PEPEBILLY: “Si venías de happy a un after catalán salías escaldado”

Pepebilly, en Barcelona, el pasado mes de junio.

Nando Dixkontrol y tú, los dos DJ originales de Psicódromo, no podríais tener personalidades más distintas. Nando exuberante y excesivo, tú discreto y evitando el ojo público.

Ya en la época, en Psicódromo, la cara visible era él. A mí nunca me importó. Era un pacto obligado. Las entrevistas las hacía él. Yo era el trabajador en la sombra. La fama no me interesa, entonces tampoco lo hacía. Yo tenía claro que iba a llegar la madurez, el momento en que ya no estás en el candelero, y entonces qué. Hay quien lo lleva bien y quien lo lleva fatal. Nando nunca supo encajar el declive, que vino simplemente porque llegaban nuevos artistas que llegan a otra gente. Es ley de vida. Hay un momento en que estás ante un público que ya no se identifica contigo. Ese descenso llega sí o sí. Nando no lo va a aceptar jamás.

Eres una de las pocas voces más o menos críticas desde dentro de la máquina. Rechazas la visión conspiranoica y afirmas que el declive del género llega también por una serie de decisiones artísticas internas, no solo por la demonización o los cierres.

En efecto. El declive de un movimiento musical viene dado, a menudo, porque deja de interesarle a la gente. Eso puede suceder por una larga lista de razones, pero en el caso de la máquina… Si tuvo un cierto renacimiento en muchos lugares, como en Inglaterra, donde la máquina funcionó años después, para una generación posterior, ¿por qué no aquí? Pues sencillamente porque aquí se tomaron una serie de decisiones comerciales que la llevaron a ciertos caminos. No se puede culpar a las leyes, o al ayuntamiento, de todo. Al principio nadie daba un duro por el Sónar, si recuerdas, porque iba contracorriente y no apostaba por el sonido mayoritario, que era el nuestro. El Sónar apostó por algo que la gente de nuestro rollo no aceptó, que era mezclar arte y underground y cosas superraras. Con la máquina pasó todo lo contrario. La máquina no sobrevivió. No le interesaba al ayuntamiento ni tampoco a la Generalitat, porque la verdad es que era un nido de neonazis.

O sea, que una parte de la conspiranoia es cierta.

En un tanto por ciento determinado, sí. Había skinheads y había neonazis. Gente del fútbol. Se cerraron los afters urbanos y todo ello se desplazó a la periferia.

Tras el cierre del Psicódromo se abandonan los sonidos más vanguardistas, y aparece un nuevo público que solo busca sonidos populistas, y eso a su vez hace que los DJs los pinchen para tenerles contentos. Un círculo vicioso.

Es así. Al principio del rollo teníamos muy pocas referencias. Del tema electrónica y EBM pinchábamos Front 242, Nitzer Ebb, Front Line Assembly… Aquello gustaba, hasta el extremo que aquellos discos eran el reclamo de nuestras sesiones. Lo que sucede con esto es que empieza a gustarle a mucha gente, las discotecas se apuntan, la cosa mueve pasta, y llega un momento en que interesa a gente que está aprendiendo a producir. Esta gente crea su versión de lo original, que ya empieza contaminada. Ya no es EBM belga, vamos. Es una versión adulterada. Salen sellos valencianos con temas que al principio son bastante buenos, pero llega un momento en que el mercado exige más material, y poco a poco se va mezclando la basura con lo bueno. Poco a poco un sonido determinado se va volviendo más y más mediocre. La cosa aguantó tantos años porque, pese a la abundancia de basura, aparecía lo nuevo de algún grupo original, como cada nuevo lanzamiento de los Front 242, y seguía siendo la bomba. Así que lo pinchábamos, pero cada vez más mezclado con Spanic, el “Sister golden hair”, cantaditas y todo eso.

Pero no solo se trata de que se pinche calidad inferior de un estilo, sino que se acaba pinchando cualquier cosa con los beats subidos.

Es la consecuencia de copiar cosas populares y alterarlas para satisfacer al público. El origen puede ser el “Headhunter” de los Front 242, que es magnífica, pero un productor hace una versión parecida, a más velocidad. Le mete unos charles acompasados aquí…

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Una voz de pitufo por allá…

Exacto. Los DJs empiezan a pinchar cada vez más rápido, se apitufan las voces en las cabinas. Como triunfa esa apitufación los productores crean discos con los voces ya apitufadas de fábrica. Los DJs aumentan la velocidad un grado más, las voces se apitufan aún más… Al final, desde luego, eso ya no parece Front 242 [ríe]. La rama que se desvió hacia la comercialidad hizo que aquello durase lo que duró, a costa de sacrificar la calidad.

Tú venías de pinchar Alien Sex Fiend en Psicódromo. De escuchar Sisters Of Mercy en el 666. ¿Qué incomodidad te provocaba el tener que poner las llamadas “cantaditas”?

Mucha. Yo si pinchase ahora me permitiría el lujo de no tener que pinchar cosas como el “Smile” de New Limit. Entonces no podía negarme. O el “Streamline” de Newton. El de los silbiditos. Tenía que ponerlo porque funcionaba, pero lo ponía y me iba a mear, te lo digo claramente, aquello no me gustaba nada. Yo venía de escuchar voces como las de Andrew Eldritch, de The Sisters Of Mercy, tú mismo lo has dicho. No podía con el “Sister golden hair”. El público se había masificado tanto de repente que ponías una canción de los Eagles con base máquina y funcionaba. Al principio mezclábamos bases con Peter Murphy, con Bauhaus, con cosas que nos gustaban de verdad. Luego todo se fue diluyendo, hasta llegar a lo infumable. Nando me metió una bronca increíble en una ocasión porque en una entrevista dije que el hardcore no me convencía, ni las cantadas, ni la máquina dura. Me dijo que me iba a quedar sin bolos. Fue todo lo contrario. Me hinché a hacer bolos, y pinchando progressive. Pero fuera de Catalunya [ríe].

Hablame de tus principios en el 666.

A mí entonces me gustaban Simple Minds, U2, Echo & The Bunnymen, The Sound, The Jam… En aquella época escuchar todo aquello en una discoteca era imposible, solo lo ponían en un sitio, la Metro, que luego se pasó a llamar 666. Yo allí iba de cliente, seguían con la misma política musical del principio, Ultravox, Human League, pop de sintetizadores, rollo siniestro… En el restaurante donde yo curraba me putearon, así que lo dejé y me fui al 666 de fiesta la misma noche. Ese mismo día entré a trabajar allí de camarero. Lo que sucedía era que hablaba con el DJ y, como yo escuchaba esa música, le aconsejaba pinchar esa otra canción de la otra cara de elepé, que también molaba. Poco a poco fui entablando confianza con él, y acabé de DJ en el 666. Yo no mezclaba, claro; solo ponía temas enteros. Hasta que una noche llegó Nando y me enseñó a ver las cosas de otro modo. Cristof, el dueño del 666, que era propietario de todo el edificio, vio que allí había futuro, y decidió empezar un nuevo negocio.

Psicódromo.

Bueno, al principio Cristof quería montar una discoteca de algo nuevo, simplemente. No tenía una idea definida, ni nombre, ni nada. Le pidió consejo a Nando, y este le dijo que había que montar una discoteca acid house. En aquella época a él le iba eso, el hip hop, el funky, lo negro. Al final decidimos empezar con una sesión de noche donde se pincharían las guitarras y el pop del momento, sumado a setentas, sesentas y cincuentas (porque todavía teníamos una pequeña parte de rock’n’roll), y Nando dijo que el after se lo dejase a él, que pincharía lo que le diese la gana. Su idea era pinchar acid house, básicamente. Y ahí es donde yo puse mi granito de arena.

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Pepebilly en Psicódromo con inefable tupé King Kurt

Con música blanca, por decirlo de algún modo.

Sí. Yo venía del lado oscuro. No me interesaba mucho lo del acid house, pinchar Fast Eddie, Mr. C, todo lo que Nando pinchaba en aquel momento, mezclado con hip hop. Luego me gustó. Pero a mí me lo que gustaba de verdad en el momento era Nitzer Ebb, Front 242… Empezamos a pinchar una mezcla de lo suyo y lo mío. Seguía sin venir nadie al after, y eso que la sesión de la noche estaba a reventar. Hasta que un famoso día hubo una redada masiva en Barcelona, cerraron el Ozono, el Ars, el KGB y el Otto Sutz. Toda esa gente se quedó en la calle.

Algo me dice que no se fueron a casa a comer chocolate con melindros.

Esa opción no existía [ríe]. Toda esa gente vino al Psicódromo, y de ahí ya no se fueron. El after empezó a petarse también. De tener dos sesiones que funcionaban, viernes y sábado noche, pasamos a tener sábado y domingo por la mañana, de after. Al final empezamos a abrir también por las tardes. Los jovencitos que venían por la tarde al 666 a escuchar Depeche Mode y Human league empezaron a venir el domingo tarde al Psicódromo.

Psicódromo, pese a esa intensa actividad, estuvo abierto muy poco tiempo.

Sí, del 89 al 92. Dos años y medio. Públicos completamente distintos que venían a solo una de las sesiones. Otros que repetían, venían de noche, se quedaban al after, y si no tenían donde ir se quedaban a la de la tarde.

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Casi como vosotros, que sí vivíais allí. Literalmente.

Yo trabajaba solo de luces, al principio de Psicódromo. Pese a haber sido DJ en el 666, Nando me dijo que yo “solo ponía discos”, que sería DJ cuando empezara a mezclar. Así que estaba de luces en la cabina, y él poco a poco, en ratos libres, me iba enseñando a mezclar. A la vez, yo era el encargado de la sala, hacía los pedidos, abría la puerta durante la semana para los repartidores, me ocupaba del mantenimiento… Y mi madre era la mujer de la limpieza. Así que empezamos a montar habitaciones en el piso de arriba. Yo monté una, Nando otra, otro otra… Cuando nos quisimos dar cuenta estábamos viviendo catorce personas en Psicódromo. Porteros, camareros, algunos con sus parejas. Una comuna en toda regla. Siempre dijimos que teníamos un piso de 80 m2 con un recibidor de mil metros cuadrados, y un equipo de música de la hostia en el recibidor. Estábamos arriba un viernes por la noche, terminábamos de cenar y si queríamos una copa nos íbamos para abajo, para la sala. Cada vez que queríamos poner algo de música bajábamos a la cabina. Solo con el equipo de la cabina se liaba la gorda.

Cuando os cierran el Psicódromo por culpa de Barcelona 92 emigráis al extrarradio. ¿Qué cambios conllevó eso?

La gente se acostumbró a coger el coche para ir a los sitios. Si querían irse a Scorpia se iban para allá, aunque estuviese en el quinto pino. La Nau, de Molins de Rei, de repente ya no parecía tan lejos. La Sala del Cel lo mismo. Se iba donde se tenía que ir. Incluso al Florida, en Lleida. Aumentaron los accidentes, claro, y eso influyó negativamente en las autoridades. No estaban para nada preparadas para lo que se les vino encima. Paraban a la gente, les enchufaban el alcoholímetro, y aquello no daba nada. A mí me han llegado a acusar de que me metía Pharmaton Complex, porque lo encontraron en mi coche [ríe]. Al poco la policía empezó a coscarse del tema.

Resultat d'imatges de ocho makinaLa escena se fue endureciendo. La movida original, más gótica y urbana, se extinguió. Su lugar lo tomó un público más agresivo.

Se fue endureciendo, sin duda. Gente que consumía y que vivía de noche, para sacarse unos cuartos empezó a pillar de más y a pasar. Si este pasa, voy a pasar yo. Que yo no tengo, pues te las quito y las vendo yo. Esas cosas pasaban cada vez más a menudo. Al principio a escala modesta, en el parking, luego a mayor escala. Nosotros vivíamos eso pero a la vez también vivíamos lo de Valencia. Porque cuando terminábamos de trabajar también queríamos fiesta, como nuestros clientes. Así que el domingo por la tarde cenábamos algo y nos íbamos para Valencia. No quedaba otra. En una hora y tres cuartos me he plantado yo en la puerta del ACTV [ríe]. Pasamos tan rápido al lado de un coche de la Guardia Civil que ni se molestó en encender las luces.

A unos valencianos que subieron al Pont Aeri con pepas los camellos locales les quemaron el coche. La frase “menos buen rollo que esto no es Valencia” define los años de plomo de la máquina catalana.

Para los catalanes, el after era algo más duro; en Valencia seguían con su rollo happy: “Love is a shield” de Camouflage, “Manchester” de The Times… Los valencianos subían al Bypass, donde yo pinchaba cantaditas y hardcore, y deducían que el ambiente también era feliz. Pero aquí no podías perder de vista quien tenías a tu alrededor. Si venías de happy a un after catalán salías escaldado.

Si me permites que te diga esto, se te ve extrañamente lúcido y encima haces buena cara. No pareces un veterano de la máquina. ¿Cuál es tu secreto?

Si esta pregunta se la hicieses al Nando, por ejemplo, igual te diría que yo me la tomé más buena. Pero no es el caso [ríe]. Yo abusé como el que más. Pero llegó un momento, hace dieciséis años, cuando nació mi primera hija, en que me di cuenta de que ya no me apetecía salir tanto. Seguía con mis historias, haciendo bolos, pero cada vez menos. Y me di cuenta de que aquello no era mi futuro. Asimilé que había tenido mi nombrecillo y lo había pasado bien, pero que tenía que convertir aquello de vuelta en un hobby y volver a trabajar. Cogí un trabajo diurno, y que encima tenía que ver con lo que me gustaba (maquetar la revista DJ), y solo aceptaba bolos los fines de semana, y de vez en cuando. Y al final dije ja n’hi ha prou. Nos hemos reído, seguimos vivos y aún soy capaz de reconocer a la gente por la calle. Otra gente no ha querido dejarlo, o no se las ha visto venir.

Resultat d'imatges de psicódromo

Taller de llantas y maquineo. La sobriedad del frontal puede ser engañosa.

¿Te costó abandonar la trinchera dura de la máquina?

Yo aguantaba mucho, que conste. No era mi cuerpo el que me pedía parar. Era más bien que me estaba empezando a aburrir. Formé una familia, empecé a pensar en comprarme un piso, empecé a no gastar a lo loco, me junté con una persona que me centró, que era mi mujer de entonces. Todo contribuyó a mi decisión.

¿Los recuerdos que te quedan de Psicódromo y de la época de after periférico son todos buenos?

Imperan los buenos. Me mezclé con algunos personajes de dudosa reputación, pero la inmensa mayoría de situaciones y personas estuvieron muy bien. Este país a veces parece que esté lleno de locos, pero no hay tantos.

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¿Nadie tenía unos bajones espantosos?

Había un Dj que se llamaba Buba y siempre decía que salía un jueves y se ponía de todo lo que pillaba. Alcohol, farlopa, speed. Hasta el lunes. Para que el bajón no te mate, el lunes te tienes que meter algo de speed. Cuando el speed te pone demasiado nervioso, te metes una pastilla. Al final vas a tener que dormir, así que al final te metes una raya de caballo. Cuando te despiertas…

Falleces.

No, esa tampoco era una opción [ríe]. Esta gente no tenía bajón porque nunca salía del colocón. Cuando se despertaban, se metían otra de speed. Y así hasta que el cuerpo colapsaba y se tiraban dos días durmiendo. Por tanto, pasaban el bajón durmiendo. Ese era el secreto de algunos. Yo sí tuve bajones. Pero el Psicódromo era una comuna. Si uno estaba tristón, alguno siempre le cogía y se lo llevaba a la cabina a poner unos discos. A mí lo que me ponía era pinchar. Me metía todo lo que quieras, pero lo que me alegraba era pinchar. Las drogas que tomaba eran las que iban bien con el trabajo. No tomaba cocaína porque me dejaba clavado, tomaba speed porque me permitía pinchar. Ese era mi método.

Kiko Amat

(Esta charla se incluyó, en formato drásticamente abreviado, en el artículo sobre los 30 años de Psicódromo que publiqué para El Periódico de Catalunya recientemente. Esta es la conversación sin cortes. Agradecemos a Pepebilly su tiempo y lucidez y visión, y a Álex Salgado, codirector de Ciudadano Fernando Gallego, que la hiciese posible. Todos los derechos son de Kiko Amat, pero si ustedes son nobles y citan la fuente el tío les dejará coger lo que deseen)

LOQUILLO: “Barcelona tiene una cuenta pendiente con la cultura pop”

Se publicó en El Periódico de Catalunya del domingo 14 de julio.

Una charla prolija y entretenida entre Loquillo y Kiko Amat que combina el sentimiento hondo y la remembranza historicista épico-tribal con grandes momentos de humor mostrenco.

Pueden leerla aquí. Es de las más leídas en estos momentos, y con razón, no por las paridas amarillentas de siempre.