MIKITA BROTTMAN: “La mayoría de los clásicos son terriblemente aburridos”

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Los lectores no son mejores personas. Los escritores menos aún. Leer puede ensanchar horizontes, pero también puede encerrarnos en una mazmorra mental. Los clásicos del canon suelen causar migraña. Se puede ser infeliz en una habitación llena de libros. Todo esto y más en Contra la lectura, de Mikita Brottman.

El pintor y escritor Wyndham Lewis justificaba la superioridad de su gusto artístico afirmando que coincidía con el de Dios. “Aquello venía a decir”, diría John Carey, “que sus preferencias culturales no eran meras preferencias, sino el equivalente a leyes cósmicas”. Lewis creía en la atemporalidad de los valores estéticos y la superioridad intrínseca de la “gran literatura”. Siguiendo ese razonamiento, negar la calidad de los clásicos o afirmar que son aburridos, o incomprensibles, o que “solo sirven para envolver pescado” (como se decía en Yo, Claudio) rozaría la herejía. La lectura de “buena” literatura es buena para ti, y punto.

Mikita Brottman desafía dicho mandato. Doctorada en Lengua y Literatura inglesa en Oxford, esta inglesa ha desmontado las supersticiones asociadas a la lectura en Contra la lectura (Blackie Books). En él afirma que los clásicos “suelen resultar poco satisfactorios, están sobrevalorados y es improbable que ofrezcan algo más que un dolor de cabeza”. Que “no hay libros que “debamos” leer”. Y que los Cuentos de Canterbury son “como un episodio de El show de Benny Hill de ambientación medieval”. Herejía pura y dura.

En tu libro afirmas que los libros te inculcaron “absurdas ideas sobre el romance”, aumentaron tu separación del mundo…

Creo que eso es algo que no le sucede a todo el mundo, y yo formo parte de una minoría, pues fui una lectora muy precoz. Estoy segura de que el analfabetismo es un problema mayor que los problemas derivados de la lectura. Lo que sucede es que de lo segundo nunca se habla. El énfasis siempre se pone en la lectura por sí misma, pero no se habla de qué libros lees. El acto de leer se fetichiza como si fuese bueno por defecto. Yo leí indiscriminadamente, todo el romance victoriano, Jane Austen… Estoy segura de que a muchos padres les encantaría que su hija leyese ese tipo de libros, pero a mí me dieron una imagen idealizada del mundo que no me preparó para la deprimente realidad social ordinaria en la que iba a crecer. Leí también muchos libros de terror, que pintaban un mundo mucho más excitante de lo que era realmente. La gente dice que los libros son buenos para “escapar”, pero creo que primero deberías vivir, y luego hallar algo de lo que “escapar”. No estoy segura de que un niño necesite “escapar”. Creo que lo más urgente para un niño es vivir experiencias.

Proponer un argumento “contra la lectura” es escandaloso, incluso en nuestros días. Algunas cosas aún parecen intocables.

Para mí es más fácil hacerlo, porque soy profesora de literatura. Tengo más margen para decir que odio ir a representaciones de Shakespeare, que nunca he terminado Finnegan’s Wake. Muchos profesores de literatura no se atreverían a confesar eso, porque son la gente que decide cuáles son los “clásicos”, y si la fetichización de Finnegan’s Wake viene de alguien es de ellos. Pero ¿cuánta gente es realmente capaz de disfrutar la lectura de Finnegan’s Wake? Quizás algún día seré capaz de apreciar el lenguaje y abarcar la intención de Joyce, pero quizás no. Quizás sea un esfuerzo inútil. Joyce no es para todo el mundo, y pretender lo contrario es una insensatez. La mayoría de clásicos no son solo difíciles en términos de lenguaje, sino increíblemente aburridos. Nunca sucede nada en ellos. Me cuesta entender por qué a tanta gente le gusta (o dice que les gusta) Don Quijote. A mí nunca me ha gustado lo más mínimo. Con los “clásicos” ha sucedido lo mismo que con el concepto de “familia”: se ha sacralizado. No puedes decir nada en contra de la familia. Es un pecado gravísimo. Creo que eso es una degeneración del liberalismo, de intentar construir una sociedad mejor, llena de gente más culta, que disfrute de la cultura y las artes. Pero si miras a los ejemplos de forma individual te das cuenta de que no son particularmente enriquecedores. A nadie le gustan de verdad, pero nadie se atreve a decirlo.

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Nick Hornby se queja de que se ha universalizado la idea de que los libros “difíciles” son mejores, y que a no ser que estés rompiéndote la cabeza no estás recibiendo conocimiento.

A mucha gente nunca le ha sucedido lo de estar absorto en un libro, y no ser capaz de dejarlo, y estar deseando leer qué sucederá en el siguiente capítulo, porque los únicos libros que han leído son los que les obligaron a leer en la escuela. Y por supuesto nunca los disfrutaron. Así que jamás han escogido un libro ellos mismos, jamás han accedido a la experiencia de amar un libro. Y eso es algo muy triste, porque al final se trata solo de eso: de que te gusten. Para eso sirven los libros: para disfrutar. Los libros tienen el potencial de proporcionarte más placer que cualquier otro tipo de medio, incluyendo el cine o la música. Se pone mucho énfasis en que la literatura posee innumerables cualidades positivas potenciales además de proporcionar placer. Como si dar placer no fuese suficiente. Se dice que una educación humanística ayuda a la gente a entrar en Silicon Valley, o en ingeniería, o lo que sea, en lugar de decir: hey, quizás esto solo va de placer y punto. A lo mejor no tiene aplicaciones externas. A lo mejor solo deberías estudiar literatura porque te lo pasas bien. ¿Todo tiene que retrasar el Alzheimer, o afectar las neuronas de tu cerebro, o ser “bueno” para ti?

“Los libros no te hacen mejor persona”, es algo que repites a menudo en el libro. Hitler leía mucho.

Los libros no son el autor. Muchos libros, por lo que dicen sus páginas, te dan ganas de conocer a quién los escribió, pero aprendes pronto a disociar ambos conceptos. En mi libro comento el caso de alguien que se encontró con Henry James en una librería londinense, y estuvo un rato charlando con él, y se aburrió tanto que solo deseaba volver a su casa a leer algún libro de Henry James [ríe]. Creo que hay dos tipos de autores: uno de ellos utiliza la escritura como sustituto de estar en el mundo; el otro la utiliza como una extensión de estar en el mundo. Para la mayoría de autores que son gente horrible, su obra sustituye el estar en el mundo. Quizás incluso empezaron a escribir porque eran introvertidos, o no tenían ningún éxito, o tenían problemas de comunicación, y escribir se convirtió en un sustituto de vivir. Donde yo vivo ahora hay un moda que consiste en ir a un bar y escribir. Sí, como lo oyes: ponerte elegante, juntarte con un grupo, relacionarte un rato, escribir otro rato, luego relacionarte un poco más. Me parece un sinsentido. Nunca lograrás escribir nada de ese modo. La escritura va de soledad e introspección. Es lo contrario de socializar, vamos.

Yo era un freak antes, lo admito, pero escribir novelas solo ha hecho que aumentar mi friquidad. Me ha metido hacia dentro, en lugar de hacia fuera.

Escribir es una actividad intelectual interna, antisocial, egoísta y egotista. Es difícil compaginarla con una vida familiar, o social. Debes conservar todo el rato una creencia absoluta en ti mismo y en tu trabajo, tienes que crear un universo propio… Es como ser un sicópata. Creas tu mundo y vives en el centro de ese mundo, y los demás no importan.

Lo de que deberías leer tal libro siempre suena a amenaza encubierta, como el “consejo” de una madre pasivo-agresiva.

“Deberías leer” es, en efecto, una orden. No mereces pertenecer a una sociedad culta hasta que leas esto o aquello. Pero eso no solo sucede con los clásicos. También se da en esos libros que se ponen de moda en un momento dado, como los de Karl Ove Knausgaard o Elena Ferrante. Tiene lugar una presión mediática y social para que todos leamos lo mismo. Pero yo no los leo. El hecho de que se hable tanto de ellos me causa rechazo. Quizás los lea en diez años, cuando ya no estén de moda. La presión social me desalienta.

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El canon de la alta cultura me parece clasista y elitista.

Sin duda. Pero nunca se verbaliza de ese modo. Siempre se disfraza de filantropía y justicia social. Lo peor es cuando se te dice que te “encantará” ese libro, pero tú sabes que no va a ser así. Te lo dicen porque a ellos les gusta, y ellos asumen que eres como ellos, o como mínimo deberías serlo, porque ellos son los cultos y sofisticados y sus gustos deberían ser los tuyos. Es algo que se te impone. Mucha gente se horroriza al escuchar que leo libros de terror, y biografías de celebridades, en lugar de alta literatura. Es absurdo. La gente debería leer lo que les proporciona placer. Tememos que nos pillen leyendo algo inapropiado para nuestro personaje, o imagen pública. Dejamos sobre la mesilla del salón los libros que queremos que los invitados vean que estamos leyendo. Es una forma muy anticuada de pensar.

Existe un problema añadido con los clásicos: no solo estás obligado a leerlos, sino que debes leerlos de la forma “correcta”.

Y en la edición adecuada. Y no te saltes las descripciones. Ni se te ocurra escucharlo en un audiolibro. O traducido. A menudo me preguntan si me gustó un libro concreto, y cuando digo que no, la conversación pasa a otro tema. Pero a mí me gustaría hablar largo y tendido sobre por qué no me gustó. Especialmente si no me gustó en absoluto. Me encanta ese tipo de conversación. Las razones por las que no nos gusta algo a menudo son más interesantes que las que esgrimimos cuando algo nos gusta. Pero alguna gente se toma ese desagrado como un fallo por tu parte: algo que no pudiste hacer. En realidad lo interesante es cuando encuentras algo que odiar en una obra de literatura, y no solo lo engulles sin más. Odiar positivamente es muy interesante.

A mí me enerva cuando escuchan las abundantes razones sobre por qué odias ese libro, pero al final te espetan que no puede ser. Que lo has leído “mal”.

Cuando te dicen eso suena como si hubiesen descubierto que tienes un fallo de carácter. Antes de descubrir que Guerra y paz te parecía un ladrillo pensaban que eras un tipo decente, pero ahora que has confesado… Se te ha visto la tara. Conozco a alguien que hace exactamente eso cuando le digo que no he leído algo. Desorbita los ojos y luego exclama: “¿Que no te has leído Guerra y paz?” O sea, horrorizado. Explotando de indignación, como si fuese la cosa más espantosa que han escuchado jamás, y que tienes que solucionar de inmediato.

Si yo fuese psiquiatra diría que eso es un complejo de inferioridad que sobrecompensa, por pura inseguridad cultural.

Tiene también un punto de dominación, de marcarte un punto. Pero desde luego es inseguridad cultural disfrazada, de eso no cabe duda.

¿Tus argumentos contra la lectura podrían aplicarse a cualquier actividad solitaria llevada a un extremo? Quizás leer doce horas al día sea malo para ti, pero también lo sería hacer pulsos.

Sí, pero la gente no se pasa el día diciendo que hacer pulsos es bueno para ti [sonríe]. O que hacer pulsos te hará crecer como persona. Las campañas contra la lectura me tocaron la fibra de una forma particular, porque hablaban de la actividad que yo practico de un modo que no reconocía. Pero tienes razón: todas las actividades llevadas a extremos, incluso las que teóricamente tienen que sentarte bien, como el yoga, o ir a la iglesia, o ayudar a ancianas, pueden aislarte del resto del mundo.

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Mucha gente utiliza la palabra “escapismo” de un modo derogatorio, como si escapar de este mundo a través de la fantasía fuese condenable. Pero John Carey dice que “el escapismo es una necesidad humana básica”.

Es cierto. Por añadidura, existen muchas formas perniciosas de escapismo, como el alcohol y las drogas. La lectura, por comparación, es mucho mejor. Es relativamente barata, no es adictiva… Es un vicio que puedes llevar demasiado lejos, como digo en mi libro, pero hay vicios mucho peores. La gente necesita escapar de la realidad. Llevé un club de lectura en cárceles de máxima seguridad, y te aseguro que escapar a través de la lectura era esencial para los presos. Para ellos los libros son una forma de escape imprescindible. Muchos de ellos no saben ni qué es internet. Ellos me enseñaron el valor de cualquier libro que te permita evadirte de tu realidad. Los libros de viajes, o de aventuras… Imagina el efecto que puede tener eso en una mente presa.

Tu libro establece un punto fundamental: que aquellos “clásicos” fueron escritos por y pensados para gente muy distinta a nosotros, en un mundo radicalmente distinto.

Me parece chocante que nunca se hable del contexto histórico, que es lo primero que tendría que considerarse antes de leer un clásico. Dickens era la cultura pop de su tiempo, y la mayoría de sus trabajos aparecían serializados en revistas: él era las series de Netflix de entonces. Tenía que extender artificialmente sus novelas porque le pagaban por palabra. Incluía personajes, y no paraba de adjudicarles nuevos rasgos, y de hacerlos aparecer y desaparecer, porque quería que duraran el máximo posible. Lo mismo con Joseph Conrad, que publicaba en revistas juveniles. Es difícil de imaginar, porque sus trabajos tienden a ser complicados y reflexivos, pero para empezar la gente tenía otro gusto, y además, como he dicho, estaban serializados. Solo leías una decena de páginas de golpe, y entonces esperabas al siguiente episodio. Nadie leía esos libros de 700 páginas de Dickens del tirón. Además, se asumía que los lectores, que eran de una clase social determinada, gozaban del tiempo libre suficiente para disfrutar de descripciones de paisajes o interiores de casas que duraban varias páginas. La gente leía así. Del mismo modo que un par de siglos antes la forma habitual de lectura era la obra de teatro en verso, y el público lector no esperaba leer en prosa. Nosotros, lectores modernos, deberíamos juzgar todos esos clásicos como artefactos históricos. No debería esperarse que se lean o disfruten como un libro de Stephen King. Son otra cosa.

Me gustaría comentarte una serie de clásicos canónicos que en mi opinión están sobrevalorados, o sacralizados, o son un latazo, para conocer tu opinión. Mi caballo ganador y candidato #1 es, cómo no, el Ulises de James Joyce.

Hace cinco años traté de leerlo por enésima vez. Me compré otra copia, para volverlo a intentar, porque las veces anteriores no había pasado de las primeras dos o tres páginas. Para mí era un galimatías, simple y llanamente. Pero a mi pareja le encanta, un amigo mío bautizó a su perro con el nombre de un personaje del libro… Así que decidí volver a probar. Duré veinte páginas. Era inútil: nada se me quedaba en la cabeza, el estilo me parecía forzado y farragoso, no había trama, la historia era inexistente y no me daba ningún placer. Ulises siempre se vota como la novela #1 de la humanidad, pero me encantaría saber a cuánta gente le encanta. ¿Quién está ahí fuera votándolo?

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En segundo lugar está Virginia Woolf. Es un problema personal y político, más que literario. Su personalidad (si exceptuamos lo feminista) me parece tan reprobable, y era tan clasista, y fue tan horrible con Arnold Bennett, y excomulgó a Daniel Defoe… Que me siento incapaz de disfrutar de sus libros.

Lo comprendo. A mí me caía fatal, siempre me ha caído fatal Virginia Woolf. Pero recientemente he regresado a sus novelas y he empezado a ver lo que hacía desde otra perspectiva. Estoy de acuerdo que su forma de ver el mundo es elitista, y muy distinta a la mía, pero supongo que he desarrollado otra sensibilidad. Quizás me he vuelto elitista [ríe]. La cosa es que ahora me interesa. En esta no estamos de acuerdo.

El #3 me encantaría que me gustara, porque es autor favorito de muchos de mis autores favoritos. Me refiero a William Faulkner, y muy especialmente El ruido y la furia. Sus raptos líricos me arrancan carcajadas en momentos serios.

Nunca he comprendido el atractivo de Faulkner. Sus lectores deben saber algo que no me están diciendo. Nunca he podido terminar un libro suyo. Escribe declamando. Se parece a Joyce en el sentido de que su prioridad es el juego con el lenguaje, y ese juego se entromete en la lectura todo el tiempo. Pero a mí no me interesa el juego con el lenguaje, en absoluto. Doble suspenso para Faulkner.

Mi #4 es problemático. Hemingway inventó una forma de escribir, lo que no es poca cosa. Pero, como sucede con la mayoría de inventos, los prototipos no volaban. Adiós a las armas es insustancial hasta un extremo exasperante. Carson McCullers dijo que Hemingway no tenía nada que decir, y creo que tenía razón.

[carcajada]  Lo peor es que en novelas donde en apariencia suceden tantas cosas (corridas de toros, guerras, pesca submarina…) en realidad no suceda nada. El paisaje es dramático y exagerado, pero la trama es plana, inerte, los personajes no dicen nunca nada de interés, las conversaciones amorosas son de risa, ni siquiera el estilo de la prosa está vivo. De acuerdo que quiso prescindir de los ornamentos, pero a ratos escribe como si estuviese bajo los efectos de un sedante. ¿Dónde está la acción? Hombres van a pescar atunes. Hombres van a corridas de toros. Hombres van a la guerra. Y entonces… Nada. Sus peores defectos son esos: solo aparecen hombres, y esos hombres no realizan ninguna actividad de interés.

Me parece una proeza lo de conseguir que sea soporífero, y monótono, un libro cuyo protagonista conduce ambulancias en plena Iª Guerra Mundial.

Es uno de los escritores que peor ha descrito la guerra, el alcoholismo y el ímpetu sexual. Y eran sus temas favoritos. Cualquier otro escritor supo aprovecharlos mejor. Hemingway nunca es explícito sobre nada. ¡Y las vivió! ¿Cómo puede alguien vivir experiencias como las de Hemingway y describirlas con tan poco interés?

Mi candidato #5 es una nacionalidad: los rusos. Me reí mucho con tus argumentos contra la novela rusa.

Oh, Dios. Todos esos rusos. Todos esos motes confusos. Y los campesinos…

Y médicos. Sus mujeres siempre miran mucho por la ventana. Y ese maldito… ¿Cómo se llama? Samovar.

[ríe] Solo me gustan las historias cortas de Chéjov. Pero cuando escribe novela larga, en el momento en que un personaje tiene más de un nombre, ahí empiezo a perderme. Y entonces aparecen los campesinos. Y el samovar ya no está solo dentro de la casa, sino que lo sacan al exterior, y beben té en los campos, y hablan de cultivos, y de Rusia. Siempre de Rusia. Es una pena, porque algunas partes de Tolstoi, y algunas partes de Dostoyevski, me encantan, pero no puedo con el todo. Y esos libros tan largos, con tantos personajes… Tolstoi debería haber tenido un editor severo. Son autores cuyas novelas hoy en día serían editadas a la mitad por cualquier editor solvente.

A veces sueño con un Moby Dick de 250 páginas, donde Ahab aparece todo el rato y no nos cuentan cómo se desuella una ballena, paso a paso.

Y hay demasiado mar. No me gusta que Melville hable tanto del mar. Quitemos todo lo relativo a la caza de la ballena, quitemos todas las ballenas que no son Moby Dick, quítale todo ese mar y las descripciones del agua y las olas, y casi todos los personajes, y quédate solo con Ahab y sus diálogos y dos o tres personajes principales, y mantiene la aventura, y sería un clásico moderno. Lo leería todo el mundo.

Y a pesar de todo lo que hemos dicho: los libros son lo mejor, ¿no?

[sonríe] Por supuesto. No hay nada mejor. Solo hay que ser honesto sobre ellos, y no convertirlos en fetiche o manía. Porque no hace falta. No hace falta otorgarles cualidades extra. Ya son magníficos. No pretendamos que encima tienen poderes mágicos. Kiko Amat

Contra la lectura

Mikita Brottman

Blackie Books

153 págs.

Trad. de Lucía Barahona

(Esta pieza se publicó originalmente en El Periódico del 5 de mayo del 2018. La que acaban de leer es la charla sin cortes. Pueden leer la versión editada acá).

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Trevor Noah: racismo y rabia (con sonrisa accidental)

Resultat d'imatges de trevor noahHay gente que saca mucho de nada, y viceversa. Nuestras abuelas apañaban un caldo nutritivo con una patata chuchurrida, un diente de ajo centenario y un puñado de gravilla. Ernest Hemingway, por el contrario, condujo ambulancias en la Iª Guerra Mundial y fue herido en las piernas, y de ello solo extrajo una mundana novelita de besitos y cotorreo. Es curioso: cuando el destino le ofrece a uno una vida asombrosa, la parte difícil de la literatura parece resuelta, pero no siempre funciona así. ¿Qué determina, entonces, que la plasmación del itinerario vital devenga obra maestra, mero documento de interés histórico o ladrillazo? Lo de siempre: el viejo talento.

Eso nos lleva a Trevor Noah, presentador de The Daily Show (mordaz talk show norteamericano), cómico surafricano y autor de las memorias Prohibido nacer. Noah es hijo de madre xhosa, “muy negra”, y de padre suizo, “muy blanco”. Nació en Johannesburgo en 1984 de un color que no era ni chicha ni limoná, lo que le convirtió en el friqui del barrio (“yo era mestizo, pero no era de color. Tenía piel de persona de color, pero no su cultura”). Prohibido nacer cuenta una historia de innegable interés. En su autobiografía confluyen temas de calado como el apartheid, la pobreza, la violencia de género y la delincuencia del gueto. Noah lo pinta en un paisaje familiar más colorido, si cabe, que su entorno político-racial: su madre, tan amorosa como ultra-religiosa, le arreaba tundas correctivas a diario; su paliducho padre natural no podía ni saludarle por la calle (pues los matrimonios interraciales se pagaban con la cárcel); su madre dejó al segundo marido, un borracho insolvente y paranoico, y él casi la mata a tiros. Noah, asaz dañado por todo ello, encaminó su juventud hacia la pella universitaria, el planchado de cedés piratas (un “mini-imperio”) y la organización de fiestas en favelas: multitasking trapichero (“si yo hubiese invertido toda aquella energía en la universidad, me habría sacado un máster”). Todo ello manda su mestizo culo a la cárcel, como era de esperar. Allí, Noah decide cambiar su vida y todas esas cosas, a sabiendas de que en el futuro tendrá anecdotario para dar y vender.

Y así es. Si invitáramos a Trevor Noah a cenar, la sobremesa sería un monólogo de varias horas que el resto de comensales escucharía con la boca abierta. Y santiguándose. Las vio de todos los colores: su colega bailarín se llamaba Hitler (y la gente lo jaleaba así: “Ale, Hitler! Ale, Hitler!”); se hizo pasar (sobre un escenario) por el rapper americano Spliff Star; descubrió que el gobierno surafricano determinaba si alguien era blanco o negro mediante la “prueba del lápiz” (“si se te quedaba enredado en el pelo, eras negro”). Y más anécdotas de vida cotidiana en el Soweto de los 80, un lugar delirante donde, por ejemplo, nadie tenía coche pero todo el mundo construía su choza con parquing y entrada.

Por desgracia, no todo el anecdotario es así, ni el anecdotario lo es todo. Pese a que el subtítulo del libro es “memorias de racismo, rabia y risa”, de lo último hay lo justo. A pesar de que Noah es, en directo, un stand-up competente, su libro no alcanza la hilaridad, quizás porque rehúye la hipérbole y los gags despiden un cierto aroma a hoja parroquial. En segundo lugar, Noah, como suele sucederles a los archifamosos con infancia azarosa, cree que todo lo que emerge de su boca es oro de dieciocho quilates. Incapaz de decidir qué cautiva a la audiencia, otorga un número inmoderado de páginas a bagatelas como sus primeras citas con chicas o la vida y hábitos de su perra Fufi (era “supertraviesa”). El temario, así, rebota todo el rato entre lo asombroso y lo ultramundano, y vuelta a empezar. Para colmo, Noah chapotea de un modo imprudente en el populismo de estrella “humilde”: cuando nos confiesa que no se “arrepiente” de nada o que su comida favorita es aún “la mortadela”, suena como Rod Stewart. La tautología, los momentos de autoayuda y las bromas descafeinadas acaban convirtiendo un libro que podría haber sido memorable en nada más que recomendable. Kiko Amat

Prohibido nacer; memorias de racismo, rabia y risa

Trevor Noah

Blackie Books

324 págs.

Trad. de Javier Calvo

(Artículo publicado originalmente por el suplemento Cultura/S de La Vanguardia del 10 de febrero del 2018)

¿Quién C*** conoce a JOE PERNICE?

https://i0.wp.com/www.bigtakeover.com/images/1579.jpgComo co-director del festival Primera Persona en el CCCB me resulta un poco embarazoso recomendar a artistas concretos porque, como todo buen padre, els estimo a tots igual con independencia de si me contestan mal o no se comen el puré de calabacín.

Dicho esto, de vez en cuando me da la impresión que un artista que me encanta pasa completamente desapercibido. Es el caso de JOE PERNICE, músico y líder de Pernice Brothers y Scud Mountain Boys, autor de la muy flipante y divertidísima novela It feels so good when I stop (Esta canción me recuerda a mí, Blackie Books). Entre muchas otras cosas.

He ido soltando su nombre por ahí, tanto de forma epistolar como oral, y su mención siempre ha sido recibida con un muy particular bizqueo, como si a mi interlocutor acabaran de pillarle robando una bolsa de altramuces mientras alguien le susurraba al oído que el fin del mundo sería en cinco minutos.

La cosa, y único motivo de esta entrada de blog, es simple: Joe Pernice es un artista muy emocionante y fundamental en la vida de todos ustedes, y sería fatalísimo que se lo perdieran porque aquella noche tenían una partida a muerte de mini-golf o habían reservado asiento en las Golondrinas. Va a tocar el sábado 13 de Mayo por la noche en el teatro del CCCB, va a leernos un fragmento bien molón de su novela y va a tocarnos un buen puñado de canciones suyas. Se halla encajado en el mismo tíquet que Gallardo y Mediavilla hablando en exclusiva de Makoki, y que Las Ruinas montando su feliz barullo.

Nick Hornby es fan. Jonathan Coe es fan. Los Teenage Fanclub son fans. Eh: yo, en mi microscópica insignificancia, soy fan. Les invito a que compren entradas a precio de risa en este utilísimo link, vengan y escuchen cosas como esta (solo que sin la avalancha de violines), que encima le canta a otro autor favorito:

Glam rock: zurribanda adolescente con purpurina

La editorial Caja Negra publicará en España en breve el nuevo libro de Simon Reynolds Como un golpe de rayo; el glam y su legado, desde los setenta y hasta el siglo XXI. Escribiremos sobre él a la menor oportunidad.

Mientras tanto, y pa’cer boca, les recupero una pieza que escribí hace cuatro o cinco años con ocasión de la aparición de Wired Up!; glam, proto punk and bubblegum European picture sleeves 1970-1976, de Jeremy Thompson and Mary Blount.

Glam rock El libro Wired Up! Glam, proto punk and bubblegum european picture sleeves 1970-1976 recopila las portadas más llamativas del género más excitante (y ninguneado) de los 70’s

 Zurribanda adolescente con purpurina

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  1. Obsérvenlos: un ejército de pilosos camioneros embutidos en trajes de Klingon y duchados en purpurina, meneando los glúteos, berreando odas a la revuelta juvenil y rasgando explosivos riffs ante millares de chavalas y gamberrazos. Si tomamos como precepto fundamental que el pop debe ser lo contrario de aburrido, entonces el glam rock es la perfecta música pop. Se ha esculpido el catecismo de los 70’s como erial de fatuo rock progresivo del que nos salvó el punk, pero la realidad es bien distinta. Robin Wills (de The Barracudas) declara en su prólogo para Wired up! que “1974 es el nuevo 1965”. El escritor Stewart Home considera a los grupos de glam más divertidos, auténticos y sinceros que algunos punk-panfletos que vendrían después. “Bish Bash Bosh” frente a “Right to work”.

 

  1. El glam rock siempre ha tenido detractores, y la crítica que se le hace apesta a clasismo. El glam era estridente, rudo y proletario. Su rebelión era de tebeo, como algunos de sus referentes. No escondía sus anhelos (follar, pelear, bailar) ni sus orígenes de clase baja. Aunaba escapismo 70’s con la afirmación de una idealizada cultura obrera. Se trataba de música popular para bailotear en discos de barrio y morrearse en reservados, nada intelectual ni introspectiva; no fue concebida para escuchar a solas en una habitación del campus. Sus metas eran la diversión y el entretenimiento puro, con un par de soflamas de protesta pop como extra. Desde luego no era música de vanguardia: ni escondía su falta de pretensiones ni disfrazaba su glorioso rock’n’roll de algo que no era. Al contrario que el punk inglés, el glam rock nunca tuvo ínfulas de Año Cero: sus raíces estaban en el r’n’r de los 50 y la era mod. De hecho, muchos de sus artistas eran despojos mod reinsertados (John Hewlett, de John’s Children; Paul Raven, luego Gary Glitter; Jesse Hector; Marc Bolan) o cuanto menos gente granadita que ya había probado suerte en los sixties, como Slade. En ese sentido, el glam rock podría considerarse una reválida de lo mejor de los 60’s: la energía, el entusiasmo, la candidez, las canciones de dos minutos… Su completa falta de impostura y lo rotundo de su sonido maravillan incluso hoy.

 

  1. El glam tiene lo mejor de todas las cosas. El sonido es The Who exagerado, con estribillos repetitivos y producciones que son casi Disco. La pertenencia obrera se vocea como caricatura entrañable, con palmadas sincronizadas, pateos de graderío y cánticos hooligan, así como en una lírica vivencial sobre agarrarse un pedal, ligarse a una buenorra o darse de leches el sábado noche. Stockhausen no es, gracias al cielo. Cuando las letras sobre trifulcas o jacas se agotan, los grupos sacan la artillería pesada, casi toda centrada en aficiones de adolescente extrarradial: ciencia ficción, artes marciales o pajeo compulsivo. Wired Up! hace hincapié en el formato estrella del glam -el single de 45rpm con portada- como columna central de su universo. Los grupos se ponen los nombres más extremos para llamar la atención del comprador púber, y su estética va a juego. Los músicos son imposibles albañiles vellosos con trajes Galáctica y mostachos Nietzsche, el epítome de la androginia fallida: a más cardados y rímel, más machotes. Solo hay que ver fotos de Mud o Sweet, fornidos empleados de mudanzas embutidos en trajes del Comando G. Le partirían a usted la cara en un santiamén, y luego irían a limarse las uñas. En ocasiones los grupos adoptan un guiño lo menos sutil posible en un esfuerzo por destacar en el mar de mallas: Hector (niños con pecas pintadas), Pantherman (un fulano vestido de pantera). Streakers (en pelota picada) o Zappo (superhéroe loco). Y así, cientos. Wired Up! acierta al afirmar que por cada Slade había mil bandas de segunda fila, y todas ellas tendrían sus tres minutos de fama en las discotecas y futbolines de Bélgica, Holanda o España. Durante seis años, aquellos maromos mazas con peinados medievales y pantalones prietos cantando “Teenage rampage” eran lo más popular de Europa. ¿Y ustedes me dicen que llegó el punk para salvarnos del aburrimiento? Kiko Amat

(Este artículo se publicó originalmente en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia, febrero del 2013. también fue recopilado en Chap Chap; una antología confesional (Blackie Books))

 

Humillación en internet (o: eso no me lo dices en la calle, Twitter)

Dos libros ponen en tela de juicio el lado más oscuro e inhumano (y falaz) de internet: Humillación en las redes, de Jon Ronson (Ediciones B), e Internet Safari, de Noel Ceballos (BLackie Books). En Cultura/S les ofrecemos la diatriba llameante.

https://pbs.twimg.com/profile_images/3011259204/4005b51aa22c82b68fa0947a8d239ee3_400x400.jpeg1. Internet: menudo fraude. No importa la cantidad de veces que caballeros barbudos con hinchada presencia en las redes me listen su vasto catálogo de logros y lucros: para mí, Internet siempre será lo que aparecía en Futurama: un hostil descampado lleno de anuncios y tetas, y una caterva de airados nerds tuberculosos insultando a todo dios y haciéndose pasar por Conan El Bárbaro (cuando Bender trataba de decidir cuál sería su identidad virtual, de hecho, las únicas opciones a su alcance eran Napoleón o Enfermera Sexy). En algún momento de su historia, la World Wide Web se convirtió en un aspersor de inquina ratera, y uno de los vehículos principales del linchamiento anónimo que existen hoy. Si me preguntan a mí, columnista imparcial por excelencia, ese momento fue el día de 1990 en que la Web comenzó a chutar. Sí. Podría decirse que si Internet es tan popular entre alguna gente es porque, como Chile hizo con los nazis tras la IIª Guerra Mundial, arropa y oculta –que no dignifica- al linchador en su tejonera. Futurama anunciaba esto en marzo del 2000 (Groening = Nostradamus), y desde entonces las cosas no han cesado de empeorar. También han existido algunos progresos, sin duda, pero no se yo qué decirles. La Web es un poco como la fisión nuclear: por mucho que alguien le saque de vez en cuando un uso ético, siempre va a haber un majara con bata agazapado en las sombras conspirando para sacar adelante otra bomba de neutrones.

2. En la pieza de aquí al lado hallarán más detalles sobre el lado luminoso y el lado oscuro de internet, en cuyas miasmas pestíferas ha hecho inmersión el joven y optimista reportero Noel Ceballos para escribir Internet Safari (Blackie Books, 2015). Así como en History Channel uno solo ve documentales de nazis (con el ocasional escualo de guarnición), el objeto principal de mi fascinación internetiana son los llamados trolls. Cuando digo “fascinación” lo que quiero decir es “espanto”, y cuando digo “trolls” lo que quiero decir es “buitres calumniadores”. De forma algo inquietante, Internet no solo no ha prohibido el acceso a esas jaurías ahorcantes, sino que les ha proporcionado una sede en pleno centro, una mullida chaise longue, un altavoz colosal, un sólido candado para el portalón y un flamante surtido de capuchas.

Supongo que lo de los linchamientos online empezó con IRC o alguna chatroom cavernaria, pero Jon Ronson, en su Humillación en las redes (Ediciones B, 2015) se remonta a los escarnios públicos de 1742 o así, cuando la humillación-con-espectadores y los latigazos nalgales en plaza pública se consideraban una medida disuasoria civilizada para este o aquel infractor. Uno de los momentos más reveladores del libro es cuando Ronson, que había empezado con una concepción harto naíf y chorra de Twitter, se da cuenta de que los escarmientos públicos de los social media actuales son mucho peores que sus antepasados del siglo XVIII.
https://i2.wp.com/www.edicionesb.com/upload/20404g.JPGLa particular Noche de los Cristales Rotos de los trolls, su excusa perfecta para el pillaje en turbamulta, debió ser la invención de los comentarios en blogs y webs. Poco antes ya funcionaba el hatemail, versión digital del viejo anónimo cobarde / zurullo en buzón / adoquín en ventana, pero es inevitable mirar hoy los e-mails de odio-sin-rúbrica como una arma obsoleta, casi entrañable. El hatemail es al twitterlinchamiento lo que la guerra anglo-zulú de 1879 (1700 muertos) es a la IIª Guerra Mundial (60 millones). Un trabuco simpático y falible, las más de las veces inofensivo. Para los twitteadores de hoy incluso el timorato hatemail de antaño es un ataque demasiado benigno. El twitterlinchamiento –como aduce Jon Ronson- parece un ataque teledirigido de drones donde nadie es responsable de las víctimas y el perpetrador solo pulsa un botón sin experimentar culpa ni espanto por el alcance sus actos. “El copo de nieve no se responsabiliza del alud”, añade.

Con eso no quiero decir que las versiones previas de infamia incógnita online sean inofensivas. Pueden lacerar duro y tocar hueso. Hace medio año yo mismo realicé una serie de entrevistas a adúlteras anónimas para un medio popular (y populista) de la web, y el mob rule de comentarios anónimos que se desencadenó debajo de cada pieza fue poco menos que repugnante. No contra mí, entiéndanme; contra las valientes señoras que nos habían abierto su corazón. Algunas de ellas me comentarían poco después (entre lloros) que jamás habrían esperado el nivel de crueldad impía que campaba a sus anchas en aquella zona salvaje; toda la aberrante misoginia y las amenazas sexuales. Déjenme a mí ser naíf ahora: yo tampoco. Mi innato carácter analógico y filoludita me había mantenido en una burbuja respecto al nivel de bestialidad y burricie que se acepta como natural en estos foros. Lo que descubrí en mi breve “safari” me dio arcadas, qué puedo decir.

3. Twitter es el arma ideal para un cierto tipo de sujetos (apocados tartajas en la vida real, musculosos justicieros en la virtual) y para una modalidad muy particular de actitudes ignominiosas. Es anónimo, asaz multitudinario, de texto MUY breve y, por tanto, arrojadizo al instante y desde cualquier emplazamiento. Parece, no me digan, creado con el único propósito de calumniar parapetado para esconder la mano después. Ceballos afirma en su Internet safari que uno no puede culpar a la “plataforma” por los “comportamientos mezquinos” de algunos usuarios, lo que es como decir que uno no puede culpar al AK-47 de los ametrallamientos terroristas. No, claro. Por supuesto que quien aprieta el gatillo es el verdadero perpetrador de la atrocidad, pero sin acceso a armamento (canjeando su fusil por una berenjena, por ejemplo) aquel fulano sería inofensivo. Twitter te lo pone fácil; es así de claro. Proporciona un potente micrófono a sociópatas que, de no existir el medio, hablarían y sollozarían solos en lavabos públicos.

Que sí, que sí: de vez en cuando van a hallar ese maravilloso tuit de Caitlin Moran sobre la última temporada de Louie. Vale. Pero para llegar a él deberán nadar mariposa en un océano de estupidez, mala baba, histrionismo, envidia, machismo vomitivo, facherío cromañón y, sobre todo, cobardía. Mucha cobardía. Los mayores atributos de nuestra bella raza (la humana) parecen ausentes del léxico Twitter: la paciencia, la elocuencia, el coraje, la nobleza, la empatía y la inteligencia. Cuando uno percibe allí destellos de astucia (que los hay), suele ser del estilo Escurçó Negre: ingenio utilizado para el mal, como los superpoderes de Magneto. Por no decir que resultar ingenioso en Twitter es como ser el guaperas en la XXIIª conferencia del Club John Merrick de los Horriblemente Deformes de Cara. Una cosa chupada, casi indigna de lo fácil que resulta.

Y luego está la ironía. Si hay algún recurso literario o dialéctico que conviene escatimar y usar con cierta mesura es la ironía. No puedes espolvorearla por todas partes a lo loco, porque se torna indigesta, y también porque te hace sonar como un maldito cretino. Cuando leo twits de usuarios que solo parecen capaces de utilizar la voz irónica no puedo evitar pensar en aquel capítulo de Father Ted en el que aparecía el “capellán más sarcástico de Irlanda”, y a quien acababan encerrando en el cesto de calzoncillos sucios.
¿Y la histeria? La respuesta de Twitter ante una supuesta infracción siempre suena enajenada. Nunca es una reflexión paciente donde se presentan los actos con ecuanimidad y el infractor es inocente hasta que bla bla. Cuando alguien la pifia, el twit-mob va directo a la hipérbole, buscando el arma más letal para el faux pas más inocuo. Por lo general, el ajusticiamiento público en Twitter es más excesivo que atacar un nido de polluelos con la Estrella de la Muerte. Muchas ratas sin apellidos abalanzándose sobre un solo corcel malherido. Eso no quita que el corcel no haya relinchado alguna asnada de consideración, claro. Pero, al contrario de lo que recomendaba el Mikado, en Twitter el castigo no se ajusta al crimen.
https://i0.wp.com/static.thefrisky.com/uploads/2013/12/20/justine-sacco-africa-aids-tweet-600x450.jpgEn los últimos cinco años, las víctimas de twittercastigos sumarísimos han alcanzado estatus de celebridad (a su pesar). Jon Ronson cita los ejemplos de Rebecca Black (la incauta adolescente del video amateur “Friday”), Justine Sacco (una infeliz que tuiteó una broma boba sobre el Sida en África) o Lindsay Stone (la mujer que se autotuiteó realizando un gesto obsceno en un cementerio militar). Para todas ellas, la respuesta fue un Katrina de ira ciega, insultos espeluznantes y represalias draconianas. Las dos últimas perdieron sus empleos, y todas ellas padecieron depresiones, consecuencia directa de haber sido linchadas. ¿Dijeron alguna parida? Sin duda. ¿”Friday” era una inmundicia de canción? Innegable. Pero, no jodamos: nadie merece ese tratamiento por una memez inofensiva o una canción apestosa. Solo Hitler, Pol Pot y dos más. Desde luego no Willy Toledo, por bocazas que sea, o David Bisbal.

Sé lo que van a espetarme: que de vez en cuando el linchado se lo merece. Que de vez en cuando sí pilla un Hitler. Como sucedió con la agitadora-del-odio Jan Muir del Daily Mail (por su comentario homófobo sobre la muerte de Stephen Gately, de Boyzone) o Esperanza Aguirre, arrastrada por el lodazal tras aquel bochornoso video en inglés. Pero incluso César Rendueles, autor de la mejor crítica patria al ciberfetichismo (Sociofobia, 2010), manifestaba haber sentido cierta repulsión al ver la jauría ululante que se abalanzó sobre “Espe”. Hay algo de por sí aborrecible en los linchamientos, incluso si su germen es más o menos legítimo. Observar a una masa enfebrecida ejecutando sin juicio previo a un tipo nunca es bonito, sean sans-culottes o el Ku-Klux-Klan. Su esencia es la madre del cyberbullying: muchos matones con la cara cubierta amedrentando a un solo pringado.

Ronson busca explicaciones a todo ello, y menciona la locura grupal. Topamos con las declaraciones de una anarcotroll llamada Mercedes, que justificaba un linchamiento en 4chan diciendo que “internet le dio su merecido”. INTERNET, como si se tratase de un brutal dios de la melanesia y no unos cuantos hackers biliosos en pijama. Ronson, que empezó pensando que los vigilantes twitterianos practicaban algún tipo de justicia igualitaria contra el poder, cae en la cuenta de que “la rabia que se arremolinaba allí parecía cada vez más desproporcionada respecto a cualquier tontería que hubiese dicho una celebridad. Aquello ya no era sátira ni periodismo ni crítica. Aquello era puro castigo”. Y continúa, ya en modo autoflagelante: “Ellos no eran la turba. Nosotros éramos la turba”.
Ronson titula un capítulo “El hombre descendiendo unos escalones en la escalera de la civilización”. Sí: es el descenso a la turba, pero deseo creer que los humanos somos mejores que eso. Somos mejores que el recelo patológico, la flojera de discurso, el insulto acoquinado y la muchedumbre con antorchas rodeando al monstruo. Porque si hay un monstruo aquí, no se equivoquen, se oculta en Twitter. Un monstruo hecho de muchos monstruos, una zafia horda de verdugos con antifaz. Quizás no podamos disolverlo, a ese desaprensivo de Twitter, pero vive Dios que podemos ignorarlo por completo. Se lo garantizo: es pan comido.

Kiko Amat

(Artículo publicado en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia el 6 de febrero del 2016. El companion piece de este texto era otro artículo de corte similar firmado por el socio Miqui Otero)

Kiko Amat entrevista a JAMES RHODES

Para Jot Down. Una entrevista bonita y espeluznante y muy entusiasta también (por ambos lados de la mesa).

Y eso que la hice con las condiciones mermadas. O sea, como dicen los ingleses, que estaba unwell (gran eufemismo).

Aquí pueden leernos hablando de victimismo, psicoanálisis, redención, Schubert, pedofilia, violencia salesiana, clases, pijos, música como potencial fuerza unificadora del mundo #1, “La chacona” de Bach, ambiciones altas, morrones sonados y suerte alucinante.

Les adjunto en la intimidad y en exclusiva para los lectores de Bendito Atraso la inevitable foto de grupi adherente.

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¡Chap chap en super tour gallego!

PRES_chapchap_SANTI_CORUNAEste tío es un machote, en serio. ¿Pues no va y continúa con la gira de promo de Chap chap, inasequible a la fatiga, el desaliento y el resacón atómico que maneja?

Demostrando una vez más que los escritores también podemos hacer giras como The Who, su amigo y vecino trepamuros, Kiko Amat, se pira ahora a Santiago de Compostela y La Coruña (tras haber estado ya en Bilbao, Gijón, Palma, Madrid…) para decir paridas, hablar de su azarosa y risible vida, y promocionar con vehemencia Chap chap, ese pedazo libro que le está destrozando la existencia.

De nuevo, le presentan individuos que él admira: en Santiago será la inefable y fantástica RAQUEL PELÁEZ (recuerden ¡Quemad Madrid! para Libros del K.O.), y en Coruña nuestro amado EL HEMATOCRÍTICO (ustedes ya le conocen).

Seré sincero: preferiría quedarme en calzoncillos en el Passeig Sant Joan, explicándoles a mis vástagos qué es un xenomorfo con gran detalle mientras me abro un quintillo, pero esto lo hago por todos ustedes. Que conste. Ya pueden reponer las neveras la noche antes (las más calientes abajo, pardiez), que en nada estoy allí.