Kiko Amat entrevista a DEREK THOMPSON (la entrevista sin cortes)

El libro Creadores de hits; cómo triunfar en la era de la distracción (Capitán Swing, 2018) trata de explicar por qué algunas cosas se convierten en populares, sea la Mona Lisa, el “Rock around the clock” o Star Wars. Mientras que otras se hunden como perdigones.

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Si alguno de ustedes es artista, se habrá preguntado alguna vez cómo puede ser que su arte no venda un carajo, mientras que el de aquel cursi de allí no para de subir en las listas. También nos sucede como fans: muchos años después de admirar a determinado grupo, sigue sumiéndonos en la perplejidad que no se comieran un rosco, mientras que Queen tienen ya biopic, estatua ecuestre, línea de figuras articuladas y una representación de Els Pastorets con música de la banda.

En nuestra ayuda llega el escritor norteamericano Derek Thompson y su libro Creadores de hits. Sus teorías tal vez no sean del todo halagüeñas (la calidad no lo es todo; el azar juega un papel inestimable; sin distribución da igual quién seas, amiguete; lo radical de verdad no triunfa), pero al menos aventuran respuestas al misterio.

Los humanos buscan una mezcla de familiaridad y reto, curiosidad y conservadurismo.

Sí. Es un poco contraintuitivo, porque la gente asume que a todo el mundo le encanta lo nuevo. De hecho, estudios demuestran que la palabra “nuevo” es la más utilizada en publicidad. Se cree que los humanos tenemos una preferencia innata por la novedad, cosa que no creo que sea cierta. Nos encantan los productos nuevos, los libros que no hemos leído y todo eso, pero en realidad lo que nos gusta de ellos es la “sorpresa de la familiaridad”. Parece una paradoja, pero es algo que sucede continuamente. En una canción que no hemos escuchado nunca, por ejemplo, pero que nos recuerda un poco a aquella otra canción que nos encanta. Nos encanta ese shock de reconocimiento. Cuando el final de una película nueva hace clic con nuestras expectativas, en realidad se trata del shock del reconocimiento. Somos a la vez neofílicos y neofóbicos.

Eso podríamos aplicarlo a los movimientos artísticos o las vanguardias. Cuando aparece uno que es totalmente nuevo, la gente suele odiarlo. Dada, por ejemplo. O la música industrial.

Cierto. Me encanta la pintura abstracta de principios del siglo XX, Picasso o Kandinsky cuando empezaban. La gente creía que esos tipos estaban completamente locos. Suele existir un arco en el cual algo, al principio, no le gusta a nadie, pero según se van familiarizando con ello ese algo va cobrando más adeptos, hasta que accede a un pico de reconocimiento más o menos mayoritario. Hace ese clic, y la gente de repente lo “pilla”.

Es una reacción en cadena. Que algo le guste a cada vez más gente hace que ese algo le guste a cada vez más gente, y así hasta el infinito. La mayoría manda.

Cada vez hay más estudios que demuestran que somos animales de manada. Cuando algo es popular, solo puede hacerse más popular. A la gente le gustan cosas que le gustan a otra gente. Al mismo tiempo existe la figura del hípster, alguien a quien algo le gusta menos cuanto más popular es. Su identidad le fuerza a resistirse a la popularización de su gusto. A la vez, estudios sobre revueltas demuestran que mucha gente no tiene ganas de participar en ellas. Nadie quiere ser el primero en lanzar la piedra contra el escaparate. Pero cuando uno lo hace, y entonces se lanzan diez piedras, y luego veinte piedras, cada vez es más fácil que más gente se sume a la revuelta. La gente espera una prueba de popularidad para seguir una idea.

No sé si eso me reconforta o inquieta. Aplicado al antirracismo, tu teoría me da paz. Luego me acuerdo de Hitler, y tiemblo.

Creo que eso sucede con muchos aspectos de la naturaleza humana: son aterrorizadores e inspiradores a la vez. O a veces no simultáneamente, depende del contexto. El conservadurismo natural de la mayoría de gente en términos de gusto es algo que hay que tener en cuenta. Si eres un novelista o un científico que intenta introducir ideas que no existían antes, es crucial entender que para vender esas ideas radicales hay que hacerlas sutilmente familiares para la audiencia. No es algo pesimista ni optimista: es naturaleza humana. Cuanto más radical es una idea, más conviene pensar estratégicamente para hacerla familiar.

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Los Beatles conocían Fluxus y la música concreta, pero en Revolver decidieron aplicar esas ideas vanguardistas en un formato agradable, que le gustaba a todo el mundo.

Si: es lo que se conoce como M.A.Y.A. Lo Más Avanzado Y sin embargo Aceptable. Conviene recordar, asimismo, que los Beatles no empezaron haciendo Rubber soul o Revolver. Empezaron con “Please Please Me”. Pop muy sencillo, melodías de teatro musical, estrofa-estribillo estrofa-estribillo, que atrapaban a todo el mundo. Según fueron añadiendo complejidad, la gente que había entrado por su simplicidad les siguió hacia la novedad. Lo mismo sucede con Radiohead o Kanye West: empezaron con música más sencilla y popular, y fueron avanzando a sonidos más complejos, llevándose con ellos a su audiencia.

Una cosa sigue deprimiéndome: muchos de mis escritores y grupos pop favoritos nunca triunfaron, por muy M.A.Y.A. que fuesen.

En el libro profundizo en la historia de “Rock around the clock”, de Bill Haley. Era una canción destinada a no ser un hit, pues cuando se lanzó por primera vez fracasó, Bill Haley iba justo de carisma, etc. Pero entonces sucedió aquella historia imposible: al hijo de un actor de Hollywood le encantaba esa canción, y convenció a su padre para que la utilizaran en un filme, que triunfó, y catapultó la canción al #1. Está demostrado que por cada cosa que triunfa hay cien cosas, igual de buenas, que no lo hacen. El triunfo no es sinónimo de calidad. A veces solo tiene que ver con distribución, o suerte, o muchos otros factores. Así que supongo que algo así es un poco deprimente, especialmente si eres novelista. El contenido no sirve de nada si no hay buena distribución. La distribución es familiaridad.

Dedicas una amplia sección del libro a hablar de 50 sombras de grey, y el porqué de su éxito.

Ese libro es un ejemplo de algo que sucede cada vez más. Algunos productos e ideas se vuelven populares no porque en sí mismos sean buenos, sino porque el público quiere participar de la conversación alrededor de la idea. En esos casos, la popularidad es el producto. La conversación es el producto. Mucha gente ve programas de televisión no porque crean que les van a gustar, sino porque son el tema de conversación a su alrededor. El de sus amigos, y colegas del trabajo, o el de las redes sociales que frecuentan. A la gente no le gusta sentirse excluida. Mirarán la serie para comprar una entrada en la discusión. Internet ha acentuado ese fenómeno, que indudablemente ya existía. La gente sufre de F.O.M.O. o Fear Of Missing Out (miedo a perderse algo). Escuchan ese álbum, o leen ese libro, o ven esa serie de HBO, porque no se quieren perder lo que sea esa cosa. O sea, que en realidad están consumiendo el runrún, la habilidad de participar en conversaciones.

Supongo que ayuda que esa “conversación” sea sencilla. Porque por mucho FOMO que tengas, si la “conversación” va de la fisión del átomo, o traducción del sumerio, es posible que te largues bien rápido.

Sin duda. Creo que es así.

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More than a film

La repetición es el hogar. Alguna gente vuelve una y otra vez a sus cosas favoritas. Dices en tu libro que, por ejemplo, Dos tontos muy tontos ya no es solo una película para ti… Es algo más.

Sí, existe una diferencia entre la gente que no vuelve constantemente a sus cosas favoritas y la que sí lo hace. Hay gente que quiere descubrir. Su prioridad es la novedad. A mí me gusta descubrir, pero me encanta la riqueza de experiencia que viene con reconsumir. Volver a encontrar cosas que amar en un libro o filme favorito. Y hallar la seguridad que da el saber a priori que vas a disfrutar con algo. En nuestro caso, como escritores, existe un valor añadido. En nuestra vida diaria ya hay suficiente novedad: estamos escribiendo un libro, esa página está en blanco y esos personajes no existen. Estás inventando de cero. Nuestro trabajo es llenar espacios en blanco. Creo que, debido a eso, buscamos familiaridad en nuestro ocio. No quiero que mi ocio sea tan duro y sorprendente e incierto como es mi trabajo de escritor. Quiero desconectar y volver a ver los mismos episodios de Arrested Development y Friends.

¿Crees que la edad tiene que ver con eso? Tal vez llega un momento, a los cuarenta y largos, en que te dices: a la mierda, ya tengo The Sopranos y AC/DC. Paso de buscar más.

Existe algo llamado “periodos sensibles”. Son los periodos en que los estímulos, o las experiencias, o el trauma, se graban de un modo más profundo, para el resto de tu vida. Da la casualidad de que los “periodos sensibles” de los humanos respecto a la música tienden a darse entre la primera adolescencia y hasta los veinte. Ahí es cuando los gustos musicales se forman. Cuando llegan a los treinta y cinco, la mayoría de usuarios abandona completamente la búsqueda de música nueva. A mí me sucede algo parecido: ya no necesito encontrar mi nueva banda favorita. Ya tengo demasiadas. Esos “periodos sensibles” también existen para el cine, o para la política. Las preferencias políticas de la gente se cristalizan entre los veintitantos y los treinta. La gente de cuarenta años, por lo común, no pasa de ser socialista a la extrema derecha a los cuarenta. Esto demuestra que el gusto por la novedad es algo crucial para los adolescentes, pues están construyendo su identidad, y experimentando con distintas personalidades para ver la que se adecua más a quien son, y a su entorno, pero a los treinta, o los cincuenta, resulta cada vez más raro hallar cambios de personalidad. Llega un momento en que más o menos aceptas quién eres, qué te gusta, qué música escuchas y qué libros lees. Ya no vas a cambiar. Solo repites. En cierto sentido eso es algo triste, porque habrás perdido algo de la motivación del descubrimiento, pero por otro lado es muy sano, porque es un punto de vista realista, y además porque es cálido y reconfortante, y puede hacerte feliz.

La propaganda es otra forma de repetición. A Goebbels le encantaba.

Lo vemos constantemente en las fake news. Repetir algo, por falso que sea, hace que la gente acabe creyéndoselo. Esto es uno de los grandes temas de controversia que existen en los Estados Unidos ahora mismo. Donald Trump miente constantemente, y muchos medios tienden a parafrasearle, diga lo que diga. Por ejemplo: “Donald Trump dice que todos los musulmanes son violadores”. La simple mención de sus palabras las va familiarizando en la mente de la gente. A veces, la familiaridad puede fusionarse con los hechos, por osmosis. Algo nos parece verdadero porque lo hemos escuchado muchas veces. Esto es un punto de contención también en lo que respecta al debate sobre la teoría de la evolución. Si la cobertura de un tema eleva la credibilidad de ese tema, aunque la cobertura sea negativa, creo que tenemos que pensar muy bien cómo transmitimos las noticias. A veces tal vez sea mejor no darle cobertura al debate sobre la existencia del arca de Noé, por ejemplo, si esa cobertura va a confundir más a la gente.

Los tabloides ingleses han hecho de eso un arte: “Robbie Williams niega fumar crack en el parvulario de sus hijos”. Lo de “niega” nunca llega al público.

[ríe] En inglés también usamos el cliché de pregunta injusta, como por ejemplo “¿Cuándo dejaste de pegar a tu mujer?”. La mera formulación de la pregunta apunta a tu culpabilidad. Es una forma de introducir una idea falsa para que la otra persona tenga que responder directamente desde la defensa de su inocencia, incluso si la afirmación era una locura sin base alguna.

La homofilia, o tendencia a quedarnos con gente que se parece a nosotros, puede ser igualmente deprimente o reconfortante, depende de cómo la mires.

Sí. Por un lado podrías decidir que la homofilia es responsable del racismo, porque tendimos a juntarnos con gente de nuestra misma raza. Pero la amistad también es parte de la homofilia. Y el matrimonio. Si desapareciese la preferencia por lo familiar nuestra existencia sería mucho más complicada, porque querríamos cambiar todo el rato, y nos cansaríamos antes de la gente que nos rodea. Un teenager puede hartarse de un tipo de música o una moda, y es lo natural, pero no es deseable que esa ley rija nuestras relaciones adultas. Sería extenuante estar desechando y adoptando nuevos amigos continuamente. Asimismo, esta tendencia a crecer rodeado solo de gente que es como tú, sea gente blanca o negra, provoca que te pierdas mucha riqueza, y experiencias, y creces desconfiando de otras culturas y religiones, ideas foráneas, simplemente porque es más cómodo y agradable quedarte con los que son igual que tú.

(Esta entrevista se publicó en formato reducido en El Periódico de Catalunya. La que acaban de leer es la versión sin cortes. El copyright es to-pa-mí).

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DEREK THOMPSON: “Cuando algo es popular, solo puede hacerse más popular”

Es una entrevista que le he hecho a Derek Thompson, barbilampiño autor de Creadores de hits; cómo triunfar en la era de la distracción, un libro muy ameno e informativo que ha sacado recientemente Capitán Swing.

Aún no he decidido si lo que leí en sus páginas resultó desalentador o todo lo contrario (al menos para un artista como yo). Pero me hizo pensar en unas cuantas cosas, y espero que a ustedes (si lo leen) les haga pensar en otras cuantas.

Oh, ah, éxito comercial, amante tan elusivo como impulsivo, ¿dónde te encuentras? Ni pajolera, pero la entrevista, al menos, está aquí. En unos días publicaré el director’s cut, con el doble de preguntas y respuestas.

La guerra es estúpida (pero la gente no)

El decano del periodismo de campo estadounidense, Studs Terkel, entregó en 1985 una historia oral de la IIª Guerra Mundial que le mereció el Pulitzer y pulverizó toda idea romántica que aún quedaba sobre el conflicto “justo”.

https://i0.wp.com/capitanswing.com/wp-content/uploads/StudsTerkel_LaGuerraBuena.jpgYa sabíamos que la IIª Guerra Mundial, y las guerras en general, no eran como en Objetivo Birmania, donde nadie se hincha por el beriberi ni se caga encima por la disentería, donde las bombas caen sin desmembrar a nadie, donde todo el mundo es osado y valiente (menos el ocasional nenaza en pleno ataque de pánico, siempre étnico y sin afeitar), y los yanquis son unos trozos de pan y el enemigo (japos, boches, charlies) unos perros infames. Sabíamos que no era así, como también intuíamos que los Westerns eran un camelo, pero tuvieron que llegar unas cuantas audaces novelas y películas de los 70 y 80 para explicarnos cómo nos mintieron el establishment y Hollywood, su perro fiel.
La respuesta es: en todo. Nos engañaron en todo, vamos.

La guerra “buena”, del mítico reportero de Chicago Studs Terkel, es una suerte de Apocalypse Now hecha historia oral de la IIª Guerra Mundial. Publicado originalmente en 1984, aún en años de Guerra Frío-Templadita, el libro ignora la historia oficial (los movimientos de tropas, los comunicados, los pactos, las fatídicas –y mendaces- estadísticas) y se apoya únicamente en el testimonio de un vasto elenco de protagonistas. Los que estuvieron allí, cara al fango y aterridos, llenos de dudas, ira, sopor o confusión.

Leyendo La guerra “buena” aprenderán ante todo que la guerra es caos. Que no se parece en nada al avance pulidet, de visión diáfana, lleno de propósito y bravura, que mostraban aquellos obscenos filmes bélicos de los cincuenta. Los soldados, marinos, coroneles, enfermeras, prisioneros de guerra -incluso el enemigo- entrevistados nos pintan aquí un marco de chapuza universal, incompetencia de los mandos, aliados matándose entre ellos, miedo permanente, borrachera eterna, delincuencia (robos, estraperlo, violaciones: por doquier), racismo autorizado (el trato vergonzoso que recibieron los soldados negros –muchos de ellos auténticos héroes- en aquella contienda) y un asqueante etcétera.

Es el detalle lo que impresionará al lector. Lo que no aparecía en las clases de historia ni en los libros con sello gubernamental que leímos. Porque nadie nos habló del olor (“Ir atravesando un pueblo y, de repente, notar aquel olor espantoso (…) y oler la muerte. Es un olor que no discrimina, todo huele igual”). O de la atrocidad, vista bien de cerca: los bracitos amputados de los niños; las cabezas sin techo, sesos a la vista; los campos de exterminio, los cuerpos amontonados “como pilas de troncos”. Las incontables horas de espera, el tedio pertinaz (“No creo que haya nada más aburrido que ser soldado de infantería”). El miedo y la cobardía como constantes generalizadas, y no como bajeza puntual de unos cuantos traidores de tez aceitunada. Y una mirada distinta al lado de los “buenos”: las bombas de Hiroshima y Nagasaki (perfectamente evitables), Dresde, Iwo Jima, Bataan, todas las matanzas “justas”.
Terkel, quizás el mejor periodista del siglo XX (imprescindibles todas sus historias orales, especialmente Hard Times, sobre la Gran Depresión, y Working, sobre el trabajo), desentierra esa verdad de la única forma posible: hablando con quienes la vivieron. Y consigue con ello uno de los mejores manifiestos antibelicistas jamás firmados. Una clase magistral de compromiso con la justicia que es a la vez un emocionante periplo por la experiencia humana en tiempo de guerra.

Sirvieron allí
“Bebía aproximadamente un litro de whisky al día (…) Era la única manera de poder matar (…) Empecé a hacerlo en Filipinas, al ver los cuerpos bombardeados de todos esos hombres, mujeres y niños, especialmente los de los bebés. Estaban al borde de la carretera, y nosotros los arrollábamos con nuestros tanques”
John Garcia, soldado, 7ª División de Infantería

“Lo que te lleva a reventar playas no es el patriotismo ni el heroísmo, sino la sensación de no querer fallar a tus compañeros”
Robert Rasmus, soldado, 106ª División de Infantería

“Una de las cosas más tristes que he visto en la vida ocurrió mientras volábamos en un avión que recibió un impacto. El artillero que iba sentado en la torreta superior del fuselaje de repente estaba a nuestro lado, en el aire, empezando a caer. Se limitó a decirnos adiós con la mano”.
John Ciardia, artillero en un bombardero B-29

Kiko Amat

La guerra “buena”
Studs Terkel
Capitán Swing
746 págs.
Trad. de Lucía Barahona

(Artículo publicado originalmente en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia el 27 de febrero del 2016)

Clasificado X: Malcolm, el tío más peligroso de América

Biografía Se vuelven a publicar las memorias del más radical de los líderes negros de los sesenta, el furibundo e imponente Malcolm X, con motivo del 50avo aniversario de su asesinato.

xLa primera sorpresa agradable de esta nueva edición de Malcolm X es la portada. Quiero decir que en ésta, al menos, aparece Malcolm X. En la versión de Ediciones B que leímos en 1992 solo se veía a Denzel Washington con cara de pasmo, recién maquillado para el biopic de Spike Lee. Malcolm X, ustedes ya lo saben, fue el más radical de los activistas afroamericanos de la década de los 60. Su fascinante historia, trufada de complejidad, violencia, rincones oscuros y súbitos cambios de tercio (Malcolm, como un grupo pop inglés de los sixties, pasó por cuatro o cinco etapas vitales con looks y retórica bien diferenciados), es lo que hace de estas memorias –dictadas al periodista Alex Healy- algo igualmente fascinante.

Lo más descacharrante es su etapa de malandro juvenil, a lo largo de los 40’s. Aquel “Red”, que siempre iba “vocinglero y bastante animadito” por el cannabis, que robaba de los sitios todo lo que no estuviese claveteado al suelo y que no tenía más intereses que la coyunda, el crimen y los narcóticos. Oh: y alisarse el pelo con sosa cáustica. Esta primera parte del libro se lee como una (buena) novela de delincuencia juvenil de Frank Norman, Warren Miller o Ed Bunker. Allá iba Red, vestido como un árbol de navidad (“en realidad parecía un verdadero payaso, pero mi ignorancia me hacía creer que estaba en la onda”), abofeteando a señoras (las partes de violencia de género –por las que el renacido X no pide disculpas, ni leches- son de espanto), poniéndose to’fino de cocaína y bailando swing hasta el descoyunte rotular.

Ya en la cárcel (1945), Malcolm “ve la luz”. Ustedes dirán: oh, no. Los avezados lectores de biografías rock sabemos bien que la aparición de “la luz” redentora en la vida del artista coincide mágicamente con la aparición de los yogures, el sermón y lo pelma. Y Dios. Cuando Alá entra por la puerta, la diversión salta por la ventana. Por supuesto, la parte eminentemente política de Malcolm X se inaugura con esa “luz” cegadora, así que no nos queda más remedio que seguir leyendo. El libro recompensa nuestro tesón con una impecable parte carcelaria que (de nuevo) se lee como una buena novela de presidio de Malcolm Braly o Don Carpenter.

Malcolm X se convierte entre rejas a la Nación del Islam –entonces bajo el liderazgo de Elijah Muhammad- y pasa a ser ministro de la organización. Aquí conviene distinguir entre las vicisitudes que asaltan al nuevo Malcolm (la creación de su discurso, el proselitismo, la lucha racial) y las locuras punibles por la ley que Elijah pone en su boca. En aquel Malcolm X hallará el lector muchas verdades (sobre imperialismo blanco, sobre el establishment, sobre racismo estadounidense) pero también un notable surtido de charlatanería geneticista, pseudociencia majareta, desvaríos enloquecidos sobre Shakespeare (una página entera) o el “diablo blanco”, generalizaciones hebefrénicas sobre la “mujer blanca” y la “debilidad de la mujer” y mucha más tela psiquiátricamente computable. Malcolm X sigue resultando atractivo por su autoridad innata, su coraje, su temperamento inflamable (en la segunda página ya está llamándole “imbécil” a alguien, al estilo Jardiel) y radicalismo insobornable, pero el lector solo puede concluir que también soltaba bastantes paridas. Esta tercera parte del libro es, en cierto modo y por todo lo apuntado, un gran discurso de Elijah Muhammad con ocasionales acotaciones autobiográficas. Explicarlo en 1964 debió parecer crucial, pero al lector del 2015 puede resultarle asaz loco.

La acción se reanuda con el escándalo adúltero de Elijah Muhammad (vean cómico despiece), el desengaño de Malcolm X, su posterior expulsión deshonrosa de la Nación del Islam y su peregrinaje a La Meca. En 1965 Malcolm X ya había cambiado de idea (para bien) sobre un centenar de cosas, pero no-se-sabe-quién lo apioló igual (introduzcan teoría conspirativa favorita aquí; mis apuestas van hacia agentes de COINTELPRO infiltrados en la Nación del Islam). Su influencia política y cultural, en todo caso, sigue siendo inconmensurable. Esta esencial biografía nos recuerda lo colosal de su ejemplo y legado.

PISTAS Y CITAS

Drogas y pistolas: “Ahora que lo pienso, creo que en aquella época yo estaba, por lo menos, ligeramente loco. Para mí, las drogas eran como la comida de la gente común. Llevaba armas como quien usa corbata”.
Bagaje: “Para comprender a alguien, hay que conocer toda su vida, remontarse hasta el nacimiento. La personalidad del individuo es la suma de todas las experiencias que ha vivido. Todo lo ocurrido es un ingrediente de su carácter”.
Legado hip hop: Hagan el favor de teclear en Google “Malcolm X hip hop” y serán sepultados por 100.000 artículos sobre Boogie Down Productions, Public Enemy, Gangstarr y una sartenada de rappers más. Malcolm X es crucial en la creación de la retórica hip hop.
La hilarante (y alarmante) excusa de Elijah Muhammad cuando Malcolm le cuestiona su adulterio: “Yo soy David. Cuando leas que David tomó la mujer de otro hombre, piensa que yo soy ese David. Leerás que Noé se emborrachó. Yo soy ese Noé. Leerás que Lot fornicó con sus propias hijas. Yo debo cumplir todo eso”. Genial, Elijah.
Un chiste racista que Malcolm X utiliza para fines didácticos: “Alguien pidió a un blanco, a un negro y un judío que expresaran un deseo. El blanco pidió acciones de la Bolsa. El negro pidió mucho dinero. Y el judío pidió joyas falsas y la dirección del “joven de color”. Kiko Amat

Malcolm X; una autobiografía contada a Alex Haley
Malcolm X /Alex Haley
Capitán Swing
518 págs
Trad. de César Guidini & Gemma Moral

(Artículo publicado originalmente en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia del 19 de septiembre del 2015)

Owen Jones entrevistado por Kiko Amat + Adoro a los pijos de Barcelona

Dos nuevas piezas del menda para los chicos de Playground:

– Una extensa y sustanciosa charla con Owen Jones, autor de Chavs, la demonización de la clase obrera (Capitán Swing, 2011). Se la recomiendo encarecidamente, porque (está feo que diga yo esto, pero) quedó rebién. Ya lo verán.

– La crónica cómica “Adoro a los pijos de Barcelona“, donde Kiko Amat viaja al barrio de La Bonanova, sin salacot pero con una Vespa hecha jirones y una cazadora nauseabunda. Se trata de la IIª parte (sui generis) de la celebrada columna “Adoro a los pijos de mi país“, donde el autor viajaba a los enclaves pijos del Alt Empordà catalán. Poniendo en peligro su integridad física, por descontado.