MARK FORSYTH: “El mundo experimentado en completa sobriedad nunca ha sido, ni será, suficiente” (la charla completa)

El británico Mark Forsyth repasa en su didáctico y ocurrente libro Una borrachera cósmica; una historia universal del placer del beber (Ariel) la evolución de la melopea humana a través de los siglos y las culturas.

Mark Forsyth

“Cada vez que salimos de un pub en busca de un kebab grasiento”, me suelta Mark Forsyth, “estamos repitiendo lo que un antepasado nuestro hizo hace millones de años”. Es todo un consuelo. Gracias a Una borrachera cósmica podemos culpar al determinismo evolutivo de lo que, visto desde fuera, solo parecería una atroz liada post-licor café. Tras empaparse (ejem) de este completo, a la par que jocoso, libro, ustedes renacerán en connoisseurs de la borrachera. Conocerán a fondo sus usos y abusos, modos y modas. Zanjarán debates con amigos straight edge a base de proverbios sumerios (“no conocer la cerveza no es normal”) y perorarán sobre saloons del Lejano Oeste como si hubiesen estado allí, bota campera en riel de latón, tirando monedas a la barra sin contarlas antes, ni preguntar cuánto cuesta la copa.

 Los humanos estamos diseñados para beber. Nada de lo que sucedió anoche en la tasca es mero azar.

En efecto. Los humanos somos el segundo mejor bebedor del mundo animal. El primero de todos es la musaraña arborícola de Malasia. No te recomiendo empezar una competición de chupitos con ese animal. Pero lo nuestro tiene sentido: el alcohol proporciona una cantidad enorme de energía. Si lo que quieres es extraer el mayor número posible de calorías de la cebada, es mejor hacer cerveza que pan. Además, nuestros hígados mutaron para que pudiésemos procesar mejor el alcohol. Producimos una enzima específica para eso. Podemos beber más que cualquier otro simio. Somos mejores procesando el alcohol y transformándolo en energía. Esa mutación empezó en el momento en que descendimos del árbol. Podría decirse, de hecho, que bajamos del árbol solo para convertirnos en un bruto buscador de alcohol.

Tu libro resuelve un enigma que nos llevaba de cabeza desde el principio de los tiempos: ¿por qué beber da tanta hambre?

Cada vez que salimos de un pub y vamos desesperadamente en busca de una hamburguesería o un kebab estamos repitiendo lo que un antepasado nuestro hizo hace millones de años. Es lo que se conoce como “efecto aperitivo”. El alcohol activa en el cerebro una neurona que da un hambre bárbara. Es paradójico: estás consumiendo energía, pero esa energía te hace desear ingerir aún más energía. La respuesta es que, hace diez millones de años, si te topabas con fruta pasada, lo razonable era comértela toda de una sentada y almacenar la grasa y la energía sobrante en tu cuerpo, porque era posible que no volvieras a hallar alimento en un tiempo. Eso explica también porque somos tan buenos al detectar el alcohol. Así como los tiburones pueden detectar pequeñas cantidades de sangre en el agua, nosotros olemos el alcohol a distancia. Cada trago te proporciona alcohol, que activa una neurona que te hace sentir más hambriento. Es un imperativo evolutivo.

La evolución explica también por qué nos gusta libar en grupo.

Sí. Un humano borracho es una presa fácil para un depredador, pero veinte humanos borrachos son una amenaza.

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La revolución agrícola no empezó por un antojo de müesli.

No. Queríamos alcohol. Es así de sencillo. Necesitábamos vitamina B. Si empiezas a cultivar la tierra quiere decir que has dejado de cazar, o sea que de repente te falta una vitamina esencial que viene de la carne. Sin ella morirías. Pero esa vitamina se halla en la cerveza, y en abundancia.

Los egipcios pasaban bastante de beber socialmente y de catas civilizadas. Solo querían mamarse y vomitar.

Sí. Los egipcios eran binge drinkers [ríe]. Los antropólogos distinguen entre culturas secas y culturas húmedas. En algunas culturas se bebe hasta perder la razón, en otras la bebida se incorpora al día de un modo civilizado. Lo triste es lo que sucedió en el México azteca, donde tenían un calendario que señalaba los días en que podías empaparte a beber, porque eran festividades religiosas. Merluza el viernes y sobriedad el lunes; sin problemas. Cuando llegaron los conquistadores españoles, prohibieron el calendario azteca, así que de repente los nativos no tenían forma de saber si aquel era un día de sobriedad o de coger la curda. Ante la duda, escogieron coger la curda siempre, y el alcoholismo se volvió pandémico. Me interesa mucho cómo intentamos controlar la anarquía que es inseparable del alcohol.

El alcohol es contradictorio por definición. Es anarquía y orden, es paz y es violencia, es lucidez y es confusión… ¿Qué narices es la borrachera?

Esa es una de las razones por las que escribí el libro. Hace diez años me encontré pensando: ¿qué es realmente la borrachera? O sea, soy consciente de lo que me hace. Estoy aquí en una terraza disfrutándolo. Y llevo años haciéndolo a menudo. Pero ¿qué es exactamente lo que hace? ¿Cómo podría explicarle a un alienígena lo que es la borrachera? Podrías definir alguno de los resultados físicos, como por ejemplo que de repente han desaparecido tus reflejos, pero esa no es la razón por la que bebemos. No bebo para arruinar mis reflejos y tropezar en las escaleras. La razón es misteriosa.

¿Sí? Me temo que, en mi caso, el misterio está resuelto.

Entiendo [ríe]. Lo que trato de decir es que la filosofía del tiempo empezó con San Agustín, cuando dijo: “¿Qué es el tiempo? No sabría explicar lo que es, pero si cierro los ojos sé lo que es”. Lo mismo sucede con la borrachera. La cosa se complica si pensamos que la borrachera significa cosas distintas dependiendo de la cultura en la que nace. La borrachera te hace lo que tú crees que te hace. Si crees que emborracharte te va a hacer alucinar, o tener visiones de tus ancestros, eso es lo que te sucederá. Aunque la verdad es que si yo me topara con mi abuela fallecida cada vez que me tomo unas pintas lo dejaría de inmediato [ríe].

Beber está lleno de buenas intenciones. Un par de copas, como bien afirmas en el libro, ayudan a la visión mística y el pensamiento abstracto. Lo jodido llega con las diez siguientes.

Al documentarme para este libro me he dado cuenta de que abundan los registros históricos de costumbres alcohólicas preliminares, o al menos hasta los primeros tragos. Los rezos que debes dirigir a los dioses, o ancestros, antes de echarte algo al gollete, el ambiente requerido, el protocolo, ese tipo de cosas están registradas meticulosamente, pero casi no existe material sobre el final de la noche [ríe].

Dejémoslo claro, entonces: pisparse es bueno con relativa moderación.

Sí. Mucho alcohol va a joderte el hígado, eso por descontado, pero sobre todo el peligro reside en lo que tu marco de referencia cultural te indique que tienes que hacer cuando estás borracho. Yo soy inglés, un lugar en el que la bebida se relaciona con la agresividad, la gente se pelea al salir de los pubs y ese tipo de cosas. Pero en agosto fui a un pequeño pueblo de Burgos llamado Salas de los Infantes, en plenas fiestas, y pese a que todo el mundo estuvo bebiendo durante toda la noche, no presencié el menor problema, ni siquiera el menor atisbo de agresividad. Como inglés, aquella fue una visión chocante. Los españoles no asocian el beber a la agresividad, y por tanto no se ponen agresivos cuando beben. La relación que tienen con el alcohol es más civilizada.

“His mouth had been used as a latrine by some small creature of the night, and then as its mausoleum.” (Lucky Jim, Kingsley Amis

En el libro hablas de culturas secas y culturas húmedas. Los italianos serían húmedos, los escandinavos secos. ¿Qué sois los ingleses?

Somos una mezcla, diría yo. Yo bebo a la italiana, a lo largo del día en pequeñas cantidades, me gusta estar un poco a tono pero no borracho. Pero algunos de mis compatriotas, incluso yo mismo lo hago de vez en cuando, son de comportarse durante la semana y luego beber torrencialmente cuando llega el fin de semana, Saturday night it’s alright for fighting. Ya sabes, beber hasta acabar insensible. El alcohol no solo te afecta de un modo distinto dependiendo de tu cultura, sino que también interviene el tipo de alcohol que consumes y a qué lo asocias. Los ingleses que beben vino tienen menor tendencia a buscar greña, porque asocian el vino a la sofisticación continental. Pero si les das cerveza inglesa a hombres portugueses (esto es un experimento real), verás cómo se ponen agresivos de un modo que no es común en su sociedad. Simplemente lo hacen porque asocian la lager a los hooligans ingleses que veranean en sus costas.

Mis amigos estarían en desacuerdo con lo que has dicho de los españoles. Siempre que van a Italia o Francia vuelven desdeñosos de la ridícula ingesta de esos países.

Existe una diferencia, es cierto. España tiende a estar por encima, en cuanto a consumo de alcohol per cápita, de países como Italia, es innegable. Pero incluso así, España está en la franja baja, que por definición es la que bebe civilizadamente, mientras que el Reino Unido está en la media, y países como Lituania o Moldavia son los campeones absolutos. Moldavia tiene el récord de unidades por cápita. Vencen incluso a los rusos, que ya es decir. En el libro aparece la estremecedora estadística rusa que dice que si eres un varón ruso tienes un 27% de posibilidades de que tu muerte esté relacionada con el consumo de alcohol. En Rusia la cerveza se considera un refresco (literalmente).

Échale la culpa al vodka.

No se trata solo de que el vodka sea por gradación más peligroso que el vino o la cerveza (lo es), sino que su cultura está basada en forzar a la gente a beber ritualmente en momentos determinados. Es una liturgia que te deja indefenso. Yo he estado allí, y la sucesión de brindis que tienes que realizar antes de la comida es extenuante. La presión social es implacable, no puedes negarte a brindar con los demás por la salud de la madre del anfitrión, y luego el honor de la nación, etc. Estamos hablando de diez chupitos como preámbulo a cualquier comida.

Pedro El Grande está indispuesto

Stalin o Pedro El Grande disfrutaban reduciendo a sus consejeros o ministros a estados lamentables de taja.

Los rusos imponen la borrachera. El ejemplo de Stalin es tristemente célebre. Emborrachaba a su Politburó cada noche. Es imposible conspirar contra alguien si pasas la mayoría de noches en el salón de su casa poniéndote completamente curda. Por añadidura, quién sabe lo que podrías largar. El pacto Mólotov-Ribbentrop de 1939 fue celebrado con una cena que incluía veintidós brindis antes de que llegara cualquier alimento. La cuestión era humillar al Politburó, y de paso averiguar si tramaban algo contra él. Es un método brillante y horrible. Pedro El Grande tenía algo llamado La Gran Águila, una copa gigante que contenía un litro y medio de vino. Si eras sorprendido bebiendo con moderación en una cena oficial eras forzado a engullirla de un trago. Pedro El Grande comprendía el poder de reducir a alguien a ese estado ridículo de indefensión curda. La diferencia entre Stalin y Pedro El Grande es que Stalin hacía trampa y bebía menos que los demás (corre el rumor de que su vodka era en realidad agua), mientras que Pedro El Grande bebía tanto como sus infaustos compañeros de fiesta.

Me gusta la idea de “bebida de transición” que describes en el libro.

Nos gusta marcar la transición de una parte de la vida a otra. Puedes verlo a pequeña escala con la pinta de cerveza que suelen tomar los ingleses al término de cada jornada laboral, y que marca el final de la jornada de trabajo remunerado y el comienzo de tu tiempo de asueto. En África es todo lo contrario: tomas alcohol al principio de tu jornada laboral, para indicar que empieza esa parte del día. A mayor escala solemos señalar bebiendo las efemérides, los cumpleaños, el año nuevo, las bodas, los funerales, los nacimientos. Nos anunciamos que termina una etapa y empieza otra.

Sin embargo, podría decirse que existe una segunda bebida de transición, que es cuando te has tomado unos tragos y entonces eres incapaz de detenerte. Es la transición de humano racional a bestia enloquecida.

[ríe]. En efecto. Para bien o para mal, el mundo experimentado en completa sobriedad nunca ha sido, ni será, suficiente.

No era así ni siquiera para el Hijo del Hombre. Jesús de Nazaret no era ajeno a la ocasional lubricación de gollete.

Todas las fuentes indican que Jesucristo bebía. Era bebedor. Lucas afirmó: “ha venido el Hijo del Hombre, que come y bebe, y decís: «Mirad, un hombre glotón y bebedor de vino”. San Pablo dijo “la gente nos llama borrachos, pero no lo somos”. Eso nos indica que los primeros cristianos tenían fama de borrachines. Pablo tuvo que advertirle a la gente (en Corintios) que el vino era para la comunión, no para ponerse pedo. Uno puede entender de donde viene la confusión: Jesús proveyó a los invitados a las bodas de Caná de cuatrocientos cincuenta litros de vino. Importa poco si se trata de una alegoría. La historia prueba, simplemente, que los cristianos veían el vino como una cosa buena. El rito central del primer cristianismo era la comunión, lo cual no es tan distinto de los ritos dionisíacos. En la antigüedad debieron verlos como otra cultura bebedora.

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¡Bebe, bebe, bebe!. Keg party en Judea.

Pablo de Tarso era el plasta que acabó con la parranda, ¿no? La suegra que se lleva el vino antes de que termine la comida.

[ríe]. En cierto modo sí. Pero en la carta a Timoteo, dice: “ya no bebas agua sola, sino usa un poco de vino por causa de tu estómago y de tus frecuentes enfermedades”. No era tan malo. Desde luego no era un completo abstemio, entre otras razones porque serlo era incompatible con los ritos del cristianismo primitivo. Donald Trump es un abstemio que, según afirma, solo bebe vino con la comunión. No estoy tratando de compararle con Jesucristo, que conste [ríe].

Por culpa de cierto genocida austríaco, los abstemios no gozan de simpatía universal, que digamos.

Los abstemios tienen un deseo de autocontrol, de no dejarse ir, que, a ojos de cualquier bebedor les convierte automáticamente en sospechosos. No bebe en absoluto, ¿cuál es su secreto? ¿Qué esconde? Desde la antigua Grecia existe el convencimiento de que en el vino hallarás al verdadero hombre. Platón pensaba que si podías confiar en un colega cuando estaba borracho, podías confiar en él en cualquier circunstancia. Los germanos tomaban todas sus decisiones políticas borrachos, bajo el pretexto de que su estado de embriaguez les volvía honestos. Los persas discutían de negocios dos veces: una borrachos y la otra sobrios. Si llegaban a la misma conclusión, sellaban el pacto. Tiene mucho sentido.

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Qué amargo está esto, hostias

Quizás deberíamos adoptar ese método para mejorar las relaciones internacionales.

Sospecho que ya se hace así, solo que simplemente lo mantienen en secreto [ríe].

Los romanos infligieron sobre la raza humana toda esa cháchara de taninos y añadas que tantas sobremesas ha torpedeado.

Sí, les gustaba dar la vara con eso. Las sesiones de bebida romana eran de lo más desagradables. Estaban basadas por completo en estatus social y en humillar al pobre. El escalafón definía el tipo de vino que podías beber. Tenían vino de distinta calidad en la misma mesa. Si eras chusma, te daban el vino malo, así de sencillo. Esa es otra razón por la que mi libro no habla de alcohol, sino de la borrachera. No quería adentrarme en todo ese terreno del terroir y las uvas y la procedencia. Para mí, la borrachera es lo verdaderamente misterioso de todo este asunto, no la fermentación del mosto.

Dedicas un capítulo entero a Australia, un territorio cuya historia está unida de un modo indisoluble al bebercio.

Tiene gracia, porque Australia fue proyectada como colonia seca. Ese es uno de los fracasos más sonados del Gobierno británico, y mi plan histórico fracasado favorito, más que el Plan Quinquenal de Mao Zedong o la campaña rusa de Napoleón. A lo largo de la historia hay una constante, que es que las clases superiores creen que beber está bien mientras sean ellos quien lo hace, pero que en manos de la purria se convierte automáticamente en un acto sedicioso. Lo primero que sucedió en Australia fue un motín por culpa del ron. El primer edificio de Nueva Gales del Sur, de hecho, fue una bodega donde se almacenaba alcohol. El alcohol se convirtió allí en moneda de cambio y en método de control de la población. El primer levantamiento popular de la isla se llama La Rebelión del Ron. Australia se construyó a base de ron. Es una historia fascinante.

La Ley Seca funcionó. Esa es otra sorpresa.

La prohibición no iba dirigida tanto al alcohol como a lo saloons. Sitios a donde iban los hombres a gastar su dinero, el día de paga, y de donde salían para zurrar a sus mujeres (quienes por descontado no estaban invitadas al baile). Eso es lo que se trataba de prohibir, del mismo modo que, como alguna gente aduce, para terminar con el hooliganismo se tendría que prohibir el fútbol. La Ley Seca buscaba acabar con la cultura violenta y misógina del saloon, y consiguió lo que se proponía. El siguiente paso evolutivo, el Speakeasy, o pequeños salones neoyorquinos donde se servían bebidas alcohólicas, ya era mucho más sofisticado, y las mujeres eran bienvenidas.

Hablando de Ley Seca, leí tu libro a la vez que The unexpected joy of being sober, de Catherine Gray. Ambos fueron un regalo de mi mujer. Recibí señales mezcladas.

[ríe] Existe una conexión. Los dos libros aparecieron casi a la vez, y fueron reseñados juntos en The Guardian. Estoy seguro de que el libro de Catherine Gray es excelente. Conozco a gente que tuvo que dejar de beber (por razones de salud, o por problemas de alcoholismo), y sé que dejarlo fue lo mejor que podía pasarles. Para mucha gente el alcohol es un problema. Es un tema que no toco en el libro más que de pasada, pero a lo largo de la historia ha existido muchísima gente que ha sucumbido a la compulsión, y que no ha conseguido ceñir el consumo de alcohol a una proporción racional. Eso es algo terrible, jamás querría cometer la frivolidad de decir que los abstemios son esto o lo otro. Existen muchas razones para no tocar el alcohol, y muchas de ellas son perfectamente razonables. Dicho esto, no era el tema de mi libro.

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Catherine Gray afirma que el alcohol actúa en cierto modo como un veneno en el organismo.

Es una droga. En eso estamos de acuerdo. Puede desorientarte, de una forma placentera o terrible, depende. Altera tus sentidos, como el café, la nicotina, la cocaína o la heroína. Le hace cosas a tu cerebro. Pero no estoy seguro de que sea un veneno. Tiene demasiadas cosas positivas.

Lo cierto es que me gusta tanto beber como no beber. No me gustaría ser un abstemio ni un borracho. Ambas cosas me parecen una terrible limitación de mi vida en la Tierra.

Lo mismo digo. Este mediodía he bebido un poco y esta noche, hacia las siete, cuando vaya de visita a casa de mi hermana, ella abrirá una botella de vino, y beberemos transicionalmente, para indicarles a nuestros cuerpos que esa noche comeremos juntos, y charlaremos, y luego me marcharé a casa. Estamos atrapados en este planeta, y siempre querremos escapar de él de tanto en cuando con la ayuda del alcohol.

Kiko Amat

(Esta es la versión sin cortes de la charla que mantuve recientemente con el autor británico sobre su libro La borrachera cósmica, y que se publicó, convenientemente editada, en El Periódico de Catalunya. Y hubo gran regocijo. Los derechos de todo esto son míos, míos, míos, pero si sonríen el mundo sonreirá con ustedes y les dejaré citarlo)

MARK FORSYTH: «Bajamos del árbol para mutar en buscadores de alcohol»

Me dicen de El Periódico de Catalunya que mi entrevista con el autor británico Mark Forsyth va como un tiro. ¿O era que si sigo escribiendo locuras me pegarán un tiro? Ahora no recuerdo y, además, esta mañana precisamente tengo alojado un pequeño picahielos entre las cejas.

En todo caso, pueden leer mi charla aquí. Solo hablamos de curdas. Con perspectiva histórica, eso sí. Su libro La borrachera cósmica (Ariel) es la remonda, se lo recomiendo con gran vehemencia.

En unos días o semanas o, con toda franqueza, cuando me acuerde, les publicaré la charla sin cortes, como de costumbre.

SARAH HEPOLA: “Beber hasta el estupor es un tipo de conformismo” (la charla completa)

La escritora sureña Sarah Hepola publica Lagunas (Pepitas de Calabaza), unas memorias de alcoholismo tan desoladoras y sobrias (perdonen el retruécano) como inesperadamente tragicómicas.

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Sarah en épocas de frasco

Decir “solo bebo cuando salgo” es como decir “ahora mato menos niños”: una frase que busca tranquilizar pero solo causa alarma. ¿Y si vives en un lugar donde se sale siempre? La cultura de la melopea forma parte de la memoria celular de nuestro país, y lo mismo sucede en Norteamérica. En ambos lugares sabes que has bebido Como Dios Manda cuando entras en casa “ciego de un ojo, apestando y con las rodillas sangrantes” (como cantan Drive-By Truckers). Naturalmente, lo tienes peor si eres mujer. “Cuando los hombres se ponen ciegos, hacen cosas. Cuando las mujeres se ponen ciegas, se las hacen a ellas”, escribe Sarah Hepola. Lagunas destapa el lado fatídico, catástrofe-en-ciernes, del borrachín social; o cómo esos chispeantes nacimientos de ríos pueden desembocar en el más deprimente mar. Si luces moratones a menudo, envías whatsapps de disculpa rutinarios a la mañana siguiente de una cena, te has caído al menos una vez por las escaleras y, encima, todo eso te parece normal, necesitas este libro.

En la mayoría de memorias alcohólicas se barajan cifras de alarmante precocidad. Probaste el alcohol por primera vez a los… ¿Siete?

Y a los once me puse como una cuba por primera vez. Sí, es un rasgo común para la gente que acaba teniendo problemas con la bebida. No está muy claro si la gente con problemas es propensa a beber, o si la propensión a beber ocasiona algunos de esos problemas. El misterio es si esto está determinado biológicamente. En mi precocidad se distinguen varios factores: incomodidad conmigo misma, ansiedad social, duda e inseguridad y… que me gusta el alcohol. Tengo una disposición genética hacia ello. Va conmigo. Recuerdo que en el instituto algunas amigas se quejaban por el sabor del alcohol, y yo no lo entendía. A mí el alcohol me arreglaba. Me di cuenta de ello muy temprano. Si uno halla lo que le “recompone” a los once, está claro que va a seguir recurriendo a ello una y otra vez.

Tu padre también tuvo problemas con la bebida. Eso podría explicarse por determinación genética o, simplemente, porque crecisteis juntos, y todo lo malo se pega.

Somos un producto de la genética y del entorno. De nuestras elecciones y de nuestra biología. Y de nuestra cultura. Llegué a la mayoría de edad en una década eminentemente bebedora. Si lo hubiese hecho en una época de drogas, tal vez me hubiese inclinado hacia ellas (aunque no lo creo: nunca me ha gustado fumar hierba; no va conmigo). Además, soy medio irlandesa y finlandesa. Dos países con una cultura del alcohol muy potente. Tener sangre irlandesa no me hizo una borracha; no es tan sencillo. Solo significa que acarreo de nacimiento una cierta propensión a beber. Por añadidura, siempre he podido beber sin desmayarme, por desgracia, ni siquiera vomitar. En el instituto, aquellos “atributos” me fueron útiles. Ser capaz de beber de aquel modo me hizo sentir guay. Cuando eres tan joven, sentirte guay es muy importante.

Para los nerds, los poco atléticos o los que padecíamos una larga serie de inadecuaciones sociales y físicas, beber era la poción mágica.

Siempre escribo desde una perspectiva femenina, y por eso me gusta que me recuerdes que esos desajustes también les suceden a los hombres. Los hombres, de hecho, se hallan bajo una presión enorme para probar su dureza, su competitividad y su condición física en todo momento. Su virilidad. Yo soy bastante bajita y flaca. Nunca sentí que la gente me tomase en serio en el instituto. Era el bufón. Y el alcohol me hacía sentir poderosa. Como tú, no era nada atlética, porque me sentía muy incómoda en mi propio cuerpo, pero beber me hacía competitiva. Era un juego en el que podía ganar, al fin. Bebía cerveza mucho más rápido que los tíos, y eso me hacía sentir dura y molona. Era la única cosa física que hacía mejor que los hombres. Ellos corrían más rápido, lanzaban cosas pesadas más lejos… Pero yo les tumbaba bebiendo, y eso me hacía sentir fuerte; competir y ganarles en ese campo me daba un subidón.

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Para los que fueron niños asustadizos y frágiles, el alcohol se revela como un milagro. Un par de tragos y no le temes a nada.

Esa es una de las mayores atracciones que sentí yo también. El coraje artificial. Yo era una chica extremadamente sensible. Me daba miedo lo que la gente pensase de mí. Me consumía la idea de que la gente me juzgaba, que no era lo suficientemente buena… Vivía atrapada en una obsesión de autoexamen enfermizo. Pero de repente echaba algo de ese alcohol en mi organismo, y el miedo desaparecía. Por completo. Era magia. Pura magia. Esa valentía maravillosa que mencionas es, en mi opinión, la mayor belleza y el mayor peligro del alcohol. Los temores dejan de importarte. Dejas de sentir miedo. Tal cual. Y eso te hace sentir libre y poderoso, como si pudieses volar. Pero no puedes volar. Y acabas metido en situaciones completamente descabelladas, en las que nunca te hubieses involucrado de no ser por el pedo que llevas.

La verdad es que el alcohol soluciona lo del miedo, pero entonces te mete en chanchullos de lo más desaconsejables para tu integridad física y moral.

Chanchullos es la palabra [ríe]. El alcohol canjea un problema por otro. Estás fregando el suelo a la vez que derramas líquido. Pero no se trata solo de los chanchullos, también es el dolor. Las resacas son algo horrible, empecemos por ahí. Tropezar y caer, tener moratones por todas partes… Son problemas nuevos. El alcohol aparece en tu vida en un momento frágil (para mí la infancia, para ti la adolescencia) y se presenta como una solución, pero el remedio no dura eternamente. Yo me vi obligada a dejarlo del todo. La mayoría de gente se ve obligada a renegociar su contrato con el alcohol cuando han pasado unos años.

En tu libro aparecen numerosas escenas de borrachera hostil. ¿Crees que llevamos esa rabia dentro y el alcohol la libera, o por el contrario crees que el alcohol te transforma en alguien hostil, aunque seas un trozo de pan?

Una combinación de ambas. Siempre he reprimido la ira, que a su vez era una consecuencia de mi miedo. El temor por no gustar me convirtió en una persona complaciente en la universidad. Me gustaba mucho agradar a los demás, por estúpido que suene. Es algo muy humano. Pero a la vez, hacer ver que todo estaba bien y nada me irritaba me llevaba a enterrar la parte dolida y frustrada de mí. Esa parte subía a la superficie cuando bebía. Los terapeutas denominan a esto “las partes no integradas de tu personalidad”. Te presentas como alguien feliz y centrado, pero en realidad estás lleno de rabia inexpresada. Eso por un lado. Por el otro salta a la vista que el alcohol aumenta el volumen de tus sentimientos. Cuando vas muy borracho gritas o lloras por algo que, a la mañana siguiente, descubres que era una parida. Algo que nunca te había importado, ni formaba parte de tus inquietudes o angustias. No era una parte “no integrada” de ti, sino una distorsión deliberada de tu Yo. Veo el alcohol como un pedal de distorsión de quién eres en realidad. Piensa en todas las veces en que has gritado “¡esta es la fiesta más alucinante de mi vida!”, cuando francamente no había para tanto [ríe]. O te has super-cabreado con alguien por nada. Es un agente amplificador a la vez que liberador. Depende del momento.

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Escribes “bebía hasta llegar a un lugar en que me daban igual [mis conflictos personales], pero me despertaba siendo una persona que se preocupaba mucho”. Nunca he sabido si envidiar o compadecer a la gente que carece por completo de remordimientos de borracho.

Yo también solía envidiar a los amigos a quienes les daba igual lo que habían hecho la noche anterior. En los Estados Unidos está muy de moda que te importe todo una mierda. No comparto esa noción, pero creo que es una reacción al hecho de que a la mayoría de nosotros sí nos importan cosas (aunque a menudo deseemos que no nos importen). La bebida me daba una libertad efímera, pero nunca conseguí zafarme del remordimiento. Me pregunto a menudo si los remordimientos eran una consecuencia de ser demasiado dura conmigo misma, de ser una persona cohibida que no es capaz de dejar pasar ciertas cosas, de olvidar, de relajarme. Lo que a su vez era la causa principal de mi inclinación a la bebida: el deseo de librarme de esa voz en mi cabeza que estaba siempre criticándome. No sé si mi relación con la bebida hubiese sido mejor sin la tortura del remordimiento. Sí sé que tengo que ser el mejor yo posible. Cuando bebo hago cosas que no haría normalmente, y eso me hace sentir mal.

Es una paradoja: bebes para no estar siempre paranoico, pero las cosas que haces borracho te dan más razones para estar paranoico.

Es un ciclo que se autoperpetúa. La mayoría de borrachos son gente muy sensible. La bebida es su anestesia. Buscas entumecer ciertas neuras y angustias. Y para la mayoría de gente funciona. Pero yo estaba entumeciéndome demasiado, y por tanto haciendo cosas que no estaban bien. Durante una época me sentí como dos personas a la vez: la persona que se emborrachaba y hacía gilipolleces, y la persona que se levantaba con dolor de cabeza y odiando a su otro yo.

Me jode la asociación inconsciente que aún realizamos entre rebelión y bebercio. “Los squares no beben, bla bla”. Como si convertirte en un mamarracho farfullante representase algún tipo de insurrección.

[ríe] De hecho, beber hasta el estupor es un tipo de conformidad. Estás imitando los caducos estándares de rebeldía de otro. Lo que has afirmado es una de las cosas que quería contar en mi libro: cómo crecí con la idea de que beber era heroico. En mi caso tiene que ver con ser mujer, en tu caso se trata de una imposición contracultural, supongo. Leer a Kerouac, todo eso. Pero Kerouac murió como un borracho imbécil con los pantalones meados.

En casa de su madre.

¡En casa de su madre, exacto! Es una historia tristísima. Un hombre que pasó la vida hablando de libertad e independencia y nunca las halló. Yo nací en 1974 y crecí adorando el mismo tipo de escritores. Todos esos hombres (siempre eran hombres) que se definían en oposición a la cultura conformista de mediados del siglo pasado. Desoír las expectativas que se tenía de ellos, salirse de la norma, beber y fumar eran los significantes de su rebeldía. De hecho, beber y fumar se convirtieron en herramientas de marketing: en los anuncios de televisión, los protagonistas siempre salían con una copa en la mano y un cigarrillo en la otra. Esos dos objetos te decían que ese tipo o tipa era de los tuyos; que era una mujer que pensaba por si misma; que era lista y profunda; y que no le importaba lo que los demás pensaran de ella. Durante décadas yo realicé la misma asociación. Por eso, cuando a los treinta y cinco me tuve que plantear dejar de beber, me rompió el corazón. Porque yo aún creía que no beber era de perdedores. De squares, como tú dices. Y que la gente como yo, como tú, como nosotros, el underground, me iba a mirar por encima del hombro, pues me había vuelto “aburrida”. Ahora ya lo he superado, pero en su momento fue muy triste, me sentí muy rechazada. Como si hubiese fracasado haciendo algo que me estaba destruyendo.

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Sangre a medio coagular, mirada vidriosa y birra #42: los ingredientes de una «gran» noche

Todavía persiste la noción de que “los escritores beben; es lo que hacemos”. Pero beber no soluciona nada. Escribir sí.

En efecto. Todas las cosas que los escritores estamos intentando resolver: la propia alienación de cara al mundo, la locura, el hecho de no encajar… El alcohol se presenta como una cura para todas ellas. Pero la verdadera cura es el trabajo. La única forma de establecer una conexión es escribir. Y esa es la experiencia transformativa en la que un escritor debería apoyarse. No hace falta ser un genio para ver que el alcohol nos impide escribir. Es un estorbo para nuestro trabajo. Yo era la típica periodista que siempre quiso escribir un libro. Pero nunca me ponía a ello, porque me resultaba difícil concentrarme, o tenía una resaca de mil demonios… Al final lo único que podía hacer era mirar la televisión. Escribir requiere concentración y dedicación. A la vez, entiendo de donde viene la noción del escritor borracho. Los escritores tienen personalidades propensas al alcohol, son ultrasensibles, con ansiedades sociales… El alcohol nos facilita salir de la cáscara y conectar con nuestro entorno. Es lo único que echo de menos. Pero mi escritura mejoró en el momento en que dejé de beber.

Desperdiciar el talento que te han otorgado los dioses es un pecado mortal.

Sí. Me fue dada la capacidad de escribir. No se me entregó habilidad atlética. No me hicieron alta. Por alguna razón, nací con la capacidad de pensar con profundidad y juntar palabras. Mi responsabilidad es ser la guardiana de esos talentos.

El cliché del escritor maldito y borrachuzo, que tiene que insultar a gente en fiestas y vomitar en premios literarios, es lamentable.

[ríe] El escritor bebedor es, en efecto, un cliché. Y una de las cosas que supuestamente tiene que odiar un escritor es el cliché. En teoría tenemos que resistir ante los clichés, y sin embargo no paramos de caer en la trampa, una y otra vez. La rebelión debería ser… Original. Algo que no se esperan. Desde luego no debería ser meterte ciegamente en los zapatos de una panda de (de acuerdo) gigantes literarios antiguos que sufrían unos problemas de bebida terribles.

En Lagunas afirmas “nunca me ha gustado la parte del libro en la que el personaje principal deja de beber”.

Eso tiene que ver con haber crecido escapando a libros y películas, que necesitan que exista conflicto y drama. La ficción nos ha vendido que el conflicto es deseable para llevar una buena vida, cosa que, naturalmente, no es cierta. Otra falsedad es la que afirma que en la sobriedad no hay conflicto. Cuando dejé de beber, de hecho, tuve que enfrentarme de una vez por todas a todas las gilipolleces que había sepultado en borracheras. Es decir, que mi vida está más llena de conflicto ahora que antes. Lo que sucede es que no es el conflicto “romántico” o dramático del borracho. Ya no me caigo por las escaleras, no me levanto al lado de tipos que no conozco. Esa tragedia romántica va de perlas para un filme o una novela, claro, del mismo modo que va fatal para la vida cotidiana. Mi conflicto actual es mucho más mundano y verdadero, incluso eterno: ¿qué quiero hacer con mi vida? [ríe] ¿cómo supero mis temores? ¿cómo me convierto en alguien mejor? ¿tengo de veras que acostarme con tantos hombres? Y sí resulta que sí, ¿por qué? En resumen: ¿Qué quiero de veras? Esa es la pregunta que me hago, en lugar de beber para llegar a ese sitio donde no tengo miedo y hago cosas estúpidas y me despierto no sé dónde y descubro lo que hice y me doy asco.

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Sarah Hepola, hoy. Bored to be wild.

En el libro afirmas que las restricciones puritanas de tu país convierten el alcohol en un pecado deseable. Pero España carece, en principio, de cultura moralista (respecto al alcohol), y sin embargo está infestada de borrachos.

Piensa que afirmo eso en plena época alcohólica. No estoy seguro de que sea verdad, pero me encantaba creerlo cuando bebía. Me iba bien culpar en parte a la cultura americana de mis desgracias. Pero a la vez, los Estados Unidos siempre han tenido problemas de extremos: obesidad, armas, opiáceos, alcohol… Mucho de ello tiene que ver con la cultura individualista del país, con la ausencia de legislación, y tal vez también con los orígenes puritanos de la nación. No lo tengo claro. Pero sí sé que, cuando hablo con gente de culturas bebedoras, España siempre aparece en las primeras posiciones. En todo caso, los problemas con la bebida no son específicos de los Estados Unidos, o de ningún país. Yo habría tenido el mismo problema en cualquier otro lugar del mundo, lo tengo clarísimo.

“Me había olvidado de lo que es ser una persona introvertida. Había ahogado a esa tímida niña con tantas cajas de doce cervezas que cuando aparecía, nerviosa y temblorosa, me moría de vergüenza”. Esa frase me rompió el corazón, además de colocar un molesto espejo ante mis narices.

Beber me franqueó el acceso a una parte distinta de mi personalidad. Lo admito. Yo estaba atascada en la introversión y la timidez, y el alcohol me permitió probar lo que sería vivir otra vida, una vida sin miedo, una vida de decir lo que piensas y hablar alto y bailar en la mesa, porque eso era lo que más deseaba. Le agradezco al alcohol que me proporcionara esa experiencia durante un tiempo. Lo que pasa es que, cuando quitas el alcohol de la ecuación, te das cuenta de que aquella persona no eres tú. Tú eres la chica que está leyendo sola en su habitación, dándole vueltas a una idea una y otra vez. He tenido que superar mi timidez y salir al mundo, pero no creo que pueda regresar jamás a aquella versión salvaje de mí. Porque no era yo, en realidad. Y te diré algo más: creo que me he ganado ser como soy ahora, todo lo que hago. Cuando bebía, cuando recibía aquel coraje postizo, no me lo había ganado.

También dices que “la bebida detiene el desarrollo emocional a la edad en que se empieza a utilizar para evitar el desasosiego”. Eso quiere decir que yo tengo catorce años y tú unos… ¿Once?  ¡Tenemos toda la vida por delante!

[ríe] Pues sí. Y la verdad es que me siento así a menudo. Como si acabara de empezar. Al principio de dejar de beber era como si me hubiese vuelto adolescente de repente: me intimidaban los tíos, no quería salir con nadie, me aterrorizaba el sexo… Según pasaron los años me fui sintiendo más cómoda, salí con gente, me vi preparada para tomar más riesgos… Como haría una joven que va creciendo. Y entonces entré en mi fase “universitaria”, pasé por todas esas transformaciones de uno mismo, ensayé otras versiones de mí… Mi nuevo libro va de ser cuarentona, soltera, sin hijos, y haberlo querido así. Es una reflexión sobre cómo he llegado a este punto, y si es una bendición o una maldición. Creo que son las dos cosas a la vez. Mucho de ello tiene que ver con mis años de bebedora. Cuando hice de la bebida el centro de mi existencia, no dejaba mucho sitio para otras cosas, empezando por relaciones estables y serias. Y de ser madre ya ni hablamos. No podía ni cuidar de mí misma. A veces me siento un poco retrasada respecto a otra gente de mi edad, como si hubiese perdido años por al camino. Y los perdí. Eso me entristece a veces. Tengo cuarenta y cuatro años, pero no me siento como alguien de esa edad. Supongo que eso puede ser bueno también. Estoy en periodo de crecimiento ahora. Ya no estoy atascada, como estaba cuando bebía. Dejar de beber ha permitido que crezca de nuevo una parte de mí.

Beber quita muchas horas.

[ríe] Ya te digo. Es como un trabajo a jornada completa. Cuando dejé de beber, una gran parte de la crisis era: ¿qué hago ahora con todas estas horas libres? La respuesta fue: escribe un maldito libro.

Kiko Amat

(Esta es la charla completa de mi entrevista con Sarah Hepola, que publicó en formato breve El Periódico hace unas semanas y que pueden leer aquí. Me encanta esta conversación, espero que les guste a ustedes también)