Billy Childish y Kiko Amat hablan de JOHN FANTE

https://www.anagrama-ed.es/uploads/media/portadas/0001/16/c28e68c3302dc675a8ea148a2665f16e8e2ab544.jpeg¿Pues no se me olvidó decirles lo de este prólogo? El gran BILLY CHILDISH y yo mismo estuvimos de charla -via Skype; vean foto adjunta allá abajo- para celebrar la vida y óptica del escritor favorito de ambos: JOHN FANTE. Dicha charla aparece en formato íntegro en la presentación de esta flamante versión de la Tetralogía Bandini que recién ha publicado Anagrama en la nueva colección Compendium.

Son, naturalmente, las cuatro novelas que protagoniza Arturo Bandini: Camino de Los Ángeles; Espera a la primavera, Bandini; Pregúntale al polvo; Sueños de Bunker Hill.

La charla entre Childish y el menda empieza tal que así:

Lo primero que me gustaría que me contaras, Billy, es cómo entraste en el mundo de John Fante y a través de quién.

Veamos. Por aquel entonces yo estudiaba en la St. Martins School of Art, en Londres, en el año 1980. Peter Doig (un amigo pintor que estaba en mi mismo curso) y yo teníamos gustos muy parecidos en todo: pintura, libros, rock’n’roll… Este mismo amigo, que ahora es un artista muy famoso, me pasó un libro de un tal Charles Bukowski que me gustó bastante, así que fui a una pequeña librería alternativa que había en Covent Garden y empecé a buscar más libros del mismo autor. Tenían un par de copias de libros suyos en Black Spring Books, y también una copia de Pregúntale al polvo de un tal John Fante. Que, como ya sabes, llevaba la famosa introducción de Bukowski. Lo que yo solía hacer en aquella época para decidir qué me gustaba y qué no era ir pasando alfabéticamente por la sección de narrativa, ir cogiendo libros al azar y leer el primer párrafo a ver qué tal, para luego devolverlos a la estantería si no me acababan de convencer. Ocasionalmente leía más de un párrafo y acababa comprándolos. Eso fue lo que sucedió con Pregúntale al polvo. Creo que me lo leí casi entero en la bañera, una vez hube llegado a casa.

vlcsnap-2017-06-28-17h17m47s267¿Qué edad tenías cuando sucedió todo eso?

Diecinueve o veinte. En 1977 tenía diecisiete años, así que en 1980 ya habría cumplido los veinte. Soy disléxico, y siempre he tenido problemas con la lectura y la escritura. En aquella época yo trataba de escribir poesía, pero Pregúntale al polvo fue el libro que me hizo pensar que quizás también podría intentar escribir prosa, ya puestos. A lo mejor era un delirio mío [ríe], pero sentí que sí, que podía hacerlo. Para decirlo de un modo clásico: Fante me inspiró a escribir piezas de prosa. Lo que me encantaba del trabajo de Fante era sobre todo el aspecto cómico. Al poco tiempo leí también Espera a la primavera, Bandini. Bukowski me había inspirado, no lo niego, especialmente en cuanto a la poesía: me había mostrado cómo expresar cosas que yo no tenía ni idea de cómo expresar. Lo malo de Bukowski era que siempre daba la impresión de ser la estrella de una película de serie B. Había leído demasiado a Hemingway, está claro. Ese postureo de tipo duro es lo que menos me gustaba de él, incluso hoy, y creo que lo mismo le sucede a otra gente. Les causa rechazo su palabreo fardón. No me gustaba esa pose de Marlowe que se llevaba. ¿Quién escribió lo del Marlowe ese? ¿El detective duro de las novelas?

Raymond Chandler.

Ese. Veo ahora que Bukowski se fijaba mucho en Raymond Chandler, además de en otros autores del mismo estilo. Hard-boiled. Se nota en ese rollo serie B que te comentaba. Asimismo, nunca vi nada de eso en Fante. Leías sobre Arturo Bandini y te parecía estar mirando una película de Laurel y Hardy. Fante te está describiendo la clase de idiota que es ese fulano, Bandini, y la estupidez que está a punto de realizar, y tú como lector quieres que no la haga, del mismo modo que quieres que Laurel y Hardy no se metan en líos. Bukowski, por el contrario, te va a decir que todo el mundo es idiota, pero que él es un tío listo. Él es quien mola, quien sabe de qué va todo. Esa es una gran diferencia entre los dos autores, Fante y Bukowski, que alguna gente no ve. Por eso me parece tan interesante que Bukowski, quien supuestamente era un gran fan de Fante, no pillase la increíble fragilidad que desprenden los escritos del segundo, la que pone en boca de Bandini. Un chico con muchos defectos, Bandini, bombástico y bocazas, presuntuoso, muy ambicioso también, aunque a la vez siempre parece quedarse corto a la hora de realizar esas ambiciones. Creo que todo eso es encantador, hace de él alguien muy cercano. Dicho esto, con los años trabé amistad con Dan Fante, el hijo, y me contó que John no era así ni por asomo [carcajada]. Que el tío era un completo gilipollas. Me dijo: “John era un miserable, Billy”.

[La conversación continúa durante un buen puñado de páginas.

Compren, yo se lo ordeno, este espléndido pack Fante con prefacio flipante]

Kiko Amat entrevista a VIV ALBERTINE (The Slits)

El País fletó un avión para que yo entrevistase a una ídola de siempre: Viv Albertine, de The Slits, ahora con librazo de memorias recién traducido y editado en Anagrama.

Pa’ londres que me fuí de ida y también vuelta, ya con un entrevistazo de órdago en el saco. Esto de aquí que pueden linkar es la entrevista que todos ustedes leyeron (a miles de millares) en Babelia de El País, para leer en el metro o mientras discuten con su pareja o perplejos ante la programación televisiva actual.

Lo que les cuelgo a continuación es la entrevista sin cortes, director’s cut, en exclusiva para todos aquellos de ustedes que han conservado la fe en Bendito Atraso, y que pueden llevarse al baño si padecen de fatigoso tránsito intestinal, por ejemplo. Porque es muy larga. Y muy buena, qué leches. De las mejores que he hecho, a decir verdad.

Viv Albertine (The Slits)

“La rabia y el aburrimiento han sido los motores de mi vida”

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Del Manual Básico para Entrevistadores: no dejes el suelo del entrevistado hecho un asco. Desoyendo ese mandamiento elemental me presento en el estudio londinense de la artista Viv Albertine con unas botas que destiñen. Ella no las ha admirado, pero lo hará en cinco minutos, al ver que mi (espasmódico) andar arriba y abajo de su cocina ha dejado unas pisadas horribles. Mi anfitriona me pide si podría no hacer eso, por favor. Al mirar veo que las huellas forman un patrón negro. Mientras Viv friega el estropicio (y yo me fundo en excusas) pienso que aquellas manchas podían representar los abruptos pasos de baile de alguna canción de The Slits.

Viv Albertine es una de las figuras improbables del pop, y su banda (cuatro mujeres) la más radical de la época. The Slits eran todo lo no-rock que un grupo puede ser sin hacer canto gregoriano. Una amalgama de dub, pop, punk, baile Ubangui y discordancia que parecía no tomar un solo consejo del libro del rocanrol –ni en pose ni sonido- y desmontó cada cliché de la industria.

No fue divertido, pero sí excitante. Su memoria Ropa, música, chicos (Anagrama) habla con cruda candidez de lucha y pasión creativa en una vida sin domesticidad. Para ella, “feliz” es una palabra fea, “normal” un insulto. Interrogamos a la mente más despierta y la heroína más reticente del punk rock.

Empecemos con una pregunta rompehielos: ¿Qué has hecho hoy? ¿Cuál es tu rutina?

No tengo una. Empiezo el día quedándome en la cama más tiempo del necesario. Me encanta la cama. Me despierto y me quedo allí una hora, pensando. No de forma muy concentrada, solo pensamientos al azar. De vez en cuando surge una idea, o algo que me preocupa sube a la superficie. He vivido una vida bastante rápida; ahora me gusta la tranquilidad y la quietud. No le tengo miedo a la calma. Ni siquiera escucho música. Solo silencio, o el sonido de la ciudad. En los setenta teníamos aburrimiento, y ese aburrimiento gestó algo que ha sobrevivido cincuenta años. No soy la primera en decir que los chavales de hoy no saben aburrirse. El aburrimiento es muy importante para la creación de arte, como también lo es la frustración.

Los que venís del punk siempre habláis del aburrimiento y la mediocridad de los setenta, pero leyendo tu libro he vuelto a pensar que los años cincuenta de tu infancia eran aún peor.

Sí. Londres parecía estar aún en los 40’s [sonríe]. Nuestros padres habían vivido la IIª Guerra Mundial y tenían una lista de prioridades distinta. Para cuando llegaron los sesenta lo único que queríamos nosotros era ser felices, pasarlo bien, ser jóvenes para siempre. Nuestros padres se perdieron todo eso. Ellos vieron a gente morir, vivieron el racionamiento, mi madre nunca cogió un taxi, no comía azúcar (mientras que nosotros nos hinchábamos de chocolate). Hubo un gran cambio entre generaciones. Nosotros éramos más Yo, Yo, Yo. Y asimismo, se nos pegó algo de la austeridad paterna. A menudo me entrevista gente que tiene veinte años menos que yo, y una de sus preguntas siempre es: “¿Eres feliz?”. De niña nadie me preguntó eso. Nunca tuve la esperanza de ser feliz. No era algo que entrara en la ecuación. Mis padres habían vivido dos guerras. Nadie esperaba acceder a un estadio de felicidad ininterrumpida. Nuestra generación tampoco. Yo no esperaba ser feliz. Esperaba tener una vida interesante. La felicidad está sobrevalorada. Es una expectativa falsa, o no del todo deseable. Mi imagen de la felicidad es un estado estático: estar sentado en el sofá comiendo bombones.

Nice is a cup of tea, que decía Lydon.

Sí. Es un estado de sedación. La felicidad no me interesa. “¿Estás alerta?” me parece una pregunta mucho más interesante. ¿Te enteras de lo que pasa en el mundo? ¿Estás despierto? No puedo contestar “sí” a la pregunta de si soy feliz. Por otro lado, si contesto que no, el interlocutor siempre dobla el cuello así [realiza el gesto de condescendencia que uno haría con un bebé] y responde: Ooooh. Lo mismo cuando me preguntan si estoy soltera. Dios mío. Vivir en pareja: qué completa pérdida de tiempo. Me sorbía el alma. Toda la energía que tienes que dedicar a ser pareja de alguien, visitar a los suegros, por qué no me llama, por qué llega tarde… En los últimos seis años en que he estado soltera he completado el trabajo de cinco personas. Soy una artista egoísta.

Un artista tiene que ser egoísta. De otro modo nunca haríamos nada de provecho.

O si lo hacemos sería falso. Porque para ser un artista honesto tienes que decir lo que piensas, y eso daña a otros. Hasta hace muy poco los hombres lo tenían mejor, porque podían hallar a una pareja a la que no le importara ser la “musa”, la “facilitadora”, la que ayudaba al hombre a crear. Nunca hallabas a un hombre que aceptara ponerse en la posición inversa. A la mujer siempre se le dice que no debe dañar a los niños, que no debe dañar al hombre, a sus padres… Pero no puedes ser artista y no dañar a nadie. Aún diría más: para ser artista tienes que ser un poco desagradable. Tener una visión afilada. Y todo eso no encaja con lo que se espera de ti como mujer. “Anímate, cariño, vaya cara más larga, por qué no sonríes un poco más…” [ríe] Cuando empecé a dirigir para televisión yo era una de las pocas mujeres de la BBC, y siempre sonreía a todo el mundo en las escaleras. Nadie me sonreía de vuelta. Era un mundo muy competitivo. Y yo ahí, sonriendo como una secretaria. Intenté dejar el hábito, pero es difícil [ríe].

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De niña aprendiste que la vida era injusta y que, como decías, el aburrimiento era una energía. Así como la rabia.

La rabia y el aburrimiento han sido los motores de mi vida. Vengo de una familia de clase obrera, nada bohemia, sin dinero pero también sin libros en las estanterías, sin contactos molones ni nada parecido. La generación de mi madre fue aplastada, tuvieron que abandonarlo todo. Salían de la guerra y no las dejaban trabajar (para conseguir un empleo tenías que quitarte el anillo de casada). Solo se las conminaba a ser amas de casa y criar niños. Lo escuchas a menudo: “si no llega a ser por que naciste tú habría sido bailarina”. Eran una generación de mujeres frustradas, y nos convirtieron en militantes. Somos la segunda ola feminista, nacimos de su amargura. Yo solo tenía la rabia de mi madre y mi propio aburrimiento [sonríe]. Estaba siempre indignada, por lo que le habían hecho a aquella mujer tan inteligente. Veía la televisión y me ponía furiosa (aún lo estoy). Yo no era muy guay, ni muy inteligente. El cabreo era mi gasolina.

Hablabas de padres bohemios, siempre tan irritantes para los que nacimos de padres normales, nada intelectuales ni enrollados. Por desgracia, todo apunta a que nosotros somos ahora los padres bohemios. No puedo evitar un cierto autoasco.

[ríe] Sí. Creo que lo que va a suceder es que nuestros hijos van a querer ser normales. Mi hija tiene diecisiete años y está muy centrada. Es trabajadora, constante, toca en un grupo pero solo para divertirse, quiere estudiar inglés en la universidad… Creo que yo le he aportado esa estabilidad. Le he dado la parte de clase obrera, sin pretensiones, sin gilipolleces, y también le he mostrado los libros y el arte. No querría que mi hija estuviese tan desequilibrada como yo. Que fuese tan rabiosa y violenta.

En el fondo deseas que tus hijos sean feli… Perdón. Que sean estables emocionalmente. A la vez sabes que no crearán ningún tipo de arte válido, porque solo los neuróticos y magullados y alienados crean arte que tenga algún valor.

¿Sabes qué? Creo que el arte ha acabado. Si hablamos de occidente, a lo largo del último siglo ha sido la clase obrera la que ha marcado el ritmo visual, del pop y de casi todo. Ahora son los hijos de las clases altas los que están marcando el ritmo, pero nunca harán arte rebelde, porque son los hijos de los gobernantes. A la mierda el arte. Nuestros hijos serán ayudadores, serán facilitadores. Tendrán egos más pequeños. Todo eso de subir a un escenario y hacer poses con la guitarra, esperar a que la gente aplauda cada tres minutos… Es patético.

Desde luego el rock actual está del todo estancado. No puedo comprender cómo puede fascinarle a alguien de quince años.

Estancado es la palabra. ¿Y lo de convertir a uno de esos gilipollas en Dios, solo porque ha hecho dos canciones que riman? El género era radical en mi tiempo, pero ahora ha perdido todo el sentido. Si yo tuviese diecisiete años no pensaría que lo radical es estar en un grupo. Me parecería la opción más cómoda y aburrida. Preferiría ser un activista, o un abogado de derechos humanos, un estudiante de química… Cualquier cosa, en realidad. Yo hice lo que hice porque no tenía nada y estaba llena de resentimiento, y mi único camino creativo fue el que existía. Pero hoy no haría eso.

Puestos a admirar a alguien, admiremos a los profesores de la escuela de nuestros hijos, no al gilipollas ese de Kasabian.

Exacto. Mucha gente me sigue preguntando qué bandas escucho, qué grupos me gustan. Yo siempre contesto que me interesan muchísimo más los cereales del desayuno que los grupos de rock.

En el libro mencionas cómo todos aquellos músicos fueron tus maestros. Los que te señalaron los libros que merecían la pena, los discos que cambiarían tu vida…

Lo fueron. Comprendí lo que era Vietnam gracias los músicos americanos. Supe del Che Guevara gracias a la cultura pop. Me enteré de lo que eran las drogas por las canciones. Se trataba de gente que iba ahí fuera, lo experimentaba y luego venía a contártelo. Ahora, con internet y los viajes low cost ya no necesitas que nadie viaje para contártelo luego. Los músicos de antes eran como trovadores, que iban arriba y abajo del país contando la historia de la gente. Y no eran dioses, o al menos muchos de nosotros no los adorábamos de ese modo. Para empezar, eran gente interesante, espabilada, los veíamos como emisarios, como mensajeros… Yo viví un tiempo en que la música era el vehículo principal de la excitación y la rebeldía. Era peligrosa. No puedo entender cómo hoy se glorifica a unos cuantos pijos con tatuajes recién salidos del colegio privado. Siempre le digo a mi hija que intente distinguir en quién es radical y quien se hace el radical. Una chica rapeando en Afganistán: eso es radical. Arriesga su puta vida.

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Del punk me encanta una palabra que ha caído en desuso: poseur. Era muy útil. Posturero. Hay tantos ahí fuera…

Sí. Y otra que también se usaba mucho era careerist (arribista). Posturero y arribista eran las dos peores cosas que podías decir de alguien. El otro día estuve con dos músicos jóvenes que no paraban de decir “mi carrera esto, mi carrera lo otro”. Me dije: estos dos fulanos pertenecen a una especie distinta a la mía. Podrían ser contables, ya puestos, tanto hablar de su mierda de carrera. La música es algo que va abrir tu mente, transportarte hacia delante, ver las cosas de otro modo. Para estos chicos, la música es solo un modo de empezar empresas. En los sesenta toda la cultura era de clase obrera. Los ricos no participaban en las artes más que como mecenas o mánagers. En los ochenta decidieron empezar a trabajar, pero no en trabajos de mierda. Querían los glamurosos. Qué listos.

Es muy fácil dar por sentado algo que era radical cuando emergió. Hemos visto tantas copias de Hemingway que es difícil explicar lo revolucionaria que era su forma de escribir entonces. Lo mismo sucede con el rock’n’roll.

Desde luego. El contexto es muy importante. Es fácil meterse con Germaine Greer, decir que lo que hizo está pasado de moda, pero en su momento aquello era insólito. Internet tiene una tendencia a reescribir la historia con alteraciones. Por eso decidí escribir el libro en primera persona. Hay demasiados libros de hombres que no estuvieron allí, hablando de los tipos de guitarras que utilizaba no sé qué individuo. Es como un hobby de nerds.

Lo de la ropa también ha perdido sentido. En el libro explicas que te ayudó a “reconocer a un hermano” (en el caso de Mick Jones). Pero la estética se ha banalizado por completo.

Habrá feministas actuales que objetarán al título del libro. Chicos, ropas, música, qué poco feminista. Pero los chicos que yo conocí estaban muy politizados, eran gente muy sensible e interesante. Y en cuanto a la ropa, en aquella época decía quién eras. Te separaba. Te arriesgabas a que te violaran, que te atacaran, con cierta ropa. Hoy puedes ir a Primark y vestirte de punk, a la mañana siguiente de rocanrolera 50’s, a la otra de estudiante pija… Cada día adoptas un personaje, cosa que en el fondo me parece bien. Pero que quede claro que no tiene nada que ver con lo que te sucedía si te vestías de punk en 1976. No es comparable. Para nosotras la ropa era una especie de panel de anuncios. Especialmente en el caso de The Slits, porque mezclábamos en nuestra imagen todo lo que se esperaba de una mujer, solo que revuelto: un poco de sadomaso, un poco sexy, un tutú de ballet, zapatos de tío, chaqueta de delincuente… Y la gente lo odiaba. Sabían que nos estábamos mofando de todos los estereotipos.

El mundo de The Slits era uno donde un colega punk podía venir a decirte: “nosotros también queremos a un pibón en la banda”. Y no señalo a nadie.

[ríe] Pobre Paul Weller. Aquello era el mayor elogio que podía imaginar. Y él era buen tío, nada abusón ni maleducado. Es un buen ejemplo de lo arraigadas que estaban ciertas costumbres. Hoy me he acordado de mi padre, de cuando volví a verle después de muchos años separados, y andando por la calle no paraba de señalar a otra mujeres, mira esa, qué fea, mira esa qué buena está… Todos los hombres se creían con el derecho de hacerlo, ni siquiera era algo arriesgado. Las mujeres estaban para que tú las juzgaras. Yo le dije: “deberías echarte un vistazo antes de ir por ahí juzgando a las mujeres”. Mi padre se quedó de piedra. Jamás habría imaginado que lo que hacía fuese reprobable. Todos los chicos con los que salí tenían algún comentario que hacer sobre mi cuerpo: “tienes el típico cuerpo de pera inglés”, “tu nariz esto”, “tu barbilla hace eso otro cuando ríes”… Al final estás tan cohibida que ni te atreves a desnudarte. Los chicos de hoy son diferentes, según me cuenta mi hija. Mucho más considerados. Pero en la época aquella mierda asesinó mi sexualidad. Me agotó. The Slits estuvimos juntas menos de siete años, y aún me siento agotada por todo aquello. Siete años de pelea constante.

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En el libro no aparentas ser feliz en ninguna foto, hasta la página en que sales sosteniendo a tu hija. En todas las fotos de la banda, o de la época punk, apareces preocupada o triste.

Es interesante que lo veas así. Nunca tuve un solo momento de gozo, o felicidad, es del todo cierto. Inspiración sí, satisfacción artística también, pero nunca alegría. Tampoco de niña. Quizás si me hubiese dedicado activamente a la búsqueda de la felicidad la habría terminado hallando, pero no era eso lo que quería. Quería retos. Pero a la vez todas las puertas se me cerraban porque era una chica sin estudios y sin un duro. Nunca pensé en ir a la universidad, o formar un grupo. Todo se me presentaba como imposible. Todo era lucha.

En el libro dices algo parecido a lo que Steve Jones afirmaba en The filth & the fury: creía que los músicos caían del cielo.

Y tanto. Por eso cuando vi a los Pistols pensé: he aquí algo que yo podría hacer. Son exactamente igual que yo, solo que son chicos. De clase obrera, de la misma zona, mismos colegios, mismas voces, misma falta de títulos, misma impericia musical. Por primera vez vi que gente como yo podía hacer algo. Que no tenías que ser una cantautora glamurosa como Joni Mitchell, o una chica sexy y desacomplejada como Suzi Quatro o The Runaways. El único salto que tuve que realizar fue de chico a chica.

Lydon ayudó a vencer complejos, sin duda, con su inseguridad física y su timidez.

Sí, y creo que se estableció una cadena, en la que nosotras adoptamos ese papel para otras chicas. No éramos glamurosas, ni ricas, ni intelectuales ni veníamos de familias cool. No éramos la jodida Laura Marling, que es hija de un puto conde. Cuando regresé a la música a mis cuarenta años mucha gente me venía a decir que yo era una “leyenda”. Nunca nadie me había dicho algo así, y desde luego no me sentía como tal. En mi libro traté de deconstruir eso de la “leyenda”, para que cualquier chico, o chica, o transexual, o chaval de clase obrera, viese que no hace falta ser un guay de nacimiento como los nuevos artistas. Que puedes ser todo lo mierda, y todo lo tímido, y todo lo inepto que desees, igual que yo. E incluso así hacer algo con tu vida.

Los músicos que me hablan a mí tienen una cosa en común: están muy poco cómodos en su propia piel. Vic Godard, Wreckless Eric, Lydon, Bill Withers, Ray Davies, tú misma… Siempre parecían desear estar en otro lugar.

Creo que lo raro es sentirte cómodo con el espectáculo. Desconfío de la gente para la que estar ante los focos es lo natural. Vas a cualquier concierto ahora, de cualquier banda de tercera, y el espectáculo es fastuoso. Me parece incomprensible. Para hacer arte que sea relevante a cualquier nivel tienes que tener los pies en el suelo y dudar de ti mismo durante todo el proceso. Si vas a estar allí arriba, en el escenario, aporreando un trozo de madera durante tres minutos, con un estribillo a repetir cada dos, al menos tienes que ser consciente de que lo que haces es como el Mago de Oz. Que hay un elemento de timo en ello. En caso contrario no eres un buen artista.

Lo de The Slits, si uno no conoce su historia, podría parecer un proyecto científico planeado al milímetro: cojamos algo de dub, algo de free jazz, una pizca de punk, pillemos a una alemana de 14 años que baila como una mantis… Cuando en realidad era todo accidental.

Todo partía de ideas muy abstractas, muy espontáneas. Veo a grupos que están muy preparados, que han estudiado muy bien su camino, que casi parecen musicólogos. Han ido a colegios de música, y lo saben todo de estructura, pero tienen una visión muy limitada del mundo. Por el contrario, todos los músicos de los sesenta y setenta habían ido a la escuela de arte. Casi nadie sabía tocar, pero se valoraban todos tus talentos. Todos los que no querían un trabajo manual o una carrera formal iban a la escuela de arte. Allí tuvo lugar una fertilización cruzada. Se juntaba la música, las artes plásticas, el cine, el teatro… No había otra cosa. Hoy esto se ha puesto en compartimentos separados, es mucho más aburrido. Vas a la escuela de música y estudias música.

Si agarras un Quién Es Quién del pop de los sesenta o del punk te das cuenta de que toda la gente interesante venía de la escuela de arte.

Si tenías cierta edad, un temperamento artístico y no sabías qué hacer con tu vida te enrolabas en la escuela de arte. Todos tus artistas favoritos habían ido allí. Yo no tenía ni idea de qué iba a aprender. Solo que pasaría tres años sin trabajar, besuqueando a un montón de chicos y haciendo cosas fascinantes. Desde luego no era un paso pensado para conseguir algún tipo de ocupación fija, o una carrera. ¿Carrera? Eso es lo último que se me pasaba por la cabeza. Ahora voy a dar charlas a escuelas de arte y todos los estudiantes apuntan lo que digo en sus libretas. Lo tienen todo planeado para que esos tres años den un fruto rentable. Para montar sus negocios. Pero hace unas décadas nadie lo vivía así. Era algo tan hermoso, lo de vivir al día, sin la menor perspectiva de futuro… Y si algo interesante se te cruzaba por delante, lo cogías. Y si luego había otra disciplina que te atraía más, cambiabas de idea. Se fomentaba la espontaneidad. Todo lo que aprendí en la escuela de arte lo llevé a The Slits: cómo trabajar lo visual, cómo hacer que nuestros cuerpos fuesen lienzos, que todo lo que llevamos y los colores que usamos tuviese un significado, que los signos dijesen algo. Cogimos todo lo que se suponía que tenías que hacer con una guitarra, y la postura que tenías que usar, y cómo tenía que sonar, y lo desmontamos en muchos pedazos, y luego lo volvimos a montar. Nos lo inventamos por el camino. Eso era lo mejor, no formar parte de la tradición del rock’n’roll. Incluso gente como Steve Jones, que es adorable, había pasado horas delante del espejo haciendo posturitas de rockero. Pero The Slits no. Nunca esperamos que haríamos algo así. Todo era nuevo.

En el libro dices que cuando empezabas a tocar te planteaste “cómo sonaría yo si fuese un sonido de guitarra”. Dudo que nadie en el rock se haya preguntado eso, jamás.

Es cierto. Lo siento, pero los grupos de chicas del punk eran mucho más radicales que los grupos de chicos. Ellos todavía pensaban en Buddy Holly, en Keith Richards… Por mucho que estuviesen en el punk tenían esos modelos a seguir de los que no podían zafarse. Nosotras no. Nunca copiamos a los hombres. Tuvimos que inventar otro lenguaje, porque no existía.

Y si os fijabais en alguien era en Sun Ra, o Max Romeo.

O Don Cherry. O Mary Poppins. Nuestros modelos eran extraños, no nos daba ninguna vergüenza coger de todas partes. Y Ari era tan joven… No le había dado tiempo a que la sociedad le jodiese la mente. Era alemana, había pasado media infancia en un internado, en cierto modo era como si su mente estuviese inmaculada, era como una niña salvaje. Parecía Kaspar Hauser.

Como decíamos antes, los artistas no tienen por qué ser “majos” de un modo convencional.

Ari era muy difícil. No sé qué habría sido de ella de no ser por el punk. En serio. Le salvó la vida. Le proporcionó una válvula de escape y una dirección para toda aquella energía demencial. Todos éramos gente rara, todos veníamos de familias jodidas. No había internet, no había revistas que hablaran de nosotros, gravitamos hacia el punk porque era el único sitio que nos aceptaba. Todos padecíamos trastornos de personalidad en uno u otro grado. Ahora se utiliza el término “apareamiento concordante”: un determinado tipo de gente se junta por un factor determinado. Acabamos en la tienda de Malcolm y Vivienne porque éramos el mismo tipo de gente. Hoy en día sucede algo interesante y millares de personas se enteran al momento. Pero entonces tenías que tener una mente determinada para acceder a aquello. Era una voz que se filtraba a través de las generaciones, pero que se mantenía a salvo del pensamiento común. Ahora hay una exposición punk en Londres. Horrible. Y me alegra que no haya nada allí. No tienen nada que mostrar. Porque en realidad era una actitud, no algo físico.

Siempre he visto el punk americano como una cosa más enrrollada, más rocanrolera. Mientras que el punk inglés nació de un puñado de inadaptados con mala dentadura. Chavales vírgenes y patizambos.

Yo opino lo mismo. Creo que el punk americano es una cosa distinta. Eran gente mucho más sofisticada y callejera. Navajas automáticas, chupas de cuero. En los Ramones había chaperos, por ejemplo. En sus círculos había prostitutas, heroína. Patti Smith venía de la poesía. El punk inglés era muy inocente, comparado con aquello.

El sexo en el punk inglés siempre es desastroso. En tu libro hay varios ejemplos de sonrojante impericia. Tu mamada a Lydon es quizás el momento del libro que da más dentera.

[ríe] Las mamadas eran cosa de americanos. Los americanos llevaban años y años practicando felaciones a diestro y siniestro, era como una tradición nacional. Según he leído, muchas madres americanas recomendaban la felación como sustituto al coito, para evitar embarazos no deseados. Pero aquí eso ni existía. No teníamos ni porno. Ni videos. Si querías ver películas porno tenías que ir a un cine X, pero nadie lo hacía, era una cosa de viejos salidos. Así que lo que todos practicábamos era una especie de sobeteo absurdo durante horas. Una cosa sin sentido. Al final perdías interés.

Todo era tan excitante que follar era la última de las prioridades. “Sexo son dos minutos de sonidos chapoteantes”, como dijo John Lydon.

Sí. Nadie pensaba mucho en ello. Y todo lo de la ropa sadomaso era una cosa extrañísima, nadie había visto jamás esos artilugios. Aquello era algo que alguna gente (gente rica) utilizaba en la más estricta privacidad. Nosotros lo usábamos para ir por la calle y resultaba escandaloso, pero lo más interesante no era eso. Lo interesante es que nos hacía parecer que estábamos al tanto del rollo sexual, cuando no lo estábamos en absoluto. Había dos chicas de toda la movida que se prostituían, pero eran una rareza. Y en cuanto a los chicos, tenían todos diecisiete, máximo dieciocho. No tenían casi experiencia. Hacían lo mismo que los niños en el patio: meterse con todo aquello que no tienen o no pueden hacer. La frase de Lydon viene de ahí. Se hicieron famosos a la vez que descubrían el sexo. No eran mujeriegos, precisamente. Aparte de Steve Jones [ríe].

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Hablando de Steve Jones, tu libro se añade a una larga lista de memorias punk. Exceptuando la de Jah Wobble, que insiste en que Lydon es una sabandija inmunda, las demás tienden a coincidir en pintar a Lydon como el tío brillante y a Sid como el cenutrio bizqueante. Tu libro cambia un poco esa visión.

Sid se hacía el tonto, que es muy distinto. Para llevar la contraria. Y era uno de los miembros más dañados psicológicamente del punk. Su madre era yonqui. Si consideramos en qué tipo de hogar creció aún puede decirse que le fue más o menos bien. Porque estaba maldito desde que nació. Su madre era una mujer inteligente, pese a todo, y él también lo era.

Sid opinaba que tener una opinión sobre algo era “pretencioso”.

Veía más allá. Estaba rodeado de gente que no paraba de hacer afirmaciones palmarias sobre esto o aquello otro, pero que en realidad estaban en la inopia. Él podría haberlo abrazado todo, cualquier opción. Sid era un hombre interesante que acabó destruido.

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Tu libro habla de él con un cariño palpable.

Mira esas fotos: era solo un niño desvalido. Me rompe el corazón ver alguna de esas filmaciones donde da cabezadas por culpa de la heroína, y no para de disculparse. Por otro lado, él y yo éramos distintos. Él siempre había soñado en ser una estrella del rock. Él y John. Estudiaban los ritos del rocanrol. Eran los niños que se vestían como Bowie e imitaban a Bolan ante el espejo. Pero las Slits no éramos así. Nacimos de la más absoluta nada, sin ningún tipo de bagaje rock. Y eso, por supuesto, también acabó con nosotras.

En todas las biografías del punk y post-punk hay un trozo en donde saca la cabeza Vic Godard. En la de Tracey Thorn era como ídolo, en la tuya es más como…

Un cómplice, sí. Subway Sect eran el grupo con el que nos sentíamos más identificadas musicalmente. Pasábamos mucho tiempo juntos, yo me acostaba con Rob [Symons], éramos uña y carne, íbamos al cine juntos. E incluso así, eran chicos blancos que habían acabado el bachillerato, y que venían de familias más privilegiadas. Es mucho más fácil desperdiciar tu talento y confianza en ti mismo si naciste con él. Yo no tuve ninguna. No quería desperdiciar lo poco que tenía.

El entorno tampoco era el más amigable. Describes un momento en que fuiste a ver a tu amigo Sid Vicious para que te echara de los Flowers of Romance después de que tu exnovio Johnny Thunders te convenciese para meterte heroína.

Todo el mundo estaba muy jodido. Yo creía que Thunders estaba siendo amable, pero era solo una estrategia de manipulación yonqui. Los yonquis buscan acólitos. Él sabía que yo estaba triste, y tenía jaco en casa. Me puso en una posición vulnerable para que no pudiese decir no. Es un viejo truco de control, pero me llevó veinte años darme cuenta de ello.

Es un libro muy honesto. No solo por lo que dices de los demás, sino por lo que afirmas de ti. Tu resentimiento hacia Ari Up, por ejemplo, porque decías que te copiaba. Podrías haberte puesto en el papel de mentor benevolente, que siempre es más agradecido, pero decides decir la verdad.

Fue difícil poner eso en palabras. Durante todo el libro lo pasé fatal a la hora de explicar que había sido deshonesta, o que había engañado a alguien, o explicar mis necesidades corporales. Me daba miedo pensar en que iba a publicarse. Pensaba que iba a ser troleada sin compasión, que la gente iba a decir que mi cuerpo daba asco y mi personalidad aún más. Pero necesitaba ser honesta. Asumí que no iba a tener novios nunca más, y que perdería a los amigos que aún tenía. Sufrí una crisis nerviosa al terminarlo. Pasé tres meses sin salir de casa. No sabía ni si estaba bien escrito.

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La segunda parte del libro (la de después del punk) es una historia de renacimiento. ¿A dónde vas desde allí? Mucha gente pierde el norte después de haber sido precozmente audaz en su juventud.

Sin duda. Las cosas también han cambiado en ese sentido. Hace cincuenta años la segunda parte de tu vida se parecía mucho a la primera, porque trabajabas en el mismo sitio hasta que morías. Pero hoy ya no es así, no solo para los artistas. A lo largo de mi vida he tenido cinco o seis viajes, y creo que eso no es una excepción. Probé muchas cosas.

Tras haber agarrado una guitarra sin tener ni idea y hacer lo de The Slits, supongo que no era un salto de fe tan insólito pensar que podías dirigir un filme.

En cierto modo no. Pero tampoco creía que podía ser una cirujano. O astronauta. Ni siquiera abogada [ríe]. Para mí no se trata del medio. No quiero mitificar lo de la música, ni el cine. La plataforma me da un poco igual, mientras pueda comunicarme. No pongamos en un pedestal el tema de la música, la pintura, la poesía… hay que escuchar lo que nos cuentan. Agarrar una guitarra y subir a un escenario no tiene nada de heroico o interesante si no tienes maldita cosa que decir. La gracia del punk era precisamente que daba un poco igual la forma en que decías algo, si tenías algo que contar. Y si no lo tienes, estate calladito durante diez años, luego vuelve y di algo.

Cuando tú regresaste de tu exilio familiar tuviste que volver a aprenderlo todo. A tocar la guitarra también.

Me aterrorizaba lo de presentarme a veladas de micrófono abierto en pubs, pero algo me empujaba a hacerlo. Era como una especie de locura. Como si no fuese yo. Muy raro. Una fuerza tiraba de mí. Porque no era la Viv pensante la que decidió meterse en aquello. Era otro tipo de criatura que vivía en mí la que me dijo: “da igual si haces el ridículo, o eres vieja, o eras malísima. Vas a presentarte a ese micro abierto”. ¿De dónde salió eso? Vas a joder tu matrimonio de 17 años, tu hija te necesita en casa… Las razones para no hacer lo que hice eran enormes. Pero si consigues sintonizar con… No sé como llamarlo. Yo lo siento como un río subterráneo que fluye en mi interior. Si logras conectar con eso, te dominará. Harás lo que haga falta. Mi marido creía que era un acto de supremo egoísmo. Que no tenía sentido después de haber pasado nueve años en casa cuidando de mi hija. Asimismo, hay un momento en que tu hijo tiene ocho o nueve años y tú, como padre o madre, vuelves a mirar al exterior. Porque tu hijo ya es una persona. Muchas mujeres se separan en ese preciso momento. Se les abre el cielo. Tu cría ya puede alimentarse sola. Es algo animal. Al mismo tiempo me pregunté qué tipo de ejemplo quería yo representar para mi hija. Ella ya no necesitaba una niñera. Empezaba a necesitar un ejemplo a seguir. Y conseguí que me viese así. Un día yo era parte del mobiliario. Al otro era una persona que salía y tocaba la guitarra y escribía letras y le pedía la opinión. Y eso puede parecer egoísta durante unos años, porque quizás estás haciendo menos cenas, pero germina en algo que es mucho más importante para un niño. En una madre que merece la pena, en suma.

Tu exmarido queda como un completo capullo. Con perdón.

El pobre se asustó. No era así al principio. Es una paradoja, creo que común en algunos hombres. La razón por la que se enamoró de mí fue lo que le fue distanciando de mí con el tiempo. No intentó formar parte de ello. Algo le dijo que si yo continuaba con la música él iba a quedar al margen. No era cierto, pero él estaba tan convencido de ello y se opuso tanto a mi camino que al final sus miedos se hicieron realidad.

Tuviste una época de retiro absoluto en la que solo eras madre, las 24 horas. Permíteme que te pregunte esto: ¿cómo aguantaste tanto tiempo haciendo ver que eras normal, con los otros padres y madres normales? En una ocasión le hice esta misma pregunta a Tracey Thorn y se lo tomó fatal, dijo que ella no miraba a la gente de ese modo. No sé si estaba siendo sincera.

Quizás sí, y para ella esto era fácil, porque es una persona normal [ríe]. Pero para mí fue un suplicio. Me sentí un fraude total. Una absoluta automarginada. Fue agónico. No comprendía como aquella gente tan centrada y normal podía dejar que sus hijas se quedaran en mi casa. Me esforcé tanto para parecer normal, para que mi hija tuviese amigas y nadie pensara que era una friqui… Pensé que si nadie se enteraba que yo era la guitarra de The Slits las madres de las amigas de mis hijas las dejarían quedarse a pasar la tarde. Y me sentía forzada a ser doblemente buena. Que nunca hubiese el menor riesgo, porque ya era riesgo suficiente que estuviesen al cuidado de alguien con mi pasado. Nadie sabía de ello, porque yo llevaba el apellido de mi marido. Fueron años de sentirme como un pez fuera del agua. Quizás Tracey Thorn no necesitaba el camuflaje, porque encajaba de perlas en medio de todas aquellas mamás, pero para mí fue una pesadilla. Lo peor es que seguro que me equivocaba, que a nadie le hubiese importado. Pasaron años, hasta que mi niña tenía siete años o así, en que se lo confesé a alguien. Mi hija ya iba a una escuela secundaria de Camden, y allí sentí que había una mayor afinidad con algunos padres. Mi consejo para futuros padres es: si vas a llevar a tu hijo a la escuela y no eres demasiado normal, no lo lleves a un sitio que es el epítome de la normalidad. Porque a tu hijo va a resultarle raro que te comportes de forma tan distinta en casa y en el colegio [sonríe].

Dicho esto, no hay nada peor que los colegios donde todos los niños son hijos de directores de cine, actores y músicos rock. En Barcelona hay unos cuantos. Puag.

No, claro. Mi hija va a una secundaria típica. Hay de todo. Desde la hija de un mandamás de The Guardian hasta los hijos de casas de protección oficial de la zona. Los hijos de artistas famosos en colegios como los que mencionas llevan vidas enrarecidas y muy aisladas. No comprenden los problemas que tiene la gente trabajadora, porque no van a la clase con los hijos de esa gente. Vivirán siempre la vida en la crema, en lugar de en la leche.

Tu vida está plagada de golpes de suerte pero también de impactos de tremenda mala suerte. Plenitud artística y maternidad se alternan con cáncer y violencia de género de un modo que parece novelístico. Tienes algo bueno y de golpe te lo arrebatan.

Creo que es otra consecuencia de haber crecido en una familia disfuncional, con un padre con graves trastornos psicológicos. Tiendo a gravitar hacia la dificultad. No puedo evitarlo. Es como si me sintiese atraída por las naturalezas abusivas. Supongo que también es culpa de mi falta de autoestima. Nunca crees que merezcas algo, así que acabas mezclándote con lo peor. No culpo a los demás. Tampoco a mí. Es otra de las razones para no estar en pareja. No se trata de que todos sean malos, sino que yo no sé escoger a los buenos. Me parece una razón de peso para dejar de buscar. No es tan grave si eres joven, puedes sacudirte los malos tratos de encima con más facilidad. Pero a los cuarenta o cincuenta, con una hija, ese escenario es una cosa seria. No me importa que se metan conmigo en las artes, es un mundo cruel y estoy acostumbrada (además, tiendo a ambicionar cosas que están por encima de mis posibilidades, lo que me hace tropezar y exponerme a la crítica mucho más a menudo que otros). Pero en mi vida privada eso es distinto. No quiero que me traten mal.

Las novelas negras se equivocaban. La culpa no es del mayordomo, sino de los padres.

Mi nuevo libro va de padres disfuncionales en los años cincuenta. Es una búsqueda de qué me convirtió en la persona que cogió la guitarra. Y cuando descubrí lo que me hizo así, vi que era jodido. Todos estábamos jodidos. Por eso hicimos lo que hicimos. Porque estábamos medio locos. Pero a la vez ese camino no para de llevarte a precipicios y caminos sin salida. Yo me he hallado en muchos de esos. El cáncer me vino de eso, estoy convencida.

¿De la parte emocional?

Sin duda. No es que me culpe de ello, pero tuve cáncer por la forma en que viví mi juventud. El tiempo era el que era y no hubiese podido hacerlo de otro modo. Pero aquella angustia tuvo sus consecuencias. Podría haber llevado una vida tranquila, conocer mi lugar, no salirme de la fila, quedarme con los de mi clase social… Pero no era lo que yo buscaba.

El escritor Harry Crews siempre decía que tu destino como artista de clase obrera es estar perpetuamente alienado: de la clase de la que te extirpas, y de la clase “artística” a la que desembocas. Nunca encajarás.

¡Muy cierto! Jamás formarás parte de nada. Es tu destino. Y yo he hecho las paces con ese destino. He decidido hablar de mi familia, de mis parientes. Muy pocos artistas hacen eso, diciendo toda la verdad. Yo lo he hecho. Mi padre tenía Asperger, pero jamás le diagnosticaron así. Nadie utilizaba la palabra entonces. Mi hermana y yo también estamos en el espectro autista.

¿Te han diagnosticado así?

No. Lo sé y ya está. No necesito que me lo ratifiquen. Mi padre, mi hermana y yo padecemos lo mismo los tres. A mi padre le zurraban porque creían que era estúpido, que no prestaba atención. Ni siquiera a Ari Up, que era Asperger total, la trataron como tal. En los setenta no existía el término. Eras raro y ya está. O antipático. O maleducado. Saberlo a los diez u once me hubiese ayudado, claro, pero ahora, ¿de qué coño me sirve ese diagnóstico? Un hecho interesante es que la investigación del autismo en chicas está muy poco avanzado, porque cuesta muchísimo más detectar los casos, incluso hoy. Y eso sucede porque las mujeres son grandes observadoras, saben instintivamente cómo camuflar sus taras, como comportarse en público, y han conseguido disimular sus patologías durante décadas. Es obvio que mi comportamiento en los setenta era obsesivo compulsivo. Mi obsesión con ciertas canciones. No podía salir a la calle si tenía una arruga en la falda. Intentaba ser amable pero me salía al revés, y decía cosas horribles sin ninguna mala intención. No hace falta ser un genio para ver lo que me pasaba.

(Ambas entrevistas, en formato corto y kilométrico, son propiedad de aquí el menda, Kiko Amat).

Pablo Rivero: la magia de los hijos de puta

https://i1.wp.com/www.anagrama-ed.es/img/autores/1416.jpgPablo Rivero, uno de nuestros mejores autores patrios, se une al catálogo de Anagrama. Un acto de justicia mezclado con feliz azar ha causado, por añadidura, que su tercera novela Érase una vez el fin aparezca a continuación del reeditado El día del Watusi de Francisco Casavella. Pero evitemos la comparación fácil. Demasiados mindundis afirman haber recogido la antorcha del Jefe como para reducir a Rivero a posición tan servil. Rivero, para empezar, no necesita universos ajenos: ya posee uno la mar de poderoso, duro y terrible, que ha plasmado en novelas indómitas como La balada del pitbull o Últimos ejemplares.

Pablo Rivero no es un escritor amable. No acudan aquí si acaban de leer a Albert Espinosa. El título original de esta obra, sin ir más lejos, era La magia de los hijos de puta. Habla de sordidez y hastío, de precariedad y violencia demente, de pringoso auto-odio, de asco antisocial, de una temible rabia de clase que la mayoría de escritores ni siente, ni entiende, ni intuye. Su argumento, un alcoholizado pianista de bar que huye de sus acreedores y se desmorona a ojos vista en un Gijón desolado, es la espita por donde gotean numerosos demonios del pasado, de amor manchado, de culpa, vergüenza y sumisión proletarias. Debacle y traición: ese es el mundo que habita nuestro gijonés.

Érase una vez el fin es también una intestinal carta de desprecio excretada sobre la “era digital”, la “desoladora frivolidad” de los nuevos ricos y la estupidez incurable, orgullosa en su barbarie, de nuestro pueblo. Clase obrera incluida. “Fue así, consintiendo las calumnias ajenas”, escribe, “como se transformó mi alma, casi incorrupta hasta entonces, en un auténtico saco de mierda, en un vertedero de frustraciones como el alma de los demás. De esta manera tan poco sofisticada comencé yo también a hacer magia, magia ruin y vulgar al alcance de todos, la magia de predicar lo contrario de lo que sientes (…). La misma magia de los políticos, la magia de los patios de colegio. Magia de la calle, magia de España, magia de hijo de puta”.

Hay mucha rabia en Rivero, ya lo ven, pero no es del tipo Manolo Kabezabolo. Así como la intensidad musical se mide por pasión, no por volumen, Rivero transmite su alienación escribiendo como los ángeles. “Tiniebla y miseria, zafiedad y mentira”: en tales mugres se sumerge Rivero, e incluso de esas simas es capaz de emerger con fuego y éxtasis, humor y belleza. Sin moralina ni melindres, ni condescendencia hacia “parias” y “calzonazos” (sus sospechosos habituales).

No hallarán mucha redención, bondad inmaculada o esperanza de vida en Érase una vez el fin, eso es cierto. Rivero hace que Hubert Selby Jr. parezca Enid Blyton. Lo que sí hallarán es verdad y fuerza como pocas veces han leído, escupidas en 134 aceleradas páginas que se le cuelan a uno por el costalar y allí se quedan, en el corazón (tiznado, abatido, apuñalado) para siempre. Kiko Amat

 

Érase una vez el fin

Pablo Rivero

Anagrama

134 págs.

(Crítica aparecida previamente en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia del 12 de marzo del 2016).

En pocas palabras: CAITLIN MORAN

fotonoticia_20150508172512_644¿En qué piensas cuando alguien dice la palabra Wolverhampton?
En la carretera de salida. Literalmente. A449, dirección Londres. No solo porque quería huir de allí lo antes posible cuando era joven, sino porque era la carretera que tenías que cruzar para acceder al primer club al que fui, un pub donde ponían música indie. Gracias a la brutal arquitectura urbana de los 60’s y 70’s, no había puentes ni túneles para pasar de un lado a otro. Visualiza a una niña de 15 años (ya borracha) intentando cruzar una autovía.
¿Has estado alguna vez a punto de morir por el indie rock?
Sí, pero por la priva. En los dos primeros años de mi adolescencia no entendía cómo beber. He tenido sobredosis de sidra. La primera vez que fui a un pub con la gente del Melody Maker y me preguntaron que quería, dije: sidra con soda. Pensé que sonaba más adulto que sidra sola.
Hemos pasado por varias décadas de rock’n’roll, tú y yo. ¿Cuál es tu favorita?
Los 60’s vieron innovaciones increíbles. Imagina un mundo donde un día no existía Sgt. Peppers y al siguiente sí. Pero por otro lado nadie creía que la heroína fuese mala idea. Los 70’s molan porque podrías ir a un montón de clubs y chingar, pero lo malo es que la mayoría de los tipos que te chingabas morían de sida en los ochenta (lo cual daba bastante bajón). Los 80’s son mi década: las canciones llevaban demasiados teclados y todo el mundo vestía como Tom Cruise en Top Gun (y eso daba miedo), pero en el indie, al menos, todo el mundo quería ser Robert Smith de The Cure (y eso es bueno). Los 90’s y primeros 2000 representan mi música favorita (pop/R&B como Justin Timberlake o los Neptunes), pero la ropa era nefasta.
En tus artículos, así como la novela, suelen aparecer testículos. ¿Por qué crees que los órganos reproductores masculinos son tan graciosos?
Creo que es el sitio donde están colocados. El pene puede ser noble, o temible, o poderoso. Pero justo detrás están los típicos dos compis embarazosos del pene: las bolas. ¿Sabes el típico guapo en el bar que siempre va acompañado de dos tíos bajitos y feos? Pues eso son las pelotas. Los colegas no enrollados del pito. Los coristas de la polla.
Dylan Moran dijo que los genitales masculinos tenían pinta de algo que podría colgar de la boca de un tiburón.
[carcajada] Ciertísimo. Una de las cosas más divertidas de ser madre es hinchar globos para una fiesta de cumpleaños, y unir dos globos redondos con un globo alargado. Y colgarlos. Y que tu hijo de 5 años llore sin saber muy bien por qué.
¿Cuál fue la mayor crueldad que perpetraste como crítico musical?
Cuando uno de C+C Music Factory murió de meningitis, hice una broma con su single “Gonna make you sweat”. Dije algo así como: “no sudaré tanto como cuando a David Cole le subió la temperatura y murió de meningitis”. Luego hubo otra que sentó muy mal por un malentendido. Hablando de “Cannonball” de las Breeders, dije que Kim Deal tenía unas pantorrillas enormes. Quería ser un piropo, que eran muy musculares y todo eso, pero ella creyó que estaba criticando sus piernas fofas. Se mosqueó, especialmente porque por aquel entonces yo estaba bastante rechoncha. Allí empecé a pensar que quizás debería leer un poco más sobre feminismo.

¿Quién es el crítico musical más insufrible que existe? ¿Greil Marcus o Nick Kent?
Ambos. Me encanta reírme de los niños que toman el rock demasiado en serio. Es bueno que hayan encontrado un hobby que no implica asesinar personas y que los mantiene fuera de las calles, Dios los bendiga.
¿Qué rockstar te ha caído peor?
Lo bueno de haber sido una niña pequeña que entrevistaba a grupos era que casi nadie se comportaba conmigo como un cabrón. Si eres un supergrupo de estadios que se acaba de inyectar heroína, y de repente entra una chavala de 16 años de Wolverthampton con los ojos como platos y un acento espantoso, lo más posible es que seas muy simpático con ella. Quizás por temor a su madre. El más borde fue Clint Mansell, de Pop Will Eat Itself, pero en aquel caso fue todo culpa mía. Cancelé una entrevista por teléfono cuando ellos ya habían acudido a la cita, pues tenía una terrible infección de orina. Le dije a Clint Mansell que viniese a mi casa, y le entrevisté desde la cama, en bata y tomando medicamentos. El tío no fue muy simpático. Nadie quiere que su gran entrevista se la haga una niña que todo el rato dice “¡Me duele al hacer pipí!”.
¿Y quién ha sido el más majo?
Mark Eitzel, de American Music Club. En mi primer Glastonbury me hice un tajo en el pie e iba por ahí cojeando, y vino Eitzel y me vertió un poco de su whisky en la herida para esterilizarla. Kirsty McColl vino a casa y estuvimos cantando canciones, y luego vomité encima suyo, y no se enfadó. A Shirley Manson de Garbage la entrevisté estando yo con gripe, y ella decidió que para curarme teníamos que irnos de parranda juntas. Acabé sentada en el váter mientras ella me iba pasando chupitos por debajo de la puerta, gritando “¡Bebe esto! Es tu medicina!”. Courtney Love y Lady Gaga también fueron muy majas, quizás porque somos mujeres y tendemos a aliarnos.
¿Alguna rockstar te ha tirado los tejos?
No, eran majos incluso para eso. Se negaban a follar conmigo, porque me respetaban como ser humano. Por supuesto, yo no quería que me respetaran como ser humano. Yo quería poder decir que me había acostado con gente famosa. Pero nunca lo hicieron, maldita sea.
¿La cruel crítica a Soup Dragons que aparece en la novela existió de verdad?
No, me la inventé, y fue muy difícil volver a ponerme en la mentalidad de un crítico totalmente cabrón. Iba a poner la famosa crítica real a Ned’s Atomic Dustbin donde le deseaba la muerte al cantante, pero continúa dándome vergüenza. En la de Soup Dragons solo les comparo a nazis. Es una mejora.
Lo peor y mejor del Britpop fue…
Lo mejor es que fue una pasada. Mi pésame para todos los que son demasiado jóvenes o no estaban en Inglaterra en aquel momento. Diversión a raudales. Cada semana. Un día Blur sacaban el Modern life is rubbish, al otro Pulp lanzaban “Common people”, al otro aparecía Trainspotting en el cine… Lo peor del britpop es era tan inmenso que tapó todas las otras cosas chulas que estaban sucediendo. Como el trip hop, que ya nadie recuerda. O la Americana. O el New Rave, que era una escena gigantesca. Pero todo eso tiende a olvidarse, y la imagen que nos ha quedado es de una multitud de mozos blancos heterosexuales berreando “parklife!!” por las calles.
¿Quién es en realidad la estrella del rock del libro, John Kite?
Lo triste de esto es que me ponga caliente un personaje que inventé. Tendría que habérmelo callado, porque es una perversión muy rara. Me encantan las novelas picantes de Jilly Cooper, y en ellas siempre aparece una arquetípica estrella del rock: el chico flaco en pantalones y chaqueta de cuero, gafas de sol, un poco estúpido y que todo el rato intenta follar con chicas adolescentes. Pero las rockstars con las que yo crecí no eran así. Eran los Manics, o los Teenage Fanclub, o los Boo Radleys: chicos de clase obrera que habían leído mucho, y con los que podías pasar la tarde entera en el pub contando historias y hablando de política, y que siempre eran increíblemente caballerosos y encantadores. John Kite es un tercio Guy Garvey de Elbow, un tercio Richard Burton y un tercio John Grant. Cuando en todas las novelas aparecen chicas enamorándose de rockstars gilipollas eso daña a las mujeres y daña a la música. Y en mi novela era muy importante que esa rockstar no se encamara con la protagonista. Hollywood está infestado de pelis donde el actor principal de 55 años consigue acostarse con la actriz principal de 24, y nadie ve eso como un poco… Incorrecto.
Siempre pienso que ser tú debe ser agotador. Toda esa hiperactividad… ¿Nunca te quedas embobada mirando una pared sin decir ni pío?
[Ríe] Por suerte para mí (que no para la gente con la que vivo) soy una persona bastante locuaz. Me han dicho que hablo, canto y mascullo incluso cuando escribo, pero nunca me he dado cuenta. Lo único que se agota después de todo mi trabajo es mi culo. Mi culo está hecho polvo de tanto estar sentado en sillas. Pero mi cerebro está perfectamente.
En tu novela la protagonista hace una lista de cosas que quiere desechar, y entre ellas están el “cinismo” y el “speed”. ¿Ya no tomas drogas?
El problema es que en cuestión de drogas soy una flojucha. No aguanto nada. El espíritu está allí, pero el cuerpo es débil. El speed no me hace mucho efecto (aunque tiendo a estar hablando hasta las cuatro de la mañana) y la cocaína me convierte en una puta imbécil. La última vez que tomé coca estaba con los cuatro miembros de Blur y lo último que recuerdo es haber soltado “¡Soy el quinto miembro de Blur!” y luego me caí del taburete y me arreé un costalazo increíble. Y la marihuana me pone muy paranoica. Así que ahora me concentro exclusivamente en alcohol y cigarrillos. Los dos clásicos inmortales.

“Creo en la música, la ginebra, la alegría, hablar por los codos y la bondad humana”.
El sentido de la vida es ser feliz. Si quiero que exista la igualdad es porque deseo que toda la gente que lo pasa mal consiga ser feliz. La desigualdad es basura medieval.
Eres madre. ¿Cómo aguantas todas esas conversaciones sobre nutrición y extraescolares?
Aunque soy feminista, no tengo carnet de conducir. Es una suerte, porque mi marido es quien se encarga de llevar a nuestros hijos al cole, y por tanto me ahorro todas esas charlas. ¡Hurra!

Kiko Amat

(Esta es la versión inédita, exclusiva, ultralujosa con todos los extras, de la conversación-metralleta que mantuvimos con Caitlin Moran -a raíz de su novela debut Cómo se hace una chica- para la sección En Pocas Palabras del suplemento Babelia de El País del 23 de julio del 2015. Pueden leer la charla editada y en formato breve, sin mención alguna a testículos ni speed, acá)

El vermut de Kiko Amat #12: Juan Pablo Villalobos

Sé que lo estaban echando de menos. Por allá viene la doceava entrega del vermut de Kiko “Mad dog” Amat para Gent Normal, esta vez dedicada al extraordinario novelista mexicano Juan Pablo Villalobos, autor de algunas de las novelas más celebradas en esta casa durante los últimos diez años.

Ahí les pueden ver a ambos haciendo el payaso en la puerta del Bar Canigó. Bueno, solo uno está haciendo el payaso; salta a la vista.

La entrevista toca variados palos: visión pueblerina del mundo, padres encabronados, el humor como rebelión, metaliteratura de mentira, posicionamiento anti-solemne, la tradición de “echar carrilla” y cómo plantar cara a los “genocidios de la extravagancia”. Y qué guapante que te pongan al lado de Vonnegut en las librerías, ¿que no?

Incluye un avistamiento de ex-novia pleistocénica a la que creíamos fallecida o en un programa de protección de testigos, y que había protagonizado un pasado Saltos del Tiempo aquí, de Bendito Atraso. Mundo pequeño, este.

La rebelión discreta: Kiko Amat entrevista a JONATHAN COE

p7914webConozco bien a fondo la obra de Jonathan Coe (Bromsgrove, 1961). He leído de cabo a rabo sus diez novelas hasta la fecha, y de premio devoré la biografía de B.S. Johnson, Like a fiery elephant, que Coe escribió en el 2004. Por eso puedo decir que… ¿Cómo verbalizarlo? Me da la impresión de que los críticos ingleses no toman muy en serio a Coe, pues sus novelas reciben a menudo críticas tirando a tibias, y ocasionalmente incluso le llaman cosas feas como “el rey de la digresión”. Y asimismo el novelista inglés goza de gran éxito en Francia, Italia y Alemania (algo menos en España, pese a los titánicos esfuerzos de su editor y fan, Jorge Herralde). No, Coe no es el proverbial profeta en su tierra ni, por lo que parece, tampoco en la nuestra. Y eso que algunos apasionados lectores y forofos de su narrativa no hemos parado ni un solo día de dar la lata sobre lo suyo.

Coe acaba de publicar Expo 58, de nuevo en Anagrama, su hogar natural. Una gran comedia que es medio spoof sobre la guerra fría y medio sainete Ealing, con algo del suspense del Hitchcock británico de Los 39 escalones. En la charla que sigue -tuvo lugar en el foyer del hotel Condes de Barcelona un congelado día de febrero- Jonathan Coe y yo hablamos de estar en el medio exacto de la clase media, de rock progresivo, de la gloria de Monty Python y Spike Milligan, de los años cincuenta ingleses, de las novelas de esa época que envejecen mal, de los pijos que llevan el gobierno británico en la actualidad y de la infección del posmodernismo. Y mucho más.

¿Cómo es tu familia?
No acostumbro a hablar demasiado del tema. Mi padre murió hace dos años, por eso le dedico Expo 58. Justamente murió cuando estaba a media lectura del libro, y le estaba gustando mucho, cosa que no era muy corriente; normalmente no le gustaban demasiado. Mi madre tiene ahora 81 años y todavía vive en Birmingham, en la misma casa que compraron juntos en 1956, hace ya 59 años. Crecí en un entorno muy tranquilo, estable, provincial y residencial. De hecho, cuando me preguntan por qué escribí Expo 58, si es que quería revivir los años 50, a veces contesto en broma que en mi casa, a lo largo de los años 60 y 70, todavía parecía que fueran los 50. Y, de hecho, aún da esa sensación. Aún hay rincones como esos en la campiña inglesa: mi madre va a comprar la carne a su carnicero de confianza, conoce a todo el mundo en el pueblo… Cuando murió mi padre, hace dos años, mi madre me preguntó cómo funcionaba un cajero automático, pues nunca había usado uno, me preguntó cómo se ponía gasolina en el coche… Hasta ese momento su vida había sido la de una ama de casa tradicional de los años 50, en el rol clásico de esposa. Y, hablando de mí, llevo casado 26 años, desde el 1989, y tengo dos hijas.
Hablas de esa Inglaterra inmutable en el tiempo, pero en La espantosa intimidad de Maxwell Sim escribes precisamente sobre los cambios que sufre la vieja Inglaterra.
Es que Inglaterra está cambiando, pero aún hay pequeños rincones muy chapados a la antigua, supongo que igual que en todos los países, y es algo que me fascina y sobre lo que no se habla en las novelas o en las noticias. Esos cambios sociales que se dan en la historia de los países son algo que me encanta. Gran parte de la cotidianeidad no-dramática es inmutable o, al menos, cambia muy lentamente. Una de las cosas que me entristecerán cuando fallezca mi madre es que perderé todo contacto con esa parte de Inglaterra: ella no usa ordenador ni tableta, todavía escribe cartas, cuando la llamo y está viendo la televisión no sabe que puede apretar un botón y pausar el programa… Y encima no se lo cree cuando se lo digo.
Le debe de sonar a ciencia-ficción, como una especie de distopía enloquecida. El mundo al revés.
Sí. Pero a ella le encanta ese mundo, se mantiene lejos de toda innovación. Y eso, allá donde vive ella, no es particularmente complicado.
¿Eras hijo único?
No, tengo un hermano mayor que tiene ahora 56 años. Y me inspiré en él para el personaje de Maxwell Sim. Más la idea del personaje que la personalidad como tal, porque es un comercial que viaja por trabajo y pasa gran parte de su tiempo en autopistas, comiendo en áreas de servicio…
Aún no ha empezado a conversar con su GPS, espero.
[sonríe] Pues no lo sé, no se lo he preguntado. Esa idea para el libro se me ocurrió hace mucho tiempo, a principios de los años 90, incluso antes de escribir ¡Menudo reparto! (1994). Durante esa época acompañé a mi hermano en algunos viajes para ver cómo era su día a día en el trabajo, y en aquellos tiempos aún no existían los GPS. No sé, quizá ahora haya empezado una intensa relación con su GPS, vete a saber [sonríe]. No tenemos mucha relación, mi hermano y yo, nuestros mundos no convergen demasiado: no lee narrativa, le gustan mucho los deportes… Realmente tengo un pasado muy poco común para ser escritor, pues mi madre lee, pero no lo hace para entender el mundo, como hago yo, sino que lo hace para distraerse. Toda mi familia piensa que lo que hago es bastante extraño.
Ya sé que tu juventud no fue precisamente como la de Irvine Welsh, pero ¿tuviste una época rebelde?
Mirándolo en retrospectiva, diría que mi adolescencia fue muy solitaria, pero en aquella época no me lo parecía. Quizá porque no conocía nada más. Vivíamos a seis o siete millas del centro de Birmingham, casi en el campo, en una parte del país muy tranquila. No recuerdo que mis padres se pelearan jamás, no recuerdo ni un solo grito, los desacuerdos se dejaban sin resolver, no se hablaba de sentimientos… Evidentemente había amor, pero no se veía a simple vista.
Muy al estilo de los años 50.
Exacto. Como mi colegio estaba en el centro de Birmingham todos mis amigos estaban repartidos por toda la ciudad, así que no nos veíamos después de las clases. Mi vida familiar era toda mi vida. Y hablamos de los años 70, así que había tres canales de televisión, no existía internet, las tiendas y pubs cerraban los domingos… Era una vida muy tranquila.
¿Algo triste, quizá?
No, no la encontraba triste, porque tenía la tele, música, libros… Era un mundo diferente. Recuerdo los nervios de los domingos por la mañana al recibir The Sunday Times, ya que eran noticias del mundo exterior, un boletín que nos llegaba desde el mundo real, y aquello era un acontecimiento en sí mismo. Recuerdo que yo devoraba las reseñas de televisión, libros y películas. Luego no veía esas películas ni leía esos libros, pero me gustaba esa sensación de saber que había un mundo ahí afuera, un mundo que de otra manera jamás entraba en nuestro día a día. Era un entorno perfecto para convertirme en alguien introvertido que pasara mucho tiempo dentro de su propia cabeza, inventando historias; y eso es precisamente lo que empecé a hacer.
Por la manera como lo explicas parece lógico que acabaras siendo escritor. Como si todo hubiese conspirado para ello.
Hacia el final de Expo 58 empiezas a ver qué estoy haciendo en ese libro, porque nace el hijo de Thomas Foley, David. Thomas ya es un profesional respetado y se ha mudado a Birmingham, a la calle Monument Lane, que está justo al lado de la casa de mis padres en la vida real. Así que su hijo, David Foley, se convertirá en mí. Él nace en 1960 y yo lo hice en 1961, pero al margen de eso lo he dejado todo preparado por si quiero escribir mi autobiografía, mi bildungsroman; he creado mi alter ego. Aún no sé si voy a hacerlo, pero si lo hago, todo está listo para ello. En el pasado he tenido otros alter egos como Benjamin Trotter, pero David es el definitivo.
En todos tus libros hablas mucho de música. No sé si te viene de tu hermano; he descubierto que es una figura bastante común entre los ingleses. Siempre hay una hermana mayor que entra en casa con un disco de los Beatles, o Bowie…
[ríe] Ya. Mi hermano tenía unos gustos musicales bastante particulares. Compraba muchos discos de King Crimson, y eso fue mi introducción al rock progresivo, que me acabó gustando mucho. Pero él ha dejado esa etapa atrás, y es irónico que ahora viva en un pueblo de las Midlands y sea vecino de Robert Fripp. Le dije que el guitarrista del grupo que tan loco le volvió durante un tiempo vive en su misma calle, ¿y sabes qué? No mostró ningún interés [risas]. Ha dejado todo eso atrás. El primer disco que me compré (esto va a sonar a prehistoria), lo compré en una pequeña tienda que vendía periódicos, conservas, productos de parafarmacia… Un poco de todo, pero era una tienda muy pequeña, como un colmado, y tenía un expositor giratorio de discos. No sé por qué vendían elepés, pero recuerdo que eran muy baratos, costaban 75 peniques. Y el primero que me compré fue un Grandes Éxitos de Bill Haley and his Comets. No sé por qué lo hice, porque en 1969 ya nadie los escuchaba.
¿Quizás pasaron por televisión la película aquella, Blackboard Jungle, donde aparecía tocando “Rock around the clock”? En 1968 había una especie de rock revival en Inglaterra.
No, no. Jamás la vi. Fue una compra muy extraña. La primera música que recuerdo que me gustó fue el rock and roll. Compré discos de Bill Haley, de Chuck Berry, de Little Richard… Y ese tipo de música tampoco sonaba en casa de mis padres, ellos salían de copas a principios de los años 50, antes de que el rock and roll apareciera.
Cuando empecé a leerte no sabía muy bien dónde colocarte. Era obvio que no pertenecías a la generación más punk, como Welsh y toda la panda, pero tampoco encajabas bien en la escena más académica y “seria” de Martin Amis, Hitchens o Julian Barnes.
Cierto, cierto. Estoy en un lugar intermedio. Vengo del medio de la clase media-media, y del medio justo de la Inglaterra media: no podría ser más del medio. Mis padres no podrían haber sido más convencionales y conservadores. Con minúscula en el caso de mi madre y con mayúscula en el de mi padre: siempre votó por los Tories y por Margaret Thatcher. Podría haberme adaptado a ese mundo muy fácilmente, pero los libros y la música me arrancaron de él. Supongo que ese proceso empezó a finales de los años 60. El primer fenómeno cultural que recuerdo amar y que mis padres no aprobaban fue Monty Python. Me entusiasmaron inmediatamente, y mis padres se preocuparon inmediatamente, porque veían que, en algunos aspectos, aquello era subversivo. Y lo que me encantaba es que era formalmente subversivo, que no solo se reían de los convencionalismos sociales, sino también de los televisivos. Era irónico, como algo que se comenta a sí mismo. Empecé a buscar libros que hicieran algo parecido, y así es como llegué a escritores no solo como David Nobbs, sino también B.S. Johnson o Flann O’Brien, escritores inquietos con la forma, inconformistas que querían replantearse y subvertir la narrativa. Todo eso me venía por vía Monty Python. ¿Es Spike Milligan conocido en España?

Spike Milligan en modo Wehrmacht

Spike Milligan en modo Wehrmacht

No, aquí no le conoce casi nadie. Solo un puñado de anglófilos locos. Tampoco a The Goons.
Es interesante, porque Spike Milligan y Peter Cook son, para mí, las dos figuras más importantes de la comedia británica después de la guerra. Y Monty Python, naturalmente, pero no podrían haber hecho lo que hicieron sin Spike Milligan y Peter Cook. De hecho, lo que hicieron fue una fusión entre lo que hacían ambos. Es curioso que Monty Python sean famosos en todo el mundo y los otros dos sean un fenómeno exclusivamente británico.
Me da la sensación de que Monty Python eran como la rebelión de la clase alta, el pijo que se porta pésimo en el colegio privado y empieza a mearse por las esquinas…
Es completamente cierto. No es algo aplicable a Spike Milligan, pero sí al resto de cómicos subversivos de los años 60 y 70, todos provenían del establishment. Era el establishment atacándose a sí mismo. En cierta manera, para que te resulte fácil mofarte del establishment primero tienes que entenderlo, y para entenderlo tan bien tienes que formar parte de él. El humor de la clase media y la clase trabajadora de los años 60 y 70 no era tan subversivo, porque le daba miedo serlo.
Probablemente lo más rompedor de Monty Python no era tanto el comentario social sino la forma absurda que aquel tomaba. Y creo que por eso no les gustaban a tus padres, ni pretendían gustar a los padres en general.
Mucha gente no recuerda que Monty Python empezaron en un programa infantil. Se llamaba Do Not Adjust Your Set, en la ITV en 1968, y era a la hora de la merienda, a las cinco de la tarde, cuando los niños están mirando la tele. Ahí salían Eric Idle, Michael Palin y Terry Jones. Ahí fue donde les vi por primera vez. Era una llamada directa a lo infantil y a ese amor juvenil por lo absurdo. Mis padres lo veían como algo… Inmaduro, supongo.
Me has comentado que no fuiste especialmente rebelde, pero tus padres eran votantes Tories, y en varias de tus novelas encontramos política, enfocada desde la izquierda. ¿Cuándo te diste cuenta de que tus ideas políticas y sociales diferían de las de tus padres?
Probablemente cuando estuve en Cambridge. Hay una tradición de radicalización en Cambridge, pero no creo que fuera por Cambridge en concreto, supongo que me habría pasado en cualquier universidad a la que hubiera ido. Fue simplemente salir del núcleo familiar, conocer a gente que pensaba como yo y tener las conversaciones que se tienen cuando eres un estudiante, que cambian tu manera de ver las cosas. Lo que sí me sorprendió de Cambridge fue ver que algunos me miraban por encima del hombro, cosa que nunca me había pasado. El colegio al que fui en Birmingham era muy competitivo académicamente, si ibas allí significabas que formabas parte de una especie de elite, y lo notabas. Recuerdo vivamente esa sensación. Pero cuando llegué a Cambridge me di de morros con el clasismo inglés, y a lo grande. Había gente de Eton, de Harrow, de Westminster… de esas escuelas tan prestigiosas de las que había oído hablar. Y eran muy esnob conmigo: yo venía de Birmingham, de clase media, de una escuela de la que nunca habían oído hablar (y yo que creía que era una de las escuelas más famosas del país…). Durante aquellos tres años aprendí mucho sobre Inglaterra y su sistema de clases sociales. Y no ha cambiado nada. De hecho, ha involucionado a como era antes.
Claro. No hay más que mirar a George Osborne. No se puede ser más pijo que eso. Uno lo imagina siempre en la caza del zorro, o azotando lacayos.
[sonríe] Sí, Osborne es un cliché andante, pero a la vez es del todo real. Puedes pensar lo que quieras de Margaret Thatcher y John Major, pero intentaron hacer algo sobre la lealtad de clase de los tories. Las diferencias con lo de hoy, en todo caso, son superficiales. El alcalde de Londres, Boris Johnson, es de Eton, el primer ministro es de Eton, George Osborne es de Saint Paul’s…
Son The Eton Rifles, como cantaban The Jam…
Sí. Es increíble que estos tipos manden y que salgan cada día por la tele y la radio diciendo que no tenemos que gastar tanto dinero y que estamos todos juntos en esto. Y sobre eso habla precisamente mi nuevo libro.
Owen Jones se mofa de aquella vez en que David Cameron trató de adivinar cual era el sueldo medio inglés, y soltó una salvajada como 70.000 libras o así.
Sí. Otro ejemplo sería… ¿Alguna vez has estado dentro de las Casas del Parlamento?
No.
Pero tienes una idea de cómo es.
Sí.
Bien, pues ayer emitieron un documental en la tele sobre ese edificio, con esos techos tan altos, las paredes recubiertas de roble… Y David Cameron dijo: “Te recuerda al colegio, ¿verdad?”. Hombre, quizá sí recuerda al colegio al que él fue, pero no al que asistió la mayoría de la gente. Viven muy alejados de la realidad.
coe-expo58Así, no recuerdas discusiones de política con tus padres, sobre inmigración o lo que fuese. Fue más algo de la universidad.
No. De todo eso me di cuenta mucho más tarde. En los 70 me parecía normal, era el aire que respiraba. Tan pronto como salí de casa -aunque me encontrase en otro entorno cerrado, como era Cambridge- me bastaba con mirar a mi alrededor para decirme: caramba, así es cómo funciona el mundo. ¿Cómo puedo no haber reparado en ello? A partir de allí mi izquierdismo se convirtió en un asunto de puro sentido común, y ya nunca me ha abandonado.
¿Te convertiste en militante?
No. El Partido Laborista de 1983 estaba bastante a la izquierda. Cuando estaba liderado por Michael Foot tenía un manifiesto que se dio a llamar “La nota de suicidio más larga en la historia electoral” [sonríe] porque proponía cosas por las que la mayoría del país no votaría jamás, como el desarme nuclear universal. Durante los 80 y 90 fui votante de Labour. Fui a manifestaciones contra Thatcher cuando estuve en la Universidad de Warwick, fui a las marchas del CND [Comité para el Desarme Nuclear]. Cosas bastante normales para alguien de izquierdas.
Volvamos momentáneamente a la escritura. Martin Amis, con su grandilocuencia habitual, dice que cuando empezó a escribir sabía que sería para siempre. ¿Tú también pensabas que escribir era tu destino?
Nunca tuve una sensación de destino, no. En todos los aspectos de mi vida tiendo a pensar a corto plazo, puedo pensar en el próximo libro y quizá en el siguiente, nada más. Como ya sabes, en mis novelas los planes siempre salen mal, frecuentemente de la manera más inesperada y cómica, así que nunca hago planes. Si me lo hubieras preguntado cuando tenía quince años quizá te hubiera dicho que quería ser escritor, pero más que una sensación de destino habría sido una esperanza. Simplemente me gusta escribir historias, desde que era pequeño. Empecé cuando tenía ocho o nueve años, y a los quince o dieciséis ya estaba escribiendo novelas enteras. Y parecía una tontería no enviarlas a una editorial. ¿Para qué escribirlas si no? ¿Qué otro motivo puede haber? Todo sucedió de una manera bastante improvisada, así que nunca he pensado que mi destino era ser escritor. De vez en cuando, al levantarme por la mañana, miro a mi alrededor y no me puedo creer que eso sea a lo que me dedique y que eso sea mi vida. Unas veces me resulta familiar, otras muy extraño. Podría haber acabado fácilmente de profesor. A finales de los años 70 incluso trabajé en un banco, así que ahora podría ser el encargado. El encargado socialista de un banco [sonríe].
¿Así es como te ves cuando te planteas los escenarios “Y si…”?
Sí. Poder vivir de escribir es una gran suerte, mucha gente querría hacerlo, pero muy poca puede. Más que haber seguido un plan prefijado, me veo como alguien con suerte. Podría haber terminado de oficinista.
Pienso en tu obra y me viene a la cabeza la letra de aquella canción de Johnny Mercer, “I’m old fashioned / but I don’t mind it”. Nunca han parecido importarte las modas literarias. Tus gustos están un poco pasados de moda (y digo esto como elogio).
[sonríe] Creo que mis gustos son bastante clásicos, sí. Más que pasados de moda diría clásicos. Me gustan las cosas bien hechas, me enfado bastante cuando veo que algo es una chapuza, que se ha hecho sin amor en unos pocos minutos. Si pienso en películas mis gustos también son clásicos. Las películas que me gustan de verdad son las de los años 40, 50 o 60. Me gustan las películas de ahora, pero creo que hay un clasicismo que está desapareciendo en el cine, en la música clásica y en el pop y en la novela, y eso me hace sentir una cierta nostalgia.
Nunca te ha infectado el posmodernismo literario, al contrario de lo que sucedió con muchos de tus contemporáneos.
Me gusta la literatura posmoderna, y creo que en mis libros las autorreferencias van en aumento. En los últimos hay personajes de mis primeras novelas que vuelven a aparecer, y cosas así. Asimismo, me he dado cuenta de que muchas veces el posmodernismo cabrea a los lectores. Lo noté mucho en Maxwell Sim, cuando a mucha gente le desagradó visceralmente el último capítulo. Monty Python, The Goons, Flann O’Brien o B.S. Johnson eran extremadamente posmodernos en su forma, y ese es uno de los aspectos que me gusta de ellos. Esencialmente, lo que hago como escritor es realismo. Creo un mundo sólido y, mientras lo leen, los lectores sienten que pueden vivir y creer en él. Para mí fue una sorpresa descubrir que eso era lo que le gustaba a mis lectores, porque cuando escribo hay una parte de mi cerebro que no se lo cree lo que está sucediendo, porque estoy allí, sentado a la mesa con el papel delante, y lo estoy creando. Así que sé que no es real.
Como un mago, tú conoces el truco.
Sí, pero una de las cosas que aprendí con la publicación de Maxwell Sim es que mucha gente desea y disfruta con esa ilusión de realidad, y si vas a romper esa ilusión tienes que ir con mucho cuidado con cómo lo haces. Ahora soy más consciente de ello.
p7955webHablabas de la larga nota de suicidio de Michael Foot, pero el final de Maxwell Sim era bastante suicida, también. Literariamente hablando.
[ríe] Sí. Ahora me doy cuenta.
Una de las cosas que me disgustan del posmodernismo es que en ocasiones es puramente pirotécnico. La historia y los personajes pasan a un segundo plano y quien toma el protagonismo es el escritor demostrándonos los truquitos fantásticos que sabe realizar. Eso me irrita.
Muy cierto. A la vez, me interesa el posmodernismo como medio para representar y entender la realidad contemporánea, que está plagada de espejos, trucos e ilusiones. Lo puse en práctica por primera vez en ¡Menudo reparto! y fue uno de los motivos por los que el libro fue un éxito. Era posmoderno en cuanto a que mezclaba diferentes géneros, era muy paródico y, aún así, la gente veía por qué lo hice así, vio que estaba intentando representar la realidad de los años 80 con más precisión. Si vuelvo al posmodernismo, esa debería ser la estética que lo motivara.
La lluvia antes de caer es tu libro más triste, el que es menos “tú”. No tiene traza alguna de humor.
Mi libro más popular en España, por alguna razón.
Quizá precisamente por eso, porque eliminaste todo el humor. He ahí una fórmula que puedes repetir si quieres volver a ser exitoso en España.
[ríe] Bueno, es más fácil explicar por qué he vuelto al humor que por qué lo abandoné. En cierto modo, La lluvia antes de caer es uno de mis libros más posmodernos, porque es casi un pastiche de novelas de Rosamond Lehmann y esas otras escritoras británicas de los años 20 y 30 que reeditaba Virago Modern Classics y, para conseguir eso tuve que deshacerme de mi lado satírico y paródico. Porque en aquellas escritoras no encuentras nada de eso. Es algo bastante paradójico, porque es un libro muy personal –los paisajes de Shropshire que describo en el libro son los de mi infancia, es una parte del país donde vivían mis abuelos y que yo iba a visitar con cierta frecuencia…- y, a la vez, desde la perspectiva actual, veo que el libro es una especie de pastiche. Mientras que en Expo 58, que está lleno de parodia y de escenas de espías y guiños de ciencia-ficción, es mi verdadera voz la que escribe.
No sé qué dicen las ventas, pero da la sensación de que los críticos continentales siguen apreciándote más que los británicos. Quizá no han sabido ver que esa es tu voz real, que no es algo impostado, ni una parodia forzada.
Los críticos británicos nunca pillan cuándo estoy siendo sincero y siempre están buscando en mis libros un nivel extra de parodia que no existe. Pero mis libros no tienen que leerse fijándose mucho, no los escribo así, los escribo de manera que los puedas leer en unas pocas horas, y lo que ves es lo que hay. Puedes reflexionar sobre el libro, puedes releerlo y ver otras cosas, pero la primera interpretación acostumbra a ser la correcta. En Expo 58 estoy recreando un pastiche de películas de Hitchcock y series de televisión como Los Vengadores. Y lo hice simplemente para darme el gusto de hacerlo, no para demostrar nada sobre el género o la ficción. Supongo que hacer una reseña de mis novelas es algo frustrante para los críticos, ya que no encuentran demasiado donde morder. Escribo los libros para los lectores, no para los críticos. En cierta manera es los mismo que le pasaba a Billy Wilder con los críticos de Cahiers du cinéma, que le menospreciaban porque no hacía películas de género. Si hacías un western o una película de cine negro el crítico sabía a qué agarrarse y podía presumir de ver cosas en las que nadie más había caído. En mis libros cualquier lector puede ver qué hay, no necesita a ningún crítico que se lo explique. Quizá eso haga que las críticas de mis libros sean innecesarias, en cierto modo. Supongo que el crítico se siente redundante.
Dwarves of death coe¿Cómo te afectan las críticas negativas?
El número de críticas positivas o negativas que he leído en los últimos veinte años y me han hecho reflexionar y ver cosas en las que yo no había caído, o que han dado en el clavo de lo que yo pretendía, es muy pequeño. No creo que, en este sentido, los críticos sean demasiado útiles para un escritor. Pero es un ruido de fondo con un volumen bastante alto, es muy complicado no oírlo, y si encima son críticas destructivas y malintencionadas realmente te tocan los huevos. Tienes que intentar bloquearlas.
¿Alguna vez te has sentido tentado, como Jonathan Lethem hizo aquella vez con James Wood, a escribirle una carta de respuesta a un crítico?
La verdad es que no. Cuando era muy joven y se publicó The dwarves of death le envié una postal a alguien que había escrito una crítica negativa y es algo de lo que me arrepiento, fue una estupidez. Así que no, no le veo el sentido; el escritor casi siempre se rebaja si lo hace.
The dwarves of death, ahora que la mencionas, me gustó como novela, pero también como ejemplo de cómo escribir una novela.
¿De verdad? [ríe con rictus de curiosidad]
A mí me fue muy útil. Fue como una especie de manual. Me sentí como cuando leí a Richard Brautigan, quien me hizo sentir por vez primera que aquello era algo que se podía intentar: la estructura, el ritmo, el humor, la brevedad, las referencias puntuales…
Evidentemente, The dwarves of death no es una obra maestra. Las obras maestras pueden ser bastante desalentadoras, lees Guerra y paz y dices: “A la mierda, no vale la pena ni que lo intente”; pero veo qué quieres decir con The dwarves of death. Me gusta que le hayas sabido encontrar esa utilidad. Releer mis libros me resulta extraño. Tengo cuenta en Twitter y recibo muchos mensajes elogiosos, sobre todo hablando de ¡Menudo reparto!, en los que me explican cuánto les ha gustado el libro y que lo han releído cuatro o cinco veces. Pero yo no puedo leer una sola página de ese libro sin pensar: “Oh Dios, ojalá hubiese resuelto eso de otro modo” o “Qué frase tan horrible”. No hay ninguno de mis libros al que me gustaría regresar y releer, los cambiaría todos de arriba a abajo.
Pero quizá, aunque no estén escritos cumpliendo tus expectativas actuales, en ellos se intuye el entusiasmo juvenil. El entusiasmo del que empieza a escribir, que no creo que hayas perdido aún.
Sí, en eso tienes razón. Siempre pienso que lo voy a perder un día de estos, pero (toco madera) hasta el momento cuando me pongo a escribir un libro me doy cuenta de que estoy disfrutando de ello. El que estoy escribiendo ahora, por ejemplo, fue muy duro en los primeros meses, no me transmitía ningún furor ni pasión, pero en las últimas semanas todo está colocándose en su sitio y estoy tan metido en él que entre dos entrevistas me he escapado un cuarto de hora al hotel y he escrito media página; estoy enganchado a él. Y cuando eso sucede es fantástico, y más si ya vas camino de los sesenta años.
Hanif Kureishi me dijo que una de las ventajas que tiene es que es capaz de soportar la soledad, y que eso es algo imperativo en un escritor. Porque (esto lo digo yo, no Kureishi) cuando empiezas con un libro sabes que tienes por delante, si eres afortunado, un mínimo de dos años de trabajo.
Hanif es afortunado y, en ese sentido le envidio un poco, porque tiene otra vida como guionista, escribiendo a dos manos con Roger Michell. Imagino que esa es la combinación perfecta de escritura sin soledad. Pero me gusta estar solo, y tampoco soy una persona particularmente sociable, así que una profesión que me permita estar solo en una habitación ocho horas al día ya me va bien. Dicho esto, la sensación de tener que escalar una montaña cada vez que empiezas un libro no disminuye con los años; de hecho se vuelve peor. Tengo la suerte de que mis libros son lo que da de comer a mi familia. Como dijo Samuel Johnson, “solo un mendrugo escribiría por motivos que no fuesen el dinero”. Eso es lo que hace que me levante por las mañanas y me ponga a escribir.
Las fechas límite de entrega del manuscrito.
Las fechas límite, los recibos de los bancos, las facturas… Cada vez necesito un mayor impulso inicial, pero una vez lo he recibido el entusiasmo acaba llegando siempre. Al menos hasta ahora.
Voy a lanzarte una teoría un poco a lo loco, que se me ha ocurrido cuando has citado a Samuel Johnson. Antes te referías a tus gustos clásicos, y creo que una de las razones por las que algunos críticos no te toman en serio es porque tu canon no es su canon. Nunca citas a Beckett, pero sí a Keith Waterhouse, David Nobbs o Patrick Hamilton; autores semi-olvidados que los críticos consideran “menores”.
Muy cierto. Cuando menciono a David Nobbs en Gran Bretaña nadie sabe de quién estoy hablando. Creo que todo eso que comentas es parte de mi subversión silenciosa, mi rebelión discreta. Una rebelión que, me temo, irrita a alguna gente porque ni tan solo la presento como tal. Para mí –y remarco que para mí, porque cada vez me doy más cuenta de que todo es altamente subjetivo en la Literatura- Henry Fielding es un escritor más importante que Charles Dickens. Decir eso en Gran Bretaña es casi una herejía, pero no quiero decir que el canon de la literatura inglesa esté mal, sino que no me interesa. Desde un punto de vista puramente egoísta, no me llama. No me dice nada. Para mí eso no es nada grave, pero quizá en el fondo sí sea algo grave para según quién. Quizá soy un cliente más raro de lo que parezco.
Quizá porque algunas de esas novelas de los años 50 no han envejecido bien. Estoy pensando en Colin Wilson, por ejemplo. Su obsesión con llevarse a una mujer al catre es muy de los años 50. Da la sensación de que la única motivación del libro es la frustración por no haberse encamado con nadie aún. Y digo esto como fan; imagina si no eres fan.
[ríe] Sí, tienes razón. Las políticas sexuales han cambiado mucho en los últimos cincuenta años, y a mejor. Y a muchos de los escritores de esa época no se les entiende desde la perspectiva actual. La definición de un verdadero clásico es un libro que te gusta pese a que los valores sociales que refleja hayan quedado obsoletos. Y probablemente Colin Wilson o Kingsley Amis no superan esa prueba. Pero como lector soy bastante indulgente si alguien realmente me gusta. Las políticas sexuales en B. S. Johnson son intolerables, es uno de los escritores más agresivamente sexistas de su época, pero se lo perdono; aunque quizá mucha otra gente no esté dispuesta a hacerlo.
Solo parecen existir dos extremos: o son muy sexistas como B. S. Johnson o son muy remilgados, como Patrick Hamilton en Los esclavos de la soledad. Esa novela parece escrita por una señora de 80 años.
[risotada] Una gran verdad.

The Life and Death of Colonel Blimp (Powell-Pressburger, 1943)

The Life and Death of Colonel Blimp (Powell-Pressburger, 1943)

Ya has comentado que te gustan los años 50, pero leyendo tus novelas parece que también disfrutas con el vocabulario y el argot de la época. Old boy, crikey, y todo eso.
A finales de los años 60, cuando yo era un chaval, en la televisión pasaban constantemente películas de los 50, eran filmes relativamente recientes y yo crecí con ellos, todos los de la factoría Ealing, los de los Boulting Brothers como I’m Alright Jack, las cosas de The Archers, y luego había una película que era increíblemente famosa, Genevieve, de Henry Cornelius, que iba sobre un rally automovilístico entre Londres y Brighton, y que expresaba fielmente el sentir de su tiempo, 1953. Las palabras de todas aquella películas se quedaron en mi cerebro. Pero no confiaba en mi memoria, así que volví a ver esas películas para comprobar si realmente hablaban así. Y sí, lo hacían [sonríe]. Totalmente. Así que para mí fue un placer doble, poder escapar de lo contemporáneo y escribir usando esas expresiones tan pasadas de moda, y además fue muy fácil, me salía natural.
Las situaciones de choque cultural entre ingleses y norteamericanos que abundan en Expo 58 parecen sacadas de A Matter of Life and Death o The Life and Death of Colonel Blimp, de Powell-Pressburger.
Ya, no fue algo intencionado, pero es algo que llevo en el ADN por haberlo visto de pequeño tantas veces. Gran Bretaña no es un país especialmente cinéfilo, y Powell-Pressburger están muy subestimados. Muchos críticos les conocen, pero no diría que se tomen demasiado en consideración. Para mí, sin embargo, los dos filmes que mencionas son los grandes productos culturales británicos de los años 40, no las novelas escritas en la época. Las calificaría como el culmen del arte británico del siglo pasado. Como he dicho, están en mi ADN, así que puedes entrever en cada página de Expo 58 mi amor por sus películas y, en particular, por las películas británicas de Hitchcock. Muchos críticos ven a Evelyn Waugh en la Expo 58, a Kingsley Amis, a Graham Greene, y claro que todo eso está allí, pero lo realmente importante es la influencia de esas películas. A Gran Bretaña siempre le costará hacer buenas películas; ocasionalmente saldrá alguna, pero no lo llevamos en la sangre, como sí pasa, por ejemplo, en Francia, donde se toman el cine muy en serio. En Gran Bretaña no es así. Por eso se marchó Hitchcock.
¿Conoces novelas españolas? Me han obligado a hacer esta pregunta, que conste. Conozco a suficientes ingleses para saber la respuesta de antemano.
[Sonríe] No, la verdad es que no, y es algo que me avergüenza. Sería absurdo hablar de Don Quijote, porque aunque es un gran libro ha habido mucha literatura española desde entonces, pero necesito hacer algo respecto a mi ignorancia en ese aspecto respecto a los escritores contemporáneos y los grandes escritores españoles del siglo XVIII y XIX. Tendrías que darme una lista de lectura.
Lo haré, te lo prometo. Pero quizá también es algo cultural inglés, en el sentido de que no se traducen tantos libros foráneos.
Nos llegan muchos libros americanos, así que no es que nos opongamos a leer libros de otros países ni que no nos gusten las traducciones, sino más bien que no estamos interesados en el resto de países europeos. Esa es la triste verdad.

Kiko Amat

(Entrevista publicada anteriormente en el #10 de la revista Jot Down. Las dos imágenes de la entrevista son exclusivas de Alberto Gamazo).

Extra fotográfico:

Jonathan Coe, Kiko Amat y Laura Fernández (los dos últimos en modo groupie)

Jonathan Coe, Kiko Amat y Laura Fernández (los dos últimos en modo groupie)

Kiko y Coe

ENTREVISTA-JONATHAN-COEYa está disponible mi entrevista con Jonathan Coe, más larga que un día sin pan (pero harto más amena que eso). La hallarán en el #10 de la revista Jot Down (edición impresa), ya en sus kioscos de confianza.

En la charla -tuvo lugar en el foyer del hotel Condes de Barcelona un congelado día de febrero- Jonathan Coe y yo hablamos durante más de una hora sobre estar en el medio exacto de la clase media, de rock progresivo, de la gloria de Monty Python y Spike Milligan, de los años cincuenta ingleses, de las novelas de esa época que envejecen mal, de los pijos que llevan el gobierno británico en la actualidad y de la infección del posmodernismo.

Y también tratamos su última novela Expo 58, una gran comedia que es medio spoof sobre la guerra fría y medio sainete Ealing, con algo del suspense del Hitchcock británico de Los 39 escalones.

Vayan, apoquinen, lean.