Kiko Amat entrevista a TIM O’BRIEN

Me gusta entrevistar a mis héroes y mis betters. Tim O’Brien es uno de mis escritores y bípedos vivos favoritos. Esta entrevista la hice hace nada con ocasión de la traducción española de Persiguiendo a Cacciato (Contra, 2017), otro de mis libros de cabecera. Vietnam (y lo que hacen los hombres en tiempo de guerra) es otra obsesión mía, así que todo encaja de perlas.

Pueden leerla en Babelia de El País. Escribir esto, y charlar con O’Brien, fue uno de los placeres del año 2017. Oh, claro: en este link.

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STEPHEN WITT: “Aunque la piratería no hubiese existido, la industria musical estaba acabada”

https://i1.wp.com/estaticos.elperiodico.com/resources/jpg/1/6/periodista-stephen-witt-hace-unos-dias-barcelonabr-br--1498819704861.jpg¿Cómo empezó la piratería digital? ¿Por qué se hundió el cedé? ¿Quién inventó el MP3? ¿Quién mató a la industria musical? (¿y merecía morir?) ¿Qué rayos es el “paciente cero”?¿Por qué usted puede bajarse cualquier parida en The Pirate Bay pero han cerrado todas las tiendas de discos de Barcelona? Las respuestas en Cómo dejamos de pagar por la música. Y en esta entrevista de Kiko Amat al autor.

Stephen Witt es el Indiana Jones del MP3. Este periodista de Brooklyn podría haberse contentado con incrustar sus académicas narices en los libros ya existentes sobre la era digital o el advenimiento de la piratería, pero prefirió encasquetarse sombrero, agarrar látigo y salir por la ventana a husmear él mismo en las fuentes físicas. El resultado es el revelador Cómo dejamos de pagar por la música (Contra, 2017), una obra que se lee como una apasionante novela policíaca, pese a que versa sobre friquis, laboratorios de “psicoacústica” y ejecutivos de la industria musical. El libro entrelaza tres historias ignotas: la de Karlheinz Brandeburg, padre del MP3; la de Doug Morris, el big daddy de Universal Records; y la de Dell Glover, un piernas cualquiera quien, casi sin darse cuenta, al empezar a planchar cedés desde su habitación, se convirtió en el mayor filtrador de música inédita del mundo y varió para siempre el curso de la historia.

Tu libro me recuerda al trozo aquel de JFK en que Garrison se cita con “X” en las escaleras del Capitolio. Solo que en lugar de investigar asesinatos de presidentes…

Hablé con tíos que robaban cedés [ríe]. Sí. Es algo así.

Todo parece empezar en un lugar y un momento muy concreto, como en los documentales de Adam Curtis.

Cierto. Lo que sucede con Adam Curtis es que él dobla la verdad. La amolda a su teoría. Nos cuenta algo que podría haber pasado, más que lo que pasó. En mi caso, todo es real. No exagero la importancia histórica de algo. Un 80% del libro es inédito, se basa en investigaciones propias, no fuentes ajenas o artículos ya publicados. De lo que menos hablo en el libro es del fenómeno Napster y la tecnología de pares, pero solo porque había sido cubierto extensamente en otros lugares. Yo preferí hablar del subsuelo, de las cosas que no se habían contado. Sobre el primer gran pirata de la era digital, Dell Glover, por ejemplo. El llamado “paciente cero”. Un tipo que nadie conoce, pese a que creó el mundo en el que vivimos.

¿No tuviste un poco la sensación de que aquello era la “banalidad del mal”, como se dijo de Eichmann? Glover, que trabajaba en la fábrica de CDs de Polygram y por eso lo empezó todo, no es precisamente un villano Bond.

La verdad es que era más interesante de lo que yo esperaba. Yo creía que iba a topar con la historia de una generación bajándose cosas en sus ordenadores poco a poco. Pensaba que aquella era la forma en que toda esa música gratis acabó en internet. ¡Pero de golpe descubrí que todo venía de un solo hombre! Imagina mi sorpresa. No creo que Glover sea un tipo banal. No era un tipo cualquiera: un trabajador negro de una fábrica de prensado de cedés cuyos mayores intereses son los ordenadores y las motos de carreras. A primera vista es el estereotipo de personaje de clase obrera, pero su inusual proclividad hacia los aspectos tecnológicos del proceso (algo en cierto modo inusual para alguien de su clase social), sumado al hecho que estuviese tan bien situado para empezar la filtración masiva de material, le convierten en alguien único. Es más banal la parte que trata exclusivamente de la industria discográfica y personajes como Doug Morris y el resto de CEOs de las grandes compañías. El egotismo, la rapacidad, las extravagancias monetarias… Todo sonaba a cliché. Por el contrario, todos los piratas que entrevisté eran grandes personajes. Todos tenían algo raro, una historia extraña que contar. No eran gente común.

En historia, grandes cambios se producen por razones locales. Muchos de los personajes que provocaron cambios radicales en la industria y tecnología musical estaban actuando por pequeñeces.

Muy de acuerdo. Marx creía que la grandes revoluciones comunistas vendrían como consecuencia lógica de tomar los medios de producción, no por la afiliación a una ideología. La gente quería tener más cosas. Y eso, como apuntas, es literalmente lo que sucedió en este caso. Un tipo literalmente se adueñó de los medios de producción y empezó a producir objetos desde su casa, sin obedecer las normas de propiedad intelectual o las normas capitalistas de intercambio económico. Y no lo hizo porque fuese un radical de izquierdas. Lo hizo porque quería una moto de agua. Todo lo que provocó en el mundo vino dado por una necesidad casi infantil de determinados bienes físicos (algunos eran artículos de lujo bastante ridículos, además; no lo hizo para alimentar a su familia). Glover no era un marxista. No tenía convicciones políticas. Él te diría claramente que lo hizo todo por un televisor de plasma o un nuevo quad. Pero nosotros sí podemos darle una interpretación marxista. Lo suyo fue una revuelta en toda regla contra los propietarios de los medios de producción.

  https://i0.wp.com/images.eldiario.es/cultura/dejamos-pagar-musica-Stephen-Witt_EDIIMA20160607_0637_5.jpgYo estaba bastante predispuesto en contra de la industria musical. Pero los pirateadores de los que hablas tampoco me cayeron muy simpáticos, la verdad.

No lo eran. Eran trolls mezquinos, en su gran mayoría. Es solo que yo hablé con los trolls originales, los que estaban al principio de todo, antes de que el troleo se hiciese popular. No era gente que aceptase ninguna responsabilidad por lo que hizo, por su comportamiento negativo y antisocial. Por otra parte, eran chavales. Cualquier actividad que atraiga primordialmente a chicos adolescentes va a tener un elemento antisocial asociado. Vas a hallar mala actitud y peores modales. Pero solo porque así son los adolescentes. Yo era uno de ellos, y hacía tonterías parecidas. Crees que la vida es una broma, que no tienes por qué pedir perdón por nada… Pero algunos de esos chavales sí querían realizar actos de naturaleza política. Se dieron cuenta de que formaban parte de un movimiento político que estaba “liberando” información a través de internet. Yo simpatizo con esa idea. Solo desearía que…

…fuese verdad.

Exacto. Ojalá no fuese gente aburrida en su casa saqueando cosas gratis. Mucha de esa gente, en efecto, eran solo trolls, eran antisociales y infligieron graves daños a la industria mediática y a muchos artistas. Pero un porcentaje de esos tipos creía en lo que hacía, y estaban dispuestos a ir a la cárcel por ello. No se rindieron, ni siquiera cuando empezaron a ir a por ellos. La mayoría no era así: estuvieron en el ajo hasta que les llegaron las primeras denuncias: entonces se asustaron y empezaron a delatar a todos sus amigos.

Futurama los describía muy bien. Un montón de friquis granujientos escondidos en IRC…

Imatge relacionadaEran así. Cuando todo esto empezó, en 1997 o 1998, la cosa era abrumadoramente masculina. Todos sus integrantes eran varones de diecisiete años. El internet moderno ya no es así. Todo dios está allí, ha cambiado radicalmente desde que empezó la revolución del smartphone. Gente mayor, chicas… de repente todo el mundo estaba online. Eso creó una gran fricción en la red, casi podría decirse que hubo una guerra de géneros. Virtual, claro. Lo fascinante de todo esto es que muchos de esos trolls originales ni siquiera tenían grandes conocimientos técnicos. Muy pocos sabían programar o utilizar códigos. Solo eran gente a quien le interesaba entrar en ese nuevo mundo. No necesariamente gente con talento.

Por mal que caigan los trolls, es muy difícil sentir compasión por alguien como Doug Morris, CEO de Universal, quien cobraba 50.000 dólares al día.

Estoy de acuerdo. Y se fue de rositas de la catástrofe. Hizo una enorme fortuna mientras la industria musical se iba hundiendo. Él permaneció en la cima, pero su bando fue aplastado. Te voy a decir lo que deberían haber hecho para triunfar en la batalla que perdieron: deberían haber abandonado el compact disc en el año 1996 o 1997. Era su formato más lucrativo y se hicieron de oro con él, pero deberían haberlo soltado para concentrarse en algo que tuviese una fácil distribución a través de internet. Pero no lo hicieron. Se aferraron al formato hasta el último aliento.

¿Fue por razones de pura avaricia? ¿Ignorancia?

Avaricia sí. Autocomplacencia también. Pero hay que comprender una cosa: hoy damos por sentado que internet destruyó todos los formatos anteriores. Pero algo como internet nunca había sucedido. La industria discográfica fue la primera en enfrentarse a aquella nueva amenaza. Y en aquel momento nadie creía que aquello fuera relevante. Bill Gates escribió un libro en 1997 sobre el futuro de la informática, y casi ni menciona internet. Mucha gente no pensaba que aquello fuese a cuajar, ni desde un punto profesional ni desde uno social. Y, para colmo, no comprendían la nueva tecnología. No entendían qué era aquello de la tecnología de compresión (lo que por otro lado es normal, pues es algo casi incomprensible para un profano). Creían que el cedé era el formato perfecto: daba una inmensa calidad de sonido, era semi-portátil y muy barato de producir. Los beneficios eran colosales. uno puede entender que rechazaran una propuesta que en el fondo sonaba así: “vamos a obtener un sonido inferior, sin formato físico, en archivos 100% portátiles, y por cierto, no vais a sacar ni un duro de ello”. Aceptar algo así era duro. Pero hay una cosa añadida que considerar: incluso sin el pirateo, la industria musical estaba acabada, tal y como la conocíamos hasta entonces. Porque en la nueva industria digital, el single se iba a desacoplar del álbum. Eso es lo que les mató. Hoy casi no existe la piratería; la mayoría de gente se ha movido al streaming. Pero la industria discográfica no se ha recuperado. Y eso sucede porque durante muchos años se salieron con la suya al meter un hit single en un elepé, y vender 10 o 15 millones de álbumes, a 13 o 14 dólares cada uno. Ese mundo ha muerto. El single ha sido extirpado del álbum, y eso les ha colocado en una situación permanente de ganancias reducidas. No hay nada que puedan hacer contra ello. Es natural que Morris se negara a ir en aquella dirección. Sabía que iba a morir. Conocía los riesgos. Al final rechazaron invertir en el futuro de la distribución musical, y un puñado de adolescentes lo hicieron por ellos.

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Doug Morris, CEO de Universal-Sony. Uno de los villanos de esta saga. Es el del medio.

No quiero ir de profeta ni nada de eso, pero los que veníamos del vinilo ya sabíamos que el cedé era un formato deficiente. Y lo de que mejoraba el sonido solo lo percibieron dos musicólogos.

O ingenieros de sonido. En teoría el cedé era un formato inmortal, porque al contrario de la degradación de los surcos de vinilo, podías poner un cedé cien veces sin que el lector degradara el soporte. En la práctica no es así, porque los cedés se rayan continuamente. Y se rompen. Era un formato bastante débil, sensible a los elementos. Tenía muchas taras. La ventaja era que era el primer sistema completamente digital. Y a la gente le gustó, seamos honestos. En la cima de su reinado, a finales de los 90, el vinilo estaba muerto y enterrado. Estaba por debajo del 1% del mercado. Eso significa que todo el mundo se había pasado al cedé. Y llegaron los burners, la gente podía hacer mix cds… Yo crecí con aquel formato. Pero tenían un montón de limitaciones, que se hicieron más y más aparentes según nos íbamos moviendo hacia un mundo digital más portátil. Y nadie los coleccionaba de forma nostálgica, como sucedía con los discos de vinilo.

¿Le cantamos un “se lo merece” a la industria musical?

Ganaron demasiado dinero durante demasiado tiempo, y a expensas del consumidor. A la vez, esas ganancias descabelladas crearon un sistema cómodo de egos artísticos, bastante prolíficos, y aquel dinero permitió que mucha gente formara parte de la industria; gente que hoy en día no tiene acceso a ella, pues el tamaño de la industria se ha encogido. Hasta cierto punto, puesto que era difícil hacer dinero únicamente de las vendas de los álbumes (o del streaming), aquello forzó a mucha gente hacia una mentalidad mercenaria. Y por eso la música que tenemos hoy es buena, en cierto modo, pero toda suena a anuncio de Pepsi. Y la razón es: todos los músicos quieren ser fichados para un anuncio de Pepsi.

O la banda sonora de un filme.

Exacto. Esa es una fuente de ingresos clave para un grupo hoy. Pero en la cúspide de la época del vinilo, incluso en la del cedé, un grupo podía permitirse no hacer eso y vivir solo de las ventas de sus discos. Eso ha provocado que el sonido o la producción sean radicales, pero los valores mucho más conformistas y pro-corporativos. Y todo ello provoca un decrecimiento de la ambición artística.

Me gusta que menciones a los artistas, porque en muchas discusiones sobre industria musical vs. piratería se olvida que en medio de todo ello (a menudo generando la riqueza) hay un tipo con una guitarra de quien nadie habla. Y creo que fue estafado en modo sándwich.

Al artista le dieron por todos lados, es verdad. Son los que salieron peor parados de aquella batalla. y lo suyo no tiene una solución fácil. La parte complicada es esta: incluso si tienes un hit para el álbum, aún tienes que grabar las otras doce, o veinte, o treinta. Es mucha faena, y a menudo hay mucha gente implicada en el proceso, de productores a compositores de encargo. Gente que cobra. Existe ese mito del artista como figura heroica, que no sé hasta que punto es acertada; después de todo solo es un tío en un escenario. El público quiere que sean héroes, pero la verdad es que muy pocos están a la altura.  Otro mito es el de la figura creativa solitaria, algo que hoy en día y si hablamos del mainstream, ya no es cierto, simplemente. Detrás del artista de rap hay un abogado a cargo de los samplers, un agente, múltiples productores, mezcladores, ingenieros de sonido, un compositor de encargo… Para muchos artistas actuales el proceso se parece mucho a un karaoke en el que ellos entran y cantan con un tono determinado una canción en cuya creación no han tenido casi nada que ver. A veces ni eso: su voz es una amalgama de treinta tomas previas, combinadas para crear el tono ideal. Eso es así para todo el pop mainstream, y para buena parte del pop independiente también. Dicho esto, aún tenemos unos cuantos visionarios icónicos que se lo hacen todo ellos mismos; pero son la excepción. Mira a Kanye West: los créditos de una sola canción listan a veinte o treinta colaboradores. Por canción. Es más un director de orquesta que un músico pop. La conclusión es que hoy, pese a la existencia de programas facilitadores de grabación casera como Soundcloud o ProTools, es más difícil grabar discos.

Algunos artistas lo entendieron todo mal. Como Lars Ulrich, de Metallica, cuando llevó a Napster (y, por extensión, a sus usuarios) a juicio.

Lo fácil era culpar a los piratas, pese a que la industria musical tenía lacras muy profundas y muy arraigadas. Pero lo entiendo, en cierto modo. Míralo de otro modo: soy escritor. Cobro igual si la gente se termina mi libro o no. Y a menudo no lo terminan. Creo que esa es la norma de la industria editorial: una gran parte de lo que se vende no se lee. Pero imagina una situación económica en la que el lector solo pagara por lo que de verdad lee. Eso seria una catástrofe económica para mí. Ganaría mucho menos dinero. Y eso es lo que sucedió con la industria musical, y no solo por la piratería. Simplemente llegó un nuevo tipo de tecnología que reescribió las relaciones económicas del medio. Eso es lo que jodió al artista. Ya no pueden vender un disco entero. Ahora solo se cobra por cada escucha de canción. Es una jodienda total, y ya no hay marcha atrás.

¿Todo lo que cuentas podría haber ido en otra dirección si alguno de los capítulos hubiese terminado diferente? Pongamos que el MP2 hubiese ganado al MP3, y no al revés. ¿Se habría hundido igual la industria musical?

La mejor analogía para hablar de ello es Galileo Galilei. Galileo era el científico más importante del siglo XVII. Había construido el telescopio más sofisticado de su época. No era más complejo que unos binoculares para observar pájaros de hoy, pero con él fue capaz de ver la cara de Venus y los anillos de Saturno por primera vez. Imaginemos que el día en que Galileo iba a construir su telescopio, se cae a un pozo y se parte el cuello. ¿Sería el mundo distinto? La respuesta es no. La tecnología de lentes que estaba progresando en aquel momento permitió que múltiples científicos estuviesen trabajando en telescopios a la vez. Galileo era mejor artesano y llegó a ello antes, pero era inevitable que otra gente llegara a sus mismas conclusiones tarde o temprano. El progreso en ese campo era imparable. Lo mismo puede decirse de la mayoría de personajes del libro. Todos son Galileo. Todos estaban empujando para ser los primeros en un campo muy competitivo, pero si no llegan a tener éxito otros lo hubiesen tenido. Como te decía antes, si la industria musical llega a reaccionar a tiempo quizás Napster no hubiese tenido razón de existir. Pero el destino hubiese sido el mismo: la tecnología del streaming habría acabado apareciendo, y con ella la economía que lo acompaña. La historia no siempre funciona así. Todos los personajes del libro estaban cuerdos y eran gente lógica; no hay locos. Mientras que en la historia a menudo aparecen personajes chiflados y toman el poder. Como está sucediendo en mi país ahora mismo.

(Esta es la habitual versión extendida, sin más cortes que los de pura oralidad, de la entrevista que publicó El Periódico el domingo 2 de julio, y que ustedes pueden leer en su versión papelesca aquí)

Mi recomendación es simplemente Tula Springs

Nunca les recomendé esto, si recuerdo bien, y querría hacerlo ahora antes de que se deslice por algún sumidero de mi mente. Es uno de mis libros favoritos del año. Se llama Tula Springs (en original: Modern Baptists) y su autor James Wilcox lo escribió en 1983, y acaba de reeditarlo Contra, que por si no lo saben es una de mis editoriales favoritas.

A mí me recordó de forma fuerte a Decadencia y Caída o La conjura de los necios, grandes favoritos de toda la vida, y de hecho eso es exactamente lo que digo, alto y parrafadoso, en la faja del mismísimo libro:

«Una tremenda tragicomedia de torpeza social y otredad patológica al modo de Decadencia y caída o La conjura de los necios. Pequeñas catástrofes que van haciéndose inmensas. Una pequeña joya del humor amargo.»

Sí, ahí queda eso, y encima lo digo codo con codo con el viejo Harold Bloom, que también dice lo suyo (en muchas menos palabras).

Pueden leer más sobre el condenado artefacto en este mismo linkarral.

Cómprenlo, por favor. No repercute en absoluto en la economía familiar de los Amat, pero sí en la paz espiritual del menda.

 

 

John O’Hara: el arte de quemar puentes

Una pieza que me gusta mucho (haber escrito, y cómo quedó) sobre uno de mis escritores favoritos. Por su narrativa y también por el resto de intangibles biográficos. Me identifico una miaja con él. En mejor persona (pero tampoco mucho).

Léanla en Babelia, clicando aquí con inusitado vigor. Y al terminar compren la colección de cuentos de la que hablo, así como el estupendísimo Cita en Samarra.

A mandar.

Jerry Lee Lewis: ¡Pecado-r-r-r! + ¡entrevista exclusiva a NICK TOSCHES!

Ya está colgada en la web de Papel, de El Mundo, mi sensacional decálogo engrandecedor e hiperbólico sobre Jerry Lee Lewis. No solo él era el más grande (y temible), sino que la humanidad ha tenido la fortuna de que se encargara de su biografía definitiva (Fuego eterno, Contra Editorial) el inmenso Nick Tosches, otro de mis autores favoritos. Otro grande (y bastante temible también).

Pueden leer esa pieza, instructiva y rocanroleante, con la seguridad de que (ejem) será lo más entretenido que van a poder leer sobre el tema en este país.

Y luego, pueden ir justo aquí abajo, donde les estoy señalando (ahí no, un poco más abajo) y leer estos apabullantes extras que les proporciono de gratis: una entrevista breve al mismísimo Tosches (reacio como el que más a hablar con desconocidos) sobre Jerry Lee y su insuperable libro.

Y entro a pelo al tema, si me permiten:

https://i2.wp.com/www.alainroux.de/wp-content/uploads/2012/12/Nick-Tosches.jpgNik Cohn siempre prefirió mito a realidad. ¿Dirías que tú te acercaste a la vida de Jerry Lee en una onda similar? Incluso si no sucedieron exactamente así, es obvio que algunas de las historias en Fuego eterno son tan acojonantes que no importa si sucedieron exactamente como escribiste.

En el caso muy raro de Jerry Lee Lewis, los hechos fríos y duros y el mito son uno y el mismo: una realidad de profundidades míticas y aura mítica. La suya ha sido una vida cuya suma y sustancia sosttienen el pesado poder del mito.

Jerry Lee era también un hombre de mitos. De historias y leyendas antañonas de su propia familia. Mencionas las historias del Viejo Lewis derribando un caballo con sus puños desnudos. Esas historias, como Harry Crews podría haber dicho, nos recuerdan quién somos. Le dijeron a Jerry Lee quién era y de dónde había salido, tal vez.

Estas leyendas ancestrales -que, como atestigua la evidencia a nuestra disposición, pudieron haber sido haber sido más verdad que leyenda- las historias del Juez Lewis, del Viejo Lewis y todos los demás, eran, sí, como bien dices, anclajes de origen en el vacío, un vagitus (o primer llanto del recién nacido) al que un hombre podía recurrir para labrar su camino a través de la tormenta de sí mismo.

Dicho esto, me encantaría saber de dónde sacaste esas historias. Escuchaste las infames cintas de Sun, por ejemplo, pero ¿entrevistaste al mismísimo Killer? ¿O su entorno nuclear? ¿Llegaste a ir a Louisiana para sumergirte en la atmósfera?

Entrevisté a Jerry Lee, en efecto. Pasé bastante tiempo con él. Entrevisté a los personajes centrales en su vida. Pasé bastante tiempo con ellos también. He viajado y pasado un buen tiempo en Louisiana y otros lugares. Estudié detenidamente documentos antiguos, discos antiguos, periódicos viejos y viejos libros en bibliotecas. Fui tan lejos como pude a través de las fuerzas ctónicas del inframundo, aprendí todo lo que pude, traté de entender todo lo que pude, y luego mezclarlo todo con los ritmos de la versión King James del Antiguo Testamento, y los ritmos de William Faulkner y los ritmos del rock ‘n’ roll.

Creo que no se puede leer sobre la historia de Jerry Lee sin tener en cuenta que este era un hombre para quien el Cielo y el Infierno no eran conceptos abstractos o fantasía poética.

Tú lo has dicho.

¿Crees que existe un infierno? Sé que no das mucho crédito a la religión organizada, pero hay que admitir que un cierto grado de arrepentimiento podría ser útil en la sociedad. La voluntad de redimirte a ti mismo, incluso.

¿Quién dice que he de reconocer que una cierta medida de culpa o arrepentimiento sirva para eso, o para nada? Todo es, como decía Rimbaud, una “faiblesse de la cervelle” [una debilidad del cerebro].

Yo diría que Fuego eterno es, ante todo, una historia de pecado y la redención. Jerry Lee iba a la caza de una salvación imposible de alcanzar. ¿Estás de acuerdo con eso?

No veo ningún pecado en su vida, excepto quizás el pecado de una  auto-condenación incontenible y nociva. La salvación se halla sólo en la libertad, y tal vez en ocasiones Jerry Lee se negó a sí mismo esa libertad. Pero las historias se cuentan mejor, y la propia verdad se percibe mejor, sin la intrusión o la corrupción de la interpretación.

El bagaje sureño de Jerry Lee es demasiado bueno para ser cierto. Serpientes, alcohol ilegal, bigamia, primos locos, iglesia pentecostal, esposas menores de edad… ¿Crees que el lugar de nacimiento hizo a Jerry Lee?

Esa es una buena pregunta, pero me temo que no tengo respuesta para ella. Terroir y terreno, naturaleza y educación; lo que importa de verdad es el sabor del vino o el cigarro, la esencia de la bestia.

Y hablando de quién era. ¿Dirías que era un buen hombre que había tomado el mal camino? ¿Que habia acabado mal por culpa de sus demonios?

Yo diría que era un hombre que había acabado bien. Yo diría que los demonios no entran, que sólo existen dentro de nosotros, formados por nosotros, e investidos de poder por nosotros. No nos toman. Uno siempre es uno mismo.

¿Qué influencia crees que tenían la benzedrina y los licores en su comportamiento?

Al igual que con todos nosotros, esas cosas tienen su influencia. Pero también la tienen nuestros trabajos mundanos, vidas muertas, falsas devociones y mentiras.

Los videos de Jerry Lee y Myra siguen siendo impactantes. Ella parece una niña, no me digas que no.

Desde hace dos mil años los matrimonios incestuosos, matrimonios adolescentes y matrimonios pre-adolescentes fueron aceptados y consagrados entre la realeza. En un mundo más lascivo a la vez que moralista aquellas cosas se convirtieron de repente y por arte de magia en escandalosas. Fue en Inglaterra donde los traficantes de escándalos atacaron a Jerry Lee por casarse con su joven prima. ¡Inglaterra, donde la reina Victoria se había casado con su primo hermano, donde la reina Isabel se casó a la edad de seis años! Lo que está bien un día está prohibido el siguiente. Es todo una locura, mucho ruido y pocas nueces. Sólo en el mundo moderno podría existir un mercado para el tráfico de escándalos.

¿Por qué crees que Jerry Lee, el último hijo indómito, es una inspiración para los lectores? ¿Porque cayó y se levantó? ¿Porque estaba condenado y sobrevivió? ¿Porque llevaba un fuego salvaje en su interior y este no lo consumió?

Sí. Exacto. Por todo eso.

Kiko Amat

(La entrevista con Nick Tosches es exclusiva de Kiko Amat para Bendito Atraso)

 

 

El vermut de Kiko Amat #13: NANDO CRUZ

Con ocasión de su librazo Pequeño Circo (contra 2015), una de las mejores historias orales publicadas en nuestro país.

Hemos tardado (la charla es de junio, por el amor del cielo; miren las mangas cortas de las fotos), y hemos llegado renqueando (obligaciones pecuniarias y graves desordenes de cariz psiquiátrico se interpusieron en su publicación), pero al final aquí la tienen. En Gent Normal, no podía ser de otro modo.

Espero que lo pasen estupendo leyéndola. Yo, con su permiso, voy a abrirme un buen botellín y a escuchar a The Dukes of Stratosphear y también algo de emo bien lloronsote y a leerme de cabo a rabo Marley estaba muerto, el nuevo de mi querido Carlos Zanón.

Que les aproveche.

Lydon, indie español y Svenonius: mis tres libros musicales para Sant Jordi

Si usted está tan frustrado como yo por no hacer nacido músico (y cada vez que ha empuñado una guitarra el sonido resultante se asemejaba a un cochinillo herido de muerte tratando de atravesar un arpa), este Sant Jordi adquiera –a modo de pírrica consolación- uno de estos tres libros:
libro-indi-2-507-680x5071) Pequeño circo; historia oral del indie en España, Nando Cruz (Contra)
Las mejores historias orales se leen como novelas: Edie, de Jean Stein, Mátame por favor, de Legs McNeil y Gillian McCain, Harto de todo de Jordi Llansamá… La prueba algodonesca es el sentimiento: uno tiene que empatizar con los protagonistas. Nando Cruz traza aquí la historia de un fenómeno minúsculo en cuanto a ventas o popularidad pero colosal en cuanto a ruido mediático e infiltración crítica. Está todo: el germen, nudo y desenlace (desazonador), así como la influencia post-mortem (inexistente), ordenado por ciudades y sumando voces. Hablan los bichos raros del génesis (Lagartija Nick, Los Bichos, Cancer Moon…); el grueso de las tropas (Penelope Trip, El Inquilino Comunista, Manta Ray…); la conexión Donosti (Le Mans y La Buena Vida); los inclasificables (Patrullero Mancuso, El Niño Gusano); los que perduran (Los Planetas, Sr. Chinarro); el tardo-indie condal (Los Fresones Rebeldes, Astrud…). No faltan los empresarios, los pequeños sellos que nunca pagaban (el working title era Por favor, págame), el tradicional flirteo con multis, los caídos y los pentiti, los fanzines cotillas, los hypes, las rencillas, los primeros festivales… Ustedes se preguntarán si, como sucede en las novelas, Pequeño circo tiene también sus villanos. Alguno hay, sin duda, pero el libro decepcionará a los que busquen vinagre y puñal. El tiempo ha obrado una implacable labor de autoexamen y benevolencia en los entrevistados, que tienden a mirar con simpatía crítica al fenómeno. De lo mejor en pop que se ha publicado aquí.
2) La ira es energía, John Lydon (Malpaso).
Las memorias de John Lydon, antes Johnny Rotten, ideólogo/vocalista de Sex Pistols y P.I.L. Ustedes se preguntarán: ¿Pero este pájaro no había sacado ya una autobiografía? En efecto: Rotten: no irish, no blacks, no dogs (Antonio Machado, 2007). Lydon debe ser el único artista que considera insuficiente tener un solo libro de memorias a su nombre. Pero La ira es energía es un trabajo notable. Lo mejor son las 100 primeras páginas sobre adolescencia, subcultura, familia y barrio. Desde allí, algunas cosas les resultarán familiares (el tragicómico circo de los Pistols), otras menos (la saga P.I.L.), otras serán nuevas. Por supuesto, algunas de las nuevas no eran, ejem, cruciales: le ofrecieron un papel en Critters, protagonizó anuncios de cerveza Schlitz, le encanta el primer disco de INXS, sufre problemas de dentadura, tiene miedo de su propia ropa interior… La última me la he inventado, pero ya ven por dónde voy. Para los fans de su ego y mal café, están todos los Lydonismos: él inventó el punk, el post-punk, el postmodernismo y quizás la penicilina; la mayoría de personajes del punk eran un camelo (menos él, se sobreentiende): Ari Up, Steve Jones, Jon Savage, The Clash… (la lista de calumniados es kilométrica); se declara inocente de todo lo espantoso (sus apariciones en celebrity shows, el anuncio de mantequilla aquel…). Hay un momento en que incluso empieza una frase así: “Jesucristo y yo…”. Se lo juro. Sin ironía alguna. Pero es Lydon, joder. ¿Qué se esperaban, Hello Kitty: mi vida entre las flores?
3) Estrategias sobrenaturales para montar un grupo de rock, Ian Svenonius (Blackie Books)
Ian Svenonius, flamígero performer de r’n’r dislocado con The Make-Up o Chain & The Gang, nos adoctrina en este manual para montar una banda de rock. La obra está dividida en dos secciones: una inicial sesión de espiritismo, donde se realizan encuentros con varios célebres difuntos (Jim Morrison, Mary Wells o Buddy Holly) y una segunda parte en la que se analizan los detalles indispensables a la hora de formar una banda: mánager, sello, cantante, groupies, críticos… Todo en este libro es ironía, pero también reflexiones de calado e inesperadas revelaciones (de fuentes insospechadas: Chuck Berry habla del rock’n’roll en contraposición a la amenaza de la URSS, Buddy Holly razona la influencia de las pandillas juveniles en el formato clásico de banda…). Tan erudito como mordaz, la lectura de Estrategias sobrenaturales… se les antojará gratificante como el mejor de los bailes.

Kiko Amat

(Artículo publicado originalmente en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia del 18 de abril del 2015)