Yo milité en una Histórica Organización Anti-Nazi

1 En el año 1999, a mis 27 años, entré a formar parte de una Histórica Organización Anti-Nazi (HOAN). Sobre esa época yo vivía en Londres, y fue allí donde me sobrevino aquella repentina ventolera militante. Siempre me había considerado (de boquilla) de extrema izquierda y antifascista, pero en los únicos frentes donde había militado hasta entonces eran los de la extrema beodez, el vandalismo público y la holgazanería punible por la ley.

Aunque me siento incapaz de exculpar mi magro currículo activista, a modo de captatio benevolentia les diré que, en mi instituto, los militantes de izquierda, independentista o no (POSI, PORE, MDT y similares), eran a la sazón una cáfila de hippies estalinistas. Aquellos cenáculos de quejosos maoístas melenudos y (peor) fans de la Elèctrica Dharma me causaron siempre fuertes retortijones intestinales (el sentimiento era mutuo), y por su culpa llegué a los 27 años sin haber militado en parte alguna. Además, todo apuntaba, ya entonces, a que yo era un jeta egocéntrico y patológicamente incapacitado para la empatía. Y entonces, en Londres, en 1999, me dio por apuntarme a la Histórica Organización Anti-Nazi (HOAN). Así, tal cual. Sin meditarlo demasiado, que es como suelo hacer yo las cosas. Para desafiar la inercia, ¿me explico?

2 Las imágenes que tenía yo de la Histórica organización eran rotundas y, desde luego, históricas, y llevaban adornando tanto mi mente como las paredes de mi habitación adolescente desde una década atrás: carnavales antirracistas con conciertos de todas mis bandas punk favoritas del momento y miles de asistentes; manifestaciones bullangueras y multirraciales; omnipresencia de chapas de la organización en una vasta mayoría de chupas de cuero, en portadas de mis discos favoritos; y, por último, pero no por ello menos importante, vapuleo infatigable de nazis cada vez que levantaban cabeza y trataban de reagruparse. Para mí, entrar en la HOAN era como pasar de inmediato a formar parte de la leyenda del antifascismo y el punk rock inglés de una sola tacada. Deseaba ser miembro activo de la organización y empezar de inmediato a… Comenzar a…

“Un momento”, me dije, mordisqueando el bolígrafo y echando un segundo vistazo al impreso oficial de afiliación. “¿Qué se suponía que hacían este tipo de organizaciones? ¿Cuál iba a ser mi papel?”.

Sin duda, razoné, iban a asignarme una tarea comprometida y arriesgada en la lucha contra el neonazismo británico. Quizás me adiestrarían como agente doble para espiar las actividades del National Front desde el vientre de la bestia. Yo sería el tipo de tío que dice precisamente expresiones como “desde el vientre de la bestia”. Tal vez incluso sería bautizado con un misterioso mote de guerra: Spanish Kiko. Mad Spanish Kiko. Kiko The Mad Spanish Bastard. Kiko The Drunken Catalan Fool. Careful-With-That-Axe-Kiko. Big Dick Kiko. Handsome Big Dick Kiko. Cool Hand Kiko. ¿Farty Pants Kiko?

Esta y otras cuestiones cruciales atascaban mi mente cuando, tras una hora de transporte público, llegué al barrio del sur de Londres que alojaba su cuartel general. Desde fuera, déjenme que les diga esto de inmediato, aquello no tenía ninguna pinta de “cuartel general”. ¿Qué había visualizado yo en mi imaginación febril, me preguntan? Si lo pienso bien, yo diría que imaginé un edificio entero. Eso veía yo en mis ensoñaciones infantiles: un caserón con pinta castrense y actividad febril en los pasillos, y un montón de chicos valerosos y mozas despampanantes agitando banderines y apilando sacos terreros, marciales y uniformados y dispuestos para el definitivo combate contra esos malvados nacionalsocialistas de la porra. Con un gran logo corporativo en la fachada. Iluminado, ya puestos.

Déjenme saciar su curiosidad: la HOAN no era nada así. Para empezar, era un jodido segundo piso, sin ascensor, y ni siquiera era espacioso. 80 m2 máximo, y suelo tender a la hipérbole numérica. Su fachada, por descontado, no desvelaba ningún tipo de información sobre el contenido del habitáculo (ni siquiera en el timbre), y el único rótulo visible desde el exterior, a pie de calle, era el del restaurante griego τηγανητό μπακαλιάρο (Tiganitó bakaliáro) que ocupaba la planta baja.

¿Me deshinché yo por aquello? No señor. Tal vez se trataba de algún tipo de operación encubierta, me dije a mí mismo mientras subía las escaleras y el pestazo a fritanga helénica impregnaba todas mis prendas. ¡Allá voy, Histórica Organización Anti-Nazi! ¡Ábreme las puertas de la glooooo… Oh, Dios del cielo.

¿El montón de chicos valerosos y mozas despampanantes? Eran dos. Dos personas. Mujeres. Las llamaré Hilary Banks y Jessica Marbles, no tanto por cautela o para preservar su anonimato, sino porque no conservo el menor recuerdo de sus nombres reales.

Resultat d'imatges de antinaziHilary Banks, lo vi bien rápido, era la chica negra más pija de todo el Reino Unido, y hablaba con un acento parecido al de los condes latifundistas de Downtown Abbey (aunque ella lo aderezaba con algo de jerga callejera, espolvoreada aquí y allí sin mucho método). Era obvio que estaba en la HOAN por algún tipo de voluntariado obligatorio (valga el oxímoron) de esos que uno cursa para obtener “créditos”, o como carajo se llamen, de su carrera. Llevaba un afro de clase media (tolerable, pulcro, nada amenazador) y yo la recuerdo con peto tejano, aunque esto último tal vez obedezca simplemente a alguna de mis viejas fantasías onanistas de fornicio con el campesinado. Del todo superadas hoy, por fortuna.

Jessica Marbles, por su parte, era una señora. Una mujer mayor, de barbilla prominente; un poco como la Abuelita Paz de Bruguera. Sí, aquella buena mujer parecía una anciana (¿quizás estuvo de cuerpo presente en la batalla de Las Ardenas, en 1944, dándoles leña a los nazis old school?), aunque lo cierto es que no debía tener más de cuarenta años. “Quizás la ha envejecido todo el cruento guerrear contra las fuerzas del neonazismo”, volví a decirme mientras me adentraba en el cubículo y chocaba esos cinco con ambas, tratando al mismo tiempo de secar con la parte superior del puño libre mis lágrimas de desilusión y amargura.

Estaba claro, y no procedía engañarse más al respecto: los tiempos turbulentos, bulliciosos y heroicos de la HOAN habían terminado, de forma oficial. Allí no habían milicianos ni armas ni saludos castrenses ni ambiente bélico de ningún tipo (ni mozas despampanantes, huelga decir). Solo pancartas y pegatinas polvorientas amontonadas por todas partes, como en un prosaico almacén de CCOO Cornellà, y una kettle eléctrica para hacer té, y las dos personas menos fascinantes de toda la Gran Bretaña y colonias soltando bostezos felinos a discreción. Una de las cuales señaló a un zigurat de sobres, y acto seguido a otro zigurat de panfletos, e indicó sin dejar lugar para la interpretación personal que aquel sería mi cometido heroico en la HOAN: meter pasquines en sobres, y luego meter unos cuantos más, y en medio de ambas actividades hacer té para ambas como si no existiese un mañana (pues las dos parecían aquejadas de una pasión teíl del todo ingobernable).

Tras dejar claro en qué iba a consistir mi hercúlea tarea en la contienda antinazi, Hilary Banks y Jessica Marbles realizaron un par de bromas francamente inapropiadas sobre mi bolsa de mano Lonsdale (hacía muy poco había estallado aquella famosa nailbomb en un pub gay del Soho) y luego volvieron a sus quehaceres, bostezos e ingesta exuberante de litros de té cenagoso. Dejé escapar un suspiro, y me puse a meter pasquines en sobres, como me habían encomendado hacer. Al cabo de una hora llamé por teléfono a mi mujer, y le dije que ya estaban repartiendo las armas y que todo estaba dispuesto para el combate final, y luego le conté la verdad, y ella se echó a reír.

3 No me llevó mucho tiempo ratificar que la HOAN no era lo que había sido. Desde su fundación, la HOAN, vinculada a la ala izquierda del partido laborista, había sido tildada de tibia organización socialdemócrata por sus detractores. Pero en el pasado, al menos, eran sobradamente capaces de meterse en una buena reyerta callejera con boneheads (skinheads nazis) o de montar un verbenón callejero en condiciones. Cuando yo me uní a ellos las tornas habían cambiado, por decirlo finamente. Hasta el Club Rubik Catalunya o la Associació Pessebrista de Prada de Conflent tenían unos estatutos más radicales y firmes –y unos militantes más rudos- que la HOAN de 1999. La acción más temeraria de la organización, si no contamos lo de la dieta basada en hectolitros de té, era básicamente el envío universal de pasquines informativos.

Resultat d'imatges de antinazi

Aburrido como una ostra, empecé a hacer lo que siempre había hecho en empleos anteriores cuando empezaba a asomar el tedio: 1) masturbarme como un chimpancé, y 2) robar todo lo que pudiese ser robado por una mano humana y no estuviera atornillado al suelo. Pues desde los trece años padecía yo una cleptomanía de tipo leve (del todo superada hoy, por fortuna) que me obligaba a salir de los establecimientos de minoristas con propiedad privada encima, sin haber efectuado antes algún tipo de desembolso por su adquisición.

A la hora de la verdad, si he de serles del todo sincero, solo me dio tiempo de emplearme a fondo con la actividad 1) (aunque, eso sí, con tesón estajanovista). Lo de robarlo todo no acabó de consolidarse porque a) Allí no había nada que mereciese la pena ser robado, b) Ni siquiera yo sería tan miserable como para rapiñar en una organización política de izquierdas y c) Precisamente el día en que (enloquecido por el sopor) me disponía a desoír tan campante el punto b) y trabar amistad con lo ajeno, se abrió de golpe la puerta del almacén.

– Eh, Mad Kiko –dijo Jessica Marbles, a la vez que peinaba su hirsuto mentón con un gran cepillo de cerdas duras, de los que se utilizan en jamelgos. En realidad no dijo lo de Mad Kiko ni se peinó la perilla; me lo acabo de inventar. Pero sí añadió: – Prepáralo todo para la manifestación de mañana, que tenemos que vender chapas y ese tipo de cosas.

– Claro –le dije- Un momento: ¿manifestación?

– Sí -dirigió la mirada a mis manos, a las que yo, al verla entrar, había dado la orden de ocultarse junto a mis nalgas- La de cada año. Eh: ¿qué llevas ahí?

– Nada -dije, lo que pareció convencerla sin más (los ingleses son muy crédulos), y cuando se volvió y cerró la puerta tras de sí arranqué a toda prisa la pancarta de mi rabadilla, donde la había incrustado unos minutos antes (no sé muy bien lo que pretendía hacer con ella), así como la bolsa de chapas que ocupaba el resto de espacio libre en la parte trasera de mis calzoncillos, y lancé ambas cosas a la otra punta del almacén, donde cayeron con un estruendo terrible. Las chapas, evadidas de la bolsa por la fuerza del lanzamiento, se derramaron por el suelo y estuvieron un buen rato sonando clin-tilín-clanc, como campanillas de un trineo. Ese ruido señaló el final de mi carrera delictiva (allí).

4 La manifestación. Aquel mismo día comprendí que la HOAN celebraba una marcha callejera anual en determinado barrio de Londres para conmemorar la muerte de uno de sus militantes, asesinado años atrás por la policía (como sucede de forma cotidiana en cada esquina del globo), un crimen por el que nadie fue condenado, y la HOAN seguía manifestándose tercamente (si bien con la asistencia decreciendo de modo dramático cada nuevo año) para recordar tal injusticia.

Resultat d'imatges de antinazi demonstration

Y bien por ellos, no me entiendan mal, aunque hacia esa época yo ya empezaba a estar algo cansado de la HOAN, y veía bien claro que había escogido mal mis afiliaciones, y que todo aquello era más anodino que un club de punto de cruz. En todo caso pensé que una buena refriega urbana con la pasma (y también, tal vez, con algunos nazis) me devolvería la fe en el movimiento.

Con espíritu tumultuoso, así, acudí a la manifestación. Dicho espíritu aguantó firme durante tres minutos escasos, hasta que alguien de la organización (no era de mi sede; a los de mi sede los tenía contados, pues eran las dos damas ya mencionadas) depositó en mis manos una hucha y un saquito de chapas para vender. Ni corto ni perezoso señalé a la cámara que yo llevaba colgada del cuello (me había dado la ventolera paralela de que quería ser fotógrafo) y, agarrándole del hombro y susurrando sensualmente en su oreja, le dije a aquel señor la siguiente frase, que desde hace años está incluida con todos los honores en mi Libro Gordo del Bochorno Personal:

– Creo que puedo ser más útil a la organización tomando fotografías del evento.

Lo que, por descontado, ustedes pueden traducir como:

“Mira, amigo. Voy a serte del todo sincero: me da un poco de apuro lo de vender chapas por ahí como un mercachifle cualquiera, ¿sabes? Aparte de que soy un vago de siete suelas y (ya percibes que) la militancia práctica no es para mí, y además esta manifestación es más sosa que aquellas convivencias salesianas en Martí Codolar a donde acudí en 1981”.

Buscando justificar que había dicho esa estupidez, y tras explicarle de forma extensa el significado de las palabras “convivencias”, “salesianas”, “Martí Codolar” y “1981”, me puse de inmediato a sacar fotos a un ritmo demencial, y encima de un modo asaz aleatorio (como vería después al revelarlas: un poste de teléfonos, el pie de un hindú, mi reflejo -borroso- en el escaparate de un fish & chips…), pese a que no tenía previsto hacer casi ninguna (pues la cámara cumplía en mi pecho una función meramente ornamental).

Aún conservo esos dos carretes revelados, con centenares de fotografías de todo lo que acabo de decirles, además de una concentración insulsa llena de gente que no conozco ni de vista, y también unas cuantas de mi mujer poniendo cara de circunstancias por haber tenido que acompañarme a aquel colosal disparate.

5. Decidí cortar por lo sano. Había llegado el momento de ponerle los cuernos a la HOAN con otra organización de perfil más enérgico. Me decidí por Extrema Brutalidad Antinazi (EBA), basándome esencialmente en lo explícito de su nombre, y en una sola frase que mi amigo Bob, un presumido punki (el tío llevaba el pelo más pringoso de laca que Barbara Cartland) de la tienda de discos donde yo trabajaba, me había dicho un día:

– Los del EBA son unos tarugos sanguinarios, ultraviolentos e iletrados –me dijo, volviéndose hacia mí mientras reordenaba alfabéticamente la sección de reggae A-Z- pero al menos están de nuestro lado. Eso me tranquiliza.

Los nazis habían atestiguado este hecho en sus magullados traseros cuando aquel fracasado intento de organizar un macroconcierto de bandas nazis en el oeste de Londres, en 1989. Su discretísima idea era reunir a todos sus seguidores en Hyde Park Corner y luego encaminarse sin llamar la atención (un gran plan, no me digan: centenares de skins rapados portando cruces gamadas en el centro de Londres, silbando y con las manos a la espalda, disimulando, la-lo-li, sin que nadie repare en ellos) hacia la localización secreta del concierto.

No importan demasiado la hora o el lugar acordados, en todo caso, porque los nazis jamás pasaron de Hyde Park. Un millar de antifascistas, en su gran mayoría del EBA, les arrearon a aquellos rapazuelos nacionalistas una de las GRANDES palizas de la historia del antifascismo mundial.  Qué digo: de la historia en general. Fue el fin ratificado del neonazismo en Londres. Desde aquella memorable somanta, las futuras actividades de su desapacible panda tendrían lugar en granjas ignotas en mitad de las midlands, o en pubs desvencijados en algún culo-de-mundo del Gran Londres, con asistencias que oscilaban entre lo risible y lo directamente grotesco.

6 Emocionado por la gesta de 1989 decidí llamar de una vez al teléfono del EBA londinense. Una voz grave me comunicó -en cockney casi incomprensible, mascando todas las consonantes y haciéndolas gravilla- que vale, que podíamos citarnos en la estación de metro de Aldgate East para una primera entrevista. Le pregunté cómo íbamos a reconocernos, y la voz me respondió que ellos me reconocerían a mí, que no me preocupase, y que les dijese solo cómo iba a ir vestido.

Un pequeño inciso a modo de clarificación: en aquella época aún conservaba yo innumerables tics y extravagancias de mi época mod, y lo de qué iba a ponerme al día siguiente no se consideraba una cuestión baladí que pudiese yo responderle a un extraño por teléfono, así de sopetón. Diversos factores estéticos, meteorológicos y cabalísticos entraban en consideración y, además, no tenía mi armario ropero a mano ni podía comprobar conmutaciones cromáticas factibles (requería un espejo, ante el que iba plantificando las prendas por encima de mi pecho y extremidades como un muñecajo de papel a quien vas alterando el uniforme).

Aturullado, le contesté al fulano incomprensible aquel que llevaría una donkey jacket, por decir algo, y así cerramos la hora de la cita.

Naturalmente, cuando llegó el día de nuestro randevú espionajesco yo ya había olvidado por completo lo de mi promesa, y aquella mañana azul y fresca me engalané con lo que se antojaba perfecto: un anorak de tipo snorkel que era un primor, de color azul y con el parche de un búho que anunciaba CASINO CLASSICS en la pechera.

El resultado de ese impulso lechuguinesco de última hora, como pueden sospechar, fue que el agente secreto del EBA y yo estuvimos plantificados en la estación de Aldgate East durante más de cuarenta minutos, incapaces de reconocer al otro. Solo al final de aquella larga espera, y cuando ya solo quedábamos en la salida del metro un caballero muy musculoso con tremenda cara de borrico y yo, me decidí a interpelarle.

– Perdona, ¿eres del EBA? –le dije- Soy Kiko. “Farty Pants” Kiko -carraspeé- Quizás hayas oído hablar de mí.

Él me miró de arriba abajo (no le dije lo de “Farty Pants” Kiko, de acuerdo), y luego realizó un barrido visual a izquierda y derecha, para cerciorarse de que no fuese una trampa que le habían tendido unos pérfidos birrias catalanes peinados como la prima borracha de Rod Stewart (pues así definiría yo mi tocado de entonces).

– Pero no llevas la chaqueta que habíamos acordado –me dijo, señalando el anorak.

– Es c-complicado de explicar –titubeé, recordando lo de la donkey jacket– Cambié de idea en el último momento.

Él me miró como si acabara de brotarme un culo de mandril en mitad de la frente, y ese culo acabase de recitar La Ilíada entera en griego.

En fin. Harry May (nunca me dijo su nombre real, así que tuve que bautizarle sobre la marcha) me transportó a un pub cercano, y una vez allí pidió dos pintas de lager (afortunadamente una de ellas era para mí) y un paquete de pork scratchings (morros) y procedió a meterse el contenido entero de la bolsa en el hocico.

– ¿For fé fieres enfrar en el EBA, entonfef?- dijo Harry May, con la boca llena, como un auténtico gorrino y sin realizar el ademán de convidarme en ningún momento.

Me encantaría relatarles el contenido de la vital conversación con Harry May, que sin duda fue tan importante para el devenir de Europa como la conferencia de Yalta, pero no recuerdo qué cojones debí contestarle. Sé que Harry May no me dejó ni un solo morro, como había previsto, que debí tomarme otra pinta (por hacer algo), y que nunca ingresé en el EBA. Se me quitaron las ganas de repente, tras verificar el peso intelectual de aquel cachocarne. Harry May era una pieza indiscutiblemente valiosa de la guerra antinazi, no lo dudo, pero me temo que no era el tipo de individuo con el que yo pudiese discutir las novelas de Colin Wilson o la calidad del paño de las bufandas universitarias o los filmes de Powell-Pressburger. Y yo era así, por aquel entonces.

7 Naturalmente, no solo no ingresé en la EBA, sino que al poco abandoné la HOAN. Me despedí de Hilary y Jessica Marbles en un pub bastante fifí de la zona, y (ya a mis anchas, y sin carnet de ninguna organización) empleé mi tiempo restante en la ciudad ocupándome de asuntos tan cruciales como leer todas las novelas del Soho existentes, tomar MDMA en clubs de soul hasta que mis piernas decidían tomar direcciones opuestas, buscar-y-hallar discos extrañísimos, rastrear en ropavejeros trapitos estrafalarios que no me pondría ni una sola vez (salacots, chaquetas eduardianas, un fez, una cabeza de disfraz de caballo, un segundo fez) y casi establecer mi dirección postal en el pub de Berwick Street que había en la esquina contigua a mi tienda de discos.

No volvería jamás a intentar militar de forma oficial en ninguna otra parte. Había quedado claro: aquello, por loable y necesario que fuera, no era para mí. Kiko Amat

(Esta pieza apareció años atrás en formato reducido y estilo apresurado en cierto magacín de papel. Esta es la versión mejorada y aumentada, en exclusiva para Bendito Atraso).

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Incluye: Dodos, dinos, niños pelirrojos con apariencia de tajas irlandeses, mujeres enloquecidas por el amor maternofilial y la galofilia, jeune chats despanzurrados en formol, cedés aterradores de Jamiroquai, chopped glorificado, reflexiones insospechadas sobre la organización social de la Grecia clásica, lluvia, lluvia, algo más de lluvia, “vin noir” (whatever that is) y un rumano que me ofreció una puta CACATÚA.

Y en medio de todo ello, la unidad de medida de este mundo: Yo. Ese pobre imbécil.

Lean y disfruten y santígüense. ¡Podría sucederle a usted!

Kevin y yo

Kevin i joGroupie baboso persigue y halla y se pega-cual-lapa a su artista favorito: o el día que Kiko Amat pasó con KEVIN ROWLAND (Dexy’s Midnight Runners). La mondante crónica de una velada en In-Edit Beefeater oficiando de “una mezcla de ama de llaves victoriana, palanganero, porteador Ubangui, perro fiel y gilipollas-para-todo. Yo soy el tipo a quien Rowland llamará si le urge una cataplasma, un masajito glutear o se le antoja que alicate el baño del hotel con otro embaldosado a juego con sus calcetines”.

Léanlo y compadezcan al infeliz de KOKI aquí, en este pedazo de artículo para los fulanos de Gent Normal.