¿Quién C*** conoce a JOE PERNICE?

https://i2.wp.com/www.bigtakeover.com/images/1579.jpgComo co-director del festival Primera Persona en el CCCB me resulta un poco embarazoso recomendar a artistas concretos porque, como todo buen padre, els estimo a tots igual con independencia de si me contestan mal o no se comen el puré de calabacín.

Dicho esto, de vez en cuando me da la impresión que un artista que me encanta pasa completamente desapercibido. Es el caso de JOE PERNICE, músico y líder de Pernice Brothers y Scud Mountain Boys, autor de la muy flipante y divertidísima novela It feels so good when I stop (Esta canción me recuerda a mí, Blackie Books). Entre muchas otras cosas.

He ido soltando su nombre por ahí, tanto de forma epistolar como oral, y su mención siempre ha sido recibida con un muy particular bizqueo, como si a mi interlocutor acabaran de pillarle robando una bolsa de altramuces mientras alguien le susurraba al oído que el fin del mundo sería en cinco minutos.

La cosa, y único motivo de esta entrada de blog, es simple: Joe Pernice es un artista muy emocionante y fundamental en la vida de todos ustedes, y sería fatalísimo que se lo perdieran porque aquella noche tenían una partida a muerte de mini-golf o habían reservado asiento en las Golondrinas. Va a tocar el sábado 13 de Mayo por la noche en el teatro del CCCB, va a leernos un fragmento bien molón de su novela y va a tocarnos un buen puñado de canciones suyas. Se halla encajado en el mismo tíquet que Gallardo y Mediavilla hablando en exclusiva de Makoki, y que Las Ruinas montando su feliz barullo.

Nick Hornby es fan. Jonathan Coe es fan. Los Teenage Fanclub son fans. Eh: yo, en mi microscópica insignificancia, soy fan. Les invito a que compren entradas a precio de risa en este utilísimo link, vengan y escuchen cosas como esta (solo que sin la avalancha de violines), que encima le canta a otro autor favorito:

Anuncios

Glam rock: zurribanda adolescente con purpurina

La editorial Caja Negra publicará en España en breve el nuevo libro de Simon Reynolds Como un golpe de rayo; el glam y su legado, desde los setenta y hasta el siglo XXI. Escribiremos sobre él a la menor oportunidad.

Mientras tanto, y pa’cer boca, les recupero una pieza que escribí hace cuatro o cinco años con ocasión de la aparición de Wired Up!; glam, proto punk and bubblegum European picture sleeves 1970-1976, de Jeremy Thompson and Mary Blount.

Glam rock El libro Wired Up! Glam, proto punk and bubblegum european picture sleeves 1970-1976 recopila las portadas más llamativas del género más excitante (y ninguneado) de los 70’s

 Zurribanda adolescente con purpurina

 https://i1.wp.com/fredpopdom.free.fr/images/The-Jook/The-Jook-Band.jpg

  1. Obsérvenlos: un ejército de pilosos camioneros embutidos en trajes de Klingon y duchados en purpurina, meneando los glúteos, berreando odas a la revuelta juvenil y rasgando explosivos riffs ante millares de chavalas y gamberrazos. Si tomamos como precepto fundamental que el pop debe ser lo contrario de aburrido, entonces el glam rock es la perfecta música pop. Se ha esculpido el catecismo de los 70’s como erial de fatuo rock progresivo del que nos salvó el punk, pero la realidad es bien distinta. Robin Wills (de The Barracudas) declara en su prólogo para Wired up! que “1974 es el nuevo 1965”. El escritor Stewart Home considera a los grupos de glam más divertidos, auténticos y sinceros que algunos punk-panfletos que vendrían después. “Bish Bash Bosh” frente a “Right to work”.

 

  1. El glam rock siempre ha tenido detractores, y la crítica que se le hace apesta a clasismo. El glam era estridente, rudo y proletario. Su rebelión era de tebeo, como algunos de sus referentes. No escondía sus anhelos (follar, pelear, bailar) ni sus orígenes de clase baja. Aunaba escapismo 70’s con la afirmación de una idealizada cultura obrera. Se trataba de música popular para bailotear en discos de barrio y morrearse en reservados, nada intelectual ni introspectiva; no fue concebida para escuchar a solas en una habitación del campus. Sus metas eran la diversión y el entretenimiento puro, con un par de soflamas de protesta pop como extra. Desde luego no era música de vanguardia: ni escondía su falta de pretensiones ni disfrazaba su glorioso rock’n’roll de algo que no era. Al contrario que el punk inglés, el glam rock nunca tuvo ínfulas de Año Cero: sus raíces estaban en el r’n’r de los 50 y la era mod. De hecho, muchos de sus artistas eran despojos mod reinsertados (John Hewlett, de John’s Children; Paul Raven, luego Gary Glitter; Jesse Hector; Marc Bolan) o cuanto menos gente granadita que ya había probado suerte en los sixties, como Slade. En ese sentido, el glam rock podría considerarse una reválida de lo mejor de los 60’s: la energía, el entusiasmo, la candidez, las canciones de dos minutos… Su completa falta de impostura y lo rotundo de su sonido maravillan incluso hoy.

 

  1. El glam tiene lo mejor de todas las cosas. El sonido es The Who exagerado, con estribillos repetitivos y producciones que son casi Disco. La pertenencia obrera se vocea como caricatura entrañable, con palmadas sincronizadas, pateos de graderío y cánticos hooligan, así como en una lírica vivencial sobre agarrarse un pedal, ligarse a una buenorra o darse de leches el sábado noche. Stockhausen no es, gracias al cielo. Cuando las letras sobre trifulcas o jacas se agotan, los grupos sacan la artillería pesada, casi toda centrada en aficiones de adolescente extrarradial: ciencia ficción, artes marciales o pajeo compulsivo. Wired Up! hace hincapié en el formato estrella del glam -el single de 45rpm con portada- como columna central de su universo. Los grupos se ponen los nombres más extremos para llamar la atención del comprador púber, y su estética va a juego. Los músicos son imposibles albañiles vellosos con trajes Galáctica y mostachos Nietzsche, el epítome de la androginia fallida: a más cardados y rímel, más machotes. Solo hay que ver fotos de Mud o Sweet, fornidos empleados de mudanzas embutidos en trajes del Comando G. Le partirían a usted la cara en un santiamén, y luego irían a limarse las uñas. En ocasiones los grupos adoptan un guiño lo menos sutil posible en un esfuerzo por destacar en el mar de mallas: Hector (niños con pecas pintadas), Pantherman (un fulano vestido de pantera). Streakers (en pelota picada) o Zappo (superhéroe loco). Y así, cientos. Wired Up! acierta al afirmar que por cada Slade había mil bandas de segunda fila, y todas ellas tendrían sus tres minutos de fama en las discotecas y futbolines de Bélgica, Holanda o España. Durante seis años, aquellos maromos mazas con peinados medievales y pantalones prietos cantando “Teenage rampage” eran lo más popular de Europa. ¿Y ustedes me dicen que llegó el punk para salvarnos del aburrimiento? Kiko Amat

(Este artículo se publicó originalmente en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia, febrero del 2013. también fue recopilado en Chap Chap; una antología confesional (Blackie Books))

 

Humillación en internet (o: eso no me lo dices en la calle, Twitter)

Dos libros ponen en tela de juicio el lado más oscuro e inhumano (y falaz) de internet: Humillación en las redes, de Jon Ronson (Ediciones B), e Internet Safari, de Noel Ceballos (BLackie Books). En Cultura/S les ofrecemos la diatriba llameante.

https://pbs.twimg.com/profile_images/3011259204/4005b51aa22c82b68fa0947a8d239ee3_400x400.jpeg1. Internet: menudo fraude. No importa la cantidad de veces que caballeros barbudos con hinchada presencia en las redes me listen su vasto catálogo de logros y lucros: para mí, Internet siempre será lo que aparecía en Futurama: un hostil descampado lleno de anuncios y tetas, y una caterva de airados nerds tuberculosos insultando a todo dios y haciéndose pasar por Conan El Bárbaro (cuando Bender trataba de decidir cuál sería su identidad virtual, de hecho, las únicas opciones a su alcance eran Napoleón o Enfermera Sexy). En algún momento de su historia, la World Wide Web se convirtió en un aspersor de inquina ratera, y uno de los vehículos principales del linchamiento anónimo que existen hoy. Si me preguntan a mí, columnista imparcial por excelencia, ese momento fue el día de 1990 en que la Web comenzó a chutar. Sí. Podría decirse que si Internet es tan popular entre alguna gente es porque, como Chile hizo con los nazis tras la IIª Guerra Mundial, arropa y oculta –que no dignifica- al linchador en su tejonera. Futurama anunciaba esto en marzo del 2000 (Groening = Nostradamus), y desde entonces las cosas no han cesado de empeorar. También han existido algunos progresos, sin duda, pero no se yo qué decirles. La Web es un poco como la fisión nuclear: por mucho que alguien le saque de vez en cuando un uso ético, siempre va a haber un majara con bata agazapado en las sombras conspirando para sacar adelante otra bomba de neutrones.

2. En la pieza de aquí al lado hallarán más detalles sobre el lado luminoso y el lado oscuro de internet, en cuyas miasmas pestíferas ha hecho inmersión el joven y optimista reportero Noel Ceballos para escribir Internet Safari (Blackie Books, 2015). Así como en History Channel uno solo ve documentales de nazis (con el ocasional escualo de guarnición), el objeto principal de mi fascinación internetiana son los llamados trolls. Cuando digo “fascinación” lo que quiero decir es “espanto”, y cuando digo “trolls” lo que quiero decir es “buitres calumniadores”. De forma algo inquietante, Internet no solo no ha prohibido el acceso a esas jaurías ahorcantes, sino que les ha proporcionado una sede en pleno centro, una mullida chaise longue, un altavoz colosal, un sólido candado para el portalón y un flamante surtido de capuchas.

Supongo que lo de los linchamientos online empezó con IRC o alguna chatroom cavernaria, pero Jon Ronson, en su Humillación en las redes (Ediciones B, 2015) se remonta a los escarnios públicos de 1742 o así, cuando la humillación-con-espectadores y los latigazos nalgales en plaza pública se consideraban una medida disuasoria civilizada para este o aquel infractor. Uno de los momentos más reveladores del libro es cuando Ronson, que había empezado con una concepción harto naíf y chorra de Twitter, se da cuenta de que los escarmientos públicos de los social media actuales son mucho peores que sus antepasados del siglo XVIII.
https://i2.wp.com/www.edicionesb.com/upload/20404g.JPGLa particular Noche de los Cristales Rotos de los trolls, su excusa perfecta para el pillaje en turbamulta, debió ser la invención de los comentarios en blogs y webs. Poco antes ya funcionaba el hatemail, versión digital del viejo anónimo cobarde / zurullo en buzón / adoquín en ventana, pero es inevitable mirar hoy los e-mails de odio-sin-rúbrica como una arma obsoleta, casi entrañable. El hatemail es al twitterlinchamiento lo que la guerra anglo-zulú de 1879 (1700 muertos) es a la IIª Guerra Mundial (60 millones). Un trabuco simpático y falible, las más de las veces inofensivo. Para los twitteadores de hoy incluso el timorato hatemail de antaño es un ataque demasiado benigno. El twitterlinchamiento –como aduce Jon Ronson- parece un ataque teledirigido de drones donde nadie es responsable de las víctimas y el perpetrador solo pulsa un botón sin experimentar culpa ni espanto por el alcance sus actos. “El copo de nieve no se responsabiliza del alud”, añade.

Con eso no quiero decir que las versiones previas de infamia incógnita online sean inofensivas. Pueden lacerar duro y tocar hueso. Hace medio año yo mismo realicé una serie de entrevistas a adúlteras anónimas para un medio popular (y populista) de la web, y el mob rule de comentarios anónimos que se desencadenó debajo de cada pieza fue poco menos que repugnante. No contra mí, entiéndanme; contra las valientes señoras que nos habían abierto su corazón. Algunas de ellas me comentarían poco después (entre lloros) que jamás habrían esperado el nivel de crueldad impía que campaba a sus anchas en aquella zona salvaje; toda la aberrante misoginia y las amenazas sexuales. Déjenme a mí ser naíf ahora: yo tampoco. Mi innato carácter analógico y filoludita me había mantenido en una burbuja respecto al nivel de bestialidad y burricie que se acepta como natural en estos foros. Lo que descubrí en mi breve “safari” me dio arcadas, qué puedo decir.

3. Twitter es el arma ideal para un cierto tipo de sujetos (apocados tartajas en la vida real, musculosos justicieros en la virtual) y para una modalidad muy particular de actitudes ignominiosas. Es anónimo, asaz multitudinario, de texto MUY breve y, por tanto, arrojadizo al instante y desde cualquier emplazamiento. Parece, no me digan, creado con el único propósito de calumniar parapetado para esconder la mano después. Ceballos afirma en su Internet safari que uno no puede culpar a la “plataforma” por los “comportamientos mezquinos” de algunos usuarios, lo que es como decir que uno no puede culpar al AK-47 de los ametrallamientos terroristas. No, claro. Por supuesto que quien aprieta el gatillo es el verdadero perpetrador de la atrocidad, pero sin acceso a armamento (canjeando su fusil por una berenjena, por ejemplo) aquel fulano sería inofensivo. Twitter te lo pone fácil; es así de claro. Proporciona un potente micrófono a sociópatas que, de no existir el medio, hablarían y sollozarían solos en lavabos públicos.

Que sí, que sí: de vez en cuando van a hallar ese maravilloso tuit de Caitlin Moran sobre la última temporada de Louie. Vale. Pero para llegar a él deberán nadar mariposa en un océano de estupidez, mala baba, histrionismo, envidia, machismo vomitivo, facherío cromañón y, sobre todo, cobardía. Mucha cobardía. Los mayores atributos de nuestra bella raza (la humana) parecen ausentes del léxico Twitter: la paciencia, la elocuencia, el coraje, la nobleza, la empatía y la inteligencia. Cuando uno percibe allí destellos de astucia (que los hay), suele ser del estilo Escurçó Negre: ingenio utilizado para el mal, como los superpoderes de Magneto. Por no decir que resultar ingenioso en Twitter es como ser el guaperas en la XXIIª conferencia del Club John Merrick de los Horriblemente Deformes de Cara. Una cosa chupada, casi indigna de lo fácil que resulta.

Y luego está la ironía. Si hay algún recurso literario o dialéctico que conviene escatimar y usar con cierta mesura es la ironía. No puedes espolvorearla por todas partes a lo loco, porque se torna indigesta, y también porque te hace sonar como un maldito cretino. Cuando leo twits de usuarios que solo parecen capaces de utilizar la voz irónica no puedo evitar pensar en aquel capítulo de Father Ted en el que aparecía el “capellán más sarcástico de Irlanda”, y a quien acababan encerrando en el cesto de calzoncillos sucios.
¿Y la histeria? La respuesta de Twitter ante una supuesta infracción siempre suena enajenada. Nunca es una reflexión paciente donde se presentan los actos con ecuanimidad y el infractor es inocente hasta que bla bla. Cuando alguien la pifia, el twit-mob va directo a la hipérbole, buscando el arma más letal para el faux pas más inocuo. Por lo general, el ajusticiamiento público en Twitter es más excesivo que atacar un nido de polluelos con la Estrella de la Muerte. Muchas ratas sin apellidos abalanzándose sobre un solo corcel malherido. Eso no quita que el corcel no haya relinchado alguna asnada de consideración, claro. Pero, al contrario de lo que recomendaba el Mikado, en Twitter el castigo no se ajusta al crimen.
https://i1.wp.com/static.thefrisky.com/uploads/2013/12/20/justine-sacco-africa-aids-tweet-600x450.jpgEn los últimos cinco años, las víctimas de twittercastigos sumarísimos han alcanzado estatus de celebridad (a su pesar). Jon Ronson cita los ejemplos de Rebecca Black (la incauta adolescente del video amateur “Friday”), Justine Sacco (una infeliz que tuiteó una broma boba sobre el Sida en África) o Lindsay Stone (la mujer que se autotuiteó realizando un gesto obsceno en un cementerio militar). Para todas ellas, la respuesta fue un Katrina de ira ciega, insultos espeluznantes y represalias draconianas. Las dos últimas perdieron sus empleos, y todas ellas padecieron depresiones, consecuencia directa de haber sido linchadas. ¿Dijeron alguna parida? Sin duda. ¿”Friday” era una inmundicia de canción? Innegable. Pero, no jodamos: nadie merece ese tratamiento por una memez inofensiva o una canción apestosa. Solo Hitler, Pol Pot y dos más. Desde luego no Willy Toledo, por bocazas que sea, o David Bisbal.

Sé lo que van a espetarme: que de vez en cuando el linchado se lo merece. Que de vez en cuando sí pilla un Hitler. Como sucedió con la agitadora-del-odio Jan Muir del Daily Mail (por su comentario homófobo sobre la muerte de Stephen Gately, de Boyzone) o Esperanza Aguirre, arrastrada por el lodazal tras aquel bochornoso video en inglés. Pero incluso César Rendueles, autor de la mejor crítica patria al ciberfetichismo (Sociofobia, 2010), manifestaba haber sentido cierta repulsión al ver la jauría ululante que se abalanzó sobre “Espe”. Hay algo de por sí aborrecible en los linchamientos, incluso si su germen es más o menos legítimo. Observar a una masa enfebrecida ejecutando sin juicio previo a un tipo nunca es bonito, sean sans-culottes o el Ku-Klux-Klan. Su esencia es la madre del cyberbullying: muchos matones con la cara cubierta amedrentando a un solo pringado.

Ronson busca explicaciones a todo ello, y menciona la locura grupal. Topamos con las declaraciones de una anarcotroll llamada Mercedes, que justificaba un linchamiento en 4chan diciendo que “internet le dio su merecido”. INTERNET, como si se tratase de un brutal dios de la melanesia y no unos cuantos hackers biliosos en pijama. Ronson, que empezó pensando que los vigilantes twitterianos practicaban algún tipo de justicia igualitaria contra el poder, cae en la cuenta de que “la rabia que se arremolinaba allí parecía cada vez más desproporcionada respecto a cualquier tontería que hubiese dicho una celebridad. Aquello ya no era sátira ni periodismo ni crítica. Aquello era puro castigo”. Y continúa, ya en modo autoflagelante: “Ellos no eran la turba. Nosotros éramos la turba”.
Ronson titula un capítulo “El hombre descendiendo unos escalones en la escalera de la civilización”. Sí: es el descenso a la turba, pero deseo creer que los humanos somos mejores que eso. Somos mejores que el recelo patológico, la flojera de discurso, el insulto acoquinado y la muchedumbre con antorchas rodeando al monstruo. Porque si hay un monstruo aquí, no se equivoquen, se oculta en Twitter. Un monstruo hecho de muchos monstruos, una zafia horda de verdugos con antifaz. Quizás no podamos disolverlo, a ese desaprensivo de Twitter, pero vive Dios que podemos ignorarlo por completo. Se lo garantizo: es pan comido.

Kiko Amat

(Artículo publicado en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia el 6 de febrero del 2016. El companion piece de este texto era otro artículo de corte similar firmado por el socio Miqui Otero)

Kiko Amat entrevista a JAMES RHODES

Para Jot Down. Una entrevista bonita y espeluznante y muy entusiasta también (por ambos lados de la mesa).

Y eso que la hice con las condiciones mermadas. O sea, como dicen los ingleses, que estaba unwell (gran eufemismo).

Aquí pueden leernos hablando de victimismo, psicoanálisis, redención, Schubert, pedofilia, violencia salesiana, clases, pijos, música como potencial fuerza unificadora del mundo #1, “La chacona” de Bach, ambiciones altas, morrones sonados y suerte alucinante.

Les adjunto en la intimidad y en exclusiva para los lectores de Bendito Atraso la inevitable foto de grupi adherente.

IMG_7734

¡Chap chap en super tour gallego!

PRES_chapchap_SANTI_CORUNAEste tío es un machote, en serio. ¿Pues no va y continúa con la gira de promo de Chap chap, inasequible a la fatiga, el desaliento y el resacón atómico que maneja?

Demostrando una vez más que los escritores también podemos hacer giras como The Who, su amigo y vecino trepamuros, Kiko Amat, se pira ahora a Santiago de Compostela y La Coruña (tras haber estado ya en Bilbao, Gijón, Palma, Madrid…) para decir paridas, hablar de su azarosa y risible vida, y promocionar con vehemencia Chap chap, ese pedazo libro que le está destrozando la existencia.

De nuevo, le presentan individuos que él admira: en Santiago será la inefable y fantástica RAQUEL PELÁEZ (recuerden ¡Quemad Madrid! para Libros del K.O.), y en Coruña nuestro amado EL HEMATOCRÍTICO (ustedes ya le conocen).

Seré sincero: preferiría quedarme en calzoncillos en el Passeig Sant Joan, explicándoles a mis vástagos qué es un xenomorfo con gran detalle mientras me abro un quintillo, pero esto lo hago por todos ustedes. Que conste. Ya pueden reponer las neveras la noche antes (las más calientes abajo, pardiez), que en nada estoy allí.

Kiko Amat charla (de nuevo) con SANTIAGO LORENZO

1425574027_958902_1425588230_noticia_normalSantiago Lorenzo (Portugalete, 1964) es uno de los autores más audaces de la literatura española, y también el menos pelma. Su mundo parece surgir de la genuina ansia de entretener (enseñando), mediante humor triste, pathos y una celebrable mala baba. Sus lecturas son blasones: los Plinios de García Pavón, Ayala, el Valle-Inclán de Los cuernos de Don Friolera, el Miau de Galdós. Azcona, Jardiel, Mihura. Sus protagonistas son pobres, feos y precarios, gente dañada que trata de no hundirse en esta ciénaga llamada mundo. Lorenzo ha firmado películas como Mamá es boba o Un buen día lo tiene cualquiera, juguetes imposibles y tres novelas. Conversamos con él a raiz de Las ganas (Blackie Books), otro puro triunfo de lo No-Aburrido.

“Benito, de guapo, tenía poco”, afirmas en Las ganas. Yo siempre pienso en la injusticia de la fealdad. Los Sírex se equivocaron: ¿Que se mueran los feos? Que se mueran los guapos, más bien. Que lo tienen todo de cara, esos malnacidos.
Se liga con cualquier cosa menos con la cara. Yo he tenido novias que me han hecho absolutamente feliz, y que eran más feas de cara que una Virgen románica. Y te voy a decir algo muy españolazo: también he tenido la suerte de salir con unas tías tremendas, y que eran un coñazo [ríe]. Lo que sí te permite la literatura, al contrario que sucede con el cine, es sacar a feos. Tú llegas con un feo al cine y, a no ser que produzcas tú, te dirán que qué cojones estás haciendo. Recuerdo el casting de Mamá es boba, donde yo quería una pareja de gente normal. Es decir, fea. Porque por lo común somos más feos que guapos [ríe]. Y por aquellos días iba a producirla una productora (al final la acabé produciendo yo mismo) y aparecieron unas chicas muy feas. Una de ellas [se pone muy serio] no cabía en la silla. Y el productor, con un hilillo de voz, me preguntó: “Luego vienen más, ¿no?”. O sea: “luego vienen las guapas, ¿no?” Al final cogimos a una, Faustina Camacho, que lo hizo cojonudamente.
El único consuelo que nos queda es que, tras años de adulación mema, los guapos y guapas se vuelven tontos rematados.
O tenderán a creerse que no valen pa’nada. Que son rubias tontas. Siempre acabamos encontrando una faceta en la que podemos ser matones. El bully, el bullero, el abusón. Siempre hay una parcela en la que coges a uno y lo matoneas. Te das cuenta en los comentarios de los periódicos. A mí me han matoneado hasta aburrir. No me han matoneado más porque era aburrido. Pero luego me doy cuenta de que alguien dice una burrada (normalmente con faltas de ortografía bastante bestias), y tú contestas en un post, y de golpe te das cuenta de que estás matoneando a gente que tiene ideas (a veces muy idiotas) y que no tienen facilidad para escribir, y tú te has convertido en su puto bully.
No sé si sigo tu razonamiento, querido Lorenzo.
Quería decir que tendemos a acabar encontrando la parcela en la que la injusticia cae a nuestro favor. En la que nos vemos medio guapos. En la que Natura nos compensa por la fealdad. Por ejemplo, saber ortografía permite ir de sobrado en los comentarios en periódicos, y permite matonear al tío que opina algo deplorable con la cosa de que no sabe poner la uve o la be. Vamos, que siempre te acaba tocando una papeleta de guapez, aunque seas más feo que eructar al recibir la Comunión.
Bueno, el perfil básico del comentador online anónimo, en todo caso y mejorando lo presente, es el mismo del que hacía pintadas calumniosas (también anónimas) contra chicas del instituto. “Merche puta”, y tal. Un cobarde, básicamente.
[ríe] Ya. Es verdad. Pero de repente un día estás leyendo Libertad Digital (que es una cosa que yo hago mucho) y no vas a comentar nada, pero de repente lees algo y te dices: “pero tú cómo puedes ser tan mal tío. Y me jode que encima vayas de patriota, tío, si estás pegando patadas a nuestro principal motivo de patriotismo, que es el castellano”. Así que al final lo insultas. Pero volviendo a los guapos y los feos: yo conocía a una chica que no era especialmente guapa, y que era perfectamente capaz de llegar a un bar y elegir a uno al que tirarse, como si fuese un casting. Y luego iba y culminaba. Cuando pasaron varios años, hasta se me tiró a mí [risotada]. Fíjate hasta donde llega la locura. Vivíamos juntos en una casa, piso compartido, y nunca se me hubiese ocurrido liarme con ella; era como si fuera mi hermana. Hasta que dejamos de compartir casa y un día me dije, al cabo de varios años: ahí va, tirarse a esta tía, qué morbo ¿no? Pues eso [ríe más], que fui víctima… Bueno, víctima no, qué coño. Me eligió a mí, ese día. Podría haber sido cualquiera, pero fui yo.
En una ocasión anterior te dije que las dos novelas que habías escrito eran celebraciones del desgraciado. En negocios, en amores, en suerte… Y sin embargo están llenas de esperanza y simpatía por aquel tipo. Las ganas vuelve a ser así.
[Sonríe feliz] Pues qué de puta madre. Pues sí, Benito es un desgraciao. Vamos, como la gente con la que voy [carcajada]. Te juro por Dios, Kiko, que no paro de acordarme de cosas que he visto y no me había vuelto a acordar, a cuenta de las entrevistas que estoy dando, y he pensado en la primera vez que hablé con una tía. Hablar. Yo tenía 16 años. O sea: hablar. Yo ya me estaba preocupando, porque iban pasando los 14, luego los 15, y la gente del colegio (yo estaba en un colegio del Opus Dei) iban todos hablando con una tía ahora, luego con otra… Y yo me estaba quedando atrás. Y un día, en la punta del faro de Portugalete, mi pueblo, le pregunté a una chica si tenía fuego. Y nos pasamos la mañana hablando. Y a la semana le pregunté si quería salir conmigo y me dijo que no. Por teléfono. Claro, eso es un poco loser. Y uno tiene biografía para eso y para más.
los-huerfanitos-cubiertaLas hostias son necesarias. Endurecen y enseñan. Tú mismo lo dices en Las ganas: “los trastazos están muy bien”.
Yo siempre me acuerdo de La Gran Evasión. Hacen una comedia partiendo de una situación horrorosamente chunga. La película no acaba nada bien; solo sobreviven tres. Y hay una frase que dice Richard Attenborough antes de que le maten: “Nunca me lo he pasado tan bien”. Mira, Kiko [me muestra los ojos humedecidos de emoción]. Mira, yo tengo un amigo que, por una serie de circunstancias, ha eliminado todos los problemas de su vida. Y lo tiene todo arreglado, en orden, todo perfectamente colocadito. Y el tío nota que necesita problemas. Al menos uno. Putadas. Y de repente le da con que los vecinos meten ruido. “mira qué ruido meten”, y tal. Y nada, los vecinos, en silencio total. Pero el tío necesita un conflicto. El hombre está incapacitado para vivir en esa perfecta horizontalidad. Yo cada vez lo creo más.
Tropezar es inevitable. Al menos vamos a tomarlo con humor.
Antes decías que era una injusticia la fealdad. Es triste lo que te voy a decir, pero creo que esa incapacidad para reírse de los tropezones es una cuestión electroquímica. Es como la guapura: hay gente a quien le pasa y gente a quien no le pasa. Pues debe ser que viene por aquí un conducto [se señala la sien] y se obtura antes o se obtura después. Gracias, Dios, pues ya que no nos diste belleza, que al menos estemos en el grupo de los que segregamos ese fotón en medio del occipital. En mi casa nos pasa eso.
La última vez que hablamos me citaste a tu padre: “Qué poco somos de deprimirnos en casa”.
Pues eso. Era mi madre. Y creo que va por ahí. Y he conocido a gente a quien le sucede lo contrario: que se deprime por nada. Y no se por qué, a esa gente nunca les pasan problemitas: sino siempre cosas superchungas. Con lo cual peor todavía.
Lo pones en términos darwinistas. Como si los feos y gilipollas del culo hubiésemos evolucionado a un estadio superior.
[Risas] Sí, es una suerte. Yo me acuerdo de los palos que me han dado y me entra la risa. Soy muy afortunado.
En Las ganas te cagas lo tuyo en los padres de Benito y Teresa. ¿Tu familia real se parece más a los Susmozas de Los huerfanitos, o a los Bernal de Las ganas, o qué?
Somos cinco hermanos. Fíjate el mapa de dónde vivimos: La Coruña, Madrid, Pamplona, Sevilla, y yo que me he ido a vivir a un pueblo ahí en mitad de la nada. Todos majísimos, ¿eh? Yo tengo un hermano arqueólogo, otro que tal, pero no nos vemos nunca. Hablamos y tal, pero no tenemos ni idea de lo que hace el otro. Lo que sé es que todos son excelentes en sus ocupaciones. Mi hermana Raquel sí viene cuando hago algo en Madrid, siempre se ha portado de puta madre.
Quieras o no siempre heredas algo de código genético de tus padres. Algo suyo habrá por ahí dentro. Aunque hayas intentado rechazarla.
Sin duda. Es una línea sucesoria. Pero tampoco me acuerdo de mucho, no te creas. Mi padre murió cuando yo tenía 18 años, y mi madre es uno de los mejores dialoguistas involuntarios que me he encontrado en mi vida. Te voy a contar una: un día se compró una lámina, la Ana María aquella de Dalí, la que mira por la ventana, para ponerla en un marco. Y como primer paso tenía que darle un barniz que ya te venía en el kit de montaje. Y mi madre se puso a aplicar el barniz, pero algo hizo mal, y se empezó a ondular toda la lámina. Y según pasaban los minutos la lámina iba haciendo cada vez más olas [ríe]. Y, ¿sabes que me dijo? “Llegas a haber tenido tú la culpa y te pego una paliza…” [ríe] Tengo un amigo en Bilbao, que sus padres debieron ser los primeros que se divorciaron en el año 80. Estaban allí a las ocho de la mañana del día en que aprobaron la ley [carcajadas]. Y me dijo una cosa flipante, mi amigo: “yo me di cuenta muy pronto que a mí mis padres no me habían hecho falta para nada”. Me pareció un poco triste, pero es que es así. Sientes tristeza por eso, pero lo compartes. Mi madre y yo… Es como si no nos interesáramos el uno al otro, ¿sabes? Otra frase genial: acababa de estrenar yo la película de Un buen día lo tiene cualquiera, y mi madre me dijo: “Ayer estuve mirando el periódico y he visto que no está entre las diez más vistas” [sonrisa] Y es así todo el tiempo.
Joder. Suena como un villano Bond.
Ya, pero es mi madre, joder. Ayer pusieron la de El Cebo (1958), y allí sale una madre mala que no te la crees. Mira, yo tenía una productora, y me llegaban currículums a casa, y mi madre decía: “esta pobre gente, que te manda currículums a ti…” [ríe]
La madre de Mamá es boba era muy mala.
Sí, pero de otro tipo. Mi madre no se parece en nada a la de Mamá es boba. Es otro perfil. Al Benito de la novela en un momento dado de su vida le llaman El Cacas, y luego se entera que se lo pusieron los padres. Y Las ganas no puedo presentarla en Valladolid. Yo siempre me he ocupado que mis novelas y cosas se presenten en Valladolid en algún momento, y mi madre siempre viene con sus amigas y tal, pero Las ganas no. Huelga decir que mi madre es el típico producto Nacional-Católico. No voy a ir allí a hablar de follar y no se qué marranadas. En serio: en esa situación, mi madre MUE-RE. Mira, yo tenía una novia hace muchos años, cuando mi madre estaba aún trabajando. Mi madre trabajó toda su vida, era maestra y llegaba a casa a las seis. Y un día estaba yo a las cinco y media con una novia en casa. Y habíamos acabado de follar, pero estábamos vestidos, y llegó mi madre. Y se notaba que no habíamos estado haciendo los deberes. Y te juro que la cara que se le quedó… La mera posibilidad de que en su casa, su hijo hubiese hecho algo así…
santiago-lorenzo2_280612_1340866058_10_Como si se hubiese topado con Belcebú en bolas en el recibidor, vamos.
Sí. Mira: yo, cuando estaba todo el día pedo, tenía miedo de llegar a casa y encontrarme a una vaca en casa. En un quinto piso.
Repite eso, por favor.
Sí. Yo, cuando estaba en Madrid, vivía en un quinto piso, en una buhardilla. Y tenía la idea de que iba a llegar y me iba a encontrar una vaca. Frisona. No sé por qué. Pues mira, si hubiese aparecido la vaca, la cara que se me hubiera quedado habría sido la misma que se le quedó a mi madre.
Hablemos de follar y de las ganas de hacerlo. Yo también fui a un colegio católico hasta los catorce, pero milagrosamente conseguí perder la virginidad a los 17. Aún no sé ni cómo.
Yo a los 21 [pone cara de horror]. Tardé tanto porque me daba mal rollo lo del coito. Tenía relaciones sexuales no-coitales. Era muy moderno. Era un feminista, pero en tío: “no, si es que el coito es una imposición machista”, y tal.
Nada de esto es así ya, por fortuna. Lo nuestro es como de otro siglo.
Yo tengo la impresión de que la juventud de ahora tiene las relaciones sexuales que los de mi generación nos creíamos que teníamos en los ochenta. La libertad sexual que era puramente nominal en los ochenta existe ahora. En los ochenta: y una mierda. Y más nos vale aceptarlo. Porque si aceptamos que de verdad hubo una gran libertad sexual en los ochenta estamos aceptando que el Franquismo fue inane. Y yo eso no estoy dispuesto a aceptarlo. Una de dos: o aceptas que el Franquismo era un cortapijas o no lo aceptas. Yo estaba en una ciudad bastante triste para ese tipo de actividades. Valladolid (al igual que otras mil ciudades españolas) está lleno de hombres y mujeres que están aún en una edad mental adolescente porque han sufrido una educación castrante. Claro, joder: por eso me fui a Madrid. No me fui a estudiar ni hostias. Madrid era el despelote.
Casi todos mis autores favoritos de los años cincuenta estaban medio chiflados de ansias de follar no satisfechas. Colin Wilson, por ejemplo. Y Las ganas va de eso. La tragedia del dolor de huevos, para decirlo finamente.
[Sonríe] Quizás nosotros crecimos bajo una influencia catolicona. Y eso nos da derecho a escribir sobre nuestras experiencias. Además, los que nacimos en los sesenta o setenta somos muchos más que los que han nacido en los ochenta o los noventa. O sea: ganamos. Luego también sucede que uno se cree que ya ha pasado esa obsesión por el sexo, y de repente aparece un poco de escote de Catherine Zeta Jones… Mejor explicado: unos tíos que saben un montón de marketing, allá en Palo Alto, deciden que hay que bajar un poco el escotito de Catherine Zeta-Jones. Y tú te dices: “Pero qué más dará eso. A ver si se creen que la gente se va a empalmar por esa chorrada”. Y ellos, que no: “¡que me bajas el escotito!” [grita con voz aflautada] Y tú vas y lo miras, no sabes ni por qué. O sea, que no sabemos si estamos en la fase de trogloditas o en la de precursores. Ahora dicen que a lo mejor será ilegal follar por debajo de los dieciséis. O sea que a lo mejor volvemos a la época en que se leía a Felipe Trigo [carcajada], ese macarra. “Tus senos turgentes…”, y todo el mundo ahí machacándosela. Aquello era el máximo porno del 1900.
Ese punto de vista desacomplejado se aplica al gusto, también. Creo que las generaciones jóvenes no van a tener toda la carga de locos prejuicios que teníamos nosotros. Les gusta Rihanna y los Beach Boys, y les importa una mierda todo lo demás. Eso me parece sano.
Hay una fórmula musical para eso que se conoce genéricamente como “rock”, y que dice que te permite treinta años de gloria. Cuando en el 92 empiezan a coger canciones de la Motown y a ponerle el tunda-tunda por debajo… El colmo del vómito era esa del unga-chaka-unga. Yo no sé qué les pasará a ellos con la música, pero por fortuna a nosotros ya no nos pilla [simula lavarse las manos]. El que venga detrás que arree [risas] Los jóvenes también comen Nocilla todos los días, que yo solo tomaba en cumpleaños [carcajada].
La última vez que hablamos te inventaste un género maravilloso para las novelas que intentamos hacer: “No aburrido”. Yo la cursilería y el aburrimiento no se los tolero ni a mi padre. Y me llena de gozo que tus novelas sean tan no-aburridas y no-cursis.
Te lo agradezco la intemerata. Y las películas aburridas son aún peor. Y eso que duran mucho menos… La paz que Rohmer proponía en sus películas sólo la alcanzamos cuando se murió [risotada].
A mí me fastidia mucho la gente pesada. Y aburrida. Dar la lata es una forma de abuso pasivo-agresivo.
¿Cómo debe ser, darte cuenta de que eres un pesado? La gente que mola es la que está continuamente diciéndose que es un pesado, porque precisamente son esos quienes no lo son. ¿Y escribiendo? Nos haría falta algún ejemplo de pesado de libro para que se entendiera. ¡Ja! Pesado. De Libro. [se troncha él solo con el juego de palabras involuntario]
¿James Joyce? Ese era un buen latoso.
Yo a ese ni lo he leído. Ni pienso hacerlo. Ni me he acercado al Marcel Proust [lo pronuncia en castellano] ese. Y de aquí me están viniendo a la cabeza algunos nombres, que entran ganas de decirles: “pero tú, ¿ de qué vas?”. O sea.
¿Del pasado o del presente?
Del presente. Lo justo es que los pesados españoles del pasado han sido olvidados. No los encuentras en ningún sitio. Lo más jodido es que, ¡qué demonios!, habrá millones de personas que cojan un libro tuyo o un libro mío y digan: “esto es un coñazo. No se entiende nada”. Un día leí un comentario en Internet: “Leí Los Huerfanitos. Me aburrió” [ríe]. Yo tengo una vecina en el pueblo que se porta de puta madre, muy maja, y el otro día le dije que me iba a Barcelona porque había sacado un libro. Y me imaginé regalándole el libro, y me dije: “para qué. Ni se te ocurra”. Eso se carga la relación, porque parecería como que me tiene que dar su opinión. Y tú sabes que no va a entender nada. Siempre tendrás clientes en cuanto que tío aburrido. Siempre habrá gente que te comprará, involuntariamente, tu facilidad para aburrir. Pero a nosotros nos hace gracia todo eso, como lo de tu personaje ese que va con la E de Barcelona subida al carrito, con el viento y la hostia, ahí al lado del mar… De repente te dices: “¡pero que te vas a caer!”
Un colega de ciencias me dijo: “Además es imposible. La E esa no cabe en el carrito del súper”. Bueno, vete a la mierda, tío. Permíteme una ligera licencia poética.
[ríe] Hay gente que dirá también que lo nuestro es simple que te cagas. Hay un personaje en Las ganas que se llama Yureni, que es una tía, y llega a una casa sin muebles. Y se cree que los muebles son de metacrilato y que por eso no se ven. O sea, una tía que no sabe nada de nada de nada. Que se ha escrito en una hoja lo de “la vida es un espejo: te sonríe si tú le sonríes”. Esa tía, si leyese este mismo libro, o Cosas que hacen BUM, bostezaría. Y de esas tías y tíos hay un huevo. Nosotros no nos esforzamos para resultar no-aburridos, pero lo que hacemos es para un segmento determinado de lector. La calle esta llena de gente que… ¿Pero cómo se puede ser tan zopenco? Por eso acabas escribiendo comentarios en los artículos digitales. Por esa gente que dice “Si ya lo sé, pero es que tiene una gracia…”, y está hablando de Esperanza Aguirre. Pues a esa gente espero resultarle aburrido. Porque si yo le divierto a ese, voy muy mal. A mi, por ejemplo, me parece muy aburrido ver una película de Mariano Ozores. Pero horrorosamente aburrido. O me parecen aburridas esas pelis en que, como decía un amigo mío, a una chica en Malasaña se le estropea una moto, y entonces aparece el actor que quieras, y los dos son dos caracteres contrarios, y esa peli es un puto coñazo, seguro. Insufrible. Pero va a haber gente que diga lo contrario: que el que no haga algo así es un pesao. Lo que nos salva a ti y a mí es que escribimos para gente normal. No para subnormales [carcajada]. Y la ironía de esto es que cuando digo “normales” lo que quiero decir es: gente como tú y como yo [triple carcajada]. El patrón somos nosotros. Y si no te gusta el libro no te lo compras. Me parece un buen detalle darle pistas a un posible cliente para que no compre un libro que, quizá, no le vaya a gustar.

Kiko Amat

(El corte del director. Entrevista originalmente aparecida en formato reducido en Babelia de El País del 30 de mayo del 2015-vayan allí y likeen y twiteen igualmente si no quieren que me despidan)

Ensaladilla de entrevistas Chap Chap

Chap chap, ese trepidante pedazo de prosa confesional, ha sido objeto de multitud de reseñas y artículos a día de hoy. No voy a mostrárselas todas porque sería como enseñarles mis trofeos de natación de 7º (por añadidura, acabo de inventarlo: jamás gané ningún trofeo de nada, y menos aún de natación), pero allá van algunas buenas entrevistas.

Todas me gustan cosa mala, pero entrego el premio especial Chap Chap de Adamantium a la del Tentaciones solo porque me la hizo un paisano de Sant Boi.

Es broma, Parkas. También la incluyo porque es una de las mejores entrevistas que me han hecho en la vida, tío. Y no recordaba haber dicho este pedazo de wisdom inmortal (rían ahora):

“No sé si a ti te pasa, pero yo veo una diferencia muy clara entre divertirme o ser feliz: no se parecen en nada, no tienen nada que ver. Yo cuando soy feliz puedo estar casi en un entorno de filo-aburrimiento familiar, y a veces puedo divertirme de forma embrutecedora y no ser nada feliz. No quiero que tiren mis cenizas en el lavabo del Heliogàbal. Qué allí me he divertido mucho, sí. Pero estar en paz es otra cosa”.

Bravo, Kiko, hijo de mi vida.

La Voz de Galicia

La Grieta

Esquire

Tentaciones

Ya me contarán. Twitéeenlas y laikéenlas como si no hubiese un mañana. Yo les iré colgando por aquí algunas más en breve.