En las Batallas #15: Agustí en color (un obituario)

Ateneo Familiar, Sant Boi, 1996

Hace unos meses, una madrugada de sábado, murió un viejo amigo mío. Se llamaba Agustí Estrada, y se suicidó. No existe una manera bonita de decir algo así, ni los eufemismos sirven propósito alguno. Lo sé porque he intentado escribirlo varias veces de otras formas, y lo diga como lo diga él sigue muerto. Algunas cosas son imposibles de embellecer.

Desde que Agustí murió he estado pensando en premoniciones y casualidades. Me he dicho a mí mismo de que en las semanas previas a su muerte le tuve presente más de lo habitual (pues él y yo ya no nos veíamos jamás, llevábamos vidas completamente distintas), como si mi subconsciente me estuviese recordando a gritos su huella, las partes de mi vida que se cruzaban con las suyas, lo que le debía, en cierto modo. Es lo que se conoce como “sesgo de confirmación”: busco rastros de Agustí en esas semanas previas para confirmar mi hipótesis de que le tuve presente más de lo común, cuando en realidad lo más probable es que siempre haya estado pensando en él. Mi vida está llena de restos suyos, como la habitación patas arriba de un niño, y tropiezo con ellos constantemente, sin casi reparar en ello.

Y aún así. ¿No es extraño que poco antes de su muerte yo hablara de una cinta que me grabó en 1989? Incluso la tuve en mis manos: Generation X y The Stranglers. ¿Y no es aún más peculiar que, escribiendo sobre un disco de The Electric Prunes el mismo junio, empezase hablando de una fiesta de 1987 a donde me llevó él? Lo escribí unas semanas antes de que se suicidara. Será sesgo, será lo que quieras, pero no deja de turbarme.

Me enteré de su suicidio cuando me llamó mi hermano por teléfono, domingo 21 de julio, a media tarde. Estábamos a punto de ir a la piscina de la Torre de Les Aigües.

– Tengo malas noticias –me dijo.

Yo: silencio.

– Se ha muerto el Agustí de Sant Boi- añadió. Yo cerré los ojos, y luego cerré la puerta de la habitación.

Había conocido a Agustí en 1986 o así, pero llevaba observándole desde un año antes, 1985, más o menos. Era im-po-si-ble no verle, no sé por dónde empezar. La primera vez que topé con él… No importa si lo que voy a decir es fiel a la realidad, pero así es como ha quedado en mi memoria, y prefiero atesorarlo con esos detalles. La primera vez que le vi llevaba tejana blanca a juego con tejanos blancos (a todos los efectos: un traje tejano blanco completo), peinado Brian Jones, camisa de paramecios granate-púrpura con mucha ameba rampante y (atención) botines Chelsea rojos. Estaba bajando de un Volkswagen escarabajo original, color plata, en la calle La Plana, donde vivía con sus padres justo a dos manzanas de donde vivía yo con los míos. Lo que más recuerdo es el shock de lo imprevisto, la incongruencia de los significantes. En el Sant Boi de 1986 toparse con aquello (¡botines rojos! ¡escarabajo plateado!) era como darte de narices con un platillo volante recién aterrizado en tu azotea. Una imagen en color superpuesta a un mundo en blanco y negro; así es como lo veo. “He aquí”, me dije, “un hombre a quien le importa un bledo lo que piensen de él”. Unos años después, al leer a Nik Cohn hablando de los teddy boys de su Derry natal, me vendría esa imagen a la mente. La heroicidad de la otredad. Agustí tal vez trabajara en una imprenta en turno de noche, tal vez estuviese encerrado en una calle anónima de pueblo del extrarradio barcelonés, tal vez sus perspectivas de futuro fuesen tan grises como las de los demás, pero ¿emergiendo de aquel vehículo antiguo con aquella ropa rara y maravillosa y cegadora? Agustí se convertía en un héroe. Un príncipe entre lacayos. Un dandi entre basura, como cantarían sus adorados Los Negativos.

No hace falta decir lo que aquella imagen me hizo, a mis quince años; a mí y a otros como yo. Agustí, antes de enseñarme muchas otras cosas, me enseñó lo que era el coraje, la bravura, el ir por el mundo siguiendo tus propias normas de comportamiento aunque todo se derrumbara a tu alrededor. Su presencia, tan solo su existencia, era inspiradora, durante aquellos años. Te decía: puede hacerse, y a la mierda el mundo. Vendrán batallas, pero no me vencerán. Podían reírse de él, señalarle por la calle; nada importaba. Agustí había construido su propio mundo con sus propios códigos de conducta y estándares morales, y aquello era lo verdaderamente importante. Su vida me habló de valor. De seguir tu camino, fuesen cuales fuesen las consecuencias, aunque te quedaras completamente solo. ¿Eso? Lo sigo incluso hoy.

Agustí nació un día de Navidad, hermosa coincidencia, y se convirtió al punk en 1977: firmó de inmediato cuando escuchó los primeros disparos y distinguió los incendios en la lontananza. Agustí, sin embargo, no le vio futuro al No Future: el nihilismo era incompatible con su natural joie-de-vivre, y para colmo no le gustaban nada los grupos punks españoles que empezaban a nacer. Así, se enamoró de Beatles, Kinks, Who y Brighton 64, firmó por los mods muy temprano (aventuro que 1980-81), y eso es lo que llevaría de blasón (y de sanbenito) hasta su muerte: Agustí El Mod. Aprendió a tocar la batería (de aquella manera), tocó con su propio grupo (Nivel 2) y con un grupo mod de Barcelona, Los Interrogantes (lo que le convertía, directamente, en el hombre más cosmopolita de todo Sant Boi). Cuando le conocí ya estaba metido de lleno en su etapa psicodélica, y había intimado con Tutti, Los Negativos, “Mágico” Víctor, Ringo, Navarro; los mods psicodelizados barceloneses de 1985. Avanzaría por innumerables caminos estéticos desde allí, pero mi imagen de él siempre es la misma, congelado en el tiempo con sus piernas imposiblemente arqueadas y sus gruesas gafas (era miope perdido), con aquellos botines coloraos y tejanas de pana granate y gorras Beatle. Todo aquel color, que te decía, estilo Crowley: Haz lo que Quieras. Es la única ley.

Y entonces estaban los discos. De 1986 a 1990 aprendí de Agustí todo lo que podía aprenderse sobre música hermosa. Por aquel entonces debía tener solo 500 discos, quizás incluso menos, pero para mí su colección era la locura total. Mod psicodélico orgulloso de su pasado punk, en su casa se escuchaba a Buzzcocks, Gruppo Sportivo y The Seeds, Generation X y Jefferson Airplane, The Style Council y The Creation. Y sobretodo XTC, su grupo favorito. Su ansia de aprendizaje era pareja a su ansia de evangelización. Agustí no era nada resabiado, y pese a su veteranía y gusto impecable jamás nos trató de pimpollos. Su hambre de conocimiento nunca se apagaba y, siempre atento a las mutaciones de su entorno, cuando algunos empezamos a escuchar hardcore hacia 1991 o 1992 él tomó buena nota del asunto. Recuerdo con emoción la primera vez que pude pagar por los servicios prestados, grabándole una cinta llena de Hard-Ons, Parasites, Corn Flakes, Dag Nasty, All. Se volvió loco con aquella TDK, y a las pocas semanas se estaba comprando todos los discos. Su entusiasmo era indestructible.

Vuelvo a pensar en XTC. Varias canciones me recuerdan a él: “Senses working overtime”, sobretodo, y también “The Mayor of Simpleton”, que eran sus favoritas. No puedo pensar en XTC sin echarme a reír. Agustí era muy divertido. Cuando conocía a algún guiri siempre preguntaba lo mismo: Do you like XTC? Do you like spanish beer? Yo me moría de risa con sus bromas recurrentes. Tenía ocho o nueve años más que nosotros, pero en su mente era aún un niño enloquecido que solo quería pasarlo bien y lo tomaba todo a risa. Su casa siempre estaba abierta a todo el mundo. Le visitábamos (yo y 700 skins) sin avisar, y él siempre estaba contento de vernos. Nos invitaba a pasar, ponía un disco, sacaba cervezas negras (a mí siempre me daba una jarra con el mango en forma de polla, el muy guasón), encendía un Lucky y empezaba a bromear, a tomarles el pelo a los pelaos, a hablar del Athletic de Bilbao (su equipo de toda la vida), a comentar la jugada de la noche anterior o planificar la venidera. Nosotros siempre le decíamos: “Cuando seamos mayores, Agustí, queremos ser como tú”. Y lo pensábamos de veras, y él no lo tomaba a mal. Tiene que ser una gran manera de crecer, conservando así la gracia y el impulso, pensábamos. En cierto modo, Agustí era el Peter Pan definitivo. Él sí se negó a crecer, y quizás lo que sucedió aquel sábado 20 de julio tenga que ver con esto. No lo sé, ni lo sabré nunca.

Los años fueron pasando. Celebré su 33 cumpleaños (se presentó a la fiesta desnudo y en botines, el tío, y luego bebió champán de uno de sus zapatos). Fui a su boda, vi como nacía su primer hijo, me enteré de que había descubierto la música techno y el Apolo (que sería su segundo templo, y casi revelación mariana a sus cuarenta años), le perdí la pista durante casi una década entre una cosa y otra, me dijeron que había tenido otra hija, supe de su divorcio y me apené. Cuando yo celebré mis cuarenta, pese a que hacía años que casi no nos veíamos, Agustí estaba en la fiesta sorpresa que mi familia y amigos celebraron en mi honor. Aparece en todas las fotos con un polo estrecho azul eléctrico, el cabello desordenado y perilla-mosca debajo del labio inferior, eternas gafas, eternas piernas en paréntesis, sonriendo y contando anécdotas y riéndose del tamaño de mi nariz (estaba obsesionado con la nariz de los Amat; era nuestro apreciador de apéndice #1). La siguiente vez que supe de él ya había muerto.

Y el 23 de julio fuimos a despedirle al tanatorio unos cuantos de nosotros. Algunos se negaron a acercarse al ataúd, pero yo sí entré a verle, y me quedé helado al toparme con lo que había allí. Le habían quitado las gafas (increíble) y le habían peinado hacia atrás (¡sacrilegio!), y pensé: esto tiene que haberle mosqueado de la hostia, porque Agustí nunca se había quitado el flequillo. Yo creo que nació con él, joder. Fuera, un par de amigos que nunca lloran, lloraban. Hablé con su ex-mujer. Miré a mi alrededor: el tanatorio estaba lleno de gente joven, grupos de amigos que le habían conocido después que nosotros, Agustí siempre buscando la savia, la prisa, la vida de la juventud. Un montón de gente que yo no había visto jamás, y que le había querido cuando nosotros ya habíamos desaparecido por un extremo del escenario, hacia otras vidas y ciudades. Un montón de gente que había sido tocada por su forma de ser, por el ansia y el entusiasmo que llevaba encima, por la pasión que contagiaba. Eso me puso contento: que hubiese dejado tantos clubes de apreciación detrás. ¿Era Agustí un hombre exento de fallos o faltas? No, como ninguno de nosotros lo es. Tenía sus cosas, naturalmente. Pero a los que a veces se acuerdan de ellas, yo siempre les digo lo mismo: que Dios no le puso entre nosotros para ser nuestro consejero o para que solucionase nuestros problemas. Le puso aquí para mostrar la existencia de un camino; para mostrarnos vías, de ataque o de repliegue. Esperar más de él se me antoja absurdo. Agustí fue nuestro maestro. Eso es más de lo que puede esperarse de cualquier vida, digo yo.

Y allí en el tanatorio, aunque me conmovió el hombre muerto del ataúd, aquel tío céreo y sin flequillo y amortajado en banderas de fútbol, aunque pensé “mierda: así es como voy a tener que recordarle siempre” no era verdad. Cierro los ojos y, una vez más, le veo con su camisa de amebas, emergiendo del escarabajo en 1987, aquellos botines rojos iluminando el mundo y marcando el camino, casi gritando ¡Viva la vida!, y me siento afortunado de haberle conocido, de que me rozaran su gracia y alma y su perspectiva de las cosas, y sé que a mucha otra gente le sucede lo mismo. Y cuando has dejado esa huella, yo que sé: nunca mueres. Ya no te mueres nunca. Kiko Amat

(Recupero este texto, que escribí en el año 2013, tras la muerte de Agustí, y que fue incluido en mi libro antológico Chap Chap (Blackie Books, 2014). Este pasado julio fue el cuarto aniversario de su fallecimiento)

 

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Glam rock: zurribanda adolescente con purpurina

La editorial Caja Negra publicará en España en breve el nuevo libro de Simon Reynolds Como un golpe de rayo; el glam y su legado, desde los setenta y hasta el siglo XXI. Escribiremos sobre él a la menor oportunidad.

Mientras tanto, y pa’cer boca, les recupero una pieza que escribí hace cuatro o cinco años con ocasión de la aparición de Wired Up!; glam, proto punk and bubblegum European picture sleeves 1970-1976, de Jeremy Thompson and Mary Blount.

Glam rock El libro Wired Up! Glam, proto punk and bubblegum european picture sleeves 1970-1976 recopila las portadas más llamativas del género más excitante (y ninguneado) de los 70’s

 Zurribanda adolescente con purpurina

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  1. Obsérvenlos: un ejército de pilosos camioneros embutidos en trajes de Klingon y duchados en purpurina, meneando los glúteos, berreando odas a la revuelta juvenil y rasgando explosivos riffs ante millares de chavalas y gamberrazos. Si tomamos como precepto fundamental que el pop debe ser lo contrario de aburrido, entonces el glam rock es la perfecta música pop. Se ha esculpido el catecismo de los 70’s como erial de fatuo rock progresivo del que nos salvó el punk, pero la realidad es bien distinta. Robin Wills (de The Barracudas) declara en su prólogo para Wired up! que “1974 es el nuevo 1965”. El escritor Stewart Home considera a los grupos de glam más divertidos, auténticos y sinceros que algunos punk-panfletos que vendrían después. “Bish Bash Bosh” frente a “Right to work”.

 

  1. El glam rock siempre ha tenido detractores, y la crítica que se le hace apesta a clasismo. El glam era estridente, rudo y proletario. Su rebelión era de tebeo, como algunos de sus referentes. No escondía sus anhelos (follar, pelear, bailar) ni sus orígenes de clase baja. Aunaba escapismo 70’s con la afirmación de una idealizada cultura obrera. Se trataba de música popular para bailotear en discos de barrio y morrearse en reservados, nada intelectual ni introspectiva; no fue concebida para escuchar a solas en una habitación del campus. Sus metas eran la diversión y el entretenimiento puro, con un par de soflamas de protesta pop como extra. Desde luego no era música de vanguardia: ni escondía su falta de pretensiones ni disfrazaba su glorioso rock’n’roll de algo que no era. Al contrario que el punk inglés, el glam rock nunca tuvo ínfulas de Año Cero: sus raíces estaban en el r’n’r de los 50 y la era mod. De hecho, muchos de sus artistas eran despojos mod reinsertados (John Hewlett, de John’s Children; Paul Raven, luego Gary Glitter; Jesse Hector; Marc Bolan) o cuanto menos gente granadita que ya había probado suerte en los sixties, como Slade. En ese sentido, el glam rock podría considerarse una reválida de lo mejor de los 60’s: la energía, el entusiasmo, la candidez, las canciones de dos minutos… Su completa falta de impostura y lo rotundo de su sonido maravillan incluso hoy.

 

  1. El glam tiene lo mejor de todas las cosas. El sonido es The Who exagerado, con estribillos repetitivos y producciones que son casi Disco. La pertenencia obrera se vocea como caricatura entrañable, con palmadas sincronizadas, pateos de graderío y cánticos hooligan, así como en una lírica vivencial sobre agarrarse un pedal, ligarse a una buenorra o darse de leches el sábado noche. Stockhausen no es, gracias al cielo. Cuando las letras sobre trifulcas o jacas se agotan, los grupos sacan la artillería pesada, casi toda centrada en aficiones de adolescente extrarradial: ciencia ficción, artes marciales o pajeo compulsivo. Wired Up! hace hincapié en el formato estrella del glam -el single de 45rpm con portada- como columna central de su universo. Los grupos se ponen los nombres más extremos para llamar la atención del comprador púber, y su estética va a juego. Los músicos son imposibles albañiles vellosos con trajes Galáctica y mostachos Nietzsche, el epítome de la androginia fallida: a más cardados y rímel, más machotes. Solo hay que ver fotos de Mud o Sweet, fornidos empleados de mudanzas embutidos en trajes del Comando G. Le partirían a usted la cara en un santiamén, y luego irían a limarse las uñas. En ocasiones los grupos adoptan un guiño lo menos sutil posible en un esfuerzo por destacar en el mar de mallas: Hector (niños con pecas pintadas), Pantherman (un fulano vestido de pantera). Streakers (en pelota picada) o Zappo (superhéroe loco). Y así, cientos. Wired Up! acierta al afirmar que por cada Slade había mil bandas de segunda fila, y todas ellas tendrían sus tres minutos de fama en las discotecas y futbolines de Bélgica, Holanda o España. Durante seis años, aquellos maromos mazas con peinados medievales y pantalones prietos cantando “Teenage rampage” eran lo más popular de Europa. ¿Y ustedes me dicen que llegó el punk para salvarnos del aburrimiento? Kiko Amat

(Este artículo se publicó originalmente en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia, febrero del 2013. también fue recopilado en Chap Chap; una antología confesional (Blackie Books))

 

This must be the place: Kiko Amat y sus disquitos

Los discos que Kiko “Farty Pants” Amat pinchó en La Chicha Ye-Yé (Puerto de Santa María) la noche del viernes 23 de octubre, como cúlmen de su onerosa gira rock’n’roll para Chap Chap. Todo discos, discos y más discos recios y palpables (y algo rayados por el sobreuso).

Pueden escuchar el setlist en idéntico orden al del original en este fantástico Playmoss que aquí les entrego.

Las inevitables salvedades para NERDS: Mod Fun: pinché el “I can see (everything around me)”, no la que está incluída aquí (de la que tengo en disco no hallé Youtube ni Soundcloud alguno). Y de La Granja pinché la estupenda “Inés” (a.k.a. Que Te Folle Un Pez), no “El chico de la moto”. ¿Lo demás? Igualico, igualico.

El título de la cosa, ya lo saben, viene por aquella canción de los Talking Heads. La que habla de ir buscando un puto hogar, y darte cuenta (como un imbécil) de que ya estás en él.

Operación sol: Chap Chap en Puerto de Santa María

PRES_chapchap_PDSMQuiero que agarren todos las partituras y eleven su canto al cielo como si se tratase de una sola voz: “Qué tío, vaya PELOTAS, si parece-e-e-n…”

Pues ese ente sobrenatural que conocemos por Kiko Amat agarra los portantes y la emprende con las últimas fechas de su loco tour a lo Arthur Gordon Pym.

El jueves 22 de octubre, a las 19h, Kiko Amat IV El Piyuli estará en el Edificio Constitución 1812 de Cádiz para hablar de eso que hace. Le entrevistará Ignacio F. Garmendia dentro del marco de las “Presencias Literarias” de la Universidad de Cádiz. El autor hablará de todo y más, incluyendo su primera comunión con extremo detalle, el pub-rock y por qué mola, estadísticas de la anfetamina en 1988 y escritores menores del Soho.

El viernes 23 de octubre, el insensato, empapuzado de tortilla de camarones y eructando hurta a la roteña como si no hubiese un mañana, realizará la presentación como tal de CHAP CHAP en Puerto de Santa María. Será en el Suzette (c/ Vírgen de los milagros ACC 122) a las 20:30, y le entrevistará José Ramón Vaca. Se hablará sin tapujos de la clase de graves desórdenes psicológicos que pueden llevar a un adulto a confeccionar algo como ese libro.

Esa misma noche, y unas horas después, Kiko Amat pondrá canciones en La Chicha Ye-Yé (c/ Cañas 1). Todo discos manoseables (solo por él), música 100% no intelectualizable y de la que apela a gónadas + rótulas.

Espero que acudan a jalearle en tropel a los tres eventos, fans, stalkers y lectores serios. Aunque el muy ceporro lo haya anunciado tan solo un puto día antes de la fecha.

Noise is for heroes: Kiko pinchando más discos

En Valencia. Tras la presentación de Chap chap en el Bar Cracovia el viernes 25 de septiembre junto a Juanito Wau. En los platos temperamentales de la tienda de Jose Mardi (Splendini’s). Pasándolo pipa, desenjaulao y lleno de pura elación, rodeado de amigos del soul (aunque la mitad de ellos trataron de huir a media canción de los CRASS, los muy perros).

Pueden escuchar esa sesión/ponencia de power pop, mod revival, punk y nueva ola aquí, en Playmoss, igualita a como se produjo. Bueno, faltaré yo realizando poses de guitarra estratosférica por ahí detrás y berreando sinsentidos. Pero todo lo demás: tal cual. Son muchas canciones favoritas de toda la vida.

I got kinda lost, pero ahora ya BIEN. Quiero decir, bien de verdad (que cantaban Los Negativos).

Kiko Amat y Santiago Lorenzo en el Ja! Bilbao

Flipado de lo suyo como siempre, Kiko Amat regresa a Bilbao, centro del universo, esta vez acompañado de SANTIAGO LORENZO. Ambos compartirán escenario en el festival Ja!, el jueves 1 de octubre a las 19:00h, y cascarán de los libros respectivos (cada uno del del otro) y de su visión de la literatura, la diversión, la juguetería de calidad y los alegradores artificiales.

Esto debería ser la penúltima fecha de la gira kamikaze de Chap chap. Última oportunidad de ver a un piernas en descenso imparable hacia el morrón definitivo. Fascinante desde un punto de vista antropológico, créanme.

¡Allá voy, Bilbao! (traigan el árnica, si me hacen el favor).

Stop press: Juanito Wau (Wau y Los Arrrghs!) con Chap chap

Es una nueva muy loca: Juanito Wau, berrido, maracas y culo frenético al frente de WAU Y LOS ARRRGHS!, mi banda española favorita de garaje antropófago, será el MC en la presentación valenciana de Chap chap (en el Cracovia Bar, c/Alzira 25, a las 20:30h del viernes 25).

La cosa me hace una ilusión muy burra, y parece de repente que todo encaje en el mundo. Empecé con Antonio Baños, seguí con Manuel Jabois y Pablo Zarracina, también Pablo Rivero y la grandísima Raquel Peláez, y ahora Juanito Wau. Chap chap y yo hemos estado MUY bien acompañados en este ominoso periplo, no me digan. Praise the lord.

No me pregunten qué va a hacer o cantar, pues no me lo ha dicho. Pero si le han visto en directo alguna vez, ya se podrían hacer a la idea. Vamos.