Toma anfetas (o no): historia de una juventud acelerada químicamente

 1-. Indicaciones

– “Estados depresivos, astenia matutina, surmenage, intoxicación por barbitúricos, curas de deshabituación en toxicómanos, narcolepsia, parkinsonismo post-encefálico, tumores diencefálicos, hipertiroidismo y…”, espera, esto está medio tapado por la foto de Sandie Shaw -acerco la cara a la pared, donde pegué un viejo prospecto de Centramina a modo decorativo, y leo, resiguiendo la línea con el dedo- “Obesidad”, creo que pone.

– Ahora me dirás que sufrías alguna de esas -suelta mi mujer, y ambos extremos de su boca se tuercen hacia arriba, como si le dieses la vuelta a un arco. Las pecas de sus comisuras se reagrupan en pequeños comandos de melanina.

– No, claro que no -le respondo, dejando de leer y volviéndome hacia ella, mis dos cejas fruncidas en una sola oruga central- Tenía diecinueve años y pesaba 45 kilos. La emoción dominante en mí a esa edad era la euforia ingobernable; con algún conato ocasional de tristeza en almíbar. No tenía tumores, ni párkinson, ni hipertiroidismo, que yo sepa. Me levantaba de la cama de un brinco, cantando canciones inglesas a grito pelado, como un joven cadete recién alistado. Y en cuanto a lo del “surmenage”, no sé lo que es.

– Enfermedad Sistémica de Intolerancia al Esfuerzo -contesta- Fatiga crónica, vamos.

– Decididamente no sufría de eso tampoco. De hecho, producía más energía de la que podía consumir. Tendrían que haberme conectado algún tipo de batería al trasero para luego recargar a otra gente con menos recursos.

– El gran enigma, entonces, sigue sin resolver: ¿por qué narices te metías tanta anfetamina?

Inclino la cabeza hacia un lado, los ojos en las esquinas de los párpados, como el que trata de escrutar por dentro un rincón de su cabeza.

– ¿Sabes qué? -le digo, volviendo a mirarla- Que no tengo ni idea.

2.1. Historial clínico-farmacéutico

Lo anterior no era verdad. Sí sé por qué me metía tanta anfetamina: yo estaba permanente estimulado, pero a la vez ambicionaba más estímulo; era así de sencillo. Y asimismo: ¿recuerdan el viejo axioma rocanrolero de “vive rápido, muere joven y deja un cadáver bien agraciado”? A mí me atraía el primer segmento del apotegma, por descontado, pero no me hacía la menor gracia lo de morir joven (y en cuanto a cómo quedara mi cadáver, me importaba un bledo). Yo era un drogadicto romántico, pero de segunda generación: los que vinimos a esto avisados, hermanos pequeños de los yonquis del pueblo, por decirlo de algún modo. Llegamos demasiado tarde para Lou Reed o Burroughs, Bowie o Richards, “Heroin”, los viajes tóxicos de los 70 y el resto de funestas imprudencias de la contracultura.

No: lo que hallamos al plantarnos en la puerta del baile fue más bien un mar de chándales: un elevado porcentaje de la generación superior lucía pinta de reciente exhumación, así como la necesidad urgente de un plan dental. Entramos en la fiesta cuando se apagaban las luces, cuando en ella solo permanecían los adictos demacrados, balbuceantes, patéticos, que se negaban a volver a casa. Además, aunque se hinchaban a opiáceos con intención recreativa, no parecían estarlo pasando demasiado bien (por añadidura, sufrían una insaciable ansia motriz que les obligaba a pedir dinero para “coger el tren” de forma compulsiva). Y las vomitonas no eran muy invitantes.

Mi generación, así, necesitaba un fármaco que potenciara las intensidades de serie de la adolescencia, y a poder ser que lo hiciese sin exterminarnos a todos en el proceso. Queríamos vivir el gran momento, la GRAN EMOCIÓN, sin despertar de ella con hepatitis C, o en el Proyecto Hombre, plantando patatas de sol a sol y bebiendo zumos tibios directamente del tetrabrik. Queríamos, ya puestos a exigir cosas, una droga limpia que permitiese compaginar el atunantamiento y el fin de semana saturnal con un tipo de vida ordenada solo en apariencia: queríamos ir a trabajar y cobrar un sueldo que nos permitiese vivir en habitaciones con muebles, comprar trapos absurdos y discos ruidosos, y bailar a su ritmo todo el tiempo. Queríamos ducharnos y afeitarnos, ponernos guapos, con una regularidad civilizada, a nivel europeo. Ser espías crapulosos: degenerados con disfraz, el enemigo interior. Drogarnos como dementes sin sufrir el estigma social que nos cortaría las alas, o el acceso a los bares. Queríamos, en suma, anfetaminas. E íbamos a conseguirlas.

2.2 Historial Clínico-farmacéutico (segunda parte)

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Fry después de 100 tazas de café (equivale al momento imperial de la ingesta de anfetas)

La primera vez que tomé anfetaminas no eran anfetaminas. Me las entregaron unos mods de Santander en 1988, en la puerta de la sala Metro de Zaragoza, tras recomendarme que las pulverizara y me las introdujera por vía nasal. Yo tenía diecisiete años: por mi fosa nasal solo había pasado mi dedo índice. Pero les creí, a aquellos mods, porque después de darme las indicaciones prácticas pusieron una cara muy seria, y parecían estar todos muy despiertos, allí con sus parkas verdes y cejas en alto, como centinelas en plena guardia.

Por desgracia, entendí mal lo de machacar la pastilla con una moneda de 25 pesetas, y en lugar de hacerlo con la moneda plana utilicé el canto, con lo que la preciada “anfeta” se partió en dos con un chasquido sordo y salió disparada en dos mitades hacia extremos opuestos del vestíbulo. Una espléndida carambola de billar farmacéutico.

Cuando al fin pude recuperar ambos cachos de pastilla, tras buscarlos durante media hora por el suelo como una yaya que ha extraviado las lentes, machaqué la cápsula y la aspiré por la nariz sirviéndome de un billete enrollado, tal como me habían indicado aquellos doctos mods norteños. Que no parasen de reírse por mi faux pas carambolesco debería haberme hecho sospechar (pues de anfetaminas no te ríes una pizca: solo masticas tu propia lengua), y al final resultó que, en efecto, aquello no era anfeta, ni siquiera un pariente lejano de la misma familia farmacológica. O tal vez sí lo era, pero entró en mi cabeza con intención de estimular y encontrándolo todo ya bien estimulado, como una señora de la limpieza que entra a la casa de un maníaco del orden y topa con que no hay nada que hacer allí.

La segunda vez que tomé anfetaminas sí eran anfetaminas, por fortuna. Yo ya conocía su efecto, porque había probado el speed unos meses antes, y este entregó todo lo que me había prometido el saber arcano de los ancianos de mi tribu: euforia, energía perpetua, estado de vigilia extensible -solo tenías que seguir echando la polvareda aquella dentro de tu nariz, como carbón en una locomotora de vapor-, una imparable ansia de bailar, moverte, actuar, teorizar y asegurarles a tus mejores amigos que eran, en efecto, tus mejores amigos (decías esto con los dientes muy apretados). La anfetamina es un “agente adrenérgico”, un potente estimulante artificial del sistema nervioso central. En el speed hallas ese estímulo, solo que metido en una bolsa insalubre que no quieres saber por qué manos o interiores de culos ha pasado, y para colmo suele venir cortado con cafeína, DDT, egagrópilas de cernícalo, padrastros, costras de leproso, ácido clorhídrico y, de forma particularmente perversa, aromatizante de manzana. No es la forma más pulcra, o segura, de consumir anfetaminas.

Lo que embutí en mi boca unos meses después, a principios de 1989, en la sala KGB y de manos de un mod valenciano, sí parecía seguro, si bien de un modo infantil: era una pizpireta cápsula de color rosa intenso, recién extirpada del contenedor plástico que la alojaba. La observé en la palma de mi mano. El valenciano me la presentó: Pink Panther. El nombre también sonaba preescolar, en claro contraste con sus efectos, que comprendí en toda su inmensidad cuando vi que bailando, bailando, había abandonado la sala y me encontraba en algún punto de la carretera de la Arrabassada. Con las suelas de los zapatos desintegradas. Contándole mi vida a un cactus.

Con el tiempo descubriría que el llamado Pink Panther era en realidad un medicamento comercializado con el nombre de Finedal. Composición: Clobenzorex, un análogo de la anfetamina, solo que 20 veces menos potente. Ningún problema: solucionamos aquella nimiedad con un astuto incremento de la dosis: en lugar de una cápsula, engullíamos veinte. Aquello parecía funcionar. Una vez dentro del organismo, el Finedal liberaba la dopamina y la serotonina como si alguien hubiese lanzado un obús contra una presa fluvial: los euforizantes manaban desbocados, creando un oleaje ingobernable de estímulos positivos, más o menos familiares pero muy exagerados y muy veloces. Y duraderos.

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Aquella noche pasó de un fogonazo. Mi cuerpo se tragaba los minutos como caramelos de peseta. No podía dejar de bailar y analizar la hondura y extensión potencial de mi amistad con fulanos que acababa de conocer en la pista, y a quien solo me unía un peinado similar, una pareja absurdidad zapatesca. Nunca me lo había pasado tan bien. O quizás “bien” no sea la palabra. Nunca lo había pasado tan intenso. De anfetaminas todo era crucial y épico, cada minuto era El Mejor Minuto de Tu Vida: parecía la droga ideal para alguien como yo, un idealista incurable que prefería lo heroico, lo fabulado, el mito, a la realidad. La anfetamina construía una “situación”; del todo ilusoria, naturalmente, pero a mi eso me traía al pairo. Era una situación muy GRANDE; eso era lo que me importaba. Su puto tamaño.

Tuve un pensamiento con visos de aparición mariana: si ser joven y militar en subcultura significaba algo, debía ser cercano a lo que experimenté aquella noche de 1989 en la pista de baile del KGB: la sensación de que estaba viviendo a conciencia. Que vivía deliberadamente, como diría Thoreau. Le estaba arrancando un propósito a mi existencia, a saber: percibir esa existencia a tiempo real, no retrospectivamente. Que durante esa existencia, ahora materializada ante mis ojos, llegase a acumular más frustraciones futuras que la clientela entera de una tienda de material de bellas artes es otro asunto.

A la mañana siguiente (mediodía) de aquel festín tóxico, mi cabeza retumbaba con fragor tectónico, mi estómago estaba retorcido sobre sí mismo y compactado como una bola de papel de plata estrujada en un puño, y yo sufría una melancolía más grande que la de Napoleón en Elba, cuando analizaba uno a uno todos sus fracasos como hombre y como estadista. Pero en ningún momento me dije “nunca más”. Lo que dije fue (ya se lo imaginan): “¿cómo leches podría yo echarle el guante a lo que vendían (a precios indecentes) aquellos estraperlistas valencianos?”

3. No consumir sin supervisión médica

Si la palabra llega a estar en boga podrían habernos llamado “emprendedores”. Porque emprendimos la búsqueda de anfetamina legal con tesón latifundista. La primera época de la intoxicación estimulante en España había terminado ya, llevándose con ella una serie de marcas de resonancias artúricas (Optalidón, Dexedrina Spansul, Bustaid…) pero una nueva ola de aceleradores químicos renacía en las farmacias: Delgamer, Centramina y Finedal. El quid residía en su adquisición: ninguna de dichas pastillas se vendía sin receta, y parecía poco probable que nuestros médicos de cabecera decidieran de sopetón que lo que les convenía a nuestros temblequeantes cuerpos de veinte años era una severa dosis diaria de sulfato.

Se imponía una resolución, así que una noche de 1989 aprobamos de forma unánime cruzar la línea de la legalidad. Al memo de la pandilla a quien le tocó dar el primer paso delictivo fue, ya se lo imaginan, a mí: pedí hora a mi dermatóloga (mi madre se había emperrado en curarme un brote de acné perfectamente tolerable) y acudí una mañana de primavera a su consulta. Tras haber observado mi dermis untuosa sin efectuar ninguna mueca de repugnancia discernible, la amable colegiada salió de la habitación –para consultar, tal vez, alguno de sus volúmenes médicos- y yo premié su confianza empezando a rebuscar en todos sus cajones como un perro salvaje enloquecido por la hidrofobia. Tras unos instantes dignos de Requiem por un sueño topé con su libreta de recetas y, mientras gruesas gotas de sudor resbalaban por mi frente (y granos), arranqué de cuajo una veintena y las estrujé en el bolsillo trasero de mis pantalones.

Aquella semana inauguramos nuestra cadena de montaje de putos colgados. Puro fordismo fenetilámico. Cada viernes agarrábamos un par de recetas –las habíamos fotocopiado, así que las existencias eran, al menos sobre el papel, infinitas- y hacíamos parada en casa de un réprobo que tenía caligrafía “de médico” (es decir: intrincada y del todo ilegible). Una vez nuestro amanuense criminal había replicado la firma de mi dermatóloga y especificado el producto deseado, nos marchábamos a hacer la ronda de farmacias. Primero, por Sant Boi, mi pueblo natal. Unos meses más tarde, cuando ya nos tenían fichados en todas -o habíamos terminado con las existencias-, por los pueblos colindantes: Cornellà, Gavà, Viladecans y Castelldefels. Lo gracioso es que durante todo aquel tiempo vivimos convencidos de que era un plan sin fisuras, puesto en práctica por unos magos del disimulo (incluso llevábamos con nosotros a un amigo gordo “para no levantar sospechas”), cuando en realidad cada uno de aquellos sufridos farmacéuticos se enfrentó a una panda inefable: tres rapados desarrapados (uno con sobrepeso), los tres muy tensos, la mirada tristona, los pantalones de tubo y las bombers de saldo, haciendo gala de una notoria falta de experiencia criminal y encima blandiendo una receta fotocopiada de una dermatóloga que exigía una cantidad irracional de estimulantes anoréxicos. Con una rúbrica muy poco convincente.

Si esto suena delirante, más delirante aún era la cantidad de ocasiones en que nos hacían entrega de la mercancía, y sin hacer pregunta alguna. En aquellas ocasiones, un júbilo volcánico tomaba al grupo. ¿Veinte cápsulas de Centramina (composición: 99% de sulfato de anfetamina) a 100 pesetas? ¡Tiembla, Cosmos! (en realidad ni siquiera necesitábamos veinte: una sola pastilla de Centramina alcanza para toda una noche. Es una inversión farmacéutica de lo más sensata).

También pedíamos Delgamer, una anfepramona (algo parecido a la adrenalina sintética), que venía en cajas de 30 comprimidos de 75mg. Unas pastillas blancas en forma de Bollycao aplastado, muy grandes y difíciles de tragar, que le hacían creer a tu sistema nervioso que acababas de lanzarte en pelotas y sin paracaídas de un helicóptero en plena ofensiva del Tet (pese a que solo estabas sentado, medio culo fuera, en la silla metálica de un bar extremeño): todo tu cuerpo era histeria, euforia, pavor, temblores e hiperventilación. Pegabas gritos bélicos, solo querías cantarlas todas, fuesen pasodobles o ska. Anunciabas a gente desconocida que mañana ibas a emprender un viaje en kayak a Groenlandia, que te apuntarías a un curso de euskera, que ibas a ser alguien (sin especificar en qué campo o disciplina).

Pasamos un lustro así. Buscando agentes adrenérgicos de inconcebible baratura, exhibiendo por el Baix Llobregat nuestra lividez cada vez más conspicua, con el objetivo inconcreto de pasar, qué sé yo, ¿muchas más noches despiertos? (ya ni bailábamos), solo hablando, hablando, hablando, relatándonos nuestras vidas recién cubiertas de un barniz indómito, hasta el amanecer, fin de semana tras fin de semana, bajo las farolas aún encendidas de un pueblo muerto, cuando el último tren a Barcelona había partido horas atrás sin nosotros, arreándonos violentos empujones los unos a los otros junto a la máquina de latas de la plaza del ayuntamiento, sin saber el cuándo ni el dónde ni qué carajo queríamos ya. Creo que no queríamos nada. Solo drogarnos, y que pasaran los minutos rápido, rápido, rápido hasta otra época mejor.

4. Posibles efectos adversos

Nadie te advierte de que si eres melancólico y muy nervioso deberías abstenerte de tomar anfetaminas. O tal vez te advierte todo el mundo, pero tú no les escuchas porque el sonido ensordecedor de tus carrillos al ser masticados por ti mismo ahoga su voz admonitoria. El estruendo de tu verborrea feroz acalla las advertencias de un modo implacable. A la vez, he leído artículos recientes de revistas hípster en que solo se realiza un ensalzamiento descabellado de los efectos positivos de la anfetamina, sin siquiera un mero apunte de sus peligros.

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Quizás no sea este el lugar para listarlos, pero creo que esta pieza no estaría completa, o haría gala de un sesgo reprensible, si yo no les confesara que por culpa de las anfetaminas he padecido algunas de las resacas más deprimentes de mi vida. Momentos en que quería morir, literalmente, retorcido sobre mí mismo como el Daredevil post-hecatombe de Born again. Igual que una alimaña agonizante.

Como la noche de 1990 en que, enchufado perdido, perdí por ahí dos bolsas enteras de discos, y a lo largo de la insomne mañana siguiente me dediqué a llamar por teléfono -con una pelota de clavos atascada en la nuez, de puro triste- a todos los teléfonos de mi agenda, por estricto orden alfabético y sin saltarme ni uno, por si alguien sabía donde estaban[1]. O la noche de junio de 1991 en el Aplec del Cargol de Lleida (no hace falta que les diga que, naturalmente, no probé bocado, ni caracoles ni ningún otro tipo de plato) cuando, enchufado perdido, decidí no pagar mi billete de tren de vuelta a casa y el revisor me hizo bajar, con la insostenible gravedad de una resaca termoquímica a cuestas, en un pueblo leridano en plena solana, en mitad de la nada, a cuatro horas del próximo tren (de vuelta a Lleida; dios del cielo, ¿por qué me haces esto?). En otra ocasión, para celebrar un cumpleaños, preparamos un mejunje bebible, una pócima kamikaze, cuyos ingredientes eran una descabellada combinación de licores, jarabes y, muy especialmente, una caja entera de 30 finedales. Hasta ahí bien. Por desgracia, mi hermana de doce años había acudido a la fiesta, y en un momento de despiste general se bebió tres vasos de cóctel (“Ayer me lo pasé tan bien que no pude dormir en toda la noche”, fueron sus escalofriantes palabras a la mañana siguiente[2]).

Tantos momentos terribles; tantos que casi ocultan lo bueno. Tantos que me hacen preguntar: ¿qué falta me hacía a mí todo aquello? ¿A mí, que ya llevaba de fábrica aquella burbujeante alegría de vivir? ¿por qué saboteé mi psique de aquel modo?

Lo sé, no hace falta que respondan: por el GRAN momento. Es solo que desde aquí, desde donde estoy ahora, ya no parece tan grande.

5. Puede producir nerviosismo

Terminaré con una nota de jovial patetismo. No quiero que me recuerden así, triste y malherido. Un día, debía ser en el año 1992, se terminaron las recetas o las posibilidades de continuar practicando el timo fotocopiador. O quizás solo tuvimos un acceso fugaz de sentido común. Por desgracia, aquella nueva sequía, en lugar de encarrilarnos hacia la sobriedad narcótica, nos catapultó a tomar medidas tan desesperadas como (lo descubriríamos en breve) ineficientes. Un día, en un salto de fe que nadie ha sido capaz de olvidar ni explicar, me presenté en el bar con una enciclopedia farmacéutica (lo juro) y les anuncié a todos:

– Vamos a consumir todos los medicamentos de aquí, de la A a la Z, que recomienden no mezclar con alcohol o que puedan “producir nerviosismo”. ¿Todos de acuerdo?

Puesto que nadie contestaba, les señalé el primero: Apsedon. “Toca éste”, añadí, porque ya me había vuelto completamente loco y no atendía a razones.

La noche siguiente tomamos todos nuestras cuatro cápsulas de Apsedon, y nos pusimos a esperar que cayera el chaparrón de nerviosismo. Y mientras aguardábamos, por hacer algo, me puse a leer los efectos secundarios:

– Al loro: dice que el abuso de este medicamento buede brovogar obsdrugción de las fosas dasales.

– ¿Gomo? –me preguntó el Ventura.

– Las fosas dasales –le dije, señalándome la narizota. Y todos venga a reír.

[1] Alguien lo sabía. Los recuperé. Fue un maldito milagro. Pero el susto y la depresión de aquel día no me los quita nadie.

[2] De acuerdo, esto aún me hace carcajear.

Kiko Amat

(Este artículo se publicó previamente en la revista Cáñamo de Julio del 2018)

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Toma anfetas (o no): un artículo para Cáñamo

En la revista Cáñamo de agosto del 2018 aparece un extenso artículo del menda (aparezco ahí, en portada, cerca del menisco derecho de la moza). El artículo versa exclusivamente sobre anfetaminas y mi vieja relación (de abuso) con ellas. No existe versión online de la cosa, así que tendrán que pillarse la versión papel y buscarme en sus páginas.

Para abrirles los munchies me permito incluir aquí el inicio de dicha pieza, que luego entra a trapo en los particulares autobiográficos con una gran inmoderación:

  1. Indicaciones

– “Estados depresivos, astenia matutina, surmenage, intoxicación por barbitúricos, curas de deshabituación en toxicómanos, narcolepsia, parkinsonismo post-encefálico, tumores diencefálicos, hipertiroidismo y…”, espera, esto está medio tapado por la foto de Sandie Shaw -acerco la cara a la pared, donde pegué un viejo prospecto de Centramina a modo decorativo, y leo, resiguiendo la línea con el dedo- “Obesidad”, creo que pone.

– Ahora me dirás que sufrías alguna de esas -suelta mi mujer, y ambos extremos de su boca se tuercen hacia arriba, como si le dieses la vuelta a un arco. Las pecas de sus comisuras se reagrupan en pequeños comandos de melanina.

– No, claro que no -le respondo, dejando de leer y volviéndome hacia ella, mis dos cejas fruncidas en una sola oruga central- Tenía diecinueve años y pesaba 45 kilos. La emoción dominante en mí a esa edad era la euforia ingobernable; con algún conato ocasional de tristeza en almíbar. No tenía tumores, ni párkinson, ni hipertiroidismo, que yo sepa. Me levantaba de la cama de un brinco, cantando canciones inglesas a grito pelado, como un joven cadete recién alistado. Y en cuanto a lo del “surmenage”, no sé lo que es.

– Enfermedad Sistémica de Intolerancia al Esfuerzo -contesta- Fatiga crónica, vamos.

– Decididamente no sufría de eso tampoco. De hecho, producía más energía de la que podía consumir. Tendrían que haberme conectado algún tipo de batería al trasero para luego recargar a otra gente con menos recursos.

– El gran enigma, entonces, sigue sin resolver: ¿por qué narices te metías tanta anfetamina?

Inclino la cabeza hacia un lado, los ojos en las esquinas de los párpados, como el que trata de escrutar por dentro un rincón de su cabeza.

– ¿Sabes qué? -le digo, volviendo a mirarla- Que no tengo ni idea.

10 drogas que tomé

Otra garbosa pieza piyuli-confesional, esta vez sobre experiencias con narcóticos de distinto pelaje: 10 drogas que tomé. Estrictamente vivencial, como ya imaginan, aunque llena de aplicaciones prácticas. Léanla y sabrán todo lo que hay que saber sobre resaca de speed (e inexplicable desaparición del propio pito), cosas que no te suceden en el anus cuando tomas popper, el día que creí haber tomado heroína pero luego resulto que no era heroína ni de culo, paranoia anti-hippy derivada del consumo desmedido de MDMA en polvo, blackouts motrices de diazepam, los rastros del tajín que dejé por toda la casa en mi última cogorza y muchísimo más.

Todo para entretenerles enseñando, enseñarles entreteniendo.

Kiko Amat y JAIME URRUTIA (Gabinete Caligari): la charla sin cortar

De lo que se come se cría, dicen, y nada (en el pop) surge de debajo de una seta. Jaime Urrutia, líder de Gabinete Caligari y compositor de sus hits, nos lanza las pistas de su arte en un libro, Canciones para enmarcar (Larousse, 2014), que es una carta de amor al rock’n’roll, al punk y la nueva ola; pero también a los tangos y los pasodobles.

UrrutiaAllí está. Jaime Urrutia. La cara más reconocible del pop español de los 80, y autor de algunos de sus éxitos más populares. Cuando yo hice la mili en 1990, “La culpa fue del cha-cha-chá” de Gabinete Caligari era la canción. Sonaba en todas partes, pegadiza como la electricidad estática. Pero no estamos aquí para hablar de ella, sino para excavar en el cancionero que sentó los cimientos del músico.
Cuando yo llego al bar, un mesón cerca de Las Ventas, Urrutia ya está allí, tomando una cerveza en la terraza y ojeando su libro. Va muy tapado para el tiempo que hace, con camisa, jersey y americana. “Estos cambios de tiempo me dejan hecho polvo”, me suelta, cuando me siento. Su cara, llena de rasgos exagerados, una faz goyesca, continúa igual; aunque los elementos han hecho cierta mella en ella. Y entonces está la voz. Aquella voz.
En el libro citas a Rocío Jurado, quien dijo de Camarón: “este chico tiene un viejo en la tripa”. Pero tu voz es muy inusual, también. La voz más reconocible de la nueva ola española, casi.
Cuando empezamos todos en la Movida, cuando estaba yo en Ejecutivos Agresivos (mi primera banda), nadie quería cantar. Yo no sabía cantar particularmente. De pequeño estaba en el coro del colegio, sabía entonar y afinar, pero me daba mucho corte eso de ser el frontman. Yo componía y me gustaba ser guitarrista, y ya está. Lo que yo quería ser era guitarrista rítmico como Sabino Méndez en Los Trogloditas, que también componía, y estar en un segundo plano escénico. Lo de cantar vino por necesidad. Ferni y mis amigos de Gabinete no cantaban. Al final, cuando empecé a componer ya dije que quería cantarlas yo, porque cuando compones algo tú eres quien mejor sabe de qué va. No me quedó mas remedio que aprender. No soy un cantante al uso. Me influyó mucho Ian Curtis en Joy Division, aquella voz tan grave. Mi tono natural es parecido. También me gustaba mucho Jim Morrison. Y al empezar a hacer canciones oscuras y siniestras les pegaba aquel tono Ian Curtis. [canta con voz gutural] “Golpes, golpes, dónde están tus golpes…”. Yo aprendí a cantar en los escenarios, vaya. Nunca he ido a clases de canto ni me ha interesado, pero el cuerpo humano es muy sabio, tu propia fisionomía va aprendiendo. Ahora creo que ya sé cómo funciona.
Lo importante, en cualquier caso, es que sea reconocible, ¿no? O sea, hablamos de rock’n’roll. No pasa nada si uno desafina un poco.
A mí me gusta eso. Hay gente que odia mi voz. Es como la de Bunbury; no deja a nadie indiferente. Eduardo Haro Ibars, que era muy amigo mío, me decía: “si quieres meterte en un grupo de rock tienes que tener personalidad y distinguirte”. Gabinete y mi voz son algo identificable.
Hay un capítulo en tu libro sobre Malevaje y los tangos. Me intriga, porque yo he intentado realizar el paso de que me gusten, y resultó imposible. Me resulta un lenguaje extraño. Pero las letras sí me chiflan. Citas aquella de “me revienta tu presencia / pagaría por no verte”.
[continúa cantando la letra] “Hasta el nombre te has cambiado / Como cambiaste de suerte / Ya no sós ni Margarita / Ahora te llaman Margot”. Qué bonito.
En el libro esa canción te sirve de excusa para hablar de rupturas y desengaños amorosos.
Sí. En la época de Gabinete tuve un desengaño amoroso muy fuerte. Era el 1986, cuando ya teníamos cierto éxito. Todo el disco de Camino Soria está dedicado a esa ruptura. Estaba realmente jodido. Me dejó una chica con la que llevaba cuatro años. Toca en algún disco de Gabinete, era la hermana del bajista de Derribos Arias. Me dejó porque se dedicaba a la ópera, y cada vez que aparecía en TV tocando teclas con nosotros su padre le echaba la bronca. Finalmente decidió que me tenía que dejar. El desamor es lo mejor para escribir canciones. Yo viví una experiencia muy rara: el grupo triunfaba, teníamos 80 bolos, vendíamos 100.000 discos, pero por dentro yo llevaba todo eso. Al componer canciones de desamor me venían baladas de los Beatles, o de los Stones, me venían blueses. Está la canción “La sangre de tu tristeza”, que está inspirada en el Buenos días tristeza de Francoise Sagan. Es un disco conceptual, Camino Soria. Las mejores canciones salen de la desgracia.
Nick Hornby se preguntaba en Alta fidelidad: “¿Qué fue primero: La música o la tristeza? ¿Escuchaba música pop porque estaba triste? ¿O estaba triste porque escuchaba música pop?”.
Es el huevo o la gallina [ríe]. Hombre, imagino que lo primero es la melancolía del hombre. Antes de tener instrumentos, el ser primitivo sentiría ya esa sensación de abandono cuando le dejaba una mujer, supongo. El amor es lo que mueve el 90% de las buenas canciones. Y de las malas también.
¿Las circunstancias oprobiosas que rodean a un disco le amargan el disfrute del mismo al artista? ¿Piensas en Camino Soria y recuerdas el dolor?
Pienso solo en la alegría. El dolor se quedó en aquellas canciones. Solo queda una pequeña cicatriz. El tiempo pasa, y que le den por culo a aquella chica [ríe]. La vida ha evolucionado y tengo a otra chica que me quiere ahora. No, el disco aquel ayudó a limpiar la herida.
Hablas de tauromaquia en el capítulo sobre Antonio Molina y “Yo quiero ser mataor”…
Yo soy aficionado a los toros, y he sufrido ataques acojonantes a mi Facebook. Los antitaurinos pueden ser muy violentos. En los ochenta el tema no estaba tan jodido como ahora. Yo voy con mis amigos y soy aficionado, pero tampoco quiero hablar demasiado de ello. Mi padre era escritor y crítico taurino en Madrid, un periódico que cerró Franco por aquella editorial de “Retirarse a tiempo”. Mi abuelo por parte de madre fue empresario de la plaza de toros de Málaga. Mi padre ganó la guerra con los Nacionales, no era nada izquierdoso, iba a misa y era muy cristiano. En mi casa, en lugar de “niños, al cine” era “niños, a los toros”. Mi padre tenía siempre entradas, que le enviaban los matadores.
¿Lo recuerdas con terror o con excitación?
Con excitación. Lo escribí una vez en El País y volvieron a atacarme el Facebook [pone cara de resignación estoica]. Me alucinaba el espectáculo en general. Piensa en que fui allí con 7 o 8 años. Me gustaba cómo iba vestido el torero, el ambiente de la plaza… Pero (y esto es la razón por la que me atacaron) entonces no sentía dolor por el toro. Mira por dónde que ahora sí lo siento más. El domingo pasado fui a los toros, y toda la parte en que el toro vomita sangre… Te lo juro, no me gustó. Pero en mi casa se respiraba ambiente taurino, eso es indiscutible. Recuerdo una vez en que vino a casa Antonio Bienvenida, que era un torero famosísimo, y mi padre le entrevistó. Durante una época lo dejé bastante. En la época de los grupos llevé alguna vez a mis amigos, pero nunca he sido abanderado del tema. Cuando Patricia Godes dijo que Gabinete hacíamos “rock torero” me gustó, ayudó a etiquetar al grupo. En mi casa había discos de pasodobles taurinos, y me gustaba mucho el sonido, yo jugaba a torear en casa. El pasodoble no va solo de toros, y son maravillosos, se aprende mucho de ellos.
obedienciaGabinete siempre han estado fascinados por la IIª Guerra Mundial, y vuelves a hablar de ello en el capítulo de “Lili Marlen”.
Me sigue fascinando. Lo digo en el libro, una de las razones de esa fascinación es la cercanía en el tiempo. Yo soy del 58, y la guerra terminó en el 45. Son solo 13 años de diferencia, un poco más y me veo allí metido en la mierda. Es el holocausto y son los nazis, claro. Recuerdo que a clase de religión el cura trajo un libro del holocausto, y me impresionó mucho. Tenía 12 años, pero me duró hasta el día de hoy. Es algo muy fuerte y muy dramático. Los nazis, con su poderío y forma de vestirse, esa forma de dar miedo a la gente…
La teatralidad. Todo estaba muy estudiado desde un punto de vista escénico; piensa en los montajes de Goebbels.
Sí, era la parafernalia. Cuando empezamos Gabinete nos fijábamos en Warsaw, de Joy Division, que incluso se habían llegado a llamar así. Y usaban imágenes de nazis, cosas de ese tipo. El nombre Joy Division hace referencia a la “división de la alegría”, las putas de los campos nazis. Era un tema tétrico que nos iba bien al comienzo del grupo. Nuestra canción “Tren especial” hablaba de los campos. ¿Tú también eres aficionado?
Sí. Me interesa mucho la caída, la vuelta a la realidad, el shock del final. Aquellos hombres creían que el Reich iba a durar mil años, literalmente. Y de repente su visión del mundo quedó borrada de la faz de la tierra.
Sí. Es muy fuerte. El otro día un periódico digital hablaba de la ciudad que quería construir Hitler.
Germania.
Sí. Efectivamente. Germania. Claro, nosotros no hemos vivido la guerra. Esto que vivimos es una mierda, pero no es aquello.
Sí, somos algo menos viriles, creo yo.
[carcajada] Cierto. Lo vivieron nuestros abuelos y padres. Mi padre estuvo preso, y escribió un libro sobre el tema.
Los primeros Gabinete usaban bastante parafernalia militar. Lo que os ocasionó más de un problema, como es bien sabido.
Bueno, la cosa venía de los Sex Pistols y los punks, con sus cruces gamadas, los Clash llevaban ropa paramilitar…
Incluso Keith Moon y Vivien Stanshall se habían vestido de oficiales de las SS. Los muy colgaos.
Sí, y también Brian Jones de los Rolling Stones. De hecho, utilizamos esa imagen en el “Obediencia” de Gabinete. Era porque la estética era bonita y acojonante. Y en aquella época tenías que epatar. Por eso dije aquello de “Hola, somos Gabinete Caligari y somos nazis”.
¿No era “y somos fascistas”?
Eso, fascistas. No dije nazis. Eso fue en el 81. En aquella época estábamos en plena transición, todo el mundo iba de colega y del PSOE y de que nadie había sido fascista. Y nosotros queríamos epatar. Eduardo Benavente lo hacía más por la vía del sadomaso, y nosotros lo hacíamos por lo cultural e histórico. Nos costó muchos disgustos. Tuvimos amenazas de ETA en el País Vasco. En Andoain, Guipúzcoa, nos llegó a avisar el alcalde del pueblo. El Egin nos llamó fascistas también, cuando ya hacía ocho años que habíamos dicho la frase epatante. Mis amigos me dijeron que me había pasado un poco, pero yo me había tomado dos güisquis, era el primer concierto de Gabinete, en el Rock-Ola… Yo qué sé. Son pecados de juventud. Me arrepiento.
En el capítulo sobre los Ramones dices una frase que encuentro encomiable, pero que me descolocó un poco. Afirmas: “yo soy y me considero punk, y siempre lo diré”. ¿Que querías decir por “punk”?
Viene un poco a cuento de lo que decíamos antes, del “Hola, Somos Gabinete Caligari y somos fascistas”. Es mi generación. Yo soy del 58, y tenía 20 años en el 1978. Pistols, Ramones, Clash… Son la música de mi generación. Como grupo, Gabinete nunca fuimos punkis, hicimos algo más personal. Pero me considero de esa época y soy punk y pienso como un punk, aún hoy.
¿En cuanto a rechazo al sistema establecido, quieres decir?
Sí, en rechazo al sistema, efectivamente. Aunque eso siempre lo ha hecho el rock de toda la vida. Lennon era un punk también. El rock tiene ese punto de rebeldía, y de rechazar las normas y al establishment. Te rebelas contra lo que te echen. Ahora lo veo todo más dulcificado.
Gabinete usabais un tipo de ironía muy particular, pero como teníais cara de serios todo el mundo se tomaba al pie de la letra lo que decíais.
Eso es cierto. Algunos periodistas se asustaban con nosotros, nos decían “pero sonríe un poco en las fotos”. Pero nosotros no sonreímos. Los tres, de pura casualidad, éramos de gesto serio. No sabíamos sonreír. Nuestras letras del principio eran muy serias: “Obediencia”, “Por qué perdimos Berlín”… Pero entonces vino la mili, y yo pasé de escuchar aquellos grupos modernos del Rock-Ola a Los Chichos, y rumbita, y música española. Aquello fue fundamental. Nos dimos cuenta de que había otro mundo fuera del Rock-Ola. “Al calor del amor en un bar” éramos nosotros decidiéndonos a hablar de lo que hacíamos realmente todo el día, que era estar en bares. Y además contarlo en plan festivo. “Caray” está dedicada a Elvis Presley, a un tío que va de chulo por la vida. En una letra puedes dar ese punto de ironía, no tanto de rollo cómico.
No, claro. Hay gente que las confunde, y de forma letal.
A mí siempre me han jodido los grupos cómicos. En los ochenta había muchos grupos que iban de graciosetes, de ja-ja y la risa, y a mí me dolía. Porque la música pop es algo muy serio. Puede incluir cierto humor, pero muchos grupos triunfaron solo haciendo bromas.
A Siniestro Total los perdonamos, ¿no?
[ríe] A Siniestro se lo perdono todo. Hay que darles de comer aparte.
GCMencionabas lo de la mili. Me interesa ese fenómeno de chavales de clase media, y que encima venían del elitismo de la Movida, que de golpe se topan con todos aquellos reclutas tirando a pollinos. Y veis la luz, y os lo empezáis a pasar bien.
Nosotros nos conocimos en la universidad. Armamos Gabinete en el 81, el disco empieza a sonar en Ordovás, tenemos cierto éxito… Entonces decidimos cancelar las prórrogas por estudios e irnos los tres a la mili. A la vez. Porque ya veíamos que el futuro iba a ser Gabinete Caligari, y queríamos sacarnos la puta mili de en medio. La mili rompía muchos grupos. Tenías 18 años y te llegaba la carta aquella que te ordenaba ir a “tallarte”. Y en tres meses te enviaban 18 meses fuera de casa. Grandes grupos de rock de aquí quedaron destruidos por eso, pero Gabinete fuimos muy listos. Con dos cojones, fuimos a la mili, sacamos “Obediencia” para que no se perdiese el interés, y seguimos con nuestra carrera. Ferni, por cierto, se libró por excedente de cupo, y él se quedó a dirigir la operación, llevar Tres Cipreses, organizar las entrevistas… Yo tuve peor suerte, porque me destinaron a un pueblo, sin pase de pernocta, y estuve más jodido. Pero allí nos encontramos a los pollinos (con todos mis respetos). Incluso alguno me jodía porque sabía que yo había estado en un grupo de rock. Pero la radio estaba conectada todo el día, y escuchaba sin parar la radiofórmula, el soniquete, y eso me abrió las miras para poder hacer “Sangre española”, por ejemplo.
Tu libro está lleno de canciones de infancia y adolescencia. Parece que das la razón a la vieja teoría de Billy Childish: “lo que te gusta a los 17, es lo que realmente te gusta”.
Es cierto. Mucha gente me dirá que no hay nada moderno en el libro. Todo son cosas de mi juventud. Son las que marcaron mi vida. Lo moderno ya no me marca, tengo la piel demasiado curtida. Esa corteza impide que me impresionen ya ciertas cosas. En cambio a los 17 te impresiona todo.
Hablando de los 17. De muy jovenzuelos tuvisteis una etapa medio mod, ¿no? “Mari Pili”, aquel ska bullanguero que sacasteis con Ejecutivos Agresivos, era un hit en los bares de mi pueblo.
En el 81 fue casi canción del verano, y mira que estaba mal grabada. Era de Poch. Lo mod nos venía de que yo era muy fan de los Kinks, que no eran mods tan descarados como los Who. Pero tenían su filosofía inglesa y dandi. Y en Madrid fue por el estreno de Quadrophenia y The Kids are Alright. Ya había pasado el punk, pero aquello fue un subidón. Los Ejecutivos pillamos la pasión por el R&B de los sesenta, los Kinks, incluso Beatles y Rolling Stones. Un pre-grupo de Gabinete se llamó Los Dandies, por el “Dandy” de los Kinks. En tres años pasó de todo. Nos pilló a los veinte, había modas cada mes. No había mucha información, no era como ahora.
Creo que eso era bueno para la creación musical. Tenías una pizca de información, y el resto lo rellenabas a fuerza de imaginación.
Sí, había mucha ilusión por hacer cosas. Imaginarte tu grupo en plan infantil, todo eso. No sé si ahora hay sobredosis de la información, como cantaban P.I.L. en 1988.
ejecutivos-agresivosHabía una época en que todo el mundo parecía mod, en Madrid. Uno de La Unión era mod. Todo Dios se apuntó al rollo.
[ilusionado] ¡Mario, el guitarrista de La Unión! Es verdad. Éramos una pandilla bastante numerosa. Yo no llegué ni a tener parka, pero iba con mi chaquetilla y mi corbata. El grupo más mod de Madrid eran Los Elegantes, cuando tenían al Chicarrón de cantante. Duró muy poco, pero eran noches de soul y anfetas en el Rock-Ola, y estar por ahí a las doce de la mañana con la mandíbula hecha polvo.
¿Qué anfetas tomabais?
Minilip. Bustaid se encontraba menos. Y alguna Dexedrina, de vez en cuando. Unas cápsulas con bolitas. El Minilip era una pastillita blanca. Te digo una cosa: la única vez que me he querido suicidar en mi puta vida fue durante un bajón de anfetas. No las he vuelto a probar. Me pasé tres días sin dormir, cagüen Dios.
Un momento interesante de Gabinete es cuando pasáis de querer ser The Jam a querer ser Joy Division.
Una persona clave en la historia de Gabinete fue Eduardo Benavente. Él había hecho un casting con los Pegamoides, cuando “Bailando”. Pegamoides tuvieron éxito y empezaron a ir a Londres y de allí traían discos, él, Ana Curra, Nacho Canut… Eran los modernos, vaya. Eduardo nos contó quién eran Theatre Of Hate, The Cure, Siouxsie & The Banshees, Joy Division, traía videos que mirábamos en su casa… Era todo muy básico. Los tres vimos el camino claro. Gracias a él grabamos el primer single, compartido con su grupo, Parálisis Permanente. Nos lo sacamos nosotros. Pedimos ayuda familiar, y allí empezó todo.
En aquella época los grupos eran inequívocamente de aquí. Escuchaban cosas inglesas, y las adaptaban a su madrileñez, o barcelonidad, o lo que fuese. Creo que eso es menos frecuente, hoy en día. Por mucho que me gusten, los grupos actuales pueden ser de aquí o de Nueva Zelanda.
Esa fue nuestra grandeza, creo yo. Nosotros no queríamos ser ni Los Secretos, ni Alaska, queríamos tener nuestra propia personalidad. Me gustaban Los Nikis, o Siniestro, o Parálisis, pero nosotros íbamos a la nuestra. Queríamos ser arriesgados. Yo aluciné cuando descubrí que Los Planetas eran fans de Gabinete, les conocí y me cayeron de puta madre. A ver, yo entiendo que en el 92 y 93 llegó una nueva generación, harta de la Movida, que ya nos tenía muy vistos. Lo único que me jodió a mí es que los indies no cantaran en castellano. No sé, habíamos abierto un camino. Es más fácil escribir una canción en inglés, el suyo es un idioma más flexible, palabras más cortas, exclamaciones… El rock’n’roll es suyo. El castellano es más complicado, pero nosotros abrimos una vía. Bueno, Los Brincos y Los Salvajes antes que nosotros. Y Burning.
En vuestra época de mayor éxito os debisteis pegar unos buenos juergones. Bueno, seguro: lo he leído en vuestra biografía. Cuéntanos alguna, anda.
Cada uno de los tres tenía su personalidad. Yo era el más pasota, porque sabía que tenía que cantar. Fermi no le pegaba a las drogas. En Buenos Aires sí hicimos bastantes más barrabasadas. La farlopa era muy barata, y pasamos unos días enloquecidos. A la vuelta, Ferni se acojonó un poco. Y me quedé yo solo como niño malo [carcajada] La farlopa es una droga muy mala para salir a un escenario. Te deja muy rígido, para cantar y para todo.
Quizás te da el arrojo, eso sí.
Eso. Te da el arrojo, pero luego te deja agarrotado. No fuimos un grupo de grandes orgías. Una de las gordas aparece en la biografía. Fue en un pueblo de Segovia, donde los lugareños nos estuvieron todo el día invitando a whisky Dyc y llevándonos a hombros, y yo acabé en calzoncillos en un balcón, haciendo como que toreaba con las cortinas que había arrancado del comedor [risas].
Entrevistando a Manolo García hace unos meses me dejó muy clara su postura respecto a la publicidad, que era muy perniciosa para un grupo. Pero Gabinete, en cambio, nunca tuvieron esos reparos.
Te cuento. Un día tocamos Gabinete y El Último de la Fila en una plaza de toros de Marbella, creo que era, parte de unos conciertos llamados La Noche Rosa [fue en Fuengirola, el año 1988]. Gabinete íbamos patrocinados por Coca-Cola, que incluía unas pancartas con su promoción del verano en la PA a cambio de financiarnos la gira. Gabinete salimos allí primero, con nuestra publicidad de Coca-Cola, y luego Manolo García apareció y dijo algo así como que “nosotros no necesitamos ninguna bebida gaseosa para estar aquí con vosotros”. Yo me enteré, fui hacia él en el camerino cuando terminó el concierto, y le dije: “mira, tío, yo te respeto mucho pero dedícate a tu vida y no me eches al público encima”. A mí me parece muy bien que tú no quieras hacer publicidad, pero nosotros nos lo tomábamos con otra filosofía. Santiago Auserón me dijo lo mismo: que Radio Futura eran auténticos porque no hacían publicidad. Yo pensaba tan solo que la publicidad te podía hacer llegar a más gente. La opinión de Manolo es muy respetable, pero cada uno tiene una forma de ver su carrera.
En la biografía, Ferni dice una frase de ti que me parece muy graciosa y entrañable: “Jaime no lo entenderá porque creo que desde 1982 no cambia ni de peluquero”.
Eso viene de cuando ellos empezaron a escuchar a Nirvana. Se dejaron el pelo muy largo, y querían que tomáramos un rumbo más indie. Y a mí me parecía muy bien, pero yo no cambié de peinado ni de estilo. Cuando dijo aquello era al poco de separarnos, y había un poco de confrontación. Eso era un poco de despecho.
Bueno, yo lo tomé como un elogio. Me gusta la gente que no cambia.
Yo respondo a mis propios criterios. No voy a dejarme el pelo por los hombros. Soy un tío más clásico. Uno tiene que ser un poco fiel a tus principios.

Kiko Amat

(Esta es la versión pura y sin cortes de la charla que mantuvimos con Jaime Urrutia para el suplemento Babelia de El País del 19 de noviembre del 2014. Hoy me he acordado de que nunca la llegamos a colgar y aquí está, en toda su lozanía. La foto inicial la tomó Álvaro García para Babelia)