Teenage! (en La Central)

Este miércoles 28 de noviembre, a las 19h, estaré en mi querida La Central (c/ Mallorca) apuntándome al jolgorio/presentación del libro Teenage; la invención de la juventud 1875-1945, de Jon Savage, que ahora traduce para el público español la editorial Desperta Ferro.

Es uno de mis libros favoritos sobre subcultura de todos los tiempos, sépanlo. Lo adoré cuando salió en el año 2007, y ahora, tras haberlo releído de pé a pá, sigo haciéndolo.

Me acompañarán en la presentación (o yo les acompañaré a ellos) el escritor Carlos Zanón y el ilustrador y diseñador Jordi Duró.

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Carlos Zanón: un taxi llamado exceso

Mi crítica larga de la nueva novela de CARLOS ZANÓN, Taxi (Salamandra, 2017). La escribí para la revista Barcelona Metròpolis, del ayuntamiento de mi ciudad. Todo lo que pienso de ese libro sobrao, excesivo, extraño, profundo y magnífico está ahí. Digo, aquí.

Taxi, de CARLOS ZANÓN (mi mini-despiece)

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Taxi contiene abundancia de hoteles, rayas, semen y mozas. “La noche y sus túneles”. Cuando empecé a leerlo pensé que me habían dado por error un disco de Burning (solo que con referencias a Minotauro y Dantón). Zanón, tan comedido él, tan sobrio en sus obras previas, se nos desbocaba. Pero entonces vi que el río desbordado, el periplo noctámbulo del taxista mujeriego, era solo un medio -como antes había sido lo “negro”- para hablar de “bochorno, duchas gota a gota por falta de potencia, patatas fritas caseras (…), aparatos monovolumen Cosmos cuya tapa era altavoz (…), besos de chicas, hermanas, rasgos de miseria (…), madres enanas, motos robadas y jerséis heredados del primo menos pobre”. Nadie habla de “la parte baja de la clase media” como él. Cuando escribe sobre odio, culpa, padres, abuelas y hermanos, barrios feos y sueños púber, Zanón es intocable; implacable. Taxi es un Zanón sin cinturón de seguridad, callejero, soñando con bohemia pero engrilletado a Horta. Su autor se va de ruta destroy, pero aún huele a macarrones con boloñesa. El exceso le sienta muy bien.

(Esto es un despiece tapón que me pidieron para el artículo central sobre Taxi, de Carlos Zanón, en el Cultura/S de La Vanguardia. La guarnición, vamos (como un cucharón de coleslow). No cabía todo lo que pienso, pero es un resumen bastante aproximado).

Tout ce qui fait BOUM

couv_boumEsto de aquí al lado es una cubierta de libro DE VERDAD, no un bromazo que he decidido gastarles a ustedes a base de Photoshop y mucho rostro tras un par de chupitos de licor café. No: es un libro, y para ser más concretos es la traducción al francés de Cosas que hacen BUM que la editorial Asphalte (los editores franceses de nuestro querido Carlos Zanón) sacará a la calle el día 7 de mayo del 2015.

Han oído bien. Cosas que hacen BUM, el noveloncio que escribí un lejano 2007 aún no sé ni cómo, se publica en La Francia en breve. Pueden llamarle así, Tout ce qui fait BOUM. No hace falta decir que yo pienso hacerlo constantemente, afectando muchísimo el acento y a voces, en todos los bares y bodegas del país cada vez que un ejemplar caiga en mis manos. Quizás incluso luciendo boina ladeada. Y cera para bigotes.

En fin: habrá que celebrarlo. Allí y aquí, no se preocupen ustedes (algo haremos).

Mientras tanto, sigan admirando el entrañable Le Panic en Vespa, con la tres jolie Rebeca de paquete, recorriendo las galias de uno al otro confín. Una monada, no me digan.

Zona franca: La Inmensa Minoría, de Miguel Ángel Ortiz

Miguel-Angel-Ortiz-portadaLa inmensa minoría es una casi perfecta novela de barrio. Importa poco si su joven autor, Miguel Ángel Ortiz (1982), vivió en sus laceradas carnes todo lo que se nos cuenta en el libro. Lo importante es la verdad que contiene, palpable y sólida; una franqueza innata que mucha gente desea utilizar en su prosa pero pocos poseen. En ese sentido, la “autenticidad” del paisaje no es vinculante a la hora de juzgar La inmensa minoría. ¿Vivió Ortiz en la Zona Franca en la época que se describe en el libro? Poco importa. Lo importante es que las situaciones, los personajes, las emociones, laten con La Gran Verdad Fanteana. Una honestidad que no tiene por qué ser biográfica; una pura verdad emocional. O la tienes, o no la tienes.
La inmensa minoría habla de una panda de adolescentes barceloneses de clase obrera a lo largo del 2010. Estos chavales se aburren, pelean, masturban, enamoran y desenamoran, cuernean y son cuerneados, van a clase y odian ir a clase, chutan balones en el equipo local (hay mucho balompié aquí), contemplan cómo sus padres se desloman en curros-de-mierda (olisqueando allí su futuro, sin duda) y terminan divorciándose, se meten en problemas, se emborrachan en bares de viejos y tratan de gestionar la ruptura definitiva con su infancia.

Chusmari (gitano), Pista (chuleta), Peludo (tímido) y Retaco (o Roger, el protagonista) están vadeando el fugaz trance de la adolescencia, velocísimo periodo de entreguerras donde las cosas empiezan a doler (pero simulas que no), donde nada se entiende (pero pretendes que sí) y todo escapa a tu control (pero vas de que “controlas”). El retrato de estos teenagers de ESO y sus cuitas está realizado como procede: la pena, sincera pero sin melindres (“Pensar me dolía. Recordar era una mierda. Y crecer también”); los conatos de violencia y locura púber, sin disculpas ni miriñaques; los momentos de emotividad, sin violines ni cámara lenta; referencias y citas, las justas (Extremoduro, a menudo); la acción, constante y bien narrada; el lenguaje, esbelto y ágil. Miguel Ángel Ortiz ha pintado, en suma, un imponente fresco de la experiencia adolescente de extrarradio, captando toda su rabia, brutalidad, ocasional romanticismo y humor. Una gran novela de la Barcelona no pija. Un digno heredero de la tradición de Marsé, Candel, Ledesma, Casavella o Zanón. Kiko Amat

La inmensa minoría
Miguel Ángel Ortiz
Literatura Random House
430 págs.

(Crítica aparecida originalmente en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia del 24 de diciembre del 2014)

La senda del rockero perdedor: entrevista con Carlos Zanón, Pt.2

Carlos-Zanon_4web3El pop es perfecto a esa edad porque verbaliza lo que sientes. Los términos del desamor y el deseo, el anhelo y la melancolía, son demasiado abstractos para un chaval de quince años. El pop pone en palabras lo que sientes.
Te daba un código para descifrar lo que sucede a tu alrededor. ¿Las chicas no te hacían caso? Pues a tomar por el culo las chicas, decía una canción, y eso te aliviaba. La novela explica también la pérdida del deseo. Buscar de nuevo ese deseo, ese ser deseado. Cuando escucha la canción que le pasa su hijo, Francis piensa que aún se puede entusiasmar por algo. La verdadera crisis llega cuando ni eres deseado ni deseas a nadie. Si vienes de donde venimos tú y yo, la intensidad del deseo es muy importante: no puedes esperar dos días a conseguir ese disco; lo quieres ya. Ahora, cuando puedes esperar meses, lo que piensas es: aquí ha pasado algo. Ya que sexo no puede ser, porque está destrozado por las drogas, Francis quiere algo. Cuando está a punto de morir, lo que le hace querer vivir es pensar: quiero volver a escuchar “Train in vain” una vez más. Ver acabada la Sagrada Familia me da igual, pero esto… Estaría bien.
Es un libro triste. Y pese a los ocasionales destellos de salvación, es un libro sobre derrotas, sobre batallas perdidas.
En mi primera idea, él moría. O se dejaba abierto. Pero también es manifiestamente tópico que todo salga mal. Por muy hecho mierda que estés, un amigo te cuenta un chiste y te ríes. En este caso no sabes muy bien si es mejor que se salve o que no, porque tiene un marronazo de cojones. Cuando escribes un libro no sabes qué vas a querer decir, pero sí es un libro de derrotas donde es importante contar las cosas por las que pese a todo vale la pena quedarte. Que algún día alguien te descubra una gran canción. O una charla tomando una coca-cola con tu hijo. Vale, no has tocado con Johnny Thunders, pero qué quieres que te diga…
Eso me lleva casi de nuevo a la primera pregunta: qué partes de ti hay en Francis, que partes de gente que conociste… La familia se me antojó que debía ser parecida a la tuya. Sin las violaciones, evidentemente.
Pues ahora que lo dices, Papá… (ríe). Yo en principio quería hablar sobre el doo-wop. Es divertido ver que en la novela de eso solo quedan los títulos de las partes. Lo que pasa es que no me cuadraba con el devenir de la historia, y en segundo lugar se trata de un género que me llegó tarde. Por tanto tenía que documentarme para hablar de ello. Entonces vi que tenía que ser algo que no tuviese ni que pensar, que surgiese instintivamente. Acabé hablando de lo que representaba para mí la música. Yo había tocado en un grupo, y sabía lo que era estar allá arriba: esto es la eternidad, ya lo sé, somos malísimos y no viene nadie a vernos, pero estoy aquí con mis amigos tocando, y piensas: ya me puedo morir. Por eso quería que Francis fuese un músico, pero nadie que hubiese sido verdaderamente importante. Y quería que descifrara las cosas con canciones. ¿Te deja una chica? Tengo siete canciones que lo explican. ¿Me echan del curro? Me pongo algo de Factory. Y no quería encasillarme en novela negra. Caer en negra fue un mero accidente, y ahora quería abrir el zoom. En cuanto a las drogas, no he probado la heroína pero sé perfectamente lo que es la adicción. Me gustaba esa caída: enganchado a las drogas, al sexo… Es lo que le da intensidad a la vida. Lo empecé a configurar y me fue llegando todo. La anécdota de Johhny Thunders me la contó Coco, Alfred Crespo, de Ruta 66.
Tu generación todavía pilló yonquis. En la mía ya no había. Es decir: los veías, pero tenían diez años más que nosotros. En mi comunidad nadie se creyó ya el rollo glamuroso de la heroína. Habíamos visto ya demasiados hermanos mayores cadavéricos para tragar con el camelo de Lou Reed, etc.
En realidad también son mis hermanos mayores, también. Poca gente de mi entorno directo cayó, pero sí muchos hermanos mayores, como dices. Gente brillante que se sentía fascinada por eso, y quería ser Lou Reed, en efecto.
O Burroughs. Esa gente ha hecho mucho daño.
Sí. Veías a alguien con El almuerzo desnudo, y de pronto estaba metiéndose una chuta. “Ahora vuelvo, ¿eh? Me paso tres años metiéndome esto y luego vuelvo” (ríe). La plaza Ibiza de Horta era la plaza de los yonquis, aquello parecía Zombie party. El del chándal, el de la muleta, eran personajes del barrio. La época de Francis es un poco posterior a esto.
La fuerza de la verdad en novelas como la tuya se intuye en cómo describes los paisajes urbanos. Uno puede realizar nuevo periodismo y tomar muchas notas, pero nunca hablará de solares y descampados como alguien que vivió cerca de ellos. O cuando describes las tortillas, y la naranja de postre, y los Winston de importación, y el café con salvamanteles y el surtido de Cuétara.
En la caja de Cuétara, una vez vacía, guardabas las postales. Cuando estás dando tu verdad, sea imaginada o vivida o soñada, te basta con una pincelada. Hay una canción de El Último de la Fila que habla de una niña que sube al ascensor y “huele a arroz con leche”. Vale, no digas nada más. No me saques libélulas ni lapislázulis luego. Ya sé lo que quieres decir. Creo que eso es lo que conforma una atmósfera. A veces, libros que están muy lejos de tu experiencia consiguen describirte ese algo creíble, que intuyes verdadero.
Cuesta describir esa pobreza que no es de Tercer Mundo, pero sí es pobreza espiritual, de completa pérdida de ambición. Las derrotas que sufrieron nuestros padres, su resignación, su abandono de expectativas…
Con nosotros crearon monstruos. Genéticamente estábamos destinados a ser como nuestros padres, pero nos dieron una educación, nos dieron cabezas de dandis. Pero eso es una receta catastrófica: Retorno a Brideshead + Paco Martínez Soria (ríe). Si eres un currito con mente de currito no pasa nada, pero si eres un currito con la cabeza llena de libros y discos, y sin embargo tu vida sigue siendo de currito… Eso tiene que mutar en algo o explota; y esa mutación tiene grandeza y fuerza: cabeza con cultura autodidacta mezclada con entorno y hábitos de otra clase social.
Horta y El Guinardó tienen un peso notable en la novela. ¿En qué forma te moldearon ambos barrios, y cómo encajabas allí?
Yo soy del Guinardó. Horta lo conozco porque mis primos vivían allí. Mi madre siempre decía que no éramos del Guinardó, que éramos de Horta (ríe). Ah, perdone usted. Como si eso cambiara algo. Quizás porque Horta tiene un rollo más de pueblo y es algo más bonito, mientras que el Guinardó es sumamente feo. Horroroso: puticlubs, garajes… Para comprarte un libro tenías que patearte todo el barrio. Los recuerdos que tengo son de ir siempre a casas de amigos. No hacías vida de calle. Bueno, de niño sí, porque vivía en una calle sin salida y me pasaba el día fuera. Pero de adolescente recuerdo las habitaciones minúsculas de colegas, con el hermano pequeño y el tocadiscos. Me sentía extraño, porque quería montar una banda y a nadie le interesaba, porque quería ir a conciertos y nadie me seguía. Tenía la sensación de estar exiliado allí. Eso me hizo cabrearme más. Vale, qué raro que soy y tal, pero todos los trenes están pasando de largo. No tengo un vínculo afectivo con el barrio ni con la ciudad. Lo que pasa es que a la hora de recrearlo… Cuando terminé el primer manuscrito no habían nombres de calles, y los que lo leían creían que era el Raval. Y eso si que no. Otra novela sobre el Raval no. Y lo de Horta tiene gracia también por cosas privadas mías: en la plaza Ibiza esperaba a una antigua novia. Eso son trucos que me hacen gracia solo a mí.
Pero contribuyen a la emoción, ¿no? Quizás esa sensación (la nostalgia de pensar en una antiguo amor) te proporciona una emoción que no transcribes de forma literal, sino que utilizas con otros fines.
Yo empecé a salir con una antigua novia (la trasunta Eli de la novela) el 1 de febrero, a los catorce años. A los dos meses mis padres se pillaron un apartamento en L’Ampolla para semana Santa, donde íbamos a pasar cuatro días. Recuerdo la llorera porque durante cuatro días no iba a verla. En cambio, cuando mi mujer me dice ahora: me llevo al crío y estaré dos meses fuera… ¡Vale! (Ríe)
Llamando a los colegas casi simultáneamente y organizando una timba de póquer.
Sí: ¡Por fin! (ríe) En cualquier caso, ese desespero infantil lo recuerdo bien.
Ese anhelo se pierde, claro. Supongo que eso es la razón de todos los cuernos de la historia: la gente, como yonquis, intentan revivir unos instantes de aquel amor superlativo de primero de BUP. Sin poder nunca. Esa sensación química de necesidad física del otro que te magulla el cuerpo y todo.
Los cuernos son la última aventura de la ciudad. Ya no vas a descubrir continentes ni penetrar en una selva a convertir a los indígenas al cristianismo. Lo único que te queda es decirte: me voy a follar a mi cuñada (se troncha). Y nadie lo va a saber. Y en el día de Navidad vamos a estar allí ji-ji ja-ja. Pero no deja de ser algo triste.
Yo fui Johnny Thunders está lleno de dolor. Tú dices que no sientes un vínculo, pero sí se detecta una cierta melancolía al pensar en aquel barrio y aquella gente. Una sensación ambivalente, de penita, aunque no quieras regresar.
Puede ser. También es cierto que tú piensas una cosa y luego al escribirlo sale otra, y hay una parte inconsciente en toda escritura que no controlas. Creo que es más nostalgia por la pérdida de deseo y la pérdida de sorpresa. La primera vez que mientes estás perdiendo un poco el alma, no tiene nada que ver con si te pillan o no. La nostalgia es tramposa. Tal vez los besitos de BUP eran un desastre. Pero la nostalgia se identifica con el barrio, es verdad, y con una determinada edad. Incluso si pudiese desear igual que él, no me cambiaría por aquel chico de veinte.
¿De cuándo te vienen el anhelo de narrar y la proclividad a escribir? ¿Alguna vez pensaste que publicarías?
Desde siempre. El hermano de mi madre murió en un accidente de tráfico, y yo heredé su biblioteca. Las cien obras maestras de la literatura. Uno: Fausto. Toma ya. Pero en cierta manera aquello se convirtió en un vínculo con alguien a quien yo quería. Me empezaron a gustar mucho los libros, y desde el principio quise escribir. Y siempre soñé con publicar. Y de una determinada manera. Lo de autoeditarme no me iba. Yo quería jugar en la NBA o no jugar. Medirte con los grandes y con la gente potente. Era o eso o nada.
¿No habría sido mucho más divertido y gratificante tocar rock’n’roll?
(Ríe) Eso siempre. Clarísimamente. Tocar en los Clash hubiese sido mejor que escribir.
Claro que entonces quizás estarías muerto.
O peor. Podría haber acabado siendo Carlos Goñi. Eso es peor que estar muerto (ríe). Pero me habría gustado hacer canciones como he hecho libros, y grabar grandes discos. Pero llega un momento en que te das cuenta que no, que por mucho que lo intentes: no. Y luego existen cosas que no caben en una canción, hay un iceberg por debajo que necesita más tiempo, espacio y sobre todo experiencia. Que la experiencia de los veinte años te sirve para el aquí y ahora, sin demasiadas explicaciones, todo blanco y negro. Pero la vida es algo más complicada, y te exige una empatía que a los veinte no tienes. ¿Te gusta ese disco? Pues eres un cabrón. Esas cosas.
¿Hubo algún vórtice que te impulsara a ese cambio que apuntábamos al principio?
La sensación era que había escrito libros que podían estar bien pero que no me había dejado los huevos allí. Pensé que tenía que quitar el freno. Luego hay una construcción de albañilería, claro. Mi novela anterior la podría haber escrito cualquier persona. Esta solo la podría haber hecho yo. No por el argumento sino por los detalles. Y pensé: si por alguna razón dejo de publicar, al menos que pueda decir que en la última fui yo. Si se va a la mierda el mundo editorial, o me sale una basura… Pues vale. Pero esta es la mía.
Yo en Rompepistas sentí una cierta responsabilidad de contar una historia que nadie más iba a contar. Es así, suene como suene. Nadie iba a hablar de aquel Sant Boi de 1987. Y eso se nota en tu novela también.
Es como cuando rompes con una tía. Con ella tienes muchos recuerdos en común, pero cuando dejas de verla se pierden. Y las gracias dejan de hacer gracia. Así que dices: lo escribo para que no se pierda, para que quede en ámbar y no se olvide. Porque para mí esto es importante. Muero con lo mío.
El año en que trascurre fue para mí casi tan importante como el paisaje urbano. Que suceda exactamente en 1989, epicentro de nuestras adolescencias, no puede sino tocarme la fibra hondamente. Además que es un periodo menos explicado en narrativa que 1977, por ejemplo.
Hay épocas que están masacradas y otras que aún son vírgenes. Cuando murió Franco yo tenía ocho años; no recuerdo nada. Y la Movida madrileña era algo que me contaban mis primas cuando volvían de Madrid, pero que a mí me importaba una mierda. Yo quería que saliesen Boney M en la tele para poder bailar como el negro. Mis expectativas eran esas (ríe). La época que podía yo explicar con ciertos visos de credibilidad era 1989. La idea de la noche es de esa época. En una película que me gusta mucho, Rumble Fish de Coppola, hay una escena donde la cámara deambula como borracha por la noche. Cuando la vi me dije: si algún día puedes escribir una noche así ya habrás hecho algo. La época de la que hablamos no se ha explicado porque se considera que no es épica. Me parece un poco ridículo, porque ahora vemos que la Transición en el fondo fue un timo, cuatro señores con corbata decidiendo qué hacían con las comunidades históricas. Los ochentas son nuestros días.
Creo que eso añade a la mitología y al sentimiento de tu novela. Que sea de esa añada. No sé si imaginabas que la gente con tu bagaje celebraría la nueva novela desde esa perspectiva, celebrando el paisaje.
Cuando la acabé vi claro que iba a gustar mucho a la gente que yo quería que gustara y se va a bajar del carro la gente que en el fondo no tiene nada que ver conmigo. La gente que busca un detective porque sale en Serie Negra. En mi barrio nunca había policía, ni siquiera la Guardia Urbana; ¿cómo voy a describir a un detective? Fue como escribir un libro para tus colegas de siempre, para la gente que me puede entender.

(Esta es la segunda parte de la entrevista con Carlos Zanón -autor de Yo fui Johnny Thunders– cuya versión abreviada se publicó originalmente en el Rockdelux#326 de marzo del 2014. Para leer la primera parte, diríjanse vds. aquí)

Carlos Zanón: La senda del rockero perdedor (Pt.1)

Pocos libros hablan de 1989, la plaza Ibiza, surtidos Cuétara, el Màgic, el peso del pasado y la pobreza del barrio. Pocos libros se sostienen sobre una primera persona tan valiente, dura y a la vez tan sobria. Yo fui Johnny Thunders (RBA Serie Negra, 2014) es un libro sobre haber sido alguien y ya no serlo. Es un libro sobre vivir dentro de la música pop, cuando esta es tu única salvación y trascendencia. Pocos libros hablan así de fuerte, así de sincero, sobre juventud, clase social, rock’n’roll y perdición.

ZanonQuiero que observen el quiebro que acaba de pegar Carlos Zanón. Lo que hace en el fotograma 43:15:04: miren allá el brinco que pega, y como le sacude una finta de impresión a las expectativas de los lectores, y como se cambia allá de carril. Y mi momento favorito: miren como se quita la camiseta y le realiza un corte de mangas al gol norte. Carlos Zanón (Barcelona 1966) lleva escribiendo de todo desde 1986: poesía, libros musicales (sobre los Bee Gees), artículos sobre rock’n’roll en Ruta 66, antologías de narradores del Carmel y, desde el 2008, es conocido por ser un autor de novela negra. O eso esperaba el mundo. Si Zanón se parece a Jim Thompson, como le espetan algunos, Yo fui Johnny Thunders es su Aquí y ahora. O su La senda del perdedor (de Bukowski). Zanón se ha destapado con un libro poderosamente autobiográfico (“Verdades emocionales envueltas en mentiras”, que diría Harry Crews), situado en su barrio natal, El Guinardó, ambientado a medias entre el hoy y 1989, lleno de verdad y rock’n’roll exultante y amor a los discos y cultura de clase obrera, sin disculpas ni maniqueísmos. Una novela auténtica, dura, hermosa y muy bien escrita, nada afectada ni coqueta, que quizás le hará perder algunos lectores (los que esperan un misterio policial) pero que por lo pronto acaba de ganarle a un fan eterno: yo.

Lo primero que quiero preguntarte es por el salto que has pegado. No has cambiado el estilo –tu libro anterior suena igual que este- pero pareces haber puesto más de ti mismo aquí.
Es el libro más mío que he escrito, es verdad. No tenía ni idea de cómo iba a funcionar, y de vez en cuando tenía que recordarme que iba para la Serie Negra. Yo quería explicar lo que representó para mí la música; aquí, en las tripas. Como herramienta para funcionar y para romper el aislamiento que sufres cuando tienes una determinada edad. Era esa sensación, la lealtad con los amigos de la época, cómo descifras la realidad mediante tus discos y tus cosas. El escenario es muy personal. Los otros libros tienen partes de mí pero pesaba más la trama. Aquí no: la trama no deja de ser un topicazo (ríe): Tío que vuelve a su barrio. El pistolero que regresa al pueblo y le dicen “No volverás a disparar”, y él que no, que no, hasta que acaba disparando.
El regusto que deja lo de la lealtad pandillera es bastante amargo, ¿verdad? Lo que impera en el libro, de hecho, es la deslealtad. Un mito de lealtad original que luego se hace trizas.
Él vuelve al sitio donde pasaron las primeras cosas que le pasaron, pero se da cuenta de que no había nada épico ni nada de verdad en todo aquello. Ni los amigos eran tan amigos ni la novia era tan maravillosa. Y sobre todo tiene la sensación que, habiendo tomando un desvío en su vida pasada, todo se arreglará si regresa a la autopista principal. Pero quedarte en el sitio por miedo a equivocarte tampoco te asegura nada. Me gusta jugar con esas dos condiciones: ni aquellos tiempos eran tan maravillosos ni estos tan desastrosos.
Y no hay nada más trágico que intentar revivirlos, por maravillosos o nefastos que fuesen. En el libro se explica muy bien la sensación de ser un has-been, alguien que ya no es nadie.
Sí, se trata de haber sido alguien y que haya durado muy poco, y que nada de lo sucedido te sirva para el resto de tu vida. Eso es lo importante: Vale, y ahora qué hago con mis próximos cincuenta años. Porque los recuerdos tampoco me sirven, vaya. Una vez leí a Mark Knopfler diciendo que después de haber varias giras mundiales tuvo que viajar solo, y no sabía facturar una maleta. Esa imposibilidad práctica para llamar al señor del gas y que te venga a arreglar la caldera. Así se queda Francis tras su periplo en el rock’n’roll.
El peso del pasado orbita como una proverbial espada de Damocles sobre las cabezas de todos los personajes. Es uno de los temas clásicos. El pasado que nos persigue, y la incapacidad de irte en realidad de allí, el saber que siempre estarás en aquel barrio, por muy lejos que viajes.
Saber que nunca has sido libre, que nunca has podido elegir, y que la única decisión posible era ser como eres y hacer lo que tienes que hacer. Hay una frase que me gusta mucho, y que yo siempre citaba pensando que la había dicho James Woods (pero era de Heráclito): “El carácter es el destino”. O sea: como eres es lo que te va a pasar. En el fondo da lo mismo si te quedas en la autopista o pillas la carretera secundaria: estás en el mismo lugar y no te has ido nunca. No puedes escapar.
El libro está plagado de detalles que por narices tienen que estar extraídos de lo vivido. El desencuentro paternofilial, por ejemplo, pieza clave de la adolescencia. Me gusta como dices que Francis odiaba a los suyos por estar siempre ahí y Víctor por no estar ahí. ¿Hay alguna manera de hacerlo bien, malditos adolescentes?
(Ríe) A los padres les odias porque son. Está la historia de volver a casa de tus padres, que es la máxima humillación. Yo me separé, e iba los fines de semana a vivir allí, y todo era lo mismo: la misma casa, la misma televisión, los mismos padres… Pero a la vez nada era igual, y sentía una sensación terrible de fracaso general. Y de pesadilla, tanto de ellos como mía. ¿Este señor hacía tanto ruido cuando veía la tele? ¿Este olor a coliflor era así de omnipresente? Y en cierta manera se va produciendo un desapego. Al hijo de Francis lo que le tocará los huevos será que su padre haya tocado en un grupo y vaya hablando de esas cosas; seguramente le gustaría que fuese más convencional. No hay forma de hacerlo bien.
Esa fiera voluntad de escape te la haces tuya leyendo el libro, y más si la has vivido, como es mi caso. Explicas muy bien algo que ha dicho alguna vez Loquillo, que es la dicotomía entre sentirte orgulloso de un lugar y a la vez desear escapar de allí a toda prisa.
Yo vivía bastante aislado en el Guinardó, porque mis abuelas cuando iban al centro decían que iban a Barcelona. En realidad tú quieres irte del barrio; porque el barrio es feo, porque todo pasa en otro sitio. La fiesta es en otro lado, y tú oyes el ruido a lo lejos. Quieres ser inglés, tener el pelo largo, corto, tener otra novia y otros amigos. Decirte: estos amigos y esta novia no me tocaban. Yo estaba llamado a otra cosa. El problema es que tú quieres irte de allí, pero eso es tu identidad. Y esa es la parte en la que te haces fuerte, pero también es la tragedia que viene implícita. Porque lo que te rodea es una mierda (alarga mucho la RRRR). En el fondo acabas hablando como tu padre, viviendo cerca de ellos… Tantos libros y tantas canciones para no haber siquiera podido escapar de mi puta ciudad y mi puto barrio. Pero es que eso eres tú. La otra cara de la moneda la ves cuando te vas a un sitio donde no encajas, que claramente no es tu mundo y desconoces la reglas que lo rigen.
Allí aflora el barrio que llevas dentro.
Sí. Pero yo no siento nostalgia por ese barrio, porque no añoro los chillidos, los olores…
El hacinamiento.
El hacinamiento. Hay un momento en que deseas que te entren por los ojos cosas bonitas, y estar en la playa con gente que no pega berridos todo el rato. Quizás eso sea una consecuencia de hacerte mayor.
No creo. Lo que es, por espantosamente sincero, es difícil de verbalizar. Porque dicho así suena a que te avergüenzas de tus raíces de clase obrera, cuando no es así.
Claramente los que reivindican lo fantástico de los barrios de clase obrera lo hacen porque no han vivido allí. Es la fascinación hacia el salvaje, del que dice: qué auténtico que debía ser eso, porque a mí la Tata no me hablaba. Pues a mí me hubiese encantado tener a una Tata que me cuidase todo el día, en lugar de una abuela enloquecida pegándome berridos.
Comentas en la novela la sensación de estar fuera de todo, perdiéndote todo lo relevante, y cómo ello genera ese odio y esa rabia de clase de la que nunca te zafas. Tu frase es perfecta: “el odio a los que saldrán ilesos”.
El odio a los que tienen paracaídas y hablan siempre desde fuera. Hay una bomba de detonación dentro de ti que no sabes cuándo va a estallar. Es tu fuerza pero también es tu kriptonita. Y eso es lo que te hace escribir libros y hacer canciones: las ganas de reventarlo todo, de ser Sansón y decir: yo me hundo, pero el templo se va a tomar por el culo. Y esa fuerza es atractiva porque es muy bestia, y porque es una fuerza creativa. A la gente que vive muy bien le cuesta acceder a esa rabia, porque es una cosa muy visceral. Tienes una intuición de cómo se hacen las cosas, pero nadie te las ha explicado. No tienes a un padre culto que te diga: no leas a Gunter Grass ahora, hijo mío, porque solo tienes catorce años. No. Tú pillas lo que pillas como puedes, y tienes la sensación de que te vas construyendo tú mismo tu cultura, y que te faltan aún muchas cosas. Ese odio lo ubicas en un espacio creativo, y se va destilando en algo así como estar en un planeta extraño, convirtiéndote en una persona extraña, vistiéndote de una manera rara. Cuando eres joven te vistes para tener una identidad, y cuando eres mayor te vistes para renunciar a esa identidad. O para parecer un niño disfrazado. No quería perder la intensidad, fuerza y esa violencia que surge de escribir desde dentro de una canción, que creo es un poco lo que comunica tu Rompepistas. La canción es tu caparazón.
Yo fui Johnny Thunders funciona también porque conjuga la violencia con emoción y sentimiento, con admisiones de debilidad pero sin gazmoñería. Creo que es complicado narrar utilizando esta mezcla.
Exacto. Me molesta cuando escribo o leo cosas donde se está sobreactuando, enseñando músculo, haciéndose el duro. Especialmente si lo hago yo. ¡Venga ya! Puedes tomarte un café con leche con galletas y quedarte como Dios, no hace falta simular todo el rato que quieres siete whiskies. Y luego está la cursilería y el buenismo, que también son detestables. Se trata de encontrar una tercera vía que combine ambas cosas. Para mí la música era más un aspecto interno que externo. Yo era más radical por los discos que escuchaba que por mi comportamiento cotidiano. Yo podía parecer más convencional que otros que iban de mucho, pero a la primera de cambio…
Dejaban de militar.
Eso es. Para esa gente era un entretenimiento, pero para mí era todo o nada. Las canciones lo eran todo. Hay un momento del libro en que habla Marisol con Francis y dice que para ella la gente nunca fue muy real. O al menos no tanto como las canciones. Es como en los westerns: de repente el tipo duro te confiesa unos sentimientos que si los ves en Sonrisas y lágrimas te cagas en todo. Pero en un western te sale el: “Es verdad, John. Te comprendo” (ríe fuerte). Como lector y espectador me gusta que las obras no se alejen de eso. Me molestan mucho los clichés y la sobreactuación.
La afectación y la cursilería son de los peores pecados que puede cometer un narrador. Uno tiene que ser capaz de poder explicar esos caparazones pétreos y esas entrañas blanditas. Porque la mayoría de gente que conocimos era así: gente benigna endureciéndose por su entorno. Francis es alguien bueno a quien le han sucedido cosas malas.
Exacto. La relación que tiene con su hijo es complicada, la línea era muy fina. Cuando era un chaval teníamos un grupo de amigos y había uno que se llamaba Pau, que era un trozo de pan. Pues bien, un día se fue al pueblo y volvió de punk, con todo el dietario y uniforme. Otro amigo nuestro albergaba en su casa a un chaval negro, no recuerdo cuál era la razón, y el Pau nos decía que ya no podíamos vernos con el Luís, porque tiene un negro en casa. Pero Pau, coño (le decíamos), pero si hace dos meses ibas al casal de la parroquia del barrio a tocar la guitarra. Desde siempre lo que más valoro son la autenticidad y el coraje de admitir los errores y las debilidades, y que uno es como es. Escribiendo, eso lo notas. Sabes quién escribe algo que le sale de las tripas y quién está fingiendo.
Si algo demuestra la vida es la brevedad del fervor converso. El evangelista renacido, el que le enmienda la plana a todo el mundo y le dice a la gente cómo tiene que ser, es el que antes cae. Comprobado.
Es verdad. El que más rabia da es el pesado que siempre te estaba llamando y de repente se saca novia y no lo vuelves a ver. Literalmente. Tío: te he aguantado cuando todos teníamos novia y tu no. Pero el tipo ya ha conseguido lo que quería, que era tener una novia y retirarse.
Yo siento una cierta compasión hacia cosas así. Porque la rabia que compartíamos mis amigos y yo muchas veces venía por sobrecarga testicular. La gente empezaba a follar y se volvía mejor persona.
Tendría que haber un servicio de polvos en la ESO. Cuando alguien está a punto de quema de container, proporcionarle alivio.
Hablemos de rock’n’roll, que es uno de los grandes motores de la novela. Francis dice que aquella música le hacía “trascendente”. Como aquellos teddy boys “heroicos” de los que hablaba Nik Cohn, ¿no? Hablas del rock’n’roll como algo más parecido a una religión que a un artefacto consumible.
Es la música de la tribu. Es lo que te conecta con algo más grande, que puedes llamar como te dé la gana. Esa música te cambia para siempre, te convierte en otro. Y luego está esa sensación de sentirte igual de marciano, pero no tan solo. De golpe percibes que en algún sitio y lugar hay gente como tú. Gente que te habla a ti. Eso es lo más fascinante: poner la radio y escuchar una canción compuesta hace veinte años a miles de kilómetros de donde vives, y parece una canción para Carlos. Esta iba para ti. Me acuerdo cuando compré el The Gift de los Jam en Gong Discos. Fui con mi novia. En la funda interior aparecía la foto de un tío bailando, y yo le dije a ella: “¿Por qué no tengo amigos así?”. ¿Dónde estaba toda esa gente, coño? Pensaba si sería posible mandarles un mensaje que dijera: “Estoy aquí. Rescatadme”. Esa religión la puedes colocar en todos los aspectos de tu vida. Y veo esa pulsión en otros escritores el venir de ahí. De esa habitación llena de posters en casa de los padres. Kiko Amat

(Recolgamos la primera parte de la entrevista extended a Carlos Zanón que publicamos en el antiguo Bendito Atraso. Esta es la única amnistiada, por pura legibilidad y por petición popular; publicaremos la segunda parte en un par de días. La versión breve se publicó en el Rockdelux #326 de Marzo del 2014).