OmnipreCHEnte

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La ubicuidad engendra invisibilidad. La fotografía icónica del Che Guevara que adorna camisetas, posters y glúteos alrededor del globo es como esa pequeña desviación del propio tabique nasal que ni siquiera detectas en el espejo. De tanto verla ha dejado de estar allí. Lo mismo sucede con otras imágenes desvalorizadas a fuerza de sobreexposición, como el escudo de los Ramones o el logotipo del CND (lo que ustedes, civiles, conocen como “signo de la paz”). Pero lo del Che es más fuerte. Después de todo, el hombre no era modisto de señoras o monitor de esplai: era un guerrillero cuya meta era “acabar con el gran enemigo de la humanidad: los Estados Unidos de América” y sugería hacerlo en “sus casas y centros de ocio”. Un poco como ISIS, vaya, aunque aún no he visto supermodels luciendo look pro-terror islámico. Mark Corrigan, protagonista de la serie cómica Peep Show, se queja en un capítulo de que su novia le está “arrastrando al siglo XXI, con sus logos sin sentido e irónica veneración de tiranos”. El Che no era un tirano, de acuerdo (no le dio tiempo), pero ¿no resulta raro llevar en el pecho a alguien que pidió que en su entierro le despidiese el “canto violento de las ametralladoras”? Su logo no es precisamente un Snoopy con senyera.

Y sin embargo esa imagen ha adornado, en forma de camiseta, los torsos de gente como Jay-Z, Santana o el Príncipe Harry (estableciendo el primer vínculo conocido entre la revolución cubana y la casa real británica), y ha sido tatuado en la piel de Diego Armando Maradona (si bien el estiramiento adiposo de su dermis le ha generado mofletes rubenescos al Che) o Mike Tyson (quien tal vez pensó que estaba tatuándose a otro). Y eso sin contar las veces en que al icono se le ha aplicado una modificación irónica con Photoshop -la idea más calcinada de la historia- a veces para insertar otra faz en lugar de la del revolucionario (Madonna, Hitler, J de Los Planetas), a veces para añadir un troleo del tipo “No tengo ni idea de quién es este tío” o “El comunismo mató a 100 millones de personas y todo lo que me trajeron fue esta estúpida camiseta”.

Aunque algunos, en absurda pugna por rozar la originalidad, hayan utilizado imágenes menos conocidas del Che (incluso la de su cadáver), la “oficial” es la llamada “Guerrillero heroico”, que el fotógrafo cubano Alberto Díaz “Korda” Gutiérrez tomó en un mitin del 4 de marzo de 1960 en La Habana. El Che compartía tarima con Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir, y llegó tarde, lo que quizás explique la leve torsión de cuello y la posición ladeada, típicas del familiar lejano a quien han colocado en una posición desventajosa -última fila, espachurrado entre primos- en la foto de boda. Pero es la expresión de su cara -mezcla de tío que descubre que ha confundido gramos por kilos en su receta de ayahuasca y otro que detecta un tufo sospechoso en un ascensor repleto- la que hizo famosa la foto. En aquel mitin, Fidel Castro soltó una trola colosal para justificar la explosión de un barco cargado de armas en el puerto de La Habana (culpa de “los americanos”, como siempre), así que el rictus de flemática atención de Guevara quizás buscase disfrazar el “¿pero qué coño dice?” que apareció en su mente.

La foto cobró azarosa vida propia desde allí. Durante siete años nadie se acordó de ella. Solo cuando el Che fue asesinado en Bolivia en 1967, Fidel decidió ampliarla, y a altura rascacielos, para un acto de remembranza. El editor-terrorista Giangiacomo Feltrinelli la tomó de Korda para la portada de los diarios bolivianos del Che. También mandó imprimir centenares de carteles de promoción. Fueron esos posters gratuitos los que los airados chavalines con trenca del 68 enarbolaron en las calles, catapultando la fotografía a la ubicuidad “rebel chic” del resto de siglo. El obvio significado inicial se iría desvaneciendo, como el sabor en una bolsa de té reutilizada varias veces, hasta la abstracción bigotuda y boinesca que usted y yo reconocemos (y odiamos un poco) en el metro, los bares y las protestas. Kiko Amat

(Una pequeña pieza publicada el domingo 8 de octubre en El Periódico con ocasión de los 50 años de la muerte del Che)

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La canción del viernes #30: DEVINE & STATTON “Turn the aerials away from England”

O from Prado del Rey. Una canción favorita que viene muy a cuento estos días. Después de una semana escuchando lo de “adoctrinamiento de niños”, “escudos humanos”, grotesca cháchara sobre “radicales” y “fascistas” y, hablando claro, repugnantes mentiras y anticatalanismo salvaje y propaganda ultra, he decidido desintonizar los principales canales de televisión estatales de mi aparato.

Ahora pueden seguir diciendo lo que dicen, pero al menos no en mi casa.

‘Cause we’re living in a country second to no-o-o-one.

Annus mirabilis (Philip Larkin)

Leo muy poca poesía. Adrian Henri, Roger McGough, Brian Patten (los Liverpool poets). Richard Brautigan y Billy Childish. Y también Philip Larkin.

Les copio este poema de Larkin solo porque está lleno de afirmación de la vida y asombro hacia las cosas guays, y lo necesitamos en este momento de desánimo general, amigos zurrados, ofensiva derechista y polarización generalizada.

Annus Mirabilis

Sexual intercourse began

In nineteen sixty-three

(which was rather late for me) –

Between the end of the “Chatterley” ban

And the Beatles’ first LP.

 

Up to then there’d only been

A sort of bargaining,

A wrangle for the ring,

A shame that started at sixteen

And spread to everything.

 

Then all at once the quarrel sank:

Everyone felt the same,

And every life became

A brilliant breaking of the bank,

A quite unlosable game.

 

So life was never better than

In nineteen sixty-three

(Though just too late for me) –

Between the end of the “Chatterley” ban

And the Beatles’ first LP.

 

Catalan, not shrubbery

He escrito este artículo en inglés sobre el tema catalán para el periódico online escocés Bella Caledonia.

Es cómico, es pausado, es indignado (con la brutalidad policial, entre otras cosas, y las estrategias de sitio del Estado Español) y a la vez busca, como diría alguien que conozco, que todos “nos calmemos mucho”. O ens fotrem mal.

Muchos pensamos esto: no a la declaración unilateral de independencia, vale, pero primero de todo fin inmediato de la violencia antidemocrática estatal. Libertad de los detenidos y represaliados y fin de la actitud colonial del gobierno del Estado Español.  Fin de la política del miedo y la intimidación en Catalunya. Referendum pactado y en condiciones normales, votando todo el mundo y con un mínimo pactado de participación. Más conversaciones y menos Guardia Civil, y menos mentiras mediáticas. Más diálogo y menos Robocops. Más mediación y menos intimidación (y menos catalanofobia, que el anticatalanismo facha está saliendo del armario como una olaaaaa…). Que cada parte ponga algo (pero especialmente que ponga algo la parte represiva, que es la que está atrincherada en el búnker). Y que alguien pida perdón por los 800; sería un detalle.

Keep an open mind or else.

En las Batallas #15: Agustí en color (un obituario)

Ateneo Familiar, Sant Boi, 1996

Hace unos meses, una madrugada de sábado, murió un viejo amigo mío. Se llamaba Agustí Estrada, y se suicidó. No existe una manera bonita de decir algo así, ni los eufemismos sirven propósito alguno. Lo sé porque he intentado escribirlo varias veces de otras formas, y lo diga como lo diga él sigue muerto. Algunas cosas son imposibles de embellecer.

Desde que Agustí murió he estado pensando en premoniciones y casualidades. Me he dicho a mí mismo de que en las semanas previas a su muerte le tuve presente más de lo habitual (pues él y yo ya no nos veíamos jamás, llevábamos vidas completamente distintas), como si mi subconsciente me estuviese recordando a gritos su huella, las partes de mi vida que se cruzaban con las suyas, lo que le debía, en cierto modo. Es lo que se conoce como “sesgo de confirmación”: busco rastros de Agustí en esas semanas previas para confirmar mi hipótesis de que le tuve presente más de lo común, cuando en realidad lo más probable es que siempre haya estado pensando en él. Mi vida está llena de restos suyos, como la habitación patas arriba de un niño, y tropiezo con ellos constantemente, sin casi reparar en ello.

Y aún así. ¿No es extraño que poco antes de su muerte yo hablara de una cinta que me grabó en 1989? Incluso la tuve en mis manos: Generation X y The Stranglers. ¿Y no es aún más peculiar que, escribiendo sobre un disco de The Electric Prunes el mismo junio, empezase hablando de una fiesta de 1987 a donde me llevó él? Lo escribí unas semanas antes de que se suicidara. Será sesgo, será lo que quieras, pero no deja de turbarme.

Me enteré de su suicidio cuando me llamó mi hermano por teléfono, domingo 21 de julio, a media tarde. Estábamos a punto de ir a la piscina de la Torre de Les Aigües.

– Tengo malas noticias –me dijo.

Yo: silencio.

– Se ha muerto el Agustí de Sant Boi- añadió. Yo cerré los ojos, y luego cerré la puerta de la habitación.

Había conocido a Agustí en 1986 o así, pero llevaba observándole desde un año antes, 1985, más o menos. Era im-po-si-ble no verle, no sé por dónde empezar. La primera vez que topé con él… No importa si lo que voy a decir es fiel a la realidad, pero así es como ha quedado en mi memoria, y prefiero atesorarlo con esos detalles. La primera vez que le vi llevaba tejana blanca a juego con tejanos blancos (a todos los efectos: un traje tejano blanco completo), peinado Brian Jones, camisa de paramecios granate-púrpura con mucha ameba rampante y (atención) botines Chelsea rojos. Estaba bajando de un Volkswagen escarabajo original, color plata, en la calle La Plana, donde vivía con sus padres justo a dos manzanas de donde vivía yo con los míos. Lo que más recuerdo es el shock de lo imprevisto, la incongruencia de los significantes. En el Sant Boi de 1986 toparse con aquello (¡botines rojos! ¡escarabajo plateado!) era como darte de narices con un platillo volante recién aterrizado en tu azotea. Una imagen en color superpuesta a un mundo en blanco y negro; así es como lo veo. “He aquí”, me dije, “un hombre a quien le importa un bledo lo que piensen de él”. Unos años después, al leer a Nik Cohn hablando de los teddy boys de su Derry natal, me vendría esa imagen a la mente. La heroicidad de la otredad. Agustí tal vez trabajara en una imprenta en turno de noche, tal vez estuviese encerrado en una calle anónima de pueblo del extrarradio barcelonés, tal vez sus perspectivas de futuro fuesen tan grises como las de los demás, pero ¿emergiendo de aquel vehículo antiguo con aquella ropa rara y maravillosa y cegadora? Agustí se convertía en un héroe. Un príncipe entre lacayos. Un dandi entre basura, como cantarían sus adorados Los Negativos.

No hace falta decir lo que aquella imagen me hizo, a mis quince años; a mí y a otros como yo. Agustí, antes de enseñarme muchas otras cosas, me enseñó lo que era el coraje, la bravura, el ir por el mundo siguiendo tus propias normas de comportamiento aunque todo se derrumbara a tu alrededor. Su presencia, tan solo su existencia, era inspiradora, durante aquellos años. Te decía: puede hacerse, y a la mierda el mundo. Vendrán batallas, pero no me vencerán. Podían reírse de él, señalarle por la calle; nada importaba. Agustí había construido su propio mundo con sus propios códigos de conducta y estándares morales, y aquello era lo verdaderamente importante. Su vida me habló de valor. De seguir tu camino, fuesen cuales fuesen las consecuencias, aunque te quedaras completamente solo. ¿Eso? Lo sigo incluso hoy.

Agustí nació un día de Navidad, hermosa coincidencia, y se convirtió al punk en 1977: firmó de inmediato cuando escuchó los primeros disparos y distinguió los incendios en la lontananza. Agustí, sin embargo, no le vio futuro al No Future: el nihilismo era incompatible con su natural joie-de-vivre, y para colmo no le gustaban nada los grupos punks españoles que empezaban a nacer. Así, se enamoró de Beatles, Kinks, Who y Brighton 64, firmó por los mods muy temprano (aventuro que 1980-81), y eso es lo que llevaría de blasón (y de sanbenito) hasta su muerte: Agustí El Mod. Aprendió a tocar la batería (de aquella manera), tocó con su propio grupo (Nivel 2) y con un grupo mod de Barcelona, Los Interrogantes (lo que le convertía, directamente, en el hombre más cosmopolita de todo Sant Boi). Cuando le conocí ya estaba metido de lleno en su etapa psicodélica, y había intimado con Tutti, Los Negativos, “Mágico” Víctor, Ringo, Navarro; los mods psicodelizados barceloneses de 1985. Avanzaría por innumerables caminos estéticos desde allí, pero mi imagen de él siempre es la misma, congelado en el tiempo con sus piernas imposiblemente arqueadas y sus gruesas gafas (era miope perdido), con aquellos botines coloraos y tejanas de pana granate y gorras Beatle. Todo aquel color, que te decía, estilo Crowley: Haz lo que Quieras. Es la única ley.

Y entonces estaban los discos. De 1986 a 1990 aprendí de Agustí todo lo que podía aprenderse sobre música hermosa. Por aquel entonces debía tener solo 500 discos, quizás incluso menos, pero para mí su colección era la locura total. Mod psicodélico orgulloso de su pasado punk, en su casa se escuchaba a Buzzcocks, Gruppo Sportivo y The Seeds, Generation X y Jefferson Airplane, The Style Council y The Creation. Y sobretodo XTC, su grupo favorito. Su ansia de aprendizaje era pareja a su ansia de evangelización. Agustí no era nada resabiado, y pese a su veteranía y gusto impecable jamás nos trató de pimpollos. Su hambre de conocimiento nunca se apagaba y, siempre atento a las mutaciones de su entorno, cuando algunos empezamos a escuchar hardcore hacia 1991 o 1992 él tomó buena nota del asunto. Recuerdo con emoción la primera vez que pude pagar por los servicios prestados, grabándole una cinta llena de Hard-Ons, Parasites, Corn Flakes, Dag Nasty, All. Se volvió loco con aquella TDK, y a las pocas semanas se estaba comprando todos los discos. Su entusiasmo era indestructible.

Vuelvo a pensar en XTC. Varias canciones me recuerdan a él: “Senses working overtime”, sobretodo, y también “The Mayor of Simpleton”, que eran sus favoritas. No puedo pensar en XTC sin echarme a reír. Agustí era muy divertido. Cuando conocía a algún guiri siempre preguntaba lo mismo: Do you like XTC? Do you like spanish beer? Yo me moría de risa con sus bromas recurrentes. Tenía ocho o nueve años más que nosotros, pero en su mente era aún un niño enloquecido que solo quería pasarlo bien y lo tomaba todo a risa. Su casa siempre estaba abierta a todo el mundo. Le visitábamos (yo y 700 skins) sin avisar, y él siempre estaba contento de vernos. Nos invitaba a pasar, ponía un disco, sacaba cervezas negras (a mí siempre me daba una jarra con el mango en forma de polla, el muy guasón), encendía un Lucky y empezaba a bromear, a tomarles el pelo a los pelaos, a hablar del Athletic de Bilbao (su equipo de toda la vida), a comentar la jugada de la noche anterior o planificar la venidera. Nosotros siempre le decíamos: “Cuando seamos mayores, Agustí, queremos ser como tú”. Y lo pensábamos de veras, y él no lo tomaba a mal. Tiene que ser una gran manera de crecer, conservando así la gracia y el impulso, pensábamos. En cierto modo, Agustí era el Peter Pan definitivo. Él sí se negó a crecer, y quizás lo que sucedió aquel sábado 20 de julio tenga que ver con esto. No lo sé, ni lo sabré nunca.

Los años fueron pasando. Celebré su 33 cumpleaños (se presentó a la fiesta desnudo y en botines, el tío, y luego bebió champán de uno de sus zapatos). Fui a su boda, vi como nacía su primer hijo, me enteré de que había descubierto la música techno y el Apolo (que sería su segundo templo, y casi revelación mariana a sus cuarenta años), le perdí la pista durante casi una década entre una cosa y otra, me dijeron que había tenido otra hija, supe de su divorcio y me apené. Cuando yo celebré mis cuarenta, pese a que hacía años que casi no nos veíamos, Agustí estaba en la fiesta sorpresa que mi familia y amigos celebraron en mi honor. Aparece en todas las fotos con un polo estrecho azul eléctrico, el cabello desordenado y perilla-mosca debajo del labio inferior, eternas gafas, eternas piernas en paréntesis, sonriendo y contando anécdotas y riéndose del tamaño de mi nariz (estaba obsesionado con la nariz de los Amat; era nuestro apreciador de apéndice #1). La siguiente vez que supe de él ya había muerto.

Y el 23 de julio fuimos a despedirle al tanatorio unos cuantos de nosotros. Algunos se negaron a acercarse al ataúd, pero yo sí entré a verle, y me quedé helado al toparme con lo que había allí. Le habían quitado las gafas (increíble) y le habían peinado hacia atrás (¡sacrilegio!), y pensé: esto tiene que haberle mosqueado de la hostia, porque Agustí nunca se había quitado el flequillo. Yo creo que nació con él, joder. Fuera, un par de amigos que nunca lloran, lloraban. Hablé con su ex-mujer. Miré a mi alrededor: el tanatorio estaba lleno de gente joven, grupos de amigos que le habían conocido después que nosotros, Agustí siempre buscando la savia, la prisa, la vida de la juventud. Un montón de gente que yo no había visto jamás, y que le había querido cuando nosotros ya habíamos desaparecido por un extremo del escenario, hacia otras vidas y ciudades. Un montón de gente que había sido tocada por su forma de ser, por el ansia y el entusiasmo que llevaba encima, por la pasión que contagiaba. Eso me puso contento: que hubiese dejado tantos clubes de apreciación detrás. ¿Era Agustí un hombre exento de fallos o faltas? No, como ninguno de nosotros lo es. Tenía sus cosas, naturalmente. Pero a los que a veces se acuerdan de ellas, yo siempre les digo lo mismo: que Dios no le puso entre nosotros para ser nuestro consejero o para que solucionase nuestros problemas. Le puso aquí para mostrar la existencia de un camino; para mostrarnos vías, de ataque o de repliegue. Esperar más de él se me antoja absurdo. Agustí fue nuestro maestro. Eso es más de lo que puede esperarse de cualquier vida, digo yo.

Y allí en el tanatorio, aunque me conmovió el hombre muerto del ataúd, aquel tío céreo y sin flequillo y amortajado en banderas de fútbol, aunque pensé “mierda: así es como voy a tener que recordarle siempre” no era verdad. Cierro los ojos y, una vez más, le veo con su camisa de amebas, emergiendo del escarabajo en 1987, aquellos botines rojos iluminando el mundo y marcando el camino, casi gritando ¡Viva la vida!, y me siento afortunado de haberle conocido, de que me rozaran su gracia y alma y su perspectiva de las cosas, y sé que a mucha otra gente le sucede lo mismo. Y cuando has dejado esa huella, yo que sé: nunca mueres. Ya no te mueres nunca. Kiko Amat

(Recupero este texto, que escribí en el año 2013, tras la muerte de Agustí, y que fue incluido en mi libro antológico Chap Chap (Blackie Books, 2014). Este pasado julio fue el cuarto aniversario de su fallecimiento)

 

En éxtasis

https://kikoamat.files.wordpress.com/2017/09/798e2-20905567_1907092499617525_2921055481902399488_n.jpg?w=268&h=268Como ya les previne, el 10 de octubre saldrá a la venta la traducción al español del mitiquísimo libro de Joan M. Oleaque En éxtasis; el bakalao como contracultura en España (Barlin libros).

Hoy mismo he podido ojear una flamante copia que acababa de caer en mi buzón. Ha quedado la mar de elegante, y el texto es la pera, y mi prólogo, permítanme que les diga, no está pero que nada mal. Ha sido uno de los buenos; está claro.

Fans de la subcultura, lo tribal, los fenómenos juveniles 80’s y los libros de rocanrol: yo os conmino a haceros con un ejemplar. Y regalar unos cuantos más por ahí. Es un gran libro.