Paridas cruciales: Pablo Zarracina

O un panegírico con humorismo para uno de mis columnistas predilectos de toda España.

¿Su nuevo libro? Les conmino a que lo compren de inmediato. Les ORDENO que lo compren.

Léanlo todo sobre él y esa maravilla de artefacto bilbaocéntrico aquí, en el Babelia de El País, escrito por su otro escritor y columnista y vecino favorito, Kiko Amat.

Historias de kurorexia #1: Sweet little sixteen

O las locas aventuras de un adolescente mental enfrentado a su aterrorizadora edad verdadera

1950s-teensEstoy aguardando mi turno en el CAP Roger de Flor (no me sucede nada grave; que mis enemigos no pongan a enfriar el champán aún) cuando se sientan justo delante de mí dos chicas jóvenes. Muy jóvenes. El tipo de juventud que, de tener yo relaciones con ellas en algunos estados del Medio Oeste americano, se traduciría en veinte buenos años a la sombra y el descrédito entre mis feligreses y alusiones horribles grafiteadas en la puerta de mi mansión y la misma choza reducida a cenizas en un par de días más. Esa juventud. Juventud de haber estado jugando a la comba hace cuatro años, máximo.

Pero aguarden un momento. En realidad, ahora que lo pienso, no tengo ni la más remota idea de qué edad tienen. Soy ya tan mayor que no distingo ni un pijo a esa vastísima distancia cronológica. Digamos que si 27 –por decir una edad al tuntún- me parece ya una burrada de lozanía y bullanguera (y errática) mocedad, estas dos chicas son el equivalente de un óvulo recién fecundado. Ni eso. De un espermatozoide a medio recorrer la travesía a nado en pos de dicho embrión.
Pero me arriesgaré aventurando una cifra a lo loco: 16.
No, mejor 17.
Digamos que tienen 17 (¡diecisiete!) alucinantes e incomprensibles años, sí. ¿Es eso la ESO o ya Bachillerato? (me hago un enredo catastrófico con la nomenclatura actual).

No importa. Las observo bien, pero no tan bien como para que aparezca la policía, me apresen y se me lleven enmanillado. Llevan tejanos elásticos -deben asfixiar como si te hubieses envuelto las cachas y el culo con plástico de embalaje industrial-, Superga de imitación con suela extragruesa, piercings en lugares insospechados (el nódulo central del labio superior), jerséis de punto bolsudos, ojos pintarrajeados de sombra crepuscular y uñas bastante largas, barnizadas de laca transparente, en unos dedos vertiginosos que no cesan de whatsappear. La forma con la que ambas se conducen por el mundo adulto –y, por tanto, de la que han hecho gala al aparecer en la sala de espera de este CAP, donde la media de edad es de 170 años- es una mezcla de extraordinaria timidez y apuro, confusión y torpeza post-púber; sin ninguna de esas fantasías demacradas que solemos leer en libros de escritores guarros como Nabokov y Philip Roth. Los azorados andares de las mozas son más bien de patos extraviados; lo opuesto al flirteo y la lujuria y el coqueteo, vamos (lamento haber destrozado sus sueños, amigos viejos verdes).

– Perdona.
Estoy tan ocupado con mis cábalas que ni percibo que están dirigiéndose a mí.
– ¿Perdona? –repiten, algo más alto (pensando que debo padecer sordera terminal).
– ¿Sí?- respondo al fin, dando un brinco y volviendo a la realidad.
– ¿Sabes si aquí es donde visita la Doctora Manpiérrez?

Yo les contesto lo primero que se me pasa por la cabeza. No recuerdo muy bien qué les digo ni a dónde las dirijo, porque estoy tan ocupado haciéndome el joven que las palabras emergen de mi garganta en piloto automático y desmadrada propulsión. Estoy saboreando dulcemente el hecho de que no se hayan dirigido a mí con alguna expresión formal como “perdone” o “muy señor mío” o, peor, alguna alusión a mis avejentados huesos del estilo de “venerable anciano” o “Eh, tú, carcamal” o incluso “maldito despojo reumático e inservible, repugnante antigualla de la era glacial”.
No, han dicho “perdona”. No ha habido lugar para la duda o el titubeo. Se han dirigido a mí con una familiaridad que, si bien no hablaba de hermandad inter-púber, sí situaba nuestra breve relación conversacional en algún punto de proximidad. A medio camino entre nuestras edades (es broma; seguramente les he recordado a su maldito padre).

Trato entonces de recordar cómo era yo a los 16, y qué hubiese pensado entonces de un tipo de 43 años que estuviera sentado ante mí en el ambulatorio. Es una conjetura falseada, claro, porque en 1987 no existían los tipos como yo. La gente de 43 años, en mi pueblo natal por aquella época, ya tenía hijos post-adolescentes con barbas recias y tufarada axilar, y se preparaba de facto para la entrada a la tercera edad. Aquellos tipos (mi buen padre entre ellos) estaban ya dejando atrás el mundo adulto; solo imagina el obsceno horror de la mismísima idea. ¿Abandonando la juventud a los 43? Cielo santo.
En cualquier caso, hicieren lo que hicieren con sus indumentarias, seguro que aquellos hombres de 43 no deambulaban por el mundo con mis estrafalarias pintas de árbol de navidad beodo.
Ni con sudadera de capucha. Oh, sudadera de capucha, significante #1 de la juventud desde los primeros 80 hasta aquí. Mucha gente (yo inclusive) cree que una sudadera de capucha es el mantón de invisibilidad aquel de Harry Potter. Que, si te calzas una, vuelves de inmediato y mágicamente a los 18, y por tanto la gente será incapaz de reparar ya en los surcos de siembra que cruzan tu jeta y zona nasolabial como una embrollada intersección autoviaria de Los Ángeles.

Pero nada de esto engaña a mis dos contertulias. No se han sentado a mi lado a enseñarme el nuevo trend viral que está petándolo en su insti. Una vez satisfecha su cuestión, tras haber abrevado ambas en el manantial de mi sapiencia infinita, las dos se alejan de mí hacia la puerta de la Doctora Manpiérrez.
Saciaré ahora su curiosidad: les miro el culo, en efecto. Mientras marchan. No puedo evitarlo; es un gesto tan automático y atávico y tan masculino que uno lo practica sin reparar en ello. Pero quiero que sepan una cosa: quizás sea esta la mirada de trasero más asexuada que he realizado en toda mi santa vida. Tal vez no soy tan viejo verde, después de todo, pues:

a) Ningún pensamiento libertino ha cruzado mi mente, y
b) He pensado en sus madres.

No de forma indecente, entiéndanme. No va por ahí.
He pensado más bien en cómo sus madres estarán preocupadas por ellas, por aquellas niñitas que se comían los macarrones y leían tebeos y jugaban a la goma y se dejaban hacer la trenza cada mañana, y ahora, de forma casi inconcebible, tienen ya 16 años, y están andando por un mundo violento y cruel lleno de hijos de puta, un mundo en el que no encontrarán trabajo ni en sueños, y pienso en esas madres, y sé que yo no dormiría ya nunca más de la pura angustia, del deseo enloquecido de protegerlas de todo mal, de preservarlas de forma marsupial en mi regazo hasta que cumplan los 30, de no dejarlas andar por ahí sin cordón umbilical ni escudos ni mis puños defensores, a la merced de cualquier loco rufián de 43 años con ideas sospechosas.

Quizás desde ahora me sucederá lo mismo que a Louis CK (padre de dos niñas), quien ya no puede masturbarse con Girls Gone Wild porque es incapaz de dejar de pensar en las pésimas notas que van a sacar las chicas que se embadurnan las tetas de aceite en el video.
Quizás me sucederá eso. O quizás no. Solo hay una forma de averiguarlo. Kiko Amat

Librecambismo

Periodismo Cuatro libros dan perfiles distintos de Julio Camba (1884-1962), el genial columnista de Villanueva de Arousa, artista del humorismo breve y mordaz observador cotidiano. Incluyendo la etapa de fogoso ácrata y la antirrepublicana.

https://i2.wp.com/image.casadellibro.com/a/l/t0/85/9788415862185.jpgJulio Camba, escritor gallego que publicó desde 1903 a 1962 en Madrid, es uno de los mejores columnistas que ha dado España, precisamente por lo particular de su condición. Camba era un periodista inusual, si nos atenemos a la definición común del oficio. Como sucede con John Fante, uno sospecha que lo que le apetecía a Camba era hablar de sus cosicas, y a la vez comentar su entorno cercano de la manera más subjetiva, autobiográfica e irónica posible. Camba era un cronista de viajes cuestionable, por ejemplo, a pesar de que su reputación nació allí. Una rápida ojeada a sus textos sobre Alemania o Inglaterra dejan claro que Camba al principio no daba pie con bola. “Yo tengo una ignorancia enciclopédica que revela un gran españolismo”, se jactaba en “Yo no soy alemán” (Mis páginas mejores). Si le daba por preguntar algo, Camba no entendía ni jota de lo que le contestaban, fuese aquello Chicago o París. Así que, ni corto ni perezoso, interpretaba lo visto con perspicaz mala fe e imaginación a espuertas. Camba me recuerda a los camareros españoles con los que me topaba en Londres cuando yo vivía allí, emperrados en seguir llamando “guiris” a los ingleses pese a la flagrante inversión de roles que había tenido lugar. Uno se imagina a Camba así: deambulando por Berlín, bajito y regordete y racialmente ibérico, mofándose de los godos en su propia casa porque hablan a ladridos y no saben cocinar los garbanzos.

Y, sin embargo, los atributos de Camba son legión: su prosa mordaz y tronchante, su completa falta de pretensiones (siempre dijo que “toda pompa es fúnebre”), su sagacidad y visión, su estilo grácil y elástico, su aparente capacidad de escribir sobre cualquier cosa y que siempre resultara ameno. Camba era el rey de la columna diaria breve. “He adquirido la facultad de convertir todas las cosas en artículos de periódicos”, diría. Era también un fiero individualista, misántropo ocasional y “aristoácrata” huraño (como Jardiel) que se enemistó con la República no por ser requeté o devoto, sino (se sospecha) por algún desaire institucional.

Mis páginas mejores incluye sus famosos textos anti-republicanos, y algunas de las ideas del Camba adulto suenan hoy retrógradas y mezquinas (no lean “El divorcio” si no quieren que se les atragante). Buscando combatir la visión hostil que, precisamente por aquellas ideas, se tiene de Camba en la España moderna, Pepitas de Calabaza ha realizado una titánica recuperación de sus escritos anarquistas de juventud. ¡Oh, justo, sutil y poderoso veneno! aúna los textos que escribió entre 1903 y 1907 para diversas publicaciones libertarias, entre las que destaca su propio periódico, El Rebelde. La mayoría de estos trabajos fueron perseguidos sin tregua en la época, y Camba incluso fue a prisión por ellos, prueba de que comulgaba con genuino fervor revolucionario.

La única mácula de esta heroica selección es (¡ay!) precisamente dicho fervor creyente. En muchos de los escritos anarquistas el joven pontevedrés suena solemne y apostólico; serio, en una palabra. El Camba maduro aún no saca su sulfúrica lengua, así que leemos: “el combate nos llama. Hemos nacido para el combate como ha nacido el león para las selvas. Combatiremos, pues. Combatiremos con mayor energía que nunca, desnudo el pecho robusto y erguida al aire la frente soberana”. Buh. Como arenga jacobina está fetén, pero como texto del maestro… Según parece, el imberbe Camba de 1903 aún no había deducido lo de la “pompa fúnebre”.

Hacia 1906 empieza la fractura del predicador anarquista, y en 1907 escribe El destierro (glosa de su exilio bonaerense), uno de sus trabajos insignia. Camba habla aún como ácrata, pero ya emplea su audaz retranca, ya quita hierro a todo, ya se caricaturiza, ya salta al primer plano sin paracaídas (“El público se imaginará que yo soy únicamente el autor de esta novela, pero, en realidad, soy algo bastante más importante: soy el protagonista”). Unan eso a El matrimonio de Restrepo (1924), una mondante égloga novelada del celibato, y a la selección de sus textos de oficio Maneras de ser periodista, y el conjunto les mostrará a Camba en su inmensa grandeza. Con todos sus aciertos y morrones. Kiko Amat

“¡Oh, justo, sutil y poderoso veneno!”; los escritos de la anarquía
Pepitas de Calabaza, 2014

El destierro y El matrimonio de Restrepo
Prólogo de Ignacio Ruiz Quintano
Ediciones del Viento, 2014

Mis páginas mejores
Prólogo de Manuel Jabois
Pepitas de Calabaza, 2012

Maneras de ser periodista
Edición de Francisco Fuster
Libros del K.O., 2014

(Artículo previamente publicado en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia del 22 de octubre del 2014)