decidió romper su silencio en aquel preciso instante), “coalesce”, se miraron el uno al otro y se echaron a reír, aunque era una palabra que existía en su idioma y yo la había pronunciado de un modo impecable. “Coalesce”, se dijeron el uno al otro un par de veces más, mirándome como se mira al imbécil que lleva la bragueta abierta en pleno discurso oficial y aún no se ha dado cuenta.

Sin contestar, Suggs se puso en pie, se dirigió al piano y, tras arrearle una serie de manotazos, volvió a berrear:

It must be lo-o-ove…

L-O-O-O-O-VE -le replicó el público, aunque con mucho menos entusiasmo que la primera vez.

Me puse en pie, deposité el micrófono encima de una mesita, atravesé el escenario y descendí la escalera. Abrí la puerta del camerino. Cuando se cerraba, aún le escuché gritar una vez más.

It must be lo-o-ove…

(este artículo es propiedad de Kiko Amat. Compártanlo a placer)

 

Kiko Amat entrevista a MARY KARR: “Nunca tuve la habilidad de ser “normal”.

Entrevista Mary Karr, autora de El club de los mentirosos, uno de los más grandes libros de memorias, admirada por Stephen King y Lena Dunham, habla con Cultura/S de rareza, decir tacos, salud mental y “mantener la gilipollez”.

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“Suéltalo, suéltalo / no lo puedo ya retener”. Perdón por citar Frozen, pero la cosa va de soltar lastres. Mary Karr lo afirma en el prólogo a sus memorias familiares El club de los mentirosos (Periférica & Errata Naturae): “comprobamos que las heridas cicatrizaban mejor si las dejábamos al aire”. Su libro fue como la corriente que ventila los olores a cerrado, gases y medicinas, del dormitorio de un enfermo. Aunque a menudo las historias de familia se escriben con la intención de saldar cuentas, Mary Karr se enfrentó a los demonios domésticos sin ánimo de venganza. Buscó, por el contrario, escribir una “carta de amor a mi imperfectísimo clan”.

El club de los mentirosos es como una estatuilla tallada a partir de un quiste. La pesadilla de un niño que desactivas con dos bromas y un besote. Leí El club de los mentirosos hace años y supe al momento que no volvería a leer unas memorias tan extravagantes y a la vez tan realistas, humanas, llenas de humor y ¿qué-le-vas-a-hacer-eh? Mary Karr nos lo cuenta aquí, entre carcajadas y cláxons de fondo.

Una de las fuerzas motoras de tu libro es lo que defines como “el poder de lo raro”. La calidad de la extrañeza, primero como estigma familiar y luego como blasón.

Lo raro es un generador clave de las artes, pero también forma parte de la vida cotidiana. Mi familia tenía ese glamur extraño. La palabra “glamur” viene del irlandés, y significa “de las hadas”. Mi familia tenía un aire de ser de otro mundo. Por añadidura, me importaba una mierda lo que los demás pensaran de mí. No tenía ninguna noción de decencia o corrección.

Al contrario que tu hermana Lecia, según vemos en el libro.

Ella sí era muy consciente del qué dirán, y mira: ha terminado de republicana y votante de Trump. Supongo que yo desarrollé esa actitud de indiferencia insolente como un modo de protegerme del comportamiento escandaloso de mi madre. No es que lo normalizara; seguía siendo consciente de que éramos raros. Tanto mi padre como mi madre eran forajidos. Incluso mi padre, que carecía de las veleidades artísticas de mi madre, era un tipo singular. Aguantó a mi madre durante muchos años, lo que ya de por sí implica un espíritu férreo [ríe]. Escogió a una mujer como mi madre en una época en que eso no se hacía. Los “anestesiados cincuentas”, como los llamó el poeta Robert Lowell.

Tu madre no estaba muy “anestesiada”.

No. Para empezar, era muy divertida. Cuando yo era ya una joven madre, fui de visita a su casa y mi madre se ofreció a cuidar de mi hijo, que por aquel entonces debía tener unos tres años, mientras yo me iba a correr cada mañana. Duró un día. Al segundo día vino y me dijo: “¿Sabes qué? Esto de los niños no me va”. Yo le dije que si no cuidaba del niño, ni trabajaba, ni limpiaba, ni cocinaba, cuál iba a ser su aportación a la familia. Ella solo respondió: “La gente se lo pasa bien conmigo”. Cuando uno no tiene conciencia y es narcisista puede convertirse en un muermo, pero mi madre era muy curiosa. Le interesaba el mundo. Y era muy caprichosa; jamás sabías cuál iba a ser su próximo interés, lo que aportaba un constante elemento de novedad a vivir junto a ella. Algunos días era aterrorizador y otros muy divertido. Era una mujer muy singular.

Ese carácter rebelde, beatnik y friqui, de tu madre habrá influido en tu visión artística.

Una familia de raros es una buena escuela para el arte. Vivía en un pueblo obrero pero leía todo el día y mi madre ponía arias a todo volumen. La casa estaba llena de libros. Leía teatro y poesía. En mi pueblo, hacer cosas así era como hablar en urdu. Era un lugar muy provinciano. Y no solo se trataba de mis lecturas: yo tenía una gran vida interior y mucha imaginación. Aunque quizás hubiese terminado siendo la misma friqui en una gran ciudad.  Mi hermana, desde muy niña, se hacía un peinado con trenzas que era casi un casco. Yo la veo así: como envuelta en una armadura. Ella respondió al caos de mi casa volviéndose organizada y estable y decente de un modo casi militar, pero yo sabía que mi caso era inútil. Nunca tuve la habilidad de ser “normal”.

https://i2.wp.com/www.udllibros.com/imagenes/9788416/978841629153.JPGTu libro habla de la anormalidad como algo que celebrar.

Me proporcionó una desconfianza fundamental hacia cualquier sistema de autoridad. Lo que a su vez me otorga una forma perversa de maniobrar por el mundo. No muy útil. Digamos que no le caigo bien a todo el mundo. Pero no pasa nada. Alguien me dijo el otro día: “pero si a todo el mundo le gustas”. Yo dije que eso no era cierto. La gente se da cuenta de que estoy allí, no paso desapercibida, pero eso no quiere decir que necesariamente les guste cómo soy.

Hay algo sospechoso en la gente que siempre cae bien. Los tíos majos. O, peor, los artistas majos. Puag.

[ríe] Muy cierto. Picasso jamás habría ganado un concurso de popularidad. Tenemos que ser un poco capullos. Yo crecí en una casa llena de gilipollas, y me las arreglé para mantener esa gilipollez hasta que me convertí en adulta.

En el libro afirmas que tu pueblo, Leechfield, fue definido por Business Week como uno de los 10 pueblos más feos del planeta. Un poco severo, ¿no?

Mucha gente me pregunta si la gente de Leechfield se ofendió cuando escribí cosas como esas, y muchas de peores. ¡Todo lo contrario! De hecho, en el libro explico cómo el alcalde celebró lo de Business Week como si les hubiese tocado algo. La gente de mi pueblo sabe que el lugar es feo. Sabe que sus casas son baratas. Saben que aquello no es París. Que no van a instalar allí un maravilloso parque de atracciones un día de estos. El reciente huracán de hace unos meses lo inundó, para colmo. Llamar a casa tras el cataclismo me hizo recordar cómo habla la gente de allí. El lenguaje de mi tierra es un personaje del libro. Es una forma de hablar tan poética y hermosa…

En las culturas de clase obrera, una buena parte del ingenio va a la profanidad y la jerga.

Sí. Mi padre me enseñó a decir los mejores tacos. En el libro menciono a aquel socorrista zambo de mi pueblo del que yo estaba enamorada. Sus piernas eran tan curvas que la gente decía que “no podía atrapar a un puerco en una acequia”. Es una frase poética. Descriptiva y bella. Conjura un mundo en el que atrapar puercos en acequias es un quehacer cotidiano.

Hablabas de los “anestesiados cincuenta”, y es curioso como algunas de las prácticas del pasado parecen mucho más antiguas de lo que son. La amputación de tu abuela suena, como tú misma afirmas, “positivamente medieval”.

Fue tal y como lo describo. Una cosa atroz y prehistórica. E incomprensible. ¿Gas mostaza para un cáncer de pierna? Es de otra época. Lo mismo sucedía con algo tan sencillo como los divorcios. Nadie se divorciaba. La gente simplemente se odiaba durante muchas décadas [ríe].

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El bebé Karr (en carrito) con hermana mayor y madre

 Un tío tuyo cortó la casa por la mitad para no ver a su mujer.

Sí. Es un acto de una gran violencia visual. Pero por otro lado no había un camino de salida para nadie. En ese contexto tiene lógica. Era o eso o sufrir durante décadas.

La músico Viv Albertine me dijo una vez que las claudicaciones y concesiones que tuvieron que realizar la madres de los 50’s transformaron a sus hijas en feministas.

Sin duda. No sería escritora si no hubiese visto los padecimientos y esclavitudes de mi madre. También era una manera de que me prestara atención. Como mi madre leía libros, yo me puse a escribir libros, a ver si así reparaba en mí. Es muy triste, si te pones a pensar en ello. Por no decir inútil, ya que ella jamás le prestaba mucha atención a nadie, incluyendo a ella misma. Soy la hija de mi madre de muchos modos distintos. Cuando era más joven me aterrorizaba terminar loca como mi madre, y un día llamé a mi hermana para confesarle esos temores. Ella se echó a reír y me dijo que no me parecía en nada a mi madre. “Tú pagas impuestos”, me dijo, “No eres alcohólica. Tienes un trabajo”. Pero uno teme este tipo de cosas; heredar ese legado.

Estas memorias prueban el dicho “la realidad supera a la ficción”.

Sí. Y también el de “lo que no mata engorda”. Pero a la vez, como he dicho muchas veces, una familia disfuncional es toda aquella con más de un miembro. No puedes inventarte algo como lo de mi familia. Si llego a inventar todo eso, ahora tendría una carrea fabulosa como novelista.

El novelista Tim O’Brien está obsesionado con la idea de que las mentiras pueden contar mejor una verdad que muchos sucesos reales.

En una ocasión le dije a Don DeLillo que escribiese unas memorias, y él arrugó la cara como si le hubiese escupido una blasfemia. Los grandes novelistas saben contar la verdad a través de sucesos inventados. El propio DeLillo dijo: un novelista tiene una idea y se inventa una serie de acontecimientos para materializarla; una memoria, por otro lado, parte de una serie de acontecimientos y trata de descifrar lo que significan, la idea que hay detrás.

Opino que el éxito de unas memorias radica en contar sucesos terribles de un modo casual, sin histrionismo y con algo de humor.

Soy una gran fan de los profesionales de la salud mental. Llevo haciendo terapia de un modo semiregular desde que tenía veinte años. Todos esos sucesos terribles son algo casual para mí, ahora. Creo que casi siempre recordamos las cosas a nuestra manera, las empaquetamos de un modo que nos es conveniente. Y a menudo te desasocias de las cosas malas que te suceden; desconectas. Mucha gente cuenta cosas de esas con gran dramatismo, pero no puedo evitar pensar cuan dramáticas fueron de verdad en el momento de experimentarlas. Porque lo que solemos hacer es bajar el volumen.

¿Cómo se baja el volumen de dos abusos sexuales?

La mente se adapta a todo. A cualquier perversión y locura. Los abusos que mencionas me costaron menos de superar que el hecho de que mi madre quisiera matarme con un cuchillo de carnicero [ríe]. En términos de terapia, lo de mi madre conllevó mucho más trabajo. A una edad muy temprana decidí que iba a reclamar el poder que me habían quitado esos sucesos de mi infancia.

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Las hermanas Karr, Mary y Lecia, a los 17 y 19

¿Fue la escritura de El club de los mentirosos un acto terapéutico?

Escribir sobre ellos fue catártico. Regresar a esos hechos fue chocante. Lo reales que se volvieron al ponerlos en palabras… Tienes una doble sensación de resucitar a los muertos y a la vez controlar las cosas que te pasaron. No lo hice por mí. Además, en terapia tú pagas a alguien por poder explicar esto, pero en las artes alguien te paga a ti por hacer lo mismo.

Una pregunta personal: ¿sirve de algo la terapia? Siempre he pensado (quizás erróneamente) que no necesito pagar para que alguien me diga lo que ya sé.

Entiendo lo que quieres decir. Pero yo no aprendí nada nuevo sobre mí en terapia. No es como si tuviese recuerdos enterrados que salieron a la superficie o cosas así. A mí, en concreto, me sirvió precisamente para que alguien me dijese al fin: “Dios, eso que te sucedió es terrible”. Yo tenía muchas cosas tan normalizadas que fue un alivio comprender que eran raras, y dañinas. Vi que había una razón para el modo en que me sentía. Mi psiquiatra me dijo por primera vez cosas como “tu madre no debería haber hecho eso”. Alteró mi modo de ver mi infancia, que hasta entonces había sido “qué hice yo para que mi madre se comportara así”. Si interrogas a alguien durante largo tiempo sobre las culpas y remordimientos de su vida hay muchas posibilidades de que acabes… Liberándole. La meta de la terapia es la liberación. Librarte de la carga de la memoria. Si no llego a hacer terapia hubiese seguido estando destrozada por mi pasado. Me salvó la vida.

¿Eres buena perdonando? Uno de los dos Amis (no recuerdo cual) dijo que Philip Larkin nunca “daba una segunda oportunidad a la gente”. Esa frase se me quedó grabada.

Creo que sí lo soy. Sé perdonar. Alguna gente tiene una opinión errónea de mí: que estoy siempre cabreada, que acumulo rencores, pero no soy así en absoluto. Cuando mi madre ya era una anciana y no podía valerse por sí misma yo me cuidé de ella, pagué sus facturas y le hice compañía. Tuve suerte de estar en una posición económica que me permitió hacerlo, pero incluso así. No guardo resentimiento, ni siquiera a mi madre. Aunque de los veinte a los treinta soñaba en que la mataba. Mis primeras sesiones de terapia estaban llenas de ira, pero luego empecé a desarrollar una cierta compasión por mí misma, que con el tiempo creció en compasión por mis padres. Nació una empatía hacia mí, que era lo que necesitaba antes de empezar a perdonar y sentirme mal por ellos. Porque yo me sentía responsable por todo.

En el libro dices: “A veces me gustaría aparecer por arte de magia en el viejo Impala para que mi madre no esté sola”. ¿Sientes la necesidad de volver atrás y hacer algo de forma distinta?

No. Si escribiese el libro ahora lo que haría es ser mucho más duro con mi madre y con mi madre, y menos conmigo misma. No sé si eso implica que me he vuelto más bruja, o menos indulgente, o simplemente he adquirido una mayor compasión por mí misma.

Un admirado colega español, Carlos Pardo, escribió una excelente memoria familiar y sus hermanos le retiraron la palabra. ¿Te sucedió a ti lo mismo?

Mi hermana siempre me ha retirado la palabra de tanto en cuando. Es como una cosa cíclica entre nosotras. Me he acostumbrado a ello. Así que eso que mencionas me pasó y a la vez no me pasó. Pero lo he visto a menudo en otros memoristas; son gajes del oficio. Lo que suele suceder es que la gente acaba acostumbrándose a vivir con lo que has escrito y vuelven a hablarte. Dile a Carlos que debería sentirse afortunado, y los demás que se jodan.

Kiko Amat

(Esta es la versión integra de la charla que mantuve con Mary Karr para Cultura/S de La Vanguardia, y que se publicó editada este pasado sábado 18 de noviembre. El club de los mentirosos es uno de mis libros favoritos desde que, tras leer sobre él en aquella memoria escritora de Stephen King, me hice con él y lo leí de una sentada. Léanlo ya en la traducción recién editada por Periférica & Errata Naturae.)

 

 

La cita del día #5 (William Golding)

I can love the child in the garden (…), the tough little boy at school because he is not I. He is another person. If he had murdered, I should feel no guilt, not even responsability. But then what am I looking for? I am looking for the beginning of responsability, the beginning of darkness, the point where I began.

Free fall, William Golding.