ROBERT FORSTER: “The Go-Betweens no se construyeron con música, sino con ideas”

Robert Forster, líder del grupo australiano de pop crucial The Go-Betweens, responde en exclusiva a una serie de preguntas sobre su banda, el documental Right here y su libro de memorias (aún no traducido en España) Grant & I.

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“Este grupo: ni un hit”. Lo afirma con vehemencia, y cierto pasmo, Robert Forster, fundador de The Go-Betweens (junto al fallecido Grant McLennan), en el documental Right here, a estrenarse en el festival In-Edit 2018. Su frase no era un ejercicio de jactancia underground: The Go-Betweens no colocaron un solo éxito en las listas a lo largo de toda su carrera, y no por falta de ganas. Right here intenta comprender por qué uno de los mejores grupos pop de los ochenta, y de la historia, quedó relegado a banda sublime para listillos del pop y paisanos gremiales. Robert Forster, dandi lacónico de genio y figura, nos ayuda a desentrañar el misterio.

Llámame naíf, pero a lo largo de todos estos años de fan nunca había caído en que erais una banda tan disfuncional. Casi un “experimento social”, como se afirma en el filme. Divorcios, personalidades opuestas, egos…

En aquel momento lo vivimos como algo más firme de lo que se afirma en el documental. Ahora, en el futuro, cuando Amanda [Brown] y Lindy [Morrison] hablan del pasado, sus palabras están teñidas por la infelicidad que les produjo la disolución de la banda, y eso influye en la idea que la gente se forma de nosotros. Lo que quiero decir es que cuando estuvimos en activo la banda era cohesiva, lo fue algo menos cuando rompimos, y ahora, cuando las cámaras enfocan, se realiza un nuevo relato centrado en la falta de cohesión. No olvidemos que cuando la gente realiza documentales, lo que les interesa es el conflicto. Creen que eso hace interesante un filme.

El documental da voz a todos los miembros de la banda. Pero algunos fans veíamos a The Go-Betweens como dos cantautores que componían juntos, acompañados de una serie de miembros secundarios.

Entiendo que lo veas así, pero Grant y yo nunca pensamos en el resto de la banda como mero acompañamiento. No buscábamos esa relación con la gente que tocaba con nosotros. Además, las bandas que nos gustaban, The Velvet Underground o The Byrds, Roxy Music o The Rolling Stones, eran grupos de verdad. Nos gustaban los grupos que eran carismáticos y reales, y que funcionaban como grupo. No éramos el tipo de gente que puede funcionar como dos cantautores y una banda de acompañamiento. Los grupos de rock nos encantaban. Aspirábamos a ser un grupo de rock.

En tu libro dices que Orange Juice “estaban consumidos por su propio mito”, algo que podría aplicarse a tu propia banda. La idea romántica que teníais sobre The Go-Betweens era tan importante como las canciones que componíais.

Sin duda. Cuando empezamos, queríamos ser un grupo tradicional, con cuatro o cinco miembros. Pero a la vez éramos una banda muy poco común. Yo le enseñé a mi mejor amigo a tocar un instrumento, lo que es una forma bien extraña de empezar una banda de rock’n’roll. Es una idea extravagante. En segundo lugar, Grant y yo no queríamos que el grupo estuviese basado solo en música, así que vertimos en él todas las cosas que nos interesaban: Grant puso sus películas favoritas, ambos éramos estudiantes de literatura en la universidad, nos encantaban algunos shows de televisión… Lo normal es que los grupos descarten todo eso, y se concentren en las canciones, tal vez con algo de imagen para acompañar. Pero en nosotros aquellos factores externos eran cruciales, quizás también porque eran todo lo que teníamos. Yo llevaba poco tiempo tocando, Grant incluso menos; en cualquier caso éramos músicos limitados. The Go-Betweens no se construyeron con música, sino con ideas. The Go-Betweens nacieron a partir de la idea de una banda de rock, o de pop. Aquello nos hizo distintos de los demás grupos de la ciudad, que estaban basados en música.

Resultat d'imatges de robert forster go-betweensErais muy poco tradicionales: una mujer a la batería, los guiños bibliotecarios de “Karen”, la dedicatoria “a nuestros padres” del Before Hollywood… Daba la impresión de que luchabais para sortear todo cliché.

Eso era muy importante. La perspectiva anti-rock’n’roll. La mayor influencia en todo eso era el postpunk. El otro día mi hija me preguntaba qué pensaba la gente de mi juventud, hacia 1978 o 1979, sobre Bob Dylan o The Beatles. Me hizo gracia. A la gente se le olvida que la idea fundamental del punk, y después del postpunk, era la del Año Cero. Era como la Revolución Francesa: “la historia empieza ahora”. Lo que la gente decía entonces, con mayor o menor sinceridad, era que los Beatles eran basura, que aquello había terminado, y que teníamos que volver a empezar. Fue una mentalidad que solo duró unos dos años, pero incluso así: impregnó del todo a The Go-Betweens, y se quedó con nosotros durante al menos una década.

Dicho esto, os encantaban The Velvet Underground y muchos grupos pop de los sesenta. Así que supongo que del postpunk tomaríais más la pasión que el rechazo a la tradición.

Lo que sucede es que la tradición que a nosotros nos gustaba de 1978 a 1990 era Creedence Clearwater Revival. Era The Lovin’ Spoonful. Y eso eran bandas que no eran nada populares por aquel entonces. No formaban parte del canon “serio”, y no estaba bien visto que te gustaran.

Como The Monkees, de quien también erais muy fans.

The Monkees son el ejemplo perfecto de lo que estamos hablando. Al significarnos como fans de The Monkees conseguimos cabrear muchísimo a dos grupos de personas casi opuestas [sonríe]. Cabreamos a los punks y postpunks, porque para ellos los Monkees eran mierda antigua de los sesenta, y cabreamos a los snobs del rock (los fans de Dylan, Television o los Velvets, Pink Floyd o Led Zeppelin), porque también creían que los Monkees eran basura. Aunque por otros motivos.

Resultat d'imatges de robert forster go-betweensTu relación con Grant impregna tu libro. Erais dos personalidades distintas que siempre dejaban cosas sin discutir… Os comunicabais de un modo extraño, por decirlo rápido.

Creo que eso sucede a menudo en las amistades entre hombres. Suena a cliché, pero probablemente sea cierto que los hombres no hablan de sus sentimientos con la misma naturalidad que las mujeres. Dos hombres que son amigos no discuten sobre su amistad, ni muchas otras cosas, con la misma intensidad que dos amigas mujeres. Quizás. Eso juega una parte significante. Pero a la vez Grant y yo teníamos muchas cosas en común. Para empezar éramos hijos mayores, cosa que considero importante. Nos las apañamos para no realizar las grandes expectativas que nuestras familias tenían de nosotros, y hacer lo opuesto de lo que deseaban. Fuimos a la universidad, lo que normalmente implicaría un muy buen trabajo al finalizar la carrera, pero tanto Grant, que sí consiguió terminarla, como yo, que abandoné, utilizamos las enseñanzas recibidas para formar un grupo de rock. Lo utilizamos para la vida. Y respecto a todas las cosas que se quedaban sin decir entre ambos, Grant y yo teníamos tantos discos y películas en común que podíamos trabajar juntos sin siquiera verbalizarlo. Ninguno de los dos trataba de dominar al otro. Muchos grupos o parejas creativas se separan porque uno de los dos trata de imponer sus ideas al otro, y quedarse con la atención del público. Nosotros nunca fuimos así. No éramos la combinación de dos personas distintas, una enfadada y dominante, y la otra amable y sumisa. Éramos gente centrada, poco amante del conflicto.

La admiración que os teníais mutuamente debe jugar una parte importante en lo que dices.

Exacto. Yo respetaba… No, de hecho yo siempre estuve impresionado por Grant. Era el joven de dieciocho años más extraordinario que uno podía esperar conocer. Era remarcable. Conocerle fue como conocer a un joven Alfred Hitchcock, o a un joven Einstein, o a un Picasso adolescente. Cuando le conocí me llevaba una delantera enorme en muchísimas cosas del mundo artístico. Sabía tantas cosas… Siempre iba con libros o discos bajo el brazo, el arte era toda su vida. Me enseñó muchísimo.

Eso explica por qué nunca sufristeis una separación agria al estilo Camus-Sartre. Nunca estuvisteis resentidos con el otro, pese a las veces en que habías competido, cuando el uno o el otro llevaban la delantera cualitativa.

Esa era la parte más difícil: poner las canciones de cada uno en los discos. Pero desde el principio establecimos un acuerdo mediante el cual cada uno aportaría un número igual de canciones a cada álbum. Cada uno ponía cinco, y eso evitaba mucha tensión. Existía una cierta competición, cierto, y a veces yo le veía a él por el espejo retrovisor, por decirlo de algún modo, y a veces él me veía a mí. La calidad de la composición de canciones, y qué canción daría inicio al disco, eran puntos de contención. Pero siempre lo solucionamos con sentido común. Creo que tiene que ver con lo que decías antes: la admiración mutua. Yo nunca creí ser mejor que Grant, o al revés. Nunca pensé que mis canciones debían tener todos los singles, o los emplazamientos privilegiados en elepés, y él tampoco. Me gustaban demasiado sus canciones para ser injusto con ellas. y además nuestro trabajo encajaba de un modo perfecto. Así que continuamos con ese sistema sin mayores obstáculos.

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La “maldición” de Grant, como afirmas en tus memorias, es que carecía de “ancla”, mientras que tu tenías a tu familia, hijos, domesticidad…

Creo que es así. Desde el momento en que nos conocimos podías distinguir una serie de señales. Cuando topamos el uno con el otro, yo era un chaval de los suburbios de Brisbane, mientras que él venía de muy lejos, y estaba de interno en la universidad. Yo regresaba cada día a casa de mis padres. Llevaba una vida de barrio residencial de una gran ciudad, mientras que Grant iba a su aire, ya entonces. Flotaba por ahí, sin raíces. Ese es un estado que funciona cuando tienes entre dieciocho y veintiocho años, pero cuando alcanzas los treinta y pico necesitas algún arraigo. Grant era incapaz de echar esas raíces. Tenía relaciones con distintas mujeres, y cuando murió a los cuarenta y ocho aún compartía casa con gente… Vivía igual que a los dieciocho.

Como un beatnik.

[ríe] Sí. Como un beatnik. Solo necesitaba sus libros y su guitarra. Grant era una persona muy romántica. Estaba enamorado de la idea del artista y su arte. Creía a pies juntillas en la vida del artista, y la inspiración que ello aportaba a su trabajo. Recibía toda su energía de los libros, el cine y la música. No necesitaba nada más. Solo creía en ello. Ignoraba las raíces, y en eso éramos muy distintos. Yo siempre necesité un lugar al que regresar: una mujer, hijos, un hogar.

De hecho, la forma en que se tomó su ruptura con Amanda fue del todo artística. Un corazón roto como el suyo uno solo suele verlo en películas y canciones. Su separación parecía una canción de Townes Van Zandt.

En efecto. Yo nunca he roto con alguien de ese modo. Se requiere un espíritu muy particular para tomárselo así. Admito que me sorprendió, incluso conociéndole. Me asombró la duración y profundidad de esa pena; parecía no tener fin. En la juventud la gente rompe relaciones continuamente, es lo normal. Así que yo me figuré que aquella ruptura sería terrible, pero que los efectos secundarios durarían lo acostumbrado en gente de veinte o treinta años: un mes o dos, máximo. Jamás podría haber imaginado que le afectaría de por vida. Y creo que a él también le sorprendió. Creo que él asumió que en un tiempo estaría bien, pero nunca lo superó. Fue una gran sorpresa, para él y para mí. Por eso el libro está dividido en dos partes: el puente es su separación.

A mí me sorprendieron los extremos a los que llevaste tus cambios estéticos a lo largo de los años. Yo los tenía como un progreso consistente, pero al verlos enlazados sufrí un par de infartos. Por ejemplo: la pinta que llevas en el video de “Head full of steam”. WTF.

[ríe] Creo que Londres tiene parte de culpa. Para empezar fui pobre allí, así que estaba muy delgado. En segundo lugar, todo el mundo en Londres lleva un look bastante extremo. Boy George era una de las popstars que reinaban en la época. La política de semanarios musicales como Melody Maker o New Musical Express era poner en portada al grupo o artista que llevara la pinta más rara aquella semana. Y en magacines pop como Smash Hits todo el mundo llevaba maquillaje y el pelo cardado. En Estados Unidos estaban Prince y Madonna, cambiando de imagen cada día. Y por añadidura recordabas lo de Bowie en los setenta, y vivías en su ciudad, Londres. Todo eso conspiró para que me convirtiese en quien viste en “Head full of steam”. Según avanzaba la década de los ochenta me fui volviendo más teatral, y justo a partir del cambio de década empecé a moderar un poco esa tendencia.  Fue un arco. Ser amigo de Nick Cave y The Bad Seeds tampoco ayudó. Cosas como esa tienen un efecto.

La forma de vida también influyó. Era la época en que, como dices en el libro, estuviste más lejos de lo que eras en realidad. Como si estuvieses representando un papel, el de rockstar bohemia y noctámbula.

Antes comentábamos lo de la familia y la vida doméstica. En la época de la que hablamos yo no tenía ninguna responsabilidad. Nunca veía a mi familia, no me topaba con tíos o primos, por descontado nunca veía a mis padres. Y aún no tenía hijos. Podía hacer lo que quería, levantarme a la hora que me apeteciese y salir hasta la hora que me diera la gana, beber o drogarme todo lo que quisiera y a nadie le importaba. Así que me ví metido en aquello. Todo formaba parte de aquella fantasía. Los libros que leía en aquel momento, el hecho de que mi grupo fuese más conocido, que estuviésemos de gira más tiempo, todo eso también influyó. Yo sabía que no iba a durar siempre. Cuando nos mudamos a Australia para hacer el 16 lovers lane las cosas empezaron a calmarse.

En el libro hablas de drogas y sus dolencias. Sorprende, porque jamás os vimos como una banda drogata. Supongo que lo llevabais de un modo íntimo. Que la recreación narcótica no formaba parte de vuestra identidad.

No, claro. Los fans no tenían por qué saberlo. Antes hablábamos de los clichés del rock. A mitades de los ochenta los grupos de rock’n’roll llevaban ya más de veinte años haciendo de la drogadicción su imagen. Era algo un poco pasado de moda. Algunas bandas seguían haciéndolo en los ochenta, pero a nosotros nunca nos gustó publicitarlo. Sabes cuando un grupo de rock es un grupo de drogas cuando empiezan a tomarlas de gira. Los ves en el escenario, empiezas a leer historias truculentas sobre ellos… Nosotros, por el contrario, nunca tomamos drogas de gira. Bebíamos y fumábamos cigarrillos, quizás de vez en cuando algo de hierba, nada más. Para mí las drogas duras eran algo que hacía cuando no estaba de gira, en las épocas de descanso. Si lo haces de gira, es agotador. Es duro. Porque solo pasas en cada ciudad unas pocas horas, y entonces agarras el autobús y te vas a la siguiente ciudad. Tomar drogas en el ínterin es una estupidez, y nada divertido.

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Las drogas tampoco se filtraron a tus letras, quizás porque muchas de ellas hablaban de tu infancia.

Es verdad. Grant me aconsejó una vez: “hurga en el pasado. Detente en los dieciocho”. Es una lección que aprendí directamente de su ejemplo: él escribió “Cattle and cane” en 1991. Hasta entonces todas mis canciones hablaban del presente. Hasta que le vi hacer lo de “Cattle and cane”, una canción que habla de su infancia, cuando era un niño que vivía en North Queensland. De golpe comprendí que existía una área enorme en la que indagar, y que no había tocado aún. Ir al pasado abría unas posibilidades inmensas, te daba una segunda era en la que hurgar, un nuevo plano que colocar, en primera fila o más escondido: el “entonces”. Me parece muy interesante tratar de explicar el pasado en el formato de una canción de rock, y tratar de no hacerlo de un modo obvio. Me gusta hacer eso.

No solo te gusta, sino que tienes facilidad para ello. Todo narrador o compositor tiene que ser capaz de conectar a placer con su pasado. Contar con detalle cómo se sentía en un punto determinado de sus dieciocho años, por ejemplo.

Exacto. En cierto modo, a los trece o a los veinte eres la misma persona que ahora, pero a la vez has cambiado. Eras distinto. Me resulta fascinante mirar hacia atrás y ver tu pasado con la perspectiva del presente. Yo puedo describir mi mundo de los trece años. No solo cómo era yo, sino también la casa en la que vivía, y las calles, y la música que escuchaba y la comida que me gustaba.

Y la gente. Siempre has tenido debilidad por los nombres y apellidos reales. Aparecen en muchas de tus canciones.

Mucha gente que cree que me invento esos nombres. Eso sería lo esperado. El otro día vi un documental en que Paul McCartney hablaba de cómo inventó a Eleanor Rigby. pero yo creo que los nombres reales y las situaciones reales son más interesantes y excitantes que la ficción. Me parece más excitante describir eso que un mundo imaginario. Frank Brunetti [teclista de Died Pretty, a quien se nombra en “Darlinghurst nights”] era un tipo más raro, y más salvaje, y más divertido de describir, que cualquier cosa que pueda inventar. Y me gusta que exista, que no sea ciencia ficción. Por eso lo puse en una canción.

Hablemos, por último, de diferencias entre tu libro y el documental. En el primero se da tu visión y tu opinión, mientras que en el documental has tenido que ver cómo mucha otra gente opinaba sobre The Go-Betweens.

No sé si eso me gustó, pero por otro lado no hay nada que pueda hacer al respecto. Muchos de los entrevistados dicen cosas que yo sé que son erróneas desde un punto de vista histórico. Algunos de los hechos que se exponen en el filme son incorrectos (pese a que yo les conté muchos de esos hechos). Un solo ejemplo entre muchos: uno de los entrevistados habla de que en nuestro concierto de debut íbamos con guitarras acústicas, pero yo, que al fin y al cabo era quien iba a tocarlas, puedo decirte que eso no es cierto. Jamás en la vida hubiésemos debutado en un concierto de rock’n’roll en plena época postpunk con guitarras acústicas. No éramos Simon & Garfunkel. Así que la persona que dice eso no estaba allí, o tiene mala memoria, o miente. No comparto muchas de las opiniones que se vierten en el filme, pero por otro lado intento no preocuparme por ello. No es algo que pueda controlar. Es solo una pequeña parte de lo que sucedió. No puedo cambiar la mentalidad de la gente. Si ellos quieren verlo, o lo vivieron, de ese modo, yo no puedo hacer nada.

Rompe el corazón cuando John Willsteed, el bajista borde de 16 lovers Lane, lamenta no haberse dado cuenta de lo importante que era estar en The Go-Betweens. Hay algo de justicia poética en eso.

Entiendo que el momento te sorprendiera, porque también me sorprendió a mí. Y lo más interesante, si recuerdas, es que fue una canción la que le hace emocionarse y decir lo que dice. “Dive into your memory”. Cuando le preguntan no recuerda ni los títulos, pero de golpe escucha aquello y toda la época loca que pasó en la banda, sus problemas con las drogas y el alcohol, el ego y la locura, y tocar 100 shows al año, etc., todo eso se desvanece, y solo quedan las canciones. Y eso le hace llorar. No es que eche de menos el estudio de grabación, o los conciertos, o el sueldo. Es solo “Dive for your memory”. Y puedo entender eso. De hecho, es maravilloso.

Harry Crews decía que estaba muy bien tener mentores, pero que era aún mejor superarles. ¿Crees que tras todos estos años de carrera has logrado superar a tus héroes musicales?

Para empezar, hay que recordar que muchos de mis héroes también hicieron malos álbumes. Pero a la vez no me veo compitiendo con mis héroes. No me veo a su nivel. Mucha gente viene a decirme que The Go-Betweens son su banda favorita del mundo entero, y puedo entenderlo, porque yoi me siento del mismo modo respecto a los Talking Heads, o el Marquee Moon de Television. Sé lo que es adorar algo de ese modo. Y me enorgullece y alegra que los Go-Betweens tengan ese efecto en mucha gente. Al mismo tiempo, no compito con los grupos que me encantan. Yo soy alguien que llegó después. Soy lo que vino después de ellos, así que no me veo superándoles. Si me hubiese propuesto superar a David Bowie o Jack Kerouac, o a Jane Austen, no habría llegado a ningún sitio. La altura me hubiese dado vértigo. Así que dejé eso a un lado, y me concentré en hacerlo lo mejor que podía. Kiko Amat

(Esta entrevista se publicó originalmente, en formato reducido, en El Periódico de Catalunya. La que aquí les ofrezco es la versión extensa, sin cortes, de la charla. Exclusiva de Kiko Amat para Bendito Atraso).

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Kiko Amat entrevista a BRADFORD

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Es un miércoles cualquiera en El Cubil. Mi uniforme es el de faena: pantalones de pijama arrugados y camiseta con el cuello deshilachado. Quizás debería haberme arreglado un poco (me digo, volviendo un poco el rostro, ante el reflejo de la pantalla). Muevo la taza de té cenagoso. Desde la ventana de Skype me observan sonrientes Ewan Butler y Ian Hodgson, ambos exmiembros de la desaparecida banda Bradford. Butler, en camiseta blanca de manga corta, se camufla con la pared enyesada del cuarto de los trastos, pero Hodgson luce cazadora Harrington color burdeos y sombrero pork pie de ala estrecha con pluma al estilo suizo. Su elegancia es un tanto incongruente. A su vera hay una máquina de coser; se distinguen figuras humanas en movimiento (hijos, esposas) por el resquicio de la puerta entreabierta. No es la mansión de una vieja estrella del pop. Weller no pernocta aquí.

Y sin embargo Bradford estuvieron a punto de ser muy grandes, de subirse al bajel del pop inmortal; pero se quedaron en el puerto, maletas en mano y examinando sus pasaportes con desazón. Lo leerán en sus palabras un poco más abajo. Fueron los mimados de la prensa pop inglesa durante un brevísimo periodo de tiempo (1988-1990). Morrissey, líder de la banda más grande del país en 1985, The Smiths, les aplaudió en público hasta despellejar sus delicadas manos. Ficharon por Foundation, el sello “emergente” de Stephen Street (aunque a decir verdad todo bicho viviente de la industria les tiraba los trastos). Telonearon a Morrissey en su primer concierto en solitario, Wolverhampton Civic Hall 1988. Y más cosas, y más cosas [léanlas en mi pieza para Babelia de El País]. Y de repente cayó la guillotina, y la fábula quedó descabezada de un modo tan cruel como imprevisto.

Hoy en día poca gente recuerda a Bradford. Para algunos solo son los compositores originales de aquel “Skin Storm” que Morrissey incrustó en una cara B. Y aunque es cierto que muchos grupos inmensos lo son por una buena razón (eran mejores que la competencia) a veces la industria y los movimientos sísmicos culturales se tragan a bandas que, en otro tiempo y lugar, habrían sido de largo recorrido. Bradford son ese tipo de banda. Las coordenadas tal vez les suenen: ascéticos, pandilleros, alienados, vulnerables, amantes de las trompetas y la desnudez emocional, cráneos al tres, trapos clásicos de calle, izquierda compasiva sin panfletos, hits gigantes, baladas melancólicas. Himnos al coraje y a la autodeterminación. Poco antes de que debutaran, London 0 Hull 4 de The Housemartins había llegado al #3 de las listas y tanto Our Favorite Shop de The Style Council como Meat is Murder de The Smiths al #1. Bradford se preparaban para una fase imperial que jamás llegaría. Y hoy, con el recopilatorio Thirty Years of Shouting Quietly (A Turntable Friend) ya en la calle, están aquí conmigo, en Skype, para hablar de aquellos años.

Resultat d'imatges de bradford skin stormLa palabra “skinhead” aparece en varios artículos de la época sobre la banda. No sé si vosotros os definíais como tales o simplemente la prensa os bautizó así por el corte de pelo y las botas.

EWAN BUTLER: Ian y yo estuvimos expuestos de forma masiva al movimiento punk cuando éramos jóvenes. Ambos compartimos influencias muy similares; bandas como The Clash y The Jam fueron clave en nuestro desarrollo musical, y ellos a su vez tomaban influencia y estética de los movimientos de los 60 y 70 a los que estábamos destinados a desembocar. Siempre nos había encantado el sonido y la actitud de la generación mod y su estrecha relación con el sonido Motown y Ska. Mi hermano mayor era skin, y a través de él conocí a grupos como los Redskins. Yo estaba en ese punto de la adolescencia en que necesitaba adoptar otra pinta. Había sido punk y llevado un peinado mohicano, y me pasé a lo skinhead poco antes de que empezara Bradford como banda. Ian y yo nos conocimos, y él también adoptó la imagen al entrar en el grupo. Supongo que fue y sigue siendo un look elegante que provoca una reacción, sea la que sea … No es un estilo que puedas ignorar fácilmente.

Ian Hodgson: La ropa es muy importante a la hora de expresarte, especialmente entre la juventud de clase obrera. Cuando salimos nosotros estaba en boga el estilo casual, callejero y futbolero y elegante, y muchos de mis amigos lo llevaban. Yo venía de ese sector, y a la vez me gustaban The Small Faces y The Jam; iba un poco de mod. Así que para mí no fue un enorme cambio lo de adoptar el rollo skin cuando me uní a Bradford. Simplemente me corté el pelo y me puse una chaqueta distinta. Fue algo natural.

Lo que me gusta es que es un look skinhead pobretón: abrigos del padre, tejanas gastadas, zapatos de gente muerta… Como si fuerais los hermanos pequeños de un skin.

IH: Sí. Siempre hemos sido aficionados a la ropa de tienda de caridad. Todo lo que llevo ahora [se señala] es ropa de charity shop [enumera una a una todas las prendas que luce, y su precio correspondiente]. Este look cuesta, en total, unas quince libras. Pero no se trata solo de la ropa, sino también de la cultura: música y libros. Vivíamos barato, porque nadie tenía un duro. En esas tiendas puedes hallar cosas envueltas en polvo que te pueden lanzar a un viaje radical por caminos imprevistos.

EB: En los ochenta no había el acceso a las cosas de hoy. Nos encontrábamos perdidos la mayoría de las veces. Tenías que inventar lo que hacías, o construirlo de cero. No solo en términos de ropa o discos, sino de cara al grupo, a los instrumentos o cosas que necesitabas saber o cómo tocar. Firmábamos el subsidio del paro, los cinco, y no teníamos dinero para gastar en amplificadores o instrumentos. Así que nos las apañábamos con lo que había. Éramos chavales de clase obrera sin estudios. Nadie en Bradford nació con una cuchara de plata en la boca. Todo era bastante difícil, pero a la vez nos dio una conexión a una tradición y a la música que nos inspiraría.

La primera vez que escuché a Bradford me parecisteis una combinación de The Smiths, The Housemartins y The Jam (de la época Setting Sons). Y también Dexy’s Midnight Runners. ¿Es eso más o menos aproximado a como lo veis vosotros?

EB: Sí, todos ellos. Eran grupos que buscaban emocionarte. Muy inspiradores. Te invitaban a moverte, a hacer cosas. Y todas sus letras eran relevantes, hablaban de cosas que experimentábamos cada día. Esos grupos tenían todo lo que yo buscaba en el pop. Una cierta intensidad y creencia absoluta en lo que hacían.

IH: No había mucho dinero para comprar álbumes. Podrías decir que nos alimentamos de una corriente muy estrecha de grupos. Un puñado. Pero a la vez eran bandas que, por sí solas, abrían avenidas enormes, sacabas mucho de cada una de ellas. De cada elepé. Era algo que venía del corazón, y buscaban expresar emociones honestas y reales, y creo que como banda no puedes aspirar a más. Es un punto de partida muy fuerte, empezar con Dexys.

Resultat d'imatges de bradford shouting quietlyEsos grupos expresaban una sensibilidad antimacho que fue muy importante en Bradford. La capacidad de mostrar vulnerabilidad. Tenían baladas melancólicas, te alentaban a mostrar tu lado débil…

IH: Es una combinación imbatible: tíos con pintas de duros pero corazones blandos [ríe]. Yo acababa de dejar mis estudios, en 1984, y justo empezaba a firmar el paro cuando escuché aquello de “I never had a job because I never wanted one”. Grupos como The Smiths hicieron que la identidad masculina fuese algo más fluido. En Bradford venimos de lugares muy macho, de crecer en Blackburn junto a gente que todo el rato se estaba metiendo contigo, por tu peinado, por tu pinta, por lo que fuera… Pueblos violentos. Peleas en pubs. Las bandas que nos gustaban nos dieron permiso para ser algo más… amplio que un hombre corriente. Te proporcionaban aspiraciones que venían de un poder superior. Una mirada ancha. Yo vi a The Jam en 1982 en el Manchester Apollo, y tuve la oportunidad de ir al camerino a conocerles. Paul Weller era mucho más hermoso de lo que había imaginado. Tenía unos ojos muy bonitos, y me di cuenta de que llevaba lápiz de ojos. Así que yo empecé a llevarlo también. A veces incluso me pintaba las uñas de negro. Todo eso confundía a la gente, despertaba animosidad. Pero dime: ¿qué hay de malo dar brincos por ahí con los ojos pintados, EH? [ríe].

EB: Cuando eres adolescente topas de narices con todas las contradicciones inherentes a lo de ser hombre. Empiezas a darte cuenta de cómo te sientes por dentro, y los problemas que tienes para comunicar esas emociones. Aparecen sensaciones mucho más tiernas. The Smiths fueron capaces de exponer esas contradicciones de un modo que hizo que mucha gente se identificase con ellos y se acercara a su música. Cuando teloneamos a Morrissey en su primer concierto en solitario, en Wolverhampton, en 1988, el público eran 4000 personas, en su gran mayoría hombres, sin camiseta, jaleando a otro hombre, también sin camiseta, en el escenario. Era una situación curiosa, porque el ambiente carecía por completo de testosterona. Habían invertido las expectativas que se tenía del género masculino.

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Ian Hodgson y Ewan Butler, segundo y tercero por la izquierda

Había otras escenas que también defendían la torpeza social y la masculinidad defectuosa, pero eran muy distintas a vosotros. Todo ese rollo de C86 y twee escocés parece mucho más cerrado y de clase media que vosotros.

EB: Desde luego. Eran estudiantes, para empezar, y con orígenes adinerados. Tocábamos con ellos, teníamos buena relación personal, pero no nos parecíamos demasiado musical o espiritualmente.

IH: En 1989 tocamos en el Locomotive de París con un grupo londinense llamado The Corn Dollies. Estaban de gira europea. Conocí a su batería, Jack, en un ascensor. Era de clase media-alta. Tenía un acento muy pijo pero pinta de troglodita. Cuando aparecía te lo imaginabas al lado de un fuego, en una caverna, sosteniendo un garrote. Me dijo [imita acento pijo inglés] “he estado de fiesta toda la noche, bebiendo, y tal…”. Y era tan cliché, tan cliché estudiantil, que parecía una broma sacada de The Young Ones. Estuve a punto de carcajearme. Nosotros éramos distintos a toda esa escena. Éramos una pandilla. Tocábamos con grupos más grandes que tenían mejor equipo, pero nosotros ensayábamos más.

Lo irónico es que esos grupos tenían los medios para ser enormes, pero preferían dirigirse solo a su camarilla de anoraks. Mientras que grupos como vosotros o The Housemartins, por decir solo un ejemplo, quisisteis siempre llegar al máximo de gente posible.

IH: Por supuesto. No queríamos ser U2, pero si llegar al máximo de gente sin comprometer nuestros ideales. No llegamos a demostrarlo porque nunca llegamos a ser grandes [ríe]. Pero sabíamos que lo que teníamos era bueno, aunque quizás un poco fuera de época. Creo que nos hubiese ido mejor en otra década. Unos años después, durante el Britpop. Tal vez.

50 peniques más grandes que The Stone Roses

Ese parece ser el consenso general: “5 años tarde para la Smithsmanía, 5 años temprano para el Britpop”. Entre guerras.

IH: Creo que sí. Cuando aparecimos nos tocó ser de veras un “gang of one”. Estábamos bastante solos, no nos sentíamos cercanos a ninguna banda del momento. Nos gustaban grupos pequeños como The Way, de Yorkshire, que llevaban sección de viento, y otra banda llamada 3-Action!, de Hull, muy del rollo Housemartins, también socialistas politizados como nosotros. Ya sabes lo que sucedió con Margaret Thatcher en el Reino Unido y su ataque a la clase obrera. En cualquier caso la cultura del lujo y del escapismo nos decantó hacia el otro lado: nos volvimos muy austeros y realistas, tanto en la pinta que llevábamos como en la forma de vida.

EB: Creo que la prensa decidió que el nuevo estilo en boga iba a ser el Madchester, y concentraron en ello todos sus recursos. Hasta entonces habíamos tenido una visibilidad enorme en prensa, Morrissey había declarado que éramos los herederos de The Smiths, y durante unos seis meses se nos consideró los “protegidos” de los periodistas. Parecía que no podíamos hacer nada mal. Y de repente, de un día para otro, todo cambió. Nos vimos con el paso cambiado, no encajábamos en absoluto. Fue algo difícil de tragar, si te soy sincero, incluso creó tensiones irresolubles entre nosotros. Porque estábamos construyendo algo desde aquel éxito inicial y de repente el suelo desapareció bajo nuestros pies.

Lo de elevar bandas a la estratosfera para luego aplastarlas contra el asfalto es una vieja tradición de los semanarios musicales ingleses…

EB: Llevamos muchos años en terapia [sonríe].

IH: Es un poco como si te sacaran de la montaña rusa en la que estabas y te pasaran al tiovivo de caballitos para niños pequeños. Cuesta acostumbrarse al cambio, te sientes un poco ridículo. Dando círculos una y otra vez por el sitio donde empezaste, y del que creías que habías escapado. De salir en el NME cada dos por tres me vi en la cola del paro otra vez. En 1992 ya habíamos estallado en llamas, de nosotros no quedaban ni las cenizas. Fue difícil acostumbrarse a eso. ¡Pero ahora estamos bien! [pone cara de paciente de psiquiátrico].

Resultat d'imatges de bradford skin stormHe leído que “todo acabó de un modo horrible” para vosotros.

IH: Éramos cinco jóvenes emocionales. Cuando empezó la caída todos buscamos una razón, alguien a quien culpar del desastre [simula sollozar]: “fue tu forma de tocar el bajo”, “no, fue tu voz”. Algo que nos era ajeno -un cambio de dirección musical en todo el país- se internalizó.

EB: Admito que yo estaba en estado de shock. Fue duro. Tampoco es que fuese algo tan raro o inusual: éramos cinco chavales de una edad en que la gente discute y se pelea y termina amistades. Nosotros, además, estábamos en un grupo, con todas las tensiones añadidas que eso conlleva. La gente te empieza a hartar, por ninguna razón en particular.

IH: No somos violentos. Nos gusta la paz. Así que no nos lanzamos a trifulcas a puñetazos entre nosotros. Aunque admito que algún empujón torpe en el local de ensayo sí que hubo.

EB: Algún bolsazo [ríen].

Pero hemos ido a lo horrible sin pasar por lo celestial: la época en que Morrissey dijo “Lust roulette” casi me hace llorar”, Stephen Street os fichó para su sello Foundation…

EB: Al principio fue inmenso. Pura euforia. Antes de que Morrissey hablara de nosotros solo éramos un grupo local haciendo conciertos locales. Y de repente Morrissey nos arrancó de la oscuridad, salimos en el NME,  Melody Maker y Sounds, todo el mundo quería saber quién éramos, Morrissey y mucha otra gente venía de visita a Blackburn… Fue una experiencia inmensa, irreal, y pasó tan rápido que nos quedamos pellizcándonos, tratando de decidir si había sucedido de verdad.

IH: Geoff Travis, de Rough Trade. Adrian Thrills, del NME. Visitantes habituales. Muchos mánagers y agentes, de CBS y otras multinacionales, venían al local de ensayo blandiendo sus chequeras. Pero al final nos quedamos con Stephen Street. Conocerle fue la segunda mejor cosa que le pasó a la banda. Se convirtió en un sexto miembro. Su mentalidad y estética era la nuestra. Fue una bendición, nos ayudó a encontrar un foco. Por supuesto, más tarde su sello entró en bancarrota y todo se fue a pique.

Morrissey entabló amistad personal contigo particularmente, Ian.

IH: No tengo muchos ídolos: Joe Strummer, Paul Weller, Kevin Rowland y Morrissey. Que Morrissey dijese que mi grupo merecía heredar la corona de The Smiths, en un momento en que lo que él decía se tomaba como un evangelio… La vida no podía ser más hermosa. Morrissey incluso vino a visitarme unas cuatro veces a Blackburn, me llamaba regularmente y cuando estaba de gira nos intercambiamos muchas “notas tontas” (postales y cartas, así como programas de sus giras americanas). Fue una relación de amistad fantástica. Él era muy erudito, había leído mucho y poseía un vasto conocimiento de cultura pop británica, así como de películas y comedias kitchen sink de los años 50 y 60. A veces era un poco tímido, pero divertido a matar, con un sentido del humor norteño muy seco. Creo que le gustaba mi aspecto skinhead, y acabé dándole mi copia del libro Skinhead de Nick Knight, que le encantó. Creo que aquel libro, de hecho, influyó en su carrera; fíjate en las botas y dobladillos que lleva en las primeras fotos de su carrera en solitario. Cuando se mudó a Los Ángeles perdimos contacto. Hacia 1992.

Terminemos hablando de política. Me gusta que vuestra perspectiva izquierdista fuese de “experiencia vivida, no consignas marxistas”, como dice de vosotros Fergal Kinney, de Louder Than War, en el recopilatorio.

IH: En aquella época había muchas bandas que utilizaban retórica marxista: Easterhouse, Microdisney, McCarthy, That Petrol Emotion… Nosotros éramos distintos. Nos interesaba un tipo de decencia más general, ayudar a la gente y todo eso, más que hablar de revolución. Varios de nosotros hemos terminado trabajando de enfermeros, o ayudando a niños con minusvalías, yo trabajo en la Cooperativa de comida orgánica local, Ewan ayuda a pacientes mentales, o a gente que se está recuperando de un infarto… Cuando terminó la banda no nos vendimos al demonio; no empezamos a vender seguros de vida. Creemos en la humanidad, y siempre hemos intentado ayudar. Por eso estamos aquí.

(esta entrevista es una exclusiva de Kiko Amat para Bendito Atraso).

Madness por fuera, sadness por dentro

Es el título de esta piececica que he escrito para El Periódico con ocasión de la visita de Suggs (Madness). Léanla. Ha quedado bien.

Miren en la entrada anterior para descubrir mi (periférico) papel en ella. La visita, no la pieza.

Por lo demás, planeo llevarle al bueno de Suggs varios discos para firmar y varias frentes de rorros que bendecir.

La canción del viernes #25: THE NASHVILLE RAMBLERS “The trains”

Una super-rareza, pero menos de lo que imaginan.

Grupo ignoto de un solo single. Eran de San Diego, y esta canción increíble es de 1986. Los garajeros con buena memoria quizás reconozcan esa sombra facial estilo Pedro Picapiedra en la cara de un miembro del grupo. En efecto: es Ron Silva, de los Crawdaddys (y muchos otros). Aunque el verdadero capitoste de los breves Nashville Ramblers era Carl Rusk, fan de las armonías vocales elevadoras.

“The trains” es una de las grandes canciones pop secretas de los ochenta. Muy emocionante. Nada que envidiar a Left Banke o Byrds. Solo estaba disponible en formato físico en un par de recopilaciones oscuras de la época (y en CD en el semi-popular Children of Nuggets), pero imaginen mi sorpresa cuando me enteré que no solo no estaba descatalogada, sino reeditada por Ugly Things y perfectamente accesible y comprable en el catálogo de un sello barcelonés favorito: Penniman Records.

Si también la quieren, no duden en escribir a Enric Bosser, de Penniman. Él, que no puede entender cómo no le quitan de las manos esta maravilla, estará en-can-ta-do de atenderles.

Gótico Llobregat

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Nelson Algren solía decir que él estaba en la clase media, pero no era de clase media. Del mismo modo, yo estoy en Barcelona, pero no soy de aquí. Nunca lo he sido y nunca lo seré, por mucho que aparente saberme el callejero del Eixample (sigo confundiendo Còrsega i Rosselló cada vez).

Yo soy del Baix Llobregat. De Sant Boi. 100% extrarradi power. Nací allí en 1971 y me marché por patas en 1993, para regresar solo de forma fugaz. Por supuesto, fue una maniobra de evasión fútil, el equivalente de cavar un túnel chapuzas que termina en la celda inicial. Como afirmaba Harry Crews, nunca te vas de tu pueblo natal, por mucho que pongas tierra de por medio. A Michael Corleone le espetaban que llevaba Sicilia estampada en la jeta. Yo luzco el contorno del Baix.

Porque nacer en Sant Boi me hizo. Tengo claro que nunca seré de otro lado, por mucho que me siga mudando compulsivamente. Soy como un mafioso octogenario, ya retirado en Florida por el clima, que vuelve a oler, ver, tocar, el Bronx de su niñez cada vez que cierra los ojos.

Hace poco regresé. Para visitar una fábrica de rejas, Mecatramex, que autogestionan unos amigos. Todo allí ha cambiado y nada ha cambiado. Ya no se ven tantos solares,  llantas oxidadas, Xibecas rotas, condones pisoteados, hipodérmicas sucias o páginas del Lib pringosas; ya no existen las subculturas de los ochenta, rockers-skins-mods-punks, cuando éramos cientos por cada uno de los suyos; es difícil topar con yonquis vieja escuela, quinquis de futbolín; los bares y las calles colgaron los harapos y ahora visten de charol; escasea la uralita. Quizás se haya extinguido lo que Daniel Ausente define como “Gótico Llobregat”: el paisaje post-blitz de aquel demencial y genuino Baix pre-olímpico.

Pero no. Si entrecierras los ojos sigue allí: las moreras, los zarzales, las espiguillas; los cañaverales meciéndose, llenos de polvo, al lado de un río inmundo (hoy menos); aquel tipo tan concreto de fealdad y desolación distópica que acabas amando; los colgaos, los tajas y friquis; las naves industriales, los invernaderos, los Ferrocatas, la ermita de Sant Ramon vigilando su parcela ruinosa desde allá arriba. Tan cerca de la Ciudad Condal y tan lejos; como si fuésemos de otro lugar, mucho más remoto y raro.

Y Barcelona está muy bien, claro: desde luego es más bonita y plácida. Tiene metro y los bares no cierran. Y asimismo, lo que todavía inflama mi corazón reumático es aquel país: mi juventud en el Baix Llobregat: 1988, agosto a las cinco de la tarde, el pueblo desierto, como si hubiese estallado una bomba H, y siete rapados bajando por la calle Jaume I, sin camiseta y sin estudios, berreando a los Specials con aquella euforia y mala leche tan típicas del mastuerzo santboiano.

No: nunca me he ido de allí. Sigo anclado en aquel momento. Jamás sabré qué va antes, Rosselló o Còrsega.

(Esta columna, que me encanta, se publicó originalmente el domingo 5 de junio del 2016 en El Periódico. Pueden también leerla online y compartirla aquí)

El vermut de Kiko Amat #11: DANIEL AUSENTE

Daniel Ausente: un sabio ex-nerd y ex-garajero (nunca se es ex-garajero; esto es para siempre), rey de los márgenes y lo subterráneo, especialista en cine de terror, serie B, C y Z, cómics, monarca de la subcultura y santo patrón de la Cultura No-Seria. Y autor del sensacional Mentiré si es necesario (El Butano Popular, 2014), libro predilectísimo del año pasado en esta casa. Un caballero admirable, y encima curtido en lo que él llama “Gótico Llobregat” (y que lo digas, Ausente).

Pues eso, que le entrevistamos para el #11 Vermut con Kiko Amat, en Gent Normal. Charlazo épico con pez frito. Mucha familia, barrio, extrarradio, punk, ochenteo, cine raro, bagaje y estupefacción droguil en el bar La Plata.

Que la disfruten.

Soul Boys del mundo moderno: Kiko Amat entrevista a SPANDAU BALLET

Para Babelia. Dentro-fuera. Una conversación fugaz de 25 minutos a la que le exprimimos todo el jugo imaginable, agarrándoles de las guerreras para que no se largaran tan pronto. Charlamos de subcultura, de clase obrera, de soul boys, de hedonismo y de punk rock; hablamos incluso de mods.

Este, su escritor de cercanías favorito, ex-detractor convertido en groupie, incluso se hizo una tremebundaza foto con ellos (que ya les mostraré otro día).

Léanla con pasión, justo acá. To cut a long story short: I lost my mind.